Federico Ozanam, Carta 0043: A su madre

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Federico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Federico Ozanam · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Federico Ozanam, Correspondencia. Tomo I: Cartas de juventud (1819-1840)..
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Se instala en París. Sus visitas al llegar. El Panteón. Saint-Etienne-du-Mont. Folleto de Chateaubriand.

París, 7 de noviembre de 1831.

Me permitirá usted, mi buena madre, que le haga pagar la suma de catorce céntimos[1] para comunicarle noticias de este pobre Federico, que usted y yo conocemos tan bien, y que piensa que en Lyon no lo olvidan, a pesar de una separación de cien leguas de distancia.

Mi pasajera alegría naufragó por completo. Ahora que me encuentro solo, sin distracciones, sin consuelo exterior, empiezo a sentir toda la tristeza y el vacío de mi situación. Yo, tan acostumbrado a las charlas familiares, que encontraba tanto placer y dulzura al ver todos los días reunidos a mi alrededor a los seres queridos, que tanto necesitaba consejos y estímulo, me encuentro lanzado, sin apoyo, sin lugar de reunión, a esta capital del egoísmo, a este torbellino de pasiones y de errores humanos. ¿Quién se preocupa por mí? Los jóvenes a quienes conozco[2] viven demasiado lejos de mi domicilio como para verlos con frecuencia. No tengo para desahogar mi alma sino a usted, madre mía, a usted y al buen Dios… ¡Pero son dos que valen por todos!

Tengo mil cosas que decirle pero, ¿por dónde empezar? ¿Le contaré lo que he hecho o lo que he visto? No, estoy seguro de que no es eso el objeto principal de su curiosidad. Usted quiere saber, antes que nada, dónde y cómo me encuentro. Ahí va.

Estoy establecido desde el sábado por la noche en mi pensión, en un cuartito que da al sur, encima de un jardín, en uno de los barrios más sanos, y muy cerca del «Jardin des Plantes»[3].

«Entonces, estás bien», dirá usted. De ningún modo; estoy muy descontento y mis penas son numerosas.

En primer lugar, mi cuarto es muy triste, porque la ventana está mal colocada. Los muebles están muy lejos de ser bellos, las sillas están deshilachadas. El hijo de Franchet, por la cantidad de 20 francos, está mucho mejor alojado que yo.

Estoy lejos de la facultad de Derecho, más o menos como desde la rue Pysay hasta el hospital, y aún más lejos de los salones literarios, del centro de estudios y del Luxembourg. Los jóvenes de Lyon que conozco tienen su domicilio a una distancia muy grande del mío, e incluso el señor Serullas vive a unos veinte minutos de mi alojamiento. De manera que todas las idas y venidas me llevarán mucho tiempo, y, lo que es peor, si voy por la tarde al salón literario, el volver a casa me lleva casi un cuarto de hora.

Mi calle y mi barrio son muy solitarios, en ellos crece la hierba y los pájaros se pasean a su antojo junto a las casas.

La dueña de la casa[4] tiene el aspecto de una comadre astuta muy poco servicial (ni siquiera ha podido aún llevarme a la prefectura de policía para conseguir mi carnet de seguridad). Por otro lado, sus maneras y sus palabras me hacen sospechar que siente una gran afición por la cartera de los jóvenes.

Para terminar, y esa es la razón más importante, la compañía no es buena. Hay unas señoras y unas señoritas, que viven también en la pensión, que comen a la mesa con nosotros, que dominan la conversación y cuyas frases y temas son de una ordinariez extrema. Desde mi habitación, que está dos pisos por encima de la suya, las oigo reír estrepitosamente por las noches, de una manera digna de las mujeres del mercado de la Halle. Debe saber que es costumbre de aquí el que los pensionistas se reúnan por la noche para jugar a las cartas, y ya me han animado dos veces a que baje para tomar parte en esos juegos. Hace usted bien en pensar que he rehusado. Es muy desagradable encontrarse con tal sociedad durante las horas de descanso. Esas personas no son ni cristianas ni turcas, soy yo el único que guarda abstinencia y, por eso mismo, estoy expuesto a mil maledicencias. Añadiré que las comidas no son tan abundantes como se las anuncia; ayer, por ejemplo, en lugar de tres platos de carne y uno de verduras, tuvimos un plato de cocido, un plato de asado, cuatro o cinco patatas cocidas, una ensalada pequeña y buñuelos de alcachofa. Hoy no nos han servido más que cuatro platos.

Con esto bastará por ahora. Usted me dirá qué piensa de todo esto, y también qué piensa mi padre. Si, por casualidad, ustedes creen oportuno que me cambie de alojamiento, no me faltarán ocasiones.

Vi ayer al señor Serullas. Es un hombre excelente, pero sumergido completamente en la distracción científica. Le encontré ocupado en experimentos químicos, que no interrumpió en manera alguna mientras me recibía muy atentamente y me regalaba de tanto en tanto (como lo decía él mismo) con la combustión de algunos fragmentos de potasio. Pero ese día no estaba en vena, y su experimento no le salió bien. Me llevó a su despacho y me habló mucho de mi padre, por quien siente un gran afecto, y me ha ofrecido su ayuda, que yo he aceptado, para mi matriculación, que he llevado a cabo hoy mismo. Este hombre es muy dinámico: se parece en esto a papá; pero está totalmente absorbido por sus asuntos y no sabe de nada más que de su química.

El señor Durnerin[5], que me recibió cuando llegué, me ha dado testimonio de la amistad más cordial. Almorcé y cené con él el sábado. Voy a verle mañana.

He visto hoy a Henri[6]. Me lleva casi una hora el ir a verle, pero nos veremos en la universidad.

Mañana veré al abate Guillou[7]. También mañana el señor Durnerin me va a llevar a un buen sombrerero para comprar un sombrero nuevo, pues el mío ha sufrido en el viaje muchas averías. Cumpliré también, con la ayuda de Dios, otros encargos aún pendientes, pues tengo tantos que temo que se me olviden la mitad de ellos.

Empiezo a conocer un poco París, a pesar de la continua lluvia. Vi el Panteón, monumento singular, templo pagano en medio de una ciudad cuyos habitantes son todos o cristianos o ateos; cúpula magnífica, privada de la cruz que la coronaba tan bien, soberbia fachada cuyo color obscuro indica un origen muy anterior a su extravagante destino. ¿Qué significa, en efecto, una tumba sin cruz, una sepultura sin idea religiosa que lo presida? Si la muerte es solo un fenómeno material que no deja tras de sí ninguna esperanza, ¿qué quieren decir esas honras destinadas a huesos desecados y a una carne en podredumbre? El culto del Panteón es una verdadera comedia[8] como la de la Razón y la Libertad. Pero el pueblo necesita una religión y como le han quitado la del Evangelio, es forzoso fabricarle otra aunque sea a costa de la locura y de la necedad. Además, el interior del Panteón está obstruido por un andamiaje muy feo, levantado para la fiesta del 28 de julio, y que ha costado 130.000 francos. No se puede imaginar cómo empequeñece a ese bello edificio. El triángulo, símbolo de la Trinidad que brillaba sobre el frontón, acaba de ser metamorfoseado en una corona de laurel. Creo que también pronto se cubrirán los frescos de la cúpula que se encuentran totalmente fuera de lugar. ¿Qué tienen en común, dígame, la apoteosis de Santa Genoveva[9], la humilde y amable pastora, con las cenizas de los bandidos de julio?

Me resarcí ampliamente de estas tristes reflexiones ante la belleza de la iglesia de Saint-Etienne-du-Mont, mi parroquia, con la pompa de las ceremonias y la magnificencia del canto y de los sonidos del órgano. Un estremecimiento general agitaba mis nervios y erizaba mis cabellos al oír resonar, bajo la bóveda gótica, ese instrumento de mil voces que se unen para glorificar al Señor y cantar sus alabanzas, como decía David[10], con el arpa y con la cítara, con la flauta y las trompetas. ¡Qué grande es el poder de la música y cuán sublime y hermoso el catolicismo que la inspiró! Jamás he experimentado nada semejante.

Son muy notables el púlpito de esta iglesia y la galería elevada entre la nave y el presbiterio. Los oficios son muy largos, y aunque el espacio es muy amplio, está totalmente lleno. Ayer, después del sermón, una colecta abundante a favor de los pobres vino a coronar dignamente la fiesta de aquel buen Carlos Borromeo que se hizo todo a todos.

En el tema de los asuntos políticos no se habla más que del folleto de Chateaubriand[11], que ha producido una gran revolución en la manera de pensar. Como los republicanos no son más que una débil minoría y en esa obra se expone con toda precisión el justo medio, el partido legitimista recibe un gran empuje. Decía ayer un liberal: «Si yo fuese el rey, si yo fuese ministro, preferiría tener 500.000 rusos persiguiéndome que un escritor como Chateaubriand». Se va a reír usted […][12]. El otro día, en la Sorbona, habiéndoles acorralado varios eclesiásticos contra la pared, ellos declararon que no tenían nada más que decir contra las objeciones. Ahora bien, la sesión era pública.

Por su parte, mándeme por favor noticias de Lyon, sobre todo las que se refieren a usted, a mi padre y a mis hermanos. Los periódicos hablan de una nueva revuelta de obreros en Lyon. Dígame, por favor, unas palabras acerca de eso. Escríbame lo más pronto posible, porque me siento triste. Dígame qué piensa mi padre sobre mi pensión […][13].

Suyo,

Federico Ozanam.

Fuente: Archives Laporte (original). • Ediciones: LFO1, carta 37. — Lettres, t. I, p. 23 y 31-34 (parcial). — Cartas, t. I, p. 41-43 (parcial).

[1]*    Con anterioridad a la generalización del uso del sello postal a partir de 1840, lo habitual era que el coste del envío de las cartas corriera a cargo del receptor, no del emisor de la misma.

[2]*    Algunos amigos de juventud de Lyon, que fueron a París a estudiar al igual que el mismo Federico, pero que vivían en el otro extremo de la ciudad. Cf. O’Meara, Kathleen. Frederic Ozanam, professor at the Sorbonne, his life and works (Federico Ozanam, profesor de la Sorbona, su vida y obra), Londres: C. Kegan Paul & Co, 1878. p. 24.

[3]*    Dicho jardín, creado en 1635 y llamado entonces el Jardin du roi, cambia de nombre durante la Revolución, pasándose a llamar el Jardin des plantes de París. En 1793 se instaló en sus inmediaciones el Muséum national d’Histoire naturelle (Museo nacional de Historia natural).

[4]*    La señora Lecomte.

[5]*    El doctor Jean-Marie Durnerin (1795-1868), padre de la admirable señorita Thérèse Durnerin (1848-1905), fundadora de la Société des Amis des Pauvres, en París.

[6]      Pessonneaux.

[7]      Tal vez se trate del abate Le Guillou, cuyas obras presentó Ozanam a los lectores de La France Catholique (Galopin, nos 87-88). Cf. más adelante la carta 86: Al abate Le Guillou, del 13 de junio de 1834.

[8]*    En 1830 la monarquía de Julio había retirado la condición de templo católico (consagrado a Sainte Geneviève) al Panteón, que pasa a denominarse «Templo de la gloria».

[9]*    Santa Genoveva, nacida en Nanterre en 423 y muerta en París en 502 ó 512, según las fuentes y la tradición. Santa católica francesa, patrona de la ciudad de París y de su Gendarmería. Hasta el siglo XVI, era representada vestida como joven noble, sosteniendo en la mano una vela que un demonio intentaba apagar (recuerdo de la construcción de la primera basílica de San Dionisio, que ella visitaba de noche). Otras veces se la representa como una joven pastora.

[10]*   Cf. Sal 150.

[11]    Probablemente el folleto De la nouvelle proposition relative au bannissement de Charles X (De la nueva propuesta relativa a la expulsión de Carlos X), publicado en octubre de 1831.

[12]    Desgarro en el papel.

[13]    Otro desgarro en el papel.

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