Federico Ozanam, Carta 0032: A Auguste Materne

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Federico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Federico Ozanam · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Federico Ozanam, Correspondencia. Tomo I: Cartas de juventud (1819-1840)..
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Pena que siente Ozanam por ver a su amigo, a pesar de su ideal común, criticar al clero y defender las teorías republicanas.

Sábado, 19 de marzo de 1831.

Mi querido Materne:

También yo he leído con emoción tu respuesta tan rápida, tan amistosa, y en este momento una muchedumbre de ideas se presenta a mi alma. ¿Cómo expresarlas, como decirte lo que siento?

Lejos de mí, muy lejos de mí la loca presunción de caminar solo en esta tierra tan árida, tan difícil de atravesar. Lejos de mí la idea de romper una amistad que me ha procurado tantos consuelos, tantas alegrías a mi alma.

Ciertamente, igual que tú yo siento la necesidad de un amigo que sea el confidente de mis pensamientos, el depositario de mis afectos, mi guía, mi apoyo, mi consuelo. Y yo me digo: «Ese amigo, creo que lo he encontrado; una fuerza invencible me atrae hacia mi buen Materne; ¡creo haber encontrado el compañero de mis destinos! ¿Me habré engañado?» ¡Palabra desgarradora!

«¿Me habré engañado? Pues él no siente como yo, no cree como yo. ¿Me habré engañado? ¡Oh, qué doloroso me sería reconocer ese error! Oh, no, yo no me he engañado. Materne es bueno, él tendrá piedad de mí. Tengo tanta necesidad de él, tal vez tenga él necesidad de mí.

»¡Ay!, él dice que mi religión sostendrá la suya; débil sostén, ¡si fuéramos a rodar los dos juntos hacia el abismo! Porque a él no le gustan los sacerdotes, y yo les quiero; y los sacerdotes me han dicho que no me alíe con sus enemigos, el Señor prohíbe adherirse de corazón a los que no le sirven de corazón; ¡ahí está mi conciencia enfrentada a mi amistad! ¡Penosa lucha! Pero quién sabe si no cambiará sus sentimientos. ¡Es virtuoso, es religioso, mi amigo! Él llegará a ver que el desprecio hacia los ministros de la religión (y ciertamente ese desprecio es un prejuicio) recaerá pronto o tarde sobre la religión misma, y que hay que rodear con respeto y amor el [ministerio] de los sacerdotes, si no su persona. ¡Oh, si un día pudiéramos creer, amar, y sentir lo mismo! Tal vez los muchos días pasados en París, filosofando juntos, podrán conducirnos a las mismas ideas. Pero si las suyas son malas, ¿y si me pervirtiese?»

Ahí tienes algo de lo que pasa por mi alma, amigo mío, y verás cómo sufro, mira lo que debe costarme la confesión que te acabo de hacer, pero te debía esta confesión franca y sincera para hacerte conocer mi situación.

Espero, temo, espero, luego me desanimo y entonces mi corazón se siente pesado; lloro como un niño. «Dios grande, ¿ya no tendré más a mi amigo, es que no debo tener uno?» Y ruego a Dios que me devuelva a mi amigo, que me lo devuelva tal como él lo quiere, que bendiga nuestra relación, que nos rodee con su protección a lo largo del camino y que nos reciba a los dos al final del viaje.

Porque yo tengo una necesidad inmensa de religión, y no solamente del cristianismo, sino del catolicismo. El sansimonismo me deseca con sus pensamientos de interés; el protestantismo me daña con sus divisiones, su anarquía sobre las creencias. ¿Y dónde está el catolicismo sin respeto por el clero? Y, sin embargo, tú dices que él cambia, y que se muere todos los días.

Yo siento aún un amor ardiente por la patria, una gran necesidad de servirla, pero la monarquía constitucional, bajo un rey legítimo, me parece la única salvación de Francia. Yo rodeo con mi respeto y amor no a Carlos X, que se ha hecho culpable y me contento con tenerle lástima, sino a Enrique IV, el hijo de los reyes, el dado [por] Dios, el huérfano desdichado al que un gobierno cobarde quiere golpear con una muerte civil y un destierro perpetuo para mantener una usurpación (maquiavelismo puro). A la república, que ha hecho perecer en sus cadalsos a varios de mis parientes a pesar de su inocencia, me la imagino como un fantasma horrible que se acerca, y el gobierno, con su hipocresía, sus persecuciones religiosas y políticas, me desagrada mucho aunque aun lo encuentro preferible a la anarquía. Lee la historia de Juliano el apóstata y la de Luis Felipe, rey de los franceses, compara sus conductas con el cristianismo, y juzga.

Pero la religión me prohíbe odiar a los hombres y juzgar sus intenciones. Ella manda honrar a los príncipes. Yo honro a Luis Felipe, y no le odio. No odio ni siquiera a los republicanos, porque también ellos han tenido virtudes en medio de sus crímenes.

Estoy lejos de condenar a los republicanos de buena fe de nuestros días; pueden engañarse, y yo también, pues somos hombres.

Pero, si llegara un día en el que dos estandartes dividieran a Francia, yo estaría bajo el blanco, con los recuerdos de Enrique IV y de Luis IX; y tú bajo la bandera tricolor, con los recuerdos de Mirabeau y de Napoleón; ¡y podría ser que nos reconociéramos al cruzar las bayonetas!

Sin embargo, los dos amamos a Francia, a la Libertad y a la Humanidad. Extrañas contradicciones. ¿Quieres que te las explique?

Hagamos ambos tabla rasa de nuestras opiniones; nos parecemos perfectamente: los dos somos jóvenes, los dos estamos llenos de sinceridad y al mismo tiempo de entusiasmo, los dos dotados de una sensibilidad delicada, de una imaginación ardiente, deseosos de verdades y de bellezas, la naturaleza nos ha dado a los dos corazones grandes, almas grandes y generosas. Te hablo con toda mi fran[queza]: hemos sido hechos para acercarnos, para ser amigos.

Pero la diferencia de las conversaciones que hemos escuchado y de las lecturas que hemos hecho, nos ha llevado por caminos diferentes; en mi lugar tú hubieras sido, tal vez, lo que soy yo; en tu lugar yo hubiese sido, tal vez, como tú.

De ahí viene la diversidad de opiniones, de creencias y, sin embargo, sigue en pie la necesidad de amarse.

¡Oh, amigo mío! El mal es grande, ¿dónde estará pues el remedio? ¡Qué feliz sería si pudiéramos acercarnos para siempre! Pero, ¡ay!, los dos somos muy desdichados por lo que parece, los dos estamos enfermos de la misma fiebre. ¡Si pudiéramos ayudarnos mutuamente!

Ven a verme mañana, si puedes; te esperaré hasta mediodía. Si no puedes, respóndeme por carta. No dejes de quemar esta carta: yo haré lo mismo con la tuya, si lo quieres.

Adiós. No es para siempre. Estoy sufriendo mucho, esto me deseca. No veo a casi nadie.

He querido volver a leer esta carta; los ojos se me han llenado de lágrimas.

Tu amigo para siempre:

A.-F. Ozanam.

Te espero mañana desde la 1 de mediodía hasta las 5 de la tarde. Por la mañana estaré fuera, hasta el mediodía[1].

Fuente: Archives Laporte (original). • Edición: LFO1, carta 28.

[1]      Este último párrafo fue escrito a lápiz, de mano del propio Federico Ozanam.

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