Federico Ozanam, Carta 0029: A Hippolyte Fortoul y Claude Huchard

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Federico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Federico Ozanam · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Federico Ozanam, Correspondencia. Tomo I: Cartas de juventud (1819-1840)..
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Incertidumbre de los tiempos presentes. Reacción de la provincia ante los sucesos. Perspectivas para una sociedad nueva y papel del catolicismo.

Lyon, 15 de enero de 1831.

Mis buenos amigos:

Debo a Fortoul una carta, a Huchard una respuesta[1] y lo que desearía decirle al uno debería decírselo también al otro. Ya que sois lo bastante amigos como para no tener secretos entre vosotros no recibiréis, pues, sino una carta pero, eso sí, la recibiréis grande, amplia, llena de palabras, si no de ideas; tendréis una buena ración.

Por la carta de Huchard me entero de que ambos gozáis de muy buena salud; os felicito. El alma se siente más libre en un cuerpo dispuesto, y se estudia con más facilidad, perseverancia y fruto cuando el dolor no fustiga día y noche con sus impertinencias. Puedo hablar de eso con conocimiento de causa, < afectado como estoy desde hace unos días por dolores de dientes casi continuos. >

Pero, aunque tenéis los órganos sanos y el cerebro libre, < y si el estómago funciona bien, > parece, por lo que dicen las cartas del amigo Huchard, que la que sufre es vuestra alma, que vuestro pensar está enfermo, que vuestro corazón se inquieta mientras espera lo que está por ocurrir; suspendidos entre un pasado que se derrumba y un porvenir aún incierto, a veces os dirigís al uno para decirle adiós, a veces al otro para preguntarle, ¿quién eres tú? Y, como no responde, intentáis penetrar sus misterios, vuestro espíritu se agita en mil direcciones, se roe así mismo, se devora, resultando de ahí un malestar invencible e indecible. En medio de esos trabajos intelectuales, en medio de esa agitación profunda, que toda la capital experimenta igual que vosotros, os acordáis de aquel pequeño Ozanam, vuestro antiguo camarada de colegio, hoy pobre funcionario de justicia[2], enjuto discípulo de filosofía, y queréis saber lo que él piensa y lo que se piensa a su alrededor.

¿Lo que se piensa a mi alrededor? Me resultaría difícil informaros, lo confieso. Sin embargo, creo que, hablando de manera filosófica, en provincias no se piensa o, a lo más, se piensa muy poco. Se lleva una vida industrial y material; cada uno se preocupa de su comodidad personal, de su bienestar particular y luego, cuando su señoría el Γαστήρ[3] está satisfecho, cuando la caja de caudales está llena, se habla de política junto a la estufa o alrededor de las mesas de billar; se habla mucho de libertad aunque no se sepa qué es; se elogia la conducta de la guardia nacional y de las escuelas en las jornadas de diciembre[4], pero nadie se preocupa casi de las protestas, de las proclamas de los señores de la Escuela de Derecho; eso sí, se les censura acerbamente por querer gobernar al gobierno y por querer implantar, como ensayo y a su modo, una pequeña república en medio de nuestra monarquía. En resumen, lo que se desea es orden en lo material, una libertad moderada, pan y dinero; hay cansancio de las revoluciones, se tiene ansia de reposo. En fin, nuestros provincianos no pertenecen ni al pasado ni al porvenir; son hombres del presente, hombres de báscula, como dice la Gazette.

Eso en cuanto a mi alrededor. Ahora, queréis que os diga lo que pienso, yo, ¡pobre enanillo, que solo veo las cosas de lejos y a través de los relatos, con frecuencia engañosos, de los periódicos y de los razonamientos, más absurdos todavía, de nuestros políticos, como a través de un anteojo empañado! Como me hallo rodeado por mil opiniones directamente contradictorias, que asedian sin cesar mis oídos con sus recíprocos argumentos, he fabricado ya veinte sistemas, ninguno de los cuales pudo subsistir; he hecho cien conjeturas, que los acontecimientos se han encargado de desmentir; y hete aquí que ahora, cansado de politiquear y de adivinar, me limito a mirar cómo los demás juegan a las charadas, < yo entrego mi lengua a los gatos, > esperando que digan en voz alta la clave del enigma. < Sin metáfora, he discutido largamente sobre los principios, pues la verdad de los principios justifica las consecuencias; he compulsado la soberanía del pueblo y el derecho divino, y he concluido que el uno y el otro tienen sus muchas dificultades, sus consecuencias difícil[es] de digerir, etc…, de modo que, al final, he dejado de lado la cuestión y he dicho: la legitimidad de un suceso político es su conformidad con las leyes providenciales que rigen la sociedad; ahora bien, esa conformidad recibe su prueba por la duración del suceso, por consiguiente el trascurrir de los hechos determinará la confianza que se debe tener en lo que acaba de suceder y, por consiguiente, en los principios proclamados. > Mientras tanto, practico la paciencia, leo las noticias solo para saber lo que sucede, trato de permanecer, dentro de lo posible, encerrado dentro de mi esfera individual, evoluciono por mi cuenta, estudio mucho, por ahora fuera de la sociedad para poder entrar en ella más adelante, en forma más ventajosa para ella y para mí. Este es el plan que me he trazado, que el abate Noirot me animó a ejecutar y que os aconsejo adoptéis también, mis buenos camaradas, pues, en conciencia, nosotros estamos aún demasiado verdes, no estamos todavía bastante nutridos con la savia vivificante de la Ciencia como para poder ofrecer frutos maduros a la sociedad. Apresurémonos y, mientras la tormenta derriba a muchas notabilidades, crezcamos en la sombra y en el silencio para que, cuando hayan pasado los días de transición y necesiten de nosotros, nos encontremos ya hombres hechos, llenos de vigor.

Por mi parte, mi decisión está tomada, he trazado el plan de mi vida y, en calidad de amigo, debo haceros partícipes de él.

Igual que vosotros, siento que el pasado se derrumba, que los cimientos del viejo edificio se conmueven y que una terrible sacudida ha cambiado la faz de la tierra. Pero, ¿qué deberá salir de entre esas ruinas? ¿La sociedad deberá permanecer sepultada bajo los escombros de los tronos derribados, o habrá de reaparecer más brillante, más joven y más hermosa? ¿Veremos nosotros «novos cælos et novam terram»[5]? Esa es la cuestión importante. Yo, que creo en la Providencia y que no desespero de mi patria, como Charles Nodier[6]; creo en una especie de palingenesia[7]. Pero; ¿cuál será su forma, cuál será la ley de la nueva sociedad? No me atrevo a decirlo.

No obstante, lo que creo poder asegurar es que existe una Providencia, y que esa Providencia de ninguna manera ha podido abandonar durante seis mil años a criaturas razonables, naturalmente deseosas de la verdad, del bien y de la belleza, en las manos del genio perverso del mal y del error y que, por consiguiente, todas las creencias del género humano no pueden ser extravagancias, y que ha habido verdades en el mundo. Ahora se trata de reconquistar esas verdades, desembarazándolas del error que las envuelve; es menester buscar entre las ruinas del mundo antiguo la piedra angular sobre la cual habrá de reconstruirse el nuevo. Sería, algo así, como esas columnas que, según los historiadores, fueron erigidas antes del diluvio para transmitir el depósito de las tradiciones a los que habrían de sobrevivir, cuando el arca sobrenadaba por encima de las aguas llevando consigo a los padres del género humano[8]. Eso es lo que yo echaba en falta en la sociedad, y en mí sentía algo parecido. Me hacía falta algo sólido a lo que me pudiera adherir y en lo que echar raíces, para resistir los torrentes de la duda.

Pero, ¿dónde buscar esa adaraja, esa columna de tradiciones, esa barca de salvación? Entre todas las ideas de la antigüedad, ¿dónde desenterrar las únicas verdaderas, las únicas legítimas? ¿Por dónde empezar, por dónde concluir?

Aquí me detengo a reflexionar: la primera necesidad del hombre, la primera necesidad social, las ideas religiosas; el corazón tiene sed de lo infinito. Por lo demás, si existe un Dios, y si existen hombres, se impone entre ellos una relación. Debe haber, por tanto, una religión; en consecuencia, una revelación primitiva; como segunda consecuencia, existe una religión primitiva, de origen antiguo, esencialmente divina y por eso mismo, esencialmente verdadera.

Y es esa herencia, transmitida desde lo alto hacia el primer hombre y del primer hombre a sus descendientes, lo que estoy ansioso por investigar. Me dirijo así a través de regiones y de siglos, removiendo el polvo de todas las tumbas, registrando los restos de todos los templos, exhumando todos los mitos, desde los salvajes de Koock[9] hasta el Egipto de Sesostris[10]; desde los hindúes de Vishnú[11] hasta los escandinavos de Odín[12]. Examino las tradiciones de cada pueblo, buscando su razón de ser, su origen, y ayudado por las luces de la geografía y de la historia, descubro en toda religión dos elementos bien nítidos: un elemento variable, particular, secundario, originado según las circunstancias de tiempo y de lugar en las cuales cada pueblo se ha encontrado, y un elemento inmutable, universal, primitivo, inexplicable ante la historia y la geografía. Y, como ese elemento aparece en todas las creencias religiosas y surge tanto más completo, tanto más puro, cuanto más uno se remonta hasta épocas más antiguas, saco de ahí la conclusión de que solo él reinó en los primeros días y que es el elemento que constituye la religión primitiva. De ahí se infiere, por consiguiente, que la verdad religiosa es aquella que, esparcida sobre toda la tierra, se encuentra en todas las naciones, transmitida por el primer hombre a su posteridad, corrompida luego y mezclada con todas las fábulas y con todos los errores.

Y entonces, amigos míos, mi alma se llenó de gozo y de consuelo, pues he aquí que por las fuerzas de su razón ha vuelto a encontrar precisamente aquel catolicismo que se me había enseñado por labios de una madre excelente, tan querida en mi infancia, y que alimentó con tanta frecuencia mi espíritu y mi corazón con sus bellos recuerdos, y con sus esperanzas todavía más bellas. ¡El catolicismo con todas sus grandezas, con todas sus delicias! Estremecido algún tiempo por la duda, sentía una necesidad invencible de adherirme con todas mis fuerzas a la columna del templo aunque me aplastase en su caída, y he aquí que hoy la vuelvo a encontrar, esa columna, apoyada sobre la ciencia, luminosa con rayos de sabiduría, de gloria y de belleza; la he vuelto a encontrar, la abrazo con entusiasmo, con amor. Permaneceré junto a ella y desde ella extenderé mis brazos, la mostraré como un faro de liberación a los que flotan en el mar de la vida. ¡Dichoso si algunos amigos vienen a reunirse alrededor de mí! Entonces uniremos nuestros esfuerzos, trabajaremos juntos y otros vendrán a unirse a nosotros, y tal vez un día la sociedad se reunirá, toda entera, bajo esa sombra protectora: el catolicismo, lleno de juventud y de fuerza, se elevará de repente sobre el mundo, se pondrá a la cabeza del siglo que renace para conducirlo a la civilización de la felicidad. ¡Oh, amigos míos!, me siento emocionado al hablaros, y lleno de placer intelectual. Pues la obra es magnífica y yo soy joven, tengo una gran esperanza y creo que llegará el tiempo en el que habré alimentado, hecho fuerte mi pensamiento, y entonces podré expresarlo dignamente.

Sí; los trabajos preliminares me han permitido ya entrever la vasta perspectiva que acabo de describiros y sobre la cual planea mi imaginación, trasportada. Pero no basta contemplar la carrera que debo recorrer; es menester ponerse en camino pues ha llegado la hora, y, si quiero hacer un libro a los treinta y cinco años, debo empezar a los dieciocho los trabajos preliminares que son numerosísimos.

En efecto, para llegar a poder expresar mi idea con exactitud, debo conocer una docena de idiomas para consultar fuentes y documentos; saber bastante de geología y astronomía para poder discutir los sistemas cronológicos y cosmogónicos de los pueblos y de los sabios y, por último, estudiar historia universal, en toda su extensión, e historia de las creencias religiosas bien a fondo; todo eso tengo que hacer para llegar a poder expresar mi idea.

Sin duda os escandalizáis y os burláis de la temeridad de este pobre Ozanam; os acordaréis de la rana de La Fontaine[13] y del ridiculus mus[14] de Horacio. ¡Como os parezca! Yo mismo me asombré de mi osadía pero, ¿qué hacer? Cuando una idea se ha hecho carne en uno durante dos años y bulle en el entendimiento, impaciente por desbordarse hacia el exterior, ¿puede uno retenerla? Cuando una voz nos grita sin cesar: «¡haz esto! ¡yo lo quiero!», ¿puede uno decirle que se calle? Una frase publicada, hace tiempo, en l’Abeille me ha impresionado siempre: «Pobres sabios, si… hicierais sobre la mitología una obra graciosa como Telémaco, profunda como El Espíritu de las leyes[15]»; pues ahí está expresada, en dos palabras, la ambición, tal vez ambición loca, que quiero realizar. Por lo demás, he comunicado mi idea al abate Noirot, quien me ha animado mucho a llevar a cabo mi plan y, al manifestarle que temía encontrar demasiado pesada la tarea para mí, me aseguró que fácilmente encontraría muchos jóvenes estudiosos prontos a ayudarme con sus consejos y sus trabajos; por eso, pensé en vosotros, mis buenos amigos.

Muchas cosas querría deciros aún, pero el portador de la carta se va y no me da tiempo. Otra vez os hablaré de mi modo de pensar acerca del sansimonismo[16]; aquí no tiene arraigo y generalmente, no se lo juzga de modo favorable[17].

< Ojalá Fortoul me conteste pronto y me dé consejo. Quisiera que Huchard me dijese exactamente cuántas cartas me ha escrito hasta hoy; temo que se haya perdido una. El libro del que le hablé se titula: Entretiens d’Eudoxe et d’Ariste sur la science, 2 vol. in-8º[18]. >

Mi hermanito Charles ha escrito a Huchard[19], pero no tengo aquí su carta para mandarla.

Adiós; muchos recuerdos para los camaradas de París: para vosotros, queridos amigos, la amistad sincera de vuestro compañero de colegio.

A.-F. Ozanam.

Pensamos con frecuencia en vosotros, no nos olvidéis.

Dirección: Al señor H. Fortoul, estudiante en Derecho, rue des Maçons-Sorbonne, Hôtel Sainte-Anne nº 24, París. • Sello postal: 19 de enero de 1831. • Fuentes: Archives nationales, 246 AP 4, nº 9 (original). — Archives Société de Saint Vincent de Paul (fotocopia). — Archives Laporte (copia). • Ediciones: LFO5, carta 1340 (25). — Lettres, t. I, p. 1-9. — LFO1, p. 32-35. (estas dos ediciones a excepción de los pasajes entre < >). — Disquisitio, p. 158-160. — Cartas, t. I, p. 17-24 (edición parcial).

[1]      Las cartas de Huchard a Federico Ozanam no se han conservado, como tampoco las de Fortoul.

[2]*    Ozanam escribió esta carta a los diecisiete años, pocos meses después de salir del colegio (octubre de 1830). En ella explica toda su vocación. Era demasiado joven para empezar Derecho en París, así que su padre, que lo destinaba al notariado, lo colocó como pasante en el bufete de Jean-Baptiste Coulet, abogado en Lyon, plaza du Change (Cf. Vincent, o.c., p. 148). Ozanam, que soñaba con algo distinto, fue allí muy desgraciado, tanto por la clase de tarea que debía realizar como por los malos elementos que le rodeaban; pero como era un hijo obediente, se consolaba aprendiendo alemán; comenzó también a estudiar hebreo y leía mucho. Dejó ese puesto en otoño de 1831, para realizar sus estudios universitarios en París. Cf. Œuvres, t. X, p. 1.

[3]*    «Estómago».

[4]      El proceso de los antiguos ministros de Carlos X ante la Cámara de los Pares (15-21 de diciembre de 1830) produjo una cierta agitación popular, y su condenación a cadena perpetua, juzgada insuficiente, provocó revueltas el 22 de diciembre. La actitud firme y serena de la guardia nacional y las exhortaciones de los estudiantes, sobre todo los del Politécnico, contribuyeron a traer de nuevo la calma.

[5]*    «Nuevos cielos y nueva tierra» (Cf. Ap 21, 1).

[6]      Charles Nodier publicaba entonces en la Revue des deux mondes algunos extractos de sus recuerdos de la Revolución, en un tono muy pesimista.

[7]      Término que procede de la palabras griegas πάλιν (palin, de nuevo) y γένεσις (génesis, origen, nacimiento). Teoría filosófica y religiosa según la cual la historia se compone de ciclos sucesivos. Sobre este concepto, entonces de moda, ver Disquisitio, p. 108, nota 51.

[8]*    Una de las fuentes de esta creencia es el antiguo manuscrito Cooke (c. 1410), conservado en el British Museum, donde se lee que toda la sabiduría antediluviana fue escrita en dos grandes columnas (párrafos 281-326):

«Y por ello idearon escribir todas las ciencias que habían encontrado en estas dos piedras [mármol y ladrillo], de manera que si Dios se vengaba con el fuego el mármol no fuera quemado, y si Dios se vengaba con el agua la otra piedra no se hundiera. Y por ello rogaron al hermano mayor de Jabal que construyera dos columnas con estas dos piedras, y que esculpiera en los dos pilares todas las Ciencias y las Artes que habían hallado.»

[9]      Se trata sin duda de los indígenas descritos por el capitán James Cook en el transcurso de sus viajes, escritos de los que se hicieron ediciones y traducciones sin cuento.

[Nota del editor español]: Más bien parece que Ozanam se refiere a los indígenas de los pueblos amerindios de la Patagonia, concretamente los relatos de la creación de los Tehuelches referidos a Kóoch, la deidad creadora.

[10]*   Sesostris fue el segundo faraón de la dinastía XII del Imperio Medio de Egipto, y gobernó de 1956 a 1911 a.C.

[11]*   Visnú es un dios hindú. Según el Padma-purana, Visnú es el dios principal de la trimurti; es decir, él es el creador, preservador y el destructor del universo: cuando Visnú decidió crear el universo se dividió a sí mismo en tres partes. Para crear dio su parte derecha, dando lugar al dios Brahmá. Para proteger dio su parte izquierda, originando a Visnú (es decir, a sí mismo) y por último, para destruir dividió en dos partes su mitad, dando lugar a Shivá.

[12]*   Odín (en nórdico antiguo Óðinn) es considerado el dios principal de la mitología nórdica y algunas religiones tradicionales germánicas.

[13]*   Fábula La Grenouille qui veut se faire aussi grosse que le Boeuf (La rana que quiso igualarse a un buey), de La Fontaine.

[14]*   «Ridículo ratón». Horacio, Ars poetica, 139, basado en una fábula de Esopo, Parturient montes (El parto de los montes).

[15]*   De lesprit des lois (Del espíritu de las leyes), de 1748, es obra de Montesquieu (Charles Louis de Secondat, Señor de la Brède y Barón de Montesquieu), filósofo, cronista y pensador francés que vivió en el siglo XVIII.

Existen varias ediciones de esta obra en español, por ejemplo: la traducción de Mercedes Blázquez y Pedro Vega, con introducción de Enrique Tierno Galván (Madrid: Alianza, 2003).

[16]*   Doctrina política elaborada por Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825), y sus discípulos, Enfantin, Bazard y Leroux, basada en el igualitarismo. Influyó en la fundación de la tradición sociológica y en el marxismo.

[17]    Sobre la actividad de los sansimonianos y la reacción de Federico Ozanam, ver Centenaire, p. 24-33, y Vincent, o.c., p. 157ss. Sabemos que Federico Ozanam refutó las doctrinas sansimonianas en su Réflexions sur la doctrine de Saint-Simon (Reflexiones sobre la doctrina de Saint-Simon), publicado en mayo de 1831 (Cf. Galopin, nº 44; Disquisitio, p. 115ss).

[18]    No se ha encontrado una obra que lleve ese título. Puede que se trate de Les Entretiens d’Ariste et d’Eugène (Conversaciones entre Ariste y Eugène) del padre Dominique Bouhours, S.J. París: 1671, o de Entretiens d’Eudoxe et d’Euchariste, sur l’histoire de l’Arianisme et l’histoire des iconoclastes (Conversaciones entre Ariste y Euchariste sobre la historia del arrianismo y de los iconoclastas), de Jacques Lefèvre, Colonia: 1683.

[Nota del editor español: por el título de la obra que da Ozanam en la carta, y su alusión en el mismo a la ciencia, consideramos más probable que se trate de Les Entretiens Physiques d’Ariste et d’Eudoxe Ou Physique Nouvelle en Dialogues (Conversaciones físicas entre Ariste y Eudoxe, o nueva Física en diálogos), del Noel Regnault (1683-1762), físico y sacerdote jesuita. La primera edición de dicha obra, que contribuyó a popularizar el interés por la Física en Francia (Cf. Udías, Agustín. Jesuit Contribution to Science: A History. Londres: Springer, 2015, cap. 2) apareció en París en 1734. Se conoce hasta una 7º edición revisada, de 1745).]

[19]    Carta perdida.

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