Envío de un poema titulado «La noche» y petición de críticas1.
Lugduni, 12 Kalendas Novembris, anno reparatæ salutis 1829.
Cum sit illud tui judicii tam subtile, tam promptum animum, eaque ingenii velocitas, ut in corrigendis nostris pauculis ac vilibus versiculis ipso Horatio haud inferiorem te exhibeas, te iterum quæso precorque ut hanc mihi naves operam, et munus pauperis amici implere non recuses. Quippe et novum istud carmen, novum sterilis mei atque imbecillis ingenii testimonium mitto commendoque Catoniana severitate emendandum. Nisi enim alter Cato obstiteris, acquiserit modus effrenatæ istæ ac grassantis licentiæ, inconditos, inamabiles, pauperculæ meæ Camenæ ludos quis retundet? quis exprobret? quis reformabit? Te igitur patronum, te censorem, te ducem compello. Tibi quidquid erit meorum operum semper subjiciam, semper tuæ severitati justitiæque committam.
At, inquies, et forsan haud immerito, «quousque tandem abutere patientia nostra? Quousque mihi vigilare cupienti provocabit somnos tuorum versiculorum languor?» Ah! parce, memor esto nostræ familiaritatis. Et si quid tædii nostris operibus tibi nascitur, da veniam amico, præsta opera fortiter, vince tædium tuum, nam tendit in ardua virtus. Hoc tua fretus magnanimitate, iterum tibi commendo hosce meos versiculos. Deo vero, rerum conservatori commendo tuam pretiosissimam salutem.
Vale.
A.-F. Ozanam,
condiscipulus ac semper tibi devotissimus.
Traducción:
Lyon, 17 [sic: 21]2 de octubre del año de la Salvación, 1829.
Dado que es tan sutil tu juicio, tan dispuesto tu ánimo y tal la agilidad de tu ingenio que, para corregir mis pocos y viles versitos, te muestras no inferior al propio Horacio, de nuevo te ruego y te suplico que me prestes este servicio y que no rechaces completar la obra de un pobre amigo. Y es que te envío también este nuevo poema, nuevo testimonio de mi estéril y flaco ingenio, y te lo encomiendo para que lo enmiendes con severidad catoniana3. Pues, si no lo impidieras como un segundo Catón, adquiriría las maneras de una licencia desenfrenada y errabunda. ¿Quién reprimirá los inéditos desagradables juegos de mi pobrecilla Camena? ¿Quién los reprobará? ¿Quién los reformará? Así pues, te fuerzo a que seas mi protector, censor y guía. A ti someteré siempre cualquiera de mis obras, siempre las encomendaré a tu severidad y justicia.
Pero, preguntarás, y tal vez no sin razón, «¿hasta cuándo, en fin, abusarás de mi paciencia?4 ¿Hasta cuándo me provocará sueño la languidez de tus versitos, si deseo estar despierto?» ¡Ay! Ten consideración, que sea un testimonio de nuestra amistad. Y si te surge un cierto aburrimiento por mis composiciones, concede tu indulgencia al amigo, presta este servicio con decisión, vence tu aburrimiento, pues la virtud se inclina a lo difícil5. Confiado en esta tu grandeza de ánimo, de nuevo te encomiendo estos mis versitos. Por lo demás, encomiendo a Dios, que preserva las cosas, tu valiosísima salud.
Cuídate.
A.-F. Ozanam,
condiscípulo y siempre muy afecto a ti.
LA NOCHE
Meditación poética
Ya no se oye en el fértil campo de pastos
bramar al toro soberbio.
Ya no vemos a las muchachas del pueblo
danzar al sonido del cálamo.
Esta es la hora misteriosa
en que, cayendo sobre la tierra una suave claridad,
la reina de la noche, bella y silenciosa,
pasea su carro encantado.
Es la hora deseada en que, cerrando sus párpados,
los mortales fatigados ansían el descanso,
en que el pastor cree ver al fondo del cementerio
levantarse el espíritu de las tumbas.
A solas con mi pensamiento, errante, melancólico,
me place alimentar entonces recuerdos tristes.
Me extravío soñando en la antigua selva
a la que agita suavemente el aliento de los Céfiros.
Allí, Filomela solitaria,
bajo el denso boscaje de un roble centenario,
reclama a sus pastores, con ecos resonantes,
sus hijos, sus tiernos hijos arrebatados a su amor.
Allá abajo, la verde hierba coronando la orilla,
oigo rodar a lo lejos la cascada gimiente.
Allá, en el claro arroyo que huye entre las flores,
la luna refleja sus temblorosos reflejos.
Sí, es en estos momentos de una augusta tristeza
cuando, despojando del cuerpo los lazos tenebrosos,
mi espíritu, conmocionado por una embriaguez piadosa,
se arroja con amor al Dios de los cristianos.
«Salud, rey, soberano del mundo
creado por tu poder,
tú, cuya palabra fecunda
ha sacado de la nada el día y la noche.
Eres tú quien, por los cielos extendiendo la luz,
has suspendido en él esas lámparas de oro
de las que tú mismo guiando el impetuoso impulso,
trazaste el curso inmutable.
El universo, en silencio, admira tus favores.
Tú das a nuestros campos sus brillantes adornos,
sus voces melodiosas a los huéspedes de los bosques,
a los arroyos su murmullo tierno.
Extendiendo tu bondad sobre la morada del hombre
tú alegras su exilio y consuelas sus penas.
Tú sabes hacerle amar las cadenas
de su larga cautividad.
¡Oh! ¿quién me dará las alas
de la dulce paloma o del puro serafín?
¿Cuándo veré yo que se rompen mis trabas mortales
para ir a descansar en tu seno?
¿Cuándo podré yo, inundado por una dicha sin mezcla,
gustar los placeres sin enojos
y en los transportes santos que arrebatan al Arcángel,
ver pasar esos días puros que no conocerán la noche?»
Fuente: Archives Laporte (original). • Edición: LFO1, carta 9.
- Esta carta está escrita en latín (el cuerpo de la misma, traducción de Iván Juarros, C.M.) y en francés (el poema).
- Ozanam escribe: 12 kalendas novembris. Las kalendas eran el día 1 de cada mes. Los romanos no cuentan los días a partir de esa fecha, sino los días que faltan para llegar a esa fecha. Por tanto el día 12 antes de las kalendas de noviembre es el 21 de octubre, no el día 17 que asigna la edición francesa.
- Se refiere a Marco Porcio Catón, el Censor, político y escritor romano que vivió a caballo entre los ss. III y II a.C. Ha pasado a la historia como un hombre conservador y severo defensor de las tradiciones romanas, frente al influjo griego.
- «Quousque tandem abutere patientia nostra?». Se trata del comienzo de la primera Catilinaria de Cicerón.
- «Tendit in ardua virtus». La cita está tomada de Ovidio, Epistulæ ex Ponto (Cartas desde el Mar Negro), II, 2, v. 111.







