Envío de un poema y petición de críticas.
Desde nuestra residencia en Cuires, 15 de octubre de 1829.
«¡Siempre cartas! ¡Cuánta correspondencia! ¡Ese parlanchín de Ozanam tiene la lengua tan larga que, no pudiendo charlar con sus amigos ausentes, siempre quiere contrariarles con sus fastidiosas propuestas!».
Eso dijo el amigo Materne, ante la aparición de esta nueva carta del parlanchín Ozanam; pero el susodicho parlanchín tiene muchas cosas que decir al amigo Materne.
Según nuestras nuevas medidas respecto al señor Louet y a l’Abeille, me he decidido a llevar en persona al señor Legeay la obra en verso que había enviado, pero, como quiero someterla antes a tu crítica, tengo el honor de enviártela.
El Genio de Cartago predijo a los romanos vencedores los males de los que iban a ser presa1.
Roma había triunfado: su soberbia enemiga
expiraba en los fuegos de un horrible incendio.
Un día vio caer a la reina de la mar.
El esplendor, los tesoros, la pompa de Cartago
desaparecieron como un rayo
cuya llama rápida atravesó la nube.
Sobre las paredes en llamas un feroz vencedor.
Saciado de sangre, ebrio de felicidad,
hace resonar a lo lejos los cantos de victoria
y las murallas desmoronadas de la triste ciudad
han repetido ya cien veces
arrebatos de alegría e himnos de gloria.
La oscura noche de lo alto del cielo
desplegaba sus velas fúnebres.
Los espectros, hijos de las tinieblas,
seguían su carro misterioso.
De pronto, de entre los escombros,
como un terrible gigante,
parece salir del seno de las sombras
un genio de aspecto amenazador.
De palacios destruidos su pie pisa la ceniza.
Su cabeza está ceñida de laureles marchitos.
Su mano de un viejo tridente lleva los negros despojos.
Como un trueno terrible su voz se ha hecho escuchar.
«¡Tiembla orgullosa Roma! Un severo destino
abandona hoy Cartago a tu venganza.
Pero tiembla: quizá mañana
verás nacer en tu seno
la tempestad que debe aplastar tu poder.
Tú dijiste en tu corazón codicioso:
he sometido a la reina de los mares,
mi águila en su carrera rápida
ha recorrido todo el universo.
Has hablado en vano. Los dioses vengadores de los crímenes
un día castigarán tus excesos.
La voz de la sangre de tus víctimas
reclama su ira sobre tus brillantes fechorías.
Oigo ya retumbar la tormenta
que quebrará tu brazo vencedor.
Tus hijos alterados por la matanza
volverán contra ti su furor.
Veo dispersos sobre tus murallas
los restos entregados a los buitres.
El demonio de los combates ha sobrevolado tus torres.
Los ciegos soldados desgarraron tus entrañas.
¡Infeliz Aníbal, han sido vengados tus manes!
Veo fluir la sangre en los campos devastados.
En todas partes reina la muerte, el luto y el terror.
Roma siente tambalear su corona sangrante.
¿Quién es ese guerrero (Mario) que entre nuestras tumbas
fugitivo viene a esconder su miserable vida?
¡Ojalá pueda escapar a la espada de los verdugos
para desolar todavía a su culpable patria!…
Y tú, orgulloso Escipión, verás tus grandezas
pasar como una sombra ligera
lejos de la gloria y de los honores.
Morirás olvidado en tierra extranjera.
Adiós, estoy contento. Acabando estas palabras
el fantasma dejó su antigua herencia,
se le vió caer con gran ruido en las olas
que bañaban un día los muros de Cartago.»
El feroz soldado tembló aterrorizado,
sentía su corazón golpeado por un horror desconocido.
¡Y turbando con sus fuegos la espesa oscuridad
el rayo por tres veces estalló en la nube!
Eso es todo, y ya era hora, pues ya te veo bostezar, cerrar el ojo y dormirte. Sin embargo, si quieres despertarte para corregir estos malos versos, harás un favor a este tu amigo y fiel caballero.
A.-F. Ozanam, compadre la Locura.
Tengo el honor de presentar mi homenaje a tu majestad y mis respetos a tu familia.
P.S. Si pudieras redactar rápidamente tus observaciones por la noche, me las comunicarías el sábado en Lyon, a donde tengo la intención de ir ese día. Así pues desempeña, por favor, una vez el papel de censor y male tornatos mendis reddere versus2.
Al dorso: Para su Alteza A. L. Materne. • Fuente: Archives Laporte (original). • Edición: LFO1, carta 8.
- Publicado en l’Abeille française, t. V, marzo de 1830 (Cf. Galopin, nº 31).
- «Devolver los versos mal acabados que contienen erratas». Se trata del v. 441 del Ars poetica de Horacio. La mayoría de los críticos hoy día prefieren la lectura «male tornatos incudi reddere versus», que da mejor sentido y se traduce como «devolver al yunque los versos mal torneados».







