Federico Ozanam (1813-1853) (XX)

Mitxel OlabuénagaFederico OzanamLeave a Comment

CREDITS
Author: .
Estimated Reading Time:

Federico Ozanam-1EPILOGO

«El hombre fue admirable y encantador […]. Toda su vida estuvo consagrada a los desvelos más nobles y empleada en las tareas más bienhechoras. Y sobre este destino tan realizado y tan breve planea la melancolía de las existencias prematuramente rotas.» Este juicio que se halla bajo la pluma de René Doumic en el prefacio del Livre du Centenaire no es exagerado: Federico Ozanam fue un justo.

¿Con qué nos podemos quedar de él en la linde del tercer milenio, ciento cincuenta años después de su muerte? Primero, su fe cristiana, evidentemente. Desde su más tierna infancia, estuvo convencido de la existencia de Dios, de su revelación en Jesucristo y de su manifestación por medio de la Iglesia católica. El ejemplo de sus padres creyentes fervorosos en un mundo trastornado por la filosofía de la Ilustración y por la revolución, fue determinante: su madre le enseñó la oración, su padre la caridad. Pero su talante de fe fue sobre todo personal: a los dieciocho años, afirmaba que el cristianismo y la ciencia se encontrarían, y preveía poder probar, por la vía intelectual en la que soñaba, que la fe católica era la meta del mundo.

Para él, en efecto, la fe no era la del carbonero: debía confrontarse con la ciencia, la historia, la política para afirmarse y sostener su mensaje salvador. Se halla aquí la segunda característica de Ozanam: su dedicación al trabajo de erudición histórica, que es su verdadera vocación, porque permite, según él, demostrar incansablemente la superioridad del cristianismo como camino de progreso en el destino de los pueblos. Como corolario, la enseñanza y la formación de los estudiantes le parecían de importancia capital, sobre todo en un universo de volterianismo triunfante. De ello hacía un combate: «Cada día, nuestros amigos, nuestros hermanos se hacen matar como soldados o como misioneros», dice un día de 1842 a sus jóvenes oyentes del Círculo católico. «¿Qué hacemos nosotros durante ese tiempo? […] Ah! señores, trabajadores de la ciencia, gentes de letras cristianos, mostremos que no somos tan cobardes como para creer en un reparto que sería una acusación contra Dios que lo habría hecho […]. Preparémonos a probar que también nosotros tenernos nuestros campos de batalla en los que a veces se sabe morir.»

La reflexión política era la segunda: poco importa el régimen de facto, decía Federico, con la condición de que aplique las principales virtudes cristianas con respecto a las clases más pobres. En alas del Evangelio y de la caridad, prefería claramente una república moderada, demócrata y cristiana, a un sistema monárquico como los que veía en acción: una Restauración anacrónica y anticlerical, una monarquía de Julio antisocial y corrompida. Apóstol de una vía media entre republicanos fanáticos, socializantes, revanchistas, y burgueses conservadores, egoístas, miopes, ya veía él que sería difícil, si no imposible. No batalló con menos obstinación contra su propio campo la mayor parte del tiempo, pero estando seguro de tener razón.

Además, preocupado por la urgencia, no se agotó en grandes teorías. Después de afirmar algunos principios sencillos que consideraba enseñados por Cristo, actuó: las conferencias de historia para combatir el «pensamiento único», las conferencias de Nuestra Señora para proclamar el Evangelio en el mundo contemporáneo, la Sociedad de San Vicente de Paúl para llevar una ayuda «humanitaria» inmediata. Total y sinceramente abandonado a la voluntad divina, fue, sin embargo, poseído por la duda: duda sobre sus capacidades, duda sobre la oportunidad de sus iniciativas, duda sobre la pertinencia de sus análisis. Pero tenía el orgullo de los grandes creyentes y de los verdaderos humildes: esa certeza inquebrantable, a pesar de los vértigos de la angustia y las turbulencias de la vida, de realizar el plan de Dios.

Por fin, no abandonó nunca su apertura de espíritu ni su optimismo sereno: «Un alma firme, nutrida de los grandes recuerdos de la historia, no ignora que frecuentemente la verdad y la virtud se encontraron aisladas entre las multitudes enemigas y que su honor estuvo en no doblegarse a la corriente general», escribía a su hermano Carlos el día de Pascua de 1842. «Pero cuando se ha vivido un poco más, uno acaba por hacer otras dos advertencias más tranquilizantes. En primer lugar, en los siglos que precedieron y que se acostumbra a mirar como edades de creencia y de paz, se reconocen tentaciones y peligros comparables a los de nuestros días […]. En segundo lugar, si se observa con cuidado, se acaba por descubrir alrededor de sí mucho más cristianismo de lo que se había creído en un principio. Uno se admira en esta sociedad francesa atormentada desde hace ciento cincuenta años […], al ver obras de caridad tan numerosas […], el Evangelio rodeado de homenajes tan unánimes […], y también tantas costumbres cristianas, y recuerdos saludables, disposiciones favorables en aquellos que no están con nosotros.»

Cuando recibió los santos sacramentos horas antes de su muerte, el 8 de setiembre de 1853, el sacerdote llamado a su cabecera le recomendó tener confianza en Dios. Federico, que acababa de vivir varios meses de angustia atroz, al sentir, a los cuarenta años, que se le iba la vida de verdad, le dio esta sencilla respuesta: «Eh! ¿por qué le iba yo a temer, si le amo tanto?» Este es en definitiva el verdadero mensaje que dejó.

(trad. concluida el 10 de junio de 1999)

  1. Máximo Agustín, c.m.

 

[Contraportada]

La reciente beatificación del fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl, Federico Ozanam, es la ocasión de volver a descubrir una de esas personalidades de ayer cuyo mensaje sigue siendo actual.

Nacido en Milán en 1813, debido al destino de su padre, médico al servicio de los ejércitos de Napoleón, Federico Ozanam pasó su infancia en Lyon luego fue a París a hacer sus estudios, Desde su primera juventud, fue señalado por la fe intensa de sus padres, por la bondad de su padre que cuidaba gratuitamente a los indigentes, y por la vocación sacerdotal de su hermano mayor. Hombre de oración, Federico tuvo desde muy temprano la intuición de que la caridad practicada por los hombres de fe profunda era el vector de toda acción social eficaz. Puso esta idea por obra a partir de 1833 lanzando con algunos compañeros las Conferencias de caridad. Estas se convirtieron pronto en la Sociedad de San Vicente de Paúl, cuya difusión fue extraordinaria por toda Europa. Porque Ozanam había intuido con tino lo que se jugaba fundamentalmente su época, sumida en el torbellino social de la revolución industrial naciente: la reconciliación del catolicismo y de la sociedad moderna, la protección de los más débiles frente a la indiferencia de los ricos y al activismo de los extremistas.

Este precursor del catolicismo social y de la democracia cristiana fue asimismo un brillante intelectual. Profesor en la Sorbona, especialista en literatura medieval italiana y en historia de la Edad Media alemana, este historiador de vasta cultura y de altas ambiciones filosóficas llevó a sus contemporáneos a reencontrarse con Dante y los poetas franciscanos del siglo XIII.

Casi a los cuarenta años después de su muerte, acaecida en 1853, fueron las ideas de Federico Ozanam las que inspiraron la encíclica Rerum novarum (1891), las cuales siguen siendo todavía hoy uno de los elementos claves de todo pensamiento social enemigo de los extremos.

Bernard Cattanéo es periodista, director de un grupo de prensa cristiana y presidente de las

Éditions Saint-Paul.

Foto Roger Violet

Frédéric Ozanam(1813-1853)

Historiador católico, fundador de la conferencia San Vicente de Paúl

Dibujo, por L. Janmot 1852

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *