La alerta ha sido acalorada, y la opinión ha sufrido un cambio definitivo. La mayoría moderada prorrumpe en recriminaciones contra los católicos irresponsables que han creído en el pueblo. Montalembert escribe, desengañado: «Todas mis creencias políticas se han quedado en el aire, por no decir destruido (…). He entregado veinte de los mejores años de mi vida a una quimera.» Es un fracaso total pues el principio moderno es «el antípoda del cristianismo». Lacordaire piensa que «la República está perdida», y su «buena fe en el porvenir republicano de Francia se quebranta». Él no ha querido «monárquicos», pues tiene a los «anarquistas». El 28 de mayo, dimite explicando con claridad su gesto: «Llegado a la Asamblea, mi primera preocupación ha sido estudiar la posición que adoptaría en ella, y el bien que podría realizar; pues bien, no he necesitado mucho tiempo para reconocer aquí dos partidos, y dos solos, la democracia y la no-democracia. No he podido aceptar la democracia tal como la he visto, y, en cuanto a la no-democracia, no me podía alistar en ella sin faltar a convicciones y a compromisos. Desde entonces yo no era ya nada más que un espectador280.» Federico puede verificar entonces lo que había apuntado un mes y medio antes en una carta a Lallier: «No podríais imaginar qué hostilidad se ha desencadenado contra el padre Lacordaire y sus amigos […], qué suspicacias tan odiosas se han difundido, todo lo que han inventado algunos legitimistas, algunos doctrinarios quienes no quieren la República sino como un puente.»
El absceso va a reventar el 23 de junio. La presión era tal que lo que debía pasar pasó: el pueblo se sublevó de una vez por todas, y el gobierno reprimió esta segunda revolución con sangre. Necesitó tres días de horribles matanzas para dar el cambiazo a la situación. Ozanam se sintió aterrorizado. Movilizado como guarda nacional el domingo 25 de junio con Bailly y Cornudet, tuvo la idea de solicitar al arzobispo de París: este prelado solo, pensaba, podría interponerse en esta espantosa guerra civil que con mano dura llevaba el general Cavaignac, Acompañado de sus dos amigos, logra deslizarse hasta el arzobispado a través de las barricadas. Mons. Affre recibe a los tres hombres inmediatamente. Pensaba, él también, a la vista de los relatos terribles que le hacen de la insurrección, intervenir. Con sotana violeta y la cruz pectoral, como se lo había sugerido Federico, sale de su residencia, escoltado por sus visitantes. A los ojos asombrados de Ozanam, los amotinados como los soldados le dejan pasar con respeto, dándole ánimos para su intento, le saludan y le escoltan. En la Asamblea nacional, Cavaignac, avisado, hace pasar sin demora al pequeño grupo. No oculta su escepticismo, pero acepta que el arzobispo lleve a los insurgentes una propuesta de rendición y una promesa de mansedumbre. El prelado pide entonces a sus compañeros que le dejen ir solo, y Federico lo ve partir con disgusto. Un momento más tarde, llegado que hubo al arrabal Saint-Antoine con la carta de Cavaignac en la mano, será abatido por una bala perdida.
La burguesía ha restablecido el orden. Ozanam escribe con tristeza: «Somos una pobre familia en las manos de Dios! En el nubarrón de dolor en que vivimos, no veo ya a dónde nos lleva la Providencia, si no es que nos lleva a donde ella quiere. Sin duda, cuando se ve morir a todos estos generales heridos […], a este heroico arzobispo, […] parece que la patria se va. Parece que se va con todo aquello que hemos querido, con la libertad misma que no parece ya posible sino con la condición del estado de sitio; con la popularidad creciente del catolicismo, comprometida por las dificultades presentes de Pío IX.» A pesar de todo, no pierde la esperanza: «Nunca me he ocultado a mí mismo el peligro de la situación. He creído siempre en la invasión de los bárbaros; creo en ella más que nunca. La creo larga, asesina, pero destinada tarde o temprano a doblegarse bajo la ley cristiana, y por lo tanto a regenerar el mundo. Por ahora, yo estoy seguro de que asistiremos a todo el horror de la lucha. Yo no sé si nuestros hijos vivirán lo suficiente para verla concluir.»
El otoño de 1848 ve la agonía de la democracia. La represión de junio ha sido terrible, en la medida del miedo que había producido la bandera roja. La reacción triunfa bajo la férula del general Cavaignac, verdugo más despiadado si es posible que Bugeaud en la calle Transnonain en 1836. Los diarios republicanos desaparecen todos, los cabecillas son detenidos, juzgados por comisiones militares expeditivas, deportados a las colonias o fusilados. Sólo reciben su merecido, piensa la clase media que quiere acabar con los procedimientos populares. Lo que más aflige a Federico es la satisfacción de los católicos. El 23 de octubre, Mpntalembert escribe en efecto a Foisset se siente seducido por el sobrino del gran Napoleón, ingresado discretamente en la Asamblea en abril y ocupado a partir de entonces en desplegar una ofensiva de coqueteo en todas las direcciones: «Yo quiero a Luis Bonaparte como el único medio de hacer la República si no aceptable, al menos tolerable a la gente honrada», dice. En una palabra, reclama «una República sin republicanos», libre «del contacto impuro de los hombres que la han fundado». En cuanto a los obispos, han olvidado pronto los discursos de la primavera: el miedo al socialismo y a los excesos de los extremistas los habían convencido de condenar sin apelación, con el arzobispo de Reims, «la democracia, […] herejía de nuestro tiempo», «más peligrosa y difícil de combatir que la herejía jansenista».
Es verdad que las noticias de Roma eran inquietantes para los católicos: prisionero de su propia audacia, Pío IX veía su poder temporal cada vez más cuestionado por el pueblo al que había concedido la libertad, y, aclamado después, Montalembert no cesaba de exhortar a la Asamblea nacional a la firmeza a fin de evitar semejante contratiempo. «Sin cristianismo, la República no puede subsistir», decía Lacordaire, y Ozanam encomiaba que «la democracia necesita, para poder vivir, la abnegación y el sacrificio que son de inspiración cristiana.» Poco antes había empleado esta fórmula: «La justicia presupone una gran dosis de caridad. Se necesita amar mucho a los hombres para poder respetar sus derechos que limitan nuestra propia libertad.»
Al «partido de la confianza» defendido por Federico y el puñado de compañeros que le quedan, los católicos prefieren en adelante el «partido del orden», aun cuando éste desaparezca pronto en las invectivas y las desavenencias bien a pesar de los esfuerzos desesperados de Montalembert por hacerlo permanente. El 10 de diciembre 1848 ha visto el triunfo del Príncipe Presidente, pero, unos meses más tarde, Ozanam escribe todavía: «Lo que yo sé de historia me da lugar a creer que la democracia es el término natural del progreso político, y que Dios lleva hacia ella al mundo.» Cierto es que él comprende a sus adversarios, que rechazan los «duros caminos» por los que se les quiere hacer pasar: «Si yo creo en la democracia, precisa él, es a pesar de los excesos capaces de producir repugnancia a la gente de bien.» A pesar del «caos» en el que se ha hundido el gobierno del papa, que ha debido huir de sus Estados, se queda callado ante toda idea de imposición, tanto en Roma como en París. Contra viento y marea, Ozanam deplora las divisiones entre cristianos, denuncia con vigor el «odio» que constata hacia él, reafirma sus temores: «Ya no se ve más que a gente que sueña con la alianza del trono y del altar; nadie se acuerda de la espantosa irreligión a la que nos habían llevado estas bellas doctrinas, y no hay volteriano afligido de unos miles de libras de renta que no quiera enviar a todo el mundo a misa a condición de no poner los pies en ella.» A los católicos que tienen poca memoria les lanza: «Veo debilitarse aquel hermoso movimiento de renovación y de conversión que había sido la alegría de mi juventud, y la esperanza de mi edad madura, y me pregunto si, cuando nos llegue la edad de las canas, podremos todavía inclinarlos ante los altares sin oír alrededor de nosotros aquellos abucheos que, hace veinte años, perseguían a los fieles hasta las iglesias.» Después del golpe de Estado del 2 de diciembre, dirá: «Qué tristeza deben sentir aquellos que se apresuraron a precipitar al clero de Francia por un sendero al final del cual se comienza a ver el abismo! Por suerte, y para gloria de la Iglesia de Francia, la mayor parte y los más considerados de estos jefes han conservado la majestad del silencio, y cualquier cosa que nos pueda reservar el porvenir, los intereses do Dios han quedado a salvo! Yo no diré otro tanto de los intereses de la tierra». En febrero de 1852, consiente en asistir a la recepción de Montalembert en la Academia francesa, y se ve gratamente sorprendido por la carga contra los regímenes autoritarios a la que se entrega el antiguo jefe del partido católico, a quien parecen habérsele abierto los ojos. Pero se aleja de la política, ha terminado con las polémicas. Como lo escribía desde el Franco Condado el 19 de octubre de 1849: «En presencia de estos admirables montes que circundan nuestro horizonte, qué pequeñas me aparecen las querellas de los hombres, y no me cabe en la cabeza que tengan tantas prisas en desgarrarse en vez de disfrutar de las obras de Dios». Únicamente los recuerdos de los combates de L’Ére nouvelle le parecen importantes.







