Federico Ozanam (1813-1853) (XVI)

Mitxel OlabuénagaFederico OzanamLeave a Comment

CREDITS
Author: Bernard Cattanéo · Translator: Máximo Agustín. .
Estimated Reading Time:

Federico Ozanam-1OZANAM EN POLITICA

«La revolución que comienza es muy distinta de la de 1830, mucho menos sangrienta en primer Lugar, mucho menos discutida, ya que el régimen que se acaba apenas se ha defendido, escribe Federico a su hermano el 6 de marzo. ¿Quiere decir esto que haya menos peligros? Quiere decir, al contrario, que hay uno mucho mayor que los del pasado. Detrás de la revolución política, hay una revolución social. Detrás de la cuestión de la República, que no interesa más que a los eruditos, están las cuestiones que interesan al pueblo, por las que se ha armado, las cuestiones de la organización del trabajo, del descanso, del salario. No hay que creer que se puedan rehuir estos problemas. Si se espera que se va a satisfacer al pueblo dándole asambleas primarias, consejos legislativos, nuevos magistrados, cónsules, un presidente, se está en un grave error: y de aquí a diez años, y quizás antes, será vuelta a empezar […1. Lo triste es que hace diecisiete años, en 1831, cuando los obreros de Lyon plantearon estas cuestiones a tiros de fusil, el gobierno no haya querido ocuparse de ellas; entonces se habrían estudiado con tiempo, se habrían ensayado diferentes soluciones, desengañándose de las quimeras. Hoy, hay que precipitarse a la aventura, sin estudios, sin preparación, a riesgo de arruinar al Estado, las fortunas privadas y el propio trabajo, que disminuye tan pronto como se retira la confianza.»

En el momento en que Ozanam se entregaba a este fino y visionario análisis de la situación, el jefe del partido católico, Montalembert, par de Francia venido a menos, rebelde intrépido y verdadero conservador, apuntaba con desesperación en su diario: «Me siento roto por la caída que me ha precipitado desde lo alto de una posición eminente, única y soberanamente independiente, para venir a caer al nivel de la multitud. No logro continuar viéndome en medio de este huracán en el que el derecho, el orden legal, la atmósfera constitucional y regular en que he vivido hasta hoy, en el que todo, en una palabra, ha desaparecido.»

La visión radicalmente diferente de los acontecimientos que se observa en estas dos figuras mayores del catolicismo en 1848 permite comprender la fractura que se va a producir enseguida. El 22 de febrero, cuando los diputados siguen imperturbablemente el orden del día de la Cámara, Guizot va a presentar sus respetos al rey. Luis Felipe se siente jovial: sigue lloviendo en París y el banquete famoso no tendrá lugar. «Bueno! ya venís a felicitarme», exclama. «Cuando pienso que muchos de vuestros amigos querían que cediese!» El primer ministro está más nervioso: los gritos de «Abajo Guizot!» que llegan hasta el pie de sus ventanas no le son indiferentes; sabe que bandas de obreros salidas de los suburbios se dirigen a la plaza de la Concordia, mientras que los estudiantes comienzan a reunirse alrededor de la Magdalena. «¿París está conmovido?» dice el monarca divertido: «Esta emoción se calmará por sí misma…» Ha concedido la víspera una audiencia a Montalembert, quien le ha hablado de los problemas de los católicos suizos sin darse cuenta de lo que pasaba ante sus propios ojos, y se ha mostrado humorista ante su interlocutor encantado; hoy recibe al pintor Horacio Vernet, quien se inquieta por las columnas de manifestantes que llegan a la Bastilla: «Estad tranquilo, le dice, es un fuego de pajas… Se apagará por sí solo.»

Pero todo eso se echa a perder poco a poco por la tarde: informado de las aglomeraciones populares, el diputado Odilon Barrot decide salir a la palestra, y pronuncia sin previo aviso una diatriba contra el gobierno delante de sus colegas. Guizot está presente, y le responde en tono arrogante que no teme ninguna acta de acusación. La Cámara se agita, mientras que en la ciudad se suceden los alborotos entre la tropa y el pueblo. Cuando llega la noche, un centenar de barricadas más o menos simbólicas encuadran el centro de París, y la muchedumbre parece dispersarse, unidades militares se movilizan incansablemente a la par que grupos de amotinados muy decididos comienzan a causar daños.

El miércoles 23 por la mañana, llueve torrencialmente, y hace todavía más frío que la víspera. A pesar de todo, la situación se ha agravado manifiestamente; hay barricadas por todas partes, puestos de guardias nacionales han sido incendiados, los tumultos han vuelto y han surgido las armas. Aparece una bandera roja, se oyen descargas de fusilería, y ya se cuentan cerca de veinte muertos. Aunque nadie piense aún en la caída del régimen, está claro que comienza una verdadera insurrección. El ministro comete entonces el error fatal de tocar a rebato de la guardia nacional; pero no hay órdenes precisas, y todos sus miembros, burgueses disfrazados de militares, se reparten por las calles gritando «Viva la reforma!» Luis Felipe está anonadado: creía poder contar con la burguesía, cuyo estilo y modo de vida remedaba desde hacía más de quince años, pues le abandona.

En un intento de calmar la agitación, toma entonces dos decisiones que van a agravar más la situación: aparta brutalmente a Guizot, a quien reemplaza por el conde Molé, un aristócrata impopular, y designa al general Bugeaud, quien había dirigido la represión sangrienta de los disturbios de 1834, para establecer el orden en la capital. Tanto como agitar el trapo rojo en las narices de un toro… Esta vez, es la explosión: los agitadores, que no llegan a creer en la oportunidad que se les ofrece en bandeja, aúllan «Abajo la monarquía!» y «Viva la república!» El edificio del ministerio de Asuntos exteriores está amenazado, la tropa dispara: hay más de cincuenta muertos. Lo irreparable se ha cumplido. Mientras la familia real y los diputados de la mayoría se tranquilizan suponiendo que el sacrificio de Guizot será suficiente de sobra, París se felicita.

El 24 por la mañana, Molé renuncia, y Luis Felipe llama a Thiers, a Barrot, a otros más para tratar de construir un equipo ministerial. Anuncia que acepta la reforma electoral y la disolución de la Cámara, pero el pueblo de las barricadas no lo acepta; en cuanto al gobierno, ni siquiera puede constituirse. La multitud empieza a congregarse por las Tullerías, disparos rompen los vidrios del gabinete del rey, que se obstina en prohibir a la tropa que replique. La locura es general, y ya sólo queda la abdicación. El soberano se resigna a ello casi como un alivio, redada trabajosamente cuatro líneas por las que trasmite la corona a su nieto y, en el momento en que los últimos hombres políticos que le rodean se van precipitadamente, huye sin esperar más. Algunos testigos referirán que estaba literalmente obsesionado por el recuerdo del 10 de agosto de 1792, y que balbucía al marcharse: «Como Carlos X, como Carlos X…» Mientras Luis Felipe abandona la escena sin gloria, llevándose un maletín en un carruaje de alquiler requisado in extremis, y las Tullerías son saqueadas, su nuera, la duquesa de Orleans, llega a pie a la Cámara de los diputados para poner a sus dos hijos bajo la protección de los elegidos. En el hemiciclo todo es confusión: ¿hay que aclamar como rey al pequeño conde de París, de dos años de edad, y confiar la regencia a su madre? Todo el mundo se vuelve hacia Lamartine, en quien se piensa que están las llaves de la situación. Pero el poeta no dice nada, pesando el pro y el contra mientras escucha subir el rumor de la calle. Mientras que orleanistas y republicanos intentan tomar ventaja unos sobre otros sucediéndose en la tribuna a los ojos de la duquesa y de sus dos hijos perdidos en este barullo, la multitud invade el Palais-Bourbon. En un tumulto indescriptible, centenares de hombres armados asedian la sala de las sesiones gritando «Viva la República! abajo la regencia! a la puerta los corruptos!» Lamartine comprende inmediatamente que ya no hay duda: no sólo se ha de designar un gobierno provisional para salvar lo salvable de las instituciones, sino que es también indispensable que este gobierno va a instalarse en medio del pueblo para asegurar su existencia. Arroja algunos nombres en ese pandemónium en que se ha convertido la Cámara, y encabeza el cortejo pintoresco e inquietante que se dirige entonces al Ayuntamiento, símbolo del poder obrero. Va a necesitar varias horas en medio de los disparos, del griterío de la gente sin control, en un contexto de anarquía, para lograr imponer una lista coherente de ministros y definir un contexto de funcionamiento.

Aquella misma tarde del 24 de febrero, Ozanam, no aguantando más, sale a recorrer las calles de París para enterarse de la situación. Ve armas abandonadas, caballos muertos, charcos de sangre; oye el ruido de los fusiles, el rumor rugiente de las masas; ve cortejos de obreros armados, grupos de hombres que van y vienen gritando «viva la república!» y enarbolando banderas rojas; se encuentra con barricadas defendidas por revolucionarios armados hasta los dientes y preparados para rechazar ataques que ya nadie tiene la intención de encabezar. Cerca de la plaza de Gréve, a orillas del Sena, se detiene para preguntar a algunos de estos hombres. Todos le responden que no tienen confianza en el gobierno provisional, y que no se dejarán robar su victoria como en 1830. El sufragio universal y la justicia social, esas son las reivindicaciones de los obreros hartos. «No soy partidario de las revoluciones sangrientas, de la violencia, del pillaje ni del despotismo», les dice Federico. Considero que los obreros tienen muchas necesidades y gozan de pocos derechos; por ello prestaré todo mi apoyo a la República.»

Federico advierte una cosa: el respeto insólito de los amotinados a la religión. Los tres colores engalanan las barricadas levantadas por obreros y artesanos ferozmente republicanos; la bandera roja flota aquí y allá: sin embargo, hay allí sacerdotes, con los manifestantes, y se colocan a la cabeza de verdaderas procesiones a plantar árboles de la libertad, los hombres se descubren al pasar por delante de las iglesias, el arzobispo de París, Mons. Affre, es aclamado. Lo sabe, una de las razones de esta actitud radica en la política espectacular de Pío IX. El papa ha sido elegido en 1846 y, con razón o sin ella, fue inmediatamente visto como liberal. Además, no sin lucidez, ha roto en escasas semanas con la actitud conservadora de su predecesor. Ha prestado oído atento a los reformadores, reorganizado el gobierno de los Estados pontificios, abierto las prisiones, aceptado la idea democrática y el debate sobre las nacionalidades: en resumen, «para Italia como para el mundo católico, escribe Ozanam de Roma por la Pascua de 1847, el gran acontecimiento, el gran tema, el que puede decidir todos los demás, es el pontificado de Pío IX». Él mismo lo dice: algunas personas «circunspectas”, sin atreverse a atacar abiertamente al pontífice reformador, se aventuran a recordar los comienzos de Luis XVI». Lo que hace suponer que todo acabará mal. Pero Ozanam se deshace en alabanzas en pro de «la política de Pío IX, siempre reformadora, pero nunca revolucionaria», otorgando el fin de la censura eclesiástica pero instituyendo una comisión para regular la libertad de la prensa, prohibiendo a ciertas órdenes religiosas recibir novicios antes que disolverlas, autorizando un gran banquete nacional para celebrar el aniversario de la fundación de Roma y concediendo a las provincias la autorización de designar representantes ante él para «darle toda la información necesaria encaminada a una completa reforma de las instituciones municipales«. Federico estaba entusiasmado: «Conservaré como una de las grandes dichas de mi vida haberme hallado en Roma este invierno de 1847, en medio de los gloriosos comienzos del pontificado de Pío IX, decía a Lamache, haber visto de cerca de este admirable papa, haber asistido a este despertar general de Italia, a la que ha librado de un sueño bien cercano a la muerte.» No es menos explícito ante las crispaciones de los católicos franceses, que le parecen carecer de altura de miras: «Me aflige ver que al cabo de quince años […] de un pontificado destinado a terminar con la querella que produce desde hace sesenta años el desgarro de Europa, concluyendo por fin la alianza de la libertad y del cristianismo, escribe el 8 de octubre, Le Correspondant no tenga verdadero interés, calor, perseverancia, largos y frecuentes artículos más que sobre […] las Congregaciones y la Universidad.» En cuanto a L’Univers, el otro portavoz del partido católico, opinaba desde Roma: «Si no me equivoco los hombres de más peso de este país aprueban la tesis de libertad» que él sostiene, pero desaprueban «la violencia de su lenguaje y la aspereza de su política». Y concluía: «Se querría que las cuestiones agitadas en Francia acabaran, no en una ruptura, sino en una acuerdo de la Iglesia y del Estado.» Esto es lo que parece dibujarse en febrero de 1848.

Desde la revolución de 1830, los dos arzobispos de París sucesivos no habían realizado muchos esfuerzos para granjearse al régimen: Mons. de Quelen era un legitimista que había sido nombrado por la Restauración, y se negó hasta morir a comparecer en la corte del «usurpador». Por lo que hace a Mons. Affre, sacerdote modesto luego obispo discreto, había sido designado por Luis Felipe porque sus orígenes modestos y sus ideas «avanzadas» parecían próximas al orleanismo. Algo en lo que el rey se equivocaba del todo: al prelado no le gustaba la monarquía de Julio, y le sobraba pragmatismo para mantenerse al margen de trastornos que, por otra parte, no le desagradaban. Para los amotinados parisienses de febrero, una sola cosa contaba: el clero de la ciudad y su obispo no estaban comprometidos con el régimen en desbandada. Además el compromiso de algunos católicos en la cuestión social había preparado el terreno. A este propósito, el respeto que la futura República va a mostrar a la Iglesia desde los primeros días de existencia del gobierno provisional se debe en parte a la obra de Ozanam y de sus amigos. «En el momento en que los obreros, sin protección, sin organización, sin cuadros propios, abandonados del gobierno, explotados por los jefes de la industria, vivían en la miseria y en el embrutecimiento, escribe Jean-Batiste Duroselle, ellos acogían con alegría todas las formas de dedicación a su odiosa suerte». Entre éstas, la acción de las Conferencias San Vicente de Paúl gozaba desde hacía más de diez años de un prestigio considerable. Federico no había deseado que la limosna sustituyera a la justicia social, bien al contrario, y él había querido que se descubriera la miseria a clases ricas que la ignoraban, dentro del respeto absoluto a la dignidad humana. Era un verdadero trabajo de cohesión social el que se llevaba a cabo, y que «permitía robustecer la fe de las clases acomodadas mediante la práctica de la entrega desinteresada». En el fondo, la resurrección de la vida religiosa, con los Benedictinos de Dom Guéranger y los Dominicos del padre Lacordaire; la batalla por la libertad de enseñanza librada por Montalembert; la oposición feroz al régimen luisfelipista de la que Veuillot fue el portaestandarte; las tomas de posición severas de algunos obispos contra una revolución económica inquietante; la acción de Ozanam y de sus compañeros, todo concurrió a colocar a los católicos en los puestos de avanzadilla de la revolución. ¡Qué camino se había recorrido desde 1830! «Montalembet en el Parlamento, Lacordaire en Nuestra Señora, Ozanam en la Sorbona, Veuillot en la prensa se ganaron la atención a fuerza de talento. Fue el triunfo del coraje cívico, del valor moral e intelectual. Hombres en su sitio o enemigos del catolicismo, todos debieron convenir en una cosa: una nueva savia subía por este viejo tronco de la Iglesia de Francia que ellos ya lo creían seco.»

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *