Federico Ozanam (1813-1853) (XV)

Mitxel OlabuénagaFederico OzanamLeave a Comment

CREDITS
Author: Bernard Cattanéo · Translator: Máximo Agustín. .
Estimated Reading Time:

Federico Ozanam-1UNA LOCA ESPERANZA

«Ozanam fue de los primeros en hacer alusión a una democracia cristiana, ya como orientación económica y social para las clases obreras, ya como estructura política de la sociedad. Fue él quien comenzó a presentir su desarrollo histórico y carácter social. Se le puede llamar el primer líder de la democracia cristiana.» Así se expresaba en 1948 Don Luigi Sturzo, » padre» de la democracia cristiana italiana en el siglo XX. ¿No había escrito Federico en algún lugar: «Creo en la posibilidad de una democracia cristiana, y no creo en ninguna otra cosa en materia política?»

A principios del año 1848, Ozanam no ha cumplido todavía los treinta y cinco años y puede gloriarse de un hermoso éxito. Es profesor titular en la Sorbona desde la vuelta a las clases de 1844, y es halagado por sus estudiantes; el gobierno le ha nombrado caballero de la Legión de honor el 22 de mayo de 1846; su libro sobre Dante, sus artículos sobre la Edad Media y sus estudios eruditos le han dado a conocer en Europa; las Conferencias San Vicente de Paúl, de las que es el inspirador reconocido, han florecido por doquier; su vida de fe y su compromiso cristiano de todo momento fuerzan el respeto. En una palabra, es un intelectual católico a quien no se puede desdeñar.

Cuando el régimen se derrumba, el 24 de febrero, él forma parte de las personalidades notables. Y va a jugar un papel importante en la serie de los acontecimientos. Por todo ello, ni él ni sus amigos se sorprenderán verdaderamente por la caída de Luís Felipe: hacía varios años que se veía a la monarquía de Julio correr hacia su perdición.

ANTES DE FEBRERO

El 1847 fue el año de todos los escándalos: la aristocracia, la clase política, el ejército, la magistratura se vieron salpicados por los asuntos de prevaricación, de corrupción, de estafa. Se hubiera dicho que todo era a propósito. El príncipe de Berghes se dejaba prender fabricando moneda falsa, el duque de Praslin asesinaba de una rara salvajada a su mujer, que no era otra que la hija del mariscal Sébastiani, una de las más altas personalidades del régimen, un alto funcionario era arrestado después de desfalcar sumas considerables del presupuesto del Estado, el ministro de Obras públicas volvía a entrar en la cárcel por aceptar dinero de una banda de estafadores dirigida por un general en la reserva: sería larga la lista de los asuntos que ocupaban la primera página de los periódicos. Los burgueses que sabían leer, y que buscaban también enriquecerse por todos los medios, se sentían impactados. En cuanto al pueblo, despreciaba a quienes le gobernaban y, en primer lugar, al monarca envejecido que presidía su destino.

Luis Felipe tenía entonces cerca de setenta y cinco años. Hombrecillo embutido en levitas sin prestigio, ostentaba un mechoncito de un efecto ridículo que coronaba un rostro deforme lo más parecido a una pera. Hábil y demagogo al principio de su reinado, se mostraba ahora amorfo e incapaz de percibir las señales que le enviaba el país. Las Tres Gloriosas de 1830 habían sido su oportunidad, pero también su cruz: jamás un rey se había visto burlado, ridiculizado, insultado como este pobre hombre, odiado por los legitimistas, detestado de los republicanos, amenazado sin tregua por los anarquistas, considerado por todo el mundo como un mediocre, cosa que no era.

Hijo de Felipe Igualdad, que había votado la muerte de su primo Luis XVI, y que no había salvado su cabeza por ello, rey usurpador llevado al trono por los republicanos cuya revolución había robado, simbolizaba para unos una monarquía impía, para otros un régimen superado. Por fin, había confiado el gobierno a Guizot, protestante soltero que era tan cabezón como austero, y cuyos amigos se podían contar con los dedos de una mano.

Estos problemas en la cima del Estado no eran nada comparados con la situación del país. Francia era próspera, respetada en la escena internacional, pero su política carecía de grandeza. El rey prefería en efecto los sucesos a la gloria, lo que no era necio. Sin embargo había tenido a bien, en 1840, mandar traer solemnemente de Santa Elena las cenizas de Napoleón, con un ansia laudable de reconciliación nacional: era un error magistral, ya que la leyenda napoleónica, que era ya de por sí vivaz, no dejó por ello de tomar mayor extensión. La nostalgia de una epopeya imperial magnificada hasta el exceso se difundió entonces como un reguero de pólvora, haciendo parecer los años de luisfelipistas más mediocres todavía.

Además, la nación conocía un grave malestar al que venía a añadirse un incomensurable aburrimiento, contexto en el que se volverá a encontrarse exactamente ciento veinte años más tarde… La desintegración social era un hecho: la revolución industrial, extremadamente rápida y brutal, había trastornado los campos y engrosado desmesuradamente las ciudades con una población mísera lista a sucumbir ante todas las sirenas. Se ha de recordar que París, que tenía aún una fisionomía casi medieval, vio aumentar su población en un treinta por ciento entre 1830 y 1848. Y, en la víspera de la revolución, uno entre diez de sus habitantes se inscribía en la lista de los indigentes. El obrero de la capital, que trabajaba por un salario de miseria cuando tenía la suerte de no encontrarse en paro, podía sentirse dichoso, mujeres y niños incluidos, si su jornada en el taller no sobrepasaba las catorce horas seguidas. En tanto que veía pasar por las calles los lujosos carruajes de los especuladores y de los financieros… «La economía liberal que dio a luz a la gran industria, y que no reconoce otra causa de la prosperidad material que el crecimiento de la producción estimulada por una concurrencia sin límites, creó, al lado de enriquecimientos formidables, una miseria especial, una miseria que no conocieron los siglos pasados y que se ha tenido que bautizar con un nombre nuevo como ella: el pauperismo.» Por ser consciente de este drama cargado de amenazas y cristianamente inaceptable, Ozanam se entregó de tal manera a la obra de caridad. También es cierto que una deflagración parecía irreversible, y que el terreno estaba preparado en este sentido. «Cuando el mundo desprecia el Evangelio y odia a los pobres, decía Luis Veuillot, vuelve a presentarse la esclavitud en las sociedades donde se olvida a Dios»: en los primeros años del siglo XIX, en los que se hablaba de progreso social y en los que se inventó el feudalismo económico, el obrero de hizo «proletario», como en la Roma antigua, es decir un pobre a quien no se juzgaba útil más que por su progenitura rentable y valorable a capricho.

No existían ya corporaciones dignas de este nombre, ni menos verdaderos sindicatos; agitadores de toda calaña, intelectuales exasperados difundían con fuerza y eficacia las ideas de Proudhon, que quería defender las libertades individuales contra el absolutismo del Estado y denunciaba las desviaciones de la propiedad. Blanqui, Barbes, Raspail, Ledru-Rollin, Leroux eran escuchados cuando llamaban con sus voces a un cambio radical de concepto social. La república era su ideal, pero no iban tan lejos como un jovencísimo protestante alemán de origen judío cuyo opúsculo Philosophie de la misére había causado ruido porque predicaba nada menos que la instauración de una dictadura de los proletarios: Karl Marx no tenía más que veinticuatro años cuando se había encontrado exiliado en París y, antes de su expulsión de Francia por orden de Guizot en 1845, había tenido tiempo de abandonar las especulaciones filosóficas por el compromiso político. Cercano a todos los grupúsculos socialistas y comunistas, los convenció rápidamente de que la economía prevalecía en la historia sobre cualquier otro factor: eh ahí por qué la lucha entre las clases sociales estaba inscrita desde toda la eternidad en las sociedades humanas, terminando con la toma del poder y el dominio sin reparto de una sobre las otras. La Francia de la monarquía de Julio, totalmente descuartizada entre estructuras obsoletas, pervertidas por la glotonería de los burgueses y el trastorno completo de los modos de vida, de las poblaciones, de las ideas, era el terreno abonado para que tales análisis fueran comprendidos.

Por su parte, los católicos habían intentado organizarse en partido político desde 1843 bajo el impulso de Charles de Montalembert, por entonces par de Francia. La vía era de las más estrechas: el anticlericalismo de la izquierda era proverbial, el centro admitía sin dificultad las ideas religiosas pero detestaba al clero, la derecha orleanista exhibía su materialismo y los legitimistas vociferaban contra todo lo que no era Barbón. En cuanto a los obispos, se trataba de funcionarios del gobierno, que les hacía sentir su dependencia, y se preocupaban sobre todo de mantener su margen de maniobra con una prudencia y un pragmatismo comprensibles. En los círculos del poder, se trataba a los amigos de Montalembert de «puñado de fanáticos incapaces que no merecen el honor de ser temidos», y Guizot, que se burlaba de ellos, se daba el lujo de mostrarles cierta benevolencia. Bien que mal, el Comité central católico se constituyó, pero el episcopado miraba a estos aventureros con malos ojos, mientras que la Santa Sede, alertada, no dejó de criticar en términos velados una iniciativa que corría el peligro de buscarse la oposición de todos los enemigos de la Iglesia.

En una carta fechada el 17 de junio de 1845, a un amigo que le pregunta «si existe unión en París entre los católicos», Ozanam responde: «Yo creo que nunca nos entendimos mejor sobre el fin, pero que nunca habrá más diferencias sobre los medios […]. Entre los que pelean veréis en primer lugar a los hijos perdidos de L’Univers, al que todo el mundo desacredita, sea por la violencia, sea por la falta de talento […]. Detrás de estos francotiradores os encontráis en la vanguardia a la elocuente falange conducida por el sr. de Montalembert […1. Éstos no son con toda seguridad pusilánimes; poseen demasiado talento para no mantener la dignidad, sin dejar de ser fuertes.» Algunos hombres más «circunspectos», como Dupanloup o Beugnot, los apoyan en las columnas del Correspondant. Por fin está la retaguardia, reunida en torno al arzobispo de París, Mons. Affre, y compuesta de «católicos perfectamente intencionados, pero quizás un tanto asustadas por el ruido que se produce en su entorno. Éstos se quejan del ardor demasiado fogoso del joven y noble par48: creen en la posibilidad de una transacción, en el poder del tiempo y de la moderación para llevar a buen término las cuestiones difíciles.» Federico no se siente molesto por estas divergencias: «por mi parte, yo no me aflijo por ello», afirma. Y da una explicación de su distancia con relación al combate político: «No querría que hubiese un partido católico, puesto que entonces no existiría ya una nación que lo fuera […]. Prefiero que Dios haya repartido sus dones con diversidad: que haya hombres atrevidos, aunque resulten temerarios; que los haya prudentes, aunque se les acuse de tibieza; que sobre todo nadie pueda por sus errores comprometer la causa común de la Iglesia.» A costa de numerosas acrobacias, y de negociaciones en reuniones, el partido católico consigue de todas maneras que se elijan a ciento cuarenta y seis diputados a las legislativas de agosto de 1846. Pero este éxito inesperado se echó a perder rápidamente por la reaparición de las fisuras tradicionales entre católicos legitimistas y «progresistas», quedando eliminados los partidarios de una tercera vía imposible de hallar. Al acabar 1847, sólo se elevaba todavía la gran voz de Montalembert.

Por su parte, Ozanam se había mantenido al margen de estos combates. Además, su propia reflexión le llevaba más lejos que a sus compañeros que habían emprendido este camino. A su regreso de Italia después de largas y estudiosas vacaciones, en octubre de 1847, se preguntaba «si la sociedad será una inmensa explotación de los débiles por los ricos, o una unión de todos con vistas al bien común. Para esta unión de las clases, pensaba él, es necesario instaurar un régimen fundado en una auténtica soberanía popular y una libertad democrática.» Incluida en este apunte está bastante clara la alusión al sufragio universal. El rey lo rechazaba absolutamente, y amenazaba con retirarse si llegaban a cansarle de oír esta reivindicación. Gracias a lo cual, doscientos mil burgueses y aristócratas tan sólo justificaban rentas bastante elevadas para votar, imponiendo su voluntad a treinta y dos millones de franceses. Se trataba verdaderamente de los pobres contra los ricos.

Los «banquetes republicanos», que se celebraban por todo el país y cuyo ritmo se aceleró a principios del invierno de 1847, se inflamaban ante esta cuestión emblemática, y Luis Felipe aludió a ella en su discurso a las Cámaras del Parlamento el 28 de diciembre. Historia de crearse enemigos por todas partes, denunció irremediablemente «la agitación que fomentan unas pasiones enemigas o ciegas». La derecha se manifestó descontenta al verse tratada de ciega, y a la izquierda se la señalaba definitivamente como la adversaria. Los elegidos debían responder a este discurso mediante un «ruego» que se tomaron el plazo de un mes en redactar. El texto, anodino del todo, fue clasificado inmediatamente de incoherente por el monarca, que estaba persuadido de que el pueblo se mofaba locamente de los estados de espíritu de los parlamentarios. Y tal vez no se equivocaba, pero dos juicios, emitidos en aquel momento, han de tenerse en cuenta. Uno emana de Tocqueville, quien declaró en el curso de la discusión: Por primera vez, existe en el país el sentimiento, el instinto de inestabilidad, ese sentimiento precursor de las revoluciones que a veces las anuncia, a veces las hace nacer.» El otro se halla bajo la propia pluma de Guizot, quien sintió bruscamente vacilar sus certezas inquebrantables. La tarde del voto del ruego, escribía al rey: «Ya ha pasado el desfile, uno de los más difíciles por el que hayamos atravesado nunca. Yo no he adoptado ningún compromiso, pero habrá más de un par de cosas sobre las que reflexionar en la sesión próxima.»

Por su lado, Federico acelera el movimiento ante el ascenso de los peligros: «La soberanía del pueblo, declara en enero, es la más importante manifestación temporal de la soberanía de Dios. Por encima de los pueblos, ella ve una justicia eterna que los juzga. Sus decretos no crean pues el derecho, lo promulgan o lo transgreden, el derecho subsiste sin ellos y contra ellos, con un perpetuo recurso contra sus errores en todas las conciencias:» Y añade: «Como todas las personas humanas son iguales en su destino, la sociedad les debe igualdad de protección, con una preferencia manifiesta por los más amenazados y los más débiles.» Y concluye sin ambigüedades: «Sólo el cristianismo contiene esta sociedad sin rival que condena todas las agresiones, todas las desigualdades, todas las hostilidades, porque la democracia del porvenir está ya muy viva en el Evangelio”.

En estos primeros días del año 1848, Ozanam percibía con claridad la situación tal y como la describía un contemporáneo: «La lucha no se ha entablado definitivamente, pero el fermento está en el fondo, extendido y obstinado.» Sobre el tablero político, se encontraban todas las tendencias para ligarse más o menos al statu quo: la izquierda no quería saber nada en verdad de una nueva revolución, que llegaría demasiado pronto para su gusto y echaría a perder sus planes, cosa que tendrá lugar; los legitimistas no eran ya creíbles, los bonapartistas no lo eran aún; los orleanistas querían preservar a sus adictos manteniéndose preparados, como decía Thiers, para empujar «a los viejos» a la abdicación. Los católicos, desde luego, esperaban con todas sus fuerzas que se produciría un intento de acercar las clases sociales antagonistas.

El 10 de febrero, Federico publica en Le Correpondant el texto de un discurso que pronunció unos días antes ante el Círculo católico, la institución en la que se hallaba toda la flor y nata de los intelectuales y de los políticos cristianos. «Ya se cumplen tres siglos que la civilización cristiana está inquieta», dice. «Si se ha aminorado su marcha, ha sido debido a una formidable pregunta: ¿cómo conciliar la religión con la libertad? Ya que los hombres no quieren ni pueden decidirse por una de estas dos cosas que se dicen incompatibles. De ahí la angustia de tantas mentes y los combates íntimos de tantos corazones. Cuántos desgarros henos debido sufrir por ello, nosotros, los católicos que amamos las libertades modernas!» Añade un «pasémonos a los bárbaros!» con voz de clarín para acoger a los «nuevos bárbaros de la democracia» con benevolencia.

«Utópico» y «pro-comunista» están entre los epítetos menos severos que saludan, en los medios católicos, a este texto señalado. A un amigo suyo que se extraña de las fórmulas empleadas por Federico, éste responde: al decir «pasémonos a los bárbaros», pido sencillamente «que nos ocupemos del pueblo que reclama garantías en el trabajo y contra la miseria, que tiene malos jefes, pero a falta de encontrarlos buenos…» Si Lacordaire aprueba, Montalembert se inquieta, visto que la tensión sube un punto cuando el gobierno decide, el 13 de febrero, prohibir e] «banquete» del distrito XII. Después de dejar pasar sin chistar a centenas de manifestaciones de este género en las que los opositores se hartaban de declaraciones antigubernamentales, el ministro monta en cólera. La mayoría de los miembros del partido católico se echa a temblar: sí estallan los desórdenes, ¿no va a ser atacada y violentada la Iglesia como en 1830?

Durante ocho días, es un mar de incertidumbres: mientras que la derecha multiplica las declaraciones rimbombantes teniendo cuidado de no echar leña a] fuego, el ministro de justicia Herbert, después Guizot mismo, acumulan amenazas y toques de atención ofensivos. Por su lado, Luis Felipe se encogía de hombros sonriendo y afirmaba viendo llover sobre París: «No se hace una revolución en invierno!» Sin embargo, es eso lo que va a ocurrir: a pesar del mal tiempo, la presencia de treinta mil soldados en la capital, la lealtad de la guardia nacional, esta milicia burguesa mimada por el monarca, la reticencia de los diputados republicanos y el poder del «partido del orden», el régimen se va a hundir en menos de tres días. La exasperación del mundo obrero, el oportunismo de agitadores que han olfateado el ambiente, la rigidez de Guizot, la debilidad de Luis Felipe, la versatilidad de sus colaboradores, todo se va a conjugar para llegar a un resultado que nadie deseaba.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *