Federico Ozanam (1813-1853) (XIX)

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Author: Bernard Cattanéo .
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Federico Ozanam-1UNA PLUMA COMPROMETIDA

«Desde el punto de vista del estudio y de la solución de las cuestiones sociales que hemos proseguido durante el reinado de Luis Felipe, y que no habían logrado más que con mucho trabajo y en el último momento la atención del gobierno de Julio, la Revolución de 1848 pareció al principio un verdadero progreso. Por fin se iban a ocupar de lo que nos parecía el fin principal y dominante de la política: de la mejora de la suerte del pueblo ya soberano290.» Así se expresaba Armand de Melun, una de las grandes figuras del catolicismo de la época. Fuera de Ozanam, no era él el único en pensar que comenzaba de verdad la edad moderna, la de la «fraternidad universal», del acercamiento definitivo de los socialistas y de los cristianos, del pueblo y de la Iglesia. «El siglo XIX adopta por fin su carácter propio, se leía en La Revue nationale el 9 de marzo, el carácter a la vez social y religioso que le distinguirá en la historia.» Para acompañar este movimiento, Federico piensa en un diario desde los primeros momentos de la revolución. Tenía todavía en la mente la irradiación que había tenido L‘Avenir menos de veinte años antes, y estaba convencido de la necesidad de disponer muy pronto de un medio de comunicación.

LOS PRIMEROS MESES DE «L’ÉRE NOUVELLE»

El 24 de febrero por la tarde, mientras vacila el trono del rey y la calle comienza a encenderse, el apartamento de Ozanam se transforma en cuartel general de los católicos sociales. Se entra y se sale en un permanente murmullo, y cada cinco minutos llega alguien con noticias. De pronto, se anuncia la regencia de la duquesa de Orléans: no, exclama el abate Maret, «antes la república!» Federico da un salto: «Vamos a casa del padre Lacordaire», exclama a su vez. Y los dos se van a toda prisa a consultar al dominico. Le encuentran en la calle Vaugirard inclinado sobre la mesa de trabajo, perplejo y más indeciso que nunca. Quince días antes había pronunciado en la cátedra de Nuestra Señora una oración fúnebre memorable, la del demócrata irlandés O’Connel, en la que apelaba con palabras encubiertas a grandes revueltas. Y algunos días después, había oído a la otra cabeza de los católicos, Montalembert, aprovecharse de la situación política en Suiza para demoler su discurso ante la Cámara de los pares. El estallido de los disturbios le daba razón contra su amigo, pero esta primera manifestación de la fractura entre los católicos no le decía nada nuevo.

Además, él preparaba su primera conferencia de cuaresma, prevista para el 27 de febrero, y no sabía qué línea adoptar. Los tres hombres discuten febrilmente acerca de las consecuencias de los sucesos, pero acaban separándose sin haber decidido nada. Entre tanto, la idea de un diario sigue su curso, ya que al día siguiente, mientras que Lamartine trata de frenar la anarquía, Lacordaire envía una nota a Ozanam: «Desearía veros en particular. Si pudierais venir esta mañana, me agradaría mucho. Yo no saldré en todo el día.» Durante su encuentro, el predicador se rinde ante las razones de Federico: hay que lanzar un diario. Por la tarde, Montalembert pasa a verle y Lacordaire le «expone sus proyectos de diario y de acción». Mas, para su gran disgusto, no le propone tomar parte en él. Con toda razón: cuando Montalembert refiere a unos amigos, entre los cuales el abate Dupanloup, el contenido de esta conversación, éstos le presionan para que tome la dirección de L’Univers para contrarrestar las intenciones de Lacordaire y fastidiar lo más posible a los católicos sociales…

Por la noche misma, se celebra una reunión en torno a Ozanam en casa de su cuñado Charles Soulacroix. Dos días más tarde la decisión está tomada y un plan fijado. Nada de adquirir L’Univers, como insinúan algunos: ello costaba demasiado en precio de compra y en indemnizaciones. En esto había prevalecido también la opinión de Federico: muchos católicos estaban «cansados de la política estrecha, violenta de L’Univers, como de la política impopular y desanimada del Correspondant», Había que hacer algo nuevo: «Un periódico nuevo, diario». Por otro lado, cuenta uno de los participantes, que son todos amigos de Lacordaire, «se ha rechazado formalmente, unánimemente la idea de una división cualquiera entre los católicos, pero se ha creído que era mejor, para la fuerza común, tener varios órganos que uno solo.» Inútil decir que a la vista del prospecto que anuncia la aparición próxima de L’Ére, nouvelle, Veuillot y Montalembert se ponen furiosos. Foisset, por el contrario, se regocija: «El caso, querido amigo, os ha dado la razón más allá de lo que esperabais», escribe el 11 de marzo a Ozanam. «El P. Lacordaire y vos, vosotros sois los hombres del momento. Fundáis L’Ére nouvelle, y hacéis bien. El éxito está en las manos de Dios.»

Una primera suscripción, lanzada al Círculo católico, recauda más de once mil francos, lo que no es nada despreciable, y se reciben numerosos abonos por anticipado en la primera quincena de marzo. El 4, el prospecto está listo para ser impreso con cincuenta mil ejemplares. Es Lacordaire quien lo ha redactado a partir de varios bosquejos preparados a toda prisa, uno de Federico. A decir verdad, no hay gran cosa en este documento, que es vago y prudente. Se contenta con saludar el advenimiento de la República, a la que se promete un concurso sincero, y se justifica el lanzamiento de un nuevo periódico por el «dolor» con que se sienten las «aflicciones morales y corporales de tantos hermanos nuestros que cargan aquí abajo con la parte más pesada del trabajo común». El predicador de Nuestra Señora resulta circunspecto; nunca había sido hablando con propiedad republicano, ya que quería situarse en otro plano. Resumía de esta manera sus ideas políticas: «Fuera del cristianismo, no hay sociedad posible. […] En segundo lugar, el cristianismo no puede recuperar su imperio en el mundo más que mediante una lucha sincera en la que no sea ni opresor ni oprimido. Vivo comprometido en ello, todo lo demás me es extraño.» Esto no distaba mucho del pensamiento de Ozanam, pero éste iba más lejos. ¿No había exclamado en casa de Lacordaire el 24 de febrero, a la vista de lo que iba a pasar: «La República está bien dispuesta hacia nosotros; ella cree, ella espera en nosotros, vamos a defraudarla? ¿Qué hacer si no? ¿Y a qué partido unirnos? ¿Qué tenemos delante, sino ruinas295?» Tres días más tarde, tomando la palabra en la catedral, Lacordaire había pronunciado esta frase importante que le había inspirado el respeto especial de los amotinados hacia la Iglesia: «Asistimos, Señores, a uno de los momentos en que Dios se descubre; ayer, pasó por nuestras calles y toda la tierra le ha visto.» Hecho excepcional, aplausos nutridos habían estallado entonces, produciendo en el dominico la ilusión de que la fe y el mundo se habían reconciliado…

Al final de marzo, los mismos católicos que habían aclamado a Lacordaire comenzaban a sentir miedo y lo miraban con recelo, a él, a sus compañeros y sus iniciativas. Sin embargo, el 16 de abril, el arzobispo de París se comprometía en público con L’Ére nouvelle, que seguía por otra parte bastante moderada a pesar de sus llamadas a la «república cristiana», a un régimen democrático querido por Dios. En una carta abierta al «redactor» del periódico, el emblemático religioso que era considerado como su inspirador, Mons. Affre escribía: «El conocimiento personal que tengo de los principios de los fundadores de vuestro periódico me obliga a otorgaros sin condiciones la adhesión de la que me he abstenido con respecto a los periódicos publicados bajo el gobierno precedente.» Después de esta alusión transparente a L’Univers, el prelado proseguía: «Lo que les [a los católicos] gustará sobre todo en vuestra hoja, es la rectitud, la franqueza, y una entrega que hace abstracción de todos los partidos; que no conoce ni quiere sino una cosa: la salvación de la Religión y de la Patria.» Él concluía sin titubear: «A todos os tendremos en cuenta por esta dedicación que sostiene e ilumina la fe,  porque ella ve en las grandes revoluciones que cambian la faz del mundo la intervención todopoderosa de Dios. Nunca, de la manera que vosotros lo hacéis notar, fue tan brillante como en el nuevo estado político de Francia.» Federico juzgó este texto lo suficientemente importante como para conservarlo cuidadosamente con sus papeles después de su aparición, y se encuentra reproducido en su correspondencia. «Nuestro periódico está a flote, es un éxito fabuloso», apuntaba Lacordaire con cierta embriaguez el 25 de abril, y va a «hacer un bien que las otras hojas católicas no pueden hacer»: ampliar las fronteras intelectuales de la Iglesia y alcanzar «regiones en las que su palabra no penetra». El hecho es que, salido de nada, L’Ere nouvelle tenía más de dos mil abonados al final del mes de abril. Quedaba por verificar si los católicos aprobaban o no la línea del periódico. Nada era menos seguro: las dos terceras partes de ellos habían rechazado las perspectivas abiertas por la revolución de febrero con la misma rapidez que ellas los habían entusiasmado, y se indignaban al leer lo que escribía Ozanam: «Detrás de una revolución política, vemos una revolución social, vemos el advenimiento de esta clase obrera que no conocíamos lo suficiente, que ha salvado a las personas y los bienes de la burguesía, cuando la burguesía […] nada había hecho por ella, y rechazaba desde hacía veinte años como cuestiones incendiarias todos aquellas que tocan la organización del trabajo.» En cuanto al abate Maret, él publica un artículo el 11 de mayo en el que no da la razón ni a «esta secta económica sin entrañas» cuyo egoísmo es monstruoso, ni a las «funestas teorías comunistas» que nacen de sus errores.

EL FINAL DEL SUEÑO

La jornada del 15 de mayo en el curso de la cual fue invadida la Asamblea, las amenazas de insurrección violenta y de anarquía, el desencadenamiento de los extremos causaron un choque violento en el seno del equipo del periódico. Asqueado de la política, Lacordaire dimitía de su mandato y planeaba cerrar L’Ére nouvelle. Si no lo hizo, cambió sin embargo de actitud y logró pasar casi por la fuerza, el 28 de mayo, un artículo titulado «A nuestros abonados» en el que adoptaba una posición netamente más conservadora que entes. Para evitar la ruptura del grupo, aceptó con todo que se expresara la tendencia de Ozanam, lo que introdujo un hiato visible en la línea de redacción. Pero, contra todo lo esperado, el periódico continuó progresando, llegando a alcanzar una tirada de veinte mil ejemplares diarios después de las jornadas de junio. Hay que decir que Lacordaire se mostraba discreto, mientras que Federico y sus amigos ganaban altura. Los artículos dedicados a la sublevación obrera son interesantes. Varios son probablemente de la mano de Ozanam. Se encuentra en ellos una clara hostilidad contra las doctrinas que han encendido al pueblo, pero mucha indulgencia hacia los amotinados empujados por el hambre: «Vemos como los otros el error, la pasión, el sueño y la violencia de los demagogos de toda clase», escribe el 25 de junio. «Pero sabemos de dónde sale la demagogia, y que en efecto, si los remedios son falsos, los sufrimientos no lo son.» Insiste el 8 de julio; no hay que «desesperar de aliviar la condición de los pueblos, afirma. Es la obra en la que hemos comprometido nuestras vidas […]. Todo el esfuerzo del siglo presente, todo el genio de nuestras tres revoluciones, todo el precio de tanta sangre vertida no puede resultar más que en alivio de las clases que sufren.

Algunos días más tarde, Federico comienza la publicación de varios artículos sobre el socialismo. La recuperación del país por la burguesía prendada de orden le parece en efecto preñada de amenazas, y quiere más que nunca promover una tercera vía:» Cuando la Revolución de Febrero declaró que era social, es decir que no estaba hecha en beneficio exclusivo de la clase burguesa, y que iba a ocuparse en serio en mejorar la suerte de las clases sufridoras, nosotros la aplaudimos; reconocimos en esta tendencia el impulso mismo del espíritu evangélico.» Pero añade enseguida: «Detrás de este socialismo honrado y cristiano, existe otro, cuyo dogma es el ateísmo.» De ése, no quiere saber nada: «Es tiempo de volver a lo nuestro y de mostrar que se puede defender la causa de los proletarios, de dedicarse al socorro de los que sufren, de proseguir la abolición del pauperismo, sin hacerse solidario de las predicaciones que han desencadenado la tempestad de junio y que colocan todavía sobre nuestras cabezas tan negros nubarrones.» Ya lo había señalado el 31 de mayo precedente en una de sus cartas: «No somos socialistas, en el sentido de que no queremos el trastorno de la sociedad, pero queremos su reforma libre, progresiva, cristiana […]. No se puede evitar la cuestión social y, precisamente porque ella es algo formidable, Dios no quiere que la dejemos de lado. Es preciso echar una mano sin miedo en esta plaga del pauperismo […]. Tengo miedo de que si la propiedad no sabe despojarse libremente, se vea pronto o tarde violentamente connprometida». A pesar de la hostilidad de una gran parte de los católicos, recuerda con claridad sus convicciones: «Si un mayor número de cristianos, y sobre todo de eclesiásticos, se hubieran ocupado de los obreros hace diez años, nosotros estaríamos más seguros del porvenir […]. Es quizás una mala alianza la de los católicos con la burguesía […]; es mejor apoyarse en el pueblo que es el verdadero aliado de la Iglesia: pobre como ella, desprovisto como ella, bendecido como ella con todas las bendiciones del Salvador.» El 12 de abril, había escrito a su hermano sacerdote estas líneas proféticas: «Sigue ocupándote de los obreros como de los ricos, éste va a ser el único camino de salvación para la Iglesia de Francia. Es preciso que los párrocos renuncien a sus pequeñas parroquias burguesas, rebaños de elite en medio de una inmensa población a la que no conocen».

En un bello arranque, utópico si los hay, Ozanam se felicita por el acercamiento con los furrieristas, los buchecianos, los demócratas moderados. Pero las jornadas de junio le han aislado, y ya no son numerosos los que afirman todavía a propósito de las asociaciones de obreros: «¿Existe en este sistema la sombra de una disidencia con los grandes principios de la moral cristiana?» La tensión es alta con Lacordaire, que trata con frialdad a Federico y quiere separarse del abate Maret. A finales de agosto, la ruptura es definitiva y el 20, después de varias reuniones ruidosas del comité de redacción, el dominico se aprovecha de la ausencia de Ozanam para hacer votar a una corta mayoría el cese de L’Ére nouvelle. Él escribe al día siguiente por la mañana a su «querido Colaborador»: «Ayer, tras vuestra partida, decidimos por mayoría de cuatro votos contra tres, el cese del periódico el 31 de agosto. […] Es un sacrificio doloroso; pero […] hemos dado el ejemplo de una prensa verdaderamente cristiana […j; hemos contribuido a mantener la unión de los espíritus a favor de la iglesia en tiempos llenos de peligros. […] Yo guardaré siempre un buen recuerdo de los lazos de unión entre nosotros durante estos cuatro meses. […] Tratemos de terminar bien…» Estupefacto, furioso, aferrado a no abandonar ni su misión ni a los miles de lectores todavía fieles, Federico obtuvo un voto contrario desde el día siguiente. Lacordaire resolvió entonces marcharse, pero lo hizo de puntillas, le dice a Maret, «para no causaros daño alguno por una brusca separación, y daros […] una señal de mi más cordial estima». De completo acuerdo con Ozanam, éste le respondió sencillamente: «La política de L’Ére nouvelle no ha cambiado en lo esencial […]. Únicamente que ha avanzado algo más en la línea que le habíais trazado». El 1 de setiembre, el periódico se entregaba a un violento ataque contra la burguesía, y el 15 de octubre publicó un manifiesto retomando palabra por palabra la doctrina defendida por Federico: «La clase obrera no aceptará la religión, sus consuelos, sus esperanzas, más que cuando la religión se muestre llena de solicitud por sus miserias y justa con respecto a sus deseos legítimos».

Hasta el final de año, el periódico se mantiene batiéndose sin tregua con L’Univers y L’Ami de la Religion, donde Montlembert ha publicado el 20 de octubre un artículo resonante acerca de la necesidad urgente de volver al orden tradicional. El alma del periódico es Ozanam, pero sin construir en realidad una doctrina. En la serie de numerosos textos, multiplica las «llamadas» a los católicos y sale del paso repitiendo que es preciso ante todo aliviar la miseria, combatir a los «malos ricos» aunque, dice él, «ofendidos por vuestras opiniones» ellos «os traten de comunistas». Toda realización social, toda alusión a una «democracia cristiana» encuentra su aprobación. Hace suya una nota del abate Maret sobre la voluntad de fundar una «escuela social católica» en la que escribe: «Rogamos encarecidamente a los economistas católicos, a los miembros de las sociedades de caridad, que se arreglen para formar un comité en el que la economía y el socialismo cristianos puedan rivalizar con las sectas heterodoxas, y arrancarles el poder peligroso que amontonan por su activa propaganda. ¿No resulta un espectáculo deplorable […] ver a los católicos siempre a la defensiva, ellos que deberían tomar la iniciativa de todo verdadero progreso? ¿A qué viene refutar a los seudosocialistas? Hagámonos socialistas nosotros mismos».

Esta iniciativa carecerá de futuro, porque el viento ha cambiado. Cada vez más los obispos se sienten menos favorables a esta minoría agitada. Los más antiguos temen un nuevo asunto como el de L’Avenir, y la elección presidencial de diciembre, que da el poder a Luis Napoleón Bonaparte, parece tocar la música fúnebre a la reforma social. En febrero de1849, L’Ere nouvelle es condenada con toda severidad y prohibida en su diócesis por el obispo de Montauban, lo que va a tener un efecto terrible_ Federico, por su parte, ha tomado sus precauciones mientras le sigue siendo fiel: «Entre todos los periódicos, mis votos están todavía a favor de L’Ere nouvelle, aunque ya no trabaje en él desde hace algunos meses a causa de un libro que debo terminar para el 31 de marzo, y que, junto con mis clases, me roba todo el tiempo», escribe a un amigo el 11 de marzo. «No he roto pues con este periódico, aunque con él sucede con frecuencia, como con todos los periódicos en los que no se trabaja asiduamente, que se insertan artículos que no son siempre de mi agrado». Por lo demás, el 15 de marzo, acepta consignar una misiva al papa en la que los redactores quieren recordar su «propósito de pacificación y de acercamiento». Pío IX no se creyó obligado a contestar: el periódico estaba exangüe. Ya en enero, había apelado a la generosidad de sus amigos, y Ozanam escribía el 2 de febrero: «La situación financiera es ésta: 2 600 abonados de los cuales 1 800 eclesiásticos. Además de 600 números vendidos en las calles, lo que hace un total de casi 3 200 abonados; harían falta 4 000 para cubrir los gastos.» Andaban muy lejos de las cifras del verano de 1848. Federico añadía con lucidez: «Por lo demás, después de ser atacados con tanta violencia, habilidad, testarudez, es sorprendente que hayamos conservado tantos lectores fieles.» Por fin, resume cuál fue su voluntad y la de sus compañeros: «Todos, […] en medio de los peligros de una revolución, hemos creído deber ocuparnos en representar, sostener una opinión que era la de un gran número de católicos»: Ya no era el caso, y, el 1 de abril, el diario era vendido. Como lo dirán cuatro días más tarde los últimos redactores, entre los cuales Ozanam, en su texto de despedida: «Nosotros confesamos sin dolor que l’Ére nouvelle no se dirigía a los bienaventurados de este siglo…».

La democracia cristiana, el catolicismo social, imposibles utopías de 1848, conocen entonces un fracaso que parece definitivo. Federico siente el peligro: «Desearía creer en la duración de la República, escribirá en 1851 cuando se acercaba el peligro de un régimen dictatorial, sobre todo para el bien de la religión y para la salvación de la Iglesia de Francia que se vería cruelmente comprometida, si los acontecimientos diesen el poder a un partido pronto a repetir todos los errores de la Restauración. Yo lo veo cerca […], veo formarse la escuela que confundió los intereses del trono y del altar.» Con fuerza, sigue martilleando: «No tenemos suficiente fe, queremos siempre el restablecimiento de la religión por vías políticas […]. No, y no, las conversiones no se consiguen por las leyes, sino por las costumbres, sino por las conciencias a las que hay que asediar una a una […]. La fe no prospera sino allá donde ha encontrado gobiernos extranjeros o enemigos. No pidamos a Dios malos gobiernos, pero no busquemos que se nos dé uno que nos descargue de nuestros deberes, encargándose de una misión que Dios no le ha dado entre las almas de nuestros hermanos.» Frente a la aplastante mayoría de los católicos, se desmarca con este toque de atención: «Soñamos con un Constantino que de un golpe y un solo esfuerzo lleve a los pueblos al redil. Esto porque conocemos mal la historia de Constantino, cómo se hizo cristiano precisamente porque el mundo era ya más de la mitad cristiano, cómo la masa de los escépticos, de los indiferentes, de los cortesanos, que le siguieron en la Iglesia, no hicieron en ella otra cosa que llevar la hipocresía, el escándalo, la relajación».

El 2 de diciembre siguiente, cuando el Príncipe Presidente suplantó el régimen con la bendición de Montalembert y de la burguesía, Ozanam vio la realización de sus sombríos presentimientos. Sintió una profunda tristeza por ello; sin embargo, con serenidad, sin amargura, sintiendo venir la muerte, cierra una de las últimas páginas de su vida: «Ah! amigo mío, lanza a uno de sus corresponsales, no nos perdamos en discusiones infinitas. No tenemos dos vidas, una para buscar la verdad, la otra para practicarla. Por eso Cristo no se hace buscar, se muestra muy vivo en esta sociedad cristiana que os rodea, está ante vos, os apremia. […] Rendíos a este Salvador que os solicita. Entregaos a su fe como se entregaron vuestros amigos, ahí hallaréis la paz. Vuestras dudas se disiparán como se disiparon las mías. Os falta tan poco para ser un excelente cristiano, os falta tan sólo un acto de voluntad: creer es querer. Quered un día, quered a los pies del sacerdote, quien hará bajar la sanción del cielo sobre vuestra voluntad vacilante. Tened ese valor, querido amigo, y [la fe] vendrá a añadir su dulzura infinita a vuestra prosperidad. Sed feliz y cristiano, es el deseo de vuestro amigo».

 

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