LAS CONFERENCIAS DE CARIDAD
Lamache, Ozanam y Devaux, luego algunos días después Le Taillandier, Lallier y el joven poeta Félix Clavé, sansimoniano recientemente convertido, este fue el grupo fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Ni que decir tiene que los seis jóvenes no tenían la sensación de crear más que un círculo íntimo de unos amigos decididos a practicar juntos, en privado, la caridad. Al menos cinco de los seis, ya que Federico veía más lejos. Desde el momento en que propuso a Lamache y a Devaux asociarse, él formó poco a poco en su cabeza un proyecto de futuro destinado a instalarse en el tiempo y a predicar con el ejemplo. Además, tal intención correspondía exactamente con lo que buscaba: llevar a la práctica su fe por medio de la ayuda directa a los más desprovistos considerada como una respuesta cristiana a los desafíos humanos, económicos, sociales de un mundo en proceso de fracturarse. Lo que no podía imaginarse era el éxito brutal y fulgurante que iba a tener esta iniciativa. No quiso reconocer nunca la parte preponderante que tuvieron en este proceso su personalidad, su carisma, su entusiasmo, en una palabra su fe; y su muerte rápida, apenas veinte años después de la fundación de su obra, privó a ésta de una presencia excepcional. Lo que no impidió una expansión considerable de la que de todas formas Federico tuvo tiempo de ser testigo antes de apagarse.
LOS COMIENZOS
«Es un movimiento de piedad cristiana el que nos ha reunido, y nadie en particular puede apropiarse del origen de la Sociedad. Al decir esto sobre el origen de la Sociedad de San Vicente de Paúl, se ha dicho todo.» De esta forma se expresaba Franois Lallier en 1856. Y Lamache añadía: «Ninguno de nosotros sospechaba que allí estuviera el germen de una gran obra. ¿Quién habría podido sospechar entonces lo que la bondad divina debía hacer nacer de esta reunión de unos pocos estudiantes laicos?» Es verdad y mentira a la vez, ya que todo viene a corroborarlo, en su correspondencia como en los testimonios mismos: Ozanam fue el alma de este núcleo de jóvenes católicos que, sin él, nunca habrían puesto probablemente en práctica, y nunca de esta forma, la idea lanzada en el curso de una conversación por Auguste Taillandier.
Es un hecho que la época se prestaba a ello, que estaba en el ambiente del tiempo. Pero faltaba un hombre que se saliera de lo ordinario para dar un impulso parecido a una discreta iniciativa pedida en el anonimato de una gran ciudad en efervescencia. Federico fue ese hombre. Pero su modestia muy real, la de los grandes creyentes y de los hombres sobresalientes, borró por largo tiempo las pistas: «Nuestro querido Ozanam, con su exceso de humildad, ha contribuido a tergiversar la historia de nuestros orígenes», escribía un colega a Amelia Ozanam en 1889. «El buen Dios le habrá tenido en cuenta todo este desinterés, pero le habrá reprendido sin duda por decir y escribir lo contrario de lo que era la verdad.» ¿No se obstinó Federico hasta el final en calificar como fundador de la Sociedad a Bailly quien, en verdad, la presidió muchos años, pero a petición de Ozanam, y quien de hecho no fue más que el huésped de la primera conferencia? Uno de sus viejos amigos lioneses, Bree de la Perriére, historiador de las conferencias de caridad a partir de 1856, decía a Jules Devaux: «¿Quién podría culparnos por restituir a nuestro Ozanam lo que su modestia rechazaba o parecía atribuir a otro?» Contemporáneo y discípulo de los primeros colegas, refería que «estos jóvenes se agruparon en torno a Ozanam, por su solo atractivo y gracias a su sola influencia.» Lallier no dudaba en afirmar: se lo debo a Federico, «después de Dios, casi todo lo que he podido hacer de meritorio». Por su parte, uno de sus conocidos que asistió a la creación de la Sociedad sin tomar parte en ello personalmente escribía a Ozanam en 1840: «De una inspiración de vuestro corazón nació esta santa institución, que está destinada quizás a extender por toda Francia corno una extensa red de caridad.» En 1856, unos quince de entre los primeros reclutados firmaban una declaración que ponía las cosas en su sitio de cara a las múltiples interpretaciones a las que se prestaban las circunstancias de la fundación: «Si es verdad que la Sociedad de San Vicente de Paúl fue fundada por varios, se leía en ella, no lo es menos que Federico Ozanam tuvo una acción preponderante y decisiva en esta creación. Fue él quien compartió con otro estudiante el honor de tener la primera idea de una reunión cuyos miembros unirían a su fe la práctica de las obras de caridad. Fue él quien tuvo la iniciativa de llevar a la práctica este proyecto. Él quien decidió a la mayor parte de los primeros cooperadores a hacer acto de entrega a los pobres, no habiendo pertenecido ninguno de ellos a asociaciones anteriores.» El mismo año, Devaux publicaba en un diario una carta abierta en la que hablaba de la fundación tal como él la había vivido: «Tuve la suerte de ser uno de los siete u ocho primeros que formaron el núcleo de esta asociación», decía. «Quien me procuró esta felicidad, quien me habló el primero de este plan inspirado por los sentimientos más exquisitos de la caridad cristiana, y me propuso tomar parte en él, fue siempre a mis ojos el verdadero fundador de las Conferencias San Vicente de Paúl. Los motivos que pusieron por obra el ensayo, si no le eran del todo personales, provenían al menos de las circunstancias en las que él había sido tan prominente que a los ojos de los que las recuerden como yo, el honor de esta fundación le pertenecerá siempre, estoy convencido de ello.»
Por fin, Lamache escribía en 1883, en el atardecer de su vida: «Dejando por completo a un lado todo sentimiento de humildad cristiana, afirmo por mi palabra de honor que, en lo que a mí concierne, no tengo ninguna clase de derecho al título de cofundador; que es cierto que fui uno de los primeros miembros y que el buen Dios me concedió la gracia del todo gratuita de amar siempre a la Iglesia y a los pobres, pero que nunca habría pensado en formar esta primera conferencia; que fue Ozanam el primero que me habló de ella; que fue él el alma de esta primera conferencia, como lo había sido de la conferencia literaria que había sido la ocasión de mis primeras relaciones con él; que gran parte del agradecimiento se debe al venerable sr. Bailly, y que sin él, sin su experiencia y su ayuda, la formación de la primera conferencia se habría quedado quizás en estado de generosa veleidad; pero que con certeza sin Ozanam esta primera conferencia no habría nacido.»
Emmanuel Bailly, que presidía la conferencia literaria de la plaza de la Estrapade, fue naturalmente la primera persona hacia quien se volvió el pequeño grupo. Era un hombre de experiencia que había pasado de los cincuenta y que se preocupaba por los estudiantes católicos a partir de los quince años. Propietario de un periódico, antiguo director de una pensión para jóvenes, mentor de varios cenáculos cristianos antes de 1830, continuaba con nuevos bríos su actividad de «alertador» después de la revolución. Fue en el pequeño anfiteatro de su antigua Sociedad de los Buenos-Estudios, disuelta por la monarquía de Julio, donde se reunían las conferencias de historia. Él era su presidente, pero no intervenía nunca en el fondo, fiel a la idea que tenía acerca de su papel con los jóvenes. Además, acogía a menudo a los miembros del grupo católico en su salón, y no se mostraba avaro de consejos ilustrados.
Federico y sus compañeros se habían puesto de acuerdo en casa de uno de ellos cuando surgió la idea de una «conferencia de caridad». No se sabe a punto fijo a quién se le ocurrió el término: tal vez a Ozanam mismo; pero fue preferido inmediatamente a otros como «asociación», «cofradía» o «congregación». Para eso existían dos razones: guardar la filiación con la conferencia de historia, aunque fuese a costa de una curiosidad lingüística; y desmarcarse totalmente del pasado reciente, el de la Restauración. Evocando el periodo de fundación, Devaux tendrá cuidado de recordar en 1856: «esta obra es independiente de toda obra anterior y no se relaciona con otras más que como lo hacen las obras más diversas inspiradas sucesivamente por el cristianismo.» En cuanto a Lallier, escribirá en sus recuerdos: «Ninguno de estos jóvenes había formado parte hasta entonces de otra asociación piadosa.» Y haciéndose eco de las vivas tensiones de la época, añadía: «Si alguno de ellos tenía una opinión política, los otros no la conocían.»
Y no dejaban los seis jóvenes de sentirse un tanto confusos: ¿a qué viene eso de una conferencia de caridad? Y ¿cómo practicar en concreto esta caridad a la que apelan con sus buenos deseos tanto para santificarse como para socorrer a los más pobres y convencer a sus adversarios del valor del cristianismo? A estas preguntas venía a añadirse una realidad incontestable: ninguno de ellos conocía a pobre alguno… No procedían de medios muy elevados, pero todos pertenecían a la feliz burguesía. Además, excepto Clavé, que los dejó bastante temprano y desapareció del todo, hicieron carreras muy correctas: sin hablar de Ozanam, que era el más brillante, Devaux fue médico, Le Taillandier hombre de negocios, Lamache universitario y Lallier magistrado. Se imponía consultar a Bailly. Una tarde de la primavera de 1833, vinieron a su casa a exponerle el proyecto por boca de Federico. El presidente de la conferencia de historia, después de escuchar con atención, manifestó el mayor interés, sin ocultar que él deseaba más o menos una evolución de este género. Pero a fuerza de escudarse en una función de consejero y de moderador, se había puesto a dudar. Por ello seguía con la duda sobre qué acción precisa tomar, y sugirió a sus interlocutores que acudieran al abate Olivier, de la parroquia del barrio, San Esteban del Monte. A federico le gustaba en particular esta Iglesia, en la que había entrado una tarde de desánimo para rezar. Y cuál no había sido su sorpresa al encontrar allí de rodillas, en un oscuro rincón, al mismo Ampére. Esto le había confortado en su fe. A la sazón, el excelente sacerdote, que llegará a ser confesor de la reina luego obispo de Évreux, no brillaba ni por su originalidad ni por su arrojo. Despistado por el entusiasmo insólito de estos estudiantes, no pareció tomar en serio su perseverancia, y se contentó con sugerirles que explicaran el catecismo a los «pequeños desgraciados». Este consejo medio irónico desagradó mucho a Ozanam y a sus amigos, que no tenían la mínima intención de dedicarse a un apostolado intelectual, y que querían por el contrario «descansar de las luchas del espíritu con el ejercicio, por decirlo así manual de la caridad214«. Se les ocurrió entonces hacer una visita a una religiosa que iba a marcar profundamente a Ozanam y sin la cual la Sociedad de San Vicente de Paúl no habría sido la misma: sor Rosalía.
Pequeña campesina de la región de Gex, en el Jura, Juana María Rendu había entrado en el noviciado de las Hijas de la Caridad en 1802. Su congregación, fundada en el siglo XVl por san Vicente de Paúl, fue una de las pocas autorizadas por Napoleón después del Concordato: había conseguido renacer porque su vocación, el auxilio de los pobres, era con la educación de los niños la única que toleraba el régimen. La joven, convertida en sor Rosalía, fue rápidamente asignada a la casa de religiosas de la calle de l’Épée-de-Bois, en el barrio de Mouffetard. Era por entonces un lugar pobre y de mala fama donde descubrió como por revelación la esencia de su vocación: el alivio incansable de las miserias más trágicas.
A partir de este instante, las horas del día le parecieron pocas, sin conocer descanso, consagró su vida diaria a los vagabundos, a los borrachos, a los sin techo, a los niños abandonados, a las familias sin recursos. En 1815, a pesar de su juventud, fue nombrada al frente de la comunidad, y en adelante todo el pueblo del arrabal Saint-Marceau, de Saint-Médard y de Montparnasse no tenían ojos más que para ella. Cuando llegó la revolución de 1830, sor Rosalía se inquietó y lo hizo saber: semejantes disturbios los paga el pueblo caros, pensaba, y los pobres son siempre sus primeras víctimas. Por eso bajó sin titubear a la calle para hacer entrar en razón a los que ella llamaba sus «hijos», pero también para defenderlos. Incluso favoreció la evasión de algunos de ellos cuya vida estaba amenazada. Al enterarse que había sido por sus servicios, el prefecto de policía dio la orden de arrestarla. Pero no se encontró a ningún agente que lo hiciera, pues tan real era el temor de que toda la población del barrio empuñara las armas. Y la orden fue revocada.
En el momento en que Ozanam y sus amigos decidieron consultarla, sor Rosalía ya era una figura de la caridad célebre en París. Dirigía un patronato para las jóvenes obreras, una cuna para los niños, un asilo para los ancianos sin recursos; recibía cada día en el locutorio a cantidad de personas, obispos o vagabundos, generales y artesanos, aristócratas en busca de una obra buena y sacerdotes llegados a pedir consejo, mujeres del mundo a quienes ponía a trabajar o huérfanos que recoger. Y con todo ello, sor Rosalía todavía encontraba tiempo de recorrer el barrio para visitar a los pobres y organizar cada día ayudas de urgencia.
Resumiendo, con pleno consentimiento de Bailly, que la estimaba en mucho, Federico y sus amigos pidieron verse con ella. Los acogió con calor, y comprendió al punto lo que buscaban. Entró sin perder tiempo en el asunto distribuyéndoles algunos bonos de pan gratuito de los que disponía para sus pobres, y explicándoles a la vez cómo servirse de ellos y cómo aliviar lo más concretamente posible la miseria. Fue con ella con quien los jóvenes fijaron definitivamente los términos de su acción: ir a visitar a los pobres en sus casas y distribuirles ayudas en especie.
Al terminar este encuentro, Federico y sus compañeros no dudaron un momento que su empresa debía ponerse bajo la protección de san Vicente de Paúl de quien les había hablado la religiosa: «La humildad y la caridad sin límites de este gran santo, su sencillez, su rectitud, su prudencia, su afabilidad con todos respondían tan bien al espíritu en el que quería inspirarse la nueva Sociedad, que creyó no poder hallar un modelo mejor ni un protector más poderoso
De ahí en adelante, hasta su muerte en 1856, «la madre de los pobres del barrio Mouffetard», como se la llamaba, siguió en contacto con las conferencias de caridad y con su fundador. Una profunda comunión de intenciones, de oración y de pensamiento unió de esta forma a Federico y a sor Rosalía desde un comienzo. Y durante los veinte años que siguieron, la religiosa fue un apoyo seguro y una consejera escuchada por los colegas.
Fue probablemente este año de 1833 cuando los seis primeros colegas se reunieron en los locales de La Tribuna catholique, el diario de Bailly, en la calle del Petit-Bourbon-Saint-Sulpice. Fue preferida esta casa a la de la plaza de la Estrapade con el fin de que no existiera ninguna confusión posible, ni con la antigua Sociedad de los Buenos Estudios requisada políticamente y brutalmente disuelta por la monarquía de Julio, ni con la conferencia literaria, que continuaba por su lado. Bailly aceptó con toda naturalidad la presidencia, se elaboró la lista de las familias que había que visitar tal y como sor Rosalía lo había sugerido, y se comenzó a contabilizar las cuentas del pequeño crédito que sor Rosalía había consentido. A partir de ese momento se inauguraron las visitas; Federico subió escaleras, llevó leñas, entregó bonos de pan: tenía por fin la certeza de vivir realmente la fe que ponía por obra en sus investigaciones intelectuales.
Así lo relataba en 1834: «Importaba formar una asociación de animación mutua para los jóvenes católicos, en la que hallar amistad, apoyo, ejemplos; en la que encontrar, por decirlo así, un simulacro de la familia religiosa en la que nos habíamos criado; en la que los más antiguos acogiesen a los nuevos peregrinos de provincias y les diesen una especie de hospitalidad moral.» «Desde que existimos, añadía, hemos distribuido alrededor de dos mil cuatrocientos francos, algunos libros y una cantidad bastante grande de ropas viejas. Nuestros recursos están en la colecta que hacemos entre nosotros los martes, en las limosnas de algunas personas caritativas que tienen a bien ayudar así a nuestra buena voluntad, en las ropas usadas de nuestro guardarropa.
Al cabo de tres semanas, el pequeño grupo ya está en rodaje: un esbozo de reglamento ha quedado definido oralmente por iniciativa de Bailly, «presidente de orden y de consejo», y la cohesión es total entre los miembros. Habituado a las sesiones animadas de la conferencia literaria, Lallier señalaba más tarde con satisfacción: «La Sociedad era […] sin disputas, sin discusiones, sin controversias, y marchaba sobre ruedas218.» Pero un mes después, salió a relucir con toda naturalidad la cuestión de saber si se debía abrir el grupo a nuevos reclutas. Lallier tenía un candidato, «La Noue, hijo de un consejero de la corte de Orléans, se lo cuenta a Foisset. Ozanam me recordaba este hecho […] y me aseguraba que no se había admitido sin dificultad a un [nuevo] miembro y que yo había tenido que luchar para conseguirlo. Todos pensaban, excepto tal vez Federico, que su grupo ganaría mucho siendo reducido para no perder ni su intimidad ni su especificidad. Pero Lallier insistió: La Noue era un sansimoniano convertido cuya fe tan reciente había que sostener. Apoyado por Ozanam, siempre tan sensible a este género de argumentos, acabó por salirse con la suya. Esta primera admisión, que será por otra parte un éxito malogrado por la muerte prematura del joven, constituyó en su banalidad un suceso capital: no había razón alguna ya para no abrir la puerta de la Conferencia a todo estudiante cristiano deseoso de practicar el ideal de los seis pioneros. En efecto, a finales del verano, los primeros colegas eran quince. Por su parte, Federico había dejado entrar a su primo Pessonneaux y a dos de sus compatriotas lioneses: Chaurand y Gignoux. Durante este periodo es cuando se sitúa un episodio revelador que se significará en la historia de la sociedad: la peregrinación a Nanterre. Ozanam contó al detalle en una carta a su madre esta aventura memorable, primera manifestación pública de piedad por parte de los colegas.
Las procesiones estaban prohibidas en París a partir de 1830, y se le ocurrió a Federico la idea de participar en la del Corpus Christi en el «pacífico» pueblo de Nanterre, «patria de la popular santa Genoveva». Persuadió enseguida a sus compañeros para que le acompañaran, y llevando cada uno a un amigo o conocido, «poco a poco el pequeño grupo se engrosa» y llega a alcanzar los treinta miembros: «en primer lugar toda la aristocracia intelectual de la conferencia: Lallier, Lamache […], Cherruel, sansimoniano convertido, de la Noue […] que hace unos versos tan bonitos; luego […] los del Languedoc, del Franco Condado, de Normandía y sobretodo los Lioneses; y vuestro muy humilde servidor; la mayor parte con bigotes, cinco o seis que medían cinco pies y ocho pulgadas.» En lugar de colocarse en el cortejo formando un cuerpo, como era la tradición en las cofradías, Ozanam y sus compañeros se mezclaron «con los campesinos que seguían el palio», lo que no dejó de causar sorpresa a participantes poco habituados, en aquellos años, a ver a jóvenes intelectuales de la burguesía rezar en público. Esta actitud instintiva de sencillez, de comunión y de humildad caracterizó definitivamente la práctica de la Sociedad. «Regresamos con el fresco de la tarde», concluye Federico, y resume perfectamente sus motivaciones profundas: «Habíamos cumplido con nuestros deberes para con Dios rindiéndole el homenaje que le es debido, para con nuestros hermanos dándoles el buen ejemplo, para con nosotros mismos procurándonos un deleite puro, dándonos un testimonio de recíproca amistad.»
Los miembros de la conferencia de caridad se atraían en todo caso las simpatías de la gente. Ozanam recordaba al final de su vida: «Estos jóvenes no sintieron ninguna preocupación por lo que pudieran decir de ellos», escribió en uno de sus últimos textos. Apenas […] franqueada la escalera del pobre, distribuido el pan a familias en llantos, enviado a las escuelas a niños hasta entonces descuidados; apanas se hubo reconocido por estas señales que el pueblo tenía en ellos a verdaderos amigos, cuando encontraron al punto en su alrededor no sólo tolerancia, sino favor y respeto.» En su última carta, añadía: «Hemos hablado con frecuencia de la debilidad, de la frivolidad, de la nulidad de los hombres incluso cristianos en la nobleza de Francia […]. Pero estoy seguro de que son así porque le faltó algo a su educación; hay algo que no les enseñaron, algo que no conocen más que de nombre y que hay que vérselo sufrir a los otros, para aprender a sufrirlo cuando llegue tarde o temprano. Y esto es el dolor, es la privación, es la necesidad… Es necesario que estos jóvenes señores sepan lo que es el hambre, la sed, la miseria de un granero. Es necesario que vean a necesitados, a niños enfermos, a niños que lloran. Es necesario que los vean y que los quieran. O esta visión despierta algún latido en su corazón, o esta generación está perdida. Pero no hay que creer nunca que una joven alma está muerta. No está muerta, sino que duerme».







