LA INTUICION DE OZANAM
Cuando estalla la revolución de 1830, el futuro fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl tiene exactamente diecisiete años. Arde ya con una fe viva, y está al propio tiempo abierto a las ideas nuevas, es por otra parte lo menos que se pueda decir a juzgar por una carta que envía en setiembre a su amigo Falconnet. En ella evoca con benevolencia las ideas republicanas y critica la carta que ha otorgado Luis Felipe: para él, «descansa en un principio falso que no es ni la legitimidad, ni la soberanía del pueblo». De ahí concluye que «el gobierno actual, expresión de un hecho relativo, contingente, es un gobierno mal asentado», un «gobierno de hecho». Y añade sin titubeos: «Por lo demás, creo que dentro de poco tendremos una República, y que de la república saldrá algún hombre que sabrá manejar el estado de las cosas y nos devolverá al buen cannino.»
Sin ambages, se afirma católico liberal, lo que se desprende claramente de una carta del 29 de noviembre del mismo año enviada a otro amigo suyo: «La religión se compagina con la libertad», escribe, denunciando «el prejuicio de que la religión católica es hermana del despotismo, enemiga de la libertad.» Y prosigue: «Veo como providencial el 1789, porque continúa su acción; veo como puramente humano el 1793 que no duró más que un año […]. Por eso hoy, que todos los jóvenes proclaman la gloriosa revolución, yo trato de hacerme viejo, y miro, espero, observo; de aquí a diez años, te diré lo que encerraba de legítimo y de ilegítimo, de providencial y de humano.» Lo que no le impide aceptar la monarquía de julio, sin entusiasmo pero sin ambigüedad: «Quieren que me salga de una escuela hostil a los reyes», anota en una aclaración que dirige en 1834 a l’Ami de la relígion. «Cristiano, me glorío en no pertenecer a ninguna escuela más que a la de la verdad, que es la Iglesia. Pero si alguna vez, en la lucha de las opiniones que dirigen a Francia, mis simpatías me llevan hacia un bando, si alguna vez se me han atribuido creencias políticas, es que fue en una escuela opuesta, en una escuela amiga de la realeza, donde yo las habría tomado.» En 1831, había puesto también en guardia a uno de sus corresponsales contra un exceso de indulgencia por los triunfadores de las Tres Gloriosas, debeladores de la vieja monarquía a la vez galicana y volteriana: «Si te he de dar un consejo es que desconfíes de los hombres de tu partido político que, sin saber comprender el acuerdo del catolicismo con la libertad, reúnen todos sus esfuerzos para derribar nuestra divina religión y poner el protestantismo o también el deísmo en su lugar. Su pretendida tolerancia consiste en derribar las cruces y fusilar a los fieles de rodillas a los pies de su Dios…]. ¡Que se avergüencen! O más bien, ¡que puedan entrar en mejores sentimientos!»
Estas reflexiones no deben llevar a engaño: Federico sólo se preocupaba por los acontecimientos políticos y por las formas de gobierno para preguntarse cuál era su significación en el plan de Dios. El resto le importaba poco: su pensamiento social «quedó esbozado muy temprano», pero «siempre estuvo en relaciones estrechas con sus tendencias morales». Su existencia y su actuación se inspiraron en primer lugar en su fe profunda. Él «siguió siendo toda su vida profundamente religioso», y «todas sus empresas tuvieron en primer lugar como meta el perfeccionamiento de su propia vida y la conversión de los otros.» Por consiguiente es fácil de comprender que la política misma no jugó más que un papel muy secundario en su existencia.
Además, si tuvo intuiciones, particularmente la que va a conducirle a crear las conferencias de caridad, a desarrollar y profundizar el movimiento generado por la Sociedad de San Vicente de Paúl, él no construyó un pensamiento social. En primer lugar porque conocía mal la economía política: «Tú te has ocupado mucho del gran problema social de la mejora de las clases trabajadoras, en el que yo apenas he pensado», escribía a Ernesto Falconnet en 1833. «A mí, […] excepto algunos conocimientos de orientalismo, algunas ideas muy vagas de derecho y de legislación, cierta cantidad de nociones nuevas sobre la filosofía de la historia, someras ideas generales de economía política […], estos catorce meses pasados en la capital me han dejado muy escasos frutos.» Por supuesto que exageraba, pero si no ignoraba ni los debates que agitaban a los jóvenes católicos ni el contexto general de las otras corrientes de pensamiento, mantenía pocos contactos con los actores del gran movimiento social. Era amigo de un sansimoniano convertido, Cherruel; escuchaba al abate Gerbet, frecuentaba el salón de Montalembert, donde se hablaba «de la miseria actual del pueblo» para concluir «en siniestros presagios para el porvenir», y allí se cruzaba con Lacordaire y el socialista Considérant. Pero él lo refería todo a la religión: «En vano se había acusado a la religión del Evangelio de arrojar el desprecio sobre las ciencias, las artes y la industria», escribía en sus Réflexions sur la doctrine de Saint-Simon en 1831. «Nosotros la hemos visto rodear de estímulos protectores a todo lo que es verdadero, hermoso y útil. Su puesta en práctica nos ha parecido una gloriosa verificación de su doctrina, y hemos visto en el porvenir los altos destinos que le están reservados.» ¿No tributaba homenaje unas páginas antes a Saint-Simon que había adoptado muchos principios cristianos, como el amor, la jerarquía, la asociación universal, para machacarle después por haberse apartado «de Cristo que le sirve de modelo»? Y no le desaprueba del todo cuando advierte: «A cada uno según su capacidad; a cada capacidad según sus obras: bella y cristiana máxima; consoladora promesa por parte de un Dios; amenaza terrible quizás en la boca de un hombre.»
Evitar la lucha de clases, sí, sin discusión. Pero por el amor y la fe, no utilizando medios políticos. Fiel a su pensamiento, escribe de nuevo en 1840: «Cuando el pauperismo creciente se encuentra furioso y desesperado frente a una aristocracia de entrañas endurecidas es bueno que existan mediadores que puedan anticipar una colisión cuyos horribles desastres no se podrían imaginar, que se hagan escuchar en los dos campos, que vayan a llevar a uno de ellos palabras de resignación, al otro consejos de misericordia.» Un análisis así no constituye una reflexión socio-económica de envergadura, pero pone de relieve la ambición de Ozanam: que la Iglesia «pase al pueblo» como él mismo quería «pasar a los bárbaros». En 1831, se había indignado porque el Journal des débats había tratado «a la clase obrera de bárbaros y de enemigos». Pero él recogió estos términos para justificar lo que a sus ojos era la misión primera de los católicos, la razón de ser de la fe cristiana: «Rehabilitar un día a los trabajadores como rehabilitó a todas las clases sufridas de la humanidad, haciendo bajar entre ellos dogmas de consuelo, virtudes civilizadoras y el imperecedero sentimiento de la dignidad personal.» Las dos primeras proposiciones dejan con dudas a un espíritu de finales del siglo XX; pero la tercera debe llamar la atención. Resume perfectamente lo que Federico denuncia incansablemente desde 1831: «El desprecio de la dignidad humana, la explotación, la asimilación de un obrero a una máquina, la esclavitud […], la especulación del derroche sobre la miseria […], la usura, la brutalidad de los economistas y de los industriales190.» Ataca «a los altos señores de la industria» que «son, como nuestros antiguos reyes, paseados a hombros de hombres». Afirma: «Existe explotación cuando el amo considera al obrero no como a un asociado, corno a un auxiliar, sino como un instrumento del que hay que sacar el mayor provecho al menor precio que se pueda […] La explotación del hombre por el hombre es la esclavitud. El obrero-máquina no es ya más que una parte del capital, como la esclavitud de los antiguos; el servicio se convierte en servidumbre.» Inútil decir que la fe cristiana rechaza categóricamente tal actitud. Y Ozanam concluye como moralista: «Si dejamos a veces la jurisprudencia por la moral, es por cumplir nuestro programa, por necesidad: como viajeros extraviados en el laberinto de las leyes, tenemos necesidad, para orientarnos, de ascender de vez en cuando a estas cimas ideales donde una claridad más viva descubre más vastos horizontes.»
Desde su llegada a París a principios de los años 1830, había tenido el confuso presentimiento de que debía comprometerse claramente como cristiano en la acción lo mismo que en la reflexión. Su sistema intelectual, ya se ha dicho, estaba ya construido, y se buscaba compañeros para ponerlo por obra. En 1831, había oído hablar de la conferencia de historia de la plaza de la Estrapade, muy cerca del Panteón, una de esas «charlas», según el término de la época, en las que los estudiantes debatían con fervor. Estaba presidida por el impresor católico Bailly, veterano de la reaccionaria Sociedad de los Buenos Estudios, que había barrido la revolución de 1830. Bailly no tenía igual para descubrir a los pocos estudiantes cristianos susceptibles de proclamar con inteligencia y entusiasmo su fe, y trataba de colocarlos por delante en las reuniones agitadas en las que se enfrentaban volterianos, sansimonianos, ateos y hasta un mahometano, cosa un tanto rara por entonces. A comienzos de 1832, Federico, sediento de acción y de discusión, empieza a participar en las reuniones ruidosas y apasionadas de la conferencia, que con su animación atraía también a jóvenes del barrio o a burgueses de paso. Muy pronto se destacó: «Fuesen los que fuesen los asuntos de lectura o de discusión» de estos encuentros del sábado, contará más tarde uno de los pocos estudiantes católicos del grupo, «historia, filosofía, literatura, bellas artes, arqueología, economía política […], la cuestión política se mezclaba en todo. […] Ozanam honraba nuestra causa con su erudición precoz y la brillante superioridad de un mérito que todos aplaudían con entusiasmo y más aún por ir acompañado de una modestia perfecta.» A los ojos de conformidad de Bailly, Federico iba tomando ascendiente sobre sus compañeros, y hacía evolucionar sus «hábitos poco científicos» hacia la filosofía y las «investigaciones serias». De pronto, Ozanam se constituyó sin quererlo en el jefe de fila de los jóvenes cristianos del grupo: «Porque Dios y la educación me han dotado de cierta amplitud de ideas, de cierto nivel de tolerancia, escribirá, se quiere hacer de mí una especie de jefe de la juventud católica de este país H. Debo estar a la cabeza de todos los movimientos, y, cuando se ha de hacer algo difícil, deberá caer sobre mis hombros194.»
Mientras tanto, en la primavera de 1832, se declaró una epidemia mortal de cólera en la capital, y Bailly juzgó más prudente dispersar a los veinte jóvenes que constituían la conferencia. Esta no obstante se reanudó en octubre del mismo año, con dimensiones muy distintas: «Gracias al celo de algunos de los miembros antiguos, dice Ozanam a Falconnet pocos meses más tarde, esta sociedad ha crecido de manera maravillosa; cuenta con sesenta personas varias de las cuales llevan nombres que gozan de celebridad. Numerosos oyentes asisten a las sesiones, y el amplio local se llena del todo19.» Con toda seguridad, Ozanam tiene mucho que ver en esta evolución, aunque él no lo diga. Se ha esforzado para integrar en el grupo a jóvenes intelectuales distinguidos, y se ha salido con la suya: «Hemos creído necesario poner condiciones bastante severas para la admisión de los candidatos, proseguía en la carta a su amigo, y sin embargo las candidaturas se multiplican, y han acudido a nosotros jóvenes de un talento superior.» Los hay «viajeros precoces [que] han visitado todas las partes de Europa», y «hasta uno que ha dado la vuelta al mundo», dice maravillado. Los nuevos reclutas «han profundizado en las teorías del arte», «sondeado los problemas de economía política… La mayor parte se entrega al estudio de la historia, algunos a la filosofía.» Finalmente, no faltan futuros poetas. Si el dominio mayoritario de la política está fuera de nuestros recorridos, continúa Federico, para cualquier tema existe plena y entera libertad. Por eso se presentan cuestiones graves, jóvenes filósofos vienen a pedir cuentas al catolicismo de sus doctrinas y de sus obras, y es entonces cuando, aprovechando la inspiración del momento, uno de nosotros sale a la palestra, desarrolla el pensamiento cristiano mal comprendido, expone la historia para mostrar en ella sus gloriosas aplicaciones.» Nadie pone en duda que Ozanam mismo se comportaba de esta manera y que indagaba con obstinación en estos torneos el medio de establecer «sobre bases sólidas la inmortal unión de la verdadera filosofía con la fe». La teología no tenía nada que ver: se trataba de discutir «el alcance científico y social del Evangelio», y Federico constata que los católicos se encontraban por fin en número igual, una treintena, a los que no lo eran. Su «ardor», su «celo», su «insistencia» le encantaban, y se felicitaba por «la franca e íntima cordialidad», por la «fraternidad muy especial» que reinaban entre ellos: sus contemporáneos no han dejado de advertir que él era incontestablemente su origen, y un pequeño núcleo de compañeros se había formado rápidamente alrededor de él, «una decena unidos más estrechamente todavía por los lazos del espíritu y del corazón, especie de caballería literaria, amigos incondicionales que no tienen ningún secreto, que se abren para contarse según el caso sus alegrías, sus esperanzas, sus tristezas196.» A menudo, al salir de las reuniones, el grupo partía cogidos del brazo hacia el Panteón y, a la sombra del edificio iluminado por la luna, daba vueltas durante horas arreglando el mundo: «Yo era como ellos, dice Federico, y al oírlos pensaba y hablaba como ellos, y sentía expansionárseme el corazón; me parecía que me convertía en hombre, y sacaba de allí, yo, tan débil y pusilánime, unos instantes de energía para los trabajos del día siguiente.»
Entre los jóvenes católicos, se hallaba Jules Devaux, un estudiante de medicina, Francois Lallier, estudiante de derecho a quien Ozanam había convencido para entrar en la lucha, Auguste Taillandier, oyente asiduo pero mudo, por fin Paul Lamache, otro estudiante de algo más edad y cuya carta escrita veinticinco años después resume bien el espíritu general: «Por mi parte, llegado de París en 1829, yo no había querido formar parte de la Congregación, porque los favores otorgados a varios de sus miembros y la estrecha solidaridad que parecía existir por entonces entre la religión y una opinión pública suministraban a la malevolencia un pretexto para sospechar del desinterés de su piedad.» En otras palabras, según lo pensaba Federico, era muy ambiguo afirmarse católico en un régimen político que se servía de la Iglesia para consolidar su poder, y la alianza del trono y del altar se debía proscribir. «Al contrario, prosigue Lamache, después de 1830, era manifiesto que al recitar el Credo no se podía alimentar la segunda intención de encomendar su porvenir al patrocinio de hombres influyentes: posición infinitamente más cómoda para un muchacho leal».
Con el fin de polemizar de manera cada vez más incisiva, Lamache, Ozanam y Lallier decidieron al cabo de unas semanas preparar las discusiones en grupo, experimentar sus argumentos juntos y designar en cada ocasión a un reportero único encargado de hablar en nombre de todos. Lallier habló de ello con Le Taillandier, quien se mostró escéptico ante este método y se aprovechó para expresar el cansancio que le producía a veces este sonsonete perpetuo de palabras y de ideas»: ¿por qué entregarse sin cesar a la controversia, observó él, en lugar de proponer estos treinta jóvenes cristianos reuniones de oración, de ejercicios de piedad y la práctica de la caridad? Pensativo, Lallier, refirió esta observación a Federico, pero éste no le prestó atención de momento, ocupado corno estaba por la proximidad de una conferencia en la que uno de los participantes debía culpar duramente a la fe. Llegado el día, tuvo lugar efectivamente una reunión movida: el orador hizo el elogio brillante de Byron, no como poeta, sino como denostador de la religión, trazando un paralelo entusiasta entre el escepticismo de Voltaire y el anti-cristianismo feroz del escritor inglés, sin perder la ocasión de paso, aunque fuese con una cortesía de fachada, de echar mano del insulto y de la blasfemia. La exposición era sólida, argumentada, incisiva, y tuvo éxito. Ozanam quedó consternado. Claro que se levantó para responder, afirmando con fuerza «que no se nos venga a decir ahora que nuestra religión se acaba, que no tiene nada que decir en las cuestiones sociales. Que no se nos venga ahora a decir que nuestros templos están desiertos […]. A qué viene esta oración fúnebre, que durante dieciocho siglos se repite hasta la saciedad a nuestros oídos. Hace dieciocho siglos! Pues no os llaméis a engaño, esta objeción es tan vieja como la verdad; data del tiempo de los Apóstoles; también a ellos se les trataba de agonizantes, y ellos no contestaron; ellos conquistaron el mundo!…»
Federico había estado a la altura de la polémica, pero después de estas declaraciones de principio y de convicción, cada uno se quedaba en sus posiciones, treinta contra treinta. ¿No era esto algo inútil? Cuando Bailly levantó la sesión, Ozanam estaba triste y perplejo. Perdido en sus pensamientos, salió con Lamache y Devaux, y de pronto los detuvo: nada de renunciar a las discusiones filosóficas e históricas, les dijo. Pero Le Taillandier tiene quizás razón: una «reunión de caridad» en la que se reuniera el grupo de los católicos tendría el doble mérito «de conservar en ellos el espíritu de fe y de hacer resplandecer a los ojos de sus camaradas indiferentes la persistente y bienhechora vitalidad del cristianismo».
Lamache ha contado la escena medio siglo más tarde: «Veo brillar la llama en los ojos de Ozanam, oigo su voz que tiembla ligeramente bajo la emoción, mientras nos explica, a Devaux y a mí, el proyecto de asociación católica y caritativa […]. Me habló de todo en términos tan cálidos y tan conmovidos, que habría sido necesario no tener corazón ni fe para no adherirse enseguida a la propuesta2°z.» Nosotros somos todos unos desarraigados en París, les dijo, y «la incredulidad, ese buitre de del pensamiento», planea sobre nosotros. «Somos aves de paso […], pobres jóvenes inteligencias criadas en el regazo del catolicismo y diseminadas en medio de una multitud inepta y sensual.» El Parisino, que se codea con nosotros «mientras corre a sus placeres», no entiende nuestro lenguaje: es «una lengua muerta, que pocos conocen aquí °4.» Bueno!, exclama, «se trata, ante todo, de que estas débiles aves de paso se reúnan bajo un abrigo que las acoja, de que estas jóvenes inteligencias encuentren un punto de reunión durante el tiempo de su exilio Pero el vínculo más fuerte, el principio de una amistad verdadera, es la caridad: y la caridad no puede existir en el corazón de muchos sin salir al exterior; es un fuego que se apaga si le falta el alimento, y el alimento de la caridad son las buenas obras». Su conclusión es clara: «No hablemos tanto de caridad, hagámosla más bien, y socorramos a los pobres!».







