Federico Ozanam (1813-1853) (X)

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Author: Bernardo Cattanéo · Translator: Máximo Agustín. .
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Federico Ozanam-1Ozanam apologista va a ponerse también a trabajar desde las Réflexions sur la doctrine de Saint-Simon, aparecidas en 1831. Sólo cuenta dieciocho años, pero proclama ya una convicción que le tendrá alejado de Lamennais, según se ha visto: el cristianismo es la ley eterna, inmutable, del género humano, y no la constitución transitoria de una época. Para derribar al sansimonismo, se lanza a un panegírico vibrante de la religión cristiana, pero no se contenta con declaraciones piadosas o místicas. Muestra al contrario una religión que da pruebas de un gran conocimiento de las expectativas y de las necesidades de la humanidad: por el misterio, que «responde a su sed de infinito», y por el culto, que satisface a su naturaleza material y física». Federico recuerda que la religión cristiana reúne el amor de Dios y el amor del hombre, garantiza la autoridad y la libertad, y se impone a todos los principios de base humanos sin estar ligada a un régimen cualquiera político o social.

Este análisis es en sí mismo un punto clave del pensamiento de Ozanam, pero va a la par con la respuesta más precisa que éste da a la gran objeción de los sansimonianos: los católicos rechazan la «perfectibilidad» del espíritu humano y todo el movimiento filosófico salido del Renacimiento. No es verdad, exclama Federico: «En todas partes donde surge el cristianismo, se rodea de luces; en todas partes, a su llamada, se despiertan las ciencias y las artes; toda nación que se hace cristiana es una nación que se abre a la verdad y a la belleza, al mismo tiempo que al bien.» Contempla tres épocas: el origen, cuando reinaba «la fe pura y sencilla»; la época moderna, que dejó triunfar el libre examen, fuente de la herejía y de la incredulidad; la época contemporánea por fin, que conoce un renacimiento impresionante del catolicismo. Y evoca Ozanam en un bello desorden la filosofía, la literatura, las grandes conversiones en Alemania, Irlanda. Polonia y hasta Bolívar, muerto con un crucifijo entre las manos… La época actual, concluye con altivez, es «el final de los tiempos de duda». Prosiguiendo su reflexión sobre el tema, publica en 1835, en La Revue européenne, un artúculo de unas veinte páginas sobre «El progreso por el cristianismo».

Queda la Edad Media, de la que escribía en 1838: «La Edad Media es algo así como las islas encantadas de que hablan los poetas; se atraca en ellas de paso y sólo por unas horas; pero se recogen frutos, se sacia la sed en ríos que hacen olvidar la patria, es decir el tiempo presente; o, para expresarlo de una manera más simple, uno se siente en ellas verdaderamente cautivado por el encanto de los hechos, de las costumbres, de las tradiciones; se está sujeto por la multitud de los documentos.»

A mediados de los años 1830, cuando Federico se preparaba a regresar con tristeza a Lyon con su doctorado en derecho en el bolsillo, Montalembert publicaba su romántica Víe de sainte Élisabeth de Hongrie, mientras que Lacordaire hacía pública su Mémoire pour le rétablissement en France de l’ordre des fréres Précheurs mientras preparaba una Vie de saint Dominique que era como una especie de triunfo de la apologética medieval.

La Civilisation crétíenne au Ve siécle, Dante et la philosophie catholique au XIlle siécle, Les Poétes franciscains, tales fueron las obras esenciales que entregó Ozanam en este mismo sentido: trabajó en ellas mucho tiempo, con interrupciones del trabajo, multiplicando bosquejos y fragmentos hasta llegar a la versión definitiva. Pero en ellos encontramos la quintaesencia de su reflexión de apologista, que le coloca por encima de Lacordaire y de Montalembert.

En el prólogo de su Civilisation crétienne au Ve siécle aparecido en 1851, titulado con exactitud «Prólogo o plan de una historia de la civilización en los tiempos bárbaros», escribía: «Me propongo escribir la historia literaria de la Edad Media desde el siglo V hasta el XII y hasta Dante en el que me detengo, como en el más digno de representar esta gran época. Pero en la historia de las letras, estudio sobre todo la civilización de la que ellas son la flor, y en la civilización contemplo principalmente la obra del cristianismo. Todo el pensamiento de mi libro consiste pues en mostrar cómo supo el cristianismo sacar de las ruinas romanas y de las tribus acampadas sobre estas ruinas, una sociedad nueva capaz de poseer lo verdadero, de hacer el bien y de encontrar lo bello.»

Eso ya lo decía veinte años antes y no cambió nunca. ¿Iba no obstante a describir una Edad Media idealizada por las necesidades de su razonamiento apologético, como lo hacían otros?

No: era demasiado historiador para caer en el error romántico. Además, y con mayor razón en este caso preciso, no tenía mucha imaginación, o al menos sabía controlarla…

Lo cierto es que apenas se hacía la ilusión sobre la pretendida «edad de oro» medieval y se guardó mucho de no identificarla nunca del todo con el cristianismo. Era consciente del hecho de que si consideraba la Edad Media como la sociedad cristiana por excelencia, se vería en la obligación de hacer responsable al catolicismo del mal que con tanta frecuencia triunfaba en ella. «Hay que saber alabar la majestad de las catedrales y el heroísmo de las cruzadas, decía en la introducción citada anteriormente, sin absolver los horrores de una guerra eterna, la dureza de las instituciones feudales, el escándalo de esos reyes siempre en lucha con la Santa Sede a causa de sus divorcios y sus simonías. Hay que ver el mal, verlo tal como fue, es decir formidable, añadía, precisamente para conocer mejor los servicios de la Iglesia cuya gloria durante aquellos siglos mal estudiados no es la de haber reinado, sino la de haber combatido.»

Finalmente, su idea maestra era sencilla: «La historia de la humanidad, desde que Jesucristo apareció en la tierra, es la historia de la conquista [moral] del mundo por el cristianismo.» Como dice en su prólogo: «No conozco nada más sobrenatural ni que pruebe mejor la divinidad del cristianismo, que el haber salvado al espíritu humano.» Este modo de concebir la acción del cristianismo permitió a Ozanam no encerrar su ideal cristiano en un periodo de la historia. «Prosiguiendo la lucha en el seno de la humanidad, advierte Mons. Baudrillart, era libre de creer en transformaciones sucesivas bajo la influencia de la misma fuerza cristiana, y también en un progreso constante por el cristianismo.» Por eso podía Federico ser a la vez «historiador apasionado de la Edad Media y ciudadano no menos apasionado del mundo moderno», un erudito, un apologista y un creyente.

No pudo llevar a buen término su historia de la civilización en los tiempos bárbaros, término genérico de una colección de volúmenes en relación con todos los aspectos que le interesaban, según su concepto inmutable de una obra global. Pero aparte de los trabajos evocados aquí y algunos escritos de menor importancia, se ha de unir a ellos su tesis sobre Dante y Les Poétes franciscains.

El objeto de este último libro sigue siendo el mismo: no referirse a la historia literaria, sino, una vez más, volver a la apología. En la página 193 escribe: «Es una novedad a favor hoy volver a las fuentes del paganismo para buscar allí la inspiración poética. Sin embargo vamos a ver lo que podía el Evangelio para fecundar las imaginaciones; no el Evangelio desabrido por los inventos de los oradores henchidos, y plegado a los caprichos de la epopeya profana, sino el Evangelio con toda la autoridad de los mandamientos y todo el terror de sus misterios.»

Según Juan Santiago Ampére, «este delicioso volumen» era una «obra maestra, llena de saber y de gracia». Se le había ocurrido la idea a Federico trabajando sobre viejos textos italianos: ¿por qué dejar en la sombra estas poesías populares de la Italia medieval, cuando su inspiración es toda de fe, de amor, de santidad? La hermosa figura de san Francisco domina el trabajo, pero Ozanam se explaya sobre todo con Jacopone di Todi, religioso «abrasado de amor» en quien él se encuentra. Fiel a su método, Federico no oculta nada de la dureza de los tiempos en los que el bucólico Fray Jacopone vivió. Muestra una época, el final del siglo XIII, en la que se acumulan sin solución de continuidad los acontecimientos más atroces, y sigue dolorosamente a su héroe por el camino de la oposición al papa Bonifacio. En contraste, evoca con arrebato la poesía azucarada, mística, encantadora del franciscano. No hay en ello nada de sorprendente: lo que había seducido a Ozanam, es esa mezcla de crimen y de perdón, de amor y de violencia, de paz y de guerra que se observa en el mundo y en la poesía de Jacopone.

Federico lo escribió en su libro: «La Providencia pone poetas en las sociedades que caen, como coloca nidos de pájaros en las ruinas.» Pero Frá Jacopone de Todi no es el personaje central de los Poétes franciscains, aunque le estén dedicadas numerosas páginas. Es Francisco de Assís quien es la figura central del «paseo» literario y espiritual al que se entrega Ozanam. Sus Fioretti embellecen los capítulos, y Federico se complace, con talento, en rodearlas con bellas descripciones de paisajes que extraía de los recuerdos de viaje por Umbría. Es preciso ver ante todo que era una apuesta «resucitar» a mediados del siglo XIX estas páginas empolvadas que ya hacía tiempo no interesaban a nadie, y sobre todo no a los mismos franciscanos.

Ozanam no se llamaba a engaño: escribiendo que no llegaría a comparar este librito con La Divine Comédie, añadía que no confundía «las gotas de rocío con los fuegos de la aurora».

Pero llamaba a las Fioretti «una pequeña epopeya», y Quería darla a leer de una manera agradable para mostrar qué dulzura y qué paz podía inspirar la fe en el corazón de una época muy difícil. Eso también era apologética…

No deja de ser menos cierto que Federico fuera el hombre de un solo punto de vista. Utilizó los hechos en beneficio de su tesis, trató siempre de probar algo. Nunca llegó a disfrazar la verdad, todo lo contrario. Pero la interpretaba siempre con un fin preciso, porque tenía una fe devoradora: «Aunque toda la tierra hubiera renunciado a Cristo, escribía en 1852, hay en la inefable dulzura de una comunión, y en las lágrimas que hace derramar, un poder de convicción que me obligaría a seguir abrazado a la cruz y desafiar a la incredulidad de toda la tierra.»

Esta fe de apologista se descubre también en cada línea del resto de su obra y de su correspondencia. Claro que volveremos con más detenimiento sobre ello al relatar lo que constituye la gran realización de su vida: la Sociedad de San Vicente de Paúl, y de su acción en el momento de la revolución de 1848. Pero no estará de más ofrecer aquí una idea general de su pensamiento social y de su correspondencia.

 

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