CAPITULO II EL HOMBRE’DE LETRAS «La pasión que las letras han encendido en mí, reclama para sí toda mi vida, como se lleva también toda mi alma», exclamó un día Ozanam. Pero el fuego del romanticismo apenas rozó ligeramente al intelectual y al hombre de oración. Celebró desde su juventud encuentros señalados en el dominio literario: apenas llegado a París, precedido de una breve misiva de introducción, fue a presentar sus tímidos homenajes a Chateaubriand.
Es preciso tratar de imaginarse lo que podía representar el ilustre escritor sexagenario, panegirista grandioso del catolicismo en pleno volterianismo triunfante, a los ojos de un joven cristiano perfectamente desconocido y arribando de su provincia… Federico fue recibido amablemente y no se olvidó nunca de este encuentro. Tampoco se olvidó de las conversaciones con el joven Víctor Hugo en el salón de Montalembert donde sus compromisos al servicio de la Iglesia le habían introducido muy temprano. Bien aureolado por el éxito de Hernani, Hugo trabajaba en la escritura de Notre Dame de Paris y hablaba de la Edad Media con pasión.
En las conferencias del abate Gerbet, Ozanam encontró a Sainte-Beuve, y, en la Sorbona, las clases, o mejor los momentos de epopeya de Michelet en la historia de Francia le hacían saltar las lágrimas. Ante todo aquel sobre Juana de Arco! Asimismo, entre otros, se ha de citar a Lamartine, quien se atrajo la admiración por su talento y sus convicciones. Como lo dirá después de la muerte de Federico, «el viento ha pasado por todas las almas, y hasta por la del piadoso y estudioso joven».
Pero si conserva toda su vida una ternura particular por la poesía, Ozanam no es un hombre de imaginación, y su análisis del romanticismo es severo: la melancolía, ese mal del siglo que nutre las obras literarias de sus contemporáneos, tiene su fuente en el peor de los orgullos, el «que se oculta en el descontento que se tiene por sus propias miserias». Pero mucho cuidado: nosotros no nos disgustamos tanto sino porque nos queremos demasiado.» En otras palabras, queremos ser dioses, y nos enfurecemos por no conseguirlo. Razón por la cual, en lugar de soñar, se ha de actuar: «Las lágrimas nos cuestan menos que el sudor, y son nuestros sudores lo que la sabiduría inexorable nos pide.»
Esta «pluma ingrata» que Federico denunciaba un día de desánimo, la tendrá para hacer avanzar la ciencia y para renovar el pensamiento cristiano. Quería hacer «obra útil», y a la vez que trabajaba sobre la historia, se reveló como uno de los mayores apologistas de su tiempo.
Por otra parte, conviene detenerse en su correspondencia, cuya riqueza y profundidad son dignas de un gran escritor.
EL APOLOGISTA
Defender y justificar el catolicismo, establecer su origen divino y su autoridad superior demostrándolos por la historia, tal fue el propósito de Ozanam a lo largo de su vida. En efecto, esa es exactamente la definición de la apología, y toda su obra es apologética. Chateaubriand había mostrado el camino, y Federico devoró Le Génie du christianisme, «ese libro inmortal», dirá él, que «había comenzado la educación del siglo XIX». Suscribía ciertamente lo que el autor mismo decía de su obra en 1828 con tanto aplomo como lucidez: «Los fieles se creyeron salvados por la aparición de un libro que respondía tan bien a sus disposiciones interiores.»
Y Chateaubriend añadía con pluma premonitoria: «Una juventud generosa está preparada para echarse en los brazos de aquel que le predique los nobles sentimientos que se alían tan bien con los sublimes preceptos del Evangelio; pero huye de la sumisión servil y, en el ardor por instruirse, experimenta un gusto por la razón totalmente por encima de su edad.»
No sólo se tiene ahí un retrato de Ozanam, sino que se halla ese juicio que hará sobre sus contemporáneos: «Son tan románticos que se vuelven clásicos por exceso, […] Están tan embrujados por Víctor Hugo, que no juran más que por él, y sostienen que el siglo entero debe caminar tras él; pues bien, caminar a remolque de un hombre, presumo que es ser clásico por excelencia.»
En realidad, fue en Lyon donde todo comenzó para Federico. En los últimos años del siglo XVIII, apenas acabada la tormenta revolucionaria, un mundillo de eruditos católicos nació en torno del filósofo Ballanche y del sabio Ampére, el mismo que acogió a Ozanam en París muchos años después. En 1801, algunos meses antes de Chateaubriand, Ballanche publicaba un libro que marcaba, por cierto con menos genio, el comienzo de la renovación del pensamiento religioso: el Essaí sur les sentiments, «en el que se admira uno al encontrar todo el pensamiento, y como el primer boceto del Génie du christianisme».
En los años 1820, no se había perdido el recuerdo de las sociedades sabias, de los salones, de los círculos de reflexión efímeros pero fecundos que habían reunido a la sociedad lionesa esclarecida. En su reseña sobre Ampére, Ozanam apuntó: «Hemos oído hablar de estas reuniones amistosas a las que cada uno aportaba su tributo intelectual.» Y añadió, hablando de sí mismo: «Sabemos de personas que le debieron entonces las primeras luces de la fe.» En cuanto a Ballanche, quien había sentido las primeras emociones intelectuales al contacto del «terror lionés» de siniestra memoria, Federico le rindió homenaje en estos términos: «No se conocen todas las luces que llevaba a tantos jóvenes confusos por el espectáculo de las ruinas políticas, tentados por la elocuencia de las predicaciones nuevas, postrados en las angustias de la duda que humedeció tantas veces la cabecera de sus lechos; y puestos en pie, bien seguros de repente por el ejemplo de un gran espíritu que no encontraba al cristianismo ni demasiado estrecho para él, ni demasiado antiguo.» Y concluía: «Como las inteligencias que él visitaba [le debían la seguridad de la fe], ellas le debieron el ardor de la ciencia y el gusto de la meditación.»
Juan Santiago Ampére lo escribió en su necrología de Ozanam: «El Sr. Ballanche, su compatriota, es el que más admiración le produjo.» Historiador místico, el filósofo trataba de comprender su tiempo a la luz de las épocas que le habían precedido. Él lo decía en su Essai sur les institutions sociales: conviene conocer el pasado del qué hay que liberarse «sin tener la loca pasión de suprimirlo», y conciliar «a los que pretender continuar una época finiquitada y a los que piden un porvenir sin raíces en la tradición«.
En esta perspectiva, el cristianismo estaba llamado a renacer y a realizarse, puesto que la verdad religiosa estaba en la base de la civilización: la realización del cristianismo es el fin de toda la evolución histórica, escribe, y el gran deber de los hombres es echar las bases de esta idea logrando que la caridad pase a las leyes. Se comprende sin duda alguna: la intención de Ballanche era la de Federico, para quien toda cuestión que concierne a la existencia misma de la sociedad es una cuestión religiosa.
De este gran movimiento de renovación intelectual católica nació la apologética d Ozanam.
Pero después de Ballanche y, en un registro más sentimental, Chateaubriand, Lamennais, intérprete de la historia de las religiones, es su gran inspirador. En 1830, el sr. Féli, como le llamaban sus amigos y discípulos, estaba en la cima de su prestigio. Federico tuvo la suerte de encontrarle en el salón de Montalembert, y quedó impresionado, sin caer en la admiración muy afectiva que vivía un Lacordaire. No era la naturaleza de Federico, quien nunca habría escrito, a ejemplo del futuro dominico: «Hacía setenta y seis años que ningún sacerdote católico había alcanzado en Francia el renombre de escritor y de hombre superior, cuando apareció el sr. de Lamennais […]. El entusiasmo y la gratitud no tuvieron límites; hacía tanto tiempo que la verdad esperaba un vengador! En un solo día el sr. de Lamennais se vio investido del poder de Bossuet.»
Ozanam no estaba convencido de ello: tanto como fue influido por el Essai sur l’indifférence, en el que el sr. Féli trata de demostrar que la religión católica es la heredera de todas las tradiciones y el receptáculo del patrimonio común del género humano, tanto no sigue más su pensamiento cuando el «peregrino de la libertad» da a entender que el cristianismo no sería después de todo, en sus dogmas romanos, más que una fase histórica en la historia de la religión universal. Lamennais esperaba una evolución de la Iglesia: no se produjo, y él se fue. Para Federico, era incomprensible y hasta impensable: «Estemos seguros, escribía en 1835, de que la ortodoxia es el nervio, la fuerza de la religión.» Si se le es infiel, nada se puede hacer.
Ballanche, Lamennais, Chateaubriand, algunos otros también en menor medida, entre los cuales Lamartine: Ozanam les debía mucho; pero él desarrolló un pensamiento muy personal. Como Lamartine mismo se lo escribía cuando le rindió homenaje por sus Réflexions sur la doctrine de Saint-Simon en 1831: «Creed que el pensamiento estaba en vos; el mío no ha sido más que la chispa que ha encendido vuestro espíritu.»
Ya lo hemos dicho: toda la obra de Federico es apologética. Será el hombre de una sola vocación, pasando sucesivamente de la historia de las religiones a la filosofía, luego a la filosofía de la historia, por fin a la historia pura, con el único e inalcanzable fin de probar científicamente la verdad fundamental de la religión. Por otra parte, este talante intelectual llegará, en 1848, a un compromiso público de Ozanam, quien reclamará la reconstrucción del edificio social sobre bases cristianas y se extraviará incluso unos meses en la acción política.
Pero su gran proyecto sobre la historia de las religiones, que presentaba a Falconnet en 1831 como trabajo que debía ocupar toda su vida, si inspiró en todo momento sus estudios, sólo se concretó en lo que había de ser a través del Essai sur le bouddhisme, aparecido en 1842, y en una parte de los Études germaniques, publicados en 1847.
El primer trabajo permitió a Federico dar el último toque a las cosas de cara a los intelectuales quienes, ya por entonces, reflexionaban sobre los puntos de convergencia entre cristianismo y budismo, trazando un cuadro favorecedor de la religión de los lamas. No negaba que la «tríada» de los Hindúes y las encarnaciones de Buda fueran «vestigios de los augustos misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación», pero quiere demostrar las diferencias considerables en el fondo y la influencia del nestorianismo, antigua herejía cristiana, sobre la evolución del budismo. «Argumentar por las analogías del culto lamaico contra el origen divino del cristianismo, escribe con pluma concluyente, es poco más o menos como si, de los recuerdos de la Biblia esparcidos en el Corán, se quisiera concluir que Moisés fue el plagiario de Mahoma19″ Y añade que lo que constituye la especificidad del cristianismo, son la fe, la esperanza y la caridad: si se las encuentra en otras religiones, mejor, es que existe entonces un parecido; si no, no hay parangón posible.
Pero más que este escrito sobre el budismo, son sus «Germanos antes del cristianismo», capítulo importante de los Études germaniques, los que traducen mejor el pensamiento de Ozanam sobre la revelación y la traducción primitivas. A través de la mitología de los antiguos Sajones, que él relaciona inteligentemente con los viejos sistemas religiosos persa e hindú, Federico quiere rastrear el principio primero de su civilización Y su razonamiento es revelador de su método apologético. Él parte del «dogma primitivo», la «divinidad soberana cuyo nombre designa una naturaleza espiritual que ninguna imagen puede figurar, ningún templo contener». Los Germanos desarrollaban luego toda una creencia en una edad de oro arruinada por el pecado, y Ozanam ve en ello manifiestamente una analogía con el jardín del Edén. Además, él discierne otros «recuerdos: el árbol simbólico», «el principio del mal», «el diluvio en el que la primera generación de los malos fue destruida».
A este análisis añade el atestado de que «el destino del mundo gira sobre la inmolación del Dios víctima» y que «todo conduce al juicio de las almas y a la otra vida que sanciona los deberes de ésta.»
En resumen, escribe él, «es el fondo misterioso sobre el que descansan todas las religiones […], los mismos dogmas de la unidad, de la trinidad, de la caída, de la expiación por un Dios Salvador, de la vida futura.» Y su conclusión nos da el fondo de su pensamiento: «Estas ideas, por todas partes corrompidas y borrosas, recobran su pureza y su concatenación natural en los recuerdos de la Biblia. Es ahí donde yo reconozco una tradición primitiva, una enseñanza divina, que hizo la primera educación de la razón humana y sin la cual el hombre al nacer […] no se hubiera educado nunca en los conocimientos que forman la vida moral.»
Ozanam insiste mucho en el carácter incontestablemente sobrenatural de la primera revelación. Y a ello se aferra porque cree en el poder de la razón, que permite al hombre acceder por sus propios medios a las verdades sobrenaturales, y si «mantiene absolutamente […] la autoridad divina [de los] Libros sagrados, ya se trate de la redacción, de la transmisión o de la conservación de las antiguas tradiciones religiosas, […] no hace de la verdad revelada el punto de partida necesario de toda verdad racional.» En este sentido, no es «tradicionalista», y mucho menos fundamentalista.
Expresa en particular bien el punto de vista en el prefacio a los Études germaniques, donde precisa el papel que jugó el cristianismo en la construcción de las civilizaciones europeas: «Sin duda, no existe sociedad tan extraviada, ni siglo tan corrompido, en los que no se encuentren, al menos implícitamente, las verdades metafísicas sobre las que descansa toda moralidad. Pero estas verdades se encuentran mezcladas con errores que las contradicen, empañan su claridad, quiebran su certeza, debilitan su poder. La desgracia de los siglos paganos no está tanto en haber ignorado el bien sino en no haber odiado el mal, en haberlo querido, en haberlo adorado. En ese estado fue en el que el cristianismo encontró a los espíritus. Lo que tenía que hacer, lo que todos los filósofos habían intentado inútilmente, era desprender de toda contradicción las verdades confusas, reforzar estas verdades debilitadas recuperando el encadenamiento lógico que se apodera de las inteligencias, dar a estas verdades débiles la eficacia moral que subyuga los corazones. Lo que buscaba la intervención de un poder sobrenatural, era destruir todas las confusiones en las que la debilidad humana encontraba su interés, separar con decisión, irrevocablemente lo verdadero de lo falso, el bien del mal, del mismo modo que había sido necesario el poder del Creador al principio para separar la luz de las tinieblas.»
Ozanam apologista va a ponerse también a trabajar desde las Réflexions sur la doctrine de Saint-Simon, aparecidas en 1831. Sólo cuenta dieciocho años, pero proclama ya una convicción que le tendrá alejado de Lamennais, según se ha visto: el cristianismo es la ley eterna, inmutable, del género humano, y no la constitución transitoria de una época. Para derribar al sansimonismo, se lanza a un panegírico vibrante de la religión cristiana, pero no se contenta con declaraciones piadosas o místicas. Muestra al contrario una religión que da pruebas de un gran conocimiento de las expectativas y de las necesidades de la humanidad: por el misterio, que «responde a su sed de infinito», y por el culto, que satisface a su naturaleza material y física». Federico recuerda que la religión cristiana reúne el amor de Dios y el amor del hombre, garantiza la autoridad y la libertad, y se impone a todos los principios de base humanos sin estar ligada a un régimen cualquiera político o social.
Este análisis es en sí mismo un punto clave del pensamiento de Ozanam, pero va a la par con la respuesta más precisa que éste da a la gran objeción de los sansimonianos: los católicos rechazan la «perfectibilidad» del espíritu humano y todo el movimiento filosófico salido del Renacimiento. No es verdad, exclama Federico: «En todas partes donde surge el cristianismo, se rodea de luces; en todas partes, a su llamada, se despiertan las ciencias y las artes; toda nación que se hace cristiana es una nación que se abre a la verdad y a la belleza, al mismo tiempo que al bien.» Contempla tres épocas: el origen, cuando reinaba «la fe pura y sencilla»; la época moderna, que dejó triunfar el libre examen, fuente de la herejía y de la incredulidad; la época contemporánea por fin, que conoce un renacimiento impresionante del catolicismo. Y evoca Ozanam en un bello desorden la filosofía, la literatura, las grandes conversiones en Alemania, Irlanda. Polonia y hasta Bolívar, muerto con un crucifijo entre las manos… La época actual, concluye con altivez, es «el final de los tiempos de duda». Prosiguiendo su reflexión sobre el tema, publica en 1835, en La Revue européenne, un artúculo de unas veinte páginas sobre «El progreso por el cristianismo».
Queda la Edad Media, de la que escribía en 1838: «La Edad Media es algo así como las islas encantadas de que hablan los poetas; se atraca en ellas de paso y sólo por unas horas; pero se recogen frutos, se sacia la sed en ríos que hacen olvidar la patria, es decir el tiempo presente; o, para expresarlo de una manera más simple, uno se siente en ellas verdaderamente cautivado por el encanto de los hechos, de las costumbres, de las tradiciones; se está sujeto por la multitud de los documentos.»
A mediados de los años 1830, cuando Federico se preparaba a regresar con tristeza a Lyon con su doctorado en derecho en el bolsillo, Montalembert publicaba su romántica Víe de sainte Élisabeth de Hongrie, mientras que Lacordaire hacía pública su Mémoire pour le rétablissement en France de l’ordre des fréres Précheurs mientras preparaba una Vie de saint Dominique que era como una especie de triunfo de la apologética medieval.
La Civilisation crétíenne au Ve siécle, Dante et la philosophie catholique au XIlle siécle, Les Poétes franciscains, tales fueron las obras esenciales que entregó Ozanam en este mismo sentido: trabajó en ellas mucho tiempo, con interrupciones del trabajo, multiplicando bosquejos y fragmentos hasta llegar a la versión definitiva. Pero en ellos encontramos la quintaesencia de su reflexión de apologista, que le coloca por encima de Lacordaire y de Montalembert.
En el prólogo de su Civilisation crétienne au Ve siécle aparecido en 1851, titulado con exactitud «Prólogo o plan de una historia de la civilización en los tiempos bárbaros», escribía: «Me propongo escribir la historia literaria de la Edad Media desde el siglo V hasta el XII y hasta Dante en el que me detengo, como en el más digno de representar esta gran época. Pero en la historia de las letras, estudio sobre todo la civilización de la que ellas son la flor, y en la civilización contemplo principalmente la obra del cristianismo. Todo el pensamiento de mi libro consiste pues en mostrar cómo supo el cristianismo sacar de las ruinas romanas y de las tribus acampadas sobre estas ruinas, una sociedad nueva capaz de poseer lo verdadero, de hacer el bien y de encontrar lo bello.»
Eso ya lo decía veinte años antes y no cambió nunca. ¿Iba no obstante a describir una Edad Media idealizada por las necesidades de su razonamiento apologético, como lo hacían otros?
No: era demasiado historiador para caer en el error romántico. Además, y con mayor razón en este caso preciso, no tenía mucha imaginación, o al menos sabía controlarla…
Lo cierto es que apenas se hacía la ilusión sobre la pretendida «edad de oro» medieval y se guardó mucho de no identificarla nunca del todo con el cristianismo. Era consciente del hecho de que si consideraba la Edad Media como la sociedad cristiana por excelencia, se vería en la obligación de hacer responsable al catolicismo del mal que con tanta frecuencia triunfaba en ella. «Hay que saber alabar la majestad de las catedrales y el heroísmo de las cruzadas, decía en la introducción citada anteriormente, sin absolver los horrores de una guerra eterna, la dureza de las instituciones feudales, el escándalo de esos reyes siempre en lucha con la Santa Sede a causa de sus divorcios y sus simonías. Hay que ver el mal, verlo tal como fue, es decir formidable, añadía, precisamente para conocer mejor los servicios de la Iglesia cuya gloria durante aquellos siglos mal estudiados no es la de haber reinado, sino la de haber combatido.»
Finalmente, su idea maestra era sencilla: «La historia de la humanidad, desde que Jesucristo apareció en la tierra, es la historia de la conquista [moral] del mundo por el cristianismo.» Como dice en su prólogo: «No conozco nada más sobrenatural ni que pruebe mejor la divinidad del cristianismo, que el haber salvado al espíritu humano.» Este modo de concebir la acción del cristianismo permitió a Ozanam no encerrar su ideal cristiano en un periodo de la historia. «Prosiguiendo la lucha en el seno de la humanidad, advierte Mons. Baudrillart, era libre de creer en transformaciones sucesivas bajo la influencia de la misma fuerza cristiana, y también en un progreso constante por el cristianismo.» Por eso podía Federico ser a la vez «historiador apasionado de la Edad Media y ciudadano no menos apasionado del mundo moderno», un erudito, un apologista y un creyente.
No pudo llevar a buen término su historia de la civilización en los tiempos bárbaros, término genérico de una colección de volúmenes en relación con todos los aspectos que le interesaban, según su concepto inmutable de una obra global. Pero aparte de los trabajos evocados aquí y algunos escritos de menor importancia, se ha de unir a ellos su tesis sobre Dante y Les Poétes franciscains.
El objeto de este último libro sigue siendo el mismo: no referirse a la historia literaria, sino, una vez más, volver a la apología. En la página 193 escribe: «Es una novedad a favor hoy volver a las fuentes del paganismo para buscar allí la inspiración poética. Sin embargo vamos a ver lo que podía el Evangelio para fecundar las imaginaciones; no el Evangelio desabrido por los inventos de los oradores henchidos, y plegado a los caprichos de la epopeya profana, sino el Evangelio con toda la autoridad de los mandamientos y todo el terror de sus misterios.»
Según Juan Santiago Ampére, «este delicioso volumen» era una «obra maestra, llena de saber y de gracia». Se le había ocurrido la idea a Federico trabajando sobre viejos textos italianos: ¿por qué dejar en la sombra estas poesías populares de la Italia medieval, cuando su inspiración es toda de fe, de amor, de santidad? La hermosa figura de san Francisco domina el trabajo, pero Ozanam se explaya sobre todo con Jacopone di Todi, religioso «abrasado de amor» en quien él se encuentra. Fiel a su método, Federico no oculta nada de la dureza de los tiempos en los que el bucólico Fray Jacopone vivió. Muestra una época, el final del siglo XIII, en la que se acumulan sin solución de continuidad los acontecimientos más atroces, y sigue dolorosamente a su héroe por el camino de la oposición al papa Bonifacio. En contraste, evoca con arrebato la poesía azucarada, mística, encantadora del franciscano. No hay en ello nada de sorprendente: lo que había seducido a Ozanam, es esa mezcla de crimen y de perdón, de amor y de violencia, de paz y de guerra que se observa en el mundo y en la poesía de Jacopone.
Federico lo escribió en su libro: «La Providencia pone poetas en las sociedades que caen, como coloca nidos de pájaros en las ruinas.» Pero Frá Jacopone de Todi no es el personaje central de los Poétes franciscains, aunque le estén dedicadas numerosas páginas. Es Francisco de Assís quien es la figura central del «paseo» literario y espiritual al que se entrega Ozanam. Sus Fioretti embellecen los capítulos, y Federico se complace, con talento, en rodearlas con bellas descripciones de paisajes que extraía de los recuerdos de viaje por Umbría. Es preciso ver ante todo que era una apuesta «resucitar» a mediados del siglo XIX estas páginas empolvadas que ya hacía tiempo no interesaban a nadie, y sobre todo no a los mismos franciscanos.
Ozanam no se llamaba a engaño: escribiendo que no llegaría a comparar este librito con La Divine Comédie, añadía que no confundía «las gotas de rocío con los fuegos de la aurora».
Pero llamaba a las Fioretti «una pequeña epopeya», y Quería darla a leer de una manera agradable para mostrar qué dulzura y qué paz podía inspirar la fe en el corazón de una época muy difícil. Eso también era apologética…
No deja de ser menos cierto que Federico fuera el hombre de un solo punto de vista. Utilizó los hechos en beneficio de su tesis, trató siempre de probar algo. Nunca llegó a disfrazar la verdad, todo lo contrario. Pero la interpretaba siempre con un fin preciso, porque tenía una fe devoradora: «Aunque toda la tierra hubiera renunciado a Cristo, escribía en 1852, hay en la inefable dulzura de una comunión, y en las lágrimas que hace derramar, un poder de convicción que me obligaría a seguir abrazado a la cruz y desafiar a la incredulidad de toda la tierra.»
Esta fe de apologista se descubre también en cada línea del resto de su obra y de su correspondencia. Claro que volveremos con más detenimiento sobre ello al relatar lo que constituye la gran realización de su vida: la Sociedad de San Vicente de Paúl, y de su acción en el momento de la revolución de 1848. Pero no estará de más ofrecer aquí una idea general de su pensamiento social y de su correspondencia.







