EL PROFESOR Y EL HISTORIADOR
«Querido amigo, después de los consuelos infinitos que un católico halla al pie de los altares, después de las alegrías de la familia, no conozco felicidad mayor que la de hablar a jóvenes que tienen inteligencia y corazón.» En esta carta escrita a su suplente cuando comenzaba a morirse en Italia, al principio de 1853, Ozanam añadía con melancolía: «Ah! pobre Sorbona! Cuántas veces regreso en espíritu hacia sus muros ennegrecidos, a su patio frío, pero estudioso, a sus salones ahumados, pero los que yo he visto llenos de una juventud tan generosa!’ ,
Sin duda, no hemos de olvidar, detrás del apóstol de la caridad, al profesor, al filósofo, al historiador, al investigador. Este aspecto de su vida contó enormemente para Federico, no sólo porque le permitía expresar su fe alto, y fuerte, sino también porque le ofrecía la ocasión de hacer avanzar el conocimiento.
Todo comenzó con el curso de derecho comercial que le otorgó la municipalidad de Lyon en febrero de 1839. «En la perspectiva de la eventual creación de una Escuela de derecho en esta ciudad, escribía Ozanam, el profesor municipal estaría casi seguro de encontrar allí una cátedra, es decir inamovilidad, posición honorable, y libertad de ampliar a su gusto la esfera de su enseñanza.»
Licenciado en derecho desde 1834, en letras desde 1835 y doctor en derecho en 1836,
Federico acababa de sostener con éxito sus dos tesis de doctorado en letras: la de francés intitulada «Ensayo sobre la filosofía de Dante», de la que volveremos a hablar, y la otra, en latín según era la costumbre de la época, sobre «La bajada a los infiernos de los héroes en los poetas de la Antigüedad». Hubiera podido empezar una carrera de profesor de filosofía en Orléans: su presidente de jurado, el gran Víctor Cousin, había quedado impresionado por su elocuencia y le había ofrecido el puesto. Pero Ozanam quería instalarse con su madre enferma y ocuparse de ella, ya que llevaba muy mal su reciente viudedad.
Por eso lo volvemos a ver en Lyon. Sin embargo, contra todo pronóstico, iba a dar un impulso inesperado a una materia un tanto ardua, por no decir espinosa.
No la impartió más que durante un solo año, pero, en el espacio de cuarenta y siete lecciones, dejó una huella indeleble en la mente de sus estudiantes, todos prácticos facultativos del derecho de más edad que él. El magistrado Teófilo Foisset, que publicó sus notas, señala: «El derecho, para él, no era tan sólo la aplicación de los textos jurídicos a los asuntos de cada día; el derecho era ante todo una rama de la filosofía, una porción de la historia, era hasta un aspecto de la literatura.» Ante más de doscientas cincuenta personas, Ozanam no se perdía en su exposición puntillosa de casos jurídicos complicados, y se negaba a iniciar a sus oyentes, según sus propias palabras, «en el doble escándalo de la oscuridad de las leyes y de la contrariedad de los juicios». Por el contrario, enseñaba los principios, las reglas y su sabiduría, y a fuerza de citas, inculcaba a sus alumnos una verdadera moral. Asimismo, no dejaba de abordar los aspectos históricos ni económicos de los temas del curso, y se entregaba de lleno a su enseñanza, aún cuando sus actividades de investigar y escribir fueran considerables.
A principios de 1840, Federico se enteró de que el historiador Edgar Quinet iba a dejar la cátedra de literatura extranjera en la facultad de letras de Lyon. Inmediatamente se despertaron en él los deseos de estudios literarios y de trabajos históricos; se le ocurrió la idea de acumular los dos profesorados, uno por deber, el otro por gusto. Animado en este sentido por el rector de la academia de Lyon, que llegará a ser su suegro, sale para París a verse con Víctor Cousin, ya ministro de Instrucción pública. «Tened siempre la seguridad de hallar en mí a un amigo», le había escrito el filósofo: Ozanam deseaba verificarlo!
Cousin le recibió muy bien, y en el curso del almuerzo que los reunió, le dio a entender que accedería a su demanda. Pero añadió una condición, en la que había pensado desde que Federico le hubo pedido audiencia: que Ozanam participara en el concurso de agregaduría recientemente creado para proveer al puesto de titular de la cátedra de literatura extranjera en la Sorbona. Claro, le dijo en resumen el ministro, que tenéis escaso margen de ganarlo, ya que tenéis duros concursantes que se preparan para él desde hace un año: «Pero quiero que este primer concurso sea brillante, y que se presenten a él el mayor número de jóvenes con talento.» Y Víctor Cousin añadió, al decir del propio Ozanam: «Si tenéis a bien darme esta prueba de buena voluntad, os nombraré para Lyon.»
Federico dudó: se sentía halagado por las observaciones del ministro, no entraba en su cabeza negarle esta demanda; pero temía la acumulación de trabajo y no poder ya asegurar correctamente su curso de derecho comercial. Y no es que la materia le apasionara de verdad, si bien su espíritu curioso se interesaba por todo, sino que poseía una alta idea de su misión: «Ahora que la ola de los aficionados y de los curiosos se ha retirado, escribía el 15 de febrero de 1840 a un amigo, me deja un auditorio serio de unas ciento sesenta personas.» Después de describirse con humor «enfundado» en la toga y «perorando» aplomo, añade: «Me esfuerzo en dar vida a la enseñanza de la letra de los Códigos, a través de su espíritu, y de consideraciones históricas y económicas; usurpando incluso el derecho de la Economía social, […] me esfuerzo en inspirar a mis oyentes el amor y el respeto a su profesión y por consiguiente la observancia de los deberes que impone.»
Cousin insistió una y otra vez. Por su parte, el rector Soulacroix, quien logró que el joven profesor obtuviera un suplemento de honorarios de la cámara de comercio (¿pensaba ya en él como futuro yerno?…) no perdía ocasión de empujarle a lanzarse a la preparación del famoso concurso. Por fin, Ozanam se dio por vencido, sin demasiadas pegas, «para disponer de un doble seguro», pero sobre todo por gusto al estudio: «Yo comienzo a preparar el concurso cuyos largos y difíciles temas me desaniman muchas veces», notaba al interés de su primo Pessoneaux el 13 de abril. «De todas maneras, me alegro de verme obligado a volver de una vez por todas a mis estudios literarios y a reunir en un cuadro completo conocimientos hasta ahora espigados aquí y allá. Si fracaso, al menos me quedará el estudio: el tesoro no se hallará, pero por no intentarlo no será.» En definitiva, concluye, tengo «la perspectiva de acumular dos cátedras, si el pecho y la cabeza lo aguantan, […] decisión interesante bajo el punto de vista del cocido»!
Entonces, en lugar de pasar el verano en recorrer Suiza e Italia como lo había previsto, Federico se puso a trabajar dieciocho horas al día para dominar el enorme programa del concurso y «presentarse bien empapado de griego, de latín, de alemán, ante la docta Universidad, con el fin de dar pruebas de un saber cuasi universal. » Cuanto más cerca estaba el mes de setiembre, fecha de las pruebas, más nervioso se sentía Ozanam: la cantidad de trabajo admitida, la fatiga acumulada, la certeza de no lograrlo, todo le producía una fiebre que preocupaba a su familia. Sabía que podía contar con una segunda cátedra en Lyon, pero veía que su precio era elevado.
Desde su llegada a la Sorbona, se dio cuenta de que sus temores estaban justificados: siete candidatos se encontraban allí, y no de los menores. La competencia iba a ser dura, y ésta comenzó mal para Federico: habituado a trabajar con lentitud, no tuvo suficiente con las ocho horas concedidas a la primera disertación dedicada a la tragedia latina, y debió entregar un borrador mal redactado. Dos días después, vivió la misma desventura para un estudio sobre el valor histórico de las oraciones fúnebres de Bossuet. Su desánimo era total: «estaba muy asustado, escribe tres semanas después, convencido de que mi candidatura, al hacerme perder la escasa consideración de que podía disfrutar en la opinión de los profesores, me jugaría una mala pasada». Pero uno de los cuatro examinadores (sin duda Juan Santiago Ampére, de quien dirá honradamente a un amigo: «Comprendéis de cuánto me ha debido servir la presencia de éste último») le insinuó que no estaba tan mal, y recobró la confianza.
Las pruebas continuaron, a cual más difícil: una explicación de un pasaje de Eurípides y de un extracto de un texto de Denys d’Halicarnasse, en griego; análisis sobre Lucano después sobre Plinio, en latín; la presentación muy detallada de obras de Lafontaine y de Montesquieu para terminar. Federico comparó a éste último con santo Tomás de Aquino, y, según lo relata él mismo, «esta agudeza tan viva de catolicismo, lo mismo que otras dos o tres que me permití sobre la marcha, no desagradaron ni a la audiencia ni al jurado».
Los interrogatorios sobre las literaturas extranjeras pasaron bien («el español, del que había recibido diez lecciones, resultó de maravilla»…), luego llegó el momento de los orales sacados a suerte. La víspera para el día siguiente, le cayó en suerte un tema sobre los escoliastas griegos y latinos, especialidad filológica que no conocía: «Me encontraba perdido, refiere él, y después de una noche en vela y un día de angustia, llegué, más muerto que vivo, al instante de tomar la palabra. La desconfianza en mí mismo me hizo emitir un acto de esperanza en Dios, tan vivo como nunca lo había hecho.» Y salió bien! «Vuestro amigo habló sobre los escoliastas durante siete cuartos de hora con una seguridad, una libertad de la que él mismo estaba extrañado.» Y Federico concluyó con orgullo: «Consiguió interesar, hasta conmover, cautivar, no sólo a los jueces, sino a la audiencia, y se retiró con todos los honores de la guerra, habiéndose ganado a los que se reían.»
La última sesión sobre la crítica literaria del siglo XVII, fue más fácil: «Una vez más libre de trabas, nota Ozanam, dando rienda suelta a mi inspiración en el tema de la influencia funesta ejercida por la escuela jansenista en la poesía francesa, encontré el medio de señalar los servicios rendidos a la lengua por san Francisco de Sales. Temía haber metido la pata, pero no fue mal recibido.» Entonces se produjo la divina sorpresa: Federico quedó el primero. En su informe al ministro, el presidente del jurado, Víctor Leclerc, ponía de relieve «su manera amplia y firme de concebir a un autor o un tema», «la grandeza de sus comentarios y de sus planes», «sus ideas atrevidas y justas», su lenguaje combinando la originalidad con la razón, y la imaginación con la gravedad».
«Si todo esto no es un sueño, escribía por su parte Ozanam, creo ver en ello […] una indicación de un designio de Dios sobre mí; una vocación verdadera, lo que mis oraciones pedían hace tantos años.»
Claude Fauriel, profesor de literatura extranjera en la Sorbona desde 1831 y miembro del jurado de agregaduría había quedado impresionado por la prestación de Ozanam: deseoso de retirarse, solicitó de Víctor Cousin que el joven laureado le supliese. Lo que se hizo el 9 de octubre: «El Sr. Fauriel, profesor de literatura extranjera, habiendo expresado la intención de obtener un permiso, escribió el ministro a Federico, he aprovechado sin pérdida de tiempo la ocasión para confiaros una enseñanza para la cual vuestros estudios y las cualidades notables de que habéis dado prueba parecían designaros muy particularmente.»
Desde noviembre de 1840, Ozanam comenzaba sus clases. Volvía a estar de profesor suplente a los veintisiete años; en 1844, a la muerte de Fauriel, será nombrado en su lugar y hará de su cátedra, anteriormente ocupada por un agente nacional de 1793, una tribuna cristiana en el corazón de la universidad agnóstica de entonces.
Durante los tres primeros años, enseñó la literatura alemana de la Edad Media, pasando revista al conjunto de los géneros: la poesía épica, lírica o dramática, la crónica, la filosofía. Preparaba las lecciones con abundantes lecturas pluma en mano, analizando al detalle los libros que se referían al asunto. Luego redactaba una especie de bosquejo que servía para sostener la improvisación en torno al tema elegido. Esto no le impedía, según su propia confesión, perderse a veces «en los caos» de sus apuntes, sobre todo al principio; pero se las ingeniaba para buscar la variedad: «Apenas pasa una lección, escribía a su prometida, sin que añada aquí y allá consideraciones filosóficas, un cuadro histórico, alguna cita de poeta «ingenuo» o llamativa, algunos detalles de costumbres que pican la curiosidad o que excitan la hilaridad general.»
Hasta 1844, acumuló su cargo universitario con un puesto de profesor de retórica en el colegio Estanislao, y estas dos funciones le sirvieron para profundizar estudios históricos que le llevaron a redactar importantes trabajos.
En 1842, gracias al trabajo ya realizado sobre la Edad Media alemana, publicó un largo artículo dedicado a los Nibelungen y a la poesía épica, después, en 1843, un estudio sobre el establecimiento del cristianismo en Alemania, perfeccionados con sus lecciones, dieron origen a los dos volúmenes de Études germaniques: Les Germains avant le christianisme y La Civilisation chrétienne chez les Francs, aparedidos en 1847.
Desde principios de siglo, los Alemanes volvían sobre su pasado con frenesí, y se llevaba a cabo un inmenso trabajo de historia, de filología, de etnografía al otro lado del Rin. Federico fue uno de los primeros, en «popularizar una ciencia ya hecha» y en «dar al público francés un resumen fiel y sugestivo de los trabajos alemanes sobre las antigüedades germánicas». Pero el plan del autor iba más lejos: fiel a su talante intelectual y espiritual, Ozanam quería también «dar a conocer esta larga y laboriosa educación que la Iglesia dio a los pueblos modernos». Quería dar forma a un gran conjunto que abarcara toda la historia de la civilización y mostrara que el cristianismo estaba en la base de todo. ¿No se admiraba, en un pasaje del libro en que estudiaba el establecimiento del régimen feudal, de que este inmenso cambio social no hubiera traído consigo nada de cristiano? ¿Y no era significativo que la influencia de la Iglesia sea la única que se ponga de relieve en el desarrollo de la sociedad nueva, sin que se haya dicho palabra sobre las causas económicas?
Ozanam historiador enfurecido? Sí, sin ninguna duda, sucede también lo mismo con el curso sobre la civilización en el siglo V, realizado en 1845-1846, y más aún en su famoso volumen sobre Dante publicado, en su forma definitiva, en 1845. Él mismo lo precisaba: «Mis dos ensayos sobre Dante y sobre los Germanos son para mí como los dos jalones extremos de un trabajo (que) sería la historia literaria de los tiempos bárbaros […]. Comenzaría por un volumen de introducción, en el que trataría de mostrar el estado intelectual del mundo en el advenimiento del cristianismo. […] Vendría luego el cuadro del mundo bárbaro […], luego su entrada en la sociedad católica. […] Haría ver todo lo que se hizo de grande en Inglaterra en el tiempo de Alfredo, en Alemania bajo los Otones, y llegaría así a Gregorio VII, y a las cruzadas. Entonces tendría los tres siglos más gloriosos de la Edad Media […], tendría toda esa poesía caballeresca, patrimonio común de la Europa latina […]. Asistiría a la formación de las lenguas modernas, y mi trabajo se terminaría en La Divina Comedia, el monumento más grande de este periodo, que es como su compendio y su gloria…»
La historia de la civilización a través de la historia literaria, y el triunfo de la Iglesia en la maduración de las sociedades modernas, ahí está el meollo de su reflexión. Como lo escribe Edouard Jordan, que ha comentado magistralmente la obra de Ozanam: «No distingue suficientemente entre lo que el cristianismo hizo realmente y lo que habría podido y debido hacer, si hubiera sido siempre plenamente comprendido y practicado.» En el fondo, «¿qué ha querido hacer Ozanam? ¿Ha querido pintar la realidad (en cuyo caso la habría favorecido singularmente), o resumir las doctrinas de los teóricos políticos de la Edad Media, o exponer su propio ideal de doctrina cristiana?»
Tales advertencias, que uno suscribirá sin dificultad, no quitan nada de la calidad de una obra histórica que culminó con Dante et la philosophie catholique au Xlle siécle, grueso volumen de cuatrocientas noventa y cinco páginas que Federico publicó a los treinta y dos años a partir de su tesis de doctorado.
Antes de 1830, el autor de la Divina Comedia era muy desconocido. Sólo le recordaban por las rarezas y extravagancias de «L’Enfer», y no se sabía de su personaje, por todo cuento, que las perversidades de Voltaire sobre el «monstruo» y su «poema monstruoso». En 1832, Fauriel abrió camino a un estudio real sobre Dante con su curso de la Sorbona, después con su biografía que Federico saludó con calor en 1844. Le quedaba a Ozanam encaminar sus pasos en pos de los de su antiguo profesor y acercarse a Dante bajo un punto de vista filosófico, aspecto que le apasionaba. De todas maneras es indiscutible que el libro de Federico marcó un giro en la historiografía del gran poeta.
A gran diferencia de Fauriel, Federico se sumerge en la Edad Media, interroga a los contemporáneos de Dante, analiza sus propios comentarios y las obras de sus comentaristas de la época. No insiste apenas sobre las bellezas poéticas de la Divina Comedía, pero la considera «como uno de los documentos de que disponía para reconstituir la filosofía de Dante y compararla con los otros sistemas de la Edad Media». Para él, la filosofía de Dante tiene la fe por postulado y conduce a la fe: lo que le seduce particularmente es el hecho de que, en el pensamiento del poeta, «las concepciones sabias de la razón entrarán como por sí mismas en el cuadro poético dado por la tradición religiosa: Infierno, Purgatorio, y Paraíso».
Sin inventar nunca, con una gran fidelidad al espíritu medieval que intenta describir escrupulosamente, Ozanam muestra la lucha del bien y del mal en la sociedad tal como la evoca el poeta a través de la cantidad de alegorías que utiliza. Analiza con una pluma entusiasta la visión dantesca del hombre que descubre el bien realizando sus dos destinos terrestres, «uno activo, en el que se esfuerza en operar él mismo, otro contemplativo en el que considera las operaciones de Dios y de la naturaleza.» Estos dos aspectos complementarios en el hombre, los encuentra Federico también en el propio Dante, a quien describe como un «ecléctico cristiano» que concilia en sí el platonismo y el aristotelismo, el misticismo y el racionalismo. Revelando sin quererlo su pensamiento profundo y la ambición intelectual de su vida, Ozanam saluda en el poeta italiano la amplitud de miras por la que se sitúa por encima de los sistemas y de las escuelas «y los acerca en una armoniosa síntesis» que resume por sí sola toda la sabiduría de la Edad Media.
Para construir semejante análisis, Federico iba a beber directamente de las fuentes accesibles por entonces. Cada viaje era ocasión de zambullirse en los textos antiguos: consumía horas en las bibliotecas descifrando pergaminos, y no dejaba sin transcribir fielmente los más interesantes. En su época, este método no estaba todavía muy extendido, se contentaban más bien con glosar comentarios más antiguos, con parafrasear paráfrasis anteriores, con razonar dilatadamente obras sin comprenderlas de hecho.
Ozanam no sólo realizó verdaderos esfuerzos por desarrollar su trabajo con perspectivas mucho más nuevas, sino que sacó a la luz documentos inéditos que ilustraban de manera sugestiva su demostración. Tal fue el caso, sobre la obra de Dante, con dos pequeños poemas de Giacomino que descubrió en 1847 en Venecia y que publicó con una anotación que explicaba las dificultades del dialecto en que este franciscano del siglo XIII los había escrito. Relacionar con Dante estos textos desconocidos era una novedad que fue saludada por los críticos, y nos hace sentir tanto más que Federico no haya podido acabar el comentario completo de La Divina Comedia.
Por propia confesión de sus contemporáneos, sólo él habría podido llevarlo a buen término.
Durante siete años gastó tiempo en esta tarea, al pairo de sus lecciones en Sorbona, sus viajes y sus investigaciones. Llevó a cabo la traducción de una parte de los cantos, en particular los del «Purgatorio»: Heinrich, que prologó sus obras completas, notaba la «predilección particular» que «atribuía Ozanam a estos cantos destinados a celebrar la rehabilitación del hombre culpable, y muy lleno de consuelos y esperanzas celestiales».
Aparte de una traducción parcial y de un comentario, Federico tuvo tiempo de escribir un largo estudio sobre el amor platónico, inspirador de Dante, y una Histoire poétique de Virgile, autor en el que se inspiró Dante. A esta serie de fragmentos importantes, se ha de añadir una colección aparecida en 1850: Documents inédits pour servir á l’histoire lettéraire de !Italie du VIlle au Xllle siécle. Este trabajo es único en su obra: en él se dirige a los especialistas, mientras que su preocupación permanente era de hablar a los simples eruditos, a los espíritus curiosos ávidos de buena «vulgarización».
Viaje a través de los archivos y de las bibliotecas de la Italia medieval, este libro comprende una suma de textos variados que se abre con una historia de las escuelas en Italia en los tiempos bárbaros, en la que inserta inéditos de esta época y contribuye a sacar a la luz «un hecho social considerable: la formación de esa clase de juristas cuya preponderancia es una de las particularidades de la Italia de la Edad Media».
En la parte siguiente, Ozanam publicó una compilación del siglo XII titulada Merveilles de la ville de Rome, de la que había descubierto un manuscrito en Florencia, y le dotó de un comentario muy erudito. Por fin, el resto de la obra es una colección sabia de documentos religiosos o profanos, que «la aventura de las bibliotecas», según su propia expresión le permitió descubrir. Por eso, dirá él, he podido pagar dignamente a Italia «la deuda de la hospitalidad»!
Si Federico hubiera vivido más tiempo, es casi seguro que habría transformado estos primeros escritos: siempre con prisas debido a sus obligaciones de enseñanza y debilitado por un floja salud, no estaba muy satisfecho por sus trabajos, los que consideraba como un esbozo de su «gran obra» histórica. El 27 de enero de 1842, escribía a su suegro: «Hoy el progreso de las ciencias históricas y literarias las ha conducido a comportarse como las ciencias matemáticas y naturales; se aíslan en su especialidad, [y] reservadas a un pequeño número de iniciados, dejan de ser populares.»Esa es la razón de haberse dedicado en sus lecciones a «permanecer accesible» a sus oyentes «sin faltar a los deberes de una enseñanza seria». A este método se ha de añadir la voluntad de valorar «los primeros gérmenes de las ideas, de laqs doctrinas de las inspiraciones que deben ocupar la Edad Media». Tal es la meta que el historiador se propuso. ¿Lo consiguió?
Uno de sus colegas, Ernesto Havet, le decía un día: «A veces me sucede que echo de menos ciertos detalles por los que pasáis como gato por brasas porque no tienen ilación con lo que para vos es el centro y el fin. Tenéis siempre a la vista una unidad dominante», y no concebís «una historia que no sea al mismo tiempo una doctrina»…
Se trata a la vez de la riqueza y de los límites de la obra histórica de Ozanam. A la vez editor de textos antiguos, filósofo de la historia, «vulgarizador» de alto nivel, comentarista erudito y muy bien documentado, «es uno de los primeros que haya dejado de considerar la historia como un puro género literario»: al contrario, él la practicó como una ciencia. Pero no ha dejado escapar una sola ocasión sin recordar que su último fin era servir a la Iglesia con sus trabajos; por ahí, presentaba el flanco a una viva crítica sobre la parcialidad de sus razonamientos, lo que no dejó de suceder. Para ser más honrados, se dirá que si Federico no violó nunca los hechos para justificar su teoría, no ha dejado de presentar los documentos o los escritos que parecían probar su tesis, ni de entregarse a especulaciones osadas, hasta arriesgadas. Es lo propio de las mentes dilatadas, adeptas de las grandes síntesis más que de las monografías.
En el fondo, si no demostró, como él creía, que la Iglesia en la Edad Media salvó todo lo que podía salvarse, de su obra se trasluce que nada se habría salvado sin ella. A la par que historiador, se tenía por apologista. Pero nunca el apologista se olvidó de que era historiador!







