EL CRISTIANO Y LA HISTORIA
«Hay veladas todos los domingos para los jóvenes en casa del sr. Montalembert; se habla mucho y de una manera variopinta; se toma ponche y pastelillos, de ellas salen muy jubilosos por grupos de cuatro o cinco. Me propongo acudir de vez en cuando […]. Sainte-Beuve ha venido, Victor Hugo debe venir. En estas reuniones se respira un perfume de catolicismo y de fraternidad. […] Se conversa de literatura, de historia, de los intereses de la clase pobre, del progreso de la civilización.»
Así describía Ozanam a su amigo Falconnet sus primeros pasos en el mundo de los jóvenes intelectuales católicos «avanzados» en 1832. Pero algo diferente le importaba más: preparar su gran obra sobre la religión en la historia, cuyo plan había trazado dos años antes. Al propio tiempo, quería perfeccionar sus conocimientos en este terreno, y compartir con unos compañeros de convicciones parecidas sus reflexiones sobre la «recristianización» de la sociedad por medio de la investigación histórica y por la educación de las inteligencias.
Desde las primeras páginas de sus Réflexions sur la doctrine de Saint-Simon que publica en abril de 1831 a los dieciocho años, él da la clave de su giro espiritual característico al comparar esta doctrina con el cristianismo: «Sin duda, escribe, profundas reflexiones filosóficas podrían decidir entre estos dos grandes sistemas; pero aquí, es la historia la que es llamada a cortar el nudo.»
Y si lo zanja a favor del cristianismo, es porque éste «tiene un pasado sobre el que se le puede juzgar, y que, en cierto sentido, es tan viejo como la humanidad»: incluso en el estado de vago presentimiento, los dogmas fundamentales del catolicismo se encontrarían en las tradiciones de todos los pueblos».
Las conferencias de historia y los trabajos de historiador no tendrán nunca otros fundamentos para Federico que la necesidad irreprimible de verdad científica que él sentía, esta verdad para él cristiana que él decidió servir y proclamar antes incluso de su entrada en la edad adulta.
LAS CONFERENCIAS DE HISTORIA
Desde su llegada a París y su entrada en la Sorbona en 1831, Ozanam se vio enfrentado a volterianos de gran envergadura, tenidos en alto prestigio. Uno de ellos era Teodoro Jouffroy, célebre y combativo profesor de filosofía, jefe de fila de los racionalistas de la universidad.
En enero de 1832, había congregado alrededor de él a un pequeño grupo de estudiantes católicos resueltos a no dejar pasar nada a los enseñantes que se permitieran una crítica de la religión. Los incidentes se sucedían: barullos, interrupciones, discusiones, objeciones escritas, todo valía para interrumpir el discurso magistral. Un día, la respuesta escrita que había hecho Ozanam a los ataques virulentos de un profesor contra el papa y el clero, acusados de favorecer el despotismo, fue leída en público y muy aplaudida mientras que el enseñante se batía penosamente en retirada.
Simples escaramuzas que preludiaban el combate contra Jouffroy. Éste había atacado «la Revelación, la posibilidad de la revelación misma». Federico le dirigió una carta que razonaba lo contrario, y «el filósofo prometió responderla». Dos semanas más tarde, la citó superficialmente refutándola. Furioso, Ozanam le escribió de nuevo: Jouffroy ni siquiera habló de ella, y continuó sus ataques a más y mejor. Esta vez, los quince amigos formularon una protesta virulenta que Jouffroy se vio obligado a leer. Esta profesión de fe fue escuchada en silencio por «el numeroso auditorio, compuesto de más de doscientas personas». El filósofo se excusó, prometió no herir más las creencias. Luego añadió, para gran satisfacción de Federico y de sus compañeros: «Señores, hace cinco años, yo no recibía más que objeciones dictadas por el materialismo; las doctrinas espiritualistas experimentaban la más aguda resistencia: hoy los espíritus han cambiado mucho, la oposición es toda católica.»
Ozanam hacía cuanto podía «ofrecer a la juventud cristiana un antídoto contra las doctrinas racionalistas de la enseñanza universitaria», inauguraba paralelamente charlas sobre la filosofía de la historia con el abate Gerbet, menesiano de L’Avenir y futuro obispo de Perpiñán.
Estas conferencias tenían lugar cada quince días, y en ellas se cruzaba uno con tantos intelectuales conocidos, Sainte-Beuve entre otros, como estudiantes. El orador satisfacía del todo a su auditorio: «El sistema de La Mennais expuesto por él no es el de sus partidarios provincianos», notaba Federico. «Es la alianza inmortal de la fe y de la ciencia, de la caridad y de la industria, del poder y de la libertad.»
Por desgracia, Gerbet no pudo continuar por largo tiempo, y el pequeño grupo de Ozanam se volvió a sentir huérfano. Las veladas en el salón de Montalembert, joven y distinguido menesiano que ardía en pasión cristiana, no podían estar a la altura de la formación exigente y prosélita que deseaba Federico. Cuanto más que los volterianos seguían pavoneándose! Por eso, en el otoño de 1832, Federico y sus amigos pusieron sus miras en una reunión literaria en liquidación, vestigio de una antigua Sociedad de los Buenos Estudios desaparecida, que reforzaron y transformaron. El primero de diciembre de 1832, la conferencia de historia había nacido. El filósofo católico Emmanuel-Joseph Bailly, quien no había dejado de pelear bajo la Restauración para reanimar la fe de sus estudiantes, se convertía en presidente, mientras que
Federico quedaba encargado de buscar a los conferenciantes y de reclutar a los oyentes. Las sesiones tenían lugar los sábados ante una asistencia creciente: sesenta personas se apretujaron pronto en el pequeño local para escuchar la lectura de los trabajos propuestos por conferenciantes de diversas opiniones, luego la crítica que de ellas hacía una comisión designada a tal efecto y encargada de hacer triunfar al pensamiento cristiano. «Por fin, explica Ozanam, se establece un comité superior para dar a toda la conferencia un vasto impulso, para indicar los medios de perfeccionamiento, para hacer informes generales y constatar los resultados del trabajo común.»
A Federico le gustaba la emulación y no tenía ningún temor, para los católicos, por las sorpresas de la lucha; por el contrario, veía en ello la ocasión de demostrar la superioridad de la religión sobre el racionalismo. A pesar de las severas condiciones que reglamentaban la admisión de los candidatos en la conferencia, éstos fueron numerosos y de alto nivel: «Unos, viajeros precoces, han visitado varias partes de Europa, cuenta Federico a su amigo Falconnet, y hasta uno que ha dado la vuelta al mundo; los hay que han profundizado en las teorías del arte, otros que han sondeado los problemas de economía política. El mayor número se dedica al estudio de la historia, algunos a la filosofía. Tenemos incluso a dos o tres de estos elegidos a quienes Dios ha dado alas y que serán un día poetas.»
Menos la política, se abordan todos los temas y se admiten todas las opiniones: así que, escribe Ozanam, «se plantean cuestiones graves, jóvenes filósofos llegan a pedir cuentas al catolicismo por sus doctrinas y por sus obras, y entonces, aprovechando la inspiración del momento, uno de nosotros se enfrenta al ataque, expone el pensamiento cristiano mal comprendido, desenreda la historia para mostrar sus gloriosas aplicaciones, y, encontrando a veces una fuente de elocuencia en la grandeza del tema, establece sobre bases sólidas la inmortal unión de la verdadera filosofía con la fe…»
Lallier, Lamache, Le Taillandier, jóvenes intelectuales brillantes que estarán pronto entre los primeros «colegas» de San Vicente de Paúl; Danton, futuro inspector general de la universidad, Chéruel, quien dejará una obra importante de historiador, tuvieron los honores de los fascículos que se hacían eco de las mejores contribuciones. En 1833, habían tratado de la religión musulmana, del sansimonismo (conferencia que dio lugar a una agarrada seria entre Federico y el sansimoniano Broet), de la arquitectura de la Edad Media, de las órdenes religiosas, de la constitución del pueblo judío o de los principios de la riqueza.
Por lo que se refiere a Ozanam, él trató de la mitología de la India (¿pues no estaba traduciendo del alemán un opúsculo de un tal Bergmann sobre la religión tibetana?), de la poesía y de su influencia, de la filosofía y del cristianismo, y habló de un asunto que iba a tener para él grandes consecuencias ese mismo año: la acción del clero y de los laicos.
«No son las proposiciones teológicas las que se discuten, sino sobre todo el alcance científico y social del Evangelio», advierte. Y el 12 de junio de 1833, pone en claro su programa de apostolado intelectual en un artículo de La Tribune catholique, el periódico de Bailly: «Cuanto más ha avanzado la ciencia […], más se ha acercado a la revelación […]. Así que cuando la ciencia madura en el correr de los siglos haya dado sus frutos, y la razón haya recogido su última cosecha, todos sus hallazgos, todas sus labores, todas sus conquistas vendrán a resolverse en una vasta interpretación de las creencias reveladas. Toda verdad racional terminará en la verdad religiosa […]. Ese día glorioso no brillará sobre nosotros: a nosotros se nos impone una tarea más humilde […]. Habremos hecho mucho si se aprovecha un sola ramita de nuestros conocimientos, y se le imprime una dirección cristiana.»
Los sustos del sansimonismo, doctrina ya trasnochada pero muy presente en las conferencias de historia, llevaron a Federico a dirigir una mirada confiada sobre la dirección de las ideas alrededor de él: «El sansimonismo no es una desviación inmediata del cristianismo, escribía en La Tribune del 21 de julio, todo lo contrario, es un movimiento que se opera en el seno de la incredulidad para volver a la fe […]. Pocos cristianos se han hecho sansimonianos para hacerse incrédulos; muchos incrédulos se han hecho sansimonianos para hacerse cristianos.»
Y concluía así su respuesta a Broet cuando su famosa justa: «¿De qué sirve ponerse en medio de las naciones, y decir a voces: el catolicismo ha muerto!… De qué sirve esta oración fúnebre, que desde hace dieciocho siglos se repite hasta la saciedad en nuestros oídos? Desde hace dieciocho siglos; porque, no– os equivoquéis, esta objeción es vieja como la verdad; data del tiempo de los Apóstoles; también ellos eran tratados de agonizantes: Quasi morientes, y no respondieron; han conquistado el mundo… »
El éxito de las conferencias atrajo pronto la atención de L’Ami de la religion, el periódico conservador del legitimista Picot. Éste no sólo se alarmó por la inexperiencia teológica de los jóvenes reunidos con Bailly y Ozanam, sino que llegó a tenerlos por sospechosos de peligroso liberalismo. El 15 de marzo de 1834, abrió las hostilidades acusando a un compañero de Federico, Elías Kertangui, de leer un alegato en pro de la república y de sentir amargamente que el papa no hubiera otorgado la libertad a sus súbditos. Por último, para coronarlo todo, Picot insinuaba que el estudiante estaba cerca de Lamennais, cuyas posiciones comenzaban a producir escándalo. Kertangui, que era en efecto el secretario de Lamennais, se defendió, pero ello no hizo recular a L’Ami de la religion.
En el mes de junio, fue Federico mismo quien fue atacado: en el curso de una sesión de las conferencias, había evocado el libro controvertido del sacerdote bretón, Paroles d’un croyant, que acababa de aparecer. Se desmarcaba claramente de él exaltando la oposición de la Iglesia al poder absoluto, evocando el nacimiento de la libertad en las catacumbas, recordando que la consagración real era un contrato establecido por la Iglesia «al pie de los altares, entre dos partes libres, el pueblo y el rey», y decía a este propósito que la conversión dudosa de Enrique IV, el apoyo de Luis XV a Voltaire y la firma de la cismática Constitución civil del clero por Luis XVI realzaban por contraste la grandeza de la Iglesia.
Por la voz de Kertangui, Lamennais respondió a Ozanam que estaba muy tranquilo, que se proclamaba «sumiso en religión, y libre en todo lo demás». Pero al enterarse L’Ami de la religion de este intercambio, reaccionó violentamente con un extenso artículo en el que Federico se veía acusado de haber emitido «asertos aventurados, extraños, falsos», de haber calumniado a la monarquía, injuriado a Luis XVI, afirmado que «el apoyo al realismo estaba mancillado». En conclusión, el periódico añadía con tono amargo: «todos estos detalles nos […] mostrarán hasta qué punto unos jóvenes espíritus se dejan aconsejar en favor de teorías y de sistemas de los que se ha de esperar que la reflexión y la experiencia los apartarán poco a poco».
Si Federico perdonó fácilmente y con dignidad al oyente torpe que había informado sin malicia al colaborador de Picot, no dejó escapar la ocasión de responder con vivacidad a un hombre que perseguía a Lamennais con una rara vindicta, sobre todo desde que Gregorio XVI le había llamado al orden, y que extendía este mal humor a todo el que citaba su nombre.
El 10 de junio, L’Ami de la religíon publicaba su carta abierta, sin dejar de ser puntilloso por última vez: Como jóvenes que somos, la primera vez que saquéis nuestro nombre y nuestros discursos a la escena pública, que no sea para deslucirlos con acusaciones injustas. […] Se me acusa de calumniar a la monarquía. Joven, no tengo todavía ningún interés de calumniar a nadie, y cuando lo tenga, espero tener suficiente honor y caridad para abstenerme de ello. […] Me hacen salir de una escuela hostil a los reyes. Cristiano, tengo la gloria de no pertenecer a ninguna otra escuela que a la de la verdad, que es la Iglesia. […] Y no es una declaración de principios lo que he venido a hacer aquí; sería una presunción impropia de mi edad. […] Mientras tanto, dos cosas tengo a las que asirme, porque una me viene de Dios y la otra de mis padres: la fe y el honor. Estas dos cosas, nadie tiene derecho a atacarlas.»
Y concluía con viveza: «La persona que se ha permitido publicar e interpretar mis palabras no estaba presente en la sesión en la que yo las pronuncié […]: ¿no es una imprudencia por su parte utilizarlas en el periódico? Y la imprudencia, cuando puede comprometer el nombre de un joven, ¿no carece de caridad?
Cuando se conoce el peso que representaban todavía L’Ami de la religion y su director en los comienzos de la monarquía de Julio, se comprende el ruido que produjo esta polémica y que rodeó el nombre de Ozanam, hasta entonces casi un desconocido. Por ello también se espaciaron un poco las conferencias de historia al mismo tiempo, quizás porque Federico se cansaba de tantas discusiones, o más verosímilmente porque las recientes Conferencias San Vicente de Paúl acaparaban toda su atención. Además, su confesor el abate Marduel se mostraba reticente por el estilo tan abierto de las reuniones: «Compadezcámonos de aquellos que no piensan bien; evitemos discutir con ellos, ya que en los momentos de efervescencia se tiene poca disposición a entender la verdad», decía. «Frecuentemente nuestros esfuerzos por darla a conocer unen con más fuerza al error.»
Ozanam quería también seguir de muy cerca las conferencias de Nuestra Señora de las que, fiel a su proyecto de apostolado intelectual, había sido uno de los más importantes iniciadores.
En efecto, a principios de 1833, se enteró de que los catecismos del abate Dupanloup, muy concurridos por los jóvenes de las escuelas, iban a tener que interrumpirse por razones materiales. En lugar de la capilla de San Jacinto, donde habían tenido lugar, a Federico se le ocurrió entonces darles continuación en la catedral misma de París, y trató de convencer a sus compañeros para que pidieran al arzobispo la restauración de las conferencias de Nuestra Señora.
En los primeros días de junio, se fue con dos a llevar una súplica a Mons. Quelen, carta en la que las cien firmas habían escrito bajo el dictado de Ozanam que deseaban «una predicación que, nueva en su forma, y descendiendo al terreno de las controversias actuales, se enfrentara cuerpo a cuerpo con los adversarios del cristianismo para responder a las objeciones enseñadas a diario». El prelado los escuchó con mucha atención, y les respondió que se ocuparía de su petición; añadió que creía que había llegado el momento de una iniciativa así. A pesar de ello, no hizo nada inmediatamente, y Federico se impacientaba. Al año siguiente, pareció que se podría conseguir, y la campaña de firmas se repitió. Esta vez Ozanam consiguió doscientas. Redactó la petición, en la que reclamaba una predicación que demostrara la armonía del cristianismo con las aptitudes y las necesidades del individuo y de la sociedad, y que expusiera una filosofía de las ciencias, de las artes y de la vida. Con eso pidió audiencia al arzobispo, quien le recibió el 13 de enero de 1834 con Lamache y Lallier.
Los tres amigos le expusieron su deseo de evitar una enseñanza que se quedara en el sermón tradicional, e insistieron en que las futuras predicaciones trataran de las cuestiones que preocupaban a la juventud y que se referían a las relaciones de la religión con la sociedad. Insistieron en la necesidad, para la Iglesia católica, de responder con eficacia a las numerosas predicaciones racionalistas de Francia y protestantes de Alemania.
Por fin, expresaron con claridad su deseo de tener a Lacordaire, que se había hecho célebre por sus artículos en L’Avenir y que había sido la comidilla de todos al defender la escuela libre contra el gobierno. Para su gran decepción, Mons. de Quelen eludió la cuestión y se contentó con prometerles un posible ensayo que no le comprometería más que por un año. En el momento en que los tres jóvenes iban a salir, taciturnos, presentaron, muy oportunamente, a un hombrecito enfermizo con levita parda, ojos ocultos por anteojos verdes: Lamennais, a quien el arzobispo de París esperaba todavía, por entonces, llevar a términos de adhesión y sumisión.
«Aquí tienen, señores, al hombre que les convendría», dijo a sus visitantes, convencido interiormente de que el disidente aceptaría. Pero Lamennais de disculpa amargamente, afirmando que su carrera se ha acabado en el momento preciso en que Ozanam acaba de poner las bases de la reconquista cristiana…
Al día siguiente por la mañana, una indiscreción de Lamache permite al abate Migne evocar el encuentro en su diario L’Univers religieux. Federico se siente vivamente contrariado, y se precipita a casa de Quelen para excusar a su amigo. «Estos periodistas son siempre los mismos, dice sonriendo el prelado, que consuela a Ozanam y a Lallier, después los lleva a la presencia de siete eclesiásticos, entre los cuales quería repartir las predicaciones de la cuaresma de 1834, y a quienes había convocado para hablarles sobre ello.
Lacordaire dirá más tarde que el arzobispo le había sondeado, pero que él se había negado «a meterse en aquel laberinto» donde presentía que sería muy difícil entenderse, y eso es lo que sucedió: «durante media hora, refiere Lallier, nos esforzamos en darles a entender que no eran ellos los que nos convenían.» Ozanam, con la libertad que le había dejado Mons. de Quelen de explicar a los predicadores lo que deseaba, intentó convencer a Dupanloup, a Thibault, a Pétetot y a sus cuatro colegas, pero todo fue inútil. Desengañados, los dos jóvenes se retiraron, luego Federico, ayudado por Lallier, redactó rápidamente un nuevo plan destinado al arzobispo de París, en cuya memoria repetía su esperanza de «una enseñanza única, estrechamente coordinada» y dedicada a todas las cuestiones que se referían al papel social de la Iglesia.
Quelen no respondió, pero en la orden por la que anunciaba la cuaresma, precisaba que los predicadores de un estilo nuevo que había decidido colocar habían sido pedidos por la juventud.
El 16 de febrero de 1834, comenzaba él mismo, antes de ceder la palabra a sus siete predicadores. No fue un éxito, y con Ozanam a la cabeza, los jóvenes intelectuales católicos escogieron acudir a las reuniones que Lacordaire celebraba desde el 19 de enero en el colegio Estanislao ante los alumnos.
Hubo bien pronto tanta gente que el arzobispo de París tuvo miedo: de todas partes, incluida la policía, se le acosaba para que mandara cesar estas conferencias en las que triunfaba un antiguo agente de Lamennais y se encontraban los jóvenes alborotadores de Ozanam, escritores de vanguardia como Víctor Hugo, abogados anticonformistas como Berryer, o el poeta cuasi republicano Lamartine… Esta nueva versión de la querella de los Antiguos y de los Modernos a la par que el fiasco de las conferencias de cuaresma, todo incitaba a Mons. de Quelen a disuadir a Lacordaire de continuar.
Lo hizo en el mes de abril, pero sin dar una orden formal, a fin de salvar el futuro: legitimista y conservador, no era tonto, y, mientras se ganaba las simpatías del régimen y de los católicos tradicionales, él seguía muy sensible a las realidades que Ozanam le había expuesto. Con paciencia, esperó su momento: en enero de 1835, después de una visita del abate Affre, su futuro sucesor, y una gestión de Dupanloup que pensaba lo mismo, se decidió de pronto a llamar a Lacordaire.
El 8 de marzo de 1835, el joven sacerdote subía al púlpito de Nuestra Señora donde se habían reunido más de seis mil personas. Federico no pudo ocultar su entusiasmo ante la resurrección de la vieja catedral: «Dos personajes dominaban esta asamblea», escribió una semana más tarde en L’Univers religieux: «Uno joven aún, pero ya sabio de la ciencia de Dios y de la ciencia de la vida […]. El otro, pontífice venerable […] coronado con todas las aureolas que pueden colocar en la frente humana la religión, el talento, la desgracia y la calumnia de los malvados. […] Y cuando al finalizar el discurso, el auditorio al que había subyugado la voz del joven sacerdote cayó a los pies del pontífice para recibir la bendición, mientras tañían las campanas de Nuestra Señora y se abrían las puertas para derramar por toda la capital a esta multitud enriquecida con la limosna de la verdad, nos parecía asistir no ya a la resurrección del catolicismo, pues el catolicismo no muere, sino a la resurrección de la sociedad actual.»
En 1832, Lacordaire había tenido que vestirse de seglar para llevar los auxilios de la religión a los escasos cristianos que se morían en los hospitales durante la epidemia de cólera; en 1835, triunfa con sotana en Nuestra Señora, y paseará pronto con orgullo su hábito dominico: Ozanam representa mucho en todo ello.
El 2 de mayo de 1835, escribía a un amigo suyo: «La gran cita de los jóvenes católicos y no católicos este año ha sido Nuestra Señora. Has oído hablar sin duda de las conferencias del abate Lacordaire. Sólo han tenido un defecto: que han sido pocas. […] Estas conferencias sobre la Iglesia, su necesidad, su infalibilidad, su constitución, su historia, etc., han sido todas muy hermosas; pero la última ha sido de una elocuencia superior a todo lo que yo nunca he oído […]. Esto es lo que nos lleva alivio al alma.»
En 1837, el padre de Ravignan, jesuita, sucedía a Lacordaire, que iba luego a volver como dominico. Las conferencias de cuaresma de Nuestra Señora estaban lanzadas. Ozanam siguió muy asiduo a ellas, invitando a sus amigos estudiantes a asistir, y hasta guardándoles para ello los mejores lugares tres horas antes… Suscribía perfectamente el análisis de Lacordaire: «Se ha preguntado cuál era el fin práctico de estas conferencias. ¿Cuál es, se ha dicho, el fin de esta palabra singular, medio piadosa, medio filosófica, que afirma y que debate? […] Es el de preparar las almas a la fe» gracias a una «palabra que suplica más que manda, que perdona más que golpea, que entreabre el horizonte más que lo desgarra, que trata por fin con la inteligencia y le proporciona la luz».
Desde 1834, se puso también al servicio de la universidad de Lovaina que acababa de fundar el episcopado belga. Se ocupó activamente de encontrar suscriptores para esta obra, y tomó su defensa en varios periódicos cuando fue violentamente criticada por estudiantes que le eran hostiles: qué suerte para la Iglesia la de tener una universidad católica, «un monumento más de la inmortal alianza de la ciencia y de la fe!», escribía en L’Univers religieux el 15 de abril de 1834. «Nosotros, estudiantes católicos de la universidad de París, añadía, decimos que, mientras agradecemos los beneficios de la universidad a la que pertenecemos […], envidiamos a nuestros hermanos de Bélgica la dicha de recibir el pan de la ciencia […] de la misma mano que distribuye el pan de la santa palabra», y «esperamos que un día Francia goce del mismo favor.»
En aquel momento, Federico veía que querían hacer de él el jefe de la juventud católica, que le solicitaban para todo trámite de importancia, que le querían en todas partes, en todas las reuniones, en todas las circunstancias, que varios periódicos le reclamaban: él no deseaba ir tan lejos, proyectarse tanto al frente, hacer demasiados proyectos. «Qué pobre gente somos», exclamaba, no sabemos si mañana estaremos vivos, y queremos saber lo que haremos de aquí a veinte años!» Además, su carrera no estaba definida, las Conferencias San Vicente de Paúl que nacían lo acaparaban cada vez más. Entonces, insensiblemente, disminuyó su actividad para dedicar más tiempo a la reflexión y a la historia.







