Federico Ozanam (1813-1853) (V)

Mitxel OlabuénagaFederico OzanamLeave a Comment

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Federico Ozanam-1EL CREYENTE Y EL AMIGO

Hombre de convicción, Ozanam lo fue no sin cierta rigidez. Se ha visto más arriba, no transigía con las ideas; mero evolucionó sin pausa a lo largo de su breve vida.

Sus primeras cartas rebosan de dilatadas reflexiones sobre la necesidad de «probar» el catolicismo, sobre la importancia del combate que entablar para devolver al cristianismo el lugar central en la filosofía, sobre la necesidad vital de reunir en un sistema exhaustivo las ciencias del pensamiento y la teología.

Pero en 1834, Federico se cuestiona. Sin abandonar su voluntad de consagrar parte de su vida a la búsqueda intelectual cristiana, se vuelve a someter a discusión: «Desde hace algún tiempo, escribe el 11 de abril a Falconnet, la vida ha tomado para mí un cariz distinto. […] He descubierto que el cristianismo ha sido para mí hasta ahora una esfera de ideas, una esfera de culto, pero no tanto una esfera de moralidad, de intenciones, de acciones. […] Sin embargo, las ideas religiosas no podrían tener ningún valor, si no tienen un valor práctico y positivo. La religión sirve menos para pensar que para actuar, y si enseña a vivir es para enseñar a morir.» Esta cimentación de su fe era fruto de sus primeras experiencias de grupo y de caridad, y cuyo término lógico será la fundación de la Sociedad de San Vicente de Paúl.

Profundamente creyente desde su primera infancia, será visiblemente poseído toda su vida por la certeza de la presencia inmediata de Dios. Convencido de su pequeñez, se esforzará a diario en perfeccionarse, y es impresionante seguir este combate al sesgo de su correspondencia, qué significativo es traer a cuento las preguntas que se hace sobre la muerte. De ahí que escribiera: «He pensado que no había prestado la suficiente atención a dos acompañantes que caminan siempre con nosotros: Dios y la muerte.   

Su universo religioso, poblado de ángeles eternamente de camino entre el cielo y la tierra, era un verdadero acto de fe en la vida eterna, una afirmación de la realidad del mundo invisible. Los duelos eran para Federico ocasión de meditar sobre esta difícil cuestión que le obsesionaba: el mundo es malo, hay que tener por dichosos a aquellos de quienes Dios se acuerda. El 17 de julio de 1843, escribía: «Llevo dos años en los que varias personas de mi familia desaparecen y se van, una tras otra, y me parece a veces que me hacen señales. Allá es donde está la estabilidad, la realidad de la vida. Aquí, ¿qué tendríamos sin las obras que nos siguen y Dios que nos visita?»

Ahora bien, las formas de oración de Ozanam eran variadas: oración no formulada y que iluminaba un comportamiento; oración de intercesión por los demás, a quienes querría preservar de la destrucción y mantener sin ruptura en un mundo de amistad; oración de petición más para obtener que sus opciones sucesivas estén de acuerdo con el plan de Dios sobre él que para alcanzar triunfos vanos; oración de abandono por último, que llegará a ser más intensa en los diez últimos años de su vida gracias a la influencia de Amelia y porque el final parecía acercarse más rápido: «Pido a Dios que me deje vivir para mi mujer y para mi hija», escribe el 22 de junio de 1853. Mas «me parece que hay que esperar con recogimiento que la Providencia decida sobre mi curación.»

El 23 de abril, día de su cumpleaños, había compuesto una larga y admirable oración en la que anotaba: «¿Hay que abandonar pues todos estos bienes que vos mismo, Dios mío, me habíais dado? ¿No queréis, Señor, contentaros con una parte del sacrificio? ¿Cuál de mis apegos desordenados tengo que inmolaros? […] Quizás, Dios mío, no lo queréis? Vos no aceptáis estas ofrendas interesadas: vos rechazáis mis holocaustos y sacrificios. Es a mí a quien reclamáis. Está escrito, al principio del libro, que debo hacer vuestra voluntad. Y yo he dicho: «ya voy, Señor.»

Esta piedad se inscribía en el cuadro de una vida sacramental y eclesial intensa: misa diaria, peregrinaciones, procesiones, comunión muy frecuente, lo que era del todo excepcional en la época, confesión regular… Con algo que se ha de reseñar sin poder verdaderamente comentarlo ni comprenderlo: la omnipresencia de Dios y de los ángeles, el amor intenso a san Vicente de Paúl y a san Francisco de Assís (Federico se hizo terciario franciscano unas semanas antes de su muerte), y la ausencia de Cristo, a quien Ozanam no cita casi.

Él va sin duda a Jesús por la Iglesia, una institución que ama y que respeta: «Ningún cristiano en Francia y en nuestro tiempo amó más a la Iglesia», escribió Lacordaire en su nota biográfica, y Ampére añadía en el prefacio a la primera edición de la correspondencia que la amó «con amor y con sumisión».

Sintiéndose morir poco a poco, Ozanam apuntaba él mismo en Pisa en 1853: «He conocido las dudas del siglo presente, pero toda mi vida me ha convencido que no hay tregua para el espíritu y para el corazón más que en la fe de la Iglesia y su autoridad.» En cada uno de sus viajes a Roma, pudo ver al papa. Si Gregorio XVI, a quien vio en 1835 y en 1841, le pareció lleno de bondad, Pío IX, a quien vio en 1846 nada más ser elegido, le produjo una fuerte impresión: «Será el obispo de Roma quien reconcilie una vez más al mundo con el papado», dijo a su hermano. Y añadía, tomando el partido de la modernidad y testimoniando la esperanza que el advenimiento de un papa joven (cincuenta y cuatro años) y abierto a las ideas nuevas hacía nacer entre los intelectuales católicos: «No me canso de ver, de volver a ver a este santo hombre que parece destinado a llevar acabo sin esfuerzo, sin ruido, sin roces, una de las revolución es más bienhechoras, y que aparecerá quizás en el porvenir como autor de una  nueva era.

Aparte del soberano pontífice, Federico se sentía muy cercano al pueblo llano católico. Le gustaba participar en las celebraciones mezclándose con los fieles y la «religión popular» le encantaba por lo que en ella descubría de puro y sincero. Numerosas páginas de su correspondencia están dedicadas a la descripción enternecida y precisa de misas en Alemania, de peregrinaciones a Bretaña o de oficios religiosos en Italia.

Por fin, si no hubo apenas ocasión de crear lazos estrechos con obispos, él estuvo muy cerca de su hermano Alfonso, cuyo sacerdocio era para él una fuente de orgullo, y tuvo muchos amigos sacerdotes. Entre éstos se ha de citar en primer lugar al abate Noirot. «He visto al sr. Noirot, escribía él en 1831, su bondad es siempre la misma. […] Qué buen amigo este buen sr. Noirot! A él agradecimiento eterno.» En una de sus obras, Federico le evoca así: «Un sacerdote filósofo me salvó y puso en mis pensamientos el orden de la luz:» Profesor en el Colegio real de Lyon, el abate Noirot fue su primer maestro. Verdadero «forjador de alma», según el excelente apelativo del crítico literario Francisco Sarcey que fue discípulo suyo, el sacerdote no tenía competidor «en dirigir y atender a cada uno en su vocación», según Ampére.

Su reputación había alcanzado también la capital, y realizará una hermosa carrera universitaria. Fue a lo largo de numerosos paseos que dio con Federico adolescente cuando le confirmó en su fe y le infundió el gusto por el apostolado social. Juan María Noirot creía profundamente en el «racionalismo católico» y, a la par que admitía la superioridad de la Revelación sobre la razón natural, concedía a ésta la posibilidad de elevarse hasta las verdades superiores de la metafísica. Ahí está sin discusión el zócalo sobre el que Ozanam construirá todo su pensamiento.

No era éste el parecer del padre Lacordaire, a quien encontró en 1834 y quien tratará de convencerle para que entre con él en la aventura dominicana. Sus relaciones serán siempre fluidas, hasta 1848, pero nunca serán íntimos.

Muy otra será la relación con el abate Marduel. El 16 de mayo de 1834, Federico escribe a su madre: «Es el único consejero íntimo que tenga aquí, el único cuya prudencia y bondad puedan ocupar a la vez en mí el lugar de padre y de madre.» Este anciano sacerdote lionés retirado en París era conocido por sus cualidades de director de conciencia, y a él había dirigido el abate Alfonso a su joven hermano. Ozanam se sintió muy bien, y conservó toda su vida un gran afecto por su confesor. Éste sabía escucharle, lo que Federico apreciaba sobre todas las cosas, él que tenía tantos estados de ánimo.

Otros nombres, por supuesto, jalonan su vida: Hipólito Fortoul, que será ministro, y Ernesto

Falconnet, amigos de juventud; Juan Santiago Ampére, el hijo del gran sabio, a quien escribía algunas semanas antes de su muerte: «De mí, vos sabéis si os quiero, pero no sabréis nunca bastante todas las razones que tengo de quereros», y esto a pesar de sus divergencias intelectuales. Y otros más, pero quizás ninguno como Francisco Lallier, joven magistrado » compañero de los tiempos de trabajo, consuelo en los días malos» con quien desahogará toda su tristeza de sentirse tan enfermo.

Pero será en la carta que le dirigía el 23 de noviembre de 1835 donde Federico expresaba mejor su concepto de la amistad: «Vuestra amable carta que he recibido hace poco más o menos un mes me ha servido de gran consuelo; pues nada es en efecto más consolador que el recuerdo de aquellos a quienes te sientes tan estrechamente ligado de corazón. Creo que ya os lo he contado: las dulzuras de la familia no tienen precio, la sangre tiene derechos innatos e imprescriptibles; pero la amistad tiene derechos adquiridos y sagrados, gozos que no se reemplazan; los padres y los amigos son dos clases de compañeros que Dios nos ha dado para hacer el camino de la vida, la presencia de unos no puede hacer olvidar la ausencia de los otros».

 

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