EL ENSAYISTA
«Fe profunda, ciencia, arte de bien hablar, valentía en la afirmación, desinterés absoluto en la acción, son otros tantos rasgos característicos de Federico Ozanam», escribe Eugenio Duthoit. Se los encuentra en la expresión de su visión del mundo: para él, la cuestión social no puede depender únicamente de la economía, sino también de la moral y, por consiguiente, esencialmente de la religión. El cristiano debe vivir y combatir en su tiempo, y existen deberes y responsabilidades incontrovertibles en la evolución de la sociedad.
Como lo escribirá en una de sus cartas, da gracias a Dios por haberle hecho nacer «en una de esas situaciones, en la frontera entre la estrechez y el acomodo, que habitúan a las privaciones sin permitir en absoluto ignorar los goces». Lo que él mismo haga, se lo predica a todo cristiano. Cuando comienza a interesarse por el mundo que le rodea, tiene diecisiete años, y la revolución de 1830 ha barrido la vieja monarquía en un torbellino de ideas nuevas. Veinte años más tarde describirá aquel momento en estos términos: «Estábamos entonces invadidos por un diluvio de doctrinas filosóficas y heterodoxas que se agitaban en torno a nosotros, y nosotros experimentábamos el deseo y la necesidad de fortalecer nuestra fe en medio de los asaltos a los que la sometían los diversos sistemas de la falsa ciencia.» Sus compañeros de estudios eran volterianos, materialistas, sansimonianos, todo lo más deístas. Y cuando intentaba «recordarles las maravillas del cristianismo», respondían de forma perentoria: «Tenéis razón si habláis del pasado; el cristianismo realizó prodigios en otro tiempo, pero hoy, el cristianismo ha muerto. Y, a decir verdad, vos que tanto os gloriáis de ser católico, ¿qué hacéis? ¿Dónde están las obras que demuestran vuestra fe y que pueden hacérnosla respetar y admitir?» Y añade Ozanam: «Tenían razón, bien nos merecíamos este reproche. Pues bien, ¡a trabajar! Y que nuestros actos estén de acuerdo con nuestra fe.»
Este desafío será para Federico uno de los puntos de partida de la gran aventura de la caridad que era para él la mejor respuesta a la pregunta: «Qué hacer para ser verdaderamente católicos, sino lo que agrada más a Dios?» Pero hacía falta también que la fe viniera en ayuda de las inteligencias, y esta convicción justificará toda su vida intelectual, hasta el extremo límite de sus fuerzas. ¿No se arrastró un día hasta la cátedra ardiendo de fiebre y diciendo a sus estudiantes, con más pasión que afectación: «Nuestra vida os pertenece, y la tendréis hasta el último aliento»?
Aparte de su trabajo de profesor y de investigador, más allá de su misión podríamos decir, estaba su reflexión de observador y de analista de su tiempo. Desde los primeros años del reinado de Luis Felipe, había notado: «La cuestión que agita hoy al mundo no es una cuestión de personas, ni una cuestión de formas políticas, sino una cuestión social.» En una carta a Falconnet, el 21 de julio de 1834, afirmaba en el preámbulo la idea maestra de su vida: «Yo considero al catolicismo de una manera más absoluta; veo en él la fórmula necesaria del cristianismo, lo mismo que el cristianismo me parece la fórmula necesaria de la humanidad.» Luego continuaba con su pensamiento: «En cuanto a las opiniones políticas, […] yo desearía la aniquilación del espíritu político a favor del espíritu social. Siento, sin discusión, por el viejo realismo todo el respeto que se debe a un glorioso inválido, pero no me apoyaré nunca en él, porque con su pata de palo no podría caminar al paso de las generaciones nuevas. No niego, no rechazo ninguna combinación gubernamental. Pero no las acepto más que como instrumento para hacer a los hombres más felices y mejores […]. Todo gobierno me parece respetable en cuanto representa el principio divino de la autoridad […]. Pero pienso que frente al poder, hace falta también el lugar del principio sagrado de la libertad; creo que se puede reivindicar con energía este lugar; creo que se debe avisar con voz valiente y severa al poder que explota en lugar de sacrificarse: la palabra se ha hecho para ser el dique que se opone a la fuerza; es el grano de arena contra el que llega a romperse el mar.»
Y con algunas fórmulas bien sentidas, encuadra su perspectiva;
«Creo en la autoridad como medio, en la libertad como medio, en la caridad como fin.
«Existen dos especies principales de gobiernos, y estas dos especies de gobiernos pueden estar animadas por dos principios opuestos.
«O es la explotación de todos en beneficio de uno solo: y es la monarquía de Nerón, monarquía que aborrezco.
«O es el sacrificio de uno solo en beneficio de todos: y es la monarquía de san Luis, a quien reverencio con amor.
«O es la explotación de todos en beneficio de cada uno: y es la república del Terror, y a esta república yo la maldigo.
«O es el sacrificio de cada uno en beneficio de todos: y es la república cristiana de la Iglesia primitiva de Jerusalen: es quizás también la del fin de los tiempos; el estado más alto al que pueda subir la humanidad.»
Estas ideas políticas son a la vez claras y esquemáticas, porque Ozanam no se inclina por un sistema de gobierno más que en la medida en que garantice la libertad individual y practique la caridad. De mayor importancia son para él «la acción popular cristiana», de la que considera Alberto de Mun que fue el precursor, y la cuestión del trabajo, de la que constata que se plantea en términos nuevos a sus contemporáneos.
El régimen nuevo del salariado a gran escala le preocupaba de modo particular. Los años treinta de su siglo inauguraban una época de revoluciones económicas, sociales, industriales que tuvo tiempo de percibir, ya que no de analizar en profundidad. Su curso de derecho comercial en Lyon le condujo a inclinarse sobre mecanismos de cuyos peligros se dio cuenta con toda claridad: el liberalismo sin freno de los «economistas» o la coacción instaurada por los «socialistas». En un pasaje de su curso, escribe: «La antigua escuela de los economistas no conoce mayor peligro social que una producción insuficiente; ni otra salvación que la de apresurarla, multiplicarla mediante una concurrencia sin límites; ni otra ley del trabajo que la del interés personal […]. Por otra parte, la escuela de los socialistas modernos achaca todo el mal a una distribución viciosa, y cree haber salvado a la sociedad suprimiendo la concurrencia, haciendo de la organización del trabajo una prisión que alimentaba a sus prisioneros, enseñando a los pueblos a vender su libertad por la seguridad del pan […]. Estos dos sistemas […] llegan por dos caminos diversos al materialismo.»
Federico expondrá estas ideas en 1848, pero ya había dejado establecidas con una notable presciencia las bases de un debate que no ha cesado desde entonces de agitar la historia de las ideas. En esta perspectiva, los católicos deben, según él, formular ciertas demandas y exigir la aplicación de medidas precisas, sin excluir a príori uno u otro de estos sistemas: el respeto a la persona, la salvaguarda de su vida de familia, la posibilidad del descanso y de rezar el domingo, la garantía de tener condiciones de trabajo decentes. Dios lo exige para todas sus criaturas, y por supuesto para los trabajadores asalariados. Por esto el problema social es para Ozanam un problema moral y religioso.
Las cuestiones que van a ocupar las mentes son las cuestiones de trabajo, de salario, de industria, de economía, exclamaba en 1848, pero desde 1836 juzgaba severamente a su época: «La cuestión que divide a los hombres de nuestros días, decía a un amigo suyo, no es ya una cuestión de formas políticas, es una cuestión social, se trata de saber quién lo va a lograr si el espíritu de egoísmo o el espíritu de sacrificio; si la sociedad no va a ser más que una gran explotación en beneficio del más fuerte, o una consagración de cada uno para el bien de todos y sobre todo para la protección de los débiles. Hay muchos hombres que tienen demasiado y que quieren tener más: hay muchos otros más que no tienen suficiente, que no tienen nada y que quieren tomar si no se les da. Entre estas dos clases de hombres se prepara una lucha, y esta lucha amenaza con ser terrible: por un lado, el poder del oro; por otro, el poder de la desesperación.» A diferencia de Montalembert, jefe de fila de los católicos, quien trataba de lograr que las clases dirigentes hicieran algunas concesiones para mantener el orden social, Ozanam no daba la razón ni «al campo de los ricos» ni «al campo de los pobres». En uno el egoísmo que se quiere quedar con todo, en el otro el egoísmo que querría apoderarse de todo: entre ellos un odio irreconciliable, las amenazas de una guerra próxima que será una guerra de exterminio. Sólo queda un medio de salvación, y es que, en nombre de la caridad, los cristianos se interpongan entre los dos campos», que lleven a «ricos y a pobres a tenerse de nuevo como hermanos, que les comuniquen un poco de caridad mutua». Esta será una de las ideas inspiradoras de las Conferencias San Vicente de Paúl, pero también se encuentra en la base de todo el análisis socio-económico de su tiempo al que se entrega el joven profesor lionés. En 1840, abordaba precisamente ante su audiencia, compuesta esencialmente de hombres de negocios y de comerciantes, la cuestión del salario. Después de definir el trabajo como «el acto sostenido de la voluntad del hombre que emplea sus facultades en la satisfacción de sus necesidades», distinguía el paganismo que predica la esclavitud, y el cristianismo, que ha rehabilitado el trabajo y a los trabajadores «llamando al esclavo a ser coheredero de Cristo, lo que debía hacer de él tarde o temprano una persona en la vida social».
Volviendo a su época, Federico distingue dos actitudes: ya el obrero es «un instrumento de quien hay que sacar el mayor servicio posible con el menor gasto, ya es tenido «como un asociado, como un auxiliar». En el primer caso, dice Federico empleando una fórmula atrevida en la boca de un católico de 1840, «es la explotación del hombre por el hombre, es la esclavitud. El obrero-máquina no es ya más una parte del capital, como el esclavo de los antiguos; el servicio se convierte en servidumbre.» Es la puerta abierta a todos los excesos: trabajo de los niños, amoralismo, destrucción de la vida de familia, desaparición del domingo y de los deberes religiosos. Pero si el trabajador es tratado como un colaborador, es otra cosa muy distinta: un salario viene a remunerar al «capital humano» al que representan su buena voluntad, sus conocimientos y su fuerza. Llevando más lejos su razonamiento, explica Ozanam que este «salario natural» tiene por razón de ser, más allá de la simple subsistencia, la educación de los niños y la constitución de reservas suficientes para el retiro. Por otra parte, no deja de advertir que los tipos de empleo son diferentes: necesitan más o menos buena voluntad, fuerzas o tacto. Conviene pues modular los salarios en función de estos elementos. Por fin, algunos oficios pueden llevar consigo grandes riesgos de paro, de accidentes, de enfermedades: las cajas de seguros deben entonces estar dispuestas a intervenir.
Ante sus estudiantes, sorprendidos al oír semejante discurso en boca de un católico adversario del furierismo y del sansimonismo, que tenían aún sus adeptos, Ozanam terminaba su lección denunciando una vez más el peligro de lo que se llamó más tarde la lucha de clases. El peligro, decía, es «la postura hostil de los amos y de los obreros», el enfrentamiento de la fuerza de la riqueza y de «la del número», con los resultados de la lucha o «del éxodo de los trabajadores». Seguía diciendo que la caridad debía intervenir como «un bálsamo en las heridas del viajero», pero que no tenía que suplir el sentimiento de justicia ni a la intervención «oficiosa» del gobierno. Él no zanja entre la definición de las reglas por un poder absoluto y la libertad total. De hecho, rechaza estas dos hipótesis, una porque conduce a la tiranía y a la ruina, la otra porque coloca al obrero a merced del empresario». Para él, la solución está en el término medio y conjuga los principios de autoridad y de libertad. Gracias a un salario equitativo, el trabajador será un cuasi asociado de la empresa y sentirá afecto por su trabajo. Concluye con esta frase: «el salario debe ser proporcional al beneficio: regla de sociedad
Uno llega a preguntarse verdaderamente quién, aparte de Ozanam, se preocupaba, por entonces y en estos términos, por la organización económica y social del trabajo, muy particularmente desde el punto de vista cristiano. Y esto más de cincuenta años antes de la encíclica Rerum novarum del papa León Su denuncia de la «industria de cuartel que arranca al pobre, a su mujer, a sus hijos, de las costumbres de la familia, para encerrarlos en depósitos malsanos, en verdaderas prisiones, en las que todas las edades, todos los sexos están condenados a una degradación sistemática y progresiva»; su amarga denuncia de que la indigencia ha sido explotada en beneficio de la seducción y el trabajo vendido a peso de vergüenza», van parejas, balance característico de su razonamiento, con una confianza inquebrantable: «la energía de la gente de bien detendrá la propagación de estos males.»
En una de sus cartas escribía Federico: «Siento apasionamiento por las conquistas legítimas del espíritu moderno; amo la libertad y la he servido.» Los pocos trabajos que efectuó, los pocos artículos que publicó sobre los problemas y lo que estaba en juego en su época lo prueban. En 1848 —lo analizaremos después-, creyó ver con claridad un momento privilegiado en el que su convicción profunda de la utilidad de los cristianos como mediadores activos en la sociedad iba a verificarse. Se sintió decepcionado al ver que el justo equilibrio que siempre había defendido apenas encontraba éxito. Se desfogó en su correspondencia, que es de una gran sinceridad y de una incontestable riqueza intelectual.
Lejos de contentarse con cuestiones prácticas o con apuntes de viaje, que son más frecuentes en las misivas del final de su vida, Ozanam expuso en su correo la quintaesencia de sus reflexiones sobre sí mismo, su fe, su misión, sus trabajos intelectuales, los grandes problemas de su tiempo, todo ello en un total de menos de doscientas cartas significativas. A lo largo de los años, su estilo cambió poco: entusiasta, apasionado a veces otras prudente, lleno de consejos para los amigos, de dudas y de certezas en extraña mezcla, nunca se desprendió de un gran pudor ni de una evidente voluntad pedagógica. Era un hombre de letras en todos los sentidos, pues estaba convencido del papel que debía jugar al servicio de las ideas.
Además, pronunció en 1843 una conferencia sobre este tema ante los jóvenes miembros del Círculo católico de París: su «Discurso sobre los deberes literarios de los cristianos». Federico no concebía, salvo el deber de la caridad, otro ideal humano más hermoso que las letras; se ha visto que ahí estaba su primera y fundamental vocación. A ella se dedicó con tesón, quedando la enseñanza tan sólo como prolongación de este plan, y tuvo la impresión toda su vida de que no hacía por ella lo suficiente: «Estoy agobiado de ocupaciones y me doblo bajo el peso de los deberes que cumplo tan mal», escribía en 1852. Cada noche me acuesto con la conciencia de no haber hecho la mitad de mi tarea, y me duermo atormentado de sentimientos.» La duda le asalta sin parar: «Me pregunto si mis hombros son bastante fuertes para sobrellevar esta carga, dice a su amigo Ampére en 1850, si merece la pena escribir para añadir unas hojas de más a las que el viento barre los inviernos de nuestros jardines y de la memoria de los hombres.» Tenía sin duda alguna necesidad de que le respondieran para tranquilizarle, pero también sabía hallar en sí mismo las respuestas en el momento en que fingía hacerse estas preguntas. Ozanam creía demasiado en su vocación!
«No acabo de escribir un pasatiempo de soñador, declara en el preámbulo al discurso de 1843, sino un empleo ya antiguo en el mundo, lo que se llamaba en otro tiempo el oficio de las letras.» Estas desempeñan un papel primordial entre los jóvenes como instrumento de educación y de instrucción. Deben ser las «maestras» en la formación de las mentes: «El error sería equivocarse en los estudios a los que se acostumbra a dedicar a la juventud. El objetivo inmediato que se propone no es precisamente el saber, advierte con toda razón, sino el ejercicio. No se trata tanto de literatura, de historia, de filosofía, cosas que se olvidarán quizás, como de robustecer la imaginación, la memoria, el juicio, cosas que permanecerán.» Lo que resume en una fórmula: «las letras han quedado encargadas del aprendizaje de la vida.»
Tienen también otra misión: transmitir el pensamiento de los hombres, lo que implica para el intelectual el deber de estructurar bien el propio pensamiento antes de embellecerlo para entregárselo a los demás. Aquí también, sintetiza su idea en una frase, que es a su vez una clave de su obra: «Se ha de producir con arte después de poseer por la ciencia.»
Es un principio que tiene una consecuencia terrible: el poder del escritor, del profesor sobre las inteligencias. Razón por la que él, que es un «modelador de la inteligencia de los hombres para su generación y las que van a venir» debe fundamentar su trabajo en la conciencia religiosa. «Como el sacerdote, dice sin titubear, el hombre de letras está consagrado.» Él no se tenía ciertamente por un profeta, sino sencillamente por un servidor de la verdad con toda modestia en pos de su «oscuro y laborioso destino». Como conclusión de su conferencia, dejará a sus oyentes meditar sobre esta advertencia: «Para el artista cristiano, la inspiración tiene un nombre sagrado: es la gracia.»
Cuando Juan Santiago Ampére se entregue a los escritos de Ozanam, poco después de la muerte de éste con el propósito de una primera edición completa, quedará impresionado por la nobleza de esta obra dispersa, fragmentaria, inacabada: «Todo lo que ha salido de esta pluma hace amar a quien lo ha escrito.» Renan, quien fue estudiante suyo, añadirá: «Cómo le queríamos!», y los estudiantes no se equivocaban al sentir afecto por un hombre que les decía: «Yo quiero honrar mi profesión. Nuestra vida os pertenece: os la debemos hasta el último suspiro. En cuanto a mí, señores, si muero, será en vuestro servicio.»
¿No había declarado un día que no era empresa fácil la de instruir a los hombres? Los espíritus más seguros no se ejercitan en ello a ello sino con ciertas dudas». Y lo que suplicaba en la oración, era, como Descartes, «obtener la gracia de no engañar nunca al género humano».







