Federico Ozanam (1813-1853) (IV)

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Author: Bernardo Catannéo · Translator: Máximo Agustín. .
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Federico Ozanam-1OZANAM ÍNTIMO

«No puedo expresar toda la serenidad de estos primeros momentos de la tarde, la belleza de esta capa de agua azul como el lago de Ginebra, las bandadas de gaviotas que parecían surgir de la cresta de las olas para huir ante nosotros. Entretanto estábamos sentados al pie de nuestro mástil, abrigados por nuestra pintoresca vela, con nuestros niños en las rodillas a fin de evitar la temeridad de sus juegos; y, mientras hablábamos apaciblemente, llegábamos al puerto…» Ozanam romántico? Se creería al leer estas pocas líneas extraídas de una carta a su hermano Carlos de septiembre de 1850 en la que le cuenta una romería a la isla de Artz, en el golfo de Morbihan.

En todo caso, un hombre de una gran sensibilidad, como lo prueba toda su vida íntima: fiel en la amistad, con la afectividad muy demostrativa típica de su tiempo, bien que más sobria en él en comparación con Lacordaire o Montalembert; profundamente afecto a su mujer y lleno de delicadezas con ella; muy tierno con su hija, pero con discreción…

Un gran angustiado también, «inquieto, atormentado, preocupado por su salud, por su porvenir, por sus medios de existencia». Un gran creyente, por fin, «quien, entregado a Dios desde un principio, se despojará poco a poco, en su corta vida, de las debilidades humanas para hacerse cada vez más transparente».

Hasta los veintisiete años, él no dudó de su vocación; después encontró a la joven Amelia:

«Cuántas cosas que contaros, y cómo esta cruel cuestión de la vocación, por tanto tiempo incierta, se ha presentado tan de repente! Al propio tiempo que vuelvo a sentir la llamada de la Providencia en este terreno resbaladizo de la capital, parece que me quiere dar un ángel guardián para consolar mi soledad […1. Me encontraréis tiernamente enamorado: pero no me oculto, si bien a veces no puedo por menos de reirme de mí mismo. Yo me creía de corazón más curtido…»

LA VIDA DIARIA

Por propia confesión de su hermano Alfonso, ninguno de los escasos retratos que han quedado de Ozanam se le parece realmente. Salvo quizás uno, el de Luis Janmot en 1852: se ve a un hombre pequeño, a quien se adivina rechoncho, con la cabeza hundida en los hombros, el rostro fino, acabado en una perilla apuntada, las cejas fruncidas sobre dos ojos grandes de almendra, de aspecto gruñón, pelo largo enmarañado. La enfermedad le había trabajado ya, sin duda, y sufría mucho; pero todos los testimonios que nos quedan sobre su aspecto físico insisten sobre estos rasgos característicos de su persona.

Cuesta en efecto mucho trabajo creer que le gustaba reirse, como se verá, porque ofrecía más bien una impresión de severidad austera y de torpeza apurada: «No poseía nada de cuanto predispone a favor de un hombre, ni la belleza, ni la elegancia, ni la gracia […]; rasgos incorrectos, un tinte pálido, una extrema debilidad de vista, que daba a su mirada un carácter conturbado e indeciso, una cabellera larga y en desorden le componían una fisionomía bastante extraña», refiere un contemporáneo. Su nariz algo fuerte y su boca pequeña de labios apretados completaban un rostro que no tenía nada de afable. A pesar de todo, no se podía permanecer por mucho tiempo indiferente a esta expresión de dulzura y de bondad, transmitida al corazón a través de una máscara un poco pesada, pero sin gracia sólo a primera vista».

A esto había que añadir una sonrisa muy espiritual que le iluminaba y le transformaba radicalmente; su inteligencia y su bondad se leían entonces con toda claridad en sus rasgos.

Pero él no perdió un solo minuto en preguntarse si la fealdad tenía sus encantos o no: como a todos los grandes espíritus, eso le importaba un bledo… Dicho esto, ¿compensaba su elocución a su físico? No era ese precisamente el caso, al menos cuando comenzaba a hablar: su timidez natural le hacía casi tartamudear, se expresaba con una voz sorda, lenta, de una manera oscura, confusa, incierta, incluso en las conversaciones privadas. En cuanto a sus clases en la Sorbona, comenzaban siempre confusas, no por sus estudiantes que le adulaban, sino por causa de su ansiedad. En 1841, escribe: «Algo pálido, y temblando por la preocupación de interesar, franqueo el umbral, entro por la puertecita y tomo asiento en el sillón universitario. Alzo mis ojos hacia el auditorio y entonces este amfiteatro de más de trescientas personas me asusta. Me siento de pronto destrozado como por un terror pánico.» Uno de sus estudiantes le describe en 1845: «El Señor Ozanam es un hombre muy joven, de frente meditabunda, la tez pálida, de ojo profundo y penetrante, de fisionomía enérgica y expresiva. Entra precipitadamente, se arroja con la cabeza baja en su sillón como para escapar de los aplausos que no faltan nunca al recibirle. Se sienta bruscamente. Se echa el pelo para atrás y reclama con la mano un silencio imposible al principio. En último extremo, rompe a cucharazos, con una especie de impaciencia, el terrón de azúcar de su vaso de agua y consulta sus apuntes, luego comienza inmediatamente su lección, antes incluso de que se haya restablecido la calma en su entusiasta auditorio.»

Su natural escrupuloso y la voluntad encarnizada que ponía en ganarse la convicción de sus interlocutores le hacían detestar la improvisación: «Ozanam, más que cualquiera otro, estaba sujeto al mal de la elocuencia», escribe Lacordaire. «Desconfiando de sí mismo, se preparaba para cada una de sus lecciones con una fatiga religiosa, reuniendo materiales sin cuento en torno a su pensamiento, fecundándolos con esa mirada prolongada de la inteligencia que los pone en orden, y dándoles por fin la vida en ese coloquio misterioso del orador que se dice así mismo lo que dirá mañana, esta tarde, ahora mismo, al auditorio que le espera.»

Se pasaba a veces toda la noche trabajando una cuestión en medio de un montón de libros, de papeles y de apuntes: «Ocho días de trabajo para una hora de charla», tal era, según Lacordaire, su ritmo habitual! «Escribo, decía, porque no habiéndome dado Dios la fuerza de conducir un arado, es necesario sin embargo que obedezca a la ley del trabajo, y que cumpla mi jornada de trabajo.» «A Ozanam le gustaba decir: `me gano el pan’, añade su hermano, y cuando la enfermedad no le dejaba trabajar, exclamaba con dolor, como su querido patrón san Vicente de Paúl: ‘qué miserable soy, me estoy comiendo un pan que no he ganado».

Estos días agotadores, Federico se los debía también a su angustia insistente: dudaba de sí, de su fe, de su talento, necesitaba ser tranquilizado, sumergirse en la oración, que le devolvía la serenidad. Lacordaire le decía: «No se adelanta uno al tiempo impunemente, el tiempo se venga de los que prescinden de él», pero no le escuchaba. Quizás llevaba en el subconsciente que moriría joven, lo que le expoleaba a expresar lo más pronto posible todo cuanto tenía que decir.

Conocía su angustia, y percibía muy bien los momentos en que la depresión, la «melancolía» según el término de su tiempo, se apoderaba de él. Apenas llegado a París, escribía a su madre el 7 de noviembre de 1831: «Mi alegría pasajera ha naufragado por completo. Ahora que me encuentro solo, sin distracción, sin consuelo exterior, comienzo a sentir toda la tristeza, todo el vacío de mi situación.»

En 1835, cuenta a uno de sus amigos: «Malestares continuos, las diligencias aburridas han comenzado a apagar mi ardor, y cuando dispongo de todo el tiempo y de todas las facilidades posibles, caigo en una especie de languidez fatal que no sabría sacudirme. El estudio que antes me gustaba me fatiga; la pluma me pesa en los dedos; ya no sé escribir.» Más adelante añade: «veo a los jóvenes de mi edad avanzar con la cabeza levantada por los caminos de un progreso real, y yo me detengo y me desespero por no poder seguirlos, y me pongo a lamentar el tiempo que habría que emplear en ponerse en marcha:

Durante toda su vida se verá sometido así a ataques de desánimo: «A veces siento tal abatimiento y flojera, que necesito escribir exhortaciones y resoluciones fuertes para levantarme; soy como los niños que deforman la voz cuando tienen miedo.» «Ay! cómo es posible que mi alma siga en una especie de petrificación moral relativamente a todos mis deberes? Mi conciencia no me perdona, y colocado entre el deseo de hacer el bien y mucho, y una debilidad increíble que me impide hacer nada, me paso los días en reproches amargos por el incumplimiento de mis resoluciones pasadas y en resoluciones nuevas que no ejecutaré tampoco, y que me preparan nuevos reproches para el futuro.» Ya lo hemos dicho, él dudaba de sí mismo: «Yo no sé querer», decía, «no sé actuar, y siento que se me acumula en la cabeza la responsabilidad de los favores que descuido cada día». Cuando se describe, no se perdona: «Soy siempre el mismo, siempre abundante en palabras, y corto en obras, siempre sufriendo por mi incapacidad y miseria sin poder levantarme, agitado por muchos pensamientos y sentimientos diversos y haciendo pocas resoluciones valientes, realizando menos cosas todavía; amasado de egoísmo y pusilanimidad, regateando con Dios y conmigo mismo, sopesándolo todo, vacilando hasta para dar un paso hacia el bien y, después de darlo, temiendo siempre haberlo dado mal; lleno de languidez y de inquietud; zarandeado continuamente entre las tentaciones de la imaginación y las de la vanidad, siempre descontento de mí mismo y sin saber destruir las causas de este descontento»…»

Esta severidad ocultaba una humildad real: convertido en un gran profesor de la Sorbona, un escritor respetado, un jefe de fila indiscutible de los católicos, el convocador de decenas de miles de jóvenes, no se separará nunca de este sentimiento profundamente sincero. Como tampoco conseguirá nunca embridar del todo su naturaleza viva y arrebatada: sus familiares conservaron por mucho tiempo el recuerdo de su impaciencia y de sus crispaciones. «Basta, basta, gruñía cuando le decían algo que le desagradaba, van ustedes a conseguir que me enfade.» Toda su vida no perderá ocasión de combatir con obstinación su irritabilidad; y cuando se le escapaba un movimiento de éstos, lo que era frecuente, se le veía confuso y trataba por todos los medios de corregirlo. Cosa que le era tanto más difícil cuanto que era inquieto e indeciso por naturaleza; le costaba trabajo disfrutar de la vida sin segundas intenciones, y un día que el abate Alfonso le hacía ver «todas las razones que tenía de ser feliz», respondió con voz baja: «Es verdad, pero precisamente porque soy demasiado feliz temo alguna desgracia inminente, siendo lo uno casi siempre precursor de lo otro…»

Trabajar como él lo hizo era en definitiva para él una manera de batir en brecha sus inclinaciones de las que sentía vergüenza y las quería borrar preocupado por la perfección. «Mi pequeño amigo, escribía a su joven hermano Carlos en 1842, hay que hacer que el corazón y el espíritu sean bastante enérgicos para no temer la soledad, para no abandonarse a las tentaciones de melancolía que no dejan de presentarse […]. Tú comienzas pues a saber, mi pobre amigo, lo duro que es el oficio de joven. En otro tiempo era la guerra, hoy son los exámenes. Pero seguro que hay temporadas de trabajo que valen lo que una campaña.»

En la vida cotidiana, Federico Ozanam no era con todo ese personaje crispado, colérico, austero, incluso aguafiestas y depresivo que se podría suponer si uno se atuviera a lo que precede; le gustaba reírse, no le faltaba el humor, y se dejaba llevar a veces por rasgos de humor que tenían algo de locuras. Así concluye para su madre el relato de la fiesta del Corpus de 1833: «Si yo contara que a las seis de la tarde veintidós individuos se reconfortaban alrededor de una mesa en Saint-Germain-en-Laye [.1. Bueno, si yo revelara que a media noche y cuarto o así, tres jovenzuelos llamaban a la puerta, que venían muy animados, las piernas cansadas y los zapatos cubiertos de polvo, y que uno de ellos de pelo castaño, nariz ancha, ojos grises, es muy conocido vuestro, así a la primera, ¿qué diríais vos, mi buena madrecita? Diríais: Oh, oh! esto me parece una loca aventura… o esto se parece a una bandada de estorninos.»

Estudiante en París, desembarca primero en una pensión de familia sin alma, más al alcance de la mano: su pequeña habitación no es fea, da al Jardín de las Plantas. Pero él está furioso: está lejos de todo y de todo el mundo, su «patrona tiene el aspecto de una astuta comadre» cuya habla y modales le han hecho «presumir que está muy atenta a la bolsa de los jóvenes», y «la compañía no es buena allí. Hay señoras y señoritas más bien vulgares, que se ríen a carcajadas, jugando a las cartas la mitad de la noche». En el mercado se burlan de él porque guarda abstinencia cuando los demás se atiborran: bueno, que no está contento!

Por suerte para él, un conocido lionés le presenta en casa del gran sabio Ampére, quien se presta a alquilarle la habitación de su hijo. Va a nacer una amistad real, volveremos más tarde sobre ello; entretanto, Federico es admitido en el círculo familiar, y cuente lo que cuente más tarde, no sufre verdaderamente soledad, aún cuando se retire discretamente el día de Navidad pensando en sus padres.

Algún tiempo después, alquila una pequeña habitación, donde almacena los dulces y el chocolate que le envía su madre, llevando sus cuentas perfectamente al día para su padre. Es muy normal que recrimine un poco, por ejemplo en su carta del 17 de enero de 1834: «Nos hallamos en pleno carnaval, y apenas me doy cuenta […]. Cuando uno está totalmente aislado, como yo, necesita ver de cuando en cuando a papás y a mamás. Por ello estoy bastante huraño en el rincón de mi fuego y con mis libros, y me preparo de una manera bastante triste a mi tercer examen para el que necesitaré, por cierto, consignar noventa francos a la Facultad. Porque la buena Facultad no nos distribuye gratis la leche de la ciencia: hace pagar caros sus meses de nodriza.»

Pero el buen humor se impone a menudo a la melancolía: «Soy bastante vividor, escribe a su primo Falconnet en 1834, no deseando otra cosa que la alegría. «No vayas a pensar, añade, que me paso la vida con calaveras!» No es nada extraño que unos veinte compañeros se amontonen en su casa para beber ponche y comer helados mientras arreglan el mundo. Y cuando no, se ponen a representar grandes charadas de sainetes, a montar números de marionetas o a hacer concursos de juegos de palabras.

No sin nostalgia por su vida de estudiante, tuvo que volver a Lyon en 1837, con el doctorado de derecho en el bolsillo. Su padre le quería abogado, él accedió, y se reintegró a la casa familiar. Se le devolvió una gran pieza llena de libros para convertirla en su gabinete de trabajo, pero él apenas recibió clientes: detestaba ese oficio y sólo pensaba en la preparación del doctorado en letras. Sin embargo, gracias a la intervención de varias de sus relaciones, figura como candidato en 1839 para obtener una cátedra de derecho comercial en la facultad de Lyon, que él prefería a un puesto de profesor de filosofía en Orleans, aunque prometido por el ministro (su antiguo maestro Victor Cousin), ya que le permitía quedarse cerca de su madre enferma. Es su nombramiento para esta función en junio de 1839 la que le va a permitir encontrar a su futura mujer.

Amelia Soulacroix, un nombre predestinado para Federico, era la hija del rector de la academia de Lyon. Como todas las jóvenes de su época, había recibido una educación doméstica, artística y religiosa irreprochable. Dulce y sonriente, aunque no muy bonita, era la compañera que convenía a Ozanam. Éste, después de muchas dudas, se había convencido de que el seminario sería para él un verdadero entierro, y que la soledad no era soportable.

Es verdad que él que había sido educado con dos hermanos desconfiaba de las «hijas de Eva» y temía el matrimonio, «las dulzuras de la vida doméstica», «el bienestar material o sentimental», «el egoísmo entre dos» y «esa perpetuidad del compromiso» que era para él «algo lleno de terror». Y no contento con quedarse ahí, insistía: «¿Habéis visto alguna vez, sin experimentar una especie de opresión en el corazón, el día siguiente a una boda? Estad seguros de que el hombre abdica gran parte de su dignidad el día en que se encadena al brazo de la mujer. Releed a san Pablo!»

Sea como sea, él también cayó en «la trampa» que denunciaba Lacordaire, siempre pronto a estimular a tiempo y a destiempo las vocaciones sacerdotales… «Experimento los síntomas precursores de un orden nuevo de sentimiento, notaba él, y me pongo a temblar52.» Amelia tenía en todo caso ante los ojos la inmensa ventaja de compartir sus convicciones y su pasión por la caridad; además, la entrega con la que cuidaba a un joven hermano enfermo le impresionó profundamente. Un día, escribirá sin embargo, siempre muy amante pero incorregible: «De verdad que no quiero ofender a nadie, no diré que en el saco del matrimonio hay nueve víboras por una anguila, pero creo que hay nueve palomas por una mujer. Son bonitas, dulces, se educan bien, cantan a veces, pero en esas graciosas cabecitas no hay apenas cerebro.»  Para Ozanam una esposa es ante todo una compañera de destino, un remedio a la soledad, una confidente de todos los instantes, una hermana en la oración.

El 23 de junio de 1841 a las diez de la mañana, un miércoles soleado, Federico y Amelia se casan en la iglesia Saint-Nizier de Lyon. La misa es celebrada por el abate Alfonso, la nave se encuentra llena de parientes, amigos, antiguos compañeros, colegas de San Vicente de Paúl. «En cuanto a mí, escribe unos días después, no sé ya dónde estaba. Contenía apenas gruesas pero deliciosas lágrimas, y sentía descender sobre mí la bendición divina con las palabras consagradas […]. Y después, al cabo de cinco días que llevamos juntos, qué calma, qué serenidad en esta alma que conocíais tan inquieta y tan ingeniosa para hacerse sufrir!»

«Me dejo ser feliz; no cuento ya los momentos, ni las horas. El correr del tiempo no existe ya para mí. ¿Qué me importa el porvenir? La felicidad en el presente, eso es la eternidad. Yo comprendo el cielo.  

En lo sucesivo, hasta el fin, Amelia estará estrechamente asociada a la vida íntima de su marido: sus alegrías, sus penas, sus trabajos, sus viajes. «Piadosa como un ángel y ya, ella me lo permite decir, tierna y afectuosa como una amiga», le cuesta sin embargo liberarse de la influencia de sus padres, que se aferran a ella después de la muerte de su hijo minusválido, y Ozanam echa pestes, obligado a quedarse solo en París demasiadas veces mientras que su mujer es retenida en Lyon.

Varios abortos no arreglan nada, y se instala la inquietud en el seno del hogar, pero de pronto todo se ilumina, y ahora es un Federico exultante de gozo quien anuncia a sus amigos, el 24 de julio de 1845, el nacimiento de una pequeña María que será su hija única: «Un favor nuevo ha llegado a hacerme experimentar la mayor alegría probablemente de aquí abajo», escribe a Foisset, amigo de Montalembert, el 7 de agosto, cuando se encuentra en plena sesión de examen en la Sorbona. «Soy padre! oh! señor, qué gran momento aquel en el que oí el primer grito de mi hija! […] con qué impaciencia vi llegar la hora de su bautizo! Le hemos dado el nombre de María, que era el de mi madre, y en memoria de la poderosa patrona a cuya intercesión atribuimos este feliz nacimiento.» Es verdad que habían rezado mucho y pedido intercesiones. Dicho lo cual, en la misma carta y siempre a su estilo, Federico no puede por menos de añadir, cuando su hija tiene quince días: «Estamos suspirando ya al pensar que quizás habrá que casar un día a nuestra pequeña María…»

Durante los ocho años que le quedan por vivir, no se le pasará nunca un aniversario ni una fiesta de familia. Daba mucha importancia a los pequeños gestos que fortalecen los sentimientos: «Domingo por la mañana, me levantaba muy triste, estaba sola, Fred había salido de madrugada para el retiro [pascual de 1842 en Nuestra Señora de París]», refiere su mujer. «Pero imaginad mi dulce sorpresa cuando al entrar en el salón, encontré en la mesa, rodeado de flores, un hermoso devocionario en piel y en la primera página unos versos encantadores de mi querido Federico. Esta atención me ha conmovido profundamente. «En julio de 1849, durante la enfermedad de su hija, dedica un poema conmovedor a su «angelito de la tierra» y pide a Dios que le devuelva «el aire puro del paraíso».

A lo que se ha de añadir su sentido de lo bello, su delicadeza y su atención por Amelia y por María iban a la par con la sobriedad y la indiferencia hacia los placeres de Epicuro: de verdad, «no se habría consolado si nos hubiéramos olvidado de la menor fiesta de familia, ha notado su mujer, […] y daba gran importancia a que, el domingo, los días de fiesta solemne de la Iglesia, los días de pequeñas reuniones de familia, hubiera algunos platos extra que le gustaba encargar o comprar él mismo». Pero «le era indiferente ir mal vestido, mal amueblado, era sobrio en extremo, la mayoría de las veces no sabía lo que comía». Para agradarle, bien poca cosa: «un ramillete de flores en su despacho le encantaba, así como un bonito grabado.

Cuando más enamorado estaba de Amelia, unas líneas extraídas de una carta que le dirigía el 10 de junio de 1841 le pintan de arriba abajo: «No vengo a ofreceros ni los encantos de un comercio amable, ni los prestigios de una fortuna brillante, ni el esplendor, ni el descanso ni nada de lo que seduce a la mayoría. […] Vengo a ofreceros la voluntad de un hombre, una voluntad recta y leal, la voluntad de ser bueno para que seáis feliz.»

Una última cosa, pintoresca, Amelia temblando de miedo en Lyon, Federico que vuelve hacia París después de presidir un jurado de examen; y tranquilizadora, pues hasta a los grandes espíritus les puede fallar la presciencia: «No se puede imaginar nada más extraño que los procedimientos por los que se llega a colocar una diligencia sobre raíles, y no lograría explicártelo de otro modo que de palabra. No existe tampoco nada más salvaje, más digno de un siglo de barbarie que estos ferrocarriles que no respetan [nada], que lo colman todo, lo perforan todo, y que van siempre a derecho, siempre negros!» Este «primer ensayo de transporte de las mensajerías por el ferrocarril», por otra parte en sus albores, fue también el último para él. Y a pesar de todo, Dios sabe que fue un gran viajero…

Visitó varias veces Francia, se dirigió con entusiasmo a Alemania, pero el país que gozaba de su preferencia, el que él adoraba, en el que la dicha de contemplar los paisajes se ensanchaba en exaltación intelectual, en plenitud espiritual, era Italia, tierra de su nacimiento.

La primera vez que se dirigió allí, tenía veinte años: toda la familia hizo el viaje, y según su hermano, ese periodo de dos meses fue para Federico el más señalado de su vida. Milán. Loretto, Ancona, Roma, Florencia, Siena fueron sucesivamente las etapas de un periplo que permitió a Ozanam volver a encontrarse con sus raíces y abrirse a una civilización fascinante.

Fue en Florencia donde se apasionó por Dante, cuya obra ejercerá tanta influencia sobre él. En Roma, vio al papa por primera vez, en Loretto rezó mucho, en Milán, vio su casa natal y la iglesia de su bautizo. En una palabra, cuando regresó, estaba lleno de «un nuevo ardor para sus obras de celo, como para sus estudios, que quería que sirvieran para la gloria de la santa Iglesia y la salvación de las almas».

Volverá cuatro veces a Italia: en setiembre de 1841, recién casado, decidirá ir allí, para hacérsela descubrir a Amelia, pero también para completar la cura de sus dolores de garganta y, sobre todo, para trabajar. El 23, se encontraban en Nápoles,y Federico se encendía por la ciudad y sus vestigios medievales: «Qué enérgico ímpetu de fe, de valor, de genio6  !» En octubre, visitaba Sicilia donde, a pesar de los inconvenientes de un viaje caótico por un país minado (sic) por la inseguridad, pobre en hoteles de calidad y surcado de rutas imposibles, le pareció penetrar en el misterio de la «Italia de siempre». Templos griegos palacios moriscos, construcciones romanas en basílicas normandas, pinturas del cristianismo medieval de religiosidad contemporánea, nada escapó a su vista ni a su pluma: «Y al sentarse en medio de las ruinas de Siracusa», escribe a sus padres políticos el 3 de noviembre, siente uno agitarse toda la historia »  

Enfermo otra vez en 1846, consigue del ministro una misión científica y literaria que le permite que publicará en 1850. Esta vez es volver a su país predilecto para cuidar su salud y trabajar en un Rapport sur les écoles en Italie aux temps des barbares sobre todo Roma la que le detiene primero; pero ¿cómo no mencionar su larga permanencia en Assis? Allí descubrió la figura de san Francisco, que le impresionó profundamente. Y se trajo sus estudios y sus meditaciones de los Fioretti que incluirá en un librito sobre los poetas franciscanos.

En 1853 por fin, pasó varios meses en Pisa y no volvió a Francia más que para morir allí. Ah! Italia, exclamaba un día, «ese país bello y engañador…» La veía «deslucida por los relatos de innumerables turistas, desfigurada y corrompida por el contacto de los extranjeros, despojada de muchos de sus monumentos por las guerras de las que ha sido teatro, y por el mal gusto del que ha sido la escuela». Fuera del papa y las procesiones, su Italia se detenía en el Renacimiento.

Es algo así como ve Alemania, adonde se dirige en 1840. «Me encontraba pues en esta tierra clásica del catolicismo alemán, escribe el 14 de octubre a un amigo, tierra de maravillosas leyendas […], tierra de ilustres recuerdos y de virtudes heroicas» donde, lamentablemente, «los comercios abiertos casi en su totalidad los domingos […] dan fe de una inconsecuencia de carácter, o de una insuficiencia de instrucción» deplorables!

El viaje fue breve, consagrado por entero a la arquitectura medieval: bien poca cosa por cierto para un joven agregado encargado de comenzar un curso sobre la literatura alemana en la Edad Media. Para dirigirse más allá del Rin, Federico había atravesado Bélgica todavía radiante por su reciente independencia; había admirado su dinamismo cristiano, pero sobre todo la había encontrado «comerciante», lo cual no era ningún cumplido en su boca.

De Inglaterra, donde pasó algunos días en agosto de 1851, le quedó un recuerdo peor todavía: le habían machacado tanto sobre la patria de Shakespeare que aceptó de mal grado hacer una escapada desde Dieppe, donde trataba de recuperar fuerzas. Con su mujer, su hija y su amigo Ampére, se embarcó para Dover, luego Londres.. Llegó en el momento de la Exposición universal, y este derroche de riquezas en el cuadro lujoso de Crystal Palace le desagradó, Además, si bien admiraba el sistema político británico, no le gustaban mucho los Ingleses, y quedó horrorizado tanto por la espantosa miseria que descubría a cada paso en Londres como por la arrogancia de los aristócratas hacia los pobres.

La catedral de San Pablo le pareció siniestra, Westminster completamente corrompida por el protestantismo, y tan sólo Oxford, donde pasó algunas horas, halló gracia a sus ojos. Por encontrarse allí «una paz profunda, una ciudad del siglo XV y XVI, toda en pie, con sus grandes colegios que han conservado la arquitectura gótica o la del renacimiento. Se puede caminar por sus claustros, por sus hermosos jardines, sin que nada venga a sugerir el paso del tiempo».

Sin duda alguna, estas pocas líneas dan la clave de todos sus viajes. Un último país que deseó visitar, cuando ya le abandonaban las fuerzas, era España. Allá se dirigió en dos ocasiones desde Biarritz, donde trató de curarse, en octubre de 1852. Soñaba con hacer la peregrinación a Santiago de Compostela, pero su salud no se lo permitía ya. Debió contentarse con Burgos, que está más a tiro. Pero los tres días que pasó allá le habían hecho ver trescientos años de historia, y esto es lo que buscaba. Logró incluso sacar un librito a propósito que concluyó unos días antes e su muerte, Pélerinage au pays du Cid, en el que evocaba con inspiración y poesía un país apenas entrevisto. Me siento feliz por haber podido hacer esta peregrinación», escribía el 23 de noviembre. «Yo había dedicado mis espacios libres del otoño a estudiar un poco la España de la Edad Media; pero no puedo representarme un país que no he visto.»

Por fin queda Francia, por la que viajó finalmente bastante poco: la Grande-Chartreuse en 1835, el valle del Isére en 1841, a guisa de viaje de bodas, pero para tomar las aguas en Allevard, la Bretaña y Dieppe en 1851, para descansar, las Eaux-Bonnes para curar una pleuresía en 1852; ese mismo año, la cuna de san Vicente de Paúl y Nuestra Señora de Buglose en las Landas, luego la ruta de Marsella a Génova en enero de 1853.

De estas pocas peregrinaciones por Francia le quedarán sobre todo los recuerdos del monasterio de la Grande-Chartreuse, de la casa natal de san Vicente de Paúl y los perdones de Bretaña. Ya que antes que viajero, Federico Ozanam el «judío errante», como él mismo se intitulaba, era un creyente.

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