LOS AÑOS DE JUVENTUD
Pocas veces la vida de un hombre habrá estado tan señalada por la influencia de sus padres y por la precocidad de su inteligencia. Criado en una familia sin gran riqueza material, por un padre de fuerte personalidad, y una madre de gran piedad, dotado de una vasta cultura desde la adolescencia, en la madurez a los diecisiete años, el joven Federico conservará una verdadera nostalgia de su juventud. Sus orígenes familiares se salían un poco de lo común, sus padres se entendían de maravilla, adoraba a sus dos hermanos, se apasionaba por los estudios y se reía mucho: toda esta felicidad le dejará hermosos recuerdos. En una oración que redactó en abril de 1853, escribía: «Dios mío, el primer favor que me hicisteis es haberme dado unos padres así. Habéis hecho algo más, al otorgarles el secreto de educar bien a sus hijos. En medio de sus fatigas, ¿podrá alguien acusar a mi padre de descuidar nuestros estudios? Y a mi madre, ¿le faltó alguna vez la paciencia, la dulzura dentro de la firmeza? No perdía nunca las riendas, y con todo no sentíamos el peso de su mano, Si un día mi hija educa a hijos, le recomiendo esta conducta: de esta forma es como se llega a inspirar sentimientos generosos, se dan alas al espíritu, y se le habitúa a inclinarse al bien por un impulso del que se siente orgulloso'».
LA FAMILIA OZANAM
«A mi padre le gustaban las ciencias, el arte, el trabajo», decía Federico; «nos inspiraba el gusto por lo grande y por lo bello. Era también de fuerte personalidad que dejó una impronta profunda en sus tres hijos.
Juan Antonio Ozanam había nacido el 19 de julio de 1773 en Bourg, cerca de Lion, en la Bresse. Su padre, Benedicto (1729-1800), era magistrado: notario real (es decir juez de primera instancia) en los Dombes en 1756, ocupó diversos cargos en la región y llego a ser gentilhombre. Casado en 1762 con una joven de la baja aristocracia local, llegó a ser notable de categoría y consejero tenido en mucho por sus conciudadanos.
En 1793, el Terror le despojó de todo y le metió en la cárcel, pero pudo librarse del cadalso y recuperar una responsabilidad administrativa. Su mujer, Elisabeth, tan bajita y vivaz como alto y afable era él, se hacía estimar de todos y ejerció una gran influencia sobre su hijo Juan Antonio.
Éste entró en el colegio de Bourg en 1784, luego, después del curso de retórica, partió para estudiar la filosofía en Lion. En 1792, comenzó su formación de cobrador del registro, sin llegar a ocupar el puesto que había logrado: los sobresaltos de la Revolución y la guerra que estallaba le obligaron a tomar las armas.
En primer lugar movilizado allí mismo, entra en 1794 en el primer regimiento de húsares y sale para el Delfinado, no sin tratar, con terrible inconsciencia, de hacer liberar a su padre penetrando, con las armas en la mano, en la sala del tribunal revolucionario. La muerte de Robespierre los salva a los dos, y el joven húsar sale de campaña. Su carrera militar va durar cinco años, y llegará a conocer la mayor parte de los campos de batalla de Italia. Subteniente en 1795, se distingue en Mondovi, en Rivoli y en el paso del Tagliamento tras el cual Bonaparte lo condecora.
Pero se cansa de esta vida militar, y el deseo de crearse una posición le acucia. Además, sueña con la medicina: su padre quería hacer de él un magistrado, y él había renunciado con tristeza a esta vocación. Un cúmulo de circunstancias le va a permitir volver sobre sus pasos: liberado en 1799, comienza por instalarse en Lyon para hacer comercio. No es lo que se dice un acierto, y ha de explorar rápidamente otros caminos.
Se casó en 1800, algún tiempo antes de la muerte de su padre, tiene dos hijos, su madre acaba de desaparecer a su vez: todo le empuja a intentar una nueva aventura.
Comienza por marcharse a Milán con su familia y una criada. Allí se encuentra con un cirujano lionés quien le presenta a unos profesores de medicina. Juan Antonio Ozanam toma entonces sus libros y, con más de treinta años, comienza sus estudios de medicina. Su trabajo tenaz se verá recompensado en diciembre de 1810 con el diploma de doctor en medicina por la universidad de Pavía: ya puede ejercer, no sin abandonar sus investigaciones. Hasta el final de su vida, no dejará de publicar trabajos y artículos sobre la medicina, la química, la historia, la religión.
Su hijo Federico se sentía particularmente orgulloso de todos estos trabajos paternos de los que, es preciso decirlo, no queda nada de importancia hoy. Condecorado por su acción incansable entre los millares de heridos repatriados hacia Milán en 1814, decide volver a Francia después de la ocupación de la Lombardía por los Austriacos. Llegado a Lyon en 1816 con su mujer y sus cinco hijos, entre los que se cuenta Antonio Federico, nacido en 1813, el doctor Ozanam es nombrado médico en el Hospital General. Este puesto, que ocupó durante quince años, no le impidió proseguir incansablemente sus trabajos y, sobre todo, ejercitar una caridad que dejará un sello indeleble en el alma de su hijo: «Cómo extrañarse», escribe Alfonso Ozanam en la biografía de su hermano, «de la especie de culto que Federico tributaba a su padre; de la estima que tenía por su ciencia y sus talentos; del amor tan tierno de que le rodeaba! Esta vida tan laboriosa de la que había sido testigo iba a convertirse en el modelo de la suya.»
A menudo, cuidaba de los pobres gratuitamente y hasta les ayudaba con su propio dinero. Nunca faltaba a misa: como miembro de la cofradía del Santísimo Sacramento, nunca se perdía una procesión, leía la Biblia, algo relativamente raro por aquella época, y dirigía cada noche la oración de su pequeña familia (de sus catorce hijos sólo habían sobrevivido tres niños). En estas condiciones, nada tiene de extraño que Alfonso fuera sacerdote, Federico católico comprometido, y Carlos médico…
Cuando su padre murió, el 12 de mayo de 1837, de una caída estúpida en la casa de un indigente, Federico escribió a su amigo Ampére: «Los que no lo han experimentado no pueden decir qué vacío produce la privación de un solo hombre, cuando lo rodeaba tanto respeto y tanto amor, […] cuando él era con toda verdad entre los suyos la presencia visible de la Divinidad.»
A la muerte de su marido, María Ozanam tenía cincuenta y cinco años. Nacida en
Lyon el 15 de julio de 1782, era hija de un comerciante de sedas que fue administrador del Hospital General de Lyon antes de la Revolución, luego capitán de la guardia nacional, Mateo Nantas. Cuando iba a ser nombrado juez de la ciudad, el Terror le empujó a tomar las armas contra el poder central. Pero el ejército de la República puso sitio a la ciudad, y cuando Lyon cayó, Nantas y su hijo Juan Bautista fueron arrestados inmediatamente.
Sólo una evasión permitió al padre de María Ozanam escapar de la muerte: su mujer y su hija lograron unirse a él en Suiza, mientras que el pobre Juan Bautista fue pasado por las armas con varias decenas de compañeros suyos. Contaba diecinueve años. Los Nantas regresaron a Lyon en 1795, y el padre de María pudo reanudar el curso de sus asuntos. Su hija, afectada por el recuerdo de los cañonazos, de las masacres, del miedo, seguía triste e inquieta. La educación que le dio su madre, austera y sin alegría, no arregló apenas las cosas, y conoció toda su vida los tormentos de la angustia.
Después de su matrimonio con Antonio Ozanam, a los dieciocho años, se consagró a su vida interior y a sus hijos. Tuvo la desgracia de perder a once, entre ellos a su hija mayor Elisa, muerta a los dieciocho años de una meningitis fulminante y cuyo recuerdo permaneció vivo en la familia.
Conservaba el recurso de la religión: como todas las mujeres de su generación, había adquirido la experiencia de las persecuciones, del odio, de la traición, de la violencia ciega. Era evidente que educaría a sus hijos en el respeto absoluto a los preceptos de la religión y en la compasión por los pobres y los enfermos. Ella los rodeó también de una solicitud a toda prueba, hasta en la edad adulta. Federico, que padecía de ansiedad, disfrutaba con ello. «Mi buena madre, le escribía de París, tengo que agradeceros en primer lugar los buenos consejos de todo género que tenéis a bien darme.[…] Qué buena sois al preocuparos por mis tardes de domingo.[…] Oh! os aseguro que os echo mucho en falta, sobre todo en esos momentos […]. Ya se acerca Navidad: pediré por vos, vos pediréis por mí, querida madre. Dios nos escuchará a los dos.» Pero la solicitud materna podía hacerse pesada: «Os quejáis, pobre mamá, de que vuestro hijo os abandona, de que ya no tiene con vos aquellas conversaciones cordiales, aquellos momentos de sinceridad de otro tiempo, de que ya no os hable de lo que hace ni de lo que siente: os limitáis a ‘imaginaros’ que tenéis un hijo, y no tenéis otra prueba de su existencia que el dinero que se ha de pagar por él todos los meses’.»
El estilo ampuloso de la época no logra enmascarar la irritación… Aunque los verdaderos sentimientos de Federico se expresen sin ambigüedad en el momento de la muerte de su madre: «¡Qué pérdida para .los intereses religiosos de mi alma! Dulces exhortaciones, poderosos ejemplos; fervor que calentaba mi tibio corazón, ánimos que levantaban mis fuerzas! Y también era ella cuyas primeras enseñanzas me habían dado la fe, ella que era para mí como una imagen viva de la santa Iglesia, madre nuestra también, ella que me parecía la más perfecta expresión de la Providencia. Por ello creo sentirme poco más o menos como los discípulos debían estar después de la Ascensión del Salvador: estoy como si la Divinidad se hubiera apartado de mí.»
La pérdida de su marido había alterado la salud de María: a menudo, ella lloraba a su «pobre Oza», y exclamaba: «Dios mío, ¡Qué desdichada soy!» Luego corregía: «Sin embargo, cómo os bendigo por haberme dado tan buenos hijos!» Ella continuaba ocupándose de sus buenas obras, en especial de las «veladoras», enfermeras voluntarias en favor de los pobres de cuya instrucción se encargaba. Pero su corazón le falló, y se apagó después de una breve agonía el 14 de octubre de 1839.
En dos años, Federico Ozanam había perdido a su padre y a su madre. Sabía lo que les debía, y nunca dejó de rendirles homenaje sincero: «Mi padre no os era conocido», escribía a un amigo, «pero vos me conocéis, a mí, su hijo: y si alguna vez vuestra benevolencia encontró en mí algo que no os agradó, de él me llegaba, de sus consejos, de sus ejemplos». Y exclamó: «Dichoso el hombre a quien Dios da una madre santa!». FEDERICO
Fue el 23 de abril de 1813 cuando vino al mundo en vía San Pietro en el Orto, Milán, Antonio Federico, quinto hijo del doctor Ozanam, y de María Nantas. Sólo sobrevivían entonces Elisa, nacida en 1801, y Alfonso, de nueve años, que será el biógrafo de su hermano. Federico, quien sólo conservará el segundo nombre, era un niño enfermizo cuya fragilidad producía inquietudes a sus padres. Sin embargo, era muy vivaz, y habló muy temprano: su hermana le enseñó fábulas de Fontaine, y consiguió hermosos éxitos familiares recitándolas con gracia y convicción.
Desde sus primeros años, vivió bañado en una profunda religiosidad, y su sensibilidad a flor de piel le hacía derramar lágrimas por los sufrimientos de los niños más desgraciados que él o por los enfermos de su padre. Él mismo sufrió a los seis años un acceso de tifus muy grave: durante varios días estuvo entre la vida y la muerte, al cuidado de dos médicos llamados por su padre, que no se atrevía a curarle en persona. Remedios y oraciones se sucedían sin gran esperanza, después el delirio cesó y Federico pidió… cerveza! Le dieron de beber y la enfermedad remitió. Su convalecencia fue muy larga pero, al cabo de algunos meses, se encontró con una salud perfecta. Durante cerca de treinta años, no iba a conocer más la menor molestia física, lo que le permitió trabajar sin descanso.
Una vez que le fue posible, emprendió, bajo la dirección de su padre y de su hermano mayor, el estudio de la geografía, de la historia sagrada, del latín y de la geometría. El doctor Ozanam soñaba para él con la cerrera de magistrado, como su propio padre, o, mejor todavía, de matemático, como el antepasado Santiago.
Éste era el orgullo de la familia. Nacido en 1640 en la Bresse, procedente de una rica línea quizás de origen judío, algo de lo que Federico se sentía orgulloso, el tataratío abuelo Santiago Ozanam fue un célebre sabio. Destinado por su padre al estado eclesiástico, sentía mucho más interés por las matemáticas. La teología no le retuvo mucho tiempo, si bien su piedad no ofrecía ninguna duda: a los veinte años pudo elegir, y dejó el seminario al momento.
Llegado a Lyon para dar clases, le cupo pronto en suerte poder marcharse a París con el fin de consagrarse por entero a las ciencias. Gracias a la protección del canciller de Aguesseau, obtuvo una cátedra en la universidad y, desde ese momento, multiplicó los trabajos de investigación y las obras de vulgarización.
En 1701, fue nombrado a la Academia real de las Ciencias, lo que obligó a decir a Fontenelle que la noble asamblea consideraba «una gloria poseerle».
Federico admiraba a este sabio y piadoso matemático que no dudaba en citar la Escritura para reforzar sus demostraciones, en diseminar por todos sus libros amplios extractos de los poemas de Virgilio, ni en apelar a los Padres de la Iglesia como recurso…
Después de su muerte, acaecida en 1717, los numerosos volúmenes escritos por Santiago Ozanam fueron reeditados varias veces, y, durante el periodo revolucionario, su nombre apareció en almanaques de «grandes hombres de la nación» al lado de Bayard, Gastón de Foix, Bossuet, Racine o Vauban.
El señor Bélidor, censor real, ¿no escribía a modo de prefacio, en la edición de 1748 del «Dictionnaire de mathématiques», que las obras de Ozanam habían «servido hasta ahora de escuela a casi todos aquellos que se aplicaron a las matemáticas desde que fueron tenidas en Europa como la base de todas las ciencias»?
En 1823, entró en el Colegio real de Lyon que dirigía por entonces el abate Rousseau y que tenía por alumnos a los hijos de familia más dotados de la región. El joven Ozanam no era por supuesto el más rico, él que escribía en 1836: «Ardo en deseos de dar gracias a Dios por haberme hecho nacer en una de esas posiciones entre la necesidad y el desahogo, que habitúan a las privaciones sin permitir en absoluto ignorar los deleites rico, él que escribía en 1836: «tengo deseos de dar gracias a Dios por haberme hecho nacer en una de esas posiciones entre la necesidad y el desahogo, que acostumbran a las privaciones sin permitir en absoluto olvidar los deleites; donde no se puede dormir en la saciedad de todos los deseos, sino que tampoco se siente uno distraído por los cuidados continuos de la necesidad.»
El niño delgado de cara fina, inteligente, de frente rugosa por la reflexión, se encontró inmediatamente entre los mejores: dada su fragilidad física, había que frenar su ardor, y él impresionaba a sus profesores por su precisión, la concisión de su estilo, la claridad de sus análisis unida a la sobriedad de sus palabras.
Sobresalía particularmente en los trabajos de síntesis y en las versiones latinas; Virgilio era de su preferencia, como un eco lejano de los libros del abuelo-tío Santiago. Pero ya escribía frases reveladoras. De esta forma resumía a los trece años una predicación escuchada en el colegio: «Jóvenes cristianos, volveréis al Señor. Si os preparáis a ser toda vuestra vida buenos cristianos, entonces os dispondréis a ser buenos ciudadanos, y a conduciros honrosamente en todas las carreras a las que seréis llamados».
La religión y el patriotismo estaban a menudo en el meollo de sus ejercicios literarios preferidos, y el martirio de la familia real en 1793 le conmovía. Llegará incluso a imaginar lo que habría podido escribir María Antonieta en latín a su cuñada Madame Elisabeth: «Querida hermana, […] voy hacia el triunfo donde me ha precedido mi esposo, poco ha desdichado rey en esta tierra, hoy feliz elegido del cielo […] Pero algo me desgarra el corazón: y es verme forzada a abandonar así a mi hijo y a mi hija. […] Enseñadles a amar la virtud; otras, ¡ay! les habrán enseñado a sufrir los mayores males. […] Que tengan ante todo sus miradas elevadas hacia Cristo, quien, al morir, pidió perdón a su Padre por sus verdugos…»
Si se examinan sus deberes de escolar y sus poemas de adolescente, se puede preguntar si Ozanam tuvo una juventud. Ciertamente, escribirá uno de sus descendientes, estaba lejos de ser el «fósil polvoriento» de imagen «floja, llorona, beata y un poco almibarada de una escayola sulpiciana» que trasmitieron sus hagiógrafos. Le gustaba reirse, montaba farsas y adoraba las tardes en familia en las que con su hermano mayor y su primo Falconnet, jugaba durante horas a la gallinita ciega, dejando el juego sólo para humedecer los labios en un vaso de vino blanco y degustar unas castañas. Pero lo serio de sus preocupaciones y su sed de aprender le devolvían pronto a su mesa de trabajo y a sus reflexiones.
«Desde la más tierna edad «, escribe su hermano», «una educación eminentemente cristiana» había hecho «penetrar profundamente en el corazón de Ozanam la apreciación de la vanidad de los bienes de este mundo». En una oda latina de 1826 justamente titulada De vitae brevitate, Federico celebraba «el destino inexorable», la «desgracia del hombre» que «acaba y muere cuando apenas ha comenzado a vivir […]: Creedlo, mis queridos amigos, creedlo; el tiempo posee alas para echarse a volar y huir; no tardará mucho en arrebatarnos con él».
Apenas le gustaban los románticos y se complacía en la literatura antigua; pero los primeros ensayos de pluma, con su grandilocuencia impresionante y su ingenuidad verbosa, eran propias de su tiempo… Mientras componía cantidades de poemas latinos del mismo género y algunas series de piezas en verso francés, al estilo de la época, Ozanam proseguía una escolaridad sólida y, después de un brillante curso de retórica coronado, como los precedentes, de numerosos premios, aprobó el bachillerato de letras en 1829.
«Me gusta mucho recordar todo lo que sé de mi vida, desde mi infancia», escribía a su madre en 1834. «El colegio juega en ella un papel divertido»: se acuerda de los juegos, de los paseos, de las «serias partidas de ajedrez». A lo que añade «de vuestras dulces palabras, cuando yo trabajaba en la mesa a vuestro lado y os consultaba sobre mis temas; cuando yo me hallaba en sexto, y os leía mis discursos franceses cuando estaba en retórica. Los consejos y a veces las reprensiones benévolas de papá, las largas correrías hechas con él, sus cuentos que yo escuchaba con tanto placer…»
Siendo todavía bachiller Federico, había que pensar en una carrera: descartadas las matemáticas, «deseo hacer de él un abogado, o mejor un consejero, un juez en alguna corte real», decía el padre a su hijo mayor Alfonso. «Posee sentimientos delicados, puros y generosos, y será un magistrado esclarecido e íntegro.» Se decidió pues que el joven estudiaría la práctica de la abogacía con un procurador oficial, luego iría a hacer su derecho a París.
Lo menos que se puede decir es que Federico sentía escaso entusiasmo: la filosofía, las bellas letras, la apología y la defensa del catolicismo, eso era lo que le apasionaba. El derecho no! Pero a nadie le cabía en la cabeza que pudiera oponerse a la voluntad paterna, y entró dócilmente como pasante en un gran estudio lionés. El doctor Ozanam no era sin embargo tonto, y comprendió que debía tener en cuenta los verdaderos deseos de su hijo. Por ello le costeó unas clases de alemán, que revelaron a Federico un universo apasionante y que iba a contar mucho en la continuación de su carrera y le animó a participar en las justas intelectuales que enfrentaban a cristianos y volterianos por los años de 1829-1830.
Insistiremos más adelante sobre la formación religiosa del joven Ozanam. Pero desde su adolescencia, se había formado el proyecto de una obra monumental intitulada audazmente «La demostración de la religión católica por la antigüedad de las creencias históricas, religiosas y morales», nada menos. Y, en medio de las copias fastidiosas de interminables e insípidos documentos jurídicos, no cesaba de pensar en ello. Cuando se le presentaba la ocasión, consultaba a su hermano mayor, sacerdote hacía poco, y le sometía los resultados de sus reflexiones. Un poco alarmado, Alfonso intentaba canalizar esta inteligencia ubérrima y convencerla, sin gran resultado por lo demás, de que redujera sus intentos sobre «el progreso por el cristianismo» a dimensiones más razonables.
Siempre se trataba «del inmenso edificio que se proponía construir encerraba de alguna manera el resumen de todos sus trabajos, y el pensamiento madre que no cesó de cultivar durante toda su vida».
El domingo 4 de setiembre de 1831, «al salir de la misa parroquial» («aquí estoy solo en mi choza. Y qué hacer en una choza como no sea pensar?», lo que no es un mal verso…), aborda su «tema favorito»: esta obra hacia la cual, según sus propias palabras, convergen todos sus pensamientos, todos sus proyectos, todos sus sueños. «Desde que reflexiono sobre la suerte de la humanidad, una idea principal me ha llamado siempre la atención […]: el presente, que viene del pasado, contiene el porvenir.» Aplicando esta fórmula a la religión, concluye con toda naturalidad: «Luego esta cuestión de derecho -¿Cuál es el porvenir religioso de la humanidad? se desarrolla, se ilumina, y da lugar a esta pregunta de hecho: ¿Cuál fue la religión primitiva?» Con lucidez, prosigue él: «Aquí es preciso armarse de valor y de resolución para inmensos estudios: porque fijaos que vamos a dar la vuelta al mundo.»
Se propone entonces construir una hierografía, descripción de todas las religiones antiguas y salvajes; luego una simbólica, determinación de su genealogía, de sus parentescos y de su descendencia; por fin una hermenéutica, es decir «las causas de esta innumerable variedad» y «el elemento primitivo, universal: el cristianismo». Confundiéndose el todo en una mitología que, elaborada así en un orden analítico y racional, llegada a su término, puede presentarse bajo la forma de síntesis o de historia».
No puede ocultar su entusiasmo ante el trabajo que le aguarda: «Magnífica trilogía, a donde vendrían a encontrar su origen el cristianismo, su doctrina, su establecimiento, o, […] el laborioso alumbramiento de la humanidad, la exposición de la ley que debe regirla, y sus primeros pasos en esta ley divina». Cuando Federico escribe esta carta, ya ha publicado algunos artículos en los cuales aparece lo esencial de sus ideas. Animado por uno de sus antiguos profesores del colegio real, Urbano Legeay, y por el abate Noirot, de quien volveremos a hablar, colaboraba en un pequeño mensual literario lionés, L’Abeille frangaise. Desde 1829, propuso temas de poesía o de filosofía.
Sin duda alguna, estos textos son desiguales, pero son reveladores de una brillante inteligencia en gestación, y de un pensamiento estructurado, dado que su autor no tiene dieciocho años…
Sin embargo, no resulta inútil volver a colocar los primeros trabajos de Ozanam en su contexto. El último año de la Restauración parece crepuscular, y toda la sociedad francesa está agitada de sobresaltos. El rey Carlos X, anciano rígido, pagado de sí mismo y nostálgico de la monarquía absoluta, pierde poco a poco el control del país sin ver venir ni por asomos la crisis decisiva.
La opinión más extendida por el país, excepto claro está entre los legitimistas revanchistas, no deja ningún lugar a la ambigüedad: los Borbones han llegado en los furgones del extranjero. Claro que en 1814 todo el mundo aspira a la paz después de la entusiasta pero catastrófica epopeya napoleónica, y nadie siente disgusto al cerrar definitivamente la página sangrienta de la Revolución, sobre todo bajo el cayado tranquilizador del buenazo de Luis XVIII. A este respecto, el otorgamiento de una carta al país, el apoyo a la Legión de honor, la continuidad pronto expresada con el régimen precedente, la apertura tolerada a las ideas nuevas, la discreción de las tropas de ocupación, todo contribuye a tranquilizar los espíritus.
Pero apenas unos meses más tarde, el Pequeño Cabo, el Emperador a quien todos temen terriblemente y admiran descaradamente, vuelve a Francia para una loca aventura. Los Cien Días van a quebrar el frágil consenso, la especie de paz armada, de cohesión resignada que se habían instalado en el seno de la nación. Y después del regreso del rey a París, el contexto es muy distinto: los aliados endurecen su posición, monárquicos enrabietados se lanzan al Terror blanco de siniestro recuerdo, la Carta queda suspendida, el Antiguo Régimen restablecido como si nada hubiera ocurrido desde 1789…
Por suerte, la personalidad pacífica de Luis XVIII, la habilidad con la que se sirve de sus achaques para hacerse querer, su convicción de que él es el rey de todos los Franceses, en una palabra su inteligencia, van a limar poco a poco las asperezas y restablecer la calma.
Por desgracia, muere en 1824, y, por un lamentable concurso de circunstancias, es su hermano el duque de Artois quien le sucede. Es viejo, limitado, mal aconsejado, y su buen natural, así como su entrega sincera al país, no pueden compensar su total incapacidad de comprender a su tiempo. Cuando se sabe que una de sus primeras y grandes decisiones, en 1825, es la de coronarse en Reims, se llegará a medir el desfase entre Carlos X y su época. Para convencerse de ello, basta con escuchar la carga paródica de Rossini, el compositor lírico más célebre de la época, en Le Voyage á Reims…
En un país que siente confusamente que se prepara un mundo nuevo, los últimos años de la Restauración van a ser caóticos. Como lo dice Didier Ozanam en una evocación de su antepasado: «A nosotros, hombres del siglo XX, nos parece que la historia ha sufrido un acelerón y que asistimos a trastornos inauditos». Pero por extraño que nos parezca, y guardada toda proporción, muchos contemporáneos de Ozanam tenían también el sentimiento de vivir una época excepcional. De la Revolución de 1789, de las guerras del Imperio, Europa y sobre todo Francia habían salido convulsionadas. Y no se trataba de descansar un poco; ya se perfilaban, para los ojos espabilados, otras y temibles perspectivas: la revolución industrial —la de las máquinas, de los suburbios de la miseria- y la revolución social que iba a desembocar en una serie de revueltas y de desórdenes, como consecuencia de no haber sido encarada con un espíritu de justicia.»
A todo ello se ha de añadir un debate de ideas extremadamente virulento: por un lado, los liberales «volterianos», herederos de los libertinos del siglo XVIII y del espíritu de la Ilustración, decididos a mandar otra vez a las mazmorras de la historia a la monarquía y a la religión; por otro, los católicos legitimistas, empeñados en volver a 1788 y en olvidar hasta el recuerdo de la «Gran Revolución».
Y en medio, en torno a algunos pensadores aislados, jóvenes católicos en busca de una tercera vía que reconciliara la tradición del pasado cristiano, las conquistas de 1789 y la apertura al mundo nuevo. Sin duda alguna, Federico era de éstos: «Siento que el pasado se derrumba», escribía en 1831, «que las bases del viejo edificio se han conmovido y que una sacudida terrible ha cambiado la faz de la tierra». Un poco más tarde, añadía: «Valor es cierto que necesitamos para la época en que vivimos, y más todavía para la que vamos a vivir, todos los espíritus cultos anuncian que hemos llegado a un periodo de catástrofes y de divisiones universales». Entonces, es preciso abandonarse a la Providencia y trabajar en el servicio de Dios, de la Iglesia y de los hombres en el mundo tal como es.
Además de L’Abeille, donde él afina su pluma y su pensamiento, Ozanam apunta para sí cantidad de reflexiones y devora cuantos antiguos papelorios le parecen interesantes: no es nada raro ver a este pequeño adolescente miope de cabellera «merovingia», como le denominó un testigo, salir de su estudio de magistrado con un libro en la mano y marchar sin rumbo chocando con todo a su paso, del todo absorto en su lectura.
Hacia finales del año 1830, los utopistas sansimonianos, antepasados lejanos de los marxistas del siglo XX, enviaron a Lyon a algunos de sus mejores prosélitos. Éstos organizaron reuniones públicas, difundieron las obras de su fundador, entre ellas Le Nouveau Christianisme, y publicaron numerosos artículos en la prensa local. No consiguieron ningún éxito formidable, pero Federico no dejó pasar la ocasión de exponer más ampliamente su pensamiento frente a adversarios dignos de él.
Dos o tres estudios aparecidos en Le Précurseur le sirvieron de esquema para un folleto de cien páginas que mandó imprimir en abril de 1831: Réflexions sur la doctrine de Saint-Simon. Comienza por denunciar en él la visión sansimoniana de un cristianismo obsoleto, «que absorbe todas las facultades del hombre en la contemplación de misterios trasnochados y de un culto ridículo». Para él, por el contrario, la ciencia y el progreso deben sus mayores éxitos, a través de los siglos, a los sabios creyentes. Además, advierte, lejos de periclitar, como pretenden los sansimonianos, el catolicismo no hace más que crecer en todo el mundo.
Luego se encara con la «Iglesia» sansimoniana misma, especie de «panteísmo» estéril salido de un revoltijo de «deshechos amontonados de esas concepciones helénicas en las que se entremezclan» elementos «trasnochados, incoherentes, modificados según las exigencias de la época». Con pluma acerada, concluye sobre la doctrina sansimoniana: «La historia la desmiente, la conciencia de la humanidad la reprueba, el sentido común rechaza sus dogmas; su revelación es una fábula, su novedad es una decepción».
Federico recibió muchos elogios después de la publicación de su texto. No se puede negar que su celo y su entusiasmo eran a veces más convincentes que su lógica, pero tampoco es menos cierto que, en este pequeño folleto, había echado el germen que debía ocupar toda su vida.» Ni el gran Lamartine que felicitó con calor a este joven desconocido, ni Lamennais, que hizo aparecer una crítica halagadora en L’Avenir, se equivocaron: habría que contar un día con Ozanam.
Unos meses antes, el 15 de enero de 1831, había enviado a su amigo Hipólito Fortoul, antiguo condiscípulo en el colegio real que será un día ministro de instrucción pública, una verdadera carta-programa que es un documento capital para comprender al hombre.
A la pregunta de Fartoul, que estudia derecho en París: «Qué se piensa en provincias [los Borbones han desaparecido seis meses antes, el Antiguo Régimen se ha desmoronado definitivamente en beneficio de una monarquía constitucional y burguesa, los liberales anticatólicos están en primera línea]?», Federico responde: «Para hablar de una manera filosófica, en provincias, no se piensa, o al menos se piensa muy poco. […] El orden material, una libertad moderada, pan y dinero, eso es todo lo que se pide; cansados de las revoluciones, lo que se desea es descanso; en una palabra, nuestros hombres de provincias no son ni hombres del pasado, ni hombres del futuro: son hombres del presente.»
En este contexto, sin haber cumplido los dieciocho años se consagra a los estudios apartado de la sociedad «para poder entrar en ella luego de una manera más provechosa para ella». Por eso, dice, «todavía estamos demasiado verdes, todavía no estamos bastante alimentados de la savia vivificadora de la ciencia para poder ofrecer frutos maduros a la sociedad. Démonos prisa, y, mientras la tempestad derriba unas cuantas cabezas, crezcamos a la sombra y silencio, para encontrarnos hombres formados, con plenas fuerzas, cuando hayan pasado los días de transición y seamos necesarios.»
Está convencido de que el mundo cambia: «Pero cuál será la forma, cuál será la ley de la sociedad nueva? Yo no pretendo decidirlo. No obstante, lo que creo poder asegurar, es que hay una Providencia y que esta Providencia no ha podido abandonar durante seis mil años a criaturas racionales […] al perverso genio del mal y del error, […] Es claro que ha habido verdades en el mundo. Estas verdades hay que hallarlas, hay que desprenderlas del error que las envuelve; es preciso buscar en las ruinas del mundo antiguo la piedra angular sobre la que se reconstruirá el nuevo.»
Seguramente que esta «piedra de espera», adaraja, es la «revelación primitiva»: «La primera necesidad del hombre, la primera necesidad de la sociedad son las ideas religiosas: el corazón tiene sed del infinito. Por otra parte, si existe un Dios, si existen hombres, tiene que haber lazos entre ellos. Y por ello una religión; y una religión primitiva; y más todavía, existe una religión primitiva, antigua por su origen, esencialmente divina, y por la misma razón esencialmente verdadera. Esta es la herencia, transmitida desde arriba al primer hombre y del primer hombre a sus descendientes, la que me siento obligado a investigar.»
A través de la historia, añade Ozanam, la verdad religiosa «se ha encontrado en todos los pueblos», pero «corrompida, mezclada con todas las fábulas y con todos los errores». Llegado aquí en sus reflexiones, salta de gozo: «Necesitaba algo sólido a lo que poder asirme […] Y ahora, amigos míos, mi alma se llena de alegría y de consuelo, porque de esta forma, por las fuerzas de su razón, ha encontrado este catolicismo que me enseñaron hace tiempo […], el catolicismo con todas sus grandezas, con todas sus delicias!»
Si vinieran algunos a agruparse en torno a él, dice, «juntaríamos nuestros esfuerzos, crearíamos una obra juntos, otros llegarían a unirse a nosotros, y tal vez un día la sociedad se reuniera toda bajo esta sombra protectora, el catolicismo.» Mientras se realiza esta visión, premonitoria en lo que se refiere al reagrupamiento de los hombres, Federico continúa sus trabajos preliminares: las lenguas (el italiano, el alemán, el hebreo, el griego, el latín…), la geología, la cosmogonía, la astronomía, la historia universal: «Si quiero hacer un libro a los treinta y cinco años, debo comenzar a los dieciocho años!»
A Fortoul y a sus amigos, quienes deben de sentir vértigo ante un programa así, les lanza: «sin duda os ponéis a gritar, os burláis de la temeridad de este pobre Ozanam […]. Como queráis! Yo mismo me he sorprendido de mi atrevimiento; pero ¿qué hacer? […]. Cuando una voz os grita sin cesar: «Haz esto, yo lo quiero!» ¿se le puede decir que se calle25?»
Pero ha llegado el tiempo de marcharse de Lyon: Federico ha cumplido los dieciocho, acaba de pasar dos años con su procurador realizando un trabajo por el que sentía horror, y tiene que ir a la universidad para preparar su diploma en derecho con vistas a la carrera jurídica decidida por su padre. Para un joven burgués de provincias y dotado, no existe otra opción que París. Sin entusiasmo, desde luego, ya que la capital es una gran ciudad inquietante, vagamente hostil, con sus distritos ricos y cerrados, sus barrios obreros miserables, su barrio latino agitado y descreído.
No es que se sienta muy feliz Ozanam al separarse de los suyos, dejando detrás de sí a sus padres, a su respetado hermano mayor el abate Alfonso, a su hermano pequeño «Charlot», de siete años, a su querido primo Ernesto Falconnet, infatigable compañero de juegos, a su padre espiritual el abate Noirot, pero también L’Abeille, a los sansimonianos y a sus jóvenes colegas ya casi liberados del estudio de magistrado, contra quienes había sostenido con frecuencia polémicas encarnizadas cuyas peripecias relataba con regusto.
Al finalizar el mes de octubre de 1831, se pone en camino. Pero antes de verle en París y de emprender las grandes etapas de su vida, quizás haya que volverse a su personalidad, a su vida privada, a su recorrido de creyente, a sus amigos. Este panorama de su existencia nos facilitará conocerle mejor a fin de apreciar mejor la profundidad y la riqueza de su mensaje.







