PREÁMBULO
Nunca damos suficientes gracias por los pequeños beneficios de Dios'». El 15 de mayo de 1853, Federico Onazam escribe esta frase en San-Jacopo, pueblecito cerca de Livorno, en Italia. Hace varios meses que viaja tratando de recobrar la salud, pero sin grandes resultados. Por la ventana pude contemplar el mar con sus centenares de barcos, admirar los montes nevados de La Spezia, adivinar a lo lejos la isla de Elba y Córcega.
«Llegado a este momento, añade, el gran regalo de Dios sería curarme de repente, como lo piden para mí mis allegados, mis amigos y tantas almas santas; pero hasta hoy, Señor, no lo habéis querido. Sin embargo no contaré entre los pequeños favores los tiernos cuidados de que me hacéis rodear, ni los consuelos religiosos que proceden de vos con una dulzura inexpresable.»
El 15 de agosto, casi a la muerte, quiere ir a la iglesia a celebrar la Asunción: «Es mi último paseo por este mundo, dice, que sea al menos para ir a la casa de Dios.»
Apoyado en el bastón, con las piernas muy hinchadas, ayudado por su mujer, se arrastra hasta el altar del pequeño santuario para recibir la comunión de las manos de un anciano sacerdote también gravemente enfermo.
Los días que siguen son terribles: Ozanam ya apenas puede escribir, le cuesta terminar un opúsculo sobre el viaje por España, se despierta en lágrimas a media noche evocando la pasión de Cristo.
Como ha deseado entregar el último suspiro en Francia, su mujer y sus hermanos deciden regresar a pesar de los peligros. Pero él es un hombre célebre, y le conviene acceder a las numerosas visitas que vienen a hacerle en el barco eclesiásticos, notables, jóvenes.
Cuando el barco zarpa de Livorno para Marsella, Ozanam está agotado: arropado entre mantas, continúa a pesar de todo en el puente para ver por última vez el mar.
Llegado a su destino, se acuesta para no volverse a levantar: a su agitación natural sigue una calma desacostumbrada, y pronto se sumerge en un semicoma. Al sacerdote que trata de consolarle y que le habla de la confianza en Dios, replica: «¿Por qué le temería yo? ¡Le amo tanto!
El 8 de septiembre, afectado por una infección renal muy grave que daba el golpe de gracia a su cuerpo enfermizo, entraba en agonía y moría a las ocho de la tarde.
Según su hermano, sus últimas seis palabras fueron, casi como la oración de Jesús al expirar: «¡Dios mío, Dios mío, tened piedad de mí!» Tenía cuarenta años.
Lacordaire decía al final de su vida que Federico Ozanam era sin duda una de las figuras más influyente del catolicismo en su siglo. Sin embargo este hombre excepcional, apasionadamente cristiano, brillantemente inteligente, intelectual y humilde, místico y pragmático, enseñante, organizador, buscador, escritor, viajero, en una palabra, esta personalidad de múltiples facetas es un gran desconocido.
Le conocemos por las Conferencias de San Vicente de Paúl, y a menudo sólo es un hombre a la vuelta de un texto sobre las obras de la caridad.
Es olvidar un tanto deprisa todo lo que ha aportado a la literatura, a la política, a la reflexión social. En veinte años de vida adulta bajo la monarquía de Julio, tuvo tiempo de construir una obra, de desarrollar un pensamiento visionario, de confederar a millones de católicos de varios países de Europa, y de contribuir a preparar en profundidad los grandes debates del siglo XX.
Iluminados por su fe, los tres grandes ejes de su vida son las bellas letras, la caridad y la educación. Desde su más tierna edad, sintió la pasión por la poesía latina, y compuso centenares de versos latinos. Mayor de edad, trabajó en la literatura cristiana de la Edad Media y fue un especialista indiscutible en Dante. Pero su eclecticismo le llevó a escribir relatos de viajes, obras de historia, apologías, artículos polémicos, textos filosóficos o militantes.
La otra pasión de su vida fue la caridad. A los diecinueve años, en 1832, escribía: «Querría que todos los jóvenes reflexivos y animosos se unieran para una obra caritativa y que se formara en todos los países una gran asociación generosa para el alivio de las clases populares».
De esta forma, nota su hermano Antonio, la vida entera de Ozanam se contiene en pocas palabras: «amor apasionado de las letras como medio de desarrollar la inteligencia, y por consiguiente de despertar y robustecer la fe en las almas; amor apasionado a los pobres como medio de conjurar la guerra entre el rico y el indigente». A esta definición sugestiva pero insuficiente hemos de añadir la preocupación por la educación de la juventud y, como consecuencia, por las apuestas políticas y sociales, sus corolarios.
El año 1848 verá a Ozanam en primera línea, en el nombre de una doctrina social de la Iglesia sin formalizar todavía, de un concepto de «democracia cristiana» que aún no se ha inventado, de una voluntad de reducir una «fractura social» por la que todavía nadie se preocupa…







