- INCORPORAR LA EXPERIENCIA ESPIRITUAL DE LUISA DE MARILLAC: DESAFÍO PARA NUESTRA ESPIRITUALIDAD VICENCIANA
Desde las convicciones que acabo de compartir, me atrevo a nombrar algunos de los acentos de la experiencia espiritual de santa Luisa de Marillac que podríamos revalorizar en la que llamamos espiritualidad vicenciana.
Puesto que la espiritualidad es vida, experiencia, en seguimiento de Jesucristo; y puesto que cada persona acentúa algunos rasgos del seguimiento de Cristo, podemos destacar en la experiencia espiritual de santa Luisa los que siguen».
Son acentos que descubrimos en su experiencia y que hoy nos desafían a quienes, 350 años después, nos esforzamos por actualizar y recrear el carisma vicenciano (los números no expresan orden de importancia, sino una guía para su presentación).
- LA EXPERIENCIA DE SER SÓLO Y TOTALMENTE DE DIOS Y DECIDIRSE A HACER SU VOLUNTAD
Con no poca frecuencia nos referimos al debilitamiento de la fe cristiana en Occidente. Y constatamos la debilidad de la Iglesia en una sociedad que, cada vez con más recursos, hace prevalecer criterios y visiones alejados de la cultura cristiana. Signo y causa de esta situación que nos interpela es una cierta anemia espiritual39.
38 Entendiendo, claro está, que nuestra visión de la espiritualidad vicencia-na y de los acentos propios descubiertos en Luisa de Marillac corresponden a lo que hoy podemos encontrar y leer en las fuentes escritas. A diferencia de otros maestros espirituales, ni de Vicente de Paúl ni de Luisa de Marillac conservamos ningún escrito sistemático sobre la espiritualidad, ni una exposición de cómo han vivido su propia experiencia de Dios.
«A la crisis de Dios sólo responderemos con la pasión por Dios», ha escrito J.B. METZ. A esta pasión por Dios se han referido también recientemente los consagrados. El carisma vicenciano sólo puede ser recreado y actualizado desde la confianza en quien llena plenamente nuestra vida y nos llama a servirle en los pobres.
La vida de Luisa de Marillac sólo se entiende desde esta relación con Dios: ha querido ser toda de Dios, sólo de Dios. Dios es su TODO:… «oh Dios mío, tú eres mi Dios y mi todo, así te reconozco y adoro, único y verdadero Dios en tres Personas, ahora y por toda la eternidad’. «Mi corazón está todavía lleno de gozo por la inteligencia que me parece le ha dado nuestro buen Dios de estas palabras: ¡Dios es mi Dios!».
De esta relación con Dios ha hecho el centro de su existencia. Por eso, a quien quiera vivir unido a Dios, no le indica otro camino sino edificar la propia vida sobre la entrega a la voluntad de Dios. Para crecer en santidad, Luisa de Marillac no ha encontrado mejor camino que el cumplimiento de la voluntad de Dios: ser toda de Dios, por esa unión suave y amorosa de la voluntad con la de Dios en todas las cosas.
Ser totalmente de Dios, hacer en todo su voluntad es el camino de la fidelidad creativa, de la actualización del carisma vicenciano. Porque, en nuestra vocación, no se trata sólo de hacer servicios a los pobres (tantas personas pueden hacerlo y aún mejor que nosotros), cuanto de darse totalmente a Dios para ser testigos de su Amor sirviendo como Cristo.
- LA EXPERIENCIA DE VIVIR, DESDE EL BAUTISMO, EN SEGUIMIENTO DE JESUCRISTO, IDENTIFICÁNDOSE CON EL EN SUS PENSAMIENTOS, PALABRAS, ACTITUDES Y ACCIONES
En su comprensión de la vida cristiana, santa Luisa concede una gran importancia al bautismo. Y destaca con fuerza que la nueva vida recibida en el bautismo debe estar centrada en Cristo. Puesto que, por el bautismo, nos hacemos miembros de Cristo, la vida de todo cristiano, consiste en ir identificándose con Jesucristo. “Nosotros que hemos sido bautizados en Jesucristo, hemos sido bautizados en su muerte. Siendo el bautismo un nacimiento espiritual, se desprende que aquel en quien hemos sido bautizados es nuestro padre y que como buenos hijos debemos parecemos a Él. «Vivamos, pues, como muertas en Jesucristo, por lo tanto, ya no más resistencia a Jesús; no más acciones qué por Jesús, no ya más pensamientos que en Jesús, en una palabra, no ya más vida que para Jesús y el prójimo, para que en este amor unitivo ame yo todo lo que Jesús ama, para que por este amor cuyo centro es el amor eterno de Dios por sus creaturas alcance de su bondad las gracias que su misericordia quiere concederme«.
Puesto que toda la vida cristiana no consiste sino en ir desarrollando la identificación con Jesucristo operada en el Bautismo, no nos sorprenderá que santa Luisa se remonte siempre hasta el Bautismo cuando va a formular o renovar algún propósito como Hija de la Iglesia; práctica que inculca también a las Hermanas y que aparece en la fórmula de los votos.
Como esposa que ha experimentado el amor del Esposo, sólo quiere identificarse con Él, vivir como Él en todas las circunstancias de la vida». Los escritos de Santa Luisa no dejan ningún lugar a la duda: «Debo imitar a Jesús como una esposa trata de identificarse con su esposo». «… es muy razonable que sigamos e imitemos su santísima vida humana; este pensamiento me ha ocupado profundamente el espíritu y en él he resuelto decididamente seguirle, sin distinción alguna, sino llena de consuelo al sentirme tan feliz de ser aceptada por Él para vivir toda mi vida en su seguimiento. Para ello, he formado el propósito de, en toda ocasión dudosa, en la que no sepa cómo actuar; considerar lo que Jesús hubiera hecho»50. Jesús es el «…ejemplo que debo imitar, ni más ni menos que haría un aprendiz con su maestro si verdaderamente desease llegar a ser perfecto».
Santa Luisa entiende que para ser verdaderamente cristiana tiene que vivir como Cristo, haciendo lo mismo que hizo Cristo: «Por eso, he tomado la resolución de fijarme cuidadosamente en su santa vida para tratar de imitarla; me he detenido con insistencia en el nombre de cristiano que llevamos pensando que requiere conformidad (con Cristo) y he pensado que debía informarme de qué manera había adquirido yo ese santo nombre y de qué palabras se sirve la Iglesia para dárnoslo, y cómo he recibido ese santo nombre, a fin de llegar a ser verdaderamente cristiana».
Y, utilizando expresiones similares a las empleadas por Vicente de Paúl, propone: «Que en todas nuestras acciones podamos honrar a Nuestro Señor por el testimonio que quiere demos de Él haciendo las mismas acciones que Él hizo en la tierra».
La espiritualidad cristiana (y, por tanto, la espiritualidad vicenciana) será auténtica si hace del seguimiento de Jesucristo el criterio primero y definitivo de vida. En la actualización del carisma vicenciano hoy lo que verdaderamente importa es vivir y testificar el evangelio, decidirse ante Jesús.
Seguir a Jesucristo, decidirse ante Él, plena revelación de Dios54, es prolongar su práctica en favor de los últimos, de los empobrecidos, de los marginados, sacramento suyo. En un momento de contemplación más que de razonamiento, santa Luisa percibe que es en la persona de los pobres donde podemos tributar a Cristo todos nuestros honores: «Mi oración ha sido más de contemplación que de razonamiento, con gran atractivo por la Humanidad santa de Nuestro Señor y el deseo de honrarla e imitarle lo más que pudiera en la persona de los pobres y de todos mis prójimos, ya que en alguna lectura he aprendido que nos había enseñado la caridad para suplir la impotencia en que estamos de rendir ningún servicio a su persona, y esto ha penetrado en mi corazón de manera especial y muy íntima».
Fieles a la identificación con Cristo operada en nosotros en el Bautismo, tratamos de configurarnos cada día más con Cristo y prolongar su misma misión en la tierra, sirviéndole en los últimos, en los pobres. La experiencia de santa Luisa nos desafía a actualizar este contenido fundamental de nuestra espiritualidad vicenciana.
- LA EXPERIENCIA DE JESÚS CRUCIFICADO QUE URGE A AMAR A LOS ÚLTIMOS, A TODOS LOS CRUCIFICADOS DE LA HISTORIA
En su personal experiencia espiritual, resulta especialmente querida a santa Luisa la identificación con Jesús, su Señor
Crucificado. El proceso de «abajamiento» de Dios, que quiere acercarse a los hombres, se inicia con la encarnación y llega a su culminación en la Cruz. Cristo clavado en la cruz es quien nos atrae a su amor y a la santidad de vida que de nosotros espera. Seguidores de Cristo desde el bautismo, los cristianos somos seguidores de Jesucristo Crucificado: Sí, queridas hermanas, el mayor honor que pueden recibir es el de seguir a Jesucristo cargado con su cruz». La Iglesia ha de saberse en todo momento «Esposa de Jesús Crucificado, puesto que los miembros no han de huir de lo que su Cabeza buscó».
Revalorizar la espiritualidad de la Cruz, destacar que somos seguidores de Jesucristo, el Señor Crucificado, puede ser todo un desafío para vivir y actualizar hoy el carisma vicenciano: «La Caridad de Jesús crucificado nos apremia» es la inscripción que figura en el sello utilizado por santa Luisa de Marillac, donde destaca la imagen de Jesús Crucificado sobre un corazón rodeado de llamas.
Seguir a Jesús, el Señor Crucificado, «escándalo para los judíos, locura para los paganos», implica renunciar a toda forma de poder para solidarizarse con los más pobres y desterrados de la tierra, con los últimos. Los que no cuentan, los que sólo conocen el dolor de la cruz, de tantas cruces, podrán llegar a descubrir al Cristo que sufre en ellos y, lo que es más importante, abrirse a la luz de la Resurrección, a la experiencia de la vida de hijos de Dios.
Seguir a Jesús, el Señor Crucificado, es ir aprendiendo que «el éxito no es uno de los nombres de Dios” y que en nuestra vocación y servicio no se nos piden porcentuales de eficacia sino la perseverante fidelidad.
Si el verdadero signo de los cristianos es la Cruz, parece oportuno actualizar el compromiso formulado por santa Luisa: «Es coger la vida de Jesús Crucificado como modelo de nuestra vida con el fin de que su resurrección sea para nosotros medio de gloria en la Eternidad. Y para vivir de esta suerte, me parecía que debía con frecuencia ponerme ante la vista sus ejemplos«.
Corpus Delgado
CEME 2010







