Cómo evolucionó la fe del sr. Vicente

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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No es la fe, en la vida del creyente, un dato obtenido de una vez por todas y poseído pacíficamente hasta el úl­timo día; la fe se inscribe en la historia del acontecer humano y de una relación personal con Dios; los acontecimientos exteriores, tanto como las revisiones interiores, no cesan de provocarla de un modo que nos parece ciertos días descon­certante. Y cuando comenzamos esta ruta con Dios, no te­nemos idea de los caminos por los que nos llevará.

Una vocación interesada

De hecho, viendo comenzar la vida de Vicente, puede uno preguntarse si se hacía cargo de que esa iba conducida por Dios y de que lo iría siendo más y más. Son miras huma­nas las que van a decidir su orientación. Había nacido el 24 de abril de 1581 en una familia de pobres campesinos, de los alrededores de Dax, que sólo con trabajo criaba a sus cuatro niños y dos niñas. Viendo crecer a Vicente, que era su tercer hijo, nota el padre cómo parece mejor dotado que los demás, y piensa que puede hacer algo mejor que apa­centar ganados. Conoce justamente en las cercanías a un digno abate que, lanzado a la carrera eclesiástica —en aquel tiempo en que los beneficios eran fuente de réditos— había sacado a los suyos de la miseria. El padre toma su decisión rápidamente; Vicente se pondrá a estudiar, se hará de él un sacerdote y toda la familia se beneficiará.

Sin tiempo que perder, el muchacho pone manos a la obra y tiene éxito. A los quince años, tiene ya la tonsura y las órdenes menores; a los diecisiete años, contrae el com­promiso irrevocable del subdiaconado, y el 23 de septiembre de 1600 es ordenado sacerdote en la capilla privada del obispo de Périgueux, un anciano ciego; no tiene más que diecinueve años.

Tiene fe, a buen seguro; es sacerdote y un buen sacer­dote. Está reconocido a su padre por los sacrificios que ha debido imponerse para permitirle tales estudios; este cam­pesino ha llegado a vender una pareja de bueyes para apres­tar a su chico a ese hermoso porvenir que él no vería, pues debía morir poco después. Al mismo tiempo el logro del sacerdocio muéstrasele a Vicente como una promoción que le saca de un medio por él mal aceptado: «Siendo yo muchacho, llevábame mi padre a la po­blación y yo me avergonzaba de ir con él y reconocerle por padre, pues iba mal vestido y cojeaba algo».

Se comprende que más tarde, volviendo sobre las con­diciones en las que se había orientado hacia el estado ecle­siástico, el Señor Vicente haya juzgado con severidad co­mo «un gran pecado», la inconsciencia con la que lo había hecho:«Si hubiese yo sabido lo que era, cuando tuve la teme­ridad de entrar en él, como lo he sabido después, hubiese preferido labrar la tierra a comprometerme en un estado tan terrible».

Sus primeros años de vida sacerdotal son movidos, pe­ro permanecen dentro de la perspectiva que le había he­cho tomar esta orientación. En 1605 encontrámosle en Marsella, donde saca trescientos escudos a un acreedor al que ha hecho encarcelar, y luego posiblemente en «Berbe­ría», o sea en el Norte de África, adonde le han deportado y vendido en el mercado de esclavos, piratas turcos que atacaron su embarcación. Llegado finalmente a manos de un viejo renegado cristiano que ha adoptado la poligamia, con­vierte a la gente de casa, y, huyendo con su amo, alcanza las costas de Francia. En 1608 está en Roma, siempre a la caza del beneficio que no ha podido obtener aún. En 1609 está en París, donde obtiene un puesto como capellán cerca de la reina Margot, esposa repudiada de Enrique IV.

Helo ahí ahora bien situado para obtener el famoso be­neficio que acarreará la holgura a toda la familia. El 17 de febrero de 1610 escribe a su madre: «Confío mucho en que Dios, por su gracia, bendiga mi afán y me dé muy pronto el medio de obtener un honroso retiro para pasar el resto de mis días junto a vos».

No tiene treinta años y habla ya de retiro. De hecho, unos meses después de esta carta, obtiene la abadía de San Leonardo de Chaumes, en la diócesis de Saintes, un beneficio ventajoso que le pone al abrigo de la necesidad.

Las tinieblas de la incredulidad

«Confío mucho en que Dios, por su gracia…», escri­bía a su madre.

Su confianza en la gracia de Dios no quedará burlada, pero le llevará adonde él aún no se figura.

Se interpone entonces un acontecimiento que va a con­mocionar su fe y a cambiar el curso de su vida: la expe­riencia de la incredulidad. Está entonces en una situación muy poco sacerdotal, hace en parte vida de corte mundana, cuales las tenían entonces los grandes; sumándose a otros limosneros, sacerdotes como él, ocupa con ellos, en la ser­vidumbre real un puesto subalterno y humillante bajo la autoridad de un mayordomo. Sigue siendo buen sacerdote, sencillo y recto. Acusado injustamente de robo por su com­pañero de alojamiento y tratado de hipócrita, no se queja ni se justifica: «Dios sabe la verdad», dice sencillamente.

Mas hete aquí que entre los limosneros de la reina Mar­garita descubre a un célebre doctor al que ella había llamado junto a sí por su ciencia y su piedad. Este hombre

«había defendido mucho tiempo la fe católica contra los herejes, como convenía a la calidad de magistral que había ostentado en su diócesis».

Helo ahí obligado por el real llamamiento a abandonar sus actividades; «y al no tener que predicar ni catequizar ya, explica Vicente, viose asaltado, en el reposo en que estaba, por una ruda tentación contra la fe. Cosa que nos enseña, de paso, lo peligroso que es estarse en la ociosi­dad, ya de cuerpo, ya de espíritu: pues como un terre­no, por bueno que sea, si se deja algún tiempo en bar­becho, luego cría cardos y espinas, así tampoco puede nuestra alma estarse mucho tiempo en reposo y ociosa sin que sienta algunas tentaciones o pasiones que la inducen al mal».

El Señor Vicente no es tan sólo testigo de este drama, es su confidente: «Este doctor, pues, viéndose en tan enojoso estado, dirigiose a mí y me manifestó cómo se veía sacudido por violentas tentaciones contra la fe, y que tenía horribles pensamientos de blasfemia contra Jesucristo, y hasta de desesperación, de suerte que se sentía impulsado a arrojarse por una ventana. Y a tal extremo se vio redu­cido, que fue por fin necesario exhimirle de la recita­ción del breviario y de la celebración de la santa misa, y hasta de rezar oración alguna; estaba su imaginación tan seca y tan exhausto su espíritu, a fuerza de reali­zar actos de repudio de sus tentaciones, que no podía ya realizar más».

Pero todo concluirá bien: «¿Qué ocurrió después? Dios tuvo al fin piedad del po­bre doctor, quien, habiendo caído enfermo, viose en un instante libre de todas sus tentaciones. Comenzó a ver todas las verdades de la fe, y con una claridad tan grande, que le parecía experimentarlas y palparlas; murió al fin, dando a Dios amorosas gracias por haber permitido que incurriera en aquellas tentaciones para librarle de ellas tan ventajosamente y darle una sensa­ción tan grande y admirable de los misterios de nues­tra religión».

Lo que aquí no precisa este Señor Vicente, pero que su biógrafo y amigo Abelly nos indica, es que se había ofrecido a Dios para ser tentado en lugar del doctor. Duran­te tres años atraviesa, en efecto, las peores tinieblas. Y cuan-­do la violencia de las dudas le sacude con más dureza, lle­va sencillamente la mano al papel que trae siempre consigo y en el que ha copiado el Credo; o bien, va a visitar a los enfermos del vecino hospital para servir a Nuestro Señor en sus pobres.

Desembocará por fin —afianzado definitivamente— en la luz, el día en que prometa consagrar el resto de su vida a los pobres, a los pobres de los que era y que había que­rido dejar.

 

 

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