Evangelium Vitae

Francisco Javier Fernández ChentoDocumentos PontificiosLeave a Comment

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Autor: Juan Pablo II · Año publicación original: 1995.
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Evangelium Vitae

Carta Encíclica promulgada por el Papa Juan Pablo II el 25 de Marzo de 1995.
Sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana.

En 1995 se publicaba la 11ª encíclica de Juan Pablo II. El mensaje de este documento quedaba recogido tanto en el título, Evangelium vitae, como en el subtítulo, «sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana». La fecha oficial de la firma de la encíclica era altamente significativa: 25 de marzo de 1995, día en el que recordamos la Encarnación del Hijo de Dios, el inicio temporal de la existencia de nuestro Salvador en medio de los hombres.

A través de 4 capítulos y 105 números, el Papa ofrecía, principalmente, una profunda lectura bíblica sobre la responsabilidad humana ante la vida de nuestro prójimo. Pasajes como el de Caín y Abel (que desempeña un papel particular en el capítulo I), la curación del cojo (narrada en Hch 3,1-16), o el dragón que persigue a la mujer (según Ap 12,1-4), recibieron un comentario profundo y vivo. Además, cada número del texto recibía, como encabezado, algún versículo del Antiguo o del Nuevo Testamento.

Pero Evangelium vitae no era sólo un documento teológico. La encíclica elaboraba un conjunto de reflexiones antropológicas, éticas, sociológicas y jurídicas condivisibles por «todas las personas de buena voluntad», por lo que tenían una validez aún mayor entre los creyentes en el único Dios que es «Señor de la vida» (pues todo lo humano ha sido elevado y perfeccionado en Cristo).

A distancia de los años pasados, el texto brilla con una frescura especial y muestra una actualidad sorprendente. No se pretende aquí realizar un resumen de contenidos, pues ya existen sobre el mismo estudios y comentarios muy cualificados . Queremos más bien fijarnos en dos puntos. En primer lugar, ofrecer una rápida visión del contexto (mundial, personal) que llevó a idear y a escribir a la Iglesia y al mundo una reflexión sobre el «Evangelio de la vida». En segundo lugar, mostrar la actualidad y vigencia, a la luz de los acontecimientos de los últimos años, de este documento, salido del corazón de un Papa que ama profundamente a cada hombre y, por lo mismo, siente una llamada especial a defender el valor de la vida como don de Dios y como posibilidad de entrega mutua entre los que participamos de la misma naturaleza humana y gozamos, por lo mismo, del mismo amor redentor de Cristo.

1. Contexto histórico

 

a. La humanidad en el siglo XX

Podríamos reconocer un doble contexto de esta encíclica. Uno, más genérico, de tipo sociocultural. Otro, más cercano, que arranca de la experiencia y del corazón del hombre y del pastor que llamamos Juan Pablo II.

El mundo del siglo XX había heredado un progreso económico y un incremento cultural sin precedentes (progreso que continuaría durante todo el siglo XX). Ello no impidió, sin embargo, el inicio de dos experiencias profundamente traumáticas, nacidas entre los países más desarrollados: las guerras mundiales (1914-1918, 1939-1945).

Junto a estas dos contiendas, de dimensiones nunca igualadas en el pasado, se produjeron numerosos conflictos de diverso tipo, a nivel nacional (guerras civiles, como las que sacudieron a China, Rusia, España, México, Sudán, el ex-Congo belga, Angola, Bosnia, Colombia, etc.) o internacional (la más cercana a 1995, la «guerra del Golfo» del 1991), sin olvidar que algunos de ellos fueron sumamente largos y dolorosos, como el de Vietnam, y que ha habido (y hay) tantos conflictos «desconocidos» o marginados por el mundo de la información. Igualmente, fueron usados métodos de destrucción masiva sobre la población civil, con deportaciones de pueblos enteros o la provocación de hambres con el fin de exterminar a grupos étnicos o religiosos. Podríamos recordar aquí el drama en amplias zonas dominadas por los «soviets» comunistas, o en la tragedia del pueblo armenio entre 1915 y 1920, o en el terrible holocausto contra judíos y otros grupos «inferiores» según la doctrina nazi, o en las matanzas étnicas en Burundi y Ruanda.

El elenco no refleja más que una mínima parte de los horrores que sacudieron un siglo lleno de heridas. En este panorama de dolor y de muerte, la tecnología fue usada en muchas ocasiones como medio para «optimizar» y promover la destrucción a niveles nunca sospechados hasta ese momento. Hubo empresas químicas que fabricaron nuevas sustancias tóxicas para provocar la muerte a través de bombardeos sobre soldados o sobre civiles, o para ser usadas en «cámaras de gas». La industria militar «optimizó» los instrumentos de muerte, hasta llegar a sistemas de bombardeo sobre la población civil, como los de Coventry o Rotterdam (por parte de los alemanes), Dresde o Tokio (por parte de la aviación británica y estadounidense). No faltaron médicos que colaboraron en el sistema de explotación del hombre por el hombre, sea a través de experimentos en los campos de exterminio, sea a través de planes para promover el aborto o la eutanasia «de estado».

Una etapa importante en esta trágica historia se inició con el empleo militar de la energía atómica. Hiroshima y Nagasaki fueron no sólo una triste realidad, sino el inicio de una amenaza que hizo temblar al género humano. Las tensiones y los miedos generados entre el «mundo occidental», partidario de la democracia liberal y defendido principalmente por la OTAN, y el mundo del «socialismo real» (comunismo de estado), que dio lugar al Pacto de Varsovia, llevaron a una carrera de armamentos que vio multiplicarse el número y la potencia de los misiles nucleares. La «guerra fría» ha quedado atrás, pero no ha desaparecido la amenaza nuclear ni el número ingente de armas de destrucción masiva que se produjeron en aquellos años de amenazas mutuas.

En medio de tanto dolor, hubo, hay que reconocerlo, un sinnúmero de testimonios de personas, a todos los niveles, que supieron anteponer la lógica del amor sobre la lógica del odio y de la muerte. Hombres y mujeres que se volcaron por salvar la vida de los perseguidos (judíos, cristianos, comunistas o fascistas: no importaba quiénes fuesen las víctimas de cada persecución), por atender a los enfermos, por visitar a las viudas, por proteger a los huérfanos. No es justo ver sólo la marea de muerte que provocaron algunos grupos humanos en el siglo XX, sin evocar el bálsamo de dulzura que llegaba a millones de vidas concretas desde corazones que se apoyaban únicamente en la fuerza del amor y en muy escasos medios materiales.

Entre esas acciones minúsculas, particulares, pero grandiosas a los ojos de Dios, también podemos recordar a una mujer polaca, Józefa Florek. El 29 de febrero de 1944, en Cracovia, detuvo el tranvía que estaba conduciendo para salvaguardar la vida de un joven que acababa de ser atropellado por un vehículo militar alemán. Tras conseguir que un vehículo se detuviese, se sorprendió al ver que bajaba para dar una mano un oficial alemán: ayudó a limpiar las heridas del joven todavía inconsciente y, tras constatar que estaba vivo, detuvo otro vehículo con el que fue trasladado a un hospital cercano.

Ese mismo joven polaco, ya restablecido, sostuvo y salvó la vida a una niña hebrea de 13 años, Edith Zirer, que moría de frío en la estación de Cracovia en febrero de 1945. Alguno ya habrá intuido quién era ese joven, primero beneficiado por dos personas «rivales», y luego beneficiador: se llamaba Karol Wojtyla… .

Volvamos nuevamente a la «cultura de la muerte». Junto a los actos de violencia de hombres sobre hombres, especialmente a través de la guerra, pero también con otras «técnicas» más sofisticadas (la provocación de hambres masivas, o los campos de trabajo en muy bajas condiciones de higiene y nutrición), se han desarrollado, a partir de la segunda mitad del siglo XX, nuevas modalidades de agresión a la vida, precisamente en aquel ámbito que debería caracterizarse por su acción asistencial y humanitaria: la medicina.

Hay que reconocer que el siglo XX ha significado, como pocos momentos de la historia humana, un progreso médico extraordinario. Gracias al descubrimiento y uso de los antibióticos, de vacunas contra enfermedades infectivas, de sistemas de reanimación y de asistencia a enfermos (como la diálisis o la respiración artificial), de una mayor preparación técnica e higiénica del personal sanitario, millones de vidas han sido arrancadas de una muerte prematura. Este progreso, sin embargo, ha sido mucho más notable en el hemisferio norte (en los países más desarrollados), y menos en el hemisferio sur (los países en vías de desarrollo y los países subdesarrollados). El desequilibrio pervive hoy día, y supone un gran reto a la promoción de una verdadera «cultura de la vida».

Simultáneamente, en aquellos lugares en los que se daba un mayor progreso médico, se ha difundido una peligrosa mentalidad antivida. Los primeros pasos se dieron en el mundo totalitario: el aborto fue legalizado muy pronto en la Unión Soviética (1922), y luego en algunas zonas geográficas conquistadas por la Alemania nazi. Del «aborto totalitario» se pasó, en seguida, a un «aborto democrático», promovido por quienes se autodeclaraban paladines de la libertad de elección y de los derechos de la mujer sobre su vida y sobre todo lo que pueda ocurrir dentro de su cuerpo. El resultado ha sido una despenalización y legalización cada vez más amplia del aborto en los países democráticos de Occidente, especialmente a partir de 1965.

La mentalidad en favor del aborto caminó de la mano, con relaciones no siempre puestas en evidencia, con el avance de la cultura anticonceptiva. La difusión masiva de la píldora Pincus (a partir de 1960) promovía una mentalidad en la que el acto sexual entre un hombre y una mujer quedaba «liberado» de su orientación normal, espontánea, hacia la fecundidad, hacia la paternidad y la maternidad. Es lógico que dentro de esta mentalidad el recurso al aborto empezase a ser visto como una «solución de emergencia» cuando la anticoncepción había fracasado.

La conexión entre mentalidad anticonceptiva y mentalidad abortiva recibe una profunda reflexión en la misma Evangelium vitae, n. 13:

La cultura abortista está particularmente desarrollada precisamente en los ambientes que rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción. Es cierto que anticoncepción y aborto, desde el punto de vista moral, son males específicamente distintos: la primera contradice la verdad plena del acto sexual como expresión propia del amor conyugal, el segundo destruye la vida de un ser humano; la anticoncepción se opone a la virtud de la castidad matrimonial, el aborto se opone a la virtud de la justicia y viola directamente el precepto divino «no matarás».
A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo están íntimamente relacionados, como frutos de una misma planta. Es cierto que no faltan casos en los que se llega a la anticoncepción y al mismo aborto bajo la presión de múltiples dificultades de la vida, que sin embargo nunca pueden eximir del esfuerzo por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en muchísimos otros casos estas prácticas tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta de libertad que ve en la procreación un obstáculo al desarrollo de la propia personalidad. Así, la vida que podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo a evitar absolutamente, y el aborto en la única respuesta posible frente a una anticoncepción frustrada .
Frente al avance de la mentalidad abortista hubo quienes dieron el aviso de lo que podría ser pronto la siguiente etapa: la eutanasia. La mentalidad a favor de la «dulce muerte» había tenido un cierto auge en la Europa y América del primer tercio del siglo XX, pero los horrores del nazismo provocaron una fuerte reacción contra la ideología a favor de la eutanasia.

Sin embargo, a partir de 1980 es notable el resurgimiento del movimiento pro-eutanasia. Se está siguiendo un camino similar al usado para legalizar el aborto. Primero se constata la realidad del «fenómeno» (hay médicos que ya aplican métodos para provocar la muerte de enfermos). Luego, o simultáneamente, aparecen en la prensa casos dramáticos, peticiones de ayuda para lograr una «muerte digna», causas legales sobre hechos concretos. La presión aumenta hasta el punto de que las autoridades deciden intervenir para establecer algunas excepciones a la ley, o para regular lo que «ya se hace» y evitar «abusos» . Por último, se llegaría a la legalización abierta de la eutanasia, primero con muchas restricciones y, poco a poco, con más amplitud a partir de decisiones judiciales.

El panorama quedaría incompleto si olvidásemos tantas situaciones de injusticia y de miseria, muchas veces provocadas por actos u omisiones concretas de los hombres, que han llevado al hambre, al abuso sobre la vida de los niños, a la difusión de enfermedades infectivas (una de las más recientes y dolorosas, la del SIDA), a los daños que sufre el mismo ser humano por la degradación ambiental, etc.

Este sería, por lo tanto, el contexto cultural y social que explica el nacimiento de nuestra encíclica. En cierto sentido, el capítulo 1 de este documento, en su análisis sobre las «actuales amenazas a la vida humana», esboza un cuadro global de la situación, con la multitud de hechos que muestran cómo la vida de tantos seres humanos se encuentra seriamente amenazada por culpa de acciones y mentalidades toleradas o aceptadas en numerosos lugares del planeta.

b. La experiencia de un Papa «venido de lejos»

Karol Wojtyla tiene un recorrido humano y eclesial sumamente rico. No repasamos ahora su biografía, sobre la que existen obras bastante amplias y siempre provisionales (mientras permanezca en vida el personaje que es objeto de estudio); sólo queremos destacar algunos rasgos de una experiencia humana que ha vivido en primera persona el drama de la lucha entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte.

Karol nació y creció en una nación que había sufrido enormemente por diversas guerras y por ocupaciones de varias potencias. El siglo XIX Polonia estuvo ocupada en parte por Prusia y en parte por el imperio ruso. Sólo con el final de la Primera Guerra Mundial se permitió al país una vida propia, si bien pagada a un precio muy elevado por la guerra que enfrentó a los polacos con los rusos desde 1919 hasta 1921. En ese tiempo, el 18 de mayo de 1920, nacía Karol Wojtyla.

La juventud quedó marcada por los horrores de la Segunda Guerra Mundial, en la que no faltaron momentos de «humanidad» como los que evocamos un poco antes. Tras la ordenación sacerdotal (1946), Wojtyla se trasladó a Roma, ciudad en la que también resultaban visibles los efectos de la guerra y los esfuerzos por rehacer la vida en un clima de mayor justicia y paz. Su patria, Polonia, quedaba bajo el control del partido comunista, e iniciaba un periodo de sufrimiento y opresión, sin que la situación político-social llegase a ahogar la actitud firme y convencida de millones de católicos polacos.
Sea como sacerdote, sea como obispo de Cracovia, Karol Wojtyla siente la necesidad de promover un diálogo con la cultura, especialmente en lo que se refiere a la ética y a la antropología. Estas dos ramas del saber humano resultan centrales para promover una correcta cultura de la vida. Desde sus experiencias pastorales y universitarias, el obispo Wojtyla participa en el Concilio Vaticano II, especialmente en la elaboración de la constitución pastoral Gaudium et spes, un canto en favor del hombre y de su orientación al amor y a la justicia, en el que no falta una vigorosa denuncia contra cualquier amenaza contra la dignidad y la vida de los seres humanos.

Hay un número de este espléndido documento que es reproducido ampliamente en Evangelium vitae y que expresa las numerosas amenazas que se ciernen contra la vida de millones de seres humanos:

Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier clase, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones degradantes de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente infamantes, corrompen la civilización humana, deshonran más a quienes las practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador .

Por aquellos años, la amenaza de la guerra recibió una dura condena, sea por parte de la famosa encíclica Pacem in terris, escrita desde el corazón del beato Juan XXIII (11 de abril de 1963), sea por parte del mismo concilio Vaticano II (especialmente en el capítulo V de Gaudium et spes). Trabajar para evitar la guerra significaba, sobre todo, promover la justicia y el desarrollo, según el mensaje del mismo Concilio, y según la doctrina desarrollada en la encíclica de Pablo VI Populorum progressio (26 de marzo de 1967).

Con la difusión creciente de la mentalidad a favor de la anticoncepción, del divorcio y del aborto, se abren fuertes heridas en la sociedad y en las filas de los católicos. La Iglesia interviene con dos importantes documentos: la encíclica Humanae vitae (citada anteriormente), y la declaración publicada por la Congregación para la doctrina de la fe Sobre el aborto provocado (18 de noviembre de 1974). Además, la congregación para la doctrina de la fe publica un documento sobre la indisolubilidad del matrimonio (11 de abril de 1973) y otro sobre la sexualidad humana (Persona humana, 29 de diciembre de 1975). Ya durante el pontificado de Juan Pablo II aparecerán otros dos importantes documentos, la declaración sobre la eutanasia (Iura et bona, 5 de mayo de 1980), y la instrucción sobre el respeto a la vida naciente, especialmente frente a las nuevas técnicas de fecundación artificial (Donum vitae, 22 de febrero de 1987).

En este contexto eclesial de tantos retos y de tantas inquietudes, el obispo (pronto cardenal) Wojtyla interviene desde su cátedra de Cracovia. Debemos mencionar especialmente una obra de grandísimo valor humano y cristiano, Amor y responsabilidad (publicada en 1960, en polaco, y en seguida traducida a numerosos idiomas), que reflexiona en la riqueza antropológica de la fecundidad ínsita en la sexualidad cuando es orientada y vivida según principios éticos de validez universal.

La elección de Juan Pablo II a la cátedra de Pedro supuso toda una revolución en la vida eclesial. El tema de la vida resultó central desde el principio de la actividad del nuevo pontífice. Las catequesis de los miércoles de los primeros años (1979-1984) estuvieron dedicadas a la corporeidad humana y al valor genuino de las relaciones esponsales. En 1980, como ya dijimos, vio la luz un documento sobre la eutanasia. En mayo de 1981, Italia debía decidir, por referéndum, si abrogar o mantener la ley a favor del aborto (aprobada en 1978). Pocos días antes de la votación (en la que triunfó la mentalidad abortista), la cultura de la muerte disparaba contra un Papa indefenso: era el 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima.

Sería largo enumerar las numerosas intervenciones del Papa a favor de la vida antes de 1995. Sólo hemos de recordar que en 1991, como explicará Juan Pablo II en Evangelium vitae (n. 5), un consistorio extraordinario de cardenales subrayó la gravedad de los actuales ataques contra la vida, y pidió al Papa un documento dedicado a defender el valor de la vida humana y su inviolabilidad. Ese mismo año, Juan Pablo II mandaba una carta a todos los obispos del mundo en la que evidenciaba la gravedad del momento presente. Un párrafo de dicha carta es recogido en el n. 5 anteriormente mencionado, y conviene evocarlo en estos momentos.

En la misma carta, a los pocos días de la celebración del centenario de la encíclica Rerum novarum, llamaba la atención de todos sobre esta singular analogía: «Así como hace un siglo la clase obrera estaba oprimida en sus derechos fundamentales, y la Iglesia tomó su defensa con gran valentía, proclamando los derechos sacrosantos de la persona del trabajador, así ahora, cuando otra categoría de personas está oprimida en su derecho fundamental a la vida, la Iglesia siente el deber de dar voz, con la misma valentía, a quien no tiene voz. El suyo es el clamor evangélico en defensa de los pobres del mundo y de quienes son amenazados, despreciados y oprimidos en sus derechos humanos».

Un año antes de la publicación de Evangelium vitae, con el «motu proprio» Vitae mysterium (11 de febrero de 1994), Juan Pablo II instituía la Pontificia academia para la vida, cuyo fin era el de «estudiar, informar y formar en lo que atañe a las principales cuestiones de biomedicina y derecho, relativas a la promoción y a la defensa de la vida, sobre todo en las que guardan mayor relación con la moral cristiana y las directrices del Magisterio de la Iglesia» (texto citado en Evangelium vitae n. 98).

Ese año 1994 fue especialmente intenso para el Papa, pues la Conferencia sobre la población de ese año en la ciudad de El Cairo podría haber sido dominada por la «cultura de la muerte», ya que algunos gobiernos y grupos de presión querían promover en todo el mundo una serie de medidas contra la vida, incluyendo el aborto y la trivialización de la sexualidad, que llevarían a enormes consecuencias para las costumbres y las leyes de muchos pueblos. Por lo mismo, Juan Pablo II y la Santa Sede desarrollaron una intensa campaña de concientización y de información, que permitió, al menos, evitar el triunfo de las posiciones más opuestas al respeto a cualquier vida humana, especialmente la de los no nacidos .

Con lo que acabamos de presentar, un esbozo muy incompleto y pobre, vislumbramos la situación mundial, eclesial y humana que prepararon el terreno y llevaron al nacimiento de la encíclica Evangelium vitae. ¿Qué ha ocurrido los 10 años siguientes?

2. Evangelium vitae en perspectiva

La encíclica papal en favor de la vida humana, especialmente en sus fases más débiles, no sólo mantiene una actualidad fuera de lo común, sino que, sobre todo, muestra en toda su fuerza un carácter profético que interpela las conciencias de todos los creyentes y de los hombres de buena voluntad. Repasemos algunos de los hechos que podrían representar las «ofensivas» que reflejan la vitalidad y la fuerza de la cultura de la muerte.

a. Pocos meses después de la publicación de nuestro documento, una conferencia mundial sobre la mujer, promovida por las Naciones Unidas en Beijing (China, septiembre 1995), supuso un nuevo choque entre dos mentalidades antagónicas respecto a la mujer y a su papel singular en la transmisión de la vida. El deseo legítimo y justo de defender la dignidad de la mujer y de promover su respeto en un mundo donde abundan discriminaciones y abusos contra la misma, se unía a las presiones de grupos y organismos gubernativos y no gubernativos que entendían la superación de estas injusticias desde una perspectiva equivocada: la ideología de género, cuyas raíces culturales se encuentran en relación directa con ciertas formas de pensamiento marxista .

b. La conferencia de Beijing fue sólo una muestra de la fuerza que habían cobrado, en el ámbito internacional, ciertos grupos y algunos gobiernos en la promoción de una ideología a favor de la anticoncepción, del aborto, de la «liberación sexual» (entendida bajo la fórmula «derechos reproductivos»), de nuevos paradigmas de salud (con la confusa noción de «salud reproductiva»), y de nuevos modelos del matrimonio y de la familia.

El tema de la familia se ha convertido en un terreno de lucha entre dos mentalidades contrapuestas. Los grupos antifamilia buscan superar el paradigma «tradicional» de la relación monogámica y estable entre un hombre y una mujer, un paradigma que sería fundamentalmente «machista» y opresor. En esta perspectiva, la maternidad es presentada muchas veces como una situación en la que la mujer oprimida es desposeída del derecho a decidir sobre su cuerpo y su vida. Igualmente, se busca dar espacio a una amplia variedad de posibilidades que depende de la libre iniciativa de los individuos, y que podría generar un sinnúmero de modelos de vida «matrimonial» y familiar, ajenos completamente a la naturaleza profunda de la sexualidad humana, pues tales modelos tienen sus raíces sólo en una mentalidad individualística y hedonista, es decir, parcial e incompleta .

c. En estos años la lucha a favor de un aborto «seguro» y legal ha buscado nuevas estrategias para vencer la oposición en aquellas naciones que ofrecen una mayor protección a la vida antes de nacer. De modo especial se notan continuos ataques a las leyes que prohíben o restringen el aborto en Latinoamérica. A la vez, y como un medio para esquivar las barreras legales, grupos de presión tratan de introducir, país por país (especialmente en los países que ofrecen mayor resistencia a la legalización del aborto), la «anticoncepción de emergencia», que en su modalidad aplicativa tiene una clara intención abortiva al impedir la anidación en el útero del hijo que pudiera haber sido concebido después de una relación sexual «no protegida». En otros lugares, la presión antivida busca sensibilizar a la opinión pública para que legalice el aborto en situaciones extremas, como en los casos de violación o ante ciertas enfermedades en los embriones o fetos .

d. Otro ámbito de gran actualidad y de fuerte enfrentamiento entre la Iglesia y algunos grupos de presión radica en el modo de afrontar la epidemia del SIDA , así como otros dos problemas relacionados con la sexualidad humana: el alto número de embarazos de adolescentes, y la difusión de otras enfermedades de transmisión sexual (ETS). Algunos gobiernos y organismos internacionales promueven, como solución a estos problemas, programas de «educación sexual» y de prevención que carecen de buenos principios éticos, y que muchas veces implican un desprecio al papel que la familia tiene que jugar en estas temáticas respecto de los niños y adolescentes. El resultado de estos programas ha sido nefasto: junto al deterioro moral de tantos adolescentes, jóvenes y adultos que ven la sexualidad como un juego, desligado de cualquier responsabilidad hacia la vida, se han mantenido o incluso elevado los índices de embarazos de adolescentes, mientras que las ETS (y el virus del SIDA) se han difundido aún más entre la población.

e. En el ámbito de la medicina reproductiva y de las técnicas de fecundación artificial se ha desarrollado un fuerte debate en torno a dos nuevos horizontes de la investigación científica: la clonación humana y la investigación sobre las células estaminales obtenidas a partir de embriones humanos . Sobre la clonación, se ha suscitado un debate de enormes proporciones dentro de las Naciones Unidas, que ha dividido a los países partidarios de prohibir sólo la «clonación reproductiva» para dejar abierta la posibilidad de la «clonación terapéutica», y los países que defienden una prohibición total de cualquier forma de clonación. Como ha reconocido acertadamente un documento preparado por el Vaticano para las discusiones de otoño de 2004, la así llamada «clonación terapéutica» no sería más que una «clonación reproductiva» con fines de investigación, es decir, orientada a producir embriones destinados a su destrucción para favorecer el «progreso» de la ciencia o de la medicina .

Este debate encierra diversos aspectos que se mezclan en las discusiones. Por un lado, es cada vez más patente el deseo de algunos grupos científicos por conseguir un amplio espacio de acción en orden a investigar sobre cualquier tipo de células estaminales, obtenidas incluso a través de la destrucción de «embriones sobrantes» o de embriones creados expresamente para la investigación. Por otro, esos mismos científicos, aliados a algunos grupos de presión, han creado enormes expectativas en la sociedad sobre las posibilidades terapéuticas que se obtendrían con la investigación sobre células estaminales embrionarias, con lo que muchas personas no comprenden por qué la Iglesia se opone a tales «beneficios». La posición católica, que coincide en esto con la misma ética natural, es clara: ninguna investigación puede pasar por encima de la destrucción de seres humanos, también cuando se encuentran en su fase embrionaria. Lo contrario sería admitir la injusticia de hacer morir a algunos, los más débiles, para conseguir presuntos resultados sobre otros (enfermos o investigadores deseosos de aumentar su prestigio con nuevos descubrimientos) .

f. Quizá sea posible señalar una novedad significativa a 10 años de la publicación de nuestro documento: el mundo desarrollado está percibiendo con mayor claridad y con sentido de alarma la situación de involución demográfica (la triste experiencia de las «cunas vacías»). Una involución que implica, por un lado, un constante descenso del número de habitantes; por otro, la fuerte inversión de las pirámides de población, en las que cada vez hay menos jóvenes y más ancianos . A pesar de este «descubrimiento», no se ve un cambio cultural y social en las generaciones de esposos jóvenes que permita revertir la situación, pues los complejos problemas del mundo moderno llevan a muchos a posponer el matrimonio a una edad muy tardía, a retrasar la llegada de los hijos, a reducir el número de los mismos a 1 ó 2, sin hablar, desde luego, de los millones de personas que han renunciado o no han podido formar una familia fecunda, o de los que viven el drama de la esterilidad, que afecta entre un 10 y un 20 % de la población.

g. Hay otros aspectos a tener en cuenta en el nuevo contexto cultural, que pueden ser abarcados bajo la noción, no siempre bien comprendida, de «globalización» . Por un lado, existen grupos, como los defensores de la «Carta de la tierra», que quieren repensar la moral y las religiones no desde el primado y centralidad del hombre, sino desde un vago geocentrismo permeado de una espiritualidad confusa y olística. Por otro, la Organización mundial de la salud está promoviendo un nuevo «paradigma de salud» que persigue un máximo nivel de salud para la sociedad (incluso en orden a la misma productividad), dejando de lado a grupos de hombres y a enfermedades que resultan difícilmente curables y sumamente costosas en su tratamiento .

h. Un último aspecto del cuadro actual arranca de una fecha que se ha hecho tristemente famosa: el 11 de septiembre de 2001. La atrocidad perpetrada ese día por un puñado de terroristas bien organizados muestra hasta qué punto la cultura de la muerte puede llegar, en sus deseos por imponer la propia ideología, a procurar la muerte de miles de víctimas inocentes. Desde ese día el mundo ha asistido a nuevas guerras (Afganistán e Irak, sin olvidar conflictos que no han dejado de herir la vida de miles de seres humanos, en Sudán, Colombia, Congo, etc.) y vive sumido en un clima de terror, mientras mantiene una actitud de indiferencia, o un silencio cómplice, ante los millones de abortos (se calculan entre 40 y 60 millones de abortos al año) que se producen en todo el mundo.

3. Conclusión

Podrían ser evocados otros aspectos que se refieren a la vida humana y al respeto sobre la misma, especialmente en lo tocante a los esfuerzos de millones de hombres y mujeres de buena voluntad en favor de los seres humanos más necesitados de asistencia y ayuda. Muchas veces el mundo de la información se muestra poco sensible a las acciones de profesionales de la salud, sacerdotes, religiosos, laicos, voluntarios, personas de todas las clases sociales y de religiones o creencias distintas, que se han dedicado y se dedican con pasión al servicio de los enfermos, los no nacidos, las madres en dificultad, los hambrientos. La cultura de la vida, como el bien, a veces es «silenciosa», pero no por ello deja de escribir las páginas más luminosas de la historia humana.

A la vez, diversas instancias eclesiales han promovido múltiples iniciativas, también a nivel cultural y científico, a favor de la vida. Además de las reuniones plenarias de la Pontificia Academia para la vida, que cada año ha publicado un volumen de actas de alto valor antropológico y ético, también han participado activamente a favor de la vida el Consejo Pontificio para la Familia , y el Pontificio Consejo para los agentes sanitarios . Al lado de instituciones beneméritas por sus estudios e investigaciones sobre temáticas bioéticas, como el Instituto de bioética de la Universidad Católica del Sagrado Corazón (Roma), han aparecido nuevas realidades académicas, como las facultades de bioética (primera en el mundo) del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), fundada en 2001, y de la Universidad Anáhuac (Ciudad de México), y la lista de instituciones que han surgido bajo la sombra y el impulso del «Evangelio de la vida».

A pesar de ello, el panorama mundial no ofrece perspectivas halagüeñas para la causa de la vida. Cada batalla perdida supone el abandono de enfermos, la eliminación de hijos no nacidos, el derrumbe de la conciencia de quienes más deberían proteger la vida humana (políticos, agentes sanitarios, familiares, etc.), el perpetuarse de situaciones de injusticia que implican el hambre de millones de seres humanos. Todo ello justifica el que mantenga plena vigencia la invitación de Juan Pablo II a realizar una auténtica «movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida» (Evangelium vitae n. 95, cf. n. 98). Como sigue el texto del n. 95:

Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida: nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos.

Han pasado varios años desde que el Evangelio de la vida viese la luz. La humanidad recorre los primeros años de un nuevo siglo y un nuevo milenio. El Señor de la historia, Jesucristo, es también el Señor de la vida. Bajo su compañía, desde su Amor, la Iglesia («pueblo de la vida y para la vida», Evangelium vitae n. 105) sabrá ofrecer al mundo un testimonio seguro, sereno, entusiasta, de servicio a los demás, especialmente a los más débiles y necesitados, como testimonio de la presencia del Señor, que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida por nosotros. El testimonio no puede no ser fermento. La masa cambiará, desde la acción de los creyentes y de tantos hombres y mujeres de buena voluntad.

El «pueblo de la vida» se alegra de poder compartir con otros muchos su actuación, de modo que sea cada vez más numeroso el «pueblo para la vida» y la nueva cultura del amor y de la solidaridad pueda crecer para el verdadero bien de la ciudad de los hombres (Evangelium vitae n. 101).

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