Espiritualidad vicenciana: Piedad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Javier Álvarez Murguía, C.M. · Año publicación original: 1995.

I. LA PIEDAD EN LA ORACIÓN.- II. LA PIEDAD EN EL SER­VICIO AL POBRE.- III. DE LAS DEVOCIONES A LOS EJERCICIOS DE PIEDAD. a). Devoción a la Santísima Trinidad.- b). Devoción a Cristo En­carnado.- c). Devoción a Maria.


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San Vicente emplea indistintamente los con­ceptos de «piedad» y «devoción» para referirse a una única, aunque compleja realidad. También San Francisco de Sales, su amigo y maestro, prác­ticamente llega a identificar la piedad con la devoción: «La Eucaristía -dice- es el centro de la religión cristiana, el corazón de la devoción y el alma de la piedad» (Introducción a la vida devo­ta, Apostolado de la prensa, Madrid 1933, II, 14).

Vicente hereda la «devoción» salesiana, según la cual el amor de Dios llega en una persona a tal grado de perfección que no solamente le pre­dispone para el bien sino que, además, le hace actuar «cuidadosa, frecuente y prontamente» (ib. 1, 1). La piedad no queda reducida, por lo tanto, al ámbito de la oración, sino que implica toda la vi­da del cristiano y abarca a todos los cristianos, sea cual sea el puesto que ocupen en la sociedad.

A lo largo de la historia, la piedad ha sufrido diversas modificaciones: de la «pietas» latina, en­tendida como el comportamiento gratuito de Dios hacia el hombre y los deberes de éste hacia su Creador y las demás criaturas, quedó restringido el concepto en la Edad Media al modo de com­portarse ante Dios. Así, la piedad pasó a ser lo que nosotros ahora designamos como «pietismo», es decir, intimismo piadoso sin derivación fraterna. Desde Francisco de Sales hasta el momento ac­tual, cada vez se plantea con más fuerza cómo ser piadosos al mismo tiempo que comprometi­dos en virtud, precisamente, de la misma piedad. Tal vez la respuesta esté insinuada en la Consti­tución pastoral Gaudium et Spes, 43: el hombre por ser «ciudadano de la ciudad temporal y de la eterna» debe guardar un equilibrio entre su com­promiso temporal y su relación con Dios, tratan­do de descubrir la relación existente entre Dios y el mundo, hasta llegar a la deseada «síntesis vi­tal» a que está llamado todo cristiano. Es la síntesis de los extremos que se tocan. Así, la pie­dad termina siendo acción caritativa y «el diálo­go y la historia se transforman en gesto litúrgico» (III Conf. gen. del Episcopado Latinoamer., Pue­bla. La evangelización en el presente y en el fu­turo de América Latina, BAC, Madrid 1979, 122). Vicente no está lejos de este planteamiento ac­tual. Veámoslo detenidamente.

I. La piedad en la oración

La piedad o devoción acompaña de tal manera a la oración que se sitúa detrás y delante de ella. Es como su «atmósfera». Digamos que, en un pri­ mer momento, la devoción prepara para esa sin­gular cita entre el alma y Dios. Si Vicente reco­mienda a las primeras Hijas de la Caridad «que vayan todos los días a la Santa Misa y que vayan con una gran devoción» (IX, 24), no es sino para que el encuentro sea lo más provechoso posible. E, incluso, llega a concretar la devoción en acti­tudes personales, tales como reverencia, atención, vista recogida y espíritu ocupado en buenos pen­samientos (cf. IX, 24. 559; XI, 607; RC, CM X, 12). El Señor se hace presente en el interior de la per­sona y es preciso poner en funcionamiento todos los mecanismos humanos para encontrarle. De la experiencia de San Agustín confirma nuestro san­to la necesidad de ser interiores, de saber entrar dentro de uno mismo para sintonizar con el Es­píritu de Dios (cf. XI, 430). En resumen, la clave pa­ra encontrar a Dios en la oración está en la pie­dad.

Pero la devoción no se reduce sólo a meras disposiciones humanas facilitadoras de oración, sino que, además, tiene mucho de don divino que brota de la misma oración. En palabras de San Vicente, la oración es «vivero de toda devoción». He aquí una de las razones por las que continua­mente recomienda a sus hijos e hijas que no de­jen de participar en los ejercicios de Comunidad, a no ser que razones más poderosas les obliguen a ello (cf. X1, 210-211. 575). Más directamente aún, propone fidelidad y cuidado a los primeros ejer­cicios piadosos de la mañana porque de ellos pue­de depender el grado de devoción para el resto de la jornada (cf. IX, 23. 46. 50).

II. La piedad en el servicio al pobre

Sabemos que el intimismo espiritualista de­sencarnado está muy lejos del espíritu vicen­ciano. Vicente nos ha legado una espiritualidad per­fectamente coherente, de tal manera que todo tiende y se justifica en el compromiso con el po­bre, ya sea para evangelizarle, servirle, o mejor aún, para las dos cosas al mismo tiempo. Por es­ta misma regla, la piedad no puede limitarse só­lo a la «celda del corazón», tiene que desembo­car en el mundo del pobre. ¿Se puede pensar en un servicio piadoso, o es, simplemente, una con­tradicción? En más de una ocasión declaró San Vicente que el servicio realizado por las Hijas de la Caridad debía ser hecho «con devoción». Él mismo lo explica así: «porque los pobres repre­sentan para vosotras a la persona de Nuestro Se­ñor Jesucristo» (IX, 916). No parece que se trate de una expresión incontrolada porque reaparece, en los mismos términos y en un claro contexto de servicio, en las Constituciones actuales de las Hijas de la Caridad (Const. 1. 7). Por lo tanto, desde la interpretación actual, hay que admitir como especialmente vicenciano el servicio realizado de esa manera. Podemos seguir pregun­tándonos, ¿y cómo es el servicio realizado con de­voción? Debe ser hecho con dulzura, reverencia y entendiendo que el pobre, destinatario de todo servicio, en definitiva, es el mismo Señor. Y an­te el Señor, se le encuentre en la oración o en­tre los pobres, siempre hay que aproximarse con devoción.

San Vicente insiste a los Misioneros y a las pri­meras Hermanas para que sean fieles a los «ejer­cicios de Comunidad» (cf. IX, 208. 210. 366. 620; XI, 210-211). Se da cuenta de la importancia que tienen. Pero, al mismo tiempo, se preocupa de dejar muy claro que, en caso de conflicto entre el cumplimiento de una práctica piadosa y el ser­vicio al pobre, prevalece éste último. A lo largo de sus escritos va explicando que el servicio al pobre es anterior a un retiro (cf. VI, 459), al hora­rio de la Comunidad (cf. IX, 65), a la lectura espi­ritual (cf. IX, 297), a todas las prácticas de devo­ción (cf. X, 704), a las Reglas (cf. IX, 131 811 1081 1091), a la meditación (cf. IX, 25. 65. 620), a la Eucaristía dominical, incluso (cf. IX, 25 395 653 725). Y él mismo razona convincentemente esta forma de proceder, diciendo que entre un pre­cepto eclesiástico y otro divino, prevalece siem­pre éste último (cf. IX, 395). Como conocedor pro­fundo de la sensibilidad de las primeras Herma­nas, se adelanta a prevenirlas para que cuando el servicio al pobre les impida acudir a la oración no caigan en escrúpulos, puesto que están cum­pliendo la voluntad de Dios, a la vez que están ejer­citándose en las virtudes de la paciencia y la mortificación (cf. IX, 653. 1081. 1091). Además, no pierden absolutamente nada puesto que eso es «dejar a Dios por Dios, y dejar a Dios por Dios no es dejar a Dios» (IX, 297).

III. De las devociones a los ejercicios de piedad

Se puede hablar en San Vicente de devocio­nes, es decir, de aspectos preferenciales de es­piritualidad, escogidos y vividos en función del carisma y de la propia sensibilidad personal. Por su misma naturaleza, las devociones tienden a concretarse en determinados ejercicios de piedad que, a su vez, nutren y sustentan a las mismas devociones. En el capítulo X de las Reglas Co­munes de la Congregación y en los capítulos VIII y IX de las Reglas Comunes de las Hijas de la Ca­ridad, Vicente presenta todos los Ejercicios de piedad propios de las dos Congregaciones «que se observarán con mucha exactitud y se preferi­rán a cualquier otros» (RC. CM, X, 1). No se dis­tingue entre piedad litúrgica y piedad privada. Pa­ra él todas son «prácticas piadosas».

A partir de los ejercicios piadosos que propo­ne San Vicente, queremos llegar a descubrir las principales devociones, así como la relación exis­tente entre ambas.

a) Devoción a la Santísima Trinidad

El Papa Urbano VIII otorgó como patrono de la Congregación de la Misión a la Santísima Tri­nidad. Por lo tanto esta devoción está vinculada a los orígenes mismos de la Compañía (cf. XI, 104- 105; RC. CM, X, 2). San Vicente concreta esta de­voción en seguir a la Divina Providencia y en cum­plir la Voluntad de Dios. Dios Trino, a través de su Providencia amorosa, gobierna y dirige todo mediante un plan eterno e inviolable. Al hombre le corresponde estar atento para descubrir y se­cundar las indicaciones de Dios. En esto consis­te la devoción a la Divina Providencia (cf. V, 374; IX, 86; XI, 438). El cumplimiento de la Voluntad de Dios es el ejercicio más seguro de que dispone el hombre para llegar hasta el mismo Dios. De ahí la estima, el amor y la devoción que se debe te­ner hacia ese medio que tiende infaliblemente hacia la perfección.

De entre las prácticas piadosas que San Vi­cente recomienda a sus hijos e hijas, algunas de ellas nos parece que van más directamente en­caminadas a alimentar la devoción a la Trinidad Santa. Podemos mencionar, entre otras, el Oficio Divino, por el que el hombre canta las alabanzas debidas a Dios. Debidas porque San Vicente sa­be que «es el primer acto de la (virtud) de la re­ligión» (X1, 606) y, por consiguiente, hay que re­zarlo «con reverencia, atención y devoción» (RC. CM, X, 5). Para la oración de meditación re­comienda Vicente que se comience poniéndose uno en la presencia de Dios y lo mismo para los demás momentos de oración, así como antes de cada jornada de trabajo, «a fin de que todos le sean agradables a Dios» (IX, 1120). Con este ejer­cicio se recuerda uno a sí mismo el sentido pro­fundo que tiene cada acto, al tiempo que posibi­lita su crecimiento en fe. Lo mismo cabe decir de otros actos piadosos recomendados en las Reglas Comunes como, por ejemplo, actos de fe conti­nuos a lo largo del día, comenzando por la ado­ración y alabanza hecha nada más levantarse (RC. CM, X, 2; RC. HC, IX, 1), jaculatorias (cf. IX, 1120), ofrecimiento del día y de las obras bue­nas (RC. CM, X, 2). Todas ellas van dirigidas a Dios con la finalidad clara de alimentar la devoción a la Santísima Trinidad.

b) Devoción a Cristo Encarnado

Cristo Encarnado constituye, sin duda, uno de los fundamentos más importantes de la es­piritualidad vicenciana. Para San Vicente toda su vocación consiste en seguir e imitar a Jesucris­to en cuanto encarnado, es decir, «al Cristo que se despojó de su rango tomando la condición de esclavo…y obedeciendo hasta la muerte y muer­te de Cruz» (Filp. 2, 6-8) y al que «recorría todos los pueblos y aldeas proclamando la Buena No­ticia y curando todo achaque y enfermedad» (Mt. 9, 35). A este Cristo le profesa San Vicente tanta devoción que no desea otra cosa que «re­vestirse de su espíritu» (cf. XI, 235-236. 410) y que sus misioneros hagan lo mismo (RC. CM, X, 2).

Resulta fácil ver la relación entre algunas prác­ticas piadosas que San Vicente estableció para las dos Compañías y la necesidad de configurarse con Cristo Encarnado. Consideremos, como una de las más importantes, la Eucaristía que para San Vicente «encierra en sí el resumen de todos los misterios de la fe» IRC. CM, X, 3), pero que directamente lleva a la unión con Cristo y a renovar el misterio Pascual. Aparte de ser el alimento ne­cesario para las almas, sabe Vicente la importan­cia extraordinaria que tiene para crecer en el amor a Jesucristo. De ahí que recomiende a los Mi­sioneros celebrarla diariamente y a las Hijas de la Caridad asistir con la misma frecuencia (cf. X, 143; IX, 24). Se detiene, por la misma razón en expli­car detalladamente las disposiciones interiores y exteriores convenientes para sacar el máximo provecho, aunque todas ellas pueden quedar re­sumidas en «celebrar la Eucaristía con gran de­voción» (IX, 24). Encarecidamente insiste en prac­ticar las visitas al Santísimo en ocasiones tan variadas como cuando se está pasando una pe­na, cuando se llega a un pueblo para establecer­se o misionar, en la enfermedad, al entrar y salir de casa…(cf. IX, 797. 812. 1191). La continua pre­sencia ante la Eucaristía facilita la vivencia del misterio de Cristo.

La oración de meditación, establecida dia­riamente para los misioneros y para las Hijas de la Caridad, tiene como objetivo la asimilación de las principales actitudes vitales de Cristo, no só­lo en cuanto que -con mucha frecuencia- San Vicente propone meditar sobre los distintos pa­sajes evangélicos, sino además porque se pre­tende imitar a Cristo orante (RC. CM, X, 7). Con la lectura espiritual, práctica igualmente diaria para los Padres y Hermanas, se busca profun­dizar en la figura y el misterio de Jesucristo (cf. IV, 159). Además, los sacerdotes y clérigos de­berán leer cada día un capítulo del Nuevo Tes­tamento (RC. CM, X, 8).

Con el fin de configurarse también con Cris­to humillado y autor de la Pasión redentora, Vi­cente anima a sus hijos e hijas para que cada viernes vivan el acto penitencial consistente en acusarse de las propias culpas, en recibir los avi­sos adecuados y la penitencia merecida (RC. CM, X, 13; RC. HC, VIII, 5). Parecido sentido tiene la práctica del ayuno y la abstinencia los viernes y los días propuestos por la Iglesia. Todo ello para «honrar de alguna manera la pasión de Cristo» (RC. CM, X, 15).

c) Devoción a María

En la misma bula de aprobación en que se confía la Compañía a la Santísima Trinidad, se re­comienda también la veneración, el culto y la de­voción a María (RC. CM, X, 4). San Vicente habló en muchas ocasiones de su devoción mariana y exhortó otras tantas a sus hijos e hijas a «dar ho­nor a María e imitar sus virtudes» (IX, 213).

Para desarrollar la devoción mariana propone, entre otros actos piadosos, la recitación diaria del rosario, el «breviario de los pobres», según ex­presión suya. Por propia naturaleza, el rosario lle­va a contemplar la vida y obra de Jesús en la repetición del Padrenuestro, el Avemaría y el Glo­ria, las más bellas oraciones de todos los tiem­pos. La fusión entre la contemplación y la oración vocal dan como resultado la apertura espiritual al misterio redentor de Cristo y de María.

El rezo del Angelus, varias veces al día, su­merge a Vicente en lo más hondo del misterio de la Encarnación del Verbo, al tiempo que le re­cuerda la actitud disponible de María para cola­borar en los planes salvadores de Dios. Es para él un ejemplo admirable a seguir.

Bibliografía

J. LÓPEZ MARTÍN, Devociones y liturgia, en Nuevo Diccionario de Liturgia, Paulinas, Madrid 1987, 562-582.- U. MAYNARD, Vertus et doctri­ne spirituelle de Saint Vincent de Paul, Am­broise Bray, Libraire Editeur, Paris 1864.- L. MEZZADRI, San Vicente de Paúl y la religiosidad popular, en Vicente de Paúl. la inspiración Per­manente, CEME, Salamanca 1982, 83-112.- E. RUFFINI, Ejercicios de Piedad, en Nuevo dic­cionario de espiritualidad, Paulinas, Madrid 1983, 406-414.

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