Espiritualidad vicenciana: Obediencia

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1995.

Nota previa. Voluntad de Dios y obediencia. Las mediaciones de la voluntad de Dios. Motivos para obedecer. A quien se debe obedecer. Cómo hay que obedecer: dar gusto a Dios. Los permisos: control y discernimiento. «Se reunirán ca­da semana». Medios para obedecer bien. La doctrina y prácti­ca de la obediencia según san Vicente y la sensibilidad actual.


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Nota previa

Siempre que se intenta estudiar el pensa­miento y la conducta de alguien lejano en el tiempo, es de justicia hacer un esfuerzo para li­berarse del presente y centrarse en el tiempo y circunstancias que rodearon al personaje objeto del estudio. Después, en un segundo momento, se puede examinar el resultado del estudio a la luz de lo que actualmente se piensa. Esta actitud es importante cuando se trata de temas que han sufrido grandes y profundas crisis, como es el tema de la obediencia.

En tiempo de san Vicente, se estimaban mu­chos valores que hoy no se aprecian o se apre­cian poco: lo tradicional, lo acostumbrado, el testimonio de los ancianos, la sacralidad de la au­toridad, la firmeza de la ley, la inmutabilidad de la jerarquía, la seguridad. Muchos de los valores llamados objetivos han entrado en crisis profun­da y los valores subjetivos han adquirido una fuer­za especial. En el campo de la obediencia, hoy se prefiere la referencia inmediata con Dios y no a través de sus mediaciones; interesa más la con­ciencia moral personal que las normas morales; se prefiere la libertad de la persona más que la orientación de las leyes.

En la raíz de los cambios, hay dos valores que afectan hoy enormemente a la obediencia: el va­lor de la dignidad de la persona y su libertad. Ca­si instintivamente, se rechaza aquello que pare­ce va a menoscabar la dignidad de la persona o va a limitar su libertad.

La estima de la persona ha puesto de mani­fiesto los dones de la misma, los carismas que deben desarrollarse y llevarse a cabo para bien de la comunidad. La dignidad de la persona, por su parte, exige que se cuente con ella, que se le ofrezcan cauces de diálogo, de participación y que la autoridad actúe más fraternalmente y más democráticamente.

Por otra parte, la sensibilidad a la libertad ha hecho que los acontecimientos históricos que la lesionaron, se juzguen de una manera exagera­da. Los abusos de la autoridad se consideran como necesariamente universales, es decir, que toda autoridad abusa siempre del poder. De ahí, a negar el valor de la autoridad o a mantener una actitud de sospecha ante ella no hay más que un paso.

En un mundo que cambia rápida y profun­damente surge el deseo de crear cosas nuevas y, por eso mismo, se rechaza todo lo que de al­guna manera es óbice a su realización. Los per­misos son vistos como una rémora a la libre ac­tuación de la persona que se siente limitada por la injerencia de los superiores y de las nor­mas.

Otro elemento importante es la cultura secu­lar del hombre de hoy, al menos en el mundo oc­cidental. Dios ha perdido interés, y el desinte­rés por Dios ha originado la apatía por los valores religiosos y por los que se justifican sólo o prin­cipalmente desde la fe.

Existe, pues, nueva escala de valores que afectan en gran medida a la obediencia, tales co­mo la caída de los valores objetivos y la relevan­cia de los subjetivos; la sensibilidad por la digni­dad y la libertad de la persona; la relatividad de la autoridad y de las leyes; la confianza en el hom­bre y la desconfianza en Dios y en sus media­ciones.

Obviamente, tales hechos también han aportado aspectos positivos en el campo de la obediencia: relaciones más fraternas y menos paternalistas entre superiores y súbditos; mayor corresponsabilidad y colaboración y menos auto­ritarismo; dar más lugar a los carismas persona­les que a las decisiones abstractas de las leyes.

Si antes se insistía en los valores de la auto­ridad, del orden, de la ley, de la seguridad moral, de la uniformidad, ahora se insiste en los valores de la iniciativa personal, de la creatividad, de la res­ponsabilidad, del pluralismo y de la creatividad.

Voluntad de Dios y obediencia

En este trabajo, lo que interesa es saber lo que san Vicente, hijo de su tiempo y rodeado de su propia «circunstancia», pensó sobre la obedien­cia. No fue un teórico de la obediencia, se limitó a escribir unas cuantas normas sobre ella en los cuerpos normativos de sus comunidades y a prac­ticarla desde su puesto de superior y a hacerla practicar. Como en las otras virtudes, más que no­vedades doctrinales, san Vicente ofrece expe­riencias.

San Vicente contempló la obediencia, desde puntos de vista distintos, habló de la obediencia del cristiano, del religioso, de la obediencia ecle­siástica y civil, de la obediencia profesional y con­sagrada, de la obediencia del misionero y de la hi­ja de la caridad. Por otra parte, imitando a otros fundadores, escogió aquellos valores de la obe­diencia que más cercanos eran al propio caris­ma. Los monjes buscaron en la obediencia la pu­rificación del orgullo, sometiéndose plenamente a los superiores; los mendicantes buscaron la uni­dad para fortalecer la comunidad, y las comuni­dades apostólicas, la eficacia en el apostolado, san Vicente hizo su propia selección teniendo pre­sente el fin de la Congregación de la Misión y el fin de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Pe­ro, entiéndase bien, no seleccionó unos valores y prescindió totalmente de los otros, trató de dar sentido propio a valores comunes. Siempre, la obediencia cristiana será purificadora del orgullo, creadora de puntos de convergencia y fecunda en la actividad apostólica.

San Vicente puso como base de toda obe­diencia la aceptación libre de la voluntad de Dios manifestada de una manera directa o indirecta. Acudió a los teólogos para explicar lo que es la obediencia: «Los teólogos dicen que consiste en la disposición de hacer lo que quieren aquéllos a los que estamos sometidos». Por el contexto, se ve que está tratando de la obediencia a la volun­tad de Dios manifestada por los superiores. «Se­gún esta disposición, se camina rectamente ha­cia donde Dios quiere» ( XI, 691).

En la misma línea, se movió cuando explicó a las hermanas lo que es la obediencia: «es una virtud por la que sometemos nuestro juicio y nues­tra voluntad al juicio y voluntad de nuestro supe­rior para aceptar y hacer todo lo que crea conve­niente ordenarnos, sin que haya nada que decir». La referencia explícita a la voluntad de Dios la hizo en la conferencia del 14 de julio de 1658, cuan­do explicó las virtudes propias de la Hija de la Ca­ridad a la luz del texto primero de las Reglas co­munes: «la persona obediente nunca quiere más que la voluntad de Dios en todas las cosas y la conformidad en todo con la voluntad de los su­periores» Y añadió: «A veces, uno está preocu­pado por la manera cómo será posible hacer la voluntad de Dios; vosotras no tenéis más que obedecer y haréis la voluntad de Dios» (IX 487).

Sencillamente, pero claramente, san Vicente expuso los dos aspectos esenciales de la obe­diencia cristiana: poner la voluntad de Dios en el origen de las propias decisiones, porque obede­cer es entregar a Dios la propia libertad de deci­sión y aceptar el valor de las mediaciones por las que Dios manifiesta su querer. Por tanto, no se puede hablar de obediencia si en el fondo no es­tá Dios directamente o indirectamente en una de sus mediaciones. A partir de esta visión de la obediencia, no aparecen los aspectos negativos que algunos han visto en ella, tales como la su­misión resignada, la capitulación de la propia li­bertad, la renuncia forzada a la iniciativa personal o la instrumentalización de la persona. Al contra­rio, la obediencia para san Vicente es una mane­ra de relacionarse con Dios y de entrar dentro de los designios de Dios sobre uno mismo.

Las mediaciones de la voluntad de Dios

San Vicente siguió la doctrina, entonces en bo­ga. Dios se comunica de diversas maneras, directa e indirectamente. Dios ha hablado directamente mediante las leyes que ha inscrito en la natura­leza, mediante la revelación, mediante las inspi­raciones y mociones interiores del Espíritu San­to e indirectamente por medio de los aconteci­mientos, los signos de los tiempos, la Iglesia, las leyes positivas, los profetas y los superiores.

Para san Vicente, tenía valor la clasificación es­colástica de la voluntad de Dios:

«voluntad significada», es decir, la voluntad de Dios claramente expresada mediante signos moralmente válidos, como son los mandamientos de Dios y de la Iglesia, las reglas y consti­tuciones, los consejos evangélicos y los man­datos ocasionales de los superiores;

y «voluntad de beneplácito», es decir, la vo­luntad de Dios no claramente significada, pero entrevista en los acontecimientos imprevistos, que están por encima de las fuerzas del hombre, tales como las circunstancias de nuestra muerte, el futuro de nuestra vida, las enfermedades, etc.

La voluntad de beneplácito entra dentro del abandono confiado en las manos de Dios, mien­tras que la voluntad de signo o significada entra plenamente dentro del campo de la obediencia.

En el capítulo segundo número tercero de las Reglas comunes de los misioneros, san Vicente señaló el modo cómo conocer la voluntad de Dios y cómo comportarse ante ella. El primer criterio se refiere a la voluntad significada: «Cumplir siem­pre y en todo lo que Dios quiere es un medio in­falible para conseguir en poco tiempo la perfec­ción cristiana. Todos intentaremos en la medida de nuestras fuerzas el hacer de eso una norma habitual. Para ello, haremos lo que está manda­do y evitaremos lo que está prohibido, siempre que veamos que lo mandado o prohibido viene de Dios, de la iglesia, de nuestros superiores, o de las reglas y constituciones de nuestra Congrega­ción». Los demás criterios se refieren a la volun­tad de beneplácito.

Obedecer siempre es difícil, aun cuando sea el mismo Dios el que habla (cf. Jer, 1, 7; Jn, 1, 10). Al mismo Jesús, le costó aceptar la voluntad del Padre en momentos difíciles. El autor de la car­ta de los Hebreos escribe que Jesús aprendió a obedecer sufriendo y por esta obediencia dolorosa se convirtió en causa de salvación eterna para to­dos los que le obedecen. Más significativo es el pasaje de san Pablo que muestra a Cristo obe­diente hasta la muerte de cruz (cf. Hb 5, 8; Flp, 2, 9).

Es cierto que carece de valor moral el mero sometimiento de la voluntad a otro hombre por muy cualificado que sea. No hay título suficiente para que un hombre se someta a otro. Hasta pue­de ser inmoral, si la mediación no responde al querer de Dios y la aceptación obedece a fines y motivaciones moralmente inaceptables. La obe­diencia sólo tiene valor moral cuando es someti­miento al querer de Dios y a sus legítimas me­diaciones.

Puede surgir un problema importante: la ob­jeción moral ante lo que manda el superior. La cuestión no es totalmente nueva: siempre se di­jo que no hay obligación de obedecer cuando se manda algo contra la ley de Dios, las leyes de la Iglesia, las reglas y las constituciones o cuando el mandato del superior inferior está en contra­dicción con el mandato del superior mayor. Pero ¿hay que obedecer cuando, analizando lo man­dado o el modo cómo se ha mandado, surge un conflicto de conciencia? Pablo VI ha planteado explícitamente esta cuestión y ha dado criterios que pueden ayudar a resolver el problema. El Pa­pa acepta la posibilidad del conflicto entre lo que manda el superior y la conciencia -«ese santua­rio del hombre, en el cual está a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de Pero añade el Papa: la conciencia no es por sí sola ár­bitro del valor moral de las acciones, debe refe­rirse a las normas objetivas y, si es necesario, la conciencia debe reformarse y rectificarse. Fuera de que se mande algo que es pecado o el man­dato implicase un daño grave y cierto, lo que man­da el superior entra dentro de un campo en el que el bien mejor puede variar según los puntos de vista. No se puede objetar en conciencia porque la acción mandada sea objetivamente menos bue­na. Deducir esto, sería desconocer, dice Pablo VI, la obscuridad y ambigüedad de no pocas realida­des humanas. Además, el rehusar la obediencia lleva consigo un daño grave para el bien común. No se puede admitir fácilmente la objeción de conciencia. Esta situación excepcional compor­tará alguna vez un auténtico sufrimiento interior, según el ejemplo de Cristo mismo que aprendió mediante el sufrimiento lo que significa la obe­diencia (Cf. Pablo VI, Evangelica Testificado 28).

San Vicente se planteó esta cuestión, si no en los mismos términos, sí en lo sustancial, pero la zanjó más expeditamente: Al Superior, hay que obedecerlo «en todo aquello que no hay pecado, y le someteremos nuestra manera de pensar y nuestra voluntad como una especie de obedien­cia ciega. Y todo ello, no sólo para cumplir su vo­luntad formal, sino incluso su intención. Hemos de pensar que lo que manda es siempre para bien y debemos confiarnos a su voluntad como la lima en manos de un artesano». En las Reglas de las hermanas, san Vicente se adelantó a po­sibles objeciones: «Actuarán de manera que su obediencia sea puntual, con sumisión de juicio y de voluntad en todo lo que no sea pecado, y sin hacer distinción entre superioras y ofícialas, tan­to imperfectas y desagradables como perfectas y agradables, teniendo en cuenta que no se obe­dece a personas, sino a Dios que manda por bo­ca de ellas.- «Quien a vosotros escucha y obe­dece, me escucha y obedece a mi, y a quien os desprecia, a mí me desprecia».1

San Vicente no entró en la discusiones sobre la obediencia ciega ni sobre ciertas expresiones, como la de ser lima en manos del artesano u otras semejantes. Empleó dichas frases según el uso corriente entre los autores espirituales, queriendo significar el radicalismo y perfección de la obediencia. La obediencia tiene que ser un acto humano, que salga del corazón, libre y espiri­tualmente generoso, porque la obediencia es una virtud: «la obediencia como virtud, tiene que te­ner su principio en Dios, Dios es un Dios de vir­tudes, y su raíz está en el interior» (XI, 691).

A todos los razonamientos anteriores hay que añadir la dimensión de la fe, porque toda obe­diencia que no sea en fe tampoco es obediencia cristiana. Sólo, mediante la fe entramos en el mis­terio de Dios y de sus designios y damos a sus mediaciones la verdadera dimensión. Que a los superiores hay que obedecerlos a la luz de la fe, es una idea muy repetida por san Vicente y re­cogida hoy en los documentos del Vaticano II y en las constituciones de muchas comunidades, entre ellas, las de las Hijas de la Caridad y la de los misioneros.2

Motivos para obedecer

a) El ejemplo de Jesús: su vida fue un «te­jido de obediencia»

El primer motivo es el ejemplo de Jesús que durante su vida no hizo sino obedecer, toda su vi­da fue un «tejido de obediencia». «Algo grande tiene que haber en esta virtud cuando nuestro Se­ñor la amó desde su nacimiento hasta la muerte, puesto que hizo todas las acciones por obedien­cia. Obedeció a Dios, su Padre, que quiso que se hiciera hombre; obedeció a su madre y a san Jo­sé,… y a todos los elevados en dignidad, fueran buenos o malos, de forma que todas las acciones de su vida no fueron más que un tejido de obe­diencia. Empezó su vida de ese modo… obede­ciendo hasta la muerte y muerte de cruz, y por causa de eso, su Padre lo tuvo en mucho, lo en­salzó y lo elevó» (XI, 688).

El análisis del pensamiento de san Vicente nos permite ver que la obediencia de Jesús al Padre es una obediencia filial, que significa de­pendencia, pero sobre todo, identidad de miras, por decirlo de alguna manera. Es difícil para no­sotros llegar a comprender la íntima relación que existe entre el Hijo y el Padre manifestada en es­ta obediencia. La filiación hace que Jesús esté siempre vuelto hacia el Padre, al querer del Pa­dre, de tal manera que todo lo que dice y hace, viene del Padre, su alimento es hacer la voluntad del Padre, hágase la voluntad del Padre. Todas es­tas expresiones están tomadas del evangelio de san Juan, el evangelista que puso en boca de Jesús la perfecta identificación de él con el Padre: «En verdad, en verdad os digo que el Hijo no pue­de por sí hacer nada, sino lo que ve hacer al Pa­dre. Todo lo que el Padre hace, lo hace también el Hijo».3

La dependencia filial, que es de amor y de gozo, Jesús manifestó varias veces la alegría que sentía cuando la voluntad del Padre era conocida y estimada (cf. Jn. II, 41; 12, 27; 17, 4; Mt II, 25), es también obediencia dolorosa, aceptada para llevar a cabo el designio de redención del Pa­dre mediante el anonadamiento del Hijo. Si­guiendo a san Pablo, san Vicente insistió en la obe­diencia hasta la muerte y muerte de cruz. A las hermanas, les dijo que Jesucristo prefirió la obe­diencia a la propia vida. Comparó el viejo Adan, que representa el espíritu del hombre viejo, con el nuevo Adán, Jesucristo, que representa el hom­bre nuevo: «El primero quiso hacer su propia vo­luntad e independizarse de Dios… y al obrar de ese modo, nos perdió a todos. El nuevo Adán, Je­sucristo, vino del cielo a la tierra para hacerse obediente. Ved la diferencia que hay entre los dos. El nuevo busca hacer la voluntad del Padre y el viejo la suya propia; el nuevo se somete a to­dos, hasta a sus inferiores y el viejo no quiere so­meterse al Creador: en fin, el nuevo no intenta más que quebrantar su voluntad, como nos lo enseñó en el huerto de los olivos, mientras que el Adán viejo sólo ansió hacer su propio gusto» (IX, 713-714). La conclusión es que por la obe­diencia, la Hija de la Caridad se identifica con Cris­to, el nuevo Adán, porque el que obedece tiene el espíritu de nuestro Señor: «¿Queréis saber si una hermana de la caridad tiene el espíritu del nue­vo Adán? ved si es obediente» (IX, 714).

b) Por la obediencia se honra la obediencia de Jesús

En las Reglas comunes de los misioneros, hay una visión más cercana de Jesús. La obe­diencia de los misioneros tiene corno fin «honrar la obediencia de Jesús que nos enseñó de pala­bra y de obra, al someterse voluntariamente a la bienaventurada Virgen, a san José y a otras per­sonas de autoridad, buenas y malas…» Esta cer­canía a Jesús obediente tiene gran importancia en el pensamiento de san Vicente porque pone como punto de referencia al Jesús encarnado, al Hijo de Dios y de María, al Jesús que siendo Dios, se hizo hombre en todo, menos en el pecado, y aceptó las mediaciones del Padre hasta ser víc­tima de ellas muriendo crucificado.

A san Vicente, corno superior, le interesaba que los misioneros y las hermanas aceptasen las mediaciones. Por su realismo y sentido práctico, pone en las Reglas de los misioneros y de las her­manas como punto central, la aceptación de las mediaciones. Al proponer el ejemplo de Jesús, obediente a todas las personas, buenas o malas, constituidas en autoridad, tiene la intención clara de mover a los misioneros a que «obedezcan fiel­mente a todos los que tienen autoridad, viendo al Señor en ellos y a ellos en el Señor». Señala en las mismas Reglas las mediaciones principales: Romano Pontífice, Obispos, Superior General, Vi­sitadores y Directores, Superiora, Asistenta, Ofi­ciales, Hermana Sirviente.4

c) Por la obediencia, se crea la comunidad

A las motivaciones principales: seguir el ejem­plo de Cristo y reproducir la obediencia de Cris­to, hay que añadir otras motivaciones, las que se pueden considerar como las motivaciones fun­cionales. San Vicente se dirigió a hombres y mu­jeres que vivían en comunidad, empeñados en conservar la comunidad y en llevar adelante las obras apostólicas confiadas a la comunidad.

Para san Vicente, no hay comunidad si no hay obediencia, porque sin obediencia no hay unión, sin unión no hay orden y sin orden no hay efica­cia apostólica. «Si en la compañía, no hay obe­diencia será una torre de Babel, un desorden continuo» (XI, 690). De una manera gráfica, se lo explicó a las hermanas: «Imaginaos lo que sería un cuerpo si los brazos y los pies, que son los principales miembros para la acción, no quisieran estar unidos a él. No habría nada tan ridículo, de­jarían al cuerpo mutilado y ellos mismos empe­zarían a pudrirse, porque separados del cuerpo sólo servirían para ser enterrados. Lo mismo pa­saría con la comunidad en donde no se observa­se la obediencia». Les puso también el ejemplo del soldado que, aunque le cueste la vida, entra­rá por la brecha que le han mandado, porque si la desobediencia se introduce en el ejército, adiós todo el orden de la guerra, todo se vendría abajo (IX, 484).

d) Por la obediencia, se conserva y se acrecien­ta el vigor de la comunidad

La conservación y vitalidad de la Compañía depende de la obediencia. La obediencia ayuda a que las personas perseveren, las introduce dentro del proyecto común, las hace disponibles para ir a donde se las mande y las capacita para trabajar juntas. Solamente así, la comunidad se mantiene viva, vigorosa, capaz de alcanzar las metas que se ha propuesto y de realizar las obras que le han sido confiadas.

Surge la cuestión de si la obediencia capaci­ta a las personas o más bien las limita. No creo que se pueda dar una respuesta absoluta. Puede suceder que en una comunidad decadente, sin proyecto de futuro, las personas se vean limita­das y se empobrezcan paulatinamente; puede suceder que personas muy cualificadas estén dentro de una comunidad en la que no deberían estar a causa de una elección no bien hecha, pe­ro si la comunidad es viva, con proyectos atra­yentes y se está en ella con verdadera vocación, lo más seguro es que la persona se potencie, se capacite más, se enriquezca y logre realizar lo que por sí sola nunca alcanzaría.

San Vicente tuvo la habilidad de saber apro­vechar los talentos de los padres y de los herma­nos. Es un principio general que los superiores, y la misma comunidad, tienen obligación de apro­vechar y desarrollar las capacidades e iniciativas de sus miembros para el bien común, mientras di­chas iniciativas estén en conformidad con el fin, proyecto y espíritu de la comunidad. Este criterio es hoy norma en las comunidades vicencianas,5 fieles al deseo de la Iglesia y del mismo san Vi­cente: «Mientras la Compañía tenga la virtud de la obediencia, permanecerá en pie, pero cuando le falte, vendrá la decadencia. Pues lo mismo que la Iglesia, que no subsiste más que por la obe­diencia de los obispos al Papa, de los párrocos a los obispos y así en lo demás, del mismo modo todas las comunidades, especialmente la vues­tra, necesitan para perseverar esa obediencia de los inferiores a los superiores» (IX, 712).

e) Por la obediencia, se logra la unión de los co­razones

El valor de las instituciones está en que cre­an puntos de coincidencia entre los diversos miembros que forman la comunidad y señalan los puntos claves para todos. Entre las institu­ciones, está, juntamente con la de las reglas, el oficio del superior que, sin duda, es para san Vi­cente la institución que más debe influir en la cre­ación de la unidad.

Pero interesa el razonamiento que hizo san Vicente. Se fijó en la Santísima Trinidad, en las re­laciones de las tres divinas personas. Si hay unidad en la Santísima Trinidad es porque el Hijo aceptó, se abajó y respetó la jerarquía existente, a fin de que el Padre mantuviera todo el poder. La conclusión es que «en una comunidad no ha­brá unión si los súbditos no obedecen. Dios quie­re unir esos dos extremos: ha ordenado a los superiores que desciendan todo lo que puedan ha­cia sus inferiores y que todos sean dóciles para mantener la unidad (IX, 956).

f) Por la obediencia, se alcanzan otros muchos bienes

Dada la espiritualidad entonces vigente, no podía faltar, como motivo para practicar la obe­diencia, la estima de los valores que la obedien­cia produce:

  • la obediencia da seguridad moral, pues si los superiores se pueden engañar, nunca se engaña el que obedece;
  • la obediencia da valor a los actos indiferen­tes y aumenta el valor de los que ya son buenos, «es como un bajorrelieve que hace más brillan­tes a las obras que ya son buenas» y añade pie­dras preciosas a las ya existentes; es «la divina virtud que diviniza los espíritus». Las hermanas obedientes; «serán más esplendorosas que el sol de los soles», y la Compañía «será un retablo de santos» (IX, 957)
  • La obediencia puede sustituir obras muy buenas. A santa Luisa, le dijo san Vicente que obedecer era mejor que oír una misa (I, 144; IV, 179).

A quien se debe obedecer

La lectura de las Reglas y de los demás es­critos de san Vicente permite hacer una lista lar­ga de «superiores» a quienes las hermanas y los misioneros deben obedecer: Papa, Concilios, Obis­pos y párrocos, superiores: general y locales, di­rector, confesor, autoridades civiles, damas de la caridad, médicos, administradores, bienhechores y, como si fueran pocos los superiores señalados, también se debe obedecer a los iguales e infe­riores y a la campana como a la voz de Dios.6

La mención de cada superior tiene un con­texto especial, pero siempre hay una razón para obedecerlo. San Vicente concibió la obediencia, más que como una virtud concreta, en un senti­do amplio y práctico, como un espíritu que ani­ma toda la persona que se ha dado plenamente a Dios. No se planteó el problema de la diferencia que existe entre superiores internos y exter­nos, ni a quienes se debe obediencia en sentido estricto y a quienes en un sentido amplio. Tam­poco san Vicente estableció la diferencia que hay entre obediencia, respeto y sumisión, como la hacen las Constituciones y Estatutos actuales de las Hijas de la Caridad (C 2, 8; E 3).

La distinción entre la obedienca-virtud y obe­diencia-voto era muy clara en tiempos de san Vi­cente, sin embargo, ordinariamente él no la pu­so de relieve, aludió a ella alguna que otra vez. Siguió el criterio de san Benito para quien todos se deben obedecer mutuamente (Regles des moi­nes, Seuil, Paris, 1982, c. 71, p. 137). La obe­diencia benedictina no se reduce a la obediencia oficial, a la obediencia mínima, sino que se ex­tiende a toda clase de superioridad, como puede ser la edad, la experiencia, y la misma amistad. En realidad, en la vida comunitaria lo que debe fun­cionar es la virtud de la obediencia, más que el voto de obediencia, sobre todo, si se acepta la dis­tinción entre ambos como sucedía en los cuerpos normativos anteriores al Vaticano ll.7

Podemos decir que para san Vicente hay cua­tro criterios que justifican la larga lista de supe­riores:

  1. El sentido amplio de la obediencia como entrega de lo que uno es al servicio de la volun­tad de Dios. La verdadera y perfecta obediencia va más allá de lo estrictamente mandado, hay que obedecer a la intención del superior y «por­que los verdaderos obedientes no se contentan con seguir lo que les ordenan, sino que van más allá, haciendo lo que creen que es su intención» (IX, 860).
  2. El servicio eficaz a los pobres, que debe ser pronto, en armonía con todos los colabora­dores y respetuoso de los derechos de cada uno: damas, párrocos, médicos y administradores.
  3. La seguridad que, principalmente, las her­manas debían tener en todo lo que hacían. El me­dio mejor para lograr la seguridad era obedecer, no sólo a los superiores, sino a los confesores, directores y misioneros que estaban encargados de ayudarles espiritualmente.
  4. El respeto a los demás. La obediencia era otro medio para guardar el orden, el respeto a los demás, y librar a la comunidad de ciertos ries­gos. Por eso, las Reglas prohiben invadir lo pri­vado (excepto la correspondencia), interferirse o entrometerse en los oficios de los otros, entrar en los lugares reservados y manda respetar la je­rarquía y ser puntuales a los actos comunitarios porque la voz de la campana es la voz de Cristo (RC. CM c. V).

Cómo hay que obedecer: dar gusto a Dios

La obediencia tiene que ser lo más perfecta posible porque debe reproducir la obediencia de Cristo, que fue perfecta, hasta la muerte y muer­te de cruz, y porque lo que se pretende con ella es agradar a Dios, dar gusto a Dios.

La obediencia tiene que ser voluntaria, libre y no por miedo, pronta porque hacer las cosas con retraso disminuye el mérito, humilde y constante.

Tanto a los misioneros como a las hermanas, les pidió san Vicente que obedecieran sometien­do el juicio, ciegamente. La obediencia ciega ha sido considerada por muchos autores espiritua­les como la práctica perfecta de la obediencia. Otros, en cambio, han visto en ella cierta irracio­nalidad.

Referente a la obediencia ciega, lo primero que hay que decir es que los superiores nunca mandan creer proposiciones especulativas. Los superiores dan preceptos para que se cumplan. En segundo lugar, que la cuestión de la obediencia ciega hay que plantearla a la luz de la fe. No hay peor disolvente de la obediencia cristiana que medirla por los cánones de la eficacia de las em­presas humanas o desde la mera razón. El súb­dito que obedece iluminado por la fe, supuesta la legitimidad del mandato, sabe que acepta el de­signio de Dios, aunque vea claramente que para lograr los fines del orden de la eficacia externa no sea el medio más adecuado (A, COLORADO, Los consejos evangélicos a la luz de la teología actual, Sígueme, Salamanca, p. 306).

San Vicente aceptó la doctrina común y sin más se la expuso a los misioneros y a las her­manas. A éstas, les hizo esta pegunta: «Qué es lo que se quiere decir con sumisión de juicio? Es hacer lo que se os ha mandado con convicción de que eso será lo mejor, aunque os parezca que lo que se os manda no está tan bien como lo que vosotras pensáis, y que eso será lo mejor porque la santa obediencia es agradable a Dios. Muchas voces, se nos oculta lo que es mejor, como su­cede con los rayos del sol cuando se pone por me­dio alguna nube. No es que el rayo no exista, si­no que desaparece por algún tiempo. De esta forma, sucede que el conocimiento de lo mejor nos queda oculto por la preocupación de alguna pasión, lo que nos da a conocer que la mayor se­guridad está en seguir la obediencia» (IX, 83, 719, 957, 960).

San Vicente, llevado un poco de su entusias­mo oratorio, fue muy exigente cuando dijo: «Y si hubiera una pobre hermana tan desprovista de jui­cio que quisiera ver si la superiora tiene razón en ordenar tal cosa, hijas mías, sería una gran locu­ ra imaginarse que uno puede ordenar mejor que aquellos que han sido llamados por Dios para ello, sobre todo en la Compañía de las Hijas de la Ca­ridad, que tiene que ser una Compañía de obe­diencia y humildad» (IX, 971).

En resumen, San Vicente aceptó «a ciegas» la doctrina de la obediencia ciega y la expuso con cierto entusiasmo para convencer a sus oyentes, hermanas y misioneros. Por sus propias convic­ciones, no podría poner en duda una doctrina que llevaba a una práctica profunda de la obediencia a la luz de la fe, siguiendo a Cristo obediente has­ta lo absurdo, humanamente hablando. «Hemos de pensar que lo que nos manda el superior es siempre para bien y debemos conformarnos a su voluntad, como lima en manos del artesano» (RC CM, V, 2).

Los permisos: control y discernimiento

La lectura de las Reglas comunes de los mi­sioneros y de las hermanas dejan la impresión de que, salvada la legitimidad del acto, con permiso se puede todo y sin permiso no se puede nada. Es claro que uno de los ejes de la comunidad vi­cenciana es la relación superior-súbdito. En el capítulo V de las Reglas comunes de la Congre­gación de la misión, de los 16 artículos que la componen, en 15 aparece el superior.8

Interesa saber la razón de esta dependencia del Superior en la vida ordinaria de la comunidad vicenciana. En la conferencia del 25 de julio de 1653, el tema que san Vicente expuso fue el de la práctica de los permisos. Como otras veces, de­jó hablar a las hermanas y él completó lo que las buenas hermanas dijeron.

Esta conferencia es una de las que merecen la calificación de domésticas, es decir, en ella se trataron temas para andar por casa. Las herma­nas, como es normal, se refirieron a la obedien­cia y cayeron en la casuística de los permisos. Qui­zás, por ser un tema doméstico, muy concreto y muy al alcance de las hermanas, el mismo san Vi­cente dijo exagerando un poco que si alguna vez habían tenido una conferencia importante había sido ésta.

En el trasfondo de la conferencia revolotea la idea de control, pero no un control policíaco, si­no un control de orden, de seguridad, de cuida­do, como un medio que el superior debe tener para cumplir bien su misión. Sin embargo, el con­trol no es la única idea que está en la base de los permisos. Están también otras: la seguridad de que se actúa bien, la tranquilidad de conciencia, el dar más mérito a lo que se hace, la edificación del prójimo y el orden en la vida comunitaria.9

Se encuentra también la idea del discerni­miento. Ciertamente, san Vicente no se planteó explícitamente el tema de los permisos como me­dio del discernimiento, tal como hoy se plantea, pero tampoco tal idea le fue totalmente ajena y ex­traña. La concesión del permiso debe hacerse se­gún las Reglas, y la actitud del que lo pide debe ser de indiferencia total: «para que la Congrega­ción progrese con más facilidad en esta virtud (obediencia) nos esforzaremos por que siempre es­té viva en nosotros la saludable práctica de no pe­dir ni rehusar nada. Sin embargo, cuando alguien advierta que algo le es perjudicial o necesario, de­liberará en presencia del Señor, si debe o no ex­ponerlo al Superior. Procurará tener una actitud de indiferencia en cuanto a la respuesta que se le pueda dar y con esa disposición expondrá el problema al superior, en la seguridad de que la voluntad de Dios se le manifiesta a través de la voluntad del superior. Una vez conocida ésta, que­dará tranquilo» (RC CM, V, 4).

«Se reunirán ca­da semana»

¿Fue extraño el diálogo a la obediencia vi­cenciana? Cuando el gobierno es evangélico, el respeto a la persona se manifiesta de muchas maneras. Se ha afirmado que las semillas de la democracia actual se encuentran en las reglas monacales y en las constituciones de los mendi­cantes. Aquellas semillas se desarrollaron pos­teriormente, cuando otras ideas sobre el hombre y la sociedad abonaron el campo. Algo parecido se puede decir del diálogo como medio para man­dar bien y obedecer bien. El diálogo, como insti­tución desarrollada tal como hoy la exponen las Constituciones, no existió en tiempos de san Vi­cente. Sin embargo, su modo de gobernar, el que se manifiesta en su correspondencia, da espa­cio y tiempo al interlocutor para mantener un diá­logo familiar con el superior.

En las Reglas comunes de los misioneros, hay una institución que se puede considerar como una semilla de las actuales formas de diálogo. En el número 5 del capítulo V de las reglas comunes a los misioneros, san Vicente estableció: «Todos se reunirán cada semana, en el día, hora y lugar señalados, para oír al superior lo que éste tenga que decir sobre el orden de la casa. Si tuvieran algo que sugerirle, hágase en ese momento». Que tal semilla no se haya desarrollado es otra cuestión que no interesa ahora.

Ei diálogo, tal como se concibe hoy, es mu­cho más amplio de contenido, más profundo en el modo y más exigente en la técnica. El artículo 98 de las Constituciones de la Congregación, lo propone y al mismo tiempo avisa de que el diá­logo no puede anular el poder de decidir de los superiores (Vaticano II, Perfectae Caritatis 14: Pa­blo VI, Evangelice Testificatio 25).

Medios para obedecer bien

Se pueden enumerar varios medios para ser fieles a la obediencia prometida en la Congrega­ción. Me limito a señalar dos actitudes que están en la base de todos los demás medios: La sincera y comprometida entrega al Señor y la sincera y comprometida entrega a la comunidad. Estas dos actitudes ponen al misionero y a la hermana en la posición correcta: se sitúan en el ámbito de la fe y se colocan en el espacio libremente escogi­do para donar la propia existencia. Los votos, en general y, por tanto, el de la obediencia, no sólo significan entrega a Dios en la Iglesia, indican también el estilo de vida que se escoge en el pre­sente cara al futuro incierto.

Lo dicho anteriormente no es otra cosa que la cuestión que hoy se plantea con el nombre de integración o pertenencia. Los autores espiritua­les antiguos lo expresaban con otro lenguaje y se preguntaban ¿a qué has venido? San Vicente re­cuerda a las hermanas las preguntas de san Ber­nardo (IX, 713).

La importancia de esas dos actitudes estriba en que desde ellas se pueden plantear bien to­dos los problemas que pueden surgir en el cam­po de la obediencia. Plantear bien la cuestión es el primer paso en todo planteamiento, sobre to­do, cuando entran en juego las opiniones de las personas en torno a intereses comunes. Para comprender bien la obediencia y sus exigencias, es absolutamente necesario plantearlas desde la fe, desde la consagración de la persona al Cristo obediente y desde un amor sincero y sin fisuras a la comunidad.

No se trata de crear personas débiles y con­formistas, al contrario, se trata de crear personas responsables, críticas, dispuestas a colaborar al bien común, por encima de las visiones parciales y egoístas de las cuestiones, pero desde criterios correctos.

San Vicente aludió a este aspecto de la per­tenencia cuando dijo a las hermanas que deben obediencia desde el momento en que entraron en la Compañía, porque de lo contrario, nunca hu­bieran sido admitidas (IX, 85) y cuando introdujo los votos en la Congregación para afianzar las vo­luntades en el compromiso contraído de darse a Dios en la Misión para toda la vida (X, 346, 436).

La doctrina y práctica de la obediencia según san Vicente y la sensibilidad actual

La sensibilidad o cultura actual impulsan a po­ner el acento sobre algunos valores que no coin­ciden exactamente con la sensibilidad y la cultura que vivieron san Vicente y sus primeros seguido­res, misioneros y hermanas. Hoy, nos planteamos cuestiones como el origen de la autoridad en las comunidades religiosas que, al menos, ponen un interrogante al valor tradicional de la obediencia re­ligiosa como expresión indiscutible de la voluntad de Dios.

La sensibilidad actual tiene miedo a aceptar que la obediencia sea ciega, obedecer como un cadáver, lima en manos del artesano, cayado en manos del anciano, porque la experiencia histó­rica de este tipo de obediencia ha sido desastro­sa. Igualmente, por los fallos objetivos y subjeti­vos detectados con evidencia en la autoridad, hay cierta resistencia a aceptar sin crítica lo que los superiores disponen como lo mejor.

El sentido de comunidad, como realidad teológica, como comunidad de fe, de oración, eclesial, de apostolado, como algo de todos, ha inspirado la creación de nuevas estructuras de gobierno, ordinariamente más participativas, más democráticas, más comunicativas de experien­cias. Estos nuevos valores exigen nuevas mati­zaciones en el modo de gobernar y en el modo de obedecer.10

La experiencia enseña que muchos superio­res no fueron los mejores miembros de la co­munidad, ni los que más la amaron y más dieron por ella. Poner en las manos de los superiores, sin más, el presente y futuro de las personas y de las instituciones de la comunidad es arriesga­do y por tanto, obliga a ser muy cautos cuando se trata de obedecer.

La visión de la comunidad, constituida por per­sonas maduras, empeñadas ante todo en servir a Dios, exige que el superior no sea un profesio­nal de las obras, sino un guía espiritual de la co­munidad: hombre espiritual capaz de dirigir hom­bres espirituales.

Estas y otras cuestiones están abordadas en los documentos actuales del magisterio de la Igle­sia, en las constituciones y estatutos, y en los au­tores espirituales. Sin embargo, tales aspectos, interesantes, necesarios para obedecer bien hoy, sin perjuicio de las personas y de las institucio­nes ¿anulan la doctrina que san Vicente enseñó sobre la obediencia? En general, hay que decir que no. Sin embargo, creo que es necesario hacer una lectura de la doctrina vicenciana sobre la obe­diencia desde nuestra sensibilidad, sin temor a li­mar lo que sea necesario y a poner de relieve lo que convenga, a dejar a un lado lo que no sirve o sirve menos y realzar lo que resulte mejor. No me parece muy difícil hacer una síntesis armóni­ca con los elementos dados por san Vicente y lo que los cuerpos normativos de las comunidades vicencianas ofrecen hoy.

Bibliografía

Constituciones y Estatutos de la Congregación de la Misión, CEME, Salamanca, 1985.- Cons­tituciones y Estatutos de las Hijas de la Can.- dad, Madrid, 1983.- F. CONTASSOT, Saint Vincent de Paul, guide des supérieurs, Mission et Cha­rité, Paris, 1964.- Explanatio votorum quae emittuntur in Congregatione Missionis, ordi­ne disposita, Parisiis, 1911.- H. DE GRAFF, De votis quae emittuntur in Congregatione Mis­SiOniS, Nijmegen, 1955. H. HERNANDO ESCOBAR, Los votos que se emiten en la Compañía de las Hijas de la Caridad, Bogotá, 1962.- J. JA­MET, Los santos votos hoy, Pablo López, Ma­drid, s/d. .- S. GUILLEMIN, Circulares sobre los santos votos, Madrid, Pablo López, s/d, to­mos I, II.- Instrucción sobre los votos de las Hijas de la Caridad, Madrid, 1990.- M. PÉREz FLORES, Las reglas comunes de las Hijas de la Caridad siervas de los pobres enfermos, CE-ME, Salamanca, 1989.- J. CORERA, Diez estu­dios vicencianos: La comunidad en las reglas comunes, CEME, Salamanca, 1983, p. 89.- R. MALONEY, The four vincentians Vows: Yester­day and toda y, Vincentiana (1990) 230.- ID. El camino de Vicente de Paul, CEME, Salaman­ca 1993.

  1. Constituciones y Estatutos de la C.M., CEME, 1985, Reglas comunes, c. V, 2; Pérez Flores, M., Reglas comu­nes de las Hijas de la Caridad siervas de los pobres enfer­mos, CEME, Salamanca, 1989, c. IV, 2, p. . 104. El texto ci­tado lo he tomado de las Reglas que explicó san Vicente.
  2. Constituciones y Estatutos de la C.M., o. c., art. 37, § 1; Entregadas a Dios para el servicio de los pobres. Cons­tituciones y estatutos de las Hijas de la Caridad, C 2, 8.
  3. Cf. Jn 5, 19; 5., 30; 6, 38. Cf. DODIN, A., San Vicen­te de Paúl, pervivencia de un fundador: la inspiración evan­gélica de la doctrina vicenciana, Salamanca, 1972, p. 37.
  4. Cf. Constituciones y Estatutos de la C.M., Reglas comunes, o. c., c. V, 1. Pérez Flores, M. Reglas comunes de las Hijas de la Caridad, o. c. p. 104-105.
  5. Constituciones y Estatutos de la CM., o. c. art. 22; Entregadas a Dios para el servicio de los pobres. Consti­tuciones y estatutos de las Hijas de la Caridad, C 2, 19; 2, 20; 2, 21.
  6. Constituciones y Estatutos de la C.M., Reglas co­munes, o. e., c. V, 1, 2, 3; Pérez Flores, M., Reglas comu­nes de las Hijas de la Caridad…, o. c., c. IV, 1, 3, 4. p. 105- 106.
  7. En las constituciones actuales de la Congregación de la Misión (art. 38) y de las Hijas de la Caridad (C 2, 8), se hace de nuevo la distinción entre voto y virtud, pero la ex­plicación hay que hacerla de tal manera que el voto tenga la misma extensión que la virtud, al menos, como criterio general.
  8. Corera, J., Diez estudios vicencianos: la comunidad en las reglas comunes, CEME, Salamanca, 1983, p. 92. El P. Corera da otras cifras: de los 142 artículos de las reglas la figura del superior aparece en 63, es decir, un 44% del número total de artículos.
  9. La lectura atenta de cada uno de los artículos de las Reglas comunes en donde se exige el permiso, descubre que hay una razón personal o comunitaria que lo apoya y que va más allá del mero control.
  10. Las Constituciones y Estatutos de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad han introducido nuevos principios de gobierno y han creado nuevas estructuras de gobierno, vg. : el proyecto comuni­tario. Se ha dado mayor amplitud a la representatividad en las asambleas y mayor influjo a los consejos en todos los niveles. Se han establecido limitaciones a la autoridad de los superiores mayores y se han creado nuevos cauces para una mayor participación, colaboración y corresponsa­bilidad de todos los miembros de la comunidad, cf. Cons­tituciones y Estatutos de la C.M., o. c., Parte Entrega­das a Dios para el servicio de los pobres. Constituciones y estatutos de la Compañía de las Hilas de la Caridad, III Par­te, Vida de la Compañía, Gobierno.

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