Espiritualidad vicenciana: Máximas evangélicas

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana1 Comment

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Autor: Jesús Docampo Sotelo · Año publicación original: 1995.

Las máximas evangélicas en los escritos de san Vicente. Las máximas evangélicas en el mundo de hoy.


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Quien busque la expresión máximas evangé­licas en los diccionarios de Espiritualidad o libros más o menos especializados en esa materia, se llevará una sorpresa nada grata, dado que el tér­mino no parece existir, o tener entidad como pa­ra tratarlo separadamente como otros. ¿Quiere esto decir que la importancia de las máximas evangélicas es secundaria? Posiblemente sería también un error el pensar de esa forma. No creo que por el olvido, silencio o carencia de trata­miento aislado, sea, por ello, menos importante. Lo que sí se observa es que en los libros cuya te­mática se refiera al seguimiento de Cristo, vo­cación, bienaventuranzas, consejos evangéli­cos, radicalismo evangélico… navegan, por todo su contenido, las máximas evangélicas. Parece más sencillo tratar una parcela concreta, como son los temas, que afrontar la labor del campo de las máximas, dada su amplitud.

Históricamente puede verse que la dirección dada al seguimiento de Cristo ha facilitado el ol vido progresivo de las máximas evangélicas, al decantarse por una vía doble de seguimiento: la secular, la del laico, y la religiosa. Esta división ha­ce que progresivamente la vía religiosa asuma el radicalismo evangélico y reduzca el mismo a la vivencia de la tríada de consejos evangélicos ex­presados en los votos de obediencia, pobreza y castidad, dejando para el simple creyente, la parte considerada como preceptos.

El mismo San Vicente no queda exento de esa división, aunque vemos que intenta, por otra parte, universalizar el sentido de las máximas evangélicas: «…porque hay almas santas que vi­ven en el mundo como si no estuvieran en él; es­tán entre los malos, pero viven cristianamente… ¿Es que acaso no tienen todos los cristianos obli­gación de mirar con horror las máximas del mun­do? Sí; pero vosotras estáis especialmente obligadas a ello, no sólo como cristianas, sino también como Hijas de la Caridad…» (IX, 759).

A pesar de ello la tendencia a cerrar el círcu­lo de la división de creyentes por su graduación es corriente: «…Dios tiene dos clases de servi­dores en su Iglesia: unos que viven como buenos cristianos, aunque no se vean libres de los jale­os del siglo, y otros a los que ha separado de es­ta masa corrompida del mundo para servirle con mayor perfección…» (IX, 759).

La duda puede surgir en lo referente a las Hi­jas de la Caridad a las que les dice que deben ser buenas cristianas…tener más virtud que las religiosas porque viven en el mundo… y, por otra parte, parece que las señala entre las separadas de esta masa corrompida… Estar en el siglo era claramente opuesto a separarse del mismo.

Si nos remontamos al comienzo de la «co­munidad religiosa» encontramos que ésta no bus­caba más que abrazar hasta las últimas conse­cuencias el Evangelio de Jesús. Su intencionalidad fundamental es vivir asidua y decididamente la vocación cristiana. Así queda expresado en las Reglas de San Basilio, San Benito y San Francis­co. Estas están plagadas de referencias a las má­ximas evangélicas; unas máximas que son todas para todos; así si «alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo…», «buscad primero el reino de Dios y su justicia» «tuve hambre y me disteis de comer…» y todo lo referente a las Bie­naventuranzas, la no resistencia a los malvados, la necesidad de entrar por la puerta estrecha. ., son llamadas hechas a todos y exigidas a todos, no simplemente a los que se integran en la co­munidad religiosa.

Hasta bien entrada la Edad Media se conser­va ese sentido universal de las máximas evangé­licas, puesto que la vida religiosa no se concibe más que como identificación con la vida cristiana integral, y ni siquiera el monaquismo se concibe diferente de la simple vida cristiana: es un me­morial radical de la vocación común.

En la época escolástica y ante el hecho de que no todas las máximas evangélicas se viven de forma permanente, comienza a crearse una división; unas serán preceptos, otras consejos. Di­visión que llega hasta nuestros días. Los prime­ros se imponen a todos los cristianos como ne­cesarios para salvarse; los segundos ofrecen el medio para una mayor perfección, una vía más exi­gente hacia la perfección. En el siglo XIII se es­tructurarán estos consejos en la ya conocida tríada de castidad, pobreza y obediencia. Así, al comprometerse mediante voto, el religioso entra en la vía de perfección evangélica. La ruptura se consuma; hay dos categorías de cristianos con to­das las consecuencias que eso lleva consigo.

Al permanecer en el error de que los conse­jos evangélicos dan origen a las máximas, cuan­do la realidad es totalmente contraria, se está propiciando el olvido de las máximas evangélicas y el auge de los consejos. Los efectos son in­mediatos:

a) se olvidan las máximas evangélicas que no están directamente incluidas en los consejos
b) se reduce la radicalidad evangélica a una clase: «la religiosa».

Aunque san Vicente nada en la ambigüedad natural de su entorno, se observa también, una perspectiva nueva en su planteamiento: sacar de la exclusividad «religiosa» la vivencia de las má­ximas. El seguimiento de Jesús se hace desde el Bautismo y desde ahí arranca la necesidad de vivir plenamente las máximas evangélicas; no na­ce esa exigencia de la opción o forma concreta; si así fuese, nos encontraríamos con la continui­dad de las dos categorías de creyentes y con dos exigencias también distintas y especiales según la categoría laical o religiosa.

Las máximas evangélicas en los escritos de san Vicente

Es conveniente indicar que, al leer a San Vi­cente, en el campo de las máximas evangélicas hay que estar dispuestos a resituarse como él; de no hacerlo así, corremos el peligro de dejarnos en­marañar por la aparente ambigüedad, tanto de sus expresiones como de los contenidos. No ol­videmos que puede estar dirigiéndose a las Hijas de la Caridad, y éstas no son religiosas, con to­do lo que de transfondo existe en esa afirmación; será nuevo para ellas oír hablar de la radicalidad de la máximas evangélicas para todos como cris­tianos, cuando se habituaron a vivir con la división histórica. Por otra parte, no puede, si quiere man­tener el ser en el mundo, hacerlas envidiar el es­tado religioso como más radical, aunque todo las lleve a pensar así. Puede estar dirigiéndose a miembros de la Congregación de la Misión y entonces utilizará el lenguaje de la época con sus esquemas y estructuración:

«…Mirarán con horror las máximas del mun­do y abrazarán las de Jesucristo…es decir, voso­tras y yo tenemos que odiar las maneras de obrar del mundo. Si queréis ser buenas Hijas de la Ca­ridad y yo buen sacerdote de la Misión, tenemos que tener aversión por las máximas de las per­sonas que viven según el mundo…» (IX, 759).

«Hay que saber que el Nuevo Testamento se divide:

a) en la explicación de la Sagrada Escritura y ampliación de la misma para instrucción y buena vida del pueblo;
b) en la institución del santo sacrificio, de los sacramentos y de las demás órdenes que Jesu­cristo ha establecido;
c) en doctrina preceptiva, que manda, y di­rectiva o de dirección, que aconseja, y es la que llamamos Consejos Evangélicos.

De esta tercera clase, es de la que queremos hablar y que llamamos máximas evangélicas» (XI, 418).

Para más tarde, dividir las mismas máximas evangélicas en :

a) Fundamentales o principales, «las que se detallan en los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo» (XI, 419).
b) Las que obligan a su observancia, por ejem­plo: «guardaos de toda avaricia» (Lc 12, 15); «ha­ced penitencia» (Mt 4, 17); porque son manda­mientos absolutos (XI, 419).
c) Las que no obligan más que quoad prae­parationem animi, por ejemplo: «haced bien a los que os odian» (Mt 5, 44) (XI, 419).
d) Las que son puros consejos, por ejemplo: «vende lo que posees y dalo en limosna» (Mt 19, 21) (XI, 420).
e) Las que son puros consejos pero obligan a veces a observarlas por haberse convertido en pre­ceptos; esto sucede cuando se ha hecho voto de guardarlos (XI, 420).

Sin que ello signifique descartar de su viven­cia al cristiano de a pie: «¿Pensáis que sólo los religiosos /as tienen que aspirar a la perfección…? Todos los cristianos están obligados a ella… Vo­sotras habéis venido aquí para esto y para seguir las máximas de Jesucristo, que desea que todo el mundo sea santo, cada uno en su condición… No es la religión la que hace a los santos…» (IX, 764).

San Vicente sabe asumir los errores de la his­toria, por eso, comprende que la dificultad del lai­co para vivir las máximas evangélicas, puede pro­venir de dos factores: la división de perfectos y menos perfectos y el comienzo del racionalismo en la vivencia de la fe. Las máximas evangélicas requieren no una ratificación comprobada, sino confiada. Utilizamos el sistema «mundano» de dar nuestra adhesión a lo que experimentamos, vemos, sacamos como conclusión: «… en las má­ximas del mundo, estamos de acuerdo por ex­periencia, por haber comprobado sus efectos; en las del Evangelio, conocemos su infalibilidad por su espíritu, porque Cristo las vivió»(XI, 421). Por ello, encontramos más reticencias en acep­tarlas. Necesitamos convencernos de que «las máximas de Jesucristo no pueden engañarnos. Lo malo es que no nos fiamos de ellas y aten­demos más a la prudencia humana… ¿No veis que obramos mal al fiarnos más de los razonamien­tos humanos que de la promesa de la eterna Sa­biduría, de las apariencias engañosas de la tierra que del amor paternal de nuestro Salvador?…» (XI, 422).

Llama poderosamente la atención que, si, des­de el principio, hemos tenido el deseo de unirnos a Nuestro Señor para hacer lo que Él hizo al practicar estas máximas y hacernos, como Él, agra­dables al Padre Eterno y útiles a la Iglesia (XI, 427), San Vicente añada: «… así pues, por su miseri­cordia estamos muy dispuestos y obligados a practicar sus máximas, si no son contrarias al nuevo Instituto» (XI, 428), porque una pregunta es obvia ¿hay alguna máxima evangélica contraria al nuevo instituto? ¿no estará pensando San Vicente, en la división máximas-consejos? Creo que es lógica la elección de la segunda; por una parte, por la perspectiva restrictiva que la men­talidad reinante tenía; por otra, la introducción de las máximas evangélicas en las Reglas, tanto de la Congregación como de las Hijas de la Cari­dad.

«Según esto, nosotros, que hemos hecho vo­to de guardar estos tres Consejos Evangélicos, estamos obligados a observarlos; y, al observar­los, podemos estar seguros de edificar sobre la roca y levantar un edificio permanente. Ésos son los consejos y las máximas de las que habla nues­tra regla y las que dice que ha de abrazar nues­tra Compañía…» (XI, 420).

Llevar a la máxima perfección las máximas evangélicas no significa que en todo momento tenga necesidad de expresar y vivenciar todas y cada una de ellas; hay muchas que nunca hará efectivas, otras las hará en el momento en que se da la situación adecuada o lo requiera la situación. Por ejemplo: son máximas evangélicas «la re­nuncia a la propia vida», «el perdón de las ofen­sas», «el amor a los enemigos», «la ruptura fa­miliar», «la reacción ante los escándalos», «el no pleitear»… pero no en todo momento me estoy encontrando con situaciones en las que debo vi­vir esa realidad. Sin embargo, en todo momento, debo vivir las Bienaventuranzas; es evidente que no siempre me encuentro con personas que me odian, que me persiguen, que me ofenden, ni todos los días tengo pleitos. El detalle está en sa­ber ¿cuáles, de entre ellas, son permanentes para el Misionero o la Hija de la Caridad? Muy sencillo, sólo hace falta leer las «virtudes funda­mentales» y «el espíritu propio».

La sencillez, la humildad, la mansedum­bre, la mortificación y el celo son las máximas evangélicas que bajo ningún concepto, ni en nin­gún momento debe dejar de expresar o vivir el Misionero: «…las cinco virtudes fundamentales forman el resumen de las máximas evangélicas y constituyen la perfección del espíritu del mi­sionero» (XI, 593).

Lo mismo se diga de la sencillez, humildad y amor a Dios y a los pobres en la Hija de la Caridad. Por ello, no será Misionero o Hija de la Caridad si no vive, de forma permanente e ins­tantánea, esas máximas evangélicas que son su espíritu. De no ser así, serían otra cosa porque les faltaría algo esencial a ellos; ellas son el ser y la identidad, la razón de los consejos evangélicos. «Es menester que estas cinco virtudes sean co­mo las facultades del alma de toda la Congrega­ción; es menester que así como el alma conoce por el entendimiento, quiere por la voluntad y se acuerda por la memoria, también un Misionero obre por estas virtudes…» (XI, 591).

«Armémonos de sencillez y candor; entre­guémonos a Dios para tener mansedumbre, hu­mildad, mortificación y celo de las almas; sea­mos firmes en ello; encerrémonos en estas cinco virtudes… Nos guardarán de accidentes fu­nestos; con ellas, iremos a todas las partes, lo conseguiremos todo; sin ellas, no seremos más que misioneros en pintura…» (XI, 602).

Pero no sólo se dejaría de ser Misionero o Hi­ja de la Caridad si no se viviesen de forma per­manente las cinco o las tres, sino el hecho de que falte de nuestra vida una de ellas ya daría lugar a otra cosa, no al ser misionero o Hija de la Cari­dad:

«Adiós a la Misión, adiós a su espíritu si no tiene sencillez» (XI, 587). «¿Podría un orgulloso avenirse con la pobreza? No; por tanto, adiós nuestra finalidad; si no nos acomodamos a los po­bres, no podremos servirles en nada…» (XI, 588). «Necesitamos la mansedumbre para aguantar la rusticidad de la gente… la mansedumbre y pa­ciencia nos son muy necesarias para servir al pró­jimo… para no hacernos duros violentos, capri­chosos, mandones…» (XI, 588s). «La mortificación es el medio para conseguir estas virtudes; corta todo aquello que pueda impedirnos conseguir­las… insensiblemente nos buscamos a nosotros mismos, por eso necesitamos la mortificación» (XI, 590. 600). «La insensibilidad por las cosas de Dios y del prójimo demuestra que no hay celo. Po­demos ir a la iglesia, rezar, cantar, hacer oración, decir misa, ejercer las demás funciones ecle­siásticas… pero si lo hacemos sin sentimiento, sin gusto, sin devoción, sólo por sumisión no te­nemos celo. La insensibilidad hace que no nos im­presionen las miserias corporales y espirituales del prójimo; es decir, nos falta caridad, no tenemos celo… aunque, cuando hay que trabajar con los ordenandos, trabajan; cuando les mandan a mi­siones, van; cuando hay que atender a los ejer­citantes, los atienden, pero lo hacen apagados, a desgana… desempeñemos todas las funciones de nuestro Instituto y hagámoslo con celo, coraje y fervor… con sensibilidad» (XI, 601).

No conviene olvidar que «es sobre todo a no­sotros a los que van dirigidas estas máximas, tan­to porque se trata de los medios para llegar al fin primero que nos hemos propuesto, que es nues­tra propia perfección, como en virtud de la espe­cial obligación que hemos contraído de practi­carlas, después que las hemos convertido en nuestras reglas…» (XI, 429).

La necesidad de resituarse, también se nota a la hora de explicar cuáles son estas máximas; cuando se dirige a los miembros de la Congre­gación de la Misión, partirá de la contraposición Bienaventuranzas-criterios del mundo; cuando lo hace a las Hijas de la Caridad, parte de los comportamientos del mundo para terminar en las Bie­naventuranzas. Dos formas: la conceptual –miem­bros de la C.M.– y la existencial –Hijas de la Cari­dad–, pero no división en categorías, la exigencia es común: seguir a Cristo y practicar lo que El prac­ticó.

A) Cuando se dirige a los Misioneros (XI, 415-428)

CRISTO-MUNDO

Cristo: Bienaventurados los pobres
Mundo: Bienaventurados los ricos

Cristo: Bienaventurados los mansos y los afables
Mundo: Bienaventurados los duros y que se hacen temer

Cristo: Bienaventurados los que lloran
Mundo: Bienaventurados los que se divierten y se entregan a pla­ceres

Cristo: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia
Mundo: Bienaventurados los que trabajan por lograr ventajas personales, para hacerse grandes

Cristo: Bendecid a los que os maldicen
Mundo: No toleréis injuria alguna; mantened la reputación a cual­quier precio; vale más el ho­nor que la vida

Cristo: Si te abofetean en una mejilla preséntales la otra
Mundo: No toleres que te hagan nada. Véngate de las afrentas

Cristo: Si te quitan el manto, dales también el vestido
Mundo: Hay que defenderse para conservar lo que tienes, cueste lo que cueste.

B) Cuando se dirige a las Hijas de la Caridad (IX, 758-772)

Hay que huir, rechazar y aborrecer, porque el mundo lo persigue:

  1. las riquezas, el honor, la distinción: ele­gancia, ser gentil, ingeniosa, graciosa
  2. los bienes y las comodidades; desear algo más de lo que se tiene, la prosperidad, las ala­banzas
  3. gozar de las fiestas e ir a banquetes
  4. buscar la propia satisfacción y gusto; que todo el mundo sepa lo que hago
  5. burlarse de los demás y despreciarlos
  6. usar el engaño y disimulo; que nunca se­pan tus intenciones ni lo que piensas
  7. aparentar ser brillante, tener buenas ocu­rrencias e ingenio, saber hablar bien y replicar a propósito
  8. creerse mejor y superior a los demás

Hay que abrazar por ser las de Cristo:

Las Bienaventuranzas y, sobre todo, la morti­ficación interior y exterior; para ello: no mirar las cosas bonitas por curiosidad; no deleitarse en la comida y bebida, no dejarse tocar las manos, no volver al pasado para recordar los placeres por­que la voluntad se inclina a amar lo que le agra­da y rechaza lo costoso.

Las máximas evangélicas en el mundo de hoy

Cuando uno se detiene en la lectura de las dos conferencias de san Vicente sobre la máximas evangélicas, se da cuenta de que está ante una realidad actual, por muy post-moderna que la ti­tulemos. Salvo rarísimas excepciones, las líneas de fuerza o máximas del mundo, siguen siendo las mismas que san Vicente va desgranando en sus conferencias. La relativización, la dispersión y desunificación racionalista de la vida, la nece­sidad de ser y sentirse útiles, el ansia y angustia de la inmediatez y presentismo, no dejan de in­fluir en quienes aceptan el seguimiento de Cris­to o hacen de Cristo su Regla. La inclinación a la comodidad, conformidad y permisibilidad, son obstáculos añadidos a la «violencia» con que el creyente, y el vicenciano también, debe enfren­tarse a la realidad para ser de Dios en fidelidad. No es fácil la perseverancia en la adquisición ni en el abrazar las máximas que, al no coincidir con los criterios de saber y conocer de la sociedad ob­jetivista y utilitaria, elimina la posibilidad de «com­prensión» de las mismas y las torna «irracionales»; a la vez, su forma de presentarse es, concreta­mente, la antípoda de lo que debe ser una per­sona evangélica; de ahí, que no sea superfluo recordar que:

  1. si se quiere construir en fidelidad sobre ro­ca y no sobre arena, la perfección personal (XI, 425) y comunitaria en el servicio a Dios y a la Iglesia, de forma práctica y vivencial y no sólo teórica, se requiera la vuelta a una relación con Dios –oración– y con los hombres de forma más sincera; el re­curso al evangelio y a la historia; no es intentar aparcamos en ellos por nostalgia, apatía o miedo, sino vivirlos en profundidad y reflexión con vistas a hacer de la vida una trayectoria y no una suma o añadidos de momentos o situaciones; no es un volver para recordar datos, sino para formarme. Posiblemente, sepamos, casi de memoria, los re­latos evangélicos –tantas veces los leemos y oí­mos…– la realidad del mundo llega hasta nosotros casi instantáneamente y, sin embargo, eso no nos ha hecho ni más evangélicos ni más insertos y encarnados en la humanidad; no nos ha hecho más coherentes ni transparentes y menos más exigentes en nuestra vida. Sabemos, pero ese saber no nos transforma para vivir más en pro­fundidad nuestra fidelidad.
  2. Necesitamos volver a recobrar la confian­za en Cristo y en el amor que Él y su Padre Dios nos tienen; debemos dejar de ser idólatras, siem­pre viéndonos a nosotros mismos y viviendo pa­ra nosotros mismos; aceptar la vida como don y oferta de Dios, y recibirla con gozo y acción de gracias es recobrar el sentido de confianza y amor hacia los demás, al ser reflejo de la de Dios y Cristo hacia nosotros. Recobrar la confianza en Cristo es volver a ser evangélico, por tanto, a no asumir las máximas evangélicas sólo como pre­cepto o mandato, orden o fuerza coactiva, sino co­mo medio que me ayuda a construir la fidelidad de mi respuesta con los demás.
  3. Nuestra perfección se construye en y des­de el mundo, no el mundo que desearíamos, si­no el que nos encontramos y construimos con nuestra aportación, pero siendo de Dios y desde Cristo. El mundo, el que nos toca vivir y construir, la comunidad y el servicio, es la expresión de la presencia de Dios, de la relación de Dios con el hombre y de los hombres entre sí; no lo debemos asumir sólo desde la perspectiva de los deseos, quisiéramos otro distinto, ni tampoco desde la del lugar de ruptura de relación de Dios con el hombre, porque puede llevarnos a odiarlo, a ale­jarnos de él. Debemos verlo desde la perspecti­va de Dios: es el lugar de su manifestación, de su relación con nosotros, de su encarnación; por ello, debemos abrazarlo desde las máximas evan­gélicas, a semejanza de Cristo, para restaurar su relación con Dios y, a la vez, restablecer la de los hombres entre sí desde otra perspectiva distinta del simple egocentrismo.

El lenguaje de la máximas evangélicas puede parecer duro para quien se mueve desde los cri­terios horizontalistas del mundo; quizás, a cada uno se nos pueda preguntar, como Cristo a sus discípulos: «¿También vosotros queréis iros?» La respuesta no puede ser de otro; debe ser de ca­da uno porque es uno mismo el que tiene que abrazar el vivir las máximas evangélicas, por eso mirad a ver qué es lo que queréis seguir (IX, 772).

Bibliografía

T. MATURA, El radicalismo evangélico. Publicaciones Claretianas, Madrid. 1980.-J. M. TILLARD, El Pro­yecto de vida de los religiosos. Madrid. 1975.

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