Espiritualidad vicenciana: Comunicación

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Antonino Orcajo, C.M. · Year of first publication: 1995.

SUMARIO: I. Complejidad y riqueza de la comunicación. 2. Ambito propio de la comunicación. 3. Frecuencia de la comu­nicación.


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1. Complejidad y riqueza de la comunicación

La comunicación humana se basa en el ca­rácter del hombre, que, «por su íntima naturale­za, es un ser social, no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás» (GS 12). Por otra parte, «la índole social del hom­bre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad es­tán mutuamente condicionados» (GS 25).

Esto que se afirma, en general, del individuo respecto de la sociedad, tiene su plena aplica­ción a los vocacionados a la comunidad vicen­ciana. Los miembros de este grupo humano no son seres aislados ni indiferentes a la marcha es­piritual y apostólica de sus compañeros, sino res­ponsables de la creación diaria de la comunidad. Las relaciones mutuas, fomentadas por el espíri­tu de fe y de caridad, favorecen tanto el desarrollo de las personas como de la comunidad misma, que tiene para todos un solo fin: evangelizar o ser­vir a los pobres. Nadie, por lo tanto, puede per­manecer encerrado en su propio castillo sin pro­ducir algún daño al grupo o causarse a sí mismo algún perjuicio.

Las aportaciones personales a la comunidad han de ser totales: espirituales y materiales. El in­dividuo se debe a la comunidad, y ésta a cada uno de sus miembros, lo mismo que el cuerpo es uno y cuida de todas sus partes, en especial de las más necesitadas (cf. ICor 12, 12-26). La comunión rei­nante en las primitivas comunidades cristianas era efecto de la comunicación de toda clase de bie­nes; nadie veía bien que alguien se reservara ego­ístamente parte de su riqueza. Ampliando aún más el sentido de donación y pertenencia a Dios y a los hermanos, comenta san Pablo: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno mue­re para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Se­ñor; si morimos, morimos para el Señor; en la vi­da y en la muerte somos del Señor» (Rm 14, 7-8).

Ahora bien, la donación personal a Dios se mani­fiesta a través de la entrega a los hermanos. No cabe pensar en una entrega a Dios en la que fa­lle la comunicación con los demás.

El término «comunicación» adquiere hoy sig­nificaciones más amplias. Se habla, por ejemplo, de «medios de comunicación social» -mass me­dia-, instrumentos de información que nos tienen al corriente de lo acaecido en el mundo. Tienen un fuerza poderosa para mover las masas y para solidarizar a la gente con cualquier causa justa o injusta.

Nuestro propósito, al tratar de la comunicación, es resaltar la necesidad que los miembros de to­da comunidad tienen de intercambios de unos con otros, de los superiores con sus compañe­ros y de éstos entre sí. Conviene advertir que, cuando san Vicente exhorta a hacer la «comuni­cación interior», no se refiere a la revelación de la conciencia, actitud o no de pecado, sino al estado en que uno se encuentra respecto «a la observancia de todas nuestras reglas, sobre to­do la de la caridad mutua» (11, 302), o como dice a las Hijas de la Caridad: «hablar un poco de vues­tra situación con la hermana sirviente, y esto con toda cordialidad» (IX, 130). La comunicación inte­rior estaba ordenada a una especie de dirección espiritual, con la que se confunde en el lenguaje ordinario, pero que nosotros distinguimos per­fectamente como lo entenderían sus oyentes o corresponsales.

La vía ordinaria de la comunicación es la pala­bra hablada, aunque no se descartan otros medios como la correspondencia e incluso la mímica en casos excepcionales. San Vicente y santa Luisa eran exigentes en pedir a los superiores locales las debidas informaciones sobre sus comunidades. El Santo escribe textualmente al padre Coglée: «Me gustaría recibir carta suya todos los meses» (IV, 563). No es éste el único caso.

No tratamos aquí de la comunicación de bie­nes materiales, tampoco de los mass media, ni siquiera de la conversación ordinaria entre dos o más compañeros que no tengan la intención de construir la comunidad o de estimularse en la vocación y misión vicenciana. Nuestro estudio se limita al diálogo mantenido entre el superior o hermana sirviente con sus compañeros/as, res­pectivamente, sobre puntos concernientes al estado de la persona en la comunidad.

2. Ámbito propio de la comunicación

En la manifestación o no de la conciencia es­triba la diferencia entre el sacramento de la pe­nitencia, la dirección espiritual y la comunicación. El Código de Derecho Canónico advierte que «los miembros de una comunidad deben acudir con confianza a sus superiores, a quienes pueden abrir su corazón libre y espontáneamente. Sin embargo, se prohíbe a los superiores inducir de cualquier modo a los miembros para que les ma­nifiesten su conciencia» (c. 630, 5). La norma ca­nónica se refiere claramente a la comunicación interior, que no implica necesariamente la reve­lación de la conciencia.

Los Fundadores, tan solícitos en pedir co­municaciones, no exigieron a nadie que mani­festara su mundo interior. En la declaración requerida se daba cuenta, simplemente, del es­tado de ánimo actual y del servicio de los po­bres. Pero era inevitable que, al exponer su situación particular, se contrastaran pareceres so­bre la conducta comunitaria. De su correspon­dencia se deduce cuán admirable era el interés de ambos Santos sobre la salud integral de sus comunicadores. En el desempeño del oficio re­saltaba su misión de animadores de la comunidad, ideal que ha de perseguir todo superior.

Puede haber comunicación cordial sin miras a una dirección espiritual expresa. Ésta es elegida libremente, mientras que aquélla puede ser re­clamada por un superior. Ambas acciones pasto­rales están actualmente aconsejadas por las Cons­tituciones y Estatutos, tanto de la Congregación de la Misión como de la Compañía de las Hijas de la Caridad (cf. Const. C.M., 24, 2; 37, 1; Est. C.M., 19; Const. H. C., 2, 13;2, 21; Est. H. C., 15; 23).

Los frutos de la comunicación dependen de la calidad del diálogo y de la comunión existente entre el superior y su compañero. Sin comunión dialogal no es posible la comunicación interior, que busca el discernimiento de la voluntad de Dios sobre intereses comunes. En un clima de ora­ción, de confianza y de corresponsabilidad los dialogantes, movidos por el espíritu de fe y de ca­ridad, intentan juntos conocer más a fondo el de­signio divino sin temor a ser mal interpretadas sus palabras. Este espíritu evangélico, ambien­tador del diálogo, no puede ser sustituido por las técnicas psicológicas de la conversación, aunque aportan una ayuda muy valiosa. De faltar aquél, pronto detectaría el comunicante lo artificioso del método, y el intercambio no serviría de nada co­mo no fuera para convertir el encuentro en un mo­nólogo frío y convencional o en un verbalismo ca­rente de contenido. Sin embargo, las técnicas psicológicas resultan a veces necesarias como previo remedio a enfermedades, condiciona­mientos y traumas personales que bloquean to­talmente la comunicación o la hacen muy difícil.

Cuando el diálogo es cordial, los puntos in­tercambiables fluyen por sí solos y no necesitan de un prontuario básico. Puesto que el objetivo principal de la comunicación es la búsqueda en común de la voluntad de Dios, para llevarla a la práctica, es indispensable que el diálogo discurra sobre la base de la vocación y misión encomen­dada.

3. Frecuencia de la comunicación

San Vicente recomienda a los misioneros que la hagan mensualmente (cf. 11, 302); lo mismo ex­horta a las Hijas de la Caridad: «Tenéis que pre­sentares al menos todos los meses a la directo­ra para darle cuenta de vuestra conducta. Ésta es una santa costumbre en vuestra Compañía. No faltéis a ella. Pero que vuestra comunicación sea sincera y cordial. Hablad no solamente de vues­tras faltas sino también del bien que habéis he­cho, por la gracia de Dios, y esto para purificaras. Si dejáis de comunicaros con ella, os pondríais en peligro de dar lugar a la tentación» (IX, 215).

No existe actualmente disposición alguna que regule la frecuencia de la comunicación interior. Encontramos, eso sí, exhortaciones a que se prac­tique, pero sin fijar tiempos ni lugares. Ocurre lo mismo que con la dirección espiritual, que cada uno la pide según las propias necesidades o con­veniencias. Atendida, sin embargo, la «sana tra­dición» de la Congregación, existen dos formas más utilizadas: la ocasional y la periódica.

La primera, como indica su nombre, se hace en un momento dado, aprovechando la oportuni­dad que brinda un acontecimiento personal o comunitario. Se considera también ocasional la «comunicación de experiencias de fe y de apos­tolado» dentro de la oración comunitaria, a la luz de la Palabra meditada. San Vicente la recomen­daba tanto a los misioneros como a las Hijas de la Caridad. A los primeros les decía: «Hay motivos pa­ra dar gracias a Dios por haberle concedido esta gracia a la Compañía, ya que podemos decir que nunca se ha usado de esta práctica en ninguna otra compañía más que en la nuestra» (XI, 575). Y a las hermanas: «Decíos mutuamente con toda sencillez los pensamientos que Dios os ha dado y, sobre todo, mantened con cuidado las resolucio­nes que hayáis tomado en ella» (IX, 24).

La comunicación periódica, en cambio, está prevista en las Constituciones y Estatutos. La Vi­sita Canónica o Regular, girada por un Superior Mayor, ofrece una oportunidad excelente para que los miembros de una comunidad expongan sus esperanzas y temores. La Visita es considerada como una «gracia extraordinaria» que Dios concede a la comunidad en orden a su renovación incesante. El tiempo de Ejercicios Espirituales anua­les es también «tiempo de gracia» que el ejerci­tante aprovecha para hacer la comunicación inte­rior con el director, dentro o fuera del sacramento de la penitencia. Si un Superior Mayor se persona en los Ejercicios, cualquiera puede acercarse a él con el mismo fin de hacer la comunicación.

Pero se dan acontecimientos de la vida en los que la comunicación se hace más necesaria. Los candidatos a la Congregación de la Misión, antes de emitir los votos perpetuos o de recibir las Órdenes Sagradas, han de dialogar con sus superiores o directores sobre la situación en que se encuentran. Sería una gran temeridad acceder a estos compromisos perpetuos sin antes consul­tar a quienes pueden aconsejarle. Por otra parte, las Hijas de la Caridad, con motivo de la petición de la Renovación de votos, se comunican con la hermana sirviente, a quien declaran su intención de permanecer fieles a la llamada de Dios en la Companía. La petición de la Renovación de votos, lejos de ser un acto rutinario, fomenta la comu­nicación fraterna, de la que salen potenciados la entrega a Dios y el servicio a los pobres.

BIBLIOGRAFÍA:

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