1. Complejidad y riqueza de la comunicación
La comunicación humana se basa en el carácter del hombre, que, «por su íntima naturaleza, es un ser social, no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás» (GS 12). Por otra parte, «la índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados» (GS 25).
Esto que se afirma, en general, del individuo respecto de la sociedad, tiene su plena aplicación a los vocacionados a la comunidad vicenciana. Los miembros de este grupo humano no son seres aislados ni indiferentes a la marcha espiritual y apostólica de sus compañeros, sino responsables de la creación diaria de la comunidad. Las relaciones mutuas, fomentadas por el espíritu de fe y de caridad, favorecen tanto el desarrollo de las personas como de la comunidad misma, que tiene para todos un solo fin: evangelizar o servir a los pobres. Nadie, por lo tanto, puede permanecer encerrado en su propio castillo sin producir algún daño al grupo o causarse a sí mismo algún perjuicio.
Las aportaciones personales a la comunidad han de ser totales: espirituales y materiales. El individuo se debe a la comunidad, y ésta a cada uno de sus miembros, lo mismo que el cuerpo es uno y cuida de todas sus partes, en especial de las más necesitadas (cf. ICor 12, 12-26). La comunión reinante en las primitivas comunidades cristianas era efecto de la comunicación de toda clase de bienes; nadie veía bien que alguien se reservara egoístamente parte de su riqueza. Ampliando aún más el sentido de donación y pertenencia a Dios y a los hermanos, comenta san Pablo: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor» (Rm 14, 7-8).
Ahora bien, la donación personal a Dios se manifiesta a través de la entrega a los hermanos. No cabe pensar en una entrega a Dios en la que falle la comunicación con los demás.
El término «comunicación» adquiere hoy significaciones más amplias. Se habla, por ejemplo, de «medios de comunicación social» -mass media-, instrumentos de información que nos tienen al corriente de lo acaecido en el mundo. Tienen un fuerza poderosa para mover las masas y para solidarizar a la gente con cualquier causa justa o injusta.
Nuestro propósito, al tratar de la comunicación, es resaltar la necesidad que los miembros de toda comunidad tienen de intercambios de unos con otros, de los superiores con sus compañeros y de éstos entre sí. Conviene advertir que, cuando san Vicente exhorta a hacer la «comunicación interior», no se refiere a la revelación de la conciencia, actitud o no de pecado, sino al estado en que uno se encuentra respecto «a la observancia de todas nuestras reglas, sobre todo la de la caridad mutua» (11, 302), o como dice a las Hijas de la Caridad: «hablar un poco de vuestra situación con la hermana sirviente, y esto con toda cordialidad» (IX, 130). La comunicación interior estaba ordenada a una especie de dirección espiritual, con la que se confunde en el lenguaje ordinario, pero que nosotros distinguimos perfectamente como lo entenderían sus oyentes o corresponsales.
La vía ordinaria de la comunicación es la palabra hablada, aunque no se descartan otros medios como la correspondencia e incluso la mímica en casos excepcionales. San Vicente y santa Luisa eran exigentes en pedir a los superiores locales las debidas informaciones sobre sus comunidades. El Santo escribe textualmente al padre Coglée: «Me gustaría recibir carta suya todos los meses» (IV, 563). No es éste el único caso.
No tratamos aquí de la comunicación de bienes materiales, tampoco de los mass media, ni siquiera de la conversación ordinaria entre dos o más compañeros que no tengan la intención de construir la comunidad o de estimularse en la vocación y misión vicenciana. Nuestro estudio se limita al diálogo mantenido entre el superior o hermana sirviente con sus compañeros/as, respectivamente, sobre puntos concernientes al estado de la persona en la comunidad.
2. Ámbito propio de la comunicación
En la manifestación o no de la conciencia estriba la diferencia entre el sacramento de la penitencia, la dirección espiritual y la comunicación. El Código de Derecho Canónico advierte que «los miembros de una comunidad deben acudir con confianza a sus superiores, a quienes pueden abrir su corazón libre y espontáneamente. Sin embargo, se prohíbe a los superiores inducir de cualquier modo a los miembros para que les manifiesten su conciencia» (c. 630, 5). La norma canónica se refiere claramente a la comunicación interior, que no implica necesariamente la revelación de la conciencia.
Los Fundadores, tan solícitos en pedir comunicaciones, no exigieron a nadie que manifestara su mundo interior. En la declaración requerida se daba cuenta, simplemente, del estado de ánimo actual y del servicio de los pobres. Pero era inevitable que, al exponer su situación particular, se contrastaran pareceres sobre la conducta comunitaria. De su correspondencia se deduce cuán admirable era el interés de ambos Santos sobre la salud integral de sus comunicadores. En el desempeño del oficio resaltaba su misión de animadores de la comunidad, ideal que ha de perseguir todo superior.
Puede haber comunicación cordial sin miras a una dirección espiritual expresa. Ésta es elegida libremente, mientras que aquélla puede ser reclamada por un superior. Ambas acciones pastorales están actualmente aconsejadas por las Constituciones y Estatutos, tanto de la Congregación de la Misión como de la Compañía de las Hijas de la Caridad (cf. Const. C.M., 24, 2; 37, 1; Est. C.M., 19; Const. H. C., 2, 13;2, 21; Est. H. C., 15; 23).
Los frutos de la comunicación dependen de la calidad del diálogo y de la comunión existente entre el superior y su compañero. Sin comunión dialogal no es posible la comunicación interior, que busca el discernimiento de la voluntad de Dios sobre intereses comunes. En un clima de oración, de confianza y de corresponsabilidad los dialogantes, movidos por el espíritu de fe y de caridad, intentan juntos conocer más a fondo el designio divino sin temor a ser mal interpretadas sus palabras. Este espíritu evangélico, ambientador del diálogo, no puede ser sustituido por las técnicas psicológicas de la conversación, aunque aportan una ayuda muy valiosa. De faltar aquél, pronto detectaría el comunicante lo artificioso del método, y el intercambio no serviría de nada como no fuera para convertir el encuentro en un monólogo frío y convencional o en un verbalismo carente de contenido. Sin embargo, las técnicas psicológicas resultan a veces necesarias como previo remedio a enfermedades, condicionamientos y traumas personales que bloquean totalmente la comunicación o la hacen muy difícil.
Cuando el diálogo es cordial, los puntos intercambiables fluyen por sí solos y no necesitan de un prontuario básico. Puesto que el objetivo principal de la comunicación es la búsqueda en común de la voluntad de Dios, para llevarla a la práctica, es indispensable que el diálogo discurra sobre la base de la vocación y misión encomendada.
3. Frecuencia de la comunicación
San Vicente recomienda a los misioneros que la hagan mensualmente (cf. 11, 302); lo mismo exhorta a las Hijas de la Caridad: «Tenéis que presentares al menos todos los meses a la directora para darle cuenta de vuestra conducta. Ésta es una santa costumbre en vuestra Compañía. No faltéis a ella. Pero que vuestra comunicación sea sincera y cordial. Hablad no solamente de vuestras faltas sino también del bien que habéis hecho, por la gracia de Dios, y esto para purificaras. Si dejáis de comunicaros con ella, os pondríais en peligro de dar lugar a la tentación» (IX, 215).
No existe actualmente disposición alguna que regule la frecuencia de la comunicación interior. Encontramos, eso sí, exhortaciones a que se practique, pero sin fijar tiempos ni lugares. Ocurre lo mismo que con la dirección espiritual, que cada uno la pide según las propias necesidades o conveniencias. Atendida, sin embargo, la «sana tradición» de la Congregación, existen dos formas más utilizadas: la ocasional y la periódica.
La primera, como indica su nombre, se hace en un momento dado, aprovechando la oportunidad que brinda un acontecimiento personal o comunitario. Se considera también ocasional la «comunicación de experiencias de fe y de apostolado» dentro de la oración comunitaria, a la luz de la Palabra meditada. San Vicente la recomendaba tanto a los misioneros como a las Hijas de la Caridad. A los primeros les decía: «Hay motivos para dar gracias a Dios por haberle concedido esta gracia a la Compañía, ya que podemos decir que nunca se ha usado de esta práctica en ninguna otra compañía más que en la nuestra» (XI, 575). Y a las hermanas: «Decíos mutuamente con toda sencillez los pensamientos que Dios os ha dado y, sobre todo, mantened con cuidado las resoluciones que hayáis tomado en ella» (IX, 24).
La comunicación periódica, en cambio, está prevista en las Constituciones y Estatutos. La Visita Canónica o Regular, girada por un Superior Mayor, ofrece una oportunidad excelente para que los miembros de una comunidad expongan sus esperanzas y temores. La Visita es considerada como una «gracia extraordinaria» que Dios concede a la comunidad en orden a su renovación incesante. El tiempo de Ejercicios Espirituales anuales es también «tiempo de gracia» que el ejercitante aprovecha para hacer la comunicación interior con el director, dentro o fuera del sacramento de la penitencia. Si un Superior Mayor se persona en los Ejercicios, cualquiera puede acercarse a él con el mismo fin de hacer la comunicación.
Pero se dan acontecimientos de la vida en los que la comunicación se hace más necesaria. Los candidatos a la Congregación de la Misión, antes de emitir los votos perpetuos o de recibir las Órdenes Sagradas, han de dialogar con sus superiores o directores sobre la situación en que se encuentran. Sería una gran temeridad acceder a estos compromisos perpetuos sin antes consultar a quienes pueden aconsejarle. Por otra parte, las Hijas de la Caridad, con motivo de la petición de la Renovación de votos, se comunican con la hermana sirviente, a quien declaran su intención de permanecer fieles a la llamada de Dios en la Companía. La petición de la Renovación de votos, lejos de ser un acto rutinario, fomenta la comunicación fraterna, de la que salen potenciados la entrega a Dios y el servicio a los pobres.
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