Espiritualidad bíblica: 2. El Espíritu de los Profetas

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Albert Nolan, O.P. .
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2. El Espíritu de los Profetas

No apaguen el Espíritu, no desprecien
lo que dicen los profetas.
1 Tes 5, 19

En la Biblia, el Espíritu Santo está íntimamente asociado a las profecías. Los profetas eran personas movidas y motivadas por el Espíritu más que cualquier otras. En la Biblia, ser movido por el Espíritu y ser un profeta es prácticamente la misma cosa. Tanto que cuando queremos identificar al Espíritu en el que creemos, decimos: “creemos en el Espíritu Santo que habló por los profetas”. (Credo niceno-constantinopolitano).

Antes de Cristo, ese Espíritu sólo era dado a pocas personas, pero en Pentecostés el Espíritu de Dios fue derramado sobre muchos y se tornó accesible a todos. El resultado inmediato es que todos ahora pueden ser como los profetas, pueden compartir el Espíritu de los profetas de una u otra forma. Como Pedro nos dice en los Hechos 2, l5-21, la profecía de Joel ahora se realiza: “sucederá en los últimos días, dice Dios derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres. Sus hijos y sus hijas profetizarán y los jóvenes tendrán visiones y los ancianos tendrán sueños. “Tendrán visiones” y “tendrán sueños”, son maneras metafóricas de referirse a la actividad de los profetas.

En el Nuevo Testamento, la palabra profecía es usada tanto de un modo restringido como en sentido amplio y general. En sentido restringido sólo se aplica a un grupo específico de cristianos que son llamados profetas (He 21, 10-11; l Cor l2, 28-29), pero en su sentido general y amplio se aplica a todos los cristianos que son movidos por el espíritu, no importa qué dones del Espíritu ellos manifiesten (He 2, l7-18; l9, 6; Stgo 5, l0). en este sentido más general, podemos decir que la vida espiritual es siempre una vida profética, que en la Biblia la vida en el Espíritu es una vida vivida de acuerdo con el espíritu de los profetas: “Ustedes son herederos de los profetas” (He 3, 25).

Eso significa que si quisiéramos saber lo que significa una verdadera vida espiritual, tendremos que comenzar por un estudio más profundo de los profetas bíblicos. Ahí veremos las primeras grandes manifestaciones del Espíritu.

La palabra griega “prophetas”, posee tres significados inter-relacionados. Significan los que DENUNCIAN, los que HABLAN ANTES y los que HABLAN POR. Ellos DENUNCIAN, porque son valientemente críticos de su mundo; ellos HABLAN ANTES, porque consiguen preveer el futuro; ellos HABLAN POR, porque hablan como mensajeros de Dios, en su nombre. Vamos a considerar más detalladamente el significado de estos tres aspectos de la profecía.

1. ELLOS DENUNCIAN

La diferencia entre los apóstoles antes y después de Pentecostés es bastante clara. Antes de recibir el Espíritu Santo eran débiles, tímidos, vergonzosos, callados e inseguros. Tan pronto fueron movidos y motivados por Espíritu Santo, se volvieron valientes y confiados, hablaban con coraje y vigor, sin importarles las consecuencias. El Espíritu de Dios nos permite denunciar.

Esto es bastante evidente en la vida de los profetas del Antiguo Testamento. Ellos hablaban contra casi todo lo que los judíos de su tiempo hacían, contra todos los presupuestos y las normas de comportamiento aceptadas. se caracterizaban por su crítica o denuncia no solamente contra los enemigos de Israel, sino también contra el mismo Israel, contra los líderes del pueblo, los sacerdotes, los falsos profetas, contra los ricos y los sacrificios en el Templo. Por eso eran generalmente muy impopulares y frecuentemente perseguidos y martirizados. En la época del Nuevo Testamento se tenía como cierto que la persecución caminaba lado a lado con la profecía (Lc 6, 22-26) y que un profeta era también un mártir (Mt 23, 29-33).

LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

La crítica de los profetas contra el “statu quo”, era siempre constructiva. Ellos clamaban por transformaciones o “metanoia”, a la luz de lo que veían. Y lo que veían eran los “signos de los tiempos”. Aquello que volvía al profeta diferente de los otros hombres era su interpretación divinamente inspirada de los signos de su tiempo. el mensaje de los profetas no es deducido de principios eternos; ni tampoco sacan conclusiones eternamente válidas. El mensaje de los profetas es limitado en el tiempo, en el sentido de que provienen de los signos de una época y situación determinadas, y es dirigido a personas específicas que viven en aquella época y en aquel lugar. Así, para poder comprender el mensaje de un profeta, necesitamos conocer la época y su situación histórica. Los signos de los tiempos varían de época a época, obviamente. Los signos de la época de Jeremías eran muy diferentes de los de la época de Naum, y los signos que Amos leía eran muy diferentes de aquellos que Isaías interpretaba. Por otro lado, los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento tienen un conjunto totalmente nuevo de signos para interpretar.

Los signos de los tiempos eran siempre acontecimientos históricos que hoy nosotros clasificaríamos como acontecimientos políticos, sociales, económicos, culturales, religiosos y hasta psicológicos. Muchos profetas eran perspicaces observadores políticos que examinaban cuestiones como la guerra o la amenaza de guerra, el crecimiento o expansión de los imperios, el valor de esta o aquella alianza militar, la política de un rey o emperador. En cuanto a esto, en la vida interna del país ellos prestaban atención a la explotación de los pobres, al estilo de vida de los ricos, a los pesos y medidas falsificadas por comerciantes, y así sucesivamente. Ellos tenían también una extraordinaria percepción de la verdadera naturaleza de las prácticas religiosas como dar limosna y rezar, así como el ayuno y el legalismo hipócrita de los fariseos.

Todos esos acontecimientos eran vistos como señales: buenas y malas señales, señales de lo que Dios estaba haciendo o planeando hacer, señales de aquello que él está condenando y rechazando; signos de su misericordia y de su ira, signos de esperanza y signos de una desgracia inminente. El hecho es que Dios hablaba con los profetas en una especie de lenguaje de signos, sólo que los signos eran acontecimientos de su época. El Espíritu de dios los volvía capaces de leer los signos de su época de forma correcta y de proclamar lo que veían y preveían.

2. ELLOS HABLAN ANTES

Un profeta es esencialmente un hombre que mira hacia el interior del futuro. No es un adivino o cartomancista que hace profecías absolutas e incondicionales respecto del futuro. La previsión o predicción de un profeta es siempre condicional.

El mensaje de todos los profetas tiene la misma estructura. Hay una llamada a la “metanoia” (arrepentimiento, conversión, transformación) como una advertencia sobre el juicio que vendrá si el pueblo no cambia, y una promesa de salvación si el pueblo realmente cambia. El juicio futuro o la salvación futura no son absolutos inevitables. Están limitados por cláusulas condicionales: “si ustedes no cambian”, “si ustedes no cambian”. En otras palabras, lo que los profetas preveen son las consecuencias de aquello que está o no está siendo hecho ahora. Ellos preveen el futuro en el presente, en las tendencias actuales, en los signos de los tiempos.

Consecuentemente, si las personas cambiaran ahora, el futuro sería diferente. Dios tiene piedad cuando los hombres se arrepienten. Este principio puede ser hallado explícitamente en muchos pasos de la Biblia, (ej.: Jer 26, l3, l6-23; Jn 3, l0; 4, 2; Am 7, 3-6; Ex 32, l4) y está implícito en todas las profecías.

Debemos examinar más de cerca esta estructura o patrón del mensaje profético. Todas las palabras pronunciadas por los profetas se refieren al juicio o a la salvación o “metanoia”.

a) JUICIO: En los profetas esto no se refiere principal e inmediatamente a un acontecimiento en la vida después de la muerte. Se refiere a algún acontecimiento histórico futuro, tal como la pérdida de una batalla, la caída de Jerusalén, el cautiverio o el exilio. En otras palabras, sus profecías de sentencia son profecías de algún desastre que resultará en sufrimientos terribles para el pueblo. El juicio de Dios es el castigo futuro y presente, en este caso, es la ligazón existente entre el sufrimiento y el pecado.

El sufrimiento que se sigue al pecado no es un castigo impuesto arbitrariamente, sino lo que podemos llamar consecuencia natural del pecado. El pecado por su propia naturaleza perjudica a quien peca y a los otros también, sino inmediatamente, por lo menos en el futuro. Todo pecado tiene consecuencias nocivas. Las advertencias de los profetas no son como las amenazas de los padres que castigan a los hijos por no haber hecho sus deberes en la casa, mandándolos a la cama sin comer. Las advertencias de los profetas se parecen más a las de los padres que explican a su hijo las consecuencias que puede tener el no haber hecho las tareas escolares, por ejemplo y repetir el año escolar.

De esa forma, el objetivo de las advertencias de los profetas con respecto al futuro es incentivar a sus contemporáneos a cambiar de vida (metanoia).

b) SALVACION: Del mismo modo, la salvación a la que los profetas se refieren, no es principal e inmediatamente la salvación eterna del cielo. Ellos preveen un futuro de bendiciones, prosperidad, paz, felicidad y justicia en los términos concretos de un retorno del exilio o de la liberación de la guerra, de la dominación, del cautiverio. Y, nuevamente, eso está previsto como una consecuencia natural de la justicia que está siendo practicada ahora o que el pueblo está siendo incentivado a practicar ahora. La única razón, por la cual el profeta predice eso, es asegurar, que el pueblo continúe en el buen camino o corrija sus errores.

Mientras tanto, hay una importante diferencia entre las profecías de juicio y las de salvación. Al final la salvación vendrá. Al final el bien vencerá al mal. Al final el pueblo se transformará. Esto está garantizado por Dios. Por más sombríos que el presente y el futuro inmediato puedan ser, por más que puedan sobrevenir el juicio y el infortunio, los profetas tienen siempre esperanza respecto del resultado final.

c) METANOIA: En general traducimos esta palabra como arrepentimiento o conversión, pero literalmente significa cambio de mentalidad, un cambio interior, un cambio de actitud, de comportamiento. Y este cambio es siempre visto como el cambio de un comportamiento injusto a uno justo. El cambio que Dios exige es siempre una exigencia de justicia (como veremos más adelante).

Además, es también una cuestión de transformación social mas que individual. Es una conversión de todo el pueblo, o por lo menos, de los líderes del pueblo. “Conviértete, Jerusalén”. En las últimas frases de Jeremías, Ezequiel y Juan Bautista, la conversión del individuo comienza a tener alguna importancia, pero aún así, es por el bien de la Nación o por lo menos del “resto” de Israel.

La llamada hacia una “metanoia” toma forma diferente cuando el pueblo ya se convirtió o está intentando hacerlo. En estos casos, los profetas tienen un mensaje de aliento, consolación, y exhortación, un mensaje de esperanza. Eso es particularmente evidente en Isaías en la parte que conocemos como el libro de la Consolación (40-55).

Ese elemento de la metanoia es importante, porque pone en evidencia la creencia profética de que aún cuando la historia sea hecha por Dios, el Señor de la historia, lo que él hará en el futuro depende de aquello que hagamos ahora. En otras palabras podemos, nosotros cambiar la historia, determinar el futuro, por nuestras acciones.

UNA ESPIRITUALIDAD VUELTA HACIA EL FUTURO

Los profetas desviarán la atención del pueblo, del pasado hacia el futuro. Ellos, al contrario de intentar entender el presente en términos de acontecimientos pasados (Exodo, Monte Sinaí, Rey David, etc.) piden al pueblo que entienda el presente en términos de una futura acción de Dios. Los profetas estaban orientados hacia el futuro, avisoraban el futuro, eran “progresistas”. Ellos querían que el pueblo cambiase, planease, actuase en vistas al futuro. Ya ese acontecimiento futuro o “escathón” sería un acontecimiento cualitativamente nuevo, ellos pedían al pueblo que hiciese cosas nuevas, que realizase transformaciones inauditas.

Es muy interesante que notemos la frecuencia con que los profetas usan la palabra “nuevo”: un nuevo pacto, una nueva era, un nuevo corazón, un nuevo espíritu, un nuevo cielo y una nueva tierra, una nueva Jerusalén, o simplemente que Dios haría una cosa nueva. Ellos incentivaban al pueblo a romper con su pasado y a mirar hacia la novedad del futuro de Dios.

“No se acuerden más de otros tiempos, ni sueñen ya más en las cosas del pasado. Pues yo voy a realizar una cosa nueva” (Is 43, l8-l9). Esto no significa que los profetas querían que el pueblo de Israel rechazase todas sus tradiciones: ellos tomaban las tradiciones y las interpretaban de nuevo modo, en términos de la nueva era o del nuevo futuro. Así la antigua alianza es usada para hablar de una nueva alianza futura o nuevo testamento, el Exodo o Reino del Pasado serán usados para llamar la atención sobre el nuevo Exodo o Nuevo Reino del Futuro. Cuando los profetas miraban hacia atrás, hacia los acontecimientos pasados, ellos los veían como profetas de Dios hacia el futuro. Por lo tanto, el mismo pasado apunta hacia el futuro y al final nosotros nos encontramos nuevamente cara a cara con el futuro.

Lo último que se podría decir al respecto de los profetas es que ellos no fueron conservadores. Ellos estaban muy enfrentados a su tiempo y por eso raramente eran apreciados por sus contemporáneos. Estaban orientados hacia el futuro, y en este sentido eran progresistas. Eso tampoco significa que querían cualquier progreso. Lo que ellos buscaban era la novedad total del futuro de Dios.

3. ELLOS HABLAN POR

Los profetas tenían mucha conciencia de ser mensajeros de Dios. Siempre hablaban en nombre de Dios: “Yahveh Dice”. Por lo tanto, su mensaje no era de ellos mismos, sino mensaje de Dios, era una REVELACION de Dios. No que Dios murmurase en sus oídos o mandase un ángel para dictarles un mensaje. Dios hablaba con los profetas y se revelaba a ellos en los signos de los tiempos.

Hay, no obstante, una diferencia entre la manera como Dios habló a los profetas y como él nos habla hoy. En ambos casos habla a través de los signos de los tiempos y en ambos casos es una revelación, al menos para la persona que oye cuando Dios habla con él. Sin embargo, en el caso de los profetas bíblicos. Dios reveló cosas nuevas respecto de si mismo, cosas que antes no habían sido reveladas a nadie. Esta revelación de cosas nuevas “TERMINO” con Jesús y con el último libro de la Biblia. Jesús fue la revelación final y definitiva de Dios, su última palabra.

Pero desde entonces, aunque Dios no tenga nada nuevo que revelar respecto a si mismo, continúa revelándose a cada nueva generación y a cada creyente. Ahora se revela de MODO NUEVO en cada época. El mensaje de los profetas, completado por el mensaje de Jesús, necesita ser revelado a nosotros constantemente por Dios en una serie totalmente nueva de signos para nuestro tiempo.

Con los signos de los tiempos Dios no trata de darnos hoy un nuevo mensaje diferente del mensaje de Jesús. Pero para revelarnos el mensaje de Jesús de modo nuevo en las situaciones concretas de nuestro tiempo, el usa NUEVOS SIGNOS, los signos de nuestro tiempo. La característica especial de los profetas, entonces, es que Dios les reveló cosas totalmente NUEVAS, con respecto de si mismo, y ellos fueron especialmente inspirados por el Espíritu Santo para descubrir esas cosas nuevas para el bien de todos los hombres. En este sentido, su mensaje tiene de modo especial una garantía de verdad; la Biblia es inspirada.

Digo esto sólo para enfatizar que en todos los otros aspectos nosotros somos y podemos ser como los profetas.

COMO LEER LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

¿Cómo es que los profetas leen los signos de los tiempos?. ¿Cómo es que ellos fueron capaces de reconocer lo que Dios les decía?. Esta es realmente la cuestión crucial.

La respuesta es que el Espíritu de Dios los hacía capaces de SENTIR CON DIOS. Ellos eran capaces de compartir las actitudes de Dios, o sea sus valores, sentimientos y emociones. Eso los volvía aptos para ver los acontecimientos de su tiempo como Dios los veía y sentir lo que Dios sentía respecto de esos acontecimientos.

Ellos compartían la ira, la compasión, la tristeza, la desilusión, la aversión de Dios, su sensibilidad por el pueblo y su seriedad. Esos sentimientos no eran compartidos de forma abstracta, sino en relación a los hechos concretos de su época. Se puede decir que tenían un tipo de EMPATIA con Dios, que los capacitaba a ver el mundo a través de los ojos de Dios. La Biblia no separa emociones y pensamientos. La palabra de Dios expresa el modo como él siente y piensa. Los profetas tenían los pensamientos de Dios, porque ellos compartían sus sentimientos y valores. Eso es lo que significa estar lleno del Espíritu de Dios, y eso es lo que nos hace capaces de leer los signos de los tiempos con honestidad y veracidad.

Esto es también lo que significa la unión mística con Dios. Antes, sin embargo, de desarrollar esa idea, vamos a examinar más cuidadosamente y detalladamente la manera cómo los profetas experimentaron es empatía con Dios. Nos vamos a limitar al profeta Jeremías y examinar primeramente algunos textos que expresan los sentimientos de Dios; después, algunos textos en los cuales Jeremías comparte los sentimientos de Dios al respecto de los acontecimientos de su tiempo; y finalmente algunos textos en los cuales los sentimientos de Jeremías se contraponen a los sentimientos de Dios. Aquí, finalmente, estaremos examinando la médula de la vida espiritual de Jeremías, su oración y su lucha para alcanzar la unión con Dios.

a) Hay muchas expresiones de la ira de Dios, pero será suficiente examinar el texto 5, 7-11. En 2, l-l3 vemos la desilusión y desánimo de Dios y en l4, l7-l8 su tristeza. Nuevamente, en 30, l0-11, tenemos un ejemplo de la inmensa compasión de Dios por su pueblo.

b) En 23, 9, cuando Jeremías se siente oprimido por las palabras de Dios, debemos acordarnos que una palabra no es sólo un pensamiento, sino la expresión de un sentimiento. Jeremías sintió la ira de Dios de modo especial saturando todo su ser. El nos habla de eso en 6, 10-11 y l5, 17.

c) En los pasos del texto que llamamos Oraciones o Confesiones de Jeremías, vemos al profeta quejándose a Dios y entrando en conflicto con Dios ya sea porque Jeremías no consigue compartir la ira de Dios y clama por bondad (10, 23-25) o porque la ira egoísta de Jeremías no es compartida por Dios (11, 20; l2, l-6; l8, 19-23). Esto se convierte en una crisis de Jeremías. Desea no haber nacido y quiere renunciar a ser profeta (15, 10-21; 20, 7-18).

A veces Jeremías encontraba difícil entender lo que Dios hacía y el por qué. Pero no se limita a aceptar todo ciegamente. El cuestionaba a Dios. Reclama y medita sobre el problema con espíritu crítico. Sentía que necesitaba cuestionar para tratar de entender. Si él no hubiese hecho esto, hubiera tenido poca percepción de los signos de su tiempo, nunca hubiera conseguido realizar aquella unión con Dios que le permitió la que Dios veía en los acontecimientos de su tiempo.

Jeremías experimentó, está claro, momentos de paz (31, 26), pero esa paz fue duramente conquistada, después de mucho esfuerzo y verdadera agonía mental. Tenemos la tendencia de pensar que rezamos bien solamente cuando sentimos paz, y que la unión con Dios es siempre una experiencia plácida, pacífica y sin emociones. Eso no es verdad porque, a veces hasta el propio Dios no está calmo ni pacífico, sino por el contrario, muy perturbado y airado.

LA IRA DE DIOS

Nuestra tendencia hoy es encontrar que la ira de Dios es una limitación. La expresión profética de la furiosa ira de Dios, tiende a llenarnos de consternación. Pero, de verdad, mientras no podamos compartir algo de ese sentimiento divino, nuestra vida espiritual continuará siendo inmadura, y nuestra unión con Dios será abstracta e irreal.

La compasión de Dios está siempre acompañada de su ira e indignación. Son los dos lados de una misma moneda, porque no podemos realmente amar o tener una verdadera compasión si no somos capaces de sentir ira e indignación. Cuando una persona perjudica a otra, cuando algunas personas son crueles para con las otras, cuando explotan y oprimen a los demás, entonces la verdadera compasión por aquellos que están siendo oprimidos, necesariamente lleva consigo ira e indignación contra aquellos que los hacen sufrir.

Esa no es la ira del egoísmo o del odio, es la ira de la compasión. Dios se enfada con ellos por su propio bien. Es la ira que los desafía a cambiar, mostrando claramente la GRAVEDAD de aquello que están haciendo. Jesús sintió compasión por los pobres que estaban siendo explotados por los mercaderes y cambistas en el patio del Templo. Su ira mostró claramente que ese pecado de explotación era terriblemente grave.

Necesitamos tener cuidado de no trivializar a Dios. El es muy serio con relación a la crueldad de una persona para con otra en el mundo de hoy. A menos que consigamos compartir su seriedad, estaremos siempre DISTANTES de él, y cualquier experiencia de aparente proximidad con él sería una ilusión.

Compartir la ira de Dios puede ser una experiencia liberadora y una fuente de fuerza, energía y decisión en nuestra vida espiritual. Todos nosotros tenemos un instinto agresivo. Podemos usarlo de forma egoísta contra nuestro vecino, o podemos volverlo contra nosotros mismos o introyectarlo. Pero también, podemos usarlo como fuente de energía y decisión para luchar contra el pecado y el sufrimiento del mundo. Eso fue lo que los santos hicieron, y por eso eran tan decididos y tenían un sentimiento tan saludable de indignación en relación a los pecados de las personas.

HOY

Cualquier espiritualidad nueva hoy, y especialmente una espiritualidad bíblica, debería incluir un esfuerzo muy serio PARA LEER LOS SIGNOS DE NUESTROS TIEMPOS. No podemos hacer esto solos. Necesitamos hacerlo juntos. Lo más importante sin embargo, es no dejar de hacerlo, sino “ocultaremos el Espíritu” y destruiremos cualquier posibilidad de vida espiritual verdadera. El mismo Jesús nos dice que debemos leer los signos de los tiempos (Lc 12, 54-57) y el Concilio Vaticano II nos recuerda la urgente necesidad de hacerlo hoy (ver los primeros capítulos de la Gaudium et Spes).

Además de esto, una vida espiritual saludable incluye una constante conversión o deseo de cambiar y una tendencia de mirar hacia la novedad del futuro mas que a detenerse en el pasado. El deseo de que el pasado vuelva no es una actitud que viene del Espíritu Santo. Necesitamos estar dispuestos a santificar la seguridad que obtenemos al confiarnos en los valores y en las prácticas del pasado.

Una vida en el Espíritu es una vida de denuncia de aquello que está errado en nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestra Iglesia y nuestra comunidad, de hablar abiertamente sobre el futuro para el cual caminamos o deberíamos estar caminando, de decir lo que Dios debe sentir con relación a los acontecimientos de nuestro tiempo. Esta es, por lo menos, la dirección hacia la cual debemos caminar, si queremos ser fieles al Espíritu de los profetas, que es el Espíritu de Dios.

En la esencia de todo esto, está nuestro esfuerzo personal para con Dios en la Oración. Es preciso que nos volvamos totalmente honestos delante de Dios con respecto a nuestros verdaderos sentimientos y actitudes relativos a los ACONTECIMIENTOS DE NUESTRO TIEMPO. Necesitamos también ser honestos con relación al “por qué” sentimos eso y ver honestamente si Dios siente de la misma manera que nosotros en relación a esos acontecimientos. ¿Compartimos verdaderamente el amor de Dios y su compasión por los pobres y oprimidos, y compartimos realmente su ira e indignación?. ¿Hacemos a Dios a nuestra imagen y semejanza, o permitimos que él nos rehaga de acuerdo con su imagen y semejanza?.

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