El profetismo no es ajeno al espíritu vicenciano, ni éste, para ser auténtico, puede andar por la vida sin una buena dosis de profetismo. Juntos se ayudan y fecundan, por separado se malogran. Ni el espíritu vicenciano subsistirá sin profetismo, ni este debería sentirse extraño e incómodo en medio de las filas vicencianas.
Sucedió en una pequeña ciudad española. Dos jóvenes desconocidos recorrían las calles del casco viejo. El portaba sobre el hombro derecho una cámara de televisión. Ella, llevando la grabadora en una mano y el micrófono en la ótra, se acercaba a los peatones a los que preguntaba: ¿quiere usted participar? Se trata de una encuesta para el programa religioso del primer canal de televisión. Las reacciones eran visiblemente distintas. Algunos enmudecían ante lo inesperado del hecho. Hubo quien se quedó pálido y mudo. No faltó quien adujera motivos políticos para no responder. Incluso se dio el caso de una persona que, ante la propuesta, emprendió veloz carrera, distanciándose de las cámaras de televisión como si huyera del diablo. Otros, más serenos y confiados, preguntaban en qué podían servir. ¿Sería usted tan amable de decirnos qué es en su opinión un profeta? He aquí un resumen aproximado de las respuestas. Para más de uno el profeta peca en cierta medida de estrafalario, es un barbas blancas que dice cosas raras, adivina el futuro y se mete donde no le llaman. Para otros el profeta es un tipo que con sus dichos fuera de tono pone de mal humor a la gente; suelen llevar la contraria y nadar contra corriente. En todo caso, decían otros, a veces dan qué pensar porque son coherentes y dicen la verdad.
iCuán ajenas y a la vez cuán propias del profeta de Israel son las anteriores valoraciones!
He aquí algunos rasgos propios del profeta bíblico. Llamado por Dios para una misión, llega a ser un apasionado de Dios; para el profeta el absoluto de Dios es considerado como el valor supremo y, en consecuencia, se muestra crítico ante toda posible ideología o tendencia dominante que intente oscurecerlo; actúa desde una firme adhesión a Dios y en línea de fidelidad a sus orígenes religiosos yavistas. Vive encarnado en la realidad histórica de su pueblo e inmerso en los acontecimientos de su tiempo; interpreta los hechos a la luz de la fe; denuncia los pecados y, en particular, los atropellos contra los humildes. Trata de liberar de la ceguera a los poderosos y de la miseria a los desamparados. Proclama su mensaje con gran independecia frente a los condicionamientos sociales y al orden establecido. No se vende, ni se rinde, ni se aprovecha. Se muestra irrespetuoso con los convencinalismos. A veces el buen humor le sirve de ayuda para relativizar los dogmatismos y dejar al desnudo las hipocresías. Finalmente el profeta bíblico alumbra proyectos de futuro, de un nuevo orden de cosas según Dios y abre caminos de esperanza.
Israel tuvo profetas
¿Qué hubiera sido del pueblo de Israel y cuál el color de su propia trayectoria si por hipótesis no hubiera contado con numerosos profetas? Sin duda que desprovisto de profetas el paisaje histórico de Israel se hubiera configurado de otra manera más anodina y carente de significación que la alcanzada gracias a ellos. De hecho, Israel recibió de Dios numerosos profetas quienes sazonaron la propia historia grande y menuda del pueblo a lo largo de los siglos. Un paso rápido por las páginas de la sagrada escritura, antiguo y nuevo testamento, evidencia por de pronto ciestas coincidencias entre los profetas.
Es Yavé quien sale al camino y elige a determinada persona. Aquí entra en juego la libertad soberana de Dios. Jeremías, por ejemplo, cuenta con detalle su visión inicial, la misión que le fue encomendada, los propios reparos expuestos con toda franqueza y, en último término, la orden recibida, seguida de palabras de aliento. Por lo regular, la llamada repercute en quien la recibe dejándo en él una huella indelebre que marcará de por vida la existencia del profeta.
Otro rasgo coincidente es la profunda relación entre Dios y el profeta. Este actúa desde el conocimiento que Dios le comunica ya sea a través del camino interior, es decir, de la visión, ya sea a través sobre todo de la vida real, o sea, de los hechos cotidianos y de los acontecimientos: «En la palabra del hombre y de las cosas, en la palabra de la historia y de los pueblos, descubre el profeta la palabra de Dios»1 Amós en una ocasión vio en una plaza de mercado la venta de un hombre, por una cantidad de dinero y con más frecuencia presenció las actuaciones de los tribunales en los que se tiraba por tierra el derecho. En ambas ocasiones se percató de que Dios le hablaba.
Caracteriza igualmente a los profetas la perspicacia y la osadía para ver lo que los demás no quieren ver y la capacidad para detectar la realidad en lo profundo, sin velos ni tapujos.
Conviene recordar que los profetas transmiten su mundo personal al pueblo por medio de la palabra hablada o escrita, a través también del testimonio personal y de acciones simbólicas. Llama la atención la proliferación de acciones simbólicas como medio de expresión. Recordemos a modo de ejemplo el caso del profeta Ajías quien rasgó su manto en doce jirones para anunciar la división del reino (1 Re 11,30-31), y el de Ezequiel grabando el plano de una ciudad en un ladrillo para anunciar el asedio de Jerusalén (Ez 4,1-3).
También parece oportuno tener en cuenta que el profeta es un observador de los hechos y acontecimientos no desde la distancia sino desde la cercanía. Vive en medio de su pueblo y ejerce su ministerio partiendo de las realidad social. La relación del profeta con el mundo que le rodea es desigual: de apoyo o de oposición. En ocasiones el profeta se enfrenta a diversos sectores sociales: a los reyes, a los sacerdotes y a los grupos que detentan cualquier tipo de poder político, económico o social. A un sector se oponen con inusitada tenacidad, al de los falsos profetas que hacen propaganda de divinidades extranjeras y son fácil presa del oportunismo.
Mensaje de los Profetas
Al repasar los libros históricos y proféticos nos percatamos de la variedad de temas tratados por los profetas. Ese pluralismo se debe a las distintas circunstancias históricas en las que cada profeta desempeñó su ministerio. Pero al mismo tiempo llama la atención la coincidencia de unos y otros profetas en temas fundamentales y eso a pesar de la distancia geográfica o de tiempo. Recordaré cientos mensajes básicos y coincidentes. Todos ellos continuan siendo de actualidad.
La Pasión por Dios
Se trata de un punto capital del mensaje profético: la pasión por Dios. Dios es lo primero. La defensa radical de la soberanía de Dios contra todo tipo de idolatrías llenan las páginas de los libros proféticos. Luchan con denuedo contra todo posible desvío hacia otras creencias. Ciertemente la cultura ambiental de la época condiciona el mensaje profético. Encontramos alusiones a divinidades, costumbres y cultos muy ligados al clima social y religioso de aquellos tiempos. Lo cual no resta actualidad a las insistentes advertencias de los profetas sobre un punto tan capital.
La idolatrías no pertenecen al pasado histórico ni son piezas de museo. Ese peligro sigue acechando al hombre’ de nuestro tiempo: «cualquier realidad puede ser revestida por el hombre con el brillo de lo divino y adorada después como un dios»(2).
Hechas las debidas adaptaciones, las orientaciones y las advertencias de los antiguos profetas siguen fecundando la tierra que hoy pisamos. Resultan de perfecta actualidad las voces conocidas: «no tendrás otros dioses frente a mí» (Ex 20,3); «¿hasta cuando vais a caminar con dos bastones? Si Yavé es Dios verdadero, seguidlo y si es Baal seguid a Baal» (1 Re 18,21). Entonces y ahora surgen rivales de Dios: el consumismo, el deseo de poder, la codicia, etc.
También se enfrentan los profetas a todo intento de manipular las grandes verdades e incluso al mismo Dios, tratando de atarle las manos. A pesar del Exodo, de la Alianza y del Templo, no caben las falsas esperanzas ni seguridades, dirán los profetas una y mil veces a sus contemporáneos. El Señor es el único absoluto. A la hora de la verdad lo que cuenta es la relación limpia y cabal con él y con el prójimo.
La lucha por la justicia
Hoy se sigue comentando con frecuencia esta vertiente del mensaje profético: sus alusiones frecuentes a la degradación social y su esfuerzo por establecer una sociedad más justa. Los profetas, lectores atentos y asiduos de la situación de su pueblo, afrontaron con toda decisión los aciertos y los fallos en materia de justicia. Se constituyeron, partiendo de la fe, en defensores de los pobres. He aquí un catálogo de asuntos analizados por los profetas: la administración de justicia, el comercio, la esclavitud, el latifundio, los salarios, el lujo y la riqueza, los préstamos, los núcleos de poder y la administración del Estado.
Los diagnósticos que los profetas formularon sobre la sociedad de su tiempo siguen orientando e inspirando la moral cristiana. Recordemos a modo de ejemplo un texto de Isaías sobre los legisladores: «Hay de los que escriben decretos inicuos y redactan con entusiasmo normas vejatorias para dejar sin defensa a los débiles y robar su derecho a los pobres de mi pueblo» (Is 10,14). 0 aquel texto de Amós en el que describe la situación de los pobres que merodean por las calles de Samaria: «A Israel, por tres delitos y por cuatro no lo perdonaré. Porque venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias; pisotean a los pobres y evitan el camino de los humildes» (Am 2,6-7).
Merece la pena recordar que los profetas al mismo tiempo que vivieron apasionados por el Dios supremo y único, y precisamente por ello, extrajeron consecuencias prácticas sobre el hecho social. Ambas vertientes de la fe caminaban en su caso ineludiblemente juntas. El concepto que los profetas tenían de Dios incluía inseparablente el derecho y la justicia.
Actitudes de los profetas frente al culto
Hoy nos llama la atención la actitud de los profetas frente al culto. Israel conoció y puso en práctica incontables maneras de dirigirse a Dios por medio de actos cultuales. Reservó espacios y tiempos para la celebración ritual. Sistematizó con minuciosidad el ritual de los sacrificios, ofrendas y purificaciones. Fue creando distintos modelos de ministros y servidores de los lugares de culto y en particular del templo. La vida de Israel giraba en torno a las acciones cultuales.
La crítica de los profetas no se dirigió al culto en cuanto tal. No en vano se trataba de una expresión válida de la fe yavista. La denuncia de los profetas centró su atención en el culto cuando éste se veía falsificado por uno u otro motivo. Así por ejemplo cuando el culto era considerado por sus servidores corno un absoluto o contribuía a introducir una idea falsa de Dios o, como de hecho ocurría, al culto rendido a Yavé no acompañaba la justicia. Las nubes de incienso sin amor a los pobres no agradan a Dios. El culto que anestesia la conciencia traiciona la verdad. Quien, además, veía en el culto una garantía absoluta de protección y bendición divina se engañaba. A Dios se le encuentra en el templo, pero ante todo en la justicia y en el derecho del prójimo.
La crítica que los profetas hacen de los ministros del culto llega en ocasiones a ser mordaz, sobre todo al afrontar lo relacionado con la ambición, el abuso de poder y la impiedad. Son de plena actualidad las palabras a este propósito del profeta Amós: «Retirad de mi presencia el barullo de vuestros cantos, no quiero oír la música de vuestras cítaras. Que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne» (Am 5,23-24).
En el Nuevo Testamento, siguiendo la línea profética, ancontramos alusiones semejantes. La religión verdadera, nos dirá Santiago, no es cuestión de palabras sino de «mirar por el huérfano y viudas en apuros» (Sant 1, 27).
Profetismo en el Nuevo testamento
Después de un pasado rico en profetismo Israel vivió no sin pena períodos de silencio profético. Varias son las razones históricas que explican la ausencia de profetas. Tal vez se debió a la falta creciente de apoyo social, a la canonización de la ley y al empobrecimiento de la temática tratada por los profetas. En todo caso, la apocalíptica fue con el paso del tiempo llenando el hueco dejando por los grandes profetas.
Habrá que esperar al tiempo de Jesús, ya en pleno Nuevo Testamento, para encontrar de nuevo un movimiento profético de amplio calado. Es Jesús quien califica a Juan Bautista de profeta: «entonces, ¿qué habéis ido a ver? ¿un profeta? Sí, os digo, más que un profeta» (Lc 7,26). Los textos evangélicos muestran con insistencia a Jesús como al profeta esperado: Jesús era, nos lo dice San Lucas, «un profeta poderoso en acciones y palabras ante Dios y ante todo el pueblo» (Lc 24,19).
Por su parte las primeras comunidades cristianas contaron con numerosos profetas. San Lucas nos dirá en Hechos de los Apóstoles que el deseo de profecía manifestado por Joel es ya una realidad palpable en la primera comunidad cristiana (Act 2,17ss).
En las comunidades paulinas se habla de los profetas en plural: «respecto a los profetas que hablen dos o tres, y los demás que juzguen» (1 Cor 14,29). Por lo regular el profeta de estas comunidades es el hombre de la palabra: «el que profetiza habla a los hombres para su edificación, exhortación y consolación» (1 Cor 14,3).
Profetismo en san Vicente
¿Fue profeta San Vicente? Si lo fue, ¿en qué vertientes se centro la acción profética del santo? LLama la atención la frecuente coincidencia de objetivos esclarecidos por el profetismo bíblico y por el del santo de la caridad. Intentemos enumerar e incluso describir con brevedad las vertientes de la acción profética del santo fundador. Nos corresponde interpretar los gestos proféticos del santo a la luz de las coordenadas históricas y de los condicionantes de tiempo y lugar en los que le tocó vivir.
Vocación – Conversión
Al modo de los antiguos profetas, San Vicente vivió con hondura el propio proceso vocacional y de conversión. Sintió dentro de sí mismo la llamada insistente a convertirse a Dios, el forcejeo entre el sí y el no, las sucesivas resistencias interiores, la duda y, finalmente, tras la respuesta incipiente, la inclinación ante el poder de la luz y de la verdad. Abandonó con decisión su mundo propio y se atuvo a partir de la prueba difícil a los planes de Dios.
Esta experiencia vocacional y de conversión del santo es en lo fundamental equiparable al proceso vocacional y de conversión de no pocos profetas. En estos y en San Vicente contaron no poco, además del don de Dios, las circunstancias y, en particular, la lectura atenta de los acontecimientos humanos, por los que Dios suele hablar. Recordemos los relatos sobre la vocación – conversión de Samuel (1 •Sam 3,1-21), de Jeremías (Jer 1,4-10), en fin, de san Pablo (Act 9,1-19; 22,1-21). Comparémoslos con el capítulo que suelen dedicar los biógrafos a la conversión de San Vicente y veremos cómo en unos y otros casos el proceso es semejante. Todos ellos pasaron por la muerte a la vida. La vocación – conversión de los profetas y de San Vicente repercutió en toda la acción profética posterior.
Dios en el centro de todo
Se sigue discutiendo en el caso de San Vicente si Dios le llevó a los pobres o si estos le llevaron a Dios. Tal vez sea más verosímil la segunda opinión. En todo caso, la vida del santo transcurrió centrada en Dios. Dios fue para San Vicente un absoluto irrenunciable, punto de partida y de llegada. Lo invoca con frecuencia, lo recuerda y venera, con él de continuo mantiene vivo el diálogo oracional, lo presencia en los acontecimientos, sobre todo en el rostro de los pobres, lo escucha al leer la palabra de Dios, lo celebra, trata de imitarlo y seguirlo en todo, lo anuncia a tiempo y destiempo. Su encuentro frecuente con Dios llega a ser para él tan natural como la respiración. La presencia de Dios llena por completo los pulmones del santo.
A diferencia de los profetas del Antiguo Testamento, el Dios ante el que se inclina San Vicente es el revelado por ,Jesucristo: Dios uno y trino, hecho presente en el mundo ante todo por via de la encarnación salvadora de Jesucristo. Lo cual llevará al santo a plasmar con colores propios una nueva imagen de Dios: misericordioso, cercano, compasivo, evangelizador y liberador de los pobres; lejos de todas las manipulaciones de Dios existentes en el siglo XVII.
En la repetición de oración del 1 de Agosto de 1655, refiriéndose a Jesucristo, decía San Vicente ante los misioneros: «Nuestro Señor Jesucristo es el modelo verdadero y el gran cuadro visible con el que hemos de conformar todas nuestras acciones» (SVP, XI-129). En términos parecidos se expresaba el 28 de. Marzo de 1659:»¿No vas a tener tú sobre nosotros la misma autoridad que antaño tuvieron los filósofos sobre sus seguidores, los cuales se apegaban tanto a sus sentencias, que bastaba con decir: El maestro lo ha dicho, para que las aceptasen y no se apartaran nunca de ellas? Si los filósofos, con sus razonamientos, producían ese efecto de adquirir tanto crédito entre sus discípulos que sus palabras eran órdenes en lo referente a las cosas del mundo, icuánto más nuestro Señor, la sabiduría eterna, merecerá ser creído y obedecido en las cosas divinas»(SVP, XI-474).
Un hombre de Dios ejerce el ministerio profético a través de lo que dice y hace, e incluso con la sola presencia. Ese es el caso de San Vicente. Su experiencia de fe no podía menos que interpelar a cuantos encontraba a su paso. Incluso hoy sigue irradiando en su entorno a ese Dios del que tuvo una fuerte experiencia.
El anuncio de la Buena Nueva a los pobres
Mucho se ha escrito ultimamente sobre esta parcela de la biografía de San Vicente y de la espiritualidad vicenciana. Se trata del núcleo más peculiar del carisma por él recibido de Dios y trabajado con sus manos.
Lo mismo que los antiguos profetas San Vicente fue un asiduo observador de la situación social de los humildes, de las pobrezas de su tiempo y de las causas que las motivaron. Al mismo tiempo puso manos a la obra, extrayendo las motivaciones básicas del contacto asiduo con los humildes y de la lectura peculiar del evangelio. Descubrió vivencialmente que Jesucristo había venido al mundo para ejercer una acción liberadora de los pobres. En la madurez de su vida el ejemplar misionero llegó a ver en los pobres de carne y hueso al mismo Jesucristo en persona. Nada tan expresivo para traducir sus profundas vivencias como sus propias palabras: «Cuando servís a los enfermos, tenéis que acordaros también de que es a nuestro Señor a quien representan» (SVP,IX/2-747); «Me acerco a los pobres para honrar en su persona a la persona de nuestro Señor; voy a ver en ellos a la sabiduría encarnada de Dios» (SVP,IX/2-750); «Los pobres tienen el honor de representar a los miembros de Jesucristo, que considera los servicios que se les hacen como hechos a él mismo» (SVP, IX/1-74).
No siempre le resultó fácil abrirse camino lo mismo dentro de la iglesia que en el medio social que le rodeaba. El profeta por lo regular no desliza sus pies por sendas cubiertas de pétalos. Al contrario, se vio obligado a roturar y desecar, a convencer e impulsar y, sobre todo, a superar incontables pruebas a la hora de plasmar en realidades tangibles las propias ideas y convicciones. El clero de aquel tiempo, caracterizado con frecuencia por el conformismo, y las corrientes de espiritualidad de la época, ya fueran la escuela abstracta o el oratorio, pudieron haber impedido el paso firme de Vicente hacia su propio mundo. De hecho no fue así.
En este capítulo de la vida del santo brilló el ministerio profético con luz propia. Acentuó una espiritualidad encarnada, corrigiendo todo escapismo; propugnó la liberacuión integral del pobre, corporal y espiritual, temporal y eterna; fue erigiendo día a día signos liberadores, contagiando su entusiasmo a no pocos contemporáneos. Como los profetas bíblicos, sacudió a su paso la conciencia dormida del catolicismo de su tiempo, en punto tan evangélico como es el servicio a los pobres.
Una prueba del alcance profético de San Vicente se encuentra en el hecho de que hoy lo seguimos recordando y su peculiar seguimiento de Jesucristo continúa fecundando la fe y la praxis de no pocos cristianos dentro y fuera de la familia vicenciana.
La reforma del clero
También en línea con las actuaciones proféticas del Antiguo y Nuevo Testamento, San Vicente ejerció el ministerio profético en un campo sumamente difícil. Partiendo de la realidad, por él bien conocida, impulsó con toda su alma la reforma del culto y clero.
Recordemos con brevedad el campo en el que se desenvolvió. Junto a un colectivo de santos y sabios sacerdotes, se encontraba un amplio sector de clérigos caracterizados por la falta de vocación, la ignorancia, el absentismo, la inmoralidad, la apetencia de riquezas y la escasa dedicación al ministerio.
Siempre me llamaron la atención las expresiones vigorosas pronunciadas por el santo al describir la situación del clero: el deseo de riquezas es «mucho mayor en los eclesiásticos que en los laicos, a pesar de que no tienen tantas cargas como éstos» (SVP, XI-644); la depravación llega a tal punto que «los mayores enemigos que tiene la iglesia son los malos sacerdotes» (SVP, V-327); la ignorancia resulta tan manifiesta que «algunos no sabían las palabras de la absolución» (SVP, XI-95); la indisciplina es tan notoria que «me fijé en siete u ocho sacerdotes, que decían cada uno la misa a su modo; unos hacían unas ceremonias y otros otras; era una variedad que daba lástima» (SVP, XI-550).
San Vicente tomó velas en el asunto. Una de sus mayores preocupacions a lo largo de su vida fue la dignificación del clero, del que en gran medida dependía la vida de la iglesia. De todos son conocidas las múltiples actividades desplegadas por el santo a fin de poner remedio a tamaño desajuste: los ejercicios a ordenandos, las conferencias de los martes, la formación en los seminarios, los retiros espirituales e incluso las actuaciones suyas en beneficio del episcopado y del clero a través del consejo de conciencia.
Un hecho hirió de manera particular la sensibilidad del santo: la deficiente distribución del clero. Incontables clérigos ordenados merodeaban por las calles de las grandes ciudades, mientras que las parroquias rurales quedaban desatendidas. A este punto habría que añadir otro: la desconexión entre el culto y la atención a los desheredados. San Vicente trató de poner remedio personalmente a tan lamentable situación e incluso dejó como herencia a sus misioneros la evangelización de los pobres del campo.
Merece mención aparte otra actividad profética del santo relacionada con el culto. La oratoria vacía y complicada era habitual en los púlpitos de Francia, provocando emociones y, al mismo tiempo, dejando a las gentes sencillas sumidas en la ignorancia de las cosas de la fe. San Vicente formuló y propagó a este propósito el conocido pequeño método. En el fondo de esta iniciativa subyace el deseo de parte del santo de ofrecer una buena base catequética para que el pueblo conozca y y asimile las verdades de la fe y se salve.
Recordemos igualmente que San Vicente relativizó el valor del culto en beneficio de la caridad: «Si fuera voluntad de Dios que tuvieseis que asistir a un enfermo en domingo, en vez de ir a oír misa, aunque fuera obligación, habría que hacerlo. A eso se llama dejar a Dios por Dios» (SVP. IX-725). Cuando insiste que hay que dejar a Dios por Dios parece que oímos al profeta Isaías y al mismo Jesús en persona, anteponiendo el valor al hombre al del sábado.
Otras vertientes del profetismo de San Vicente
Por razones de espacio me limito a enumerar y describir con brevedad algunas actuacions proféticas del santo.
Primero. Del análisis de la situación de los laicos y en particular de la mujer en la iglesia, surge la necesidad, propugnada por San Vicente, de crear una espiritualidad laical y comprometer a los laicos en la evangelización de los pobres. Es así como nacen y se propagan las cofradías de la caridad. El laicado pasa a ser sujeto activo en la iglesia.
Segundo. La creación de un nuevo concepto de vida consagrada, libre de ciertas estructuras usuales en la época, y más en consonancia con las verdaderas necesidades de los pobres de aquel tiempo. A este propósito funda las Hijas de la Caridad.
Tercero. San Vicente, sin grandes alardes teológicos ni huida hacia las altas especulaciones, llegó a crear un cuerpo teológico sencillo, suficiente y sumamente fecundo sobre la evangelización o, lo que es lo mimso, sobre la liberración integral de los pobres: alma y cuerpo; y ello a través de la asistencia y de la promoción. La originalidad de este toque profético está a la vista, si tenemos en cuenta el tiempo y el lugar en el que el santo generó estas nociones y las puso en práctica.
Cuarto. La apertura del santo a la misión ad gentes. Los profetas del Antiguo Testamento y sobre todo los del Nuevo abrieron las puestas de sus respectivos pueblos o cuminidades para facilitar su salida al encuentro de las naciones. ¿Cuántas veces los profetas tuvieron que levantar la voz para hacerse oír! San Vicente con una generosidad a toda prueba y dejando aparte la lógica puramente humana, de sumas y restas, implicó muy pronto a los misioneros de la pequeña compañía en la misión ad gentes. En la repetición de oración del 22 de Agosto de 1655 decía a los misioneros: «Pidámosle todos a Dios este espíritu para toda la compañía, que nos lleve a todas partes, de forma que cuando se vea a uno o dos misioneros se pueda decir: he aquí unos hombres apostólicos dispuestos a ir por los cuatro rincones del mundo a llevar la palabra de Dios» (SVP, XI-190). A veces el santo llegó a pensar que en los designios de Dios la iglesia se ahuyentaría de Europa: «¿No creéis, padres y hermanos míos, que Dios quiere trasladar su iglesia a otros países» (SVP, XI-205).
Quinto. La denuncia profética. El santo bajó al terreno político para jugar, no sin riesgo, una carta en favor del cese de la guerra. A fin de evitar los sufrimientos del pueblo San Vicente pidió a la reina Ana de Austria en enero de 1649 que prescindiera del poderoso y astuto cardenal Mazarino para recuperar la paz. Acto seguido suplicó personalmente a Mazarino que dimitiera de su cargo. Sus gestinones no surtieron de inmediato efectos positivos. Pero el gesto profético del santo no quedó baldío. Pocos años después consiguió el objetivo que se había propuesto: el alejamiento de Mazarino del reino y, con ello, la llegada de la paz para bien de los pobres (SVP,IV, 440-444).
Espíritu vicenciano y profetismo, hoy
Corresponde a la iglesia en cuanto tal ejercer una función profética en medio del mundo. Dígase lo mismo, aunque de manera más explícita, de los consagrados.
Entendemos por acción profética el testimonio valiente que el hombre de Dios da, previo el necesario discernimiento de la realidad y aún a costa de riesgos, de los valores evangélicos. El testigo profético ha de expresarse con la vida, los hechos, las palabras y a base de signos que por su elocuencia se sitúen al alcance de todos.
La acción profética de los vicencianos hoy ha de tener en cuenta tres condicionantes: la propia tradición vicenciana, los signos de los tiempos y la eclesiología actual. Los participantes en el último sínodo, que trató sobre los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, coincidieron a la hora de señalar cuatro signos proféticos, considerados oportunos en la actualidad: la vida enraizada en Dios, la evangelización de los pobres y la identificación con la espiritualidad propia. Todo ello en orden a la acción profética propiamente dicha y a la misión de la iglesia.
¿En qué parcelas debería hoy concentrar la atención el profetismo de los vicencianos? ¿Qué signos podrían evidenciarlo con claridad? He aquí una respuesta.
Primero. La experiencia de Dios. Se trata de un género de primera necesidad. Se logra, entre otros, por medio de la oración explicita, el ministerio, la lectura de los acontecimientos a la luz de la fe y el contacto con los pobres. No es posible el profetismo personal o comunitario si quienes lo ejercen no son hombres o mujeres de fe profunda, si no han encontrado a Dios. En este orden de cosas habrá que tratar de vivir y secundar la experiencia de oración de Jesucristo y de San Vicente, que fueron místicos, como se dice ahora, horizontales y trascendentales. Solo quien tiene experiencia de Dios y ve y afronta la vida y los acontecimientos desde la fe se encontrará en forma para profetizar y, en consecuencia, para suscitar interrogantes en su entorno.
Segundo. El anuncio de la Buena Nueva a los pobres. En el momento que vivimos la acción profética de los vicencianos tendría que discurrir, para ser fieles a la propia tradición, a los tiempos actuales y a la eclesiología postconciliar, por estos derroteros. La intuición y práctica de San Vicente a este respecto continúa siendo de plena actualidad. La atención corporal y espiritual a los más pobres pareció entonces y es considerada hoy como uno de los signos proféticos más elocuentes. En sí mismo contiene un gran poder de convicción, incluso ante las capas sociales secularizadas. Son palabras de San Vicente: «Nuestro Señor pide de nosotros que evangelicemos a los pobres: es lo que él hizo y lo que quiere seguir haciendo por medio de nosotros….el Padre eterno nos destina a lo mismo que destinó a su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que indicó esto como señal de que era el Hijo de Dios» (SVP, XI-386). Los pobres se encuentran hoy en todas partes, pero sobre todo en el tercer mundo. Las actuaciones de los religiosos españoles en Ruanda, dadas a conocer por televisión, suscitaron más admiración y convencieron más que una montaña de libros de apologética. No pocos captaron en aquellos hechos de gran calibre profético una señal nueva.
Tercero. La misión ad gentes. Para hacerla posible se requiere una toma de conciencia acerca de la universalidad de la iglesia y de que todos los hombres son destinatarios del evangelio. Se requiere igualmente abrirse a la solidaridad en lo concerniente al personal y a los medios económicos, seleccionar los lugares en los que sembrar el evangelio, así como prestar atención a las situaciones de emergencia y, en fin, actuar con no poca prontitud y agilidad en consonancia con un mundo en rápidos cambios. Nadie hubiera imaginado hace veinte años que la Congregación de la Misión antes del año dos mil se hubiera responsabilizado de al menos cinco misiones interprovinciales en los territorios del fenecido imperio soviético. Las Hijas de la Caridad también han partico hacia esas naciones. La misión ad gentes y, en general, la disponibilidad grupal y personal contiene hoy un gran valor profético. El 17 de junio de 1657 San Vicente ya anciano invitaba a los misioneros a: «estar dispuestos y preparados para ir y marchar a donde Dios quiera, bien sea a •las Indias o a otra parte» (SVP, XI-281). El 6 de diciembre de 1658 expresaba sus temores ante la posibilidad de que algunos digan: «que es demasiado ambicioso enviar misioneros a países lejanos» (SVP, XI-395).
Cuarto. Las virtudes propias. La encarnación de los consejos evangélicos y de la virtudes propias en la vida de las comunidades y de los particulares transparenta la novedad del evangelio. Se trata de un distintivo peculiar de los vicencianos. No resulta fácil medir el grado de vivencia de estas virtudes propias en cada particular. En todo caso, el mundo de hoy necesita signos proféticos y testigos vivos que susciten interrogantes. Pues bien, un estilo de vida marcado por las virtudes propias cuenta con un indiscutible valor profético. La gente de la calle posee una fina sensibilidad para percibir quiénes viven y actúan a tenor de estos valores evangélicos. En una sociedad plural, apoyada con frecuencia en contravalores clamorosos, la encarnación en la propia vida y la consiguiente transparencia de dichos valores evangélicos encierra un alto y eficaz valor profético.
Quinto. Los laicos. Corresponde a la doble familia contribuir a la formación de los laicos, de tal manera que estos lleguen a asumir sus propias responsabilidades en lo concerniente a la evangelización. En este orden de cosas habría que redoblar esfuerzos para reavivar los laicados vicencianos ya existentes e incluso, me aventuro a decirlo, para crear otros de nuevo cuño, cuando las circunstancias así lo pidan en los diversos lugares del mundo. A veces resulta más oneroso reconstruir un edificio obsoleto que levantar uno de nueva planta. Por supuesto todo grupo laical vicenciano se ha de nutrir de la espiritualidad vicenciana. Hoy la conveniencia de revitalizar la familia vicenciana, icluídos los laicos, está subiendo al primer plano de la conciencia de la Congregación de la Misión, de las Hijas de la Caridad y de los diversos laicados vicencianos.
Sexto. El anuncio del kerigma. En la actual situación de la sociedad española, que se caracteriza por una creciente secularización, los vicencianos deberíamos ser un signo profético en medio del pueblo a base de empeñarnos con todo ahinco en el anuncio del kerigma. Por activa y por pasiva, con humildad pero con atrevimiento, implícita y explícitamente. Preguntado recientemente un obispo español por la situación de su diócesis, respondió diciendo: mi diócesis es un gigante con pies de barro. Con pies de barro, prosiguió el obispo, porque en mi diócesis la mayoría de los hombres y mujeres de cuarenta años para abajo no han recibido catequesis. San Vicente fundó la Congregación de la Misión para remediar la ignorancia religiosa de las pobres gentes.
Conclusión
El carisma recibido por San Vicente se encarna hoy en unas instituciones y personas. Las personas y las instituciones dan continuidad a la intuición del fundador. Pero las unas y las otras corren el riesgo de fosilizar la inspiración inicial. De ahí la necesidad de que las obras, las comunidades y las personas sigan siendo signos proféticos transparentes, lejos de todo anquilosamiento, para bien propio y de la iglesia.
Israel lamentó con profunda amargura la carencia y el silencio de los profetas. Veían en ello algo así como un castigo merecido. La familia vicenciana sin profetas se parecería a un campo agostado y sin agua. Dada la necesidad de profetas, echemos mano incluso de la oración, diciendo: Danos, Señor, santos y atrevidos profetas, aunque a veces nos cueste aceptarlos. Haz de cada uno de nosotros un testigo significativo de la fe. De todos modos, evitemos permanecer esperando con los brazos cruzados a que el Señor cargue con todo el peso de la empresa y, en el mejor de los casos, nos sorprenda con el envío inesperado de algún profeta fuera de serie. Por si acaso ésto no ocurre, será conveniente que cada uno de nosotros comience desde ahora mismo a levantar algún signo profético perceptible, por muy insignificante que éste pudiera parecer.







