Espíritu vicenciano e identidad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: María Ángeles Infante, H. C. · Year of first publication: 1995 · Source: Reavivemos el Espiritu Vicentiano: Semana de Estudios Vicencianos, XXII (CEME, Salamanca).
Estimated Reading Time:

Introducción

Al comenzar esta reflexión viene a mi mente la memoria de un he­cho notorio en mi vida: la expedición de mi carnet de identidad. Tenía 16 años.

Mi estatura era casi la actual. Los rasgos de mi personalidad, tipo y aspecto exterior estaban ya bastante perfilados… La mayoría de los que estamos en esta sala hemos obtenido el carnet de identidad, no en nuestra primera infancia, sino cuando se estaba perfilando lo más pro­fundo de nuestra personalidad: en plena adolescencia o al inicio de nuestra juventud.

Lo mismo ocurre con la Compañía de las Hijas de la Caridad y la Congregación de la Misión. La identidad, lo que nos define en la Iglesia como vicencianos, se ha ido perfilando con el paso del tiem­po y el vivir vocacional en el servicio y evangelización de los Pobres. La identidad es fruto del crecimiento en el Espíritu; es el conjunto de cualidades y características que determinan nuestro ser profundo y que se expresan exteriormente en un estilo de vivir, en unas actitudes evangélicas heredadas de nuestros Fundadores, asumidas y vividas personalmente y en Comunidad en los servicios concretos que reali­zamos.

El espíritu vicenciano es el alma de nuestra identidad, es la esen­cia de nuestro ser y la fuerza que anima nuestra misión.

El objetivo que me propongo con esta reflexión es daros a cono­cer el proceso de configuración del espíritu de la Compañía de las Hijas de la Caridad. En la Congregación de la Misión lo tengo menos estudiado, por eso al referirme al espíritu propio de los Misioneros, sólo haré algunas alusiones.

Creo que es interesante conocer este proceso en los tres momentos o fases, que a mi parecer, presenta para comprender la acción del Espíritu en las personas y en la Compañía conectando con el tiempo, las debilidades, las crisis y las mediaciones.

En la primera parte de esta exposición veremos cómo se dibuja el Boceto inspirador del Espíritu de la Compañía, en la segunda cómo el Espíritu Santo suscita un diseño válido en el espíritu de las buenas al­deanas que a su vez se convierte en el primer carnet de identidad de la Hija de la Caridad.

En la tercera parte veremos cuál es el modelo perfecto y detallado del espíritu propio del vicenciano. Por fin, en la cuarta parte, veremos cómo ha sido la Fidelidad activa al espíritu propio a lo largo de la Historia y cómo debemos estimular hoy el dinamismo espiritual de nuestro propio espíritu.

Veamos cómo el Espíritu Santo fue diseñando en la Compañía el espíritu propio y cómo este proceso es también progresivo y clarifica­dor en la vida de cada vicenciano.

En el Baptisterio de la Basílica de Letrán leemos: «El Espíritu en­gendra dando vida nueva». Recuerdo esta frase al inicio de la refle­xión porque resume la enseñanza de Jesús sobre el Espíritu en el Evangelio de Juan y la experiencia de las primeras Comunidades cris­tianas (2 Cor 3, 6), el sentir del Magisterio de la Iglesia (Evangelii Nuntiandi) y la experiencia espiritual de nuestros Fundadores y de la Compañía. San Vicente y Sta. Luisa tuvieron muy claro que el Espíritu hizo de ellos personas nuevas, agentes de vida nueva, con co­raje y fuerza interior para crear en la Iglesia nuevas formas de vida al servicio de los Pobres.

Ellos supieron descubrir las llamadas del Espíritu a través de los acontecimientos y conscientes como san Pablo de que: «No es que de por sí tenga uno aptitudes para poder apuntarse algo como propio… la aptitud y la fuerza nos la ha dado Dios…y el Espíritu es quien crea y da vida nueva» (2 Cor 3, 5-6), se lanzan a la acción.

Todos conocemos cómo irrumpe el Espíritu con fuerza de conver­sión y creadora a la vez, en la vida de san Vicente a sus 36 años y có­mo la luz de Pentecostés abre caminos nuevos en la vida de santa Luisa, cuando camina entre luces y sombras a los 32 años. Poco a poco el Espíritu les guía, les va transformando, abriendo sus ojos y sus oídos a las necesidades de los Pobres, a la escucha de los acontecimientos… Crea sintonía de fidelidad en sus corazones y los convierte en instru­mentos aptos de vida nueva, Fundadores de «algo nuevo» en la Iglesia.

El proceso de sintonía, percepción, conversión, discernimiento y respuesta no es fácil ni rápido. Como todo camino de seguimiento de Jesús va marcado por las huellas del sufrimiento y de la Cruz.

Pero este lento caminar al ritmo del paso de Dios sobre sus vidas, va diseñando un modo concreto de leer el Evangelio desde la vida, pa­ra ser instrumentos dóciles al Espíritu, continuadores de la misión de Jesucristo, servidor y evangelizador de los Pobres.

A lo largo de mi exposición pretendo mostraros los pasos funda­mentales de este proceso de configuración del espíritu vicenciano y las claves de actualización hoy.

Confieso como he afirmado anteriormente que he estudiado más el proceso en las Conferencias a las Hermanas que a los Misioneros, por ello no extrañe que me polarice más en el proceso referido al Espíritu de la Compañía de las Hijas de la Caridad que a las virtudes funda­mentales de la Congregación de la Misión.

I. Boceto inspirador del espíritu de la Compañía

En los comienzos de la Compañía de las Hijas de la Caridad todo es carismático; no existen documentos escritos. Hay necesidades ur­gentes de los Pobres y se necesitan manos para servir. Surgen perso­nas vocacionadas con capacidad de entrega y disponibilidad que se dedican al servicio con gozo y entusiasmo. Solamente hay una con­vicción muy clara: la Providencia ha conducido a aquellas jóvenes y ha hecho posible la Compañía.

En el caso de la Congregación de la Misión es todo muy distinto: un legado económico de la Señora de Gondi, un documento jurídico y cuatro Sacerdotes que lo firman. También afirmará san Vicente que la Providencia de Dios hizo posible todo. Este elemento es común.

1. «La Providencia os ha conducido»

Explicando san Vicente el primer Reglamento a las Hijas de la Caridad el 31 de julio de 1634, ocho meses después de la Fundación de la Compañía afirma: «La Providencia os ha reunido aquí a vosotras doce y al parecer, con el designio de que honréis la vida humana de Jesucristo en la tierra».En los orígenes todo es disponibilidad para el servicio de los Pobres. Da la impresión de que el Espíritu las condu­ce sin resistencias de ningún tipo… El ideal está claro: continuar la mi­sión de Jesucristo servidor y evangelizador de los pobres. No parece necesario más.

Llama la atención que en esta primera Conferencia del 31 de julio de 1634, san Vicente haga alusión 8 veces a la Divina Providencia re­cordando que ella las ha conducido e invitándolas a dejarse conducir en el futuro y a que se fíen de ella.

Estos términos empleados por san Vicente son sinónimos de los empleados por santa Luisa tantas veces en sus cartas y escritos: «con­ducidas por el Espíritu».

Está claro que en los orígenes no existe un perfil concreto del «Espíritu de la Compañía» como actitudes evangélicas necesarias y características de la Hija de la Caridad.

Existe la respuesta generosa de unas jóvenes que quieren darse a ‘Dios para servir a los Pobres, confiando totalmente en la Divina Providencia.

San Vicente tiene muy claro, desde los orígenes de la Compañía, que la confianza en la Divina Providencia es una actitud que define a las Hijas de la Caridad1.

Estaría dispuesto a darles el nombre de Hijas de la Providencia, si el pueblo no las hubiese llamado Hijas de la Caridad2.

También cree san Vicente que esta confianza es necesaria en los Sacerdotes de la Congregación de la Misión. Así se lo confiesa a las Hermanas en el año 1.658 y les propone como ejemplo de esta acti­tud, de forma que él mismo sale al paso de lo que puedan pensar las Hermanas: «Ellos son hombres; ¿pero nosotras…?»3.

San Vicente hace referencia expresa ante las Hermanas de cómo sobresale esta confianza en la Providencia en los sacerdotes de la Congregación de la Misión que han ido a Misiones4.

Esta actitud que define la espiritualidad de la Hija de la Caridad fue recogida en las primeras Reglas escritas por san. Vicente artículo 41 que él explica a las Hermanas en la Conferencia citada anteriormente.

Posteriormente con la codificación realizada por el P. Almerás, la confianza en la Providencia ha quedado como actitud exigida a la es­piritualidad de las Hermanas en el artículo 1.° de las Reglas que han llegado hasta nosotras, así como en Constituciones: C. 2. 2. y C. 2. 7.

Con relación a los Misioneros, san Vicente deja claro que la con­fianza en la Proidencia debe ser una de las características de su espi­ritualidad. Así 1o manifiesta a Bernardo Codoing, Superior de Annecy, el 7 de diciembre de 1641: «Siento una devoción especial en ir si­guiendo paso a paso a la adorable Providencia de Dios»5. Insiste en ello en diversas ocasiones, sobre todo en los momentos de dificulta­des de personal6 o de otro tipo7.

También está recogida esta característica en sus Constituciones (C. 6) como docilidad a la Divina Providencia.

2. «Estas Hermanas han sido elegidas para el cumplimiento de un fin»

En los orígenes de la Compañía, no existe conciencia alguna de que la Compañía pueda llegar a tener un «Espíritu» que la defina y la identifique.Caminando al paso de la Providencia irá surgiendo la necesidad de clarificar el «Espíritu» que debe animar a las Hermanas en su servi­cio a los Pobres. Da la impresión, al estudiar detalladamente el caminar de los orígenes que el «espíritu de la Compañía» se va configurando en un proceso lento, progresivo, clarificador y estimulante siempre.

El 31 de julio de 1634 en el primer Reglamento de la Compañía no se hace referencia alguna al «espíritu de la Compañía» porque no se había pensado en ello. Sí, está muy claro el fin: «Honrar a N. Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda Caridad, sirviéndole cor­poral y espiritualmente en la persona de los Pobres»8.

A lo largo de la conferencia que explica el primer Reglamento, aparece el texto recogido posteriormente en las Reglas con toda clari­dad y detalle, relativo al fin de la Compañía.

Queda muy claro, desde los comienzos, que la vocación de la Hija de la Caridad tiene como fmalidad honrar la vida humana de N. Señor Jesucristo en la tierra, de forma activa: haciendo lo que Él hizo, servir y evangelizar a los Pobres, recogido en las Conferencias como servi­cio corporal y espiritual.

La claridad del fin por el que se vive, por el que se actúa y desde el que se sirve a los Pobres, orienta y anima la vida de la Compañía en estos primeros pasos de su camino en la Historia de la Iglesia.

3. «Dios os ha constituido para que seáis su consuelo»

En el contexto de la explicación del primer Reglamento, san Vicente afirma convencido que Dios ha constituido a la Compañía de las Hijas de la Caridad para ser el consuelo de los Pobres. Llama la atención el hecho de que esta afirmación, san Vicente la haga expli­cando a las Hermanas que la santa Misa es el centro de la devoción. Quiere que quede muy claro que el servicio a los Pobres desde Dios y por Dios es la esencia de la vida de la Hija de la Caridad. Por eso no duda en afirmar: «Hijas mías sabed que, cuando dejéis la oración y la santa Misa por el servicio a los Pobres, no perderéis nada, ya que ser­vir a los pobres es ir a Dios; y tenéis que ver a Dios en sus personas. Tened mucho cuidado de lo que necesitan y vigilad particularmente en ayudarles en todo lo que podáis hacer por su salvación… No os irritéis jamás contra ellos y no les digáis palabras duras; bastante tienen con sufrir su mal»9.

San Vicente deja claro que somos el consuelo de los Pobres. La preferencia de Dios por los Pobres, claramente manifestada en la Biblia, se hace realidad en la Fundación de las Hijas de la Caridad y san Vicente está convencido de ello.

Analizando el texto que he citado anteriormente, vemos que ser el consuelo de los Pobres implica unas actitudes fundamentales, que pasando los años serán recogidas en el «Espíritu de la Compañía» que se irá configurando: mirada de Fe, ver a los Pobres desde Dios, con los ojos que Él les mira: acogida, ternura, preferencia… porque aleja de sí vacíos a los ricos y ensalza a los humildes y a los pobres (Le 1, 52)… Así se explica que no perderemos nada si por urgentes necesi­dades de los Pobres, tenemos que dejar la santa Misa. Él se ha identi­ficado, con los Pobres. (Mt 25) Se trata de dejar a Dios por Dios.

Ser el consuelo de los Pobres supone también tener mucho cuida­do de lo que necesitan; mirada de atención sobre su realidad y nece­sidades; escucha, disponibilidad, creatividad, coraje y audacia… Además mirada de compasión efectiva para ayudarles en todo lo que podemos hacer por su salvación.

Esta mirada implica discreción y respeto; valentía prudente y gran dosis de creatividad y disponibilidad para proporcionarles todo lo que necesitan para su salvación…, empezando por la promoción plena de la persona. Cordialidad, bondad y paciencia porque bastante tienen con sufrir su mal. San Vicente insiste en borrar del vocabulario de la Hija de la Caridad la dureza: «No les digáis palabras duras» y susti­tuirlas por compasión y ternura, actitudes básicas de Jesús de Nazaret.

4. «Es el comienzo de un grandísimo bien que quizás dure perpetua­mente»

La convicción de san Vicente es firme: «Vuestra Comunidad no durará solamente algún tiempo, sino que después de vuestra vida os servirá de motivo para aumentar vuestra gloria en el Cielo»10. Está convencido de que la Compañía de las Hijas de la Caridad es un gran­dísimo bien para la Iglesia y sobre todo para los Pobres. Debe durar perpetuamente porque fiándonos de las palabras de Jesús y del testi­monio constante de la vida, los Pobres estarán siempre con nosotros.

La pervivencia de la Compañía, san Vicente, ya en 1634, la vin­cula a: la fidelidad a la vocación de cada uno de sus miembros, la fidelidad al Reglamento, Reglas y Constituciones y la cordialidad, ca­ridad y unión en el interior de la Comunidad… Así afirma convencido: «La obra no durará si vosotros no os amáis mutuamente y este vín­culo impedirá que se deshaga».

Al término de la Conferencia san Vicente insiste en la fidelidad ac­tiva que cristaliza en virtudes concretas y llama la atención de forma contundente: «Si sois poco virtuosas, haréis daño a todas las que os si­gan… Lo mismo que los árboles no producen frutos según su especie, ¿creéis que las que vengan después de vosotras querrán tender a ma­yores virtudes que las que vosotras habéis practicado…? Ahí está el in­terrogante, válido también hoy. Por eso unos años después afirmará: «La Compañía es una obra buena que Dios ha puesto en vuestras ma­nos y os pedirá cuentas de ella».

5. «Margarita es la primera Hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás»

Teniendo claro el fin, la proyección histórica de la Compañía y que es el comienzo de un grandísimo bien que quizá dure perpetua­mente, san Vicente y santa Luisa disponibles a la acción del Espíritu, lanzan aquella pequeña bola de nieve por las montañas del mundo y de la historia. Y el rodaje del tiempo trae dificultades de cohesión. Así después de 9 años de rodaje, aparece la primera crisis comunitaria fuerte de 1642: falta de tolerancia mutua, conflictos entre las antiguas y las recién llegadas, salida de algunas Hermanas, expulsión de otras, críticas externas: se las califica de holgazanas y de perder el tiempo, de ganarse la vida cómodamente sirviendo a los Pobres…, falta de es­peranza en el futuro de la Compañía11.

En este contexto de crisis san Vicente propone a las Hermanas un boceto inicial del espíritu de la Compañía por la vía de la ejemplaridad: Margarita Nasseau: es la personificación de la humildad, la sen­cillez y la caridad, (julio de 1642). Expresamente no se hace alusión, en las Conferencias sobre Margarita, al espíritu de la Compañía. A mi parecer, los Fundadores no han pensado todavía en ello. Pero el Espíritu Santo suscita este boceto vivo y sencillo, quizá un poco su­blimado por san Vicente, pero en él se destaca: la inspiración del Espíritu: «movida por una fuente inspiración del Espíritu»: «movida por una fuerte inspiración del cielo» hizo vida las tres virtudes que más tarde configurarían al espíritu de la Compañía. Ella es el boceto inspirador que san Vicente propone seguir como solución a la crisis planteada. El soporte básico de las actividades y actitudes de Margarita, sigue siendo la Confianza en la Divina Providencia12, dó­cil a la acción del Espíritu Santo en su vida, se entrega hasta morir por la caridad.

II. Diseño válido: señas de identidad

La crisis comunitaria suscitada en 1642 no se solucionó del todo con la propuesta ejemplar de Margarita Naseau. Los conflictos y las dificultades siguen inquietando a las Hermanas. San Vicente y santa Luisa, es notorio el acuerdo, deciden proponer a santa Genoveva co­mo modelo de buena aldeana. Las ocupaciones de san Vicente impi­den celebrar la conferencia el 3 de enero de 1643 como estaba previs­to y se aplaza al 25 de enero de 1643. En esta Conferencia san Vicente habla del espíritu de las buenas aldeanas como algo muy positivo, vá­lido y propio para las Hijas de la Caridad. A lo largo de la exposición sale la palabra espíritu 14 veces refiriéndose al espíritu de las buenas aldeanas como espíritu propio y característico de las Hijas de la Caridad, 3 veces refiriéndose al espíritu ambicioso de la gente de las ciudades como contrapuesto al espíritu de las verdaderas aldeanas y una vez, al final de la Conferencia, san Vicente invoca al Espíritu Santo como fuente y origen de humildad, obediencia, sencillez y Caridad.

Él tiene claro que la práctica de estas virtudes debe definir el com­portamiento de la Hija de la Caridad y que es gracia del Espíritu y por tanto, deben dejarse conducir por Él.

Alaba, valora y bendice a Dios por las Hermanas que tienen este espíritu y confiesa la importancia del asunto tratado: «Sabed, hijas mías, que si alguna vez os he dicho algo importante y verdadero, es lo que acabáis de oír, que os tenéis que ejercitar en el espíritu de verdaderas y buenas campesinas»13.

1. Recrear la vida: valoración de un espíritu

Vicente de Paúl al proponer como diseño válido para la Compañía el espíritu de las buenas aldeanas, recordando lo que ha visto y expe­rimentado desde niño en su propia familia, está recreando su vida y la vida de las campesinas que le estaban escuchando y habían decidido ser Hijas de la Caridad.

La Conferencia sobre las virtudes de las buenas aldeanas es un canto precioso a las actitudes positivas de muchas de las Hermanas que escuchaban a san Vicente. Supone una valoración positiva, una mirada optimista hacia las personas, la vida y el futuro. Vicente de Paúl supo conectar con lo mejor de aquellas Hermanas. Sintoniza con su vida y desde un reconocimiento de actitudes positivas, ensalza aquéllas que cree deben definir a la Hija de la Caridad; Confianza en la Providencia, pobreza y austeridad, humildad, sencillez, caridad y amor al trabajo.

2. El Espíritu suscita un «espíritu»

Sólo al final de la Conferencia san Vicente, alude al Espíritu Santo en forma de oración. A lo largo de la explicación ha empleado 14 ve­ces la palabra espíritu como fuerza interior que anima la práctica de unas determinadas virtudes características de las buenas aldeanas.

Ha dejado bien claro que «Dios escogió a los Pobres para hacerlos ricos en la Fe» y como consecuencia: «La Fe es una gran posesión pa­ra los Pobres» dándonos a entender que sólo desde una Fe firme y una pobreza de corazón grande, es posible acceder a las gracias y luces del Espíritu. La oración del final de la Conferencia muestra al Espíritu Santo como fuente de luces y gracias que hacen posible vivir con un estilo y espíritu propio: «Que el Espíritu Santo derrame en vuestros corazones las luces que necesitáis, para caldearlo con un gran fervor y haceros fieles y aficionadas a las prácticas de todas estas virtudes, para que por la gloria de Dios, estiméis vuestra vocación en cuanto va­le y la apreciéis de tal manera que podáis perseverar en ella en el res­to de vuestra vida, sirviendo a los pobres con espíritu de humildad, de obediencia, de sufrimiento y de caridad, y seáis bendecidas. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»14.

3. El camino de Jesús, servidor de los Pobres

San Vicente y santa Luisa ven en las virtudes de humildad, sencillez, caridad, el camino concreto de seguir a Jesucristo servidor de los Pobres.

En la Conferencia sobre el fin de la Compañía, san Vicente deja claro que vivir practicando las virtudes del espíritu propio es seguir el camino de Jesucristo. «Vosotras, mis queridas Hermanas, os habéis entregado a Dios principalmente para vivir como buenas Cristianas, para ser buenas Hijas de la Caridad, para trabajar en las virtudes del espíritu propio de vuestro fin… para asistir a los pobres en todas las partes como hacía nuestro Señor, que no hacía distinción alguna, pues asistía a todos los que recurrían a Él»15.

Después san Vicente prosigue enumerando cómo Dios compade­cido de la miseria de los Pobres va confiando a las Hijas de la Caridad los distintos servicios: enfermos, niños en la escuela, niños abandonados, galeotes, ancianos, dementes, heridos de las guerras… Está tan convencido de que las virtudes que conforman el espíritu propio son el alma y la fuerza vital de la Hija de la Caridad que afir­ma: «Una Hija de la Caridad que realiza sus ejercicios sin estar ani­mada por estas tres virtudes, no agrada a Dios, que pide primero el corazón y después la obra»16. Es un cuerpo sin alma. Se ve clara­mente cómo san Vicente vincula el espíritu propio al seguimiento de Jesucristo servidor y evangelizador de los Pobres: «Si adoptáis esta práctica, mis queridas Hermanas, haréis vuestras obras como nuestro Señor quiere que las hagáis. Tomándole a Él por ejemplo, como os enseñan vuestras Reglas. Si continuáis así, no tendréis que envidiar a ninguna otra Compañía, pues teniendo presente a Dios, lo tendréis to­do»… y prosigue: «La Hija de la Caridad que vive así piensa: ‘Dios me ve, se recrea en lo que hago; Él es quien me hace obrar, quien me hace ir y venir’… ¡Ánimo! Él hará por vosotras lo que sin Él os sería imposible hacer»17.

Los textos citados hablan por sí solos. Vivir el espíritu vicenciano de humildad, sencillez, y caridad nos sitúa en el camino de Jesucristo, nos hace objetos de la complacencia de Dios, nos convierte en instru­mentos suyos, animados y guiados por la fuerza de su Espíritu, nos llena de gozo y paz el alma y recrea constantemente nuestra vida. No necesitamos buscar en otros movimientos carismáticos el gozo y los frutos del Espíritu. La fidelidad al espíritu propio se convierte en fuen­te de Felicidad, para nosotros, y para los Pobres a los que servimos y para las Hermanas con quienes convivimos. Éste es el camino de Jesucristo para un vicenciano.

4. Testigos válidos: «Utilizad buenamente los dones de Dios»

La humildad, la sencillez y la caridad son, en boca de san Vicente, fuente de fertilidad, actitudes que nos acercan a Dios y a los Pobres.

Como buen campesino utiliza el símil de la tierra: «Todo lo que hagáis por el motivo de estas tres virtudes se convertirá en trigo. Aunque no sembréis más que centeno; aunque sólo hagáis acciones indiferentes recogeréis trigo»18. El trigo era un bien muy valioso. Como entre el auditorio había Hermanas de ambientes urbanos, des­conocedoras del mundo rural, toma otro ejemplo de la alquimia pro­pia del tiempo: «Se dice que la piedra Filosofal convierte en oro todo lo que toca. Mis queridas Hermanas, todo lo que hagáis, si va acom­pañado de estas tres hermosas virtudes, todo se cambiará en oro. Es una piedra Filosofal que lo convierte todo en oro, y así vuestras obras serán agradables a Dios y a los ángeles»19.

A todas nos concede san Vicente la «tarjeta dorada» del Espíritu…

Esta convicción vivida por las Hermanas y actualizada en el ejerci­cio de las tres virtudes floreció en testigos propuestos por los Funda­dores como ejemplos a imitar: Margarita Naseau, Juana Dalmagne, Bárbara Angiboust, y otras que les han seguido: C. Labouré, Rosalía Rendu, Manuela Lecina, Emilia Heredia, Justa Domínguez y tantas otras que desde un martirio silente y cotidiano han gastado su vida en el ejercicio de la caridad.

Todas hicieron realidad la consigna de San Vicente hablando de la sencillez: «Utilizad buenamente los dones de Dios». Buenamente, ala­bando a Dios por los dones recibidos y poniéndolos al servicio de los demás con bondad, sin presunción, sin autosuficiencia como agua que fluye del manantial y don recibido gratuitamente. «Lo que habéis re­cibido gratis, dadlo gratuitamente».

Así se va consolidando el espíritu propio de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

5. Las mediaciones, revelación del Espíritu

Para san Vicente y santa Luisa las mediaciones son situaciones, re­cordemos la crisis comunitaria de 1642; acontecimientos; caída del pi­so, también en 1642 y personas: Margarita Naseau, que de alguna for­ma sugieren, inspiran, provocan o revelan la manifestación del Espíritu de Dios.

Hemos visto cómo a partir de 1643, san Vicente tiene claro que el espíritu propio de las Hijas de la Caridad caracterizado por la prácti­ca de la humildad, la sencillez y caridad, sustentada por los pilares bá­sicos de la pobreza y la Confianza en la Providencia, según santa Luisa, constituyen el espíritu propio, cuya manifestación externa de­termina la identidad de la Hija de la Caridad. La identidad es más am­plia, abarca tal como se define en la Constitución C. 1. 4, la fidelidad bautismal, la vida fraterna, la consagración (entrega) por entero, al servicio de Cristo en los Pobres con espíritu de humildad, sencillez y caridad y la unidad de vida animada por la Fe.

Vivir el espíritu vicenciano de las tres virtudes supone aceptar y reconocer en las mediaciones la presencia del Espíritu Santo, tal co­mo afirmaba la M. Susana Guillemín: «Los acontecimientos son Dios». San Vicente repite una y otra vez en las Conferencias, refiriéndose a los Pobres y a los Superiores «tenemos que ver a Dios en sus personas». Esta mirada de Fe limpia para reconocer la presencia de Dios en las mediaciones de la vida es una faceta esencial de la sen­cillez descrita por él. San Vicente y santa Luisa ven en las mediacio­nes: personas, situaciones o acontecimientos, la mano paternal de Dios Padre y la revelación o manifestación de su Espíritu Santo.

III. Configuración del espíritu de la Compañía

A lo largo de las reflexiones anteriores hemos visto cómo el espí­ritu de la Compañía se diseña de 1633 a 1642. Se perfila en 1643 y de 1643 a 1653 se configura totalmente. Las tres conferencias del 2, 9 y 24 de febrero de 1653 constituyen una perla preciosa de clasificación del espíritu propio.

En la primera san Vicente insiste en la importancia y necesidad de conocer bien el espíritu de la Compañía porque es el alma de la mis­ma y lo que la hace vivir. Como telón de fondo aparecen algunas ten­taciones de las Hnas. que preocupaban a san Vicente: querer ser como las religiosas y la falta de convicciones profundas sobre el espíritu de la Compañía. Por eso les pregunta a una y a otra: ¿en qué consiste el espíritu de la Compañía?… Percibe que las Hermanas contestan des­pistadas y con frecuencia para salir del paso. Por eso decide dedicar la Conferencia siguiente del 9 de febrero de 1653 a explicar él en qué consiste el espíritu de la Compañía, los modos de adquirir ese espíri­tu y conservarlo.

De nuevo, san Vicente sitúa las virtudes de nuestro espíritu como el camino fundamental del seguimiento de Jesucristo y está tan con­vencido de la necesidad de que las Hnas. lo vivan que afirma: «Si no existen esas virtudes, más valdría que no hubiere Hijas de la Caridad»20. Entre los medios para conservarlo y adquirirlo san Vicente señala: la oración, la reflexión y autocrítica personal de for­ma continua, revisiones frecuentes, examinando la conciencia propia; tener presente los testimonios y ejemplos de virtud de las Hermanas que nos han precedido.

En la tercera Conferencia sobre el espíritu de la Compañía san Vicente clarifica totalmente cuál es el espíritu de la Compañía y cómo se deben vivir las tres virtudes de humildad, sencillez y caridad, con detalles e indicaciones muy concretas para cada virtud en la vida de cada día.

Personalmente, me gusta la definición que san Vicente recoge en la 2.a Conferencia sobre el tema: «El espíritu de nuestra Compañía, Hnas. mías, consiste en el amor de nuestro Señor, el amor a los Po­bres, nuestro amor mutuo, la humildad y la sencillez.

Al final de la Conferencia del 9 de febrero san Vicente invoca al Señor pidiéndole para las Hijas de la Caridad el espíritu propio de la Compañía: «Haz de ellas, Señor, tus instrumentos». En esta breve ora­ción vemos cómo san Vicente ve a las Hijas de la Caridad como ins­trumentos de la acción del Espíritu, cuando están animadas del espíri­tu propio de la Compañía.

1. Proceso clarificador

Desde 1633 a 1653, han pasado 20 años. Ha sido necesario este largo periodo de tiempo para que, paso a paso, y poco a poco, se fue­ra perfilando y clarificando ese espíritu propio. Ha habido una prime­ra percepción en la que está claro el fin: entregadas a Dios para el ser­vicio de los Pobres y una actitud básica: La confianza en la Providencia.

Con el paso del tiempo, la mirada de Fe se empaña, la Confianza en la Providencia se debilita, el fin no se percibe con claridad y apa­recen las dudas, críticas, inseguridades… Crisis personales y comuni­tarias.

El camino abierto por Margarita Naseau ilumina desde la palabra elocuente de san Vicente, pero falta todavía clima y ambiente para el Espíritu.

La propuesta del diseño vivido por muchas Hermanas en el mode­lo de las buenas aldeanas es motivadora, estimulante, esperanzada y dinamizadora. Ahora ya se ve el espíritu propio como don gratuito del Espíritu Santo. Es la fuerza del Espíritu derramada en los corazones.

Y la fuerza del Espíritu actuando en la vida de las Hermanas, en el Servicio concreto de cada Pobre, se hace luz clarificadora que cristaliza en convicciones firmes y profundas, entusiasmo vocacional go­zoso, superación de dificultades, conversión y transformación de acti­tudes porque el Espíritu siempre engendra vida nueva.

Este proceso que se dio en los orígenes de la Compañía, y se repi­te, a mi modo de ver, en la vida de cada Hija de la Caridad pasando por las siguientes fases:

  1. percepción del fin: en la llamada vocacional primera.
  2. aceptación del espíritu propio, previa información y conoci­miento: formación inicial del postulantado y Seminario.
  3. Identificación progresiva con las virtudes que conforman el espíritu propio: etapa de la formación inicial y posterior, ya que este proceso supone el recorrido de toda la vida.
  4. Superación de dificultades: crisis, desánimos, desilusión, pruebas, desorientación, debilitamiento de las convicciones, superfi­cialidad, activismo, profesionalismo…
  5. Consolidación del espíritu: En los documentos normativos de la Compañía, Reglas, quedó consolidado, como llamada urgente a ha­cerlo vida, a partir de 1653. Las Constituciones contienen con clari­dad cuál es el espíritu y la identidad (c. 1. 4) pero la consolidación de actitudes de vida de forma continua y constante en cada Hermana es obra del Espíritu y de la libertad de cada Hija de la Caridad que se de­ja convertir por la acción continua de la gracia.

El Evangelio nos recuerda la afirmación y seguridad de la prome­sa de Jesús: «Dios Padre da siempre el Espíritu a cuantos se lo piden»21.

El secreto de la consolidación del espíritu propio en cada Hermana y en la Compañía nos lo marcan las Constituciones: docilidad al Espíritu, dejarse conducir por Él, caminar por sus sendas que son de misericordia y lealtad para los que guardamos la Alianza de Amor en que estamos inmersas.

2. Tentaciones del camino

Analizando detalladamente las tres conferencias de febrero de 1653 sobre el espíritu de la Compañía, observamos cómo san Vicente sale al paso de las tentaciones que acechan a las Hermanas en su vivir vocacional.

La primera que se pone de manifiesto es la falta de identificación con los valores de la vocación manifestada en el desconocimiento, de­sorientación y falta de estima y entusiasmo ante la propia vocación.

Por eso san Vicente afirma: «Si las Hijas de la Caridad supiesen los designios de Dios sobre ellas y cómo quiere que lo glorifiquen, juzgarían dichosa su vocación y por encima de la de las religiosas»22.

Otra tentación que subyace en la primera Conferencia sobre el Espíritu de la Compañía es la falta de fe en las mediaciones que Dios pone a nuestro alcance provocando la falta de obediencia, y dejarse aconsejar por personas ajenas a la vocación y desconocedores del es­píritu de la Compañía.

San Vicente propone para vencer esta tentación actualizar cons­tantemente la Fe y pedírsela a Dios y convencerse de la importancia de comunicarse y aconsejarse de las personas que Dios ha establecido en la Compañía como mediadores suyos. Por eso afirma: «He aquí, pues, la importancia que tiene que os aconsejéis de las personas que os pueden aconsejar y a las que Dios ha comunicado vuestro espíritu23.

La tercera tentación que enumera san Vicente es la falta de con­descendencia y tolerancia. Para vencerla san Vicente propone el ejem­plo de Jesucristo, el ejemplo de los buenos esposos, la experiencia de los cambios de humor que experimentamos a lo largo del día en nues­tra propia conducta. Está convencido de que en la base de la condes­cendencia está la humildad y en la base de la tolerancia, la caridad fundamental, por eso afirma: «Acordaos, por favor, de esta práctica porque sin ella, hermanas mías, no seríais Hijas de la Caridad, sino hi­jas de la discordia y de la confusión»24.

También hoy estas tres tentaciones afloran constantemente en nuestro caminar vocacional. Necesitamos una reflexión profunda so­bre nuestra conducta personal y preguntarnos como nos recuerda san Vicente: ¿Por qué y para qué estoy aquí?

«Habéis dejado vuestra tierra, vuestros parientes y vuestros bie­nes; ¿Y para qué?… Para seguir a nuestro Señor y sus máximas. Sois hijas suyas y El es vuestro Padre; os ha engendrado y os ha dado su espíritu; el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad»25.

3. Motivación, reflexión y clarificación

Un pensador moderno ha escrito y con razón: «Cuando en la vida tenemos un por qué actuamos con un cómo»… San Vicente estaba convencido de ello por eso da gran importancia a las motivaciones: ra­zones o motivos que nos obligan a saber bien en qué consiste el espí­ritu de la Compañía de las Hijas de la Caridad. (2 febrero 1653); ra­zones para practicar la humildad, la sencillez y la caridad (Conferencia 9 y 24 de febrero 1653) para terminar afirmando rotun­damente: «El día en que la caridad, la humildad y la sencillez dejen de verse en la Compañía, la pobre caridad estará muerta; sí, estará muer­ta». «…Si no existen estas virtudes, más valdría que no hubiese Hijas de la Caridad» «…El que os vea tiene que reconoceros por estas virtudes»26. Aquí está la verdadera identidad.

La reflexión de san Vicente va desde la afirmación que define el espíritu propio como alma y vida de la Compañía hasta el reconoci­miento exterior de los efectos del espíritu. Las virtudes propias tienen que verse en la Compañía y cada Hija de la Caridad debe ser recono­cida externamente por su práctica. La humildad, sencillez y caridad tienen que ser los signos de identificación de una Hija de la Caridad. La práctica de estas virtudes constituyen el identificador fundamental de la Hija de la Caridad. Entre los medios para alcanzar la práctica de estas virtudes san Vicente propone como algo necesario y esencial el examen y revisión diaria. «Por la noche en vuestro examen de con­ciencia, os examinaréis para ver si habéis obrado en conformidad con vuestro espíritu: ¿He hecho yo mis acciones en el día de hoy con es­píritu de caridad? ¿no las habré hecho quizás por orgullo? ¿No he te­nido doblez en alguna ocasión?»27.

La confrontación diaria entre el ideal y la vida nos dará concien­cia de debilidad, y desde la experiencia de limitación y pobreza surge con fuerza la oración al Espíritu y el camino abierto a la humildad, la sencillez y la caridad.

4. Perfil y detalle: cuatro definiciones del espíritu de la Compañía

En la Conferencia del 9 de febrero de 1653, san Vicente decide no preguntar a ninguna Hermana y explicar él lo que es el espíritu de la Compañía.

Da la impresión de que tiene un objetivo claro al empezar la Conferencia. Que las Hermanas comprendan y entiendan en qué con­siste el espíritu de la Compañía. Y como buen pedagogo lo explica de­tallada y progresivamente mediante cuatro definiciones sucesivas para que cale en lo más profundo del corazón y la mente de las Hermanas.

En la primera definición san Vicente destaca la entrega a Dios pa­ra el servicio: El espíritu de la Compañía consiste en «entregarse a Dios para amar a nuestro Señor y servirle en la persona de los pobres cor­poral y espiritualmente, en sus casas o en otras partes, para instruir a las jóvenes pobres, a los niños y en general a todos los que la Providencia os envía».

La segunda definición que da san Vicente es sumamente breve: «El espíritu de la Compañía es el amor a nuestro Señor tanto afectivo como efectivo»28.

Previamente ha dejado claro que la Hija de la Caridad es Hija de Dios. «Él es vuestro Padre; os ha engendrado y os ha dado su espíritu»29 para continuar lo que Jesucristo comenzó en la tierra. Y ¿no es natural que las hijas amen a su padre?, se pregunta san Vicente a lo largo de la Conferencia. El amor es el fruto espontáneo de la expe­riencia de filiación divina en que nos introduce el Espíritu. El amor afectivo supone y expresa la ternura en el amor, mientras que el amor efectivo supone el ejercicio constante y esforzado de las obras de ca­ridad, que implica un servicio emprendido con alegría, entusiasmo, constancia y amor con palabras del propio san Vicente.

La tercera definición que san Vicente explica en torno al espíritu de la Compañía supone urgencia hacia de identidad vocacional: «Hay que saber, Hermanas mías, que el espíritu de la Compañía consiste en tres cosas: amar a nuestro Señor y servirle con espíritu de humildad y sencillez»30. Se perfilan las tres virtudes especificas de modo claro y notorio.

Por fin llegamos a la cuarta definición: «El espíritu de vuestra Compañía consiste en el amor de nuestro Señor, el amor a los pobres, vuestro amor mutuo, la humildad y la sencillez» y san Vicente prosi­gue: «Si no existen estas virtudes31 más valdría que no hubiere Hijas de la Caridad».

A través de las cuatro definiciones que da san Vicente queda muy perfilado el espíritu de la Compañía.

5. El Espíritu engendra vida nueva

San Vicente gustaba definir a la Hija de la Caridad como hija de Dios.

Cuando habla del espíritu de la Compañía y lo explica, fluye de su corazón y de su palabra la experiencia espiritual que él vive de la fi­liación divina: «El es vuestro Padre, os ha engendrado y os ha dado su espíritu».

El espíritu de la Compañía es participación de la efusión del Espíritu Santo en nuestras vidas. El espíritu de la Hija de la Caridad es el espíritu de Dios manifestado en Jesucristo: «Continuáis lo que Él comenzó; sois hijas suyas y podéis decir: «Soy hija de nuestro Señor. Tenéis que pareceros a El»32.

Ser hija de Dios supone participar en plenitud de la caridad de Dios, tal como afirma san Pablo: «El amor de Dios ha sido derrama­do en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado».

Y el Espíritu Santo engendra en nosotras la vida nueva de las Bienaventuranzas, resumidas en la humildad, sencillez y caridad.

Vivir en humildad, sencillez y caridad, supone docilidad al Espí­ritu, dejarse transformar y convertir por Él hasta gozar la vida nueva del Reino de los Cielos expresada en las Bienaventuranzas.

IV. Fidelidad activa y pervivencia institucional

San Vicente está convencido y así lo afirma, que de no existir es­tas virtudes en las Hermanas, «más valdría que no hubiera Hijas de la Caridad». También afirma con fuerza otra idea, ya desde la explica­ción del primer Reglamento a las Hijas de la Caridad. El futuro de la Compañía depende de cómo vivamos nosotras el espíritu propio hoy, aquí y ahora, en este momento histórico.

«Lo mismo que los árboles producen fruto según su especie, ¿cre­éis que las que vengan después de vosotras querrán tender a mayores virtudes que las que vosotras habéis practicado?»33 y años más tarde exclamará: «La Compañía es una obra buena que Dios ha puesto en vuestras manos y os pedirá cuenta de ella».

El futuro de la Compañía está en las manos de Dios y en las nues­tras. A nosotros nos corresponde abrirnos a la acción del Espíritu y de­jarnos convertir por Él.

Hemos visto a lo largo de esta reflexión que el espíritu vicenciano no es otra cosa que la participación del Espíritu de Jesucristo, la iden­tificación con Él y el seguimiento de su vida humilde, sencilla, carita­tiva, austera y mortificada para anunciar con celo renovado la Buena Nueva del Evangelio a los Pobres. Pero esta forma de vivir y ser tes­tigos de la Caridad de Jesucristo supone apertura al Espíritu, docilidad a sus inspiraciones, disponibilidad ante sus llamadas e insinuaciones. Sólo Él actuando en nosotros y desde nuestro interior es capaz de re­producir en nuestra vida las actitudes de Jesús.

Santa Luisa lo tenía clarísimo. Ella era una gran devota del Espíritu Santo, no tanto por la forma de dirigirse a Él, cuanto por el modo de dejarse conducir por Él y dejarle actuar en su vida.

Yo estoy convencida de que san Vicente y santa Luisa dialogaron largo y tendido sobre esto y que Ella, la Santa del Espíritu Santo, como la define Calvet, influyó de manera notoria en san Vicente a la ho­ra de perfilar y configurar a nivel de principios y doctrina el espíritu propio de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

A lo largo de la historia de la Compañía encontramos testigos y testimonios extraordinarios de muchísimas Hijas de la Caridad que han sido el alma de la Compañía en la Iglesia y en el tiempo. Hoy acogiendo la llamada de san Vicente a la responsabilidad, constata­mos:

  • Una nitidez clara en las convicciones de las Hermanas mayores y un estilo de vida coherente con el espíritu propio en la mayoría.
  • Una decisión firme, empañada a veces por las influencias del consumismo, materialismo, increencia y superficialidad del ambiente social en las Hermanas de edad media y en muchas Comunidades.
  • Un entusiasmo grande en las más jóvenes por vivir el espíritu propio, aunque la coherencia entre el ideal y la vida no es a veces, visible.

La celebración del Sínodo sobre la Vida Religiosa e Institutos de Vida Apostólica nos reta a «reavivar nuestro espíritu». Por eso y para eso estamos celebrando esta Semana Vicenciana.

1. Mirada a nuestros documentos normativos

Reavivar el espíritu propio hoy supone una mirada a los oríge­nes, a las Reglas y a las Constituciones. Tanto en las Conferencias de san Vicente a las Hermanas, como en las Reglas comunes y Constituciones tenemos muy claros los principios: la humildad, la sencillez y la caridad son la vía, el camino, por el que, en docilidad al Espíritu Santo, debemos dejarnos conducir y caminar para vivir totalmente entregadas a Dios para el servicio de los pobres (C. 1. 4) y (C. 2. 3).

Los principios son fáciles y sencillos de asimilar. Pasar de ser per­sonas convencidas a personas convertidas, supone asimilar la expe­riencia del éxodo, de saber descalzarse como Moisés ante la zarza ar­diendo porque la tierra que pisamos al entrar en el espíritu propio es santa.

2. Mirada a la historia de tantas vidas entregadas

San Vicente nos lo propone expresamente como medio para vivir el espíritu de la Compañía: «Recordad cómo eran, qué hacían y ani­maos a imitarlas»34. Nuestra historia está llena de testimonios de Hermanas que silenciosamente, desde la humildad del vivir cotidiano, han hecho visible ante los pobres, la Iglesia y el mundo la práctica de las tres virtudes de nuestro espíritu. Las notas de las Hermanas difun­tas, los Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, el libro de Oro de las Hijas de la Caridad, el recuerdo en la memoria de los Pobres, el reconocimiento social y público, en algu­nos casos, recogen determinadas porciones de esta tierra santa que es el espíritu propio de la Compañía.

3. Mirada a las enseñanzas de los Superiores y a la tradición de la Compañía

También es un medio antiguo propuesto ya por san Vicente y vá­lido en la actualidad.

Con el paso del tiempo todos los Superiores Mayores de la Compañía, conscientes de su misión de animar, mantener y reavivar el espíritu, a través de sus escritos, enseñanzas, recomendaciones, mo­tivaciones y avisos han colaborado a mantener una fidelidad activa. En los últimos tiempos, después del Vaticano II, me gustaría hacer una mención especial en este esfuerzo de reavivar el espíritu, para Sor Susana Gullemin y Sor Lucía Rogé. Sus escritos y doctrina reflejan con profundidad la preocupación por una fidelidad activa al Espíritu para llegar a ser las verdaderas siervas de los Pobres, como querían san Vicente y Sta. Luisa.

La tradición de la Compañía a través de los Consuetudinarios y Manuales para los distintos oficios, contienen elementos positivos y válidos que nos pueden ayudar a reavivar nuestro espíritu hoy. Es ne­cesario un estudio sereno y desapasionado de forma crítica, para ver qué elementos de la tradición histórica de la Compañía nos pueden ayudar y cuáles debemos relegar al archivo de la historia porque fue­ron válidos para determinados momentos, pero ya no sirven hoy.

4. Mirada hacia el mundo en que vivimos

Sorprende una frase de san Vicente al explicar el espíritu propio de la Compañía a las Hermanas. «Id por la calle con el corazón abierto». En nuestras Constituciones (C. 2. 9) ha quedado muy bien recogida esta característica de la Hija de la Caridad: la atención hacia las reali­dades socioculturales en que estamos inmersas nosotras y los Pobres a los que servimos. Esta mirada supone discernimiento para descubrir las semillas del Reino que hay diseminadas entre el pluralismo de ide­as, culturas y complejidad del mundo actual.

Ahí está actuando el Espíritu y debemos saber sintonizar con Él. Pero las ondas del Espíritu sólo se captan desde la oración. Ya la M. Guillemin en 1967 en la circular del 1 de enero, establecía las condi­ciones para esta sintonía: redescubrir el sentido de nuestra vida, vivir de oración y vivir en caridad.

Los sociólogos contemporáneos que escriben sobre vida religiosa nos piden:

  • Conocimiento y visión realista del hombre y de la sociedad de hoy. Capacidad de escucha de las críticas que nos formulen.
  • Actitud de acogida cordial y reflexiva de los signos de los tiempos. Saber estar atentos a las necesidades del momento presente. Solidez del yo con entusiasmo y optimismo.
  • Colaboración auténtica en nuestro entorno.
  • Cuidar la formación permanente para llegar a una madurez huma­na personal que nos permita vivir felices y serenos, en constante renovación y avance espiritual, actualización profesional y pro­yección apostólica.
  • Permanente referencia al Evangelio.
  • Esperanza gozosa en la entrega solidaria hacia los pobres y marginados35.

5. Mirada hacia el interior de nuestra Comunidad

La Comunidad local es el lugar más propicio para la sintonía con el Espíritu Santo que actúa sin cesar en el mundo, tal como lo afirman nuestras Constituciones (C. 2. 9) y el Magisterio de la Iglesia.

La Comunidad local es el punto de aterrizaje para el conocimien­to, del mundo que nos rodea, el lugar para el discernimiento personal y comunitario, el centro de recepción desde el que se perciben las lla­madas de los Pobres, el lugar concreto para vivir el espíritu propio de la Compañía y representar la bondad de Dios a través del servicio re­alizado.

Se impone una mirada atenta y reflexiva sobre la propia Comunidad para ver y escuchar las llamadas de Dios y de los Pobres, para juzgar nuestro estilo de vida y confrontarlo con el espíritu propio de la Compañía y dejándonos convertir por el Espíritu Santo, ir avan­zando cada día con gozo y esperanza por los caminos de la humildad, la sencillez y la caridad.

Esta mirada exige intercambios comunitarios frecuentes y revisio­nes personales y comunitarias, atención al Espíritu, oración y deseos de conversión permanente.

Que el Espíritu Santo nos conceda apertura de corazón, docilidad a sus llamadas, y valentía y coraje para doblegar nuestra rigidez ante la luz y el calor de su fuego. Que El nos conceda renovado entusias­mo y fuerzas cada mañana para no caer en la tentación del «yo ya po­co puedo hacer».

Con su luz y Fortaleza podemos renovar la Compañía y la Iglesia, renovándonos cada una, y ser artífices de la nueva Evangelización en este complejo mundo que nos ha tocado vivir.

  1. IX, 1049-1064
  2. IX, 86, 156
  3. IX, 1054
  4. IX, 1054
  5. II, 176
  6. V, 408; VI, 440-444
  7. XI, 438
  8. Reglas Comunes Hijas de la Caridad, CEME, Salamanca, 1989, pp. 62-63.
  9. IX, 25
  10. IX, 28
  11. IX, 67-69
  12. IX, 88
  13. IX, 102
  14. IX, 103
  15. IX, 749
  16. IX, 754
  17. IX, 757
  18. IX, 755
  19. IX, 755
  20. IX, 537
  21. Lc 11, 13
  22. IX, 525-526
  23. IX, 527
  24. IX, 528-529
  25. IX, 533-534
  26. IX, 536-537
  27. IX, 538
  28. IX, 534
  29. IX, 533
  30. IX, 514
  31. IX, 537
  32. IX, 533
  33. IX, 32
  34. IX, 527
  35. Jaume Pujol i Bardolet: Itinerario de la vida religiosa a los 20 años del posconcilio. Ed. S. Pío X.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *