Escuchar la Palabra de Dios

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Traductor: Jaime Corera, C.M.. · Año publicación original: 2007.
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Cada mañana me despierta para que oiga, para que escuche como discípulo. El Señor Yahvé me ha abierto el oído. Is 50,4-5

Ante todo cada uno de nosotros se esforzará por convencerse de esta verdad: que la enseñanza de Cristo no puede engañar nunca, mientras que la del mundo es siempre falaz. El mismo Cristo afirma que ésta es como una casa construida sobre arena, mientras que su propia doctrina es como un edificio fundamentado sobre roca sólida. RC II,1

leer_la_palabraComo discípulo que eres, el primer servicio que debes a Dios es el de escucharle. En tiempo de Jesús todos los judíos fieles aprendían de memoria las vivas palabras del Deuteronomio (6,4-7): «¡Escucha Israel! ¡El Señor es nuestro Dios, el único Señor! Por eso, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que te digo hoy. Enséñaselas a tus hijos. Habla de ellas en casa y fuera de ella, en el trabajo y en el descanso.»

El amor de Dios comienza por escuchar la pala­bra de Dios y por tener fe en el amor que Dios nos tiene: «En esto consiste el amor: no en que nosotros amemos a Dios sino en que él nos amó primero» (1 Jn 4,10). También tu amor al prójimo tiene que comenzar por escuchar.

Aprende, pues a escuchar bien. Deja que te informen, que te enseñen, que te cambien otros cuando «anuncian el evangelio» a través de lo que hacen y dicen, los miembros de tu familia, los que trabajan contigo, y sobre todo los pobres. Tienes que oír primero la buena noticia antes de que puedas responder a ella y puedas vivirla.

Mientras escuchas, la palabra de Dios irá entrando en tu vida de modos sorprendentes y diversos. Te cambiará. Te vendrá a veces como comida (Sal 19,11) para darte fuerzas y hacerte cre­cer. Otras veces será como agua fresca (Is 55,10) para calmar tu sed mientras caminas. Otras veces la palabra de Dios te golpeará como el martillo que rompe la roca (Jr 23,29), destrozando tus hábitos rutinarios o tu dureza de corazón. O tal vez te hiera como una espada de dos filos (Hb 4,12) para atrave­sar tu pasividad.

Lee cada día a manera de meditación un trozo de la Escritura. San Vicente de Paúl nos dice que la palabra de Dios no falla nunca. Llega siempre al fondo de la persona. Se dirige no sólo a toda la comunidad de los creyentes sino también a ti de manera individual. Escúchala, medítala, digiérela, y actúa movido por ella. Así llegarás a ser como «una casa construida sobre roca». Como una manera práctica de meditar cada día en la Escritura, algunos meditan las lecturas que la Iglesia escoge para la misa del día. Otros prefieren una lectura sistemática de toda la Biblia a lo largo de un año.

Dios se queja muy a menudo en las Escrituras de que, aunque él hable, su pueblo «no escucha». Los verdaderos profetas eran oyentes eximios, oían lo que Dios tenía que decir, y luego hablaban en nombre de Dios. «Habla, Señor, que tu siervo escucha», decía el niño Samuel (1Sm 3,10) al comenzar su carrera de profeta.

Nosotros creemos que Jesús es la Palabra de Dios, el cumplimiento de las Escrituras. En él se ha sellado definitivamente la alianza nueva y eterna entre Dios y el pueblo de Dios. La persona de Jesús y sus palabras nos revelan a Dios.

María es la discípula preeminente. Ella escucha la palabra de Dios y la pone en práctica. Cuando le habla el ángel Gabriel, responde con toda su alma: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

José reacciona de manera parecida. Le hablan cuatro mensajeros angélicos. En cuanto se entera de lo que quieren, se levanta de inmediato y lleva a cabo las órdenes de Dios (Mt 2, 14,21).

Serán felices los que obran de manera seme­jante. Los evangelios nos aseguran que la verdadera felicidad no consiste en estar cerca de Jesús física­mente, ni tampoco en las relaciones de parentesco con él, sino en escuchar la palabra de Dios y poner­la en práctica.

Mientras estaba hablando, una mujer de entre la multitud gritando le dijo: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron.» Pero Jesús replicó: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica.» (Lc 11,27-28).

El escuchar y la humildad van muy unidas. Los que reconocen con humildad agradecida que la vida, la verdad, la sabiduría y el amor son regalos de Dios han conseguido ya que el escuchar sea su actitud fundamental.

San Vicente llama a la humildad fundamento de la espiritualidad evangélica. Los humildes ven todo como un regalo. Creen que Dios está siempre inten­tando entrar en sus vidas para hablar con ellos. Por eso están siempre en actitud de alerta, atentos y deseosos de oír la Palabra de Dios. Los humildes saben y la verdad que les hace libres viene de fuera: a través de la Escritura, de la Iglesia, de los  miembros de su familia, del clamor de los pobres.

Escucha, pues, a tu familia. Escucha a los que trabajan contigo. Escucha la Palabra de Dios cada día, escogiendo un pequeño pasaje de la Escritura como alimento de tu oración.

El escuchar es especialmente importante cuando se tiene autoridad, como los padres, los maestros, los doctores, las enfermeras, los patronos. Si tienes autoridad, asegúrate de que pides consejo con fre­cuencia. Acepta el consejo. En el seguimiento de Cristo no hay lugar para la arrogancia.

Las primeras palabras de la Regla de San Benito son fundamentales para los que quieren aprender del Señor: «Escucha con cuidado las instrucciones del maestro, y recíbelas con atención a través de los oídos de tu corazón.»

Como ayuda para escuchar:

  • Cuando oras, relájate y respira profundamente. Comienza de manera sencilla y tranquila. Deja que se calmen los sonidos, los pensamientos, y toda ansiedad. Estate tranquilo. Intenta oír la palabra de Dios.
  • Toma cada día unos minutos para sentarte y escuchar a tu esposo o esposa, hijo, amigo, compañero de trabajo o a un pobre. Escucha con atención mientras te cuentan algo que les ha sucedido ese día, o bien algún problema, algo que les preocupa, o alguna alegría. Escucha sin interrumpir con comentarios, consejos o juicios. Céntrate totalmente en su persona.

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