Entrevista a monseñor Vicente Bokalic, C.M., obispo auxiliar de Buenos Aires

Francisco Javier Fernández ChentoTestigos vicencianosLeave a Comment

CREDITS
Author: Celestino Fernández, C.M. · Year of first publication: 2011 · Source: Boletín informativo, Misioneros Paúles de la Provincia de Madrid, Septiembre-Octubre 2011.
Estimated Reading Time:

Conocí a Vicente Bokalic en Roma, en la Asamblea General de 2004. Él, como miembro de la Asamblea en calidad de Visitador de la Provincia de Argentina-Paraguay-Uruguay, y yo, como modesto cronista. Me pareció inteligente, cercano, con sentido del humor, espontá­neo y con una acendrada espiritualidad vicenciana. El 15 de marzo de 2010 fue nombrado obispo auxiliar de la Archidiócesis de Buenos Aires. El 29 de mayo, en el Santuario de la Medalla Milagrosa de la capital bonaerense, fue consagrado obispo. Ha estado en Madrid, participando plenamente en la Jornada Mundial de la Juventud, y ha accedido a responder amablemente algunas preguntas para este Boletín Informativo. Vicente Bokalic -le trato de «tú» por aquello de la confianza y de la amistad- sigue con la misma cercanía y la misma es­pontaneidad de siempre. Su lema episcopal es toda una confesión de su «ser» vicenciano: «Me envió a evangelizar a los pobres».

— ¿Ha cambiado mucho tu vida desde que eres obispo?

— El nombramiento de obispo me sorprendió y me desinstaló, o mas bien, me cambió los pla­nes. Estaba terminando mi periodo como Visita­dor de la Provincia Argentina-Paraguay y Uru­guay. Después de años intensos, en los que tam­bién celebramos los 150 años de la llegada de la Familia Vicenciana a estas tierras, le pedía al nuevo Visitador que me liberara de cargos y res­ponsabilidades más grandes. Quería servir en la Compañía desde abajo, colaborando en las obras. Y me llegó este llamado. Dos imágenes que pue­den graficar esta nueva etapa de mi vida: la pri­mera, «deja las redes y la barca en la que estaba acostumbrado y navega mar adentro». Sentí co­mo nunca esto: cortar amarras e internarse en el mar a pescar-trabajar. Dejar lo conocido para asumir algo nuevo. La segunda es menos acadé­mica y espiritual. Saben muchos de mi afición por el deporte y en especial por el fútbol. La imagen era: «me corrieron o ampliaron las líneas de la cancha». ¡Comenzar de nuevo! La alegría de mis hermanos de la Compañía y de la Fami­lia vicenciana, y en especial los pobres me die­ron ánimo para asumir lo nuevo. En ellos descu­brí al Señor que me llamaba y me pedía algo nuevo. Confiado en Él, asumí con disposición y buen ánimo este nuevo servicio a la Iglesia.

— ¿Cuál es tu trabajo pastoral como obispo auxi­liar de una inmensa urbe como Buenos Aires?

— Como Obispo Auxiliar, junto a otros obispos colaboramos en el pastoreo y el gobierno del Ar­zobispo de Buenos Aires. Esta ciudad-arzobispado tiene 4 vicarias. Soy responsable de la Vicaria Centro. Tengo 52 parroquias y otros tantos cole­gios religiosos y otras instituciones eclesiales. Encuentro periódico con el arzobispo y los vica­rios/obispos auxiliares para dialogar, estudiar y ayudar en las decisiones al cardenal. Encuentro permanente con los sacerdotes (en la vicaria hay unos 200 sacerdotes diocesanos y religiosos), visitas a las parroquias y colegios. Reuniones y tiempos de formación con distintas instituciones y grupos eclesiales. Tarea fundamental es visi­tar, acompañar y estar cerca de los sacerdotes y del laicado en sus vidas y misión.

— ¿Cómo es tu vinculación actual con la Con­gregación de la Misión?

— El hecho de haber sido nombrado obispo, me apartó de algún modo de la vida de familia. Mi relación actual se reduce a encuentros amistosos con hermanos de la CM. Por estar en la ciudad, tengo oportunidad de visitar a mis hermanos en la Casa Provincial y la Milagrosa, ambas en esta ciudad. Ocasionalmente, puedo llegar a otras. Tuve la alegría inmensa de ordenar como sacer­dote a un hermano nuestro en el Paraguay. En junio me pidieron ordenar sacerdote a Heriberto González, C. M. Siento mucha alegría reencon­trarme con mis hermanos. Esto mismo experi­menté en Madrid, en las Jornadas de la Juven­tud. Soy consciente de que soy para toda la Iglesia, pero me siento unido a la Familia Vicen­ciana. ¡Es mi Familia!

— Acabas de participar en la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid. ¿Cuál es tu impre­sión de lo vivido?

— He vivido intensamente las Jornadas. Tanto la Vicenciana como la Mundial. Ambas me die­ron muy buena impresión. Los jóvenes no han venido «sólo por turismo». Participaron en las catequesis, en los tiempos de oración, en las vi­gilias, en las grandes celebraciones con seriedad y concentración. Somos testigos que muchos se han acercado al sacramento de la Reconciliación y renovado su fe y pertenencia eclesial. Momen­tos intensos de encuentro con otros jóvenes de otras culturas. En un mundo que busca apartar a Dios de la vida cotidiana, han buscado fortalecer su fe, su pertenencia y compromiso cristiano. Pienso que sintieron la necesidad de llevar esto que vieron y experimentaron, a otros jóvenes de sus países.

— ¿Crees que este acontecimiento mundial pue­de marcar un antes y un después en la Iglesia y en la sociedad?

— No sé cómo será el futuro. Ciertamente, no soy futurólogo, pero creo que Dios ha bendecido este Encuentro y, en el futuro, se podrán ver fru­tos en nuestras Iglesias locales y nacionales. Hay algo claro: estos jóvenes, que viven las luces y sombras de la modernidad, de un mundo globali­zado, pues somos una aldea global, manifestaron la sed de Dios, de una vida más plena y que su­pera los bienes materiales, con valores de amis­tad, de encuentro, de solidaridad, de paz en la justicia y la verdad, de oportunidades para todos. Creo que late, a veces medio dormido, la veta misionera y de solidaridad en medio de pobrezas y marginaciones. En la medida que ayudemos y acompañemos a los jóvenes en sus búsquedas, en sus ganas de vivir sólidamente la fe, de testi­moniarla en la misión y en el compromisos soli­dario con los pobres, podemos mantener muy viva la esperanza. «No todo está perdido, como nos quieren hacer creer algunos profetas de la decadencia». Es bueno el testimonio del Premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa: la vi­sión y experiencia de un agnóstico ante este evento.

— ¿Por dónde piensas que debe ir la «nueva evangelización»?

— Para nosotros, en América Latina, la «nueva evangelización» tiene un nombre, y es el llama­do a la Misión Continental que nos hizo la Igle­sia desde la reunión de Aparecida. Nos marcaron algunos criterios: recomenzar desde Cristo, darle un acento fuertemente kerigmático a toda la ac­ción pastoral, buscar y provocar el encuentro con Cristo, y desde allí, podrán darse nuevas op­ciones de vida en las personas. «Cómo hacer mas kerigmática nuestra tarea pastoral», es el gran desafío. Crecer en la dimensión discípulo-misionero de cada uno de los bautizados. Deben ir los dos juntos. El que se encontró con Cristo, debe hacerse misionero y la misión recrea y da vitalidad al discípulo.

— Como vicenciano, a tu juicio ¿qué puede aportar el carisma vicenciano a la nueva evan­gelización?

— Visto desde estas latitudes, y creo que se pue­den trasladar al orden mundial, estamos vivien­do tiempos muy «desafiantes para el carisma vi­cenciano». Es más actual que nunca. La reunión de Aparecida nos urge a la Misión. Con humil­dad, pero también con audacia y competencia, debemos aportar lo que sabemos y experimenta­mos. Debemos estar en la vanguardia ante este llamado. Muchas iglesias diocesanas nos llaman para «enseñar y ponernos al frente de procesos misioneros». Llamado a la conversión pastoral de toda la Iglesia en clave misionera. La misión da vida y renueva a las comunidades eclesiales. Algo más: tiempos de grandes y nuevas pobre­zas. El sistema económico mundial nos deja co­mo resultado más pobres, más excluidos de la fiesta…, y aquí hay algo nuevo: están «sobrantes de la humanidad»… Son inmensas poblaciones de pobres que esperan nuestra presencia y ac­ción: llamado para los vicencianos. ¿Qué haría San Vicente de Paúl hoy? Los pobres y la mi­sión son una urgencia, un inmenso clamor, para que nosotros participemos activamente en los procesos de renovación y compromiso eclesial. Debemos llenarnos del «ardor y fuego misione­ro», como en Pentecostés. Necesitamos urgente­mente un nuevo Pentecostés en la Compañía y en la Familia Vicenciana. ¡Entremos con María al cenácu­lo para volver a recibir el Espíritu y salgamos a la misión!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *