Conocí a Vicente Bokalic en Roma, en la Asamblea General de 2004. Él, como miembro de la Asamblea en calidad de Visitador de la Provincia de Argentina-Paraguay-Uruguay, y yo, como modesto cronista. Me pareció inteligente, cercano, con sentido del humor, espontáneo y con una acendrada espiritualidad vicenciana. El 15 de marzo de 2010 fue nombrado obispo auxiliar de la Archidiócesis de Buenos Aires. El 29 de mayo, en el Santuario de la Medalla Milagrosa de la capital bonaerense, fue consagrado obispo. Ha estado en Madrid, participando plenamente en la Jornada Mundial de la Juventud, y ha accedido a responder amablemente algunas preguntas para este Boletín Informativo. Vicente Bokalic -le trato de «tú» por aquello de la confianza y de la amistad- sigue con la misma cercanía y la misma espontaneidad de siempre. Su lema episcopal es toda una confesión de su «ser» vicenciano: «Me envió a evangelizar a los pobres».
— ¿Ha cambiado mucho tu vida desde que eres obispo?
— El nombramiento de obispo me sorprendió y me desinstaló, o mas bien, me cambió los planes. Estaba terminando mi periodo como Visitador de la Provincia Argentina-Paraguay y Uruguay. Después de años intensos, en los que también celebramos los 150 años de la llegada de la Familia Vicenciana a estas tierras, le pedía al nuevo Visitador que me liberara de cargos y responsabilidades más grandes. Quería servir en la Compañía desde abajo, colaborando en las obras. Y me llegó este llamado. Dos imágenes que pueden graficar esta nueva etapa de mi vida: la primera, «deja las redes y la barca en la que estaba acostumbrado y navega mar adentro». Sentí como nunca esto: cortar amarras e internarse en el mar a pescar-trabajar. Dejar lo conocido para asumir algo nuevo. La segunda es menos académica y espiritual. Saben muchos de mi afición por el deporte y en especial por el fútbol. La imagen era: «me corrieron o ampliaron las líneas de la cancha». ¡Comenzar de nuevo! La alegría de mis hermanos de la Compañía y de la Familia vicenciana, y en especial los pobres me dieron ánimo para asumir lo nuevo. En ellos descubrí al Señor que me llamaba y me pedía algo nuevo. Confiado en Él, asumí con disposición y buen ánimo este nuevo servicio a la Iglesia.
— ¿Cuál es tu trabajo pastoral como obispo auxiliar de una inmensa urbe como Buenos Aires?
— Como Obispo Auxiliar, junto a otros obispos colaboramos en el pastoreo y el gobierno del Arzobispo de Buenos Aires. Esta ciudad-arzobispado tiene 4 vicarias. Soy responsable de la Vicaria Centro. Tengo 52 parroquias y otros tantos colegios religiosos y otras instituciones eclesiales. Encuentro periódico con el arzobispo y los vicarios/obispos auxiliares para dialogar, estudiar y ayudar en las decisiones al cardenal. Encuentro permanente con los sacerdotes (en la vicaria hay unos 200 sacerdotes diocesanos y religiosos), visitas a las parroquias y colegios. Reuniones y tiempos de formación con distintas instituciones y grupos eclesiales. Tarea fundamental es visitar, acompañar y estar cerca de los sacerdotes y del laicado en sus vidas y misión.
— ¿Cómo es tu vinculación actual con la Congregación de la Misión?
— El hecho de haber sido nombrado obispo, me apartó de algún modo de la vida de familia. Mi relación actual se reduce a encuentros amistosos con hermanos de la CM. Por estar en la ciudad, tengo oportunidad de visitar a mis hermanos en la Casa Provincial y la Milagrosa, ambas en esta ciudad. Ocasionalmente, puedo llegar a otras. Tuve la alegría inmensa de ordenar como sacerdote a un hermano nuestro en el Paraguay. En junio me pidieron ordenar sacerdote a Heriberto González, C. M. Siento mucha alegría reencontrarme con mis hermanos. Esto mismo experimenté en Madrid, en las Jornadas de la Juventud. Soy consciente de que soy para toda la Iglesia, pero me siento unido a la Familia Vicenciana. ¡Es mi Familia!
— Acabas de participar en la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid. ¿Cuál es tu impresión de lo vivido?
— He vivido intensamente las Jornadas. Tanto la Vicenciana como la Mundial. Ambas me dieron muy buena impresión. Los jóvenes no han venido «sólo por turismo». Participaron en las catequesis, en los tiempos de oración, en las vigilias, en las grandes celebraciones con seriedad y concentración. Somos testigos que muchos se han acercado al sacramento de la Reconciliación y renovado su fe y pertenencia eclesial. Momentos intensos de encuentro con otros jóvenes de otras culturas. En un mundo que busca apartar a Dios de la vida cotidiana, han buscado fortalecer su fe, su pertenencia y compromiso cristiano. Pienso que sintieron la necesidad de llevar esto que vieron y experimentaron, a otros jóvenes de sus países.
— ¿Crees que este acontecimiento mundial puede marcar un antes y un después en la Iglesia y en la sociedad?
— No sé cómo será el futuro. Ciertamente, no soy futurólogo, pero creo que Dios ha bendecido este Encuentro y, en el futuro, se podrán ver frutos en nuestras Iglesias locales y nacionales. Hay algo claro: estos jóvenes, que viven las luces y sombras de la modernidad, de un mundo globalizado, pues somos una aldea global, manifestaron la sed de Dios, de una vida más plena y que supera los bienes materiales, con valores de amistad, de encuentro, de solidaridad, de paz en la justicia y la verdad, de oportunidades para todos. Creo que late, a veces medio dormido, la veta misionera y de solidaridad en medio de pobrezas y marginaciones. En la medida que ayudemos y acompañemos a los jóvenes en sus búsquedas, en sus ganas de vivir sólidamente la fe, de testimoniarla en la misión y en el compromisos solidario con los pobres, podemos mantener muy viva la esperanza. «No todo está perdido, como nos quieren hacer creer algunos profetas de la decadencia». Es bueno el testimonio del Premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa: la visión y experiencia de un agnóstico ante este evento.
— ¿Por dónde piensas que debe ir la «nueva evangelización»?
— Para nosotros, en América Latina, la «nueva evangelización» tiene un nombre, y es el llamado a la Misión Continental que nos hizo la Iglesia desde la reunión de Aparecida. Nos marcaron algunos criterios: recomenzar desde Cristo, darle un acento fuertemente kerigmático a toda la acción pastoral, buscar y provocar el encuentro con Cristo, y desde allí, podrán darse nuevas opciones de vida en las personas. «Cómo hacer mas kerigmática nuestra tarea pastoral», es el gran desafío. Crecer en la dimensión discípulo-misionero de cada uno de los bautizados. Deben ir los dos juntos. El que se encontró con Cristo, debe hacerse misionero y la misión recrea y da vitalidad al discípulo.
— Como vicenciano, a tu juicio ¿qué puede aportar el carisma vicenciano a la nueva evangelización?
— Visto desde estas latitudes, y creo que se pueden trasladar al orden mundial, estamos viviendo tiempos muy «desafiantes para el carisma vicenciano». Es más actual que nunca. La reunión de Aparecida nos urge a la Misión. Con humildad, pero también con audacia y competencia, debemos aportar lo que sabemos y experimentamos. Debemos estar en la vanguardia ante este llamado. Muchas iglesias diocesanas nos llaman para «enseñar y ponernos al frente de procesos misioneros». Llamado a la conversión pastoral de toda la Iglesia en clave misionera. La misión da vida y renueva a las comunidades eclesiales. Algo más: tiempos de grandes y nuevas pobrezas. El sistema económico mundial nos deja como resultado más pobres, más excluidos de la fiesta…, y aquí hay algo nuevo: están «sobrantes de la humanidad»… Son inmensas poblaciones de pobres que esperan nuestra presencia y acción: llamado para los vicencianos. ¿Qué haría San Vicente de Paúl hoy? Los pobres y la misión son una urgencia, un inmenso clamor, para que nosotros participemos activamente en los procesos de renovación y compromiso eclesial. Debemos llenarnos del «ardor y fuego misionero», como en Pentecostés. Necesitamos urgentemente un nuevo Pentecostés en la Compañía y en la Familia Vicenciana. ¡Entremos con María al cenáculo para volver a recibir el Espíritu y salgamos a la misión!







