El siglo XVII los estamentos de la sociedad permanecen los mismos de la tradición. En el reino se hacía la distinción entre los que oraban, los que luchaban y los que trabajaban, «estos últimos innobles, por ser útiles». Estas distinciones configuraban la «estratificación social» cuyos estamentos eran el Clero, la Nobleza y el Pueblo o Tercer Estado.
El fundamento da tales distinciones se arraiga en la dignidad, estima y calidad de servicios, de acuerdo con las estructuras mentales de la época, encarna una concepción religiosa y militar de la sociedad y refleja una economía primitiva. Correlativas a funciones sociales, estas distinciones no corresponden ni a rendimientos económicos ni a competencias personales. Se requiere señalar, sin embargo, que la realidad social concreta no concuerda con esta estructura jerárquica y hierática. El favor del rey y la economía producían en la práctica otro estilo de vida social menos inamovible y diferentemente estructurado y dignificado. Ello significa que un «orden» o estamento en apariencia único encubría realidades muy diversas. Estas realidades hay que descubrirlas menos en los «ordres» o estamentos tradicionales que en las élites, a la vez unidas y divididas. Un único estamento: el Clero. Pero en su interior cuántas jerarquías! La nobleza jamás llegó, a pesar de sus tentativas durante la Fronda, a organizarse como el clero. En cuanto al «Tercer Estado» — y su terminología ya es esclarecedera — fue un «estamento negativo», al que sólo se definía por aquello de lo que se le excluía: el servicio de Dios y la «sangre azul». Y sin embargo en su interior se situaba la verdadera frontera, la que separaba el mundo de los participantes en el poder y el de los excluidos, el mundo de los nobles y el de los anónimos, la élite y las masas.
El Clero
La Iglesia de Francia había sido sometida, durante el siglo XVI, a una agitación político-religiosa febril y con frecuencia dramática. Las guerras de religión habían provocado destrozos materiales y mantenido violencias físicas y morales terribles, apasionadas. Digamos, utilizando una expresión de Tapié, que «la Francia de las catedrales góticas y de las iglesias románicas había sido terriblemente probada por la lucha».
A finales del siglo XVI la Iglesia se encontraba, excepto en el campo económico, en una situación grave de dependencia. Según el concordato de Bolon a (1516), el rey presentaba los candidatos a arzobispados, obispados, beneficios mayores y el papa accedía en el plazo de seis meses a conceder la investidura canónica. El rey pedía a los obispos nombrados juramento de fidelidad y el gobierno de Estado exigía a la Asamblea del Clero contribuir a las finanzas reales. Al ser un acto político, el concordato sometía a la Iglesia al poder del rey y le permitía, al mismo tiempo, disponer de los bienes eclesiásticos.
El clero de Francia, corporación tradicional como la nobleza y la burguesía, gozó de una gran influencia en la sociedad del siglo XVII. Esta influencia se originó en las riquezas que poseía y en los recursos financieros que utilizaba. Los bienes constituídos por las propiedades eclesiásticas y religiosas, a las que hay que añadir las rentas e impuestos por el personal de la Iglesia, constituyen un tercio (1/3) de la riqueza total de la nación. Si la economía del reino no se resintió demasiado, se debió a que el sistema de colación de beneficios, la encomienda, puso en circulación la mayoría de esta riqueza. En el grado superior de la jerarquía, los obispos eran personajes importantes, cuya influencia se hacía sentir en la política del rey y en la sociedad. El párroco era un «señor» y sometía a sus parroquianos al «diezmo».
Dejando aparte su función religiosa (de la que hablará, supongo, el padre Mezzadri), el alto clero reunió entre sus miembros a personas de origen noble o/y burgués. Con el favor del rey y la confirmación del papa, las diversas noblezas y burguesías instalaban a sus segundones en el episcopado y en los mejores conventos, en los, que vivían de las rentas señoriales y de la tierra, unidas a sus funciones. A estas rentas se añadían los beneficios propios de la Iglesia, como el diezmo universal, aunque con frecuencia era inferior al diez por ciento. La burguesía comerciante y administrativa instalaba a sus hijos en los numerosos canonicatos urbanos, generalmente muy ricos y muy atentos a sus beneficios temporales. Exceptuado el bajo clero de los vicarios y de los sacerdotes «habituales», es decir, sin beneficio y sin ministerio pastoral preciso, los párrocos urbanos y rurales gozaron de una buena situación, en comparación con la mayoría de los campesinos y de los obreros de la ciudad. Estas diferencias entre «bajo» y «alto clero» nos manifiestan que este grupo social se vio sometido, tanto o más que los otros grupos sociales, a la disgregación tradicional del estamento jurídico de la sociedad.
La gran cantidad de sacerdotes, religiosos, es otro aspecto del poder e influencia de la Iglesia, del clero, que llegó a representar el dos por ciento de la población. Una encuesta, realizada con minuciosidad alrededor de 1660, constata 136 arzobispos y obispos, 40.000 párrocos, 40.000 entre vicarios, capellanes, confesores de religiosas,’ sacerdotes «habituales», 5.000 abades o priores seculares, 16.000 canónigos. Todos ellos suman 101.000 eclesiásticos del clero secular. El número de religiosos es de 82.600, de los cuales 35.600 pertenecen a comunidades, que viven de sus rentas y trabajos, y 47.000 a las órdenes mendicantes antiguas o reformadas, que «viven y prosperan por la mendicidad».
Este resumen indica que la Iglesia de Francia en tiempo de Vicente de Paúl, el clero, primer «orden» del reino, detentaba un gran poder económico, jurídico y social.
La Nobleza
La Nobleza es definida por los juristas como el «segundo orden» de la nación. Esta definición encubre una realidad muy compleja y un grupo social difícil de limitar.
La nobleza, que representaba entre el cuatro y el cinco por ciento de la población, encubría situaciones muy diversas. Respecto a sus orígenes podía ser «inmemorial» o antigua, «adquirida» o nueva, falsificada. Con relación a sus funciones existía la nobleza de la corte, rural, parlamentaria o/y administrativa. Como los demás grupos sociales, la nobleza se veía confrontada en el siglo XVII a la realidad socio-económica, que provocaba en ella una disgregación, a pesar de mantener la unidad de nombre.
Ella vivía principalmente, a veces casi únicamente, de sus bienes raíces, de la renta de la tierra que recibía a través de diversos canales. Algunos nobles gozaban de pensiones, que el rey les concedía por medio de beneficios, funciones, dignidades.
«Ninguna tierra sin dueño», decía el adagio. A estos vínculos entre el señor y la tierra se añadían, según la diversidad de regiones, innumerables derechos «feudales» y le concedían ser juez en las jurisdicciones ordinarias. En toda la extensión del «señorío» — en el que había tierras que no le pertenecían — exigía sus derechos y percibía una suma cada vez que se transmitía una renta o se realizaba una compraventa de rentas o de inmuebles entre campesinos. En la iglesia, donde por derecho de patrimonio nombrada al párroco, el noble era tratado con distinción, signo de su condición. La exención de pagar los impuestos reales, especialmente la «taille», le distinguía claramente de los plebeyos.
La nobleza intentó por todos los medios ser una clase «dominante», a través de su influencia en los asuntos y cargos públicos, y «privilegiada»; quiso distinguirse de los demás grupos sociales por el manejo de las armas y por un estilo de vida fastuoso, incluso cuando sus recursos no correspondían a semejante despilfarro.
Todo ello explica el mito que se creó en torno a la nobleza y la conciencia que ésta tuvo de su distinción. Esta conciencia de raza le hizo replegarse en sí misma y rechazar a la nueva nobleza y la invasión de la burguesía de oficios y comerciante. Si la nobleza no fue amada en el siglo XVII, no dejó sin embargo de ser envidiada. La prueba está en que la burguesía aspiró a ser noble y, para conseguirlo, no dudó en pagar grandes sumas de dinero al rey. Los títulos de nobleza predisponían para conseguir ciertas funciones y dignidades, especialmente eclesiásticas. De ahí la «herencia» de obispados, de beneficios eclesiásticos, de nombramientos de abades y de abadesas. Los nombramientos reales para estos cargos manifiestan claramente que los titulares pertenecían con muchísima frecuencia a la nobleza.
En realidad los nobles eran «clientes». Clientes, clientela, estas palabras evocan un sistema social, en el que el favoritismo, la fidelidad, la dependencia tienen preeminencia. La nobleza en Francia no se salvaba más que por el favor del rey. Al mismo tiempo el aumento de clientes acrecentaba el poder de quien utilizaba el favoritismo. Así pensaban los «Grandes», que lo eran, sin duda, por el favor del rey, pero más todavía porque le forzaban a otorgarles estos privilegios en razón del temor que le inspiraban. Richelieu, cliente del rey, y él mismo señor de otra clientela, hará todo lo posible para reducir la nobleza a la sumisión y a la dependencia. Dependencia económica y sumisión política se unieron para humillar y disgregar a la nobleza. La nobleza de provincia, duramente golpeada por Richelieu (destrucción de castillos), excluida de la corte, privada de los Estados Generales y a veces de los Estados Provinciales, conservó siempre la nostalgia de los tiempos pasados. Estos descontentos contaron mucho en la crisis del siglo XVIII.
Tercer Estado o Pueblo.
A diferencia del Clero y de la Nobleza, el estamento llamado Tercer Estado se caracteriza por la heterogeneidad de sus componentes, ya que en él se agrupaban sectores muy dispares social, cultural y económicamente hablando.
La burguesía.
El término burguesía en el siglo XVII francés envuelve y revela diversas categorías dentro de la misma «estratificación social». En ella se distingue la burguesía inactiva y la activa.
a) La burguesía inactiva estaba constituida por los rentistas del Estado y del pueblo y vivía de los arrendamientos de sus propiedades (casas, tierras etc.) y del producto de rentas constituidas, sobre todo en París. Con el resto de los grupos, que componían la burguesía, poseían entre el 15 y el 20 por ciento de la tierra.
b) La burguesía activa. A través de sus diversas actividades, la burguesía estaba muy unida al régimen. Según la clasificación de P. Goubert, varios grupos de burgueses participaban en el buen funcionamiento de la administración de la monarquía:
En el sistema administrativo: los oficiales o funcionarios de nivel medio o inferior de juzgados, Parlamentos, abogacía, notaría.
En el sistema económico fundamental: los administradores y recaudadores de rentas en productos o en dinero en beneficio de los propietarios laicos o clérigos de las «señorías».
En el sistema financiero: los grandes poseedores de dinero, auxiliares de la monarquía para recolectar los impuestos o para hacerse los arrendatarios de los impuestos y derechos del rey.
En el sistema comercial: los negociantes armadores, grandes comerciantes de Burdeos, Nantes, Marsella en relación con las Islas. A ellos se pueden añadir los grandes empresarios de la manufactura.
Las profesiones liberales agrupaban, en la burguesía, a médicos, cirujanos, editores o libreros, artistas, escritores públicos etc.
En razón de criterios de bienes económicos y de notabilidad se pueden distinguir:
La alta burguesía que agrupaba a arrendadores, recaudadores generales de finanzas, banqueros, representantes de grandes negocios y algunos empresarios de manufacturas (equivalentes a los grandes empresarios industriales de hoy), en definitiva, a los potentados (alrededor de un 10 por ciento), muy cercanos a la aristocracia o en vía de llegar a pertenecer a ella.
La mediana burguesía que comprendía la mayor parte de los oficiales o funcionarios y los que ejercían profesiones liberales.
c) La pequeña burguesía que reunía a los pequeños comerciantes y a los artesanos independientes, distintos de los artesanos dependientes de patronos fabricantes o comerciantes y que apenas se distinguían del mundo de los «obreros», como veremos luego.
A pesar de este esfuerzo de clarificación, se requiere señalar que toda clasificación es imperfecta, porque las rentas entran, aunque de modo diverso, en casi todas las fortunas de la burguesía.
Más importante que la enumeración de las diferentes burguesías, es indicar, al menos, que todas ellas absorbían la mayor parte de la renta del reino y de su significación social.
Desde 1631 existían ya en Francia grandes fortunas. Es cierto que no eran muy numerosas. Su origen se debía, en general, a las mercancías. Era el comerciante, en sus diversas escalas, el que se beneficiaba de las ganancias. La riqueza y su crecimiento estaban asegurados, generalmente, por el gran negocio del «comercio y del préstamo».
En una sociedad, donde cada uno buscaba constantemente encontrar alimento, poseer una propiedad agrícola era el medio de asegurarse los productos necesarios para la subsistencia. La posesión de tierras no sólo aseguraba en todo momento un presupuesto, sino además, de acuerdo con las estructuras de la época, tenía significación de nobleza, de señorío. Nobleza y señorío garantizaban, en general, los privilegios, satisfacían la vanidad social y, en la práctica, producían y estaban exentos con frecuencia de impuestos.
Lo mismo que los nobles, los burgueses era propietarios y, a veces, señores. La diferencia consistía en que poseían menos tierras y menos señorías. Por el contrario, se sabe que su administración fue ordinariamente más inteligente, más contenciosa, en definitiva, más fraudulenta que la de la mayoría de los nobles. Reteniendo, a veces por miles, letras de cambio, recibos, créditos, es decir, hipotecas, tenían la posibilidad de aumentar su hacienda, haciendo disminuir, a veces, las propiedades de los nobles y, con frecuencia, las tierras de los campesinos. Anticipando semillas, grano, herramientas, telas, salarios, los obreros de la ciudad y los pequeños campesinos dependían totalmente de ellos. Por añadidura, se hacían nombrar, con frecuencia, administradores de las propiedades de la nobleza y del clero e instalados en estas funciones lucrativas se beneficiaban de nuevos réditos de la tierra.
Otra fuente de riqueza, difícilmente comprensible para el mundo de hoy, se encontraba entre las manos de la burguesía del siglo XVII: toda función pública, jurídica o administrativa, era vitalicia. El funcionario la heredaba o la compraba. Lo hemos señalado en la conferencia anterior. Sometidos al sistema de compra-venta, los cargos públicos se convirtieron en inversión, en negocio. R. Mousnier ha estudiado con detalle y profundidad el aumento de su cotización. Por asociaciones y compañías algunos burgueses se convirtieron en arrendatarios de los impuestos y derechos del rey. El negocio consistía en anticipar la suma prefijada de sus rentas y recuperarla después ampliamente a expensas de los contribuyentes habituales. Este sistema permitía vegetar a ciertas personas. Al mismo tiempo reducía a la miseria a jornaleros y campesinos y aumentaba automáticamente, en relación con los comienzos de siglo, la fortuna de los medios parlamentarios y alta burguesía. Así se puede comprender la potencia de algunas familias de la burguesía y la posibilidad que tenían de aprovechar todas las ocasiones para invertir ventajosamente su capital. Quienes podían disponer de capital estaban casi seguros de hacerlo fructificar, puesto que el dinero escaseaba y todas las clases sociales lo necesitaban. Es cierto que algunos podían haber sido tratados de ladrones y de sanguijuelas que chupaban la sangre del pueblo y del Estado. Sin embargo era necesario recurrir continuamente a sus servicios.
No se puede dudar de que, desde 1630 hasta finales del siglo XVII, la burguesía tuvo en el Estado monárquico un papel de máxima importancia.
Corporaciones de artesanos
Las corporaciones de artesanos eran agrupaciones de patronos, oficiales y obreros de diversas profesiones: tejedores, curtidores, tintoreros, albañiles, carpinteros, aserradores, herreros, carniceros, cuchilleros etc. Estas corporaciones constituían dos grandes grupos: libres («métiers réglés») y «juradas» («métiers jurés»).
Las primeras estaban de hecho controladas por las municipalidades, que podían dictar unos estatutos y controlarías por la policía municipal.
Las corporaciones juradas estaban constituidas por agrupaciones profesionales autónomas con posibilidad jurídica propia y normativa colectiva estricta. Sus miembros tenían los mismos derechos y obligaciones y se compremetían a permanecer unidos por juramento. (De ahí la expresión «métier juré ou jurande»). En sus reuniones defendían sus intereses, discutían sus reglamentos y sus presupuestos. Las condiciones del aprendizaje del oficio y el acceso a la maestría o a «oficial artesano» estaban determinadas con precisión en cada profesión. Eran éstos los que se ocupaban de hacer respetar el monopolio concedido en el plan profesional a nivel territorial urbano o regional.
El mundo de los patronos
El conocimiento de los patronos — fabricantes urbanos — revela tres tipos de empresa, que corresponden a tres tipos sociales, a pesar de la aparente unidad de la profesión: el fabricante vendedor, de cuya independencia económica no se puede dudar; el simple fabricante, pequeño patrón, que intenta guardar su autonomía, pero que en realidad depende de los grandes comerciantes; el patrono que no posee más que un telar, asalariado de un género apenas privilegiado.
Los obreros asalariados de la ciudad
En la base de la escala de esta sociedad urbana, la masa de los obreros asalariados (más de la mitad en Amiens, más de un tercio en Beauvais, numerosos en otras partes, especialmente en Lyon y París amontonada y hambrienta, agobiada por la dominación económico-social de la burguesía comerciante, se alojaba en los arrabales y en los barrios miserables. Sin tierras, sin ser propietarios de sus casas, sin mobiliario apenas, sin lencería, su salario constituía el único medio de vida. Pero este salario era siempre incierto, lo mismo que el empleo. Además, todo un sistema de anticipos, proporcionados por los patronos, convertía a estos obreros en una especie de perpetuos deudores, totalmente sometidos al poder de dichos jefes. Deudas y analfabetismo hacían de los trabajadores manuales no especializados un mundo dominado y dependiente. Los más pobres de estos obreros, excluidos de un contrato de trabajo a causa de su edad o de su enfermedad, permanecían al margen de toda organización y corporación.
Para llegar a ser «oficial artesano», se requería pasar tres a cuatro años de aprendizaje del oficio en casa del patrón. Por añadidura, los aprendices, para entrar en el cuerpo de «oficiales artesanos», se veían sometidos con mucha frecuencia a soportar una serie de condiciones difíciles, a veces draconianas. En Amiens, en Beauvais más de una cuarta (1/4) parte de aprendices no terminaban «su tiempo» de aprendizaje. Las razones de esta interrupción son diversas: falta de salud física, incapacidad de aprender el oficio, pobreza de los padres, que no pueden pagar al patrón las pocas libras exigidas — previstas en el momento del contrato de aprendizaje — malos tratos de los patronos y obligadas prolongaciones del aprendizaje. Terminado el tiempo de aprendizaje, el aprendiz, para entrar en el cuerpo de los «oficiales» debía, a veces, pedir prestadas algunas libras: esta primera deuda, lo más corriente, era el anuncio de otras. Llegar a la maestría era francamente difícil. Sólamente los hijos de los patronos eran los favorecidos y, poco a poco, las maestrías de oficiales llegaron a ser prácticamente hereditarias.
Los obreros más favorecidos, los que no conocían ni un solo día de paro, recibían su salario entre 260 y 290 días al año, dado el número excesivo de días de fiesta, y este salario era de diez soles en Beauvais y en Amiens, de doce soles en las mejores ciudades como París, Lyon, Rouen. Pero estas cifras deben relacionarse con el coste de la vida, sin olvidar que, con frecuencia, los obreros no recibían siempre el salario de su trabajo en monedas buenas.
Con su salario, los obreros más favorecidos difícilmente podían alimentar con pan a su familia. Sin embargo estas condiciones de vida eran las mejores para los obreros de Beauvais. Si surgía algún imprevisto: enfermedad del padre, tener cuatro o cinco hijos, este modesto presupuesto familiar se desequilibraba y la familia tenía que recurrir, para poder subsistir, a las instituciones caritativas incluso los años de equilibrio económico y de buenas cosechas.
Los obreros menos favorecidos, cuyo salario era de cinco a ocho soles por día — las viudas y muchachas cobraban dos o tres soles — no tenían la posibilidad de comprar el pan necesario para alimentarse.
Cuando la cosecha del año era mala y sobre todo si el mismo fenómeno se repetía al año siguiente, con las consiguientes subidas del precio del trigo y sobre todo del pan, los salarios registraban por este hecho una devaluación, aun cuando el valor nominal fuera el mismo. Desgraciadamente, la baja de este salario acaecía en períodos de crisis. Estas bajas de diez a veinte por ciento constituían un beneficio apreciable para los fabricantes y negociantes. Los obreros no tenían más remedio que aceptar esta disminución de salario. En realidad era preferible un salario nominal y realmente disminuido que el no tener ninguno. Si la crisis alimenticia se agravaba, provocando una crisis textil y manufacturera, se desencadenaba la crisis económico-social. Los obreros tenían entonces que someterse al paro obrero parcial y después al total y a veces prolongado. La falta de salario les entregaba al hambre, a la miseria y a las instituciones caritativas. Durante estos períodos, la «mortalidad» popular intensa diezmaba a los obreros: las instituciones caritativas disponían de recursos muy pequen—os para luchar contra un mal que tenía sus raíces en la estructura económica y social de la época. En realidad millares de hogares obreros llegaban al extremo de la aflicción, cuando el torbellino de la muerte no arrebataba su vida, sumergida en una miseria terrible.
En la sociedad urbana los privilegiados de la ciudad fueron los comerciantes. Al dominar totalmente la manufactura, se constituyeron en dueños de la actividad manufacturera e impusieron sus normas. La dominación de la fabricación y del comercio, ejercida por un grupo restringido de grandes negociantes, establecía las ventajas de este grupo con el daño consiguiente para la multitud de artesanos — fabricantes y obreros — reducidos a la mendicidad, a la indigencia y los más pobres al hambre, a la miseria, a la mendicidad. Toda fortuna proviene de luchas, de conquistas, que suponen unos vencidos. Lo que en el tiempo de Vicente de Paúl hizo morir a unos, enriqueció a otros; disimularlo, no sería honrado.
Los campesinos
La sociedad, lo mismo que la economía o que el Estado en tiempo de Vicente de Paúl, se apoyó en la masa más numerosa, más eminentemente productiva, más dependiente: la masa de los campesinos. «Un año de interrupción en el cultivo de la tierra hubiese sido la muerte para todos». Ellos proporcionaron con su trabajo los bienes al país, cultivando un terreno del que poseían bastante menos de la mitad y esta propiedad, al ser de tipo señorial, no era jamás completa. Por añadidura un tercio (1/3) de las tierras francesas estaba repartido muy desigualmente.
Como toda sociedad humana, la sociedad campesina deja aparecer oposiciones brutales y tonalidades infinitas. Se conoce mejor a los ricos y medianos labradores, que a los jornaleros del campo o a los propietarios de pequeñas parcelas. El campesino pobre del siglo XVII es, aún hoy, muy mal conocido.
Dada la organización constitutiva del mundo rural, cuatro categorías se precipitaban sobre el trabajo y el producto de los campesinos: la comunidad rural, la iglesia, el señor y el rey, este último con los más fuertes y variados impuestos. Las exigencias fiscales del Estado y de los señores — eclesiásticos o laicos — absorbían la mayor parte de las ganancias y reducían la población campesina, si la venta de los productos había sido baja, a una miseria extrema y, con frecuencia, a la desesperación y a la rebelión.
Las rentas estipuladas en especie podían pagarse más fácilmente. Para las demás era necesario hacerlo en metálico. Para conseguirlo, los pequen—os y medianos labradores se endeudaban siempre con los mismos acreedores. A la deuda constantemente consignada, se añadían los intereses desde el primer momento. El deudor procuraba reembolsar su deuda con el trabajo. En el momento de pagar a los recaudadores de la contribución rural y abonar los arrendamientos, los campesinos se veían presa de una multitud de acreedores.
Las deudas de los pequeños y medianos campesinos terminan por ser el medio de constituir y de aumentar la riqueza, en bienes raíces, de los burgueses parlamentarios y financieros. Acaparando y reuniendo parcelas de tierra, preparan las condiciones de su brillante éxito social. Los pobres campesinos, obligados a vender una parte de su herencia para poder pagar sus deudas y encontrar con qué alimentar a sus familias en los períodos de carestía y de indigencia, terminan por perder su herencia inmediatamente después de la crisis demográfica. El hambre y la miseria arrancan a estos pobres campesinos sus tierras y les obligan, a veces, a trabajar como arrendatarios las parcelas recibidas en otro tiempo en herencia. Esta conquista urbana y burguesa de la tierra progresa al mismo ritmo y tiempo que crecen las deudas de los campesinos. Durante el siglo XVII, la burguesía prosiguió su ofensiva contra la propiedad campesina.
El conocimiento del mundo campesino revela, al menos, tres tipos sociales diferentes, a pesar de la aparente unidad de nombre.
El labrador es el campesino que posee los medios necesarios y en particular los utensilios para explotar los bienes que posee o arrienda. De ahí que haya que distinguir, aunque de forma muy genérica, los labradores-propietarios y los labradores-arrendatarios.
La situación del labrador es muy variable según la época y sobre todo según las regiones. En Ile-de-France, son arrendatarios de grandes propiedades de la llanura que rodea la ciudad de París. La potencia económica de estos arrendatarios-explotadores o colonos o comerciantes-labradores se apoya más en la explotación que en la posesión. Su fuerza, como lo ha demostrado J. Jacquart, reside en la posesión de los instrumentos técnicos. Estos les permitían presentarse como arrendatarios-explotadores ante los grandes propietarios de bienes raíces, señores o burgueses, nobles o clérigos. De esta manera podían constituir unidades de producción muy superiores a las de los habitantes de los pueblos. En Lorena, el término labrador designa a la clase superior y media del campesinado, ya que el colono fuerte no existe. Lo mismo sucede en la región de Beauvais.
Los labradores poseen, por lo menos, dos caballos que, enganchados al arado, les permiten labrar la tierra. Pero en esta sociedad tan formalista, tan sensible a las denominaciones y a las dignidades, la aparente unidad de denominación oculta con mucha frecuencia niveles económicos muy distintos. Hablando de labradores, es necesario distinguir el mediano y el rico.
Los estratos superiores de la sociedad rural están constituidos por los labradores ricos, que poseen de veinte a treinta hectáreas, grandes colonos, recaudadores de las señorías. Su estudio, sobre todo su existencia, contribuyen a explicar la incomodidad, la miseria de los campesinos pobres, reducidos casi a ser sus deudores y sus asalariados. Ellos nos permiten conocer también las relaciones con los grandes propietarios. De este grupo de labradores surge la aristocracia de los «coqs de village». No sólo alquilan sus utensilios de trabajo, sino también prestan dinero. Su rango social proviene de esta fuerza económica. Si no siempre poseen una superioridad económica, sin embargo con mucha frecuencia dominan la vida campesina.
Los privilegiados en el campo son los burgueses, los clérigos, los nobles exentos de pagar contribución. Estos grupos de la sociedad urbana y campesina obtienen importantes réditos de la renta de la tierra y del interés del dinero. La percepción de sus rentas agotaba la mayor parte del producto de la tierra y reducía a la indigencia y a la miseria a los pequeños y medianos campesinos.
El labrador mediano raramente poseía más de una decena de hectáreas. Con su par de caballos, acompañados con frecuencia de una yegua, labra sus tierras, ara para sus vecinos más pobres y explota algún arrendamiento que puede igualar en extensión a su propiedad. Interesantes los años buenos, estos arrendamientos constituyen, por el contrario, cargas pesadas los arios difíciles, puesto que el aumento del arriendo es constante. El conjunto de su ganado, por término medio, no alcanza proporciones importantes. Mediocres propietarios, medianos arrendatarios, apenas fueron otra cosa que modestos campesinos con un par de caballos.
La clásica clasificación del mundo campesino en obrero rural y labrador olvida a todo un grupo de campesinos bastante numeroso en algunas regiones de Francia. Estos poseían pequeñas parcelas de tierra y trabajaban otras que arrendaban, al mismo tiempo que criaban un pequeño número de animales. De esta manera podían vivir, aunque bastante pobremente. Estos campesinos, ¿eran independientes? Se puede dudar mucho que así fuera. Los más favorecidos pueden muy difícilmente — incluso los años de mejores cosechas — alimentar con pan a cinco o seis personas. Si la cosecha del ario resulta mediocre, estos campesinos no pueden alimentar a su familia. Su apariencia de independencia se limita estrictamente a los años muy buenos. En los años de mala cosecha no pueden vivir del producto de sus tierras, de la explotación de su trabajo, si no es contrayendo deudas.
Con estos grupos de campesinos hay, quizás, que relacionar a los obreros y propietarios de algunas pequeñas parcelas. Todos ellos constituían aproximadamente los dos tercios (2/3) de los campesinos. Apenas poseían una décima parte de la tierras cultivables y su situación oscilaba entre la penuria y la indigencia. Muchos de ellos debían encontrar otras ocupaciones para poder vivir. Su condición de vida no fue fácil, su nivel social fue bajo.
Los obreros del campo — jornaleros — eran frecuentemente muy pobres y de «los más miserables, se ignora casi todo». A veces se les llamaba «mendigos», aunque tuvieran residencia. Lo que se sabe con toda certeza por los registros parroquiales, es su muerte en masa cuando una epidemia pasajera o el «hambre cíclica» aparecían. Ellos constituyen con los mendigos el estrato inferior de la sociedad rural. Tributarios de empleos irregulares formaban el mayor número de pobres.
Continuamente endeudados, estos obreros del campo trabajaban en ciertas épocas de año de manera intermitente en las casas de sus acreedores. Los trabajos realizados eran banales, pero les servían para pagar sus deudas y ganar algo de dinero. Pero si la cosecha era mediocre, el precio del pan aumentaba y el trabajo disminuía. Los menos desdichados no quedaban totalmente desprovistos. Viviendo en una habitación, non siempre de su propiedad, ninguno de ellos era capaz de alimentar a su familia con el producto de las pocas áreas de tierra que poseían. Para salir de la miseria permanente, a la que sus reducidos bienes parecían condenarles, algunos se hacían obreros-granjeros. Estos mantenían a alguna oveja y una vaca, cultivaban algunas parcelas dispersas de los burgueses o pequeños trozos de un campesino ausente. Otros, intentando salir de su miseria, buscaban su independencia social y económica convirtiéndose en pequeños fabricantes de sargas o haciéndose cardadores. Esta persecución de independencia arriesgaba ser más aparente que real. En realidad permanecieron siempre obreros, reducidos prácticamente a la condición de asalariados con todas las servidumbres del paro obrero, que esta situación llevaba consigo en la época. La estructura campesina y social impedía a los obreros del campo todo esfuerzo eficaz para salir de su miseria económica y social.
Pobreza y miseria de los campesinos pobres
Con anterioridad a la política de guerra emprendida por Richelieu y continuada por Mazarino, antes de las grandes crisis del siglo XVII, incluso durante los períodos de relativa prosperidad, la mayoría de los campesinos franceses vivía muy pobremente.
Durante la guerra de Francia contra España, la corresponden- cita enviada al canciller Séguier desde todas las provincias de Francia nos presenta un pueblo demasiado cargado de impuestos y excesivamente arruinado por la brutalidad de los arrendatarios de contribuciones y por las atrocidades de los soldados. Si el pueblo francés tenía necesidad de paz y de esperanza, los campesinos, durante todo el tiempo de la guerra franco-española (1635-1659) y especialmente durante la Fronda, vieron su indigencia convertida en miseria, sus vestidos reducidos a harapos y su esperanza decepcionada.
Veinte veces más numerosos que los obreros urbanos, los campesinos pobres, convertidos en víctimas del sistema socio-político-económico de la época, vivieron en una indigencia y miseria mayor que la soportada por los obreros urbanos.
Pobres
El sentido de la palabra pobre en el siglo XVII no tiene solamente una significación económica. En sentido amplio, pobre es el que sufre, el que se encuentra en la desdicha, el afligido. En una aceptación más estricta, pobre es el que se encuentra viviendo continuamente en la «escasez», en la «necesidad», en la «penuria». Furetiére, en su Dictionnaire, da esta definición del pobre: «el que no tiene las cosas necesarias para sustentar su vida». Pobres son, en consecuencia, aquellos que están expuestos cada día a caer por debajo del mínimo vital biológico.
La definición más exacta de la palabra pobre la encontramos en J.P. Camus, obispo de Belley (1581-1652), cuando escribe: «Pobre es el que no tiene otro medio para vivir más que su trabajo». Esta relación entre pobre y mundo del trabajo, entre pauperismo y cesación de trabajo se evoca muchas veces en el siglo XVII.
En realidad el siglo XVII considera pobres a quienes están constantemente amenazados de caer fácilmente en la pobreza, dada la incertidumbre en que se encuentran todos los días de poder conseguir los medios necesarios para poder subsistir. Ello indica, y en definitiva explica, que el siglo XVII llama pobres a quienes están acechados cada día por la pobreza y, al más mínimo incidente de la coyuntura histórica (mala cosecha, crisis agrícola, que desencadena siempre una crisis textil y manufacturera, en definitiva una crisis económica y social con todas las consecuencia que implica) se encuentran acosados, a veces incluso, apuñalados por ella. El mundo de los pobres es el de la necesidad, el de la ausencia de reservas, especialmente de reservas alimenticias; es el mundo condenado a vivir en la obsesión de poder conseguir el pan de cada día.
Si es difícil y sutil determinar las variaciones del umbral de la pobreza, y de esta manera poder catalogar a los pobres, sus consecuencias son, por el contrario, muy claras. La más inmediata consiste en forzar a la mendicidad a la mayoría de la clase humilde. Pienso en todos esos campesinos y obreros del campo y de la ciudad, a quienes los contra-golpes de la coyuntura histórica precipitan por debajo del límite del umbral de la pobreza. Todos ellos se convierten momentánea o definitivamente en mendigos y con frecuencia en errantes. Estos desarraigados son siempre muy numerosos en las ciudades y en los caminos, sobre todo en momentos de crisis agrícola, textil y manufacturera.
El mundo de los pobres es, en definitiva, el mundo de la dependencia en razón de su ignorancia y de su endeudamiento endémico con los «poderosos», los «burgueses» que intenta llegar por todos los medios a su alcance a «la conquista de la tierra». De la pobreza a la mendicidad la diferencia sólo es degrado, no de naturaleza: esta idea parece esencial en el estudio de la realidad social del siglo XVII. La prueba se encuentra en que la mendicidad, concebida como un recurso casi ordinario de las clases humildes, es un rasgo característico de la estructura social de la Francia del tiempo de Vicente de Paúl.
Mendigos
El vocabulario empleado, para definir a los mendigos, no es sólo revelador de la estructura mental de la sociedad, sino sumamente significativo de la historia social. El mendigo es el que no puede ganarse la vida y se ve obligado a recurrir a la ayuda de los demás para poder subsistir. Ello significa que ha caído en el mundo de la pobreza y que no puede salir de ella. Por eso el único recurso normal de su existencia es dedicarse a la mendicidad. J.P. Camus es, quizás, quien de nuevo nos da la definición más exacta del término mendigo en la primera mitad del siglo XVII: al pobre «que no tiene otro recurso más que su trabajo para mantener su vida», opone el mendigo, «que no sólo se encuentra privado de todo recurso, sino reducido a tal grado de miseria, que no puede ganarse la vida por su trabajo, incluso aunque lo desee, bien porque está impedido por dolencia o enfermedad, bien por falta de empleo aún cuando esté en plena salud y tenga capacidad suficiente, si se le empleara en el trabajo». En esta sociedad estratificada en «órdenes» jerarquizados en «estados», los mendigos en buena salud se encuentran en lo más bajo de la escala social.
Para reaccionar contra la política social de la monarquía administrativa y por un instinto de sana vitalidad, los grupos de mendigos se convierten a veces en una banda numerosa. Estas bandas cobijan tanto la mendicidad como forma de acción, como el bandolerismo de los truhanes. La mendicidad encubre entonces la actividad de vulgares criminales y se practica a gran escala. Estas asociaciones criminales se desarrollan en gran parte de Francia, sobre todo inmediatamente después de la dispersión de numerosas compañías de soldados o de licenciamiento de personas a quienes alimentaba la guerra o a quienes vivían de ella como parásitos. Las autoridades llegan a sospechar con fundamento que el mundo de los mendigos dispone de una organización interna. La opinión más corrientemente extendida es que esta organización está estructurada según el modelo de los bandidos. Se requiere señalar que todos los mendigos no eran, ni mucho menos, disimuladores de enfermedades o/y criminales. Sin embargo la ociosidad es en sí misma, desde el siglo XVI — en razón de las ideas humanistas y mercantilistas — un crimen, ya que lleva en ella, según la sabiduría popular, el germen del crimen: «La mendicidad es escuela de toda maldad». Este simple hecho es suficiente con frecuencia para que la colectividad trate a los mendigos, en su conjunto, como criminales, engañadores y perezosos.
Vagabundos, desalmados
El término vagabundo se precisa lentamente a través del siglo XVII a medida y ritmo que el vagabundeo se convierte en delito. Al ser definido por los juristas con mayor precisión, el término adquiere su sentido preciso. Para el jurista Simon, que escribe en 1642, el «vagabundo es el que ha abandonado su domicilio y el lugar de su residencia para robar y vivir del bandidaje y, como se dice, vagar de un lugar a otro, perezoso y más inclinado a hacer el mal que el bien, lo que va contra las buenas costumbres y por eso la ley le persigue y le hace perder el privilegio de su residencia». Un edicto de 1656, referente a la seguridad ciudadana de París, define con mayor precisión al vagabundo: «Serán declarados vagabundos y desalmados («gens sans aveu») quienes no tengan ninguna profesión ni oficio ni bienes para subsistir; quienes no puedan hacer certificar su vida honrada y sus buenas costumbres por personas honradas, conocidas y dignas de fe y que sean de condición honorable».
En la definición del vagabundo aparece la expresión de desalmado. El término es muy significativo en la semántica de la pobreza: muestra que la sociedad francesa de esta época sitúa a todo un grupo de pobres al margen de la sociedad. El pobre y el mendigo forman parte, con frecuencia, de la sociedad. Al vagabundo, por el contrario, se le define por su ausencia de vínculos sociales: no tiene domicilio. No se puede olvidar que el vagabundeo es un delito. La reprobación de la ausencia de domicilio crece hasta el final de siglo XVII, cuando se llega a hacer del vagabundo igual a desalmado.
El desalmado («gens sans aveu») es aquel a quien nadie quiere reconocer como suyo, aquel de quien ningún hombre digno de fe se quiere presentar como garante. No tener la garantía de nadie, equivale a estar al margen de la sociedad, a no pertenecer a ninguna estructura corporativa. Ello es grave en una sociedad donde «clientela» y «corporación» constituyen los vínculos sociales. Si se atilde que los vagabundos y, a veces, algunos mendigos viven voluntariamente al margen de la sociedad, es decir, «sin someterse a las reglas de la religión y de la razón», se puede imaginar su estatuto social. Porque todos ellos constituyen un peligro social para el orden público, ya que su vida se presenta como anormal, es decir, no respetan las normas vigentes en la sociedad; porque violan la eminente dignidad del orden colectivo, se les margina de la sociedad, al mismo tiempo que les busca la policía y los poderes judiciales les condenan.
Los documentos, que nos informan acerca de los vagabundos, los proporcionan los registros judiciales, parroquiales, hospitalarios.
Estos registros nos ayudan a precisar su silueta. En la proporción de dos tercios (2/3) son hombres, cuya edad oscila entre los 15 y 50 años. Entre ellos se encuentran errantes, que mendigan exhibiendo úlceras, heridas o enfermedades perfectamente imitadas, vagando de un lugar a otro en busca de un trabajo hipotético. Otros tipos de vagabundos, mejor caracterizados, se encuentran entre maestros de escritura, maestros de escuela, músicos de paso, falsos peregrinos, quienes «bajo pretexto de piedad» mendigan de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de región en región, clérigos errantes, sacerdotes de paso. Una tercera categoría la constituyen los gitanos. En algunas épocas la sociedad militar proporciona, más exactamente habría que decir restituye, otro tipo de vagabundos. Se trata de esa laya de buscones que siguen a la tropa, entre mendicantes, vagabundos e insinuantes; de esta partida de paisanos, pordioseros y ganapanes, cobardemente a recaudo de las botas militares, ávidos del momento del saqueo después de la ocupación de la plaza. Después de desertar o de ser licenciados en masa durante la campaña de invierno asedian y devastan la campiña.
El mayor número de vagabundos, sin embargo, lo forman jornaleros agrícolas y pequeños campesinos. En un siglo donde el impuesto fiscal es de repartición, la miseria y la huida de unos puede tener efectos acumulativos. Quienes han resistido durante algún tiempo, después de haberse sublevado en masa contra las aplastantes cargas fiscales y ser aplastados, terminan, al verse sobrecargados de impuestos, por abandonar su hogar y sus tierras. Especialmente lo hacen cuando los soldados queman los pueblos o se llevan la cosecha. En la Francia de Vicente de Paúl, crisis económicas y fuertes cargas fiscales, sin olvidar la política del gobierno que se instala en la guerra y en el despilfarro, tienen una influencia directa en la errancia y el vagabundeo. La «conquista de la tierra», emprendida por unos cuantos acaparadores burgueses, obliga a los pequeños campesinos, endeudados con estos acreedores, a vender sus tierras y a abandonar sus hogares. El único medio de subsistir para estos campesinos es lanzarse a los grandes caminos y unirse a los grupos de mendigos, vagabundos y truhanes, organizados para vivir de robos, saqueos, limosnas arrancadas por amenazas y por la violencia.
Actitudes y comportamientos ante los pobres
Las actitudes mentales y sociales de los hombres y de la sociedad del siglo XVII en relación con los pobres olvidan a veces, y otras perciben, la conciliación paradójica del escándalo de la miseria vivida — pobreza real — y la estima espiritual de la pobreza — virtud que introduce en la vida cristiana. Desdichadamente en sus actitudes y comportamientos los individuos y la sociedad del tiempo de Vicente de Paúl disocian con frecuencia la pobreza — como noción espiritual y realidad psicológica — del contexto económico-social. De ahí la contradicción de esta sociedad entre la proclamación de «la eminente dignidad de los pobres» y la decisión por decreto real del «encerramiento de los pobres». Semejante contradicción se arraiga en haber ido sustituyendo los criterios evangélicos de servicio a los pobres por los del mercantilismo de la época, orientados a crear una economía nacional y por criterios morales y religiosos de matiz represivo y moralizador, encaminados a «reglar» y «gobernar» la vida de los pobres que viven al margen de toda regla social y religiosa. Estos criterios y estas actitudes explican el que algunas obras y actividades caritativas de neto matiz evangélico en beneficio de los pobres se convirtieran en operaciones represivas, cobraran un aire de control policial y provocaran el «encerramiento de los pobres» en el Hospital general. Encerramiento decretado por un edicto real del 27 de abril de 1656.
El edicto fija y determina la organización temporal y espiritual del hospital. La ejecución de este edicto es asegurada con celo por una compañía de arqueros. Se sabe perfectamente que el procedimiento es poco apreciado por Vicente de Paúl, que lo juzga no solamente imposible sino inhumano.
En realidad el Hospital general constituye un lugar inhumano, al ser un mundo cerrado, un mundo separado. Esta separación significa que los pobres son considerados como elementos asociales. Y como a tales se les encierra como a otros asociales: prostitutas, dementes, hijos pródigos. Todos los que viven en contradicción con el buen orden o que se dedican a «actividades criminales» o vergonzosas, creando un peligro para el sistema colectivo, forman una población de marginados a quienes hay que encerrar. Los pobres pertenecen a ese mundo. Se les encierra para castigarles, corregirles, preparar su integración en la sociedad, obligarles a trabajar y a cumplir las normas de la Iglesia.
La vida perezosa o/y viciosa que llevan vagabundos y mendigos ¿puede justificar el carácter represivo de esta legislación que concierne tanto a vagabundos y mendigos como a pobres y necesitados reducidos a la miseria por el paro o la carestía? Los textos legislativos, lo mismo que los partidarios del encerramiento de los pobres, olvidan analizar las causas del pauperismo. Semejante olvido impide distinguir a los unos de los otros. La consecuencia de esta falta de análisis es grave: la condenación, al mismo tiempo y sin ninguna distinción del campesino, del obrero, del artesano empobrecidos por las crisis económico-sociales, y del mendigo y vagabundo que hacen de la mendicidad y del robo un oficio, un medio de vida. El Estado centralista o absolutista ignora o afecta ignorar que a efectos económico-sociales hay que responder con causas del mismo género y no con medidas moralizadoras y opresivas. No se trata de mantener la buena conciencia de parlamentarios y burgueses, sino de solucionar la situación económica de la parte más inferior de la sociedad. La abstracción de la cultura y el rigorismo moral de la época clásica tienen su influencia y significación en la decisión real del encerramiento de los pobres.
Esta voluntad de encerrar a los pobres está sostenida por razones de hecho y por un movimiento de ideas. Pero al mismo tiempo la aplicación de esta legislación rigurosa del decreto real suscita oposiciones y resistencias en una parte de la opinión pública. Entre otros, y de manera más sensible y concreta, se encuentran la gente sencilla y muchos espíritus lúcidos y evangélicos. Vicente de Paúl es uno de ellos. El prefiere exclamar y clamar: «Los pobres que no saben adónde ir ni qué hacer, que sufren y que se multiplican todos los días constituyen mi peso y mi dolor». Por haber escuchado el clamor de estos pobres, por haber comprendido que la causa de los pobres es la Causa de Dios, por haber comprometido y arriesgado su vida y haberla entregado a Dios hasta llegar a consumirla en el servicio de estos desdichados, estas miserias ambulantes, estos pobres se lo agradecieron e hicieron de él un servicio humanamente grande y cristianamente santo. Pero de todo esto serán otros quienes les hablen.






