En tiempo de los Fundadores: los Reglamentos

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de Paúl, Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1984 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1984.
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Sólo unos meses después de la fundación de la Compañía, el 31 de julio de 1634, Vicente de Paul explicaba a las doce Hermanas que le rodeaban:

«Mis buenas hijas: el último día en que os hablé, os decía que hace ya algún tiempo que estáis reunidas para vivir un mismo designio, y que, sin embargo, todavía no habéis tenido ningún reglamento que or­dene vuestra manera de vivir. La Divina Providencia os ha conducido en esto como condujo a su pueblo, que, desde la Creación, estuvo más de mil años sin ley».

 El primer reglamento de 1634

En esta conferencia, la primera que ha llegado hasta nosotras conservada por Luisa de Marillac, Vicente de Paul da a las Hermanas unos puntos de refe­rencia para vivir con perfección su vida de Hijas de la Caridad, para «honrar el de­signio de Dios» y para cumplir la misión confiada a la Compañía.

Comprende un horario detallado de la jornada. San Vicente va motivando cada una de las acciones a partir de la finalidad de la Compañía: el ser­vicio a Dios en los Pobres:

«Servir a los Pobres es ir a Dios.» «Debéis mirar a Dios en sus personas.»

Propone unos medios concretos para que las Hermanas puedan vivir esta vocación a la que han sido llamadas:

  1. La oración para pedir a Dios «que os dé la voluntad de hacer todas vuestras acciones por su santísimo amor».
  2. Una gran cordialidad y unión porque «el edificio no se sosten­drá sino a condición de que os ayudéis tinas a otras.»
  3. La ascesis, el desprendimiento «de forma que solamente seáis para Dios. Hay que despojarse de todo y no tener nada propio».
  4. El dar cuenta: «Que todas vosotras deis cuenta todos los meses a la que está habitualmente encargada de vosotras.»

Para terminar la Conferencia, San Vicente bendijo a las Hermanas y pidió a Dios:

«Que la bondad de Dios quiera imprimir de tal forma en vuestros corazones lo que yo, miserable pecador, acabo de deciros de parte suya, que podáis siempre acordaros de ello para practicarlo, y ser de esta forma verdaderamente Hijas de la Caridad. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.»

El reglamento de Angers

En diciembre de 1639, Luisa de Marillac acompañó a tres Hijas de la Cari­dad a Angers. Muy pronto se les unieron otras seis.

Para esta comunidad alejada de París, Vicente de Paul y la Señorita habían preparado, después de minuciosa reflexión, un reglamento. El autógrafo de puño y letra de Vicente contiene numerosas correcciones, añadidos, tachaduras. Los Fundadores deseaban que este reglamento fuese un «proyecto de vida» para las Hermanas del Hospital de Angers, al que pudieran acudir como punto de re­ferencia.

1.° Finalidad de la misión en Angers: Servir a Nuestro Señor en sus miembros.

Las Hijas de la Caridad de los pobres enfermos van a Angers para honrar a Nuestro Señor, Padre de los Pobres, y a su Santa Madre, para asistir a los pobres enfermos del Hospital (Hotel-Dieu) de dicha Ciudad, corporal y espiritualmente: corporalmente, sirviéndoles y pro­porcionándoles el alimento y los medicamentos; y espiritualmente, instruyendo a los enfermos en las cosas necesarias para la salva­ción, y procurando que hagan una buena confesión general de toda su vida pasada, a fin de que, por este medio, los que mueran salgan de este mundo en buen estado, y los que se curen hagan propósito de no ofender más a Dios.

2.º Una prioridad misionera: La Caridad.

Lo primero que Nuestro Señor les pide es que le amen sobre todas las cosas y que hagan todas sus acciones por amor a El; y lo segundo que se quieran entre sí como Hermanas que El ha unido con el vínculo de su Amor, y a los pobres enfermos, como a señores suyos, ya que Nuestro Señor está en ellos y ellos en Nuestro Señor.

3.° Unas actitudes evangélicas.

a) Acción de gracias a Dios.

Se mostrarán infinitamente agradecidas a la merced de haber sido sacadas de entre las jóvenes y viudas de condición humilde, y llama­das por Dios a un estado divino en el que reyes y reinas han busca­do y encontrado su santificación.

b) Humildad.

Se esforzarán en despreciar lo que el mundo estima, y estimarán lo que el mundo desprecia, por amor a Jesucristo, que nos ha dado ejemplo de ello; para eso, cada una buscará el desprecio y se mor­tificará en todas las cosas, prefiriendo las ocupaciones viles y ab­yectas por encima de las honrosas, manteniéndose firme contra to­das las tentaciones que le vengan en contra.

c) Ascesis.

Renunciarán a los afectos carnales de sus padres y de su tierra y los transformarán en espirituales, según el consejo de Nuestro Señor, que nos dice que no podemos ser sus discípulos si no aborrecemos a nuestro padre y a nuestra madre, y que ningún profeta carece de honor, a no ser en su propia tierra.

Se mostrarán fieles a la observancia de su reglamento, a la forma de vivir propia de su Compañía, y a la adquisición de las virtu­des sólidas, especialmente a tener una pura intención de agradar a Dios y de preferir la muerte antes que disgustarle; para ello traba­jarán incesantemente en la renuncia a su propia voluntad.

4.° Unos medios concretos de acción (estilo de vida).

a) La Pobreza.

Guardarán con exactitud la pobreza, como un medio que debe conservarlas en su vocación, con la ayuda de Dios; para ello cada una escogerá siempre para sí lo que sea más pobre; no tendrán dinero ni ninguna otra cosa en particular o en ningún otro sitio; cuidarán de los bienes de los Pobres como si fueran de Dios; no recibirán ni darán nada como regalo; para vivir, vestir y dormir se contentarán con lo que se les dé; en resumen, se acordarán de que han nacido pobres, de que de­ben vivir como pobres, por amor al Pobre de los pobres, Jesucristo Nuestro Señor, y de que en calidad de tales deben ser extremada­mente humildes y respetuosas para con todo el mundo, manteniendo la vista baja cuando hablen con alguna persona.

b) La castidad.

Tomarán todas las precauciones imaginables para conservar la castidad, y guardarán sus sentidos exteriores e interiores; no hablarán a solas con los hombres, ni siquiera con los sacer­dotes o los religiosos de la casa; guardarán siempre la pobreza en su hábito y en su tocado.

c) La obediencia.

Obedecerán a sus Superiores de esta ciudad de París en lo que se refiere a la disciplina y conducta interior, y a los señores administradores en lo exterior, que se refiere a las normas del hospital sobre la asistencia a los Pobres, y a la Superiora de entre ellas para la ejecución de dichos regla­mentos, y en general en todo lo que les ordene; su obediencia será pronta, alegre, completa, constante, perseverante en todo, y con sumisión de su propio juicio y voluntad, estimando siempre que lo que se les ordena es lo mejor; ninguna hablará, escri­birá o recibirá cartas más que por orden de la superiora, a no ser a su superior.

d) La revisión de vida personal y comunitaria. Se sentirán contentas de que se avise a su superiora de todas las faltas que en ellas hayan visto, toda las noches dirán las faltas que hayan cometido durante el día, y esto, sencillamente, con humildad y franqueza. recibiendo la penitencia que la superiora les imponga.

e) La vida espiritual.

Se confesarán y comulgarán todos los domingos; oirán Misa todos los días; tendrán medía hora de oración por la mañana y otra media por la tarde; harán un breve examen antes de comer sobre la virtud que se hayan propuesto adquirir y el examen general por la noche; leerán todos los días un capítulo de la lectura espiritual que se les ordene, además de lo que se lea durante las comidas.

Sigue el orden del día. Ver Síg. X, p. 682.

Conclusión: Caminarán en la presencia de Dios.

Y para que Dios tenga a bien concederles la gracia de cumplir todas estas cosas, se la pedirán con frecuencia, se confesarán y comulgarán por esta intención; caminarán en la presencia de Dios; tomarán como patronos e intercesores delante de Dios a la Santísima Virgen, a San José, a San Luis, a Santa Genoveva, a Santa Margarita Reina, a San Juan Evangelista, patrono del hospital…

Y finalmente considerarán la felicidad de su condición: cómo sirven a Nuestro Señor en la persona de los Pobres, cómo El reconocerá que es a El a quien sirven en la persona de sus pobres enfermos, y cómo ellas podrán ir con la cabeza muy alta en el día del juicio, cómo cum­plen enteramente la ley de Dios haciendo lo que hacen, y cómo, final­mente, estarán siempre en Dios, y Dios en ellas, mientras permanez­can en caridad.

Los diversos reglamentos

Ya el 19 de julio de 1640, Vicente de Paul hacía notar la necesidad de tener reglamentos adaptados a los diversos lugares en los que las Hermanas servían a los Pobres:

«Ved hijas mías, cuán grande es el plan de Dios sobre vosotras y la gracia que os concede al permitiros servir ya a una tan grande cantidad de Pobres y en tan diversos lugares. Esto exige diversas cla­ses de reglamentos. Las Hermanas de Angers tienen el suyo; se necesitará uno para las que sirven a los pobrecitos niños, otro para las que sirven a los Pobres del Hospital General (Hátel-Dieu), otro para las que sirven a los Pobres de las Parroquias, otro para las de los pobres galeotes, y también otro para las que se quedan en la Casa, a la que tenéis que mirar y amar como la de vuestra familia. Y todas estas reglas tienen que trazarse sobre la regla general.» (Conf. Esp. núm. 46.)

La redacción de los reglamentos iba a hacerse poco a poco, lentamente, con prudencia, teniendo en cuenta la experiencia de la vida. En la correspondencia entre ambos Fundadores encontramos primero cómo va tomando forma el regla­mento para las Hermanas de los Niños Expósitos (Cf. C. II, 114; Síg. II, 96). Parece que es Santa Luisa quien lo redacta y San Vicente quien lo corrige.

Después irán llegando los reglamentos para las Hermanas del Hospital Ge­neral (Hótel-Dieu), las de los galeotes, las de la Casa Madre. Luisa de Marillac presenta a Vicente sus observaciones, por escrito (cf. Escritos. Ed. 1983, p. 731 y siguientes).

Una Hermana expresa su deseo de tener el Reglamento para las Hermanas de las Parroquias. «Nuestro Muy Honorable Padre no había podido resolverse todavía a redactarlo por escrito», observa Santa Luisa, el 14 de junio de 1643. Sin embargo, posiblemente a instancias suyas, en aquella misma fecha San Vi­cente presenta las Reglas Comunes.

Cada vez que envía en Misión a un nuevo grupo de Hermanas se hace nece­sario un Reglamento especial, adaptado a los lugares y al servicio en cuestión. Tal es el caso de Chantilly, Le Mans…

Terminada la redacción de las Reglas Comunes, Vicente de Paúl repite la necesidad de las particulares:

«Y estas son vuestras reglas comunes, esto es, las que todas tienen que guardar. Son comunes a todas; además hay otras reglas particu­lares para las Hermanas que están en las Parroquias de París y para las Hermanas que viven en las aldeas, otras para las que son maes­tras de escuela, porque se trata de ocupaciones particulares.» (Conf. Esp. núm. 2264.)

Las reglas particulares de las Hermanas de las parroquias

En las Conferencias de agosto a noviembre de 1659, San Vicente explicó las Reglas particulares de las Hermanas de las Parroquias. Es indudable que su in­tención era seguir explicando las demás: las de Hermanas de las Aldeas, las de las Maestras de Escuela, las de la Casa Madre… Pero le faltó tiempo para ello. En 1660 dedicó dos Conferencias a las virtudes de Luisa de Marillac, la tercera tuvo como fin la elección de las «Oficialas».

A la lectura y comentario de estas Reglas particulares de las Hermanas de las Parroquias dedicó San Vicente cuatro Conferencias. (C. X., 659-692. Conf. Esp. nn. 2265-2314.)

1.° Una mirada dirigida a la realidad.

Las Hermanas de las parroquias se hallan la mayor parte del tiempo fuera de casa, en medio del mundo, a menudo solas:

1.° «Tendrán presente que, como sus empleos las obligan a estar la mayor parte del tiempo fuera de casa y en medio del mundo, y aun a menudo solas, necesitan mayor perfección que las que están em­pleadas en los hospitales o en otros sitios semejantes, de donde no salen sino raras veces.» (Conf. Esp. núm. 2265.)

2.° Como orientación de vida: una gran perfección.

La vida consagrada vivida en medio del mundo requiere una gran perfección. Un mismo amor habrá de animar y orientar su contemplación y su acción. La Hija de la Caridad se ha entregado por completo a Dios para servirle en los Pobres.

«… por eso se aplicarán con esmero a perfeccionarse por medio de una observancia más estricta de sus reglamentos, sobre todo de los que les afectan más especialmente, como son los siguientes.» (Conf. Esp. 2265.)

2.° Considerarán que no se hallan en una religión, ya que este estado no conviene a los servicios de su vocación. Sin embargo, como quiera que se ven más expuestas a las ocasiones de pecado que las religiosas obligadas a guardar clausura, puesto que tienen por monasterio las casas de los enfermos y aquella en que reside la Superiora, por celda un cuarto de alquiler, por capilla la igle­sia de la Parroquia, por claustro las calles de la ciudad, por clausura la obediencia, sin que tengan que ir a otra parte más que a las casas de los enfermos o a los lugares necesarios para su servicio, por rejas el temor de Dios, por velo la santa modestia, y no hacen otra profesión para asegurar su vocación más que esa confianza continua que tienen en la Divina Providencia, y el ofrecimiento que le hacen de todo lo que son y de su ser­vicio en la persona de los Pobres, por todas estas consideracio­nes deben tener tanta o más virtud que si fueran profesas en una orden religiosa; por eso, procurarán portarse en todos esos lugares por lo menos con tanta modestia, recogimiento y edifica­ción como las verdaderas religiosas en su convento. (Conf. Esp. 2270.)

Para vivir esta perfección, San Vicente propone a las Hermanas de las pa­rroquias cuatro medios principales:

  • La humildad,
  • la obediencia,
  • la ascesis,
  • la castidad.

«Para llegar a ello es menester que se afanen en la adquisi­ción de las virtudes que les ordena su reglamento, especialmente una profunda humildad, una perfecta obediencia y un gran des­pego de las criaturas, y que tomen todas las precauciones posi­bles para conservar perfectamente la castidad de cuerpo y de corazón.»

3.° Una prioridad misionera: la asistencia espiritual a los enfermos.

3.° «Pensarán a menudo en el fin principal para que Dios las ha enviado a la parroquia donde están, que es para servir a los pobres enfermos, no sólo corporalmente, administrándoles el ali­mento y las medicinas, sino espiritualmente, procurando que re­ciban dignamente y a tiempo todos los sacramentos, de suerte que los que están en peligro de muerte salgan en buen estado de este mundo, y los que hayan de sanar tomen la firme reso­lución de vivir bien en adelante.»

4.º «Y para mejor procurarles este socorro espiritual, se dedicarán a ello en la medida de sus posibilidades y del poco tiempo del que disponen y según lo requieran la calidad y la disposición de los enfermos. Pues bien, el socorro que procurarán darles será principalmente consolarlos, animarlos e instruirlos en las cosas necesarias para la salvación, haciéndoles formular actos de fe, esperanza y caridad hacia Dios y hacia el prójimo, de contrición de sus pecados, de reconciliación con sus enemigos, pidiendo perdón a los que hayan ofendido, de conformidad con la volun­tad de Dios, sea para sufrir, sea para morir, sea para sanar, sea para vivir, y otros actos semejante; pero no todos de una vez, sino algunos cada día y muy brevemente, por temor a cansar­les.» (Conf. Esp. n.° 2281.)

Prioridad que no excluye el servicio corporal:

8.° Por temor a que estos servicios espirituales perjudiquen a los corporales, que deben prestar a los enfermos, como sucedería si por detenerse en hablar mucho con uno de ellos, hiciesen su­frir a los demás, por no llevarles a tiempo el alimento o las me­dicinas, procurarán tomar para esto sus medidas, ordenando los ejercicios y tiempos según que el número y la necesidad de los enfermos sea mayor o menor. Y como sus ocupaciones de la tarde no son tan grandes ni tan urgentes como las de la mañana, ocuparán de ordinario ese tiempo en instruirles o exhortarles en la forma señalada, particularmente cuando les llevan los re­medios. (Conf. Esp. 2286.)

4.° Una actitud evangélica: la actitud de sierva.

La Hija de la Caridad es una sirvienta humilde, afable, respetuosa. El servicio que presta al enfermo, miembro de Jesucristo, lo dirige a su Señor.

12.° «Aunque no deben ser demasiado fáciles ni demasiado con­descendientes con los enfermos, cuando éstos se nieguen a to­mar las medicinas, o sean muy insolentes, con todo, se guar­darán bien de tratarlos con aspereza o despreciarlos; al con­trario, los tratarán con respeto y humildad, acordándose de que la rudeza o desprecio con que los traten se dirigen a Nuestro Señor, del mismo modo que el honor y servicio que puedan pres­tarles.» (Conf. Esp. n.° 2298.)

Si hacemos una rápida comparación entre el Reglamento de Angers y los Reglamentos Particulares para las Hermanas de las Parroquias, veremos cómo San Vicente y Santa Luisa se propusieron ayudar a las primeras Hijas de la Caridad a que vivieran su misión particular.

Entre ambos Reglamentos aparecen puntos de convergencia. Por ejemplo, los Fundadores insisten, tanto en uno como en el otro, en la humildad, la as­cesis, la castidad.

Pero ponen de relieve aspectos particulares:

Tratándose de la Comunidad que vive en el hospital, los Fundadores señalan la importancia de la vida fraterna en común, insistiendo en la revisión de vida personal y comunitaria. Especifican también los diversos aspectos de la obediencia, porque las Hermanas están en relación frecuente con los Administradores, médicos, señoras.

Tratándose de la Comunidad que vive en la parroquia, los Fundadores insis­ten mucho sobre la importancia de la perfección personal, ya que para servir a los Pobres las Hermanas han de ir por todas partes. También ponen de relieve el valor del servicio espiritual, aunque la prioridad dada a la evangelización no sea exclusiva de ellas.

Tanto en uno como en otro Reglamento la identidad de la Hija de la Caridad queda perfectamente destacada: «Totalmente entregada a Dios para servirle en sus miembros dolientes.»

Vicente de Paúl en sus Conferencias, y la Señorita en sus cartas, procla­man con frecuencia la importancia de la fidelidad al reglamento. De esa fideli­dad depende tanto el mantenimiento del servicio a los Pobres, como el porvenir de la Compañía.

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