En respuesta a tu llamada: Llamada a la Comunidad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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LLAMADA A LA COMUNIDAD

VOCACION

Es un hecho innegable que mientras se aprecia un claro descenso en el termómetro de las vocaciones, experimenta una subida alarmante el de las deserciones. De modo intermitente van entrando pequeños grupos de hombres y mujeres en la sala de espera; en cambio, a la puerta de salida se aglomera una masa espesa e impaciente. Se ‘está verificando una tala formidable en el bloque secular del estado sacerdotal y religio­so. El reclutamiento tropieza cada día con mayores dificultades y guarda una evidente desproporción con el crecimiento de la población mun­dial y con las necesidades sociales.

Una tras otra se van cerrando casas que eran colmenas de espiri­tualidad y centrales de apostolado. Muchas de las que aún quedan en pie disponen de amplias estancias, de salas espaciosas, pero vacías, o poco menos. Los aspirantes llegan en escaso número, como si acaba­ran de salir de una dura prueba eliminatoria o hubieran tenido que sal­var una impresionante carrera de obstáculos. La fuga, por el contrario va adquiriendo proporciones de desbandada general. Es una verdadera hemorragia de vocaciones lo que está sufriendo la Iglesia.

A la vista de este fenómeno hay quien afirma que la vida consa­grada está entrando en fase de extinción. Sin embargo, los que no po­demos compartir este aserto nos preguntamos angustiados: ¿Es que la vitalidad de la Iglesia está disminuyendo? ¿Que sus fuerzas vivas se debilitan? ¿Que su gloria se marchita? ¿Qué su parte más noble y selec­ta se vulgariza? ¿Que su maternidad espiritual va quedando, en parte, infecunda…? Es significativo que las menos afectadas sean las con­gregaciones misioneras y las órdenes contemplativas. Esto quiere decir que el ideal del heroísmo cristiano sigue atrayendo todavía a la juventud entusiasta. Por el contrario, las vocaciones para los sectores docente, benéfico y sanitario se baten en retirada dejando gradualmente sus pues­tos al personal seglar especializado. Por otra parte, mientras se abren con menos frecuencia las puertas de las familias religiosas tradicionales, las de los Institutos ‘seculares permanecen abiertas ante la notoria afluen­cia de candidatos que eligen esta forma de vida consagrada por consi­derarla más ágil, flexible y funcional; claro indicio del estilo de vida re­ligiosa adonde apuntan los gustos, las inclinaciones y las preferencias de un gran sector del catolicismo moderno.

Es gravemente sistemático el retroceso de las vocaciones en cada uno de los tres aspectos en que la podemos considerar: en el orden cuantitativo porque su número decrece a ojos vistas; en el orden cualita­tivo porque muchos de los que se deciden a pasar el Rubicón de los obs­táculos que les sale al paso, carecen de resistencia moral para defender sus posiciones y se van; y en el orden afectivo porque la vocación reli­giosa es una moneda depreciada y despreciada por el mundo cristiano de hoy. Ninguno de los tres aspectos es ciertamente desdeñable.

Dios sigue llamando. La palabra de Cristo que invita a seguirle continúa resonando hoy sobre el asfalto de la ciudad lo mismo que ayer junto al lago de Tiberiades. Su voz no ha perdido el poder de atracción que subyugaba las voluntades. Ahora, como entonces, su llamada es una chispa que salta, chisporrotea y enciende energías dormidas. Yo diría que hoy llama con más frecuencia y con más insistencia que nunca, porque la tierra está superpoblada y se han multiplicado las necesidades de la Iglesia y del mundo. ¿Por qué no encuentra su voz más a menudo una respuesta valiente? ¿Por qué cae en el olvido o en la indiferencia, si es que no se pierde totalmente en el vacío…?

CAUSAS: La sociedad actual no es la mejor tierra de cultivo para las vocaciones. Es una sociedad materialista. Su léxico y su programa se condensan en estas palabras: bienestar, comodidad, dinero, pro­ducción y bienes de consumo. Sólo se cotiza lo tangible. Lo tras­cendente carece de sentido.

Es una sociedad hedonista. El placer está desplazando al deber. Los que hablan de sacrificio y de renuncia son unos aguafiestas. Su radiografía moral da este resultado: frivolidad, diversión, goce, erotismo, droga y sexo. Cualquier vocación naciente queda ahogada entre bocanadas de aire sucio, contaminado e irrespirable.

Es una sociedad egoísta. En el teatro de la vida contemporánea el egoísmo es el único apuntador. Cada uno vive encerrado en sí mismo, como el crustáceo en su caparazón. El hombre que se cruce en el cami­no de su ambición es un enemigo que hay que suprimir, aunque, por la fuerza de la costumbre, por educación y por ciertas reminiscencias cristia­nas que aún flotan en el ambiente, se le llame hermano. El engaño, la as­tucia, la mentira, la explotación, la injusticia, la violencia, el robo, el crimen y la guerra son las armas que utiliza contra su hermano el Caín de nuestros días. En un mundo donde está establecido el culto univer­sal del yo es muy arriesgada la supervivencia de la vocación que es, por definición, la perpetua búsqueda y descubrimiento del tú.

Es una sociedad naturalista. El sentido del mundo es inmensa­mente atrayente. El concepto intramundano y profano del hombre es más encantador que nunca. Por haberse desorbitado la teología de la Encarnación, el ideal cristiano se cifra más en la humanización de lo divino que en la divinización de lo humano. En esta atmósfera de hu­manismo extremado se enjuician muy duramente el desprendimiento de los bienes temporales, la renuncia al amor, la cesión de la libertad.

Es una sociedad racionalista. La razón humana que piensa fría­mente en la vocación la encuentra absurda, extraña, sin sentido. Con la mejor intención se la juzga una insensatez, un desvarío y una extra­vagancia. El caso es que, de tejas abajo, los que así piensan tienen razón. La vida religiosa no es nada razonable. «Creíamos que su vida era una locura», exclamarán, refiriéndose a los santos, los que en el día del Juicio estén a la izquierda de Cristo. La razón humana opone argu­mentos incontestables a las exigencias de los consejos evangélicos. Sólo el sentido profundo de la fe puede acallar esas razones; sólo la sabiduría de la cruz puede pulverizar todas las objeciones que se le arrojen; sólo las razones sobrenaturales pueden inspirar y justificar una vida crucificada, como es la vida religiosa.

Los mismos cristianos o no la comprenden en absoluto o la com­prenden mal. Esto se ha hecho patente en todas las encuestas o sondeos de opinión que se han organizado sobre el asunto. Todos se andan por las ramas, sin llegar a la raíz. Nadie roza siquiera el meollo de la cuestión. Y no es que esté mal que se indague la opinión que de los religiosos tienen los hombres de hoy, ajenos a su vida, pero interesados de algún modo por ella. Esta exploración o consulta pública es una ayuda posi­tiva en cuanto puede orientar acerca de la eficacia o ineficacia de los métodos de acercamiento a ellos. Pero el parecer de los seglares, aunque resultara uniforme, unánime, no es el que tiene que prevalecer a la hora de decidir lo que han de ser los religiosos, dónde está la razón de su exis­tencia, cómo tienen que vivir su consagración según el Evangelio. El cri­terio de los que no han sido llamados no dictamina ni sentencia sobre el ser o no ser de los elegidos por Dios. Jesucristo ya ha calificado el criterio del mundo: está desprovisto de verdad porque es imposible que enfoque la vocación como es debido. «No todos entienden ésto, sino aquellos a quienes se ha concedido esta gracia…» Por eso precisamente, porque no todos entienden ésto, se hace sospechoso todo cambio perfectamente inteligible para el mundo. Y por eso también la vida religiosa auténtica tiene que ser siempre, ayer, hoy y mañana algo extraño en el mundo y para el mundo. ¿No andará escondida por los vericuetos de ciertos rea­justes modernos en el modo de profesar los consejos evagélicos la expli­cación del descenso de las vocaciones y el ascenso de las defecciones? Vale la pena reflexionar sobre ello.

Los fieles. Una gran mayoría de ellos ya no ama a los religiosos, ni los venera, ni los ayuda como antaño, cuando había más fe, sino que o los desprecia o los mira con indiferencia y frialdad. Algunos les ofrecen el triste homenaje de su compasión y de su pena como si fueran unos seres desgraciados.

La familia. Ha perdido los valores cristianos tradicionales: la fe, la oración, la piedad, la honradez de costumbres. El aire pagano de la vida se respira en el hogar como en la calle. Las gloriosas excepciones van siendo cada día más escasas. La vocación que surja en la familia moderna corre el peligro de sucumbir abatida por el fanatismo y la intransigencia. La joven que ha recibido la divina semilla tiene que ser capaz de los mayores heroísmos para no dejarla morir. Ha de disponer de un valor indomable para toparse diariamente con el arrugado entre­cejo de los suyos, para resistir estoicamente las demasías verbales, las reticencias, las frases cáusticas, todo un dispositivo bélico, desde la cruel­dad más refinada hasta las caricias y las lágrimas. Pero también para sostenerse en la lucha tendrá que recordar una de las frases de Cristo más exigentes: el que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí…

Las amistades cuando tienen noticias de que entre ellas hay una vocación probable o cierta la torpedean con sus risas locas, la ponen en ridículo, la hacen el vacío. Las más leales y dignas de confianza tratan de disuadir a su amiga de sus propósitos y les echan en cara todas las tonterías que han oído acerca de las religiosas. Si no guarda el secreto corre el peligro de quedarse sola.

La prensa elogia de vez en cuando la labor misionera, social y cul­tural de los religiosos, pero también los desprestigia haciéndose eco de ciertas anomalías no bien comprobadas, tergiversando sus actuaciones con comentarios malintencionados, aumentando desmesuradamente los fallos inherentes a su condición de seres humanos y poniéndolos en el epicentro de las controversias más apasionadas . Cuando una persona consagrada de renombre decide romper con su vocación, todas las li­notipias parece que se regodean con el escándalo y le orquestan con lujo de fotografías y artículos sensacionalistas.

Los clérigos, escritores, conferenciantes y propagandistas cuya literatura pesimista sobre la vida religiosa ha tenido mucho éxito y si­gue gozando de bastante nombradía. En sus artículos y en sus discursos sopla un viento de derrotismo sobre los Institutos religiosos. Dicen que la historia los ha dejado atrás; que los actuales están llamados a desapa­recer como desaparecieron algunas antiguas órdenes religiosas muy flo­recientes; que hay que poner el vino nuevo en odres nuevos; que están tarados y envenenados de inmovilismo; que caminan penosamente al mar­gen de la evolución del mundo y que también son anacrónicos con rela­ción a la mujer cuya emancipación avanza, mientras que la religiosa pa­rece una menor de edad que vive bajo tutela… Es de lamentar el creti­nismo mental de estos autores que pretenden inocular en los demás el virus de su propia crisis religiosa. Sufren una ceguera voluntaria. No ven que todas las comunidades actuales de la Iglesia de Dios han abierto de par en par las ventanas de sus reglas y constituciones al viento reno­vador, vivificador y refrescante del Espíritu que les va remozando y devolviendo su lozanía. Pero también es comprensible que la joven ani­mada de inquietudes vocacionales, al escuchar tales conferencias y leer tales libros, sienta que sus ideas empiezan a crujir, vacilan y se desplo­man por último.

Los sacerdotes, pastores de la grey, guías del pueblo de Dios. Hay entre ellos un pequeño sector que, preciso es decirlo, o no quieren a las religiosas o aparentan no quererlas. Hablan públicamente de ellas en un sentido peyorativo, predican en el mismo tono, exaltan el matri­monio sobre la virginidad, disuaden por sistema a la juventud femenina de consagrarse al Señor y las que hacen caso omiso de sus consejos son víctima de sus ironías, de su silencio y de su enojo. Se muestran reacios a confesarlas y dirigirlas, y si acceden a ello, se limitan a cumplir estric­tamente con lo que tiene de necesario e imprescindible su ministerio pastoral. Muchas naves que se dirigían con mar y vientos prósperos a la costa de la tierra prometida zozobraron a la entrada del puerto por la imprudencia de los pilotos y la impericia de los prácticos.

Las mismas religiosas. Dentro de la Iglesia hay Instituciones que van a la deriva. Dentro de los Institutos hay comunidades y casas que ofrecen un espectáculo desolador. Y dentro de las comunidades hay pequeños grupos que parecen un producto residual de las mismas. Cuan­do una religiosa o un conjunto de ellas dejan morir su primer amor, pasan automáticamente a ser mujeres instintivas, inquietantes, peligro­sas. Algunas hasta dejan de ser mujeres. Sus ideas y palabras producen en las chicas el mismo efecto de un disparo sobre una bandada de palo­mas. Todo las decepciona y avergüenza: su aire, su porte, su estilo. Su proximidad es una barrera infranqueable para las vocaciones. Son como esas figuras grotescas que se alzan en medio de los sembrados para ahu­yentar las aves…

Cuando en una congregación se pierde el ideal de la santidad, mer­ma el espíritu primitivo y la caridad es una mera palabra, Dios se retira de ella, le niega su protección y le cierra el paso de las vocaciones. Las comunidades, como los pueblos, no mueren por débiles, sino por viles. Y para que una familia religiosa muera no hace falta que el escándalo o la atonía espiritual se extienda sobre ella, como una mancha de aceite; «basta una sola para arruinar a toda la Compañía.» San Vicente de Paúl sabía lo que se decía. Una Hermana indigna es una pieza averiada en la máquina, un bacilo pernicioso en la sangre, una piedra clave des­prendida del edificio, una enfermedad contagiosa en el seno de la sociedad. Hoy día se insiste mucho en el valor del testimonio. Las jóvenes están hartas de palabras. Quieren hechos de vida intachable, verdaderos testimonios de Cristo. La falta de buen ejemplo no solamente esteriliza la labor apostólica, sino que causa un daño de alcance incalculable. No hay vendaval tan devastador como la conducta frívola y decepcionante de las que tenían que ser la luz del mundo y la sal de la tierra.

Las mismas interesadas. Existen jóvenes de buena voluntad, de índole excelente, de eximias disposiciones, naturalmente honradas y sinceras, de relevantes cualidades femeninas. Son una tierra feraz y ge­nerosa para una prometedora sementera espiritual; pero nada tienen a su alrededor que las hable de Dios y mucho, demasiado, que las haga despertar prematuramente a la vanidad y al amor. Otras que ya han constatado la certeza de su vocación se comportan de tal modo que pa­recen sentir por ello complejo de inferioridad en el mundo. Una cosa es que guarden su secreto o le revelen con el tacto y discreción que requie­re un asunto de tanta monta, y otra cosa muy distinta que esquiven la presencia de las personas con quienes han alternado siempre o se mues­tren tímidas y recelosas, como si tuvieran algo vergonzoso que ocultar cuando en realidad debían sentirse santamente orgullosas, inspirar sim­patía y nadar en un mar de alegría y felicidad.

* * *

La vocación es una llamada de Dios. Dios llama a todos los hom­bres a la fe en Cristo. Quiere que todos se salven y lleguen a la vida eter­na; pero la vida eterna no es otra cosa que el conocimiento perfecto del Padre y de su Hijo encarnado, por el Espíritu Santo. Esta llamada se efectúa pública y oficialmente por medio de la Iglesia. La Iglesia es una bandera, un pregón, un edicto de salvación para todos. Su presencia en el mundo es una cita, un programa, un ruego y una invitación de la que nadie queda excluido. Su voz se deja oír en todos los confines de la tierra. La Iglesia es el misterio de Cristo, o sea, el mismo Cristo al que todos deben incorporarse para que el Padre los reconozca como hijos suyos. El bautismo es la puerta siempre abierta que da paso al misterio de la fe, de la gracia y de la liturgia. La voz y la mano de Dios señalan esa puerta invitando a todos a entrar por ella. La vocación a la fe y al bautismo es una llamada general, universal, básica y fundamental.

La vocación religiosa nace de la vocación a la fe. La necesita, la exige, la presupone. La primera es imposible sin la segunda, como es imposible el fruto sin el árbol, y el árbol sin la raíz; como es imposible la música sin el instrumento y el sonido de éste sin la mano que lo pulse. La vocación religiosa es a la vocación cristiana como la parte es al todo, como el efecto a la causa, como la conclusión a las premisas, como la vida al nacimiento, como el arroyo a la fuente, como la flor al brote inicial. La vocación religiosa es una variante de la existencia cris­tiana; están las dos en la misma línea. No caminan por rutas diferentes, ni mucho menos, divergentes. A lo más, la vocación religiosa va delante de la vocación seglar «como un signo que debe y puede ejercer una in­fluencia eficaz en los miembros de la Iglesia». Tampoco necesita un nuevo sacramento, sino que hace madurar los frutos del bautismo y apro­vecha al máximum los de los demás.

La vocación religiosa es una vocación nueva, distinta de la voca­ción cristiana. No basta el llamamiento general que hace Dios al género humano en orden a la salvación, no es suficiente el que dirige a todos los cristianos en relación a la santidad que demanda su consagración bautis­mal; es necesaria e ineludible una llamada divina aparte a cada uno, una invitación determinada, concreta, personal.

Con sólo abrir las páginas de la Sagrada Escritura nos damos cuenta de que Dios cuando quería dedicar a alguno especialmente a su servicio, le segregaba, le separaba de la masa de su pueblo y le inicia­ba en el secreto de su voluntad. Una tradición que arranca desde Cristo y ha llegado hasta nuestros días nos asegura por medio del testimonio escrito que los que entraban a formar parte de las familias religiosas tenían conciencia de hacerlo solamente inducidos por un impulso de la gracia. Conciencia que ha sido siempre compartida por los responsa­bles de las comunidades, los jefes de la Iglesia, sacerdotes, directores y escritores sagrados. El heroísmo que implica la renuncia, la intensidad de amor que supone la consagración total y, sobre todo, la enorme capa­cidad de resistencia que envuelve la fidelidad de por vida, obligan a conceder a los aspirantes una ayuda divina extraordinaria. Ocurre en ellos un aparente contrasentido. La vocación no les gusta, pero la quieren, la desean y remueven todos los estorbos para realizarla. Esto les pasa a todos, pero algunos lo confiesan paladinamente. Ahora bien, para que la voluntad abrace lo que la naturaleza rechaza es menester que Dios se coloque con su peso infinito en el platillo de la vocación para que la balanza de la libertad se incline hacia ese lado. Es un favor que El reserva a los predestinados, a los que ha sellado para este género de vida.

Es una vocación diferenciada. De ciertas palabras que flotan en algunos ambientes eclesiásticos parece deducirse que tanto vale tener vocación como no tenerla, ser religioso como no serlo. La vida religiosa, afirman, es una entre tantas formas de vida cristiana, no supone ventaja alguna en sí misma porque la santidad no reside en un estado más que en otro. Todos los caminos llevan a Roma y todos los estados llevan a la santidad… Estas y otras muchas frases parecidas son verdades a medias que sólo consiguen sembrar la confusión. Tienen apariencias de verdad, pero en el fondo son completamente inexactas. He aquí algunas afirma­ciones que les sirven de respuesta innegable.

  1. La consagración bautismal no se vive de igual manera en la vida religiosa que en la vida seglar. Luego no es igual ser religioso que no serlo.
  2. La santidad es algo personal. Es la fidelidad en responder a la propia vocación, a la propia conciencia, al íntimo impulso de la gracia. Por consiguiente es posible que algunos seglares sean más santos que algunos religiosos. Los hechos lo prueban. La experiencia lo confirma.
  3. La vida religiosa incluye mayores facilidades para tender a la perfección: oración, votos, vida común, libertad para el apostolado, desinterés, despreocupación, etc. Luego supone una enorme ventaja en sí misma. Hay que notar que dichas facilidades se dan en la institu­ción, no en los miembros que la integran, los cuales tienen opción de aprovecharlas o no.
  4. El don peculiar de Dios en que consiste la vocación confiere a los elegidos una gran capacidad para aprovecharse de esas facilidades. Dios cuando señala un fin da también el poder y los medios de alcan­zarlo. El fin de la vida religiosa es la perfección de la caridad. Por lo tanto la senda que conduce a ese fin, o sea, la vida religiosa, es más fácil, más segura, más completa y cabal.
  5. Dice el Concilio Vaticano II que al martirio, tan semejante a la vida consagrada, se concede a muy pocos cristianos, aunque todos deben estar dispuestos a confesar a Cristo cuando las circunstancias lo exijan.
  6. Dice también que la santidad de la Iglesia se fomenta de una manera especial por los consejos que el Señor propuso a sus discípulos entre los cuales sobresale, como precioso don de la divina gracia que el Padre celestial da a algunos, el entregarse a Dios sólo con el corazón in­diviso en la virginidad o en el celibato.
  7. De las filas de los religiosos y religiosas ha salido una gran mayoría de los santos confesores canonizados.
  8. El noventa y nueve por ciento de los religiosos vive habitual­mente en gracia de Dios. Todo lo contrario de lo que sucede entre los seglares.
  9. «La Iglesia os ama preferentemente, ha dicho el Papa a los re­ligiosos, porque sois su expresión más viva, porque sois la gala y or­nato de la Esposa de Cristo.»
  10. Aunque todos los caminos lleven a Roma, unos pueden ser rectas y limpias autopistas; otros, carreteras de primer orden; otros calzadas llenas de baches y de curvas. Además se puede ir por tierra, mar o aire. No todos los caminos ofrecen las mismas características de prontitud, facilidad y comodidad. Algo semejante sucede con los que llevan a los cristianos a la santidad.
  11. Si todos los estados pueden conducir al hombre a la santi­dad y por lo tanto es innecesaria la vida religiosa, puede demostrarse la falsedad de este argumento con otro parecido: Todas las religiones pue­den llevar a los hombres a la salvación; luego da lo mismo ser católico que no serlo. La primera proposición tiene visos de verdad, porque quien vive en su religión de buena fe y hace todo lo que puede para cumplir los deberes que impone, Dios, que no niega su gracia al que hace lo que puede, sin duda se la dará para que alcance la vida eterna. Pero de una verdad a medias, como es ésta, no se puede concluir la equivalencia de todos los credos religiosos so pena de caer en el indiferentismo, la blasfemia y el absurdo.

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La vocación es libre. El Concilio Vaticano II ha dicho la última palabra zanjando la cuestión definitivamente. La vocación religiosa, afirma, es una realidad nueva, distinta del bautismo, aunque de él arranca, si reviste estas dos condiciones: La certeza moral de la lla­mada divina y la voluntaria aceptación humana.

La vocación divina personal es la primera condición. Es el punto de partida, la plataforma de lanzamiento, la clave del arco que sostiene el edificio. Dice Jesús: No todos entienden ésto, sino aquellos a quienes se ha dado. San Pablo repite la idea: quisiera que todos fueran como yo, pero cada uno tiene de Dios la propia gracia; cada uno, por consiguiente, camine según el Señor le llamó y le otorgó. Pío XII expresa el mismo pensamiento: la vocación divina se ha de considerar tan necesaria que si falla hay que decir que falla el fundamento de la obra en construcción, pues a quien Dios no llama, tampoco su gracia le mueve ni le ayuda. De hecho Cristo no aceptó a ninguno de los que se le ofrecieron espontánea­mente. Los que le siguieron fueron llamados por El. No importa el tiempo, el lugar, la edad, la forma y las demás circunstancias con que dirige su invitación. Lo verdaderamente importante es que la persona invitada, una vez percibida la palabra de Dios, dé su respuesta.

Una respuesta voluntaria, libre, consciente: he aquí la segunda condición. Entre los preceptos y los consejos existe una diferencia. Los preceptos recaen sobre cosas necesarias para conseguir la vida eterna. Importan, pues, necesidad y obligación. Dios los impone como algo perentorio e imprescindible. Los consejos, en cambio, se refieren a unos medios merced a los cuales el hombre puede alcanzar la bienaventuranza mucho mejor y más fácilmente. Por eso los ha dejado a la opción de quien ha sentido su llamada. Su intención, al invitarle, es que profese libremente los consejos evangélicos como permanentes y obligatorios. Algunos sin embargo, son de opinión que no existe diferencia alguna entre consejos y preceptos, sino que ambos constituyen un solo camino para la perfección de la caridad y que en lo único que se diferencian es en el modo de practicarlos, pues en el religioso se llevan a cabo de forma libre, pero institucionalizada y en el seglar, libre simplemente. Así se borrarían de una vez esas categorías de perfecto e imperfecto aplicadas desde hace siglos a los dos caminos; no se presentaría la vida religiosa como detentadora oficial de la santidad; no se consideraría a los religiosos como una superselección entre los cristianos y no se los colocaría en una situación de vida espiritual más pura. Sobre este asunto hablare­mos en otro lugar.

La aceptación de la divina llamada es un problema de amor y ge­nerosidad. Dios se la propone al hombre porque le ama más y el hom­bre la acepta de Dios porque también le ama más. La aceptación lleva consigo una vida erizada de sacrificios. Pero los sacrificios del amante son incomprensibles y hasta ridículos para el indiferente. Dios al ha­cer su invitación se dirige más a su corazón que a su conciencia. Le pide su amor por entero, y a una invitación por amor no corresponde más que una aceptación por amor también.

La consecuencia lógica es que se trata, a sí mismo, de un problema de libertad. Es la única forma de que la vocación pueda perfeccionar y beneficiar al hombre. Tanto más libre, entusiasta y voluntaria ha de ser su aceptación cuanto más arduos y difíciles son los compromisos que comporta. Y no hay en el mundo compromiso igual a la oblación de la propia libertad. El acto más libre que se puede hacer es renunciar libremente a la libertad. Sólo siendo libérrimo dicho acto es plausible, moral y meritorio. La vida religiosa es llevadera, amable y auténtica cuando es un ejercicio constante de la libertad personal. Una Hermana permanecerá siempre libre, queriendo libre y amorosamente no serlo. Si le duele que otros administren su libertad, después de habérsela en­tregado, es que ha caído en la máxima esclavitud. Su vida será hermosa y feliz de verdad si la hace deslizar sobre las ruedas de la libertad y del amor.

Aquí salta espontáneamente una pregunta: ¿es necesario y obliga­torio seguir la vocación? En principio, y objetivamente, nunca será de tanta urgencia y precisión como la de hacer efectiva la vocación cristia­na, porque la vida religiosa no es imprescindible para la santificación y la salvación. Pero parece indudable en la práctica que la obligación de aceptar el llamamiento divino cuando es ciertamente conocido, por­que el rechazo intencionado del don de Dios es un desaire a su amor, una insumisión a su autoridad, un desacato a su grandeza y una nega­tiva a los deseos de su voluntad claramente manifestada. A estos puntos negativos hay que sumar los medios que de ordinario se emplean para escamotear a Dios la vocación: la oración suspendida, los sacramentos relegados, la vida interior esfumada, las amistades ambiguas, las diver­siones audaces, la vanidad en creciente, la delicadeza en menguante y la idea de un Dios que espera, torpedeada por los feos pensamientos de una cabeza porfiada y contumaz. Una mujer que recurre a procedimien­tos de este tenor no puede adoptar el gesto inocente de lavarse las manos declarándose exenta de toda culpa.

Pero es inútil, amén de ridículo, hacer la guerra a Dios cuando El se ha apuntado el triunfo a su favor con antelación. Podría tener resul­tado la repulsa en la etapa inicial, de duda, de tanteo; o también si Dios le ha concedido tan sólo una gracia corriente para cultivar la pequeña semilla vocacional. Pero si le ha marcado por suya con el hierro canden­te de la predestinación, no hay nada que hacer. Su voluntad arrollará todos los obstáculos que le presente la voluntad humana, sin necesidad de atropellarla o anularla, sino dejándola intacta y entera. ¡El amor di­vino y la libertad humana…! He aquí cuatro palabras que nos sitúan a las puertas del misterio. Dios llama dulce, pero implacablemente. El hombre responde libre, pero infaliblemente. La razón encuentra estas dos ideas inconciliables y tiene que enmudecer, pero la fe sabe que son verdaderas y se determina a creer.

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La vocación se puede conocer porque goza de tres características que denotan su presencia: la inclinación, la aptitud y la admisión por parte de la autoridad competente. A veces irrumpe en el campo de la conciencia de un modo tan claro que no ofrece lugar a dudas, pero nor­malmente las tres condiciones apuntadas constituyen un proceso lento que exige varios años de maduración desde que empieza a moverse en la penumbra de la incertidumbre hasta que se la ve con claridad me­ridiana.

1.a La inclinación. Es la primera cualidad que debe revestir la vocación para que tenga el marchamo de la legitimidad. Es el tierno vástago del árbol futuro. Es el despegue de la nave hacia el punto de destino. Esta inclinación se presenta a primera vista borrosa, difumina­da. Poco a poco se va perfilando en el fondo del espíritu. Por último adquiere unos contornos tan precisos que producen convicción y seguridad. Es un deseo, un gusto, una tendencia, una aspiración, una pro­pensión y una querencia de todo aquello que está significado por la vida consagrada. Dos notas sobresalen en esta inclinación:

Sobrenatural. No se trata de una tendencia natural y sensible, aunque el entusiasmo y la emoción sensibles no se descartan tampoco de algunas etapas de la vida consagrada. Tampoco es un producto exclu­sivo de la razón humana, si bien ésta sirve de apoyo y ayuda a los motivos preferentemente sobrenaturales de la vocación. La vocación es objeto de las facultades superiores del hombre y sus móviles enteramente espi­rituales y divinos. Es primordialmente un problema de fe, no de razón; de amor sobrenatural, no de gusto sensible; de gracia divina, no de fuerza humana, aunque ésta deba colaborar con aquélla.

Constante, persistente, sin solución de continuidad. Si la vocación es genuina lleva el sello de la estabilidad. Una vez que ha hecho acto de presencia ya no se eclipsa jamás. Es verdad que a veces se tiene la im­presión de que se ha desvanecido para siempre. No es más que una apa­riencia. Una idea, una palabra, un suceso cualquiera la hacen surgir de nuevo más vigorosa de los últimos repliegues de la conciencia donde se ocultaba. Hay quienes la combaten porque les molesta, porque no les gusta, por miedo a sus exigencias. Es inútil, no la hacen desaparecer. Lo único que consiguen es hacerla más pujante, absorbente y poderosa. Dios es irresistible. Y terminan por amarle a tope.

2.a Aptitud. Es la segunda faceta de la vocación, un hito clave en el proceso de la misma. Consiste en un conjunto armónico de disposi­ciones naturales y sobrenaturales que hagan posible la consagración a Dios y la vida comunitaria. Si la aspirante no da la talla requerida hay que concluir que su vocación es inviable. En este caso no importa que abrigue un deseo sincero. De nada sirve la inclinación, si carece de las prendas que la hacen idónea. Dios en ocasiones otorga la inclinación, pero no concede la realización. Es como un soldado que dispone de una bomba sin espoleta. Y sin embargo Dios no es cruel ni inhumano, como algunos, por este caso concreto, pretenden insinuar. Si la aspira­ción a la vida consagrada es verdadera y no puede hacerse efectiva en una institución eclesiástica, puede, sin embargo, y debe realizarse den­tro de las circunstancias del propio vivir y del mejor modo que sea po­sible; lo cual no deja de ser una gracia singular, positiva y santificadora.

Las dotes que reclama la vocación religiosa pueden encasillarse en cua­tro categorías:

A)     Aptitud física, o sea, ausencia de enfermedades crónicas, de taras notables, de defectos físicos y deformaciones que la hagan prácti­camente inepta para los trabajos que reclama la vida consagrada en determinado Instituto.

B)      Aptitud síquica, es decir, una sólida garantía de que sus reac­ciones serán normales porque goza de un cabal equilibrio humano, re­fractario a la ruptura, para lo cual se sopesan las cargas hereditarias, los condicionamientos de la infancia ‘y de la adolescencia y las eventuali­dades de los sufrimientos posteriores a la profesión.

C)      Aptitud intelectual. Aunque es encomiable un alto grado de in­teligencia, es deseable, al menos, ese talento práctico, esa dorada media­nía intelectual que hacen a una mujer capaz de llevar a buen puerto la nave de un hogar, pues la que no merece un aprobado para la vida ma­trimonial, es digna de un suspenso para la vida consagrada.

D)     Aptitud moral que se desprende del testimonio público de honradez cristiana que ha dado dentro del ambiente social que le ha tocado vivir.

3.a La admisión. Antiguamente era muy fácil para la mujer entrar en una familia religiosa. Lo difícil era salir. Ahora sucede todo lo contrario. Todas las intituciones religiosas se muestran muy exigen­tes para la admisión de sus miembros. Las que han solicitado el ingreso no son admitidas inmediatamente; tienen que aguardar mucho tiempo en la antecámara o sala de espera que se llama etapa de prueba y se prolonga a veces durante varios años. Viven con personas responsables, duchas en el oficio. Son sus maestras y disfrutan de calificaciones sobre­salientes en ciencia, paciencia, competencia y experiencia. Las instru­yen, enseñan, dirigen, observan, vigilan, sondean, examinan y seleccio­nan. Las que salen victoriosas de esta temporada de prueba tienen una certeza moral de su vocación. No se han omitido medios humanos ni divinos para descubrirla y comprobarla. Puede haber algún fallo, indu­dablemente, pero es una excepción de la regla general.

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La vocación es eterna. No se trata de la vocación externa, o admi­sión por parte del superior eclesiástico, sino de la interna, o sea, del lla­mamiento divino conocido por la persona elegida. No hay en este sentido ninguna declaración oficial del Magisterio ordinario. He aquí, no obs­tante, algunas razones para rechazar de plano la temporalidad de la vo­cación. Son razones añadidas a las muchas que ya se han aducido en otros capítulos de estas lecturas formativas.

1.a La vocación propiamente dicha, o sea, en la mente divina es por necesidad un don estable y perpetuo porque Dios es esencialmente inmutable. En el sujeto que conoce la existencia de esa llamada y la acep­ta tal cómo es supone un compromiso para toda la vida. Se alega en con­tra que el hombre no es libre para adoptar decisiones que lleguen más allá de lo que puede prever y conocer. Pero la experiencia afirma rotun­damente que son posibles, frecuentes y diarios muchos pactos y conve­nios libremente celebrados entre los hombres para toda la vida o parte de la vida. En ellos, aunque se desconocen los detalles y circunstancias con­cretas que el porvenir oculta, se saben suficientemente los elementos esenciales del objeto de dichos compromisos. Basta pensar en el con­trato matrimonial y en la muchedumbre de acuerdos que conciertan a menudo los hombres.

2.a De nada vale la hipótesis de que, al tiempo de elegir, si se hu­biesen conocido los detalles, la elección no hubiese tenido lugar. Lo que va a suceder en el futuro es siempre previsible objetivamente, es decir, en el plano externo: un cambio, un accidente, una enfermedad, un fra­caso, una muerte… La observación y la experiencia le ofrecen a una per­sona adulta y normal un aprendizaje bastante completo. Lo más difícil de prever que encierra el futuro es el hecho interno, o sea, las reacciones internas, subjetivas ante los sucesos externos. Pero, aunque estas reac­ciones se ignoren, todo el mundo se puede preparar espiritual y sicoló­gicamente para que resulten favorables. Conocemos muy bien el porve­nir de las personas a quienes falta dicha preparación: la bancarrota total de su matrimonio o de su vida consagrada. De todos modos, no se trata de juzgar el valor de un supuesto que no se dio, sino el valor de lo que realmente fue. Es inmoral y absurdo querer anular un contrato por el solo hecho de no haber previsto los detalles que no afectan para nada a la sustancia del mismo.

3.a Desde el punto de vista teológico es inconcebible que Dios aparezca como arrepentido de haber concedido gratuitamente al hombre sus dones sin que éste haya dado síntomas de abandonar su estado de disponibilidad para los fines intentados por El. Dios no puede jugar de este modo con sus criaturas.

4.a El hecho frecuente de que se abandone la vocación antes y después de la profesión sólo prueba dos cosas: o que no existía una voca­ción auténtica o que se perdió por infidelidad personal. ¿Ha querido Dios realmente, por lo que sea, que determinada persona tenga una ex­periencia religiosa temporal? Cabe dentro de lo posible. Pero en este caso no sería, no podría ser verdadera vocación religiosa en el sentido profundo de la palabra, sino tal vez una gracia inicial que bien cultivada podría haber desembocado en la vocación genuina. Si es una gracia tem­poral que Dios concede al hombre, ¿a quién de los dos corresponde de­limitar el tiempo? ¿Cómo es que los que abandonan esa gracia después de varios años dejan bastante que desear como personas y como reli­giosas?

5.a La vocación no es un medio para llegar a la santidad de tal modo que si no se alcanza el fin deja de existir el medio. La vocación es un estado o modo de vida. Es algo existencial. Es un estado que cuenta con medios eficaces para tender a la plenitud de la gracia bautismal. Decir estado es referirse a algo fijo, estable, permanente o inmutable.

6.a En la casi totalidad de los casos la existencia de la vocación interna que es de suyo perpetua consta con certeza moral si se da la vo­cación externa, es decir, si al cabo del período de prueba, los superiores legítimos admiten al aspirante definitivamente.

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La vocación puede aumentar en un sentido de arraigo, de afianza­miento, de adhesión y de seguridad. Como no se trata de algo físico y ma­terial tampoco se puede hablar de cantidades y dimensiones. La vocación es una realidad espiritual susceptible, como la gracia, de crecimiento, de incremento. No admite la idea de número ni de volumen, pero le son aplicables los conceptos de profundidad y de intensidad. En este sentido debe seguir una línea constante de avance, de desarrollo. Con la particularidad de que si no aumenta, disminuye; si no gana, pierde; si no ade­lanta, retrocede. Los elegidos que no adoptan resueltamente una postura combativa, a la corta o a la larga experimentan una derrota efectiva. Es el peligro que amenaza a las que se sienten a gusto, confortablemente, en un «modus vivendi» pacífico y sin complicaciones; a las que concier­tan un alto el fuego con el enemigo, a las conformistas, a las conservado­ras, a las instaladas. A todas ellas les advierte San Juan Evangelista: sois unas ilusas si creéis que estáis vivas cuando lo cierto es que sois ya ciudadanas de la ciudad de los muertos.

Para potenciar la vocación es ineludible vivirla exhaustivamente en todos los niveles: humano, espiritual, apostólico y comunitario. Hay que llegar al pódium de los campeones al comienzo de cada noche y re­solverse a revalidar ese campeonato al amanecer de cada día. Mantenerse a la defensiva o en la cómoda actitud de conservar solamente los puntos positivos ganados en lides anteriores es lo mismo que darle un cerrojazo final a la vocación. Para ello, como es obvio, se necesita disponer, no de una voluntad que se duerme por el suave balanceo de las horas y de los días, sino una voluntad despierta, tensa, sedienta de alturas, cortada para la línea vertical. Las que se fueron para no volver no perdieron su vocación la víspera de su marcha. Sus almas se fueron quedando vacías cuando años atrás empezaron a deslizarse por el plano inclinado de la ley del menor esfuerzo.

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La vocación se puede conseguir. Algunos de los que han sido favo­recidos con esta dádiva nada hicieron por obtenerla. Un día se vieron sorprendidos por su hallazgo inesperadamente. Se encontraron con ella como al azar, como por mera coincidencia. Pero los planes de la Provi­dencia no se distinguen precisamente por su uniformidad en el gobierno de los seres libres. Porque otros a quienes ha predestinado a la gloria de la vocación han tenido que luchar briosamente para hacerla suya. Se la concedió gratuitamente, pero quiso que fuera el premio de un esfuerzo, el trofeo de una competición limpiamente ganada. Dios nos da muchas gracias sin que las hayamos solicitado, como un regalo de su liberalidad; pero la concesión de otras sólo es a condición de que se las pidamos, de que parta de nosotros la iniciativa y levantemos al cielo nuestra voz y nuestras manos suplicantes. Y aunque el gesto de dar el primer paso sea también una inspiración suya, desea que al final tengamos el honor y el mérito de una conquista personal.

Es lo que quería significar San Agustín cuando rezaba: Señor, con­cédeme lo que me mandes y mándame lo que quieras. Es la oración de la futura Hija de la Caridad que ignora aún que lo será el día de ma­ñana: Señor, muéstrame el estado que he de tomar para entregarme a tu servicio. Desde ahora haré que mi voluntad coincida en todo con la tuya. Estoy dispuesta a obedecerte sin reservas. Y cualquiera que sea mi camino, acompáñame, porque sin tí nada serio me será posible rea­lizar…

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La vocación se puede perder antes y después de haber ingresado en la comunidad. Es una triste hazaña exclusiva de la libertad humana. Dios no toma parte en ella. Hay que descartar con energía su intervención en este desgraciado asunto. Sin perífrasis ni circunloquios: Dios no quiere el abandono de la vocación; no la puede querer, como no puede querer el suicidio o la falta de honradez. Contra la fe comprometida y la amistad jurada no hay ninguna razón válida, y la vocación es preci­samente eso: un misterio de fe, una cuestión de amistad. Ahora bien, la amistad se funda en la reciprocidad y en la correspondencia. El Amigo Divino es por encima de todo inalterable; no cambia, permanece en el mismo sitio, no inicia jamás la retirada. Es el versátil corazón humano el que se va, el que se separa interrumpiendo bruscamente el diálogo de amor con El. No se necesita ser un zahorí para descubrir las causas de un desenlace que nadie podía presagiar al parecer, pero hay ciertos indicios sospechosos que a cualquiera que tenga un mediano sentido de obser­vación se lo permiten vaticinar:

Una voluntad que duerme. Al principio la razón pletórica de fe presenta la vocación como un ideal superior capaz de suscitar el amor de la voluntad. Pero esto no es suficiente. Nadie llega al heroísmo de abra­zarla en frío, sin sobrepasar la inercia, sin vencer el punto muerto de la repugnancia natural. Este papel lo ha reservado Dios a las facultades sensitivas. El sentimiento y la imaginación colorean de tal forma la vida consagrada que la hacen objeto de un amor ilusionado y entusiasta. Los más nobles instintos humanos encuentran en ella un cauce maravilloso. Se ofrece como un asombroso vehículo a la avidez legítima de hacer cosas grandes, al deseo de triunfar, aunque sólo sea en el frente apostó­lico. Todo esto es verdad, pero una verdad dorada y brillante que inflama la sensibilidad. La desventura que acecha ante todo a las mujeres está en creer que ese aspecto atrayente y sugestivo lo es todo cuando en reali­dad no es más que un pequeño aliciente, un leve apoyo para el despegue de la voluntad.

La euforia emocional de la primera etapa por su propia esencia está llamada a desaparecer. Está figurada por una línea que sube, culmi­na, desciende y se apaga. La monotonía, la edad, los desengaños, los disgustos la van quemando poco a poco. Esta es la realidad fría y cor­tante como el escalpelo. Este es el plan de Dios que avienta el tamo para que quede el grano limpio, que reduce a cenizas los elementos sensibles para que resalte la brasa inextinguible de la voluntad sostenida por una fe pura y desnuda. El desastre de algunas Hermanas comienza cuando, al ver disiparse la grata influencia de las facultades sensitivas, aflojan las riendas de su voluntad. Con lo accidental permiten que se les vaya lo sustancial. Al llegar el deshielo del sentimiento dejan que el amor au­téntico sea también arrastrado por la corriente. Al irse marchitando las primeras ilusiones se va desmoronando la fortaleza de sus convicciones sin hacer nada para evitarlo. El resultado es el estancamiento, la dis­plicencia, el bostezo, la atonía, el aburrimiento ante el ideal; una vida sin pena ni gloria, o mejor, con más pena que gloria; una voluntad dor­mida, un empeño malogrado y una vocación fracasada.

Un corazón que despierta. La renuncia al amor humano no es un propósito frío y racionalista, sino un gesto de esa clase de héroes que no figuran en las áureas antologías; de esa clase de mártires que no de­rraman sangre. Es que la tendencia al amor recíproco es innata e indes­tructible. No se puede renunciar a él sin más ni más. Hay que depurarle, elevarle, sublimarle, ponerle en órbita alrededor de un ideal divino, encauzarle por otros derroteros y llenar el inmenso vacío que deja. Sólo un amor superior y virginal, el amor total a Dios, puede hacer el milagro. El enriquece el corazón y el instinto, los aclimata, los penetra, les infunde sus propios modos de amar. Sólo la vocación vivida en plenitud llena la soledad humana de la persona consagrada. La acoraza de modo que no deja ningún resquicio a las infiltraciones sutiles del amor humano.

Si el nivel del amor divino baja, el amor humano tiende automática­mente a subir y ocupar su puesto. Cuando una religiosa vive habitual­mente en el desconsuelo, en la amargura, en el resentimiento y al mismo tiempo en el abandono de sus defensas espirituales, sin que ella lo ad­vierta, se torna hipersensible a las llamadas del mundo exterior y a los aldabonazos de sus secretos instintos. Como tiene inutilizado el disposi­tivo de alarma, a cualquiera le es muy fácil romper el bloqueo y apode­rarse del corazón. La voluntad está dormida y no se entera. Cuando el golpe de la caída la despierte ya es demasiado tarde. Procurará paliar los efectos del mejor modo posible y actuar entre bastidores. Se ha ju­gado su futuro a una sola carta. Una vez lanzada ya no se detiene. En su alocada carrera pasará todos los semáforos.

Un volcán que estalla. La convivencia comunitaria tiene un míni­mum de exigencias de tipo sociológico y temperamental. La vida fra­terna y amistosa del equipo consagrado descansa sobre la base humana de los miembros que le integran. Que algunas muchachas no dan la ta­lla requerida salta a la vista desde los primeros contactos de la prueba, y naturalmente quedan eliminadas. Pero otras, es después cuando se descubre que no son capaces de vivir en un clima de discreción y de templanza como debe ser el de una comunidad. ¿Taras hereditarias…? ¿Excedentes hormonales improductivos…? ¿Tensiones prolongadas…? ¿Enfermedades nerviosas…? De cualquier modo que sea, la gracia y la voluntad combinadas pueden equilibrar, o por lo menos, templar la vio­lencia del carácter.

Sólo un grado eminente de santidad da la fuerza sobrehumana su­ficiente para obtener unos resultados apreciables. Pero la que lleve una mediocre vida espiritual constituye una amenaza constante de la paz do­méstica. Su campo de influencia es una peligrosa zona de fricción. Su palabra tiene la fuerza devastadora de un ciclón. Ella enciende la mecha de todas las discordias, trae en jaque a sus compañeras, altera la marcha de la comunidad, rompe la continuidad del trabajo y se mueve en el terreno de la indisciplina y de la protesta. El portazo estrepitoso que anuncia su salida deja aturdidas a todas, pero ella se va dándose el aire de un inocente cordero inmolado en aras de la envidia ajena.

Unas flores que se marchitan. Las novicias se forjan ilusiones que se desploman al golpe de la dura realidad. Lo corriente es que el des­engaño arrastre consigo las ideas erróneas y fantásticas, como arrastra el otoño las hojas amarillas. Lo inconcebible es que una leve decepción arranque también de raíz el árbol de la vocación a una mujer madura. El hecho arguye o una pésima formación humana y religiosa o un gravísimo error de cálculo o una falta de aplomo y de seguridad personal. Lo peor sería que adoleciera de los tres fallos a la vez. En esta clase de mujeres se sobrepone lo frívolo, lo sensible, lo superficial e intrascendente que origina el deterioro lento e irreparable de su vocación.

La primera decepción sobreviene de la aparente disminución del primer fervor que van experimentando al paso de los años. Comparan la primera etapa en que su vida de piedad se desarrollaba con gusto y facilidad con la segunda que se distingue por la apatía y la desgana, y la conclusión que sacan es que son peores que al principio y que lo han per­dido todo. Y todo lo perderán efectivamente si se persuaden de ello, si siguen confundiendo la voluntad con el sentimiento y se abandonan en brazos del desaliento.

La segunda desilusión proviene de los fracasos que acompañan a sus actuaciones. En teoría están seguras de que Dios, en premio a su total entrega, va a alfombrar su camino de triunfos, aplausos y parabie­nes. Pero el castillo de naipes de sus sueños se viene abajo al primer so­plo de aire y, por lo tanto, el cántaro de la lechera se quiebra apenas em­pieza a desgranar una a una sus esperanzas. Si no atina con el secreto de convertir los descalabros en ganancias su vocación será siempre muy precaria.

El tercer desengaño nace de las ruindades humanas que bullen en el seno de toda comunidad religiosa. Se le hace imposible digerir y asi­milar las arbitrariedades, las sinrazones y los desafueros que brotan a la sombra de la caridad. No quiere ver en todo ello un plan providen­cial, un auténtico misterio de fe que es preciso abrazar aunque no se com­prende del todo. Si al descubrir una cosa tan extraña siente conatos de evasión, el día que ella misma sea la víctima de la incomprensión y de la mezquindad humanas se producirá el colapso total. Por eso es inaplazable que en las cabezas jóvenes se siembren desde el primer momento ideas clarificadoras de todos los problemas comunitarios. Y Dios hará que todas las que crucen la línea divisoria sean mujeres de una pieza, vencedoras en todas las olimpíadas del espíritu, cortadas a la medida de Cristo y de la Iglesia.

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