En respuesta a tu llamada: Comunidad profesa

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD PROFESA

LA FORMULA DE SU CONSAGRACION

«SEÑOR…»

La antigua fórmula de los votos era meramente declarativa: yo… hago voto a Dios de pobreza, etc. Después la Asamblea General de 1968-1969 resolvió acertadamente redactar en el texto de las nuevas Constituciones una fórmula deprecativa: Señor, en respuesta a tu llamada que me invita a seguir a Cristo… Es un modelo exacto, limpio, remozado. A los oídos del Esposo ganarán más lás promesas iniciales si van de la mano de la oración: 1.° Porque los votos sólo a Dios pueden hacerse. Son una acción litúrgica, un acto de religión cuyo término di­recto es la divinidad misma. Lo más razonable es dirigirse al objetivo sin rodeos, acortando distancias, por la línea recta del contacto íntimo y personal. 2.0 Porque Dios es el autor y consumador de la vocación, así como de la fe. El la dispensó como una merced, la conservará como un favor y la coronará como un premio. Es inconcebible una voca­ción fuera de la atmósfera de la gracia. La misma colaboración humana es un don gratuito también. Pero sólo hay un cable buen conductor de esta divina corriente de la gracia: la oración que ha de estar en el comien­zo, en el transcurso y en el remate de toda vida consagrada. Recitar la fórmula deprecativa de la profesión es colocar los fusibles de una ins­talación eléctrica en cuyo circuito no ha de interrumpirse la fuerza mis­teriosa producida en la central del cielo. 3.0 Porque la donación per­sonal tiene lugar en el Ofertorio de la Misa y es una ofrenda más aña­dida a las que el sacerdote presenta al Señor de forma deprecativa para ser consagradas en el momento culminante del sacrificio eucarístico.

«EN RESPUESTA A TU LLAMADA….»

La vocación está jalonada inicialmente por cuatro etapas sucesivas: la llamada, la respuesta, la ofrenda y la consagración. La primera y la última corresponden a Dios. Las dos intermedias pertenecen al hombre. El tema queda centrado en estas dos coordenadas: Dios como director de la vocación y el hombre como ejecutor. Pero ni el primero es arbitrario y despótico ni el segundo es ciego e inerte. Dios se apunta todos los tantos, pero el hombre es el artífice de su propio destino. Dios opera, pero el hombre coopera. El hombre es el vehículo, pero Dios es el que va al volante. Dios que es todopoderoso toma la iniciativa, pero el hombre que es libre secunda su acción. De este modo la vocación es la resultante de dos fuerzas necesarias, pero diferentes.

La llamada. Fundamentalmente es un acto positivo de la voluntad de Dios por el que elige a una persona para que le sirva durante toda la vida en un instituto religioso determinado. Como resulta que la vo­luntad y la naturaleza divinas se identifican, la vocación no ha empe­zado nunca, sino que, existió con Dios y ha presenciado el desfile inaca­bable de los años eternos. Dios no ha celebrado consultas para hacer esta selección, no ha pedido la opinión de nadie, ni siquiera ha intentado dia­logar con la persona interesada previamente. Tampoco le hizo rectificar la visión lejana de las claudicaciones y de las apostasías. Simplemente a quien El quiso lo marcó por suyo para siempre.

La segunda fase de la llamada acontece en el tiempo. Es un acto por el que Dios notifica de algún modo sus designios a la persona ele­gida de tal forma que elsta tenga una conciencia clara del plan divino, lo sepa, lo conozca con exactitud y seguridad. No podemos decir que alguien nos ha llamado si no hemos percibido una voz o una señal que nos persuada de la llamada. Los medios de que se puede servir el Creador para manifestar su pensamiento son infinitos. Tiene tantos mensajeros como criaturas, tantas voces como acontecimientos, tantas palabras, signos y sonidos de que echar mano como desee. De puertas adentro de nosotros mismos está. No ha pedido permiso para entrar, pero ahí se encuentra penetrándolo todo hasta la raíz del ser. El puede hacer que pensemos lo que jamás se nos ocurrió, que queramos libremente lo que nunca quisimos, que amemos lo que siempre nos repugnó. Y así un día cualquiera nos vemos sorprendidos por la presencia de la voca­ción que está allí como la flor que ha dejado caer sobre nuestro sitio habitual una mano invisible.

La respuesta rara vez es inmediata. Casi siempre va precedida de indecisiones y titubeos. Hasta que el tribunal de la voluntad falle sen­tencia hay muchos debates entre la fe y la razón. Son los largos días de la búsqueda, de las consultas, de la oración, del análisis, de la reflexión. Se hurga en los libros y en los confesonarios. Se ventea, el futuro cal­culando las propias posibilidades. El amor y el temor invaden la volun­tad alternativamente, chocan entre sí, tiran cada uno por su lado. Poco a poco va tomando cuerpo una determinación que suponemos positiva. Con ella la marea desciende y la paz domina la situación.

Pero cuando se han firmado las capitulaciones con el enemigo in­terno surge otro frente exterior. Los parientes y amigos lanzan contra las posiciones recién ganadas un fuego graneado de querellas y reparos, de silencios hirientes y de palabras punzantes. Asedian la plaza obsti­nadamente y no perdonan ningún ardid para tomarla, desde las caricias y las lágrimas hasta las afrentas y las amenazas. En estos casos los va­lientes siempre triunfan porque se apoyan en la fe, viven de la gracia y piensan con la cabeza; mientras que los cobardes ceden porque se apoyan en la comodidad; viven del sentimiento y piensan con las pier­nas.

Los elegidos han de disponer de un valor legendario. La defensa de la vocación sólo termina con la vida. Los adversarios se agazapan en cada trocha y asaltan inesperadamente porque son duchos en esca­ramuzas y asechanzas. Durante el postulantado, el seminario y el junio­rado se consolidan las posiciones, se almacenan las vituallas espirituales y se adquiere maestría en el ejercicio de las armas. Así la voluntad se entrena, se robustece, se va haciendo apta para darle a Dios, cuando la requiera, la respuesta definitiva e irreversible.

«QUE ME INVITA…»

La vocación es un privilegio, un sello de distinción, una prerroga­tiva, la llamada a un destino de excepción, pero sólo depende de la libre aceptación de la voluntad humana. Dios la propone, pero no la im­pone; la ofrece, pero no la exige; la presenta, pero no violenta a nadie para que la tome. No manda, ruega; no obliga, invita; no preceptúa, brinda. Los votos que la vocación comporta son unos compromisos libres y esta libertad es precisamente lo que les da valor. La profesión religiosa es un acto propio de adultos que se conocen suficientemente y poseen bastante dominio sobre su persona para poder ofrendarla y comprometerla de por vida. La vocación pertenece al orden de la gracia y del carisma. No nos encontramos en el terreno de los preceptos que trazan una línea divisoria entre el bien y el mal, entre lo que es pecado y lo que no lo es; sino en el plano de los consejos practicados de forma eminente que ofrecen a nuestra generosidad una opción libre. La con­ciencia íntima nos asegura que sólo se trata de una invitación que Dios dirige a nuestro corazón y a nuestra valentía. Y esta certeza es la fuente de nuestro mérito y de nuestra alegría en el momento en que ponemos enteramente en las manos de nuestro Padre celestial. El no nos ha dicho: ven, sino: si quieres venir…

«A SEGUIR A CRISTO…»

Cinco son las condiciones que para seguirle señala El mismo en el Evangelio. 1.a Una renuncia total al mundo. En San Mateo 19-27, Jesús aplaude el desasimiento universal de su apóstol Pedro y le detalla la recompensa futura. 2.a Una ruptura completa con el hogar paterno, la herencia de los bienes familiares y la esperanza de formar una familia. En San Lucas 14-25 y 9-59, declara rotundamente que no puede ser su discípulo ni apto para el reino quien no aborrece a los suyos o vuel­ve atrás con la mirada del deseo. 3.a El abandono de la fortuna grande o pequeña que se posea. En San Mateo 9-6, el mismo evangelista narra su propia vocación y en San Marcos 10-17, se nos describe la del joven rico que, por su apego a las posesiones adquiridas, no se decide a se­guir aJesús. 4.a Una lucha sin cuartel para frenar, ordenar y encauzar los instintos humanos. En San Lucas 9-23, impone la negación de sí mismo al que quiera ir en pos de El. 5 . Una aceptación gozosa de las cruces que Dios y los hombres deparen a sus secuaces. Véase en este mismo capítulo de San Lucas hasta dónde llegan sus exigencias. Nos quiere preparados para dar hasta la vida si nos la piden la fe y el amor a El.

Pero también son cinco los propósitos e ideales inherentes a la vocación. 1.0 Para oír mejor su palabra. Los autores sagrados expli­can el entusiasmo de las multitudes que le seguían por el encanto de su voz y la atracción de su doctrina. 2.0 Para reproducir su conducta y su ejemplo. En San Juan 12-15, se presenta a sus adeptos como modelo y ejemplar en todas las relaciones con Dios y con los hombres, nuestros hermanos. El dice de sí mismo, además, que es el camino, la verdad y la vida. 3.0 Para anunciar su Reino. En San Lucas 9-59, disuade a un joven a que se despida de sus padres porque es preferible seguirle inmediatamente para empezar la tarea de la evangelización. 4.0 Con­vertir los incrédulos a la fe y los pecadores a la gracia. En San Mateo 4-19, llama a)sus discípulos para que le sigan y se transformen de pes­cadores de peces vivos en pescadores de hombres muertos. 5.0 Para dejar las tinieblas del pecado y vivir en la luz de la santidad. En San

Juan 8-12 describe el contraste de los que no son suyos con los que le per­tenecen. Los primeros, sumidos en la noche del pecado, mientras nadan los segundos en la claridad de la luz.

«Y A SER TESTIGO DE SU CARIDAD PARA CON LOS POBRES»…»

Ser te ligo equivale a dar fe de la autenticidad de un hecho o de la verdad de una’ doctrina. Ser testigo de Cristo es lo mismo que acreditar su Encarna:1Sn, su vida y su muerte. Ser testigo de su caridad para con los pobres que fue la prueba fehaciente de su venida es hacer de nuestra caridad una nueva edición de la suya, aunque nunca podrá ser corregida ni aumentada. Las palabras ya no abonan ni atestiguan nada. El mismo Evangelio no pasa hoy de ser letra muerta para la gente de todo pelaje y condición. Sólo ún Evangelio vivido, encarnado en nosotros, escrito con sangre, sudor y lágrimas tiene la suficiente carga explosiva para di­namitar todas las defensas del ateísmo y de la indiferencia religiosa. La Hija de la Caridad es un sarmiento de la cepa evangélica. La savia de la caridad con los pobres corre por sus venas. Si quiere convencer al mundo actual de qUe Jesús no es un mito o una figura decorativa de la historia humana, ha de reproducir en sí misma estos hechos sin amaños ni componendas:

Jesús prefirió a los pobres. Si es verdad que no excluyó a nadie de la salvación, también es verdad que no ocultó su predilección por las clases más humildes de la sociedad. Siempre les dio muestras de singu­lar cariño. La pobreza sencilla y alegre estuvo representada por sus propios padres. Antes que el de los Magos, prefirió el homenaje de los pastores. En el templo se revela como Mesías, primero que a nadie, a dos ancianos pobres. Los grandes empresarios fundan su negocio bus­cando asociados capitalistas, pero El funda su Iglesia invitando a colaboradores pobres. La mayor parte de sus milagros tienen por fin inmediato consolar o curar enfermos económicamente débiles. Da tes­timonio de su mesianidad a los emisarios de Juan Bautista rodeado de pobres, como de una brillante corona. Ensalza con calor a la pobre viuda del cepillo del templo; defiende con elocuencia a la mujer encorvada de la sinagoga; conversa con bondad con el paralítico de la piscina e ins­truye con amor al ciego de Jerusalén…

Evangelizó a los pobres. Isaías puso con anticipación de siglos la evangelización de los pobres, como una serial de la venida del Reden­tor. Jesús ratificó este anuncio en dos ocasiones: cuando leyó el mismo pasaje profético en la sinagoga de Nazaret y cuando hizo alusión a esta cita bíblica a los enviados de Juan.

Sólo por los pobres se hizo pobre. La causa de su pobreza fue una razón social, aparte los designios de su Padre. Solamente un pobre puede acercarse a los pobres para salvarlos. Por eso El siendo rico se hizo po­bre para enriquecernos con su pobreza. El hecho de descender de Dios a Hombre, aun sin perder su divinidad, es tomar una condición de po­breza radical. Su pobreza es más pura que la nuestra porque a nosotros nos hace pobres el pecado. A esta pobreza esencial hay que añadir la de su vida humana. Es verdad que poseía algún dinero, asistía a banquetes, tenía amigos ricos que le ayudaban y normalmente no padecía necesi­dad; pero esto no atenúa la evidencia de su pobreza. Nació en un pese­bre y murió en una cruz. Entre estos dos polos extremos gira su vida po­bre. Pero lo más importante no es su pobreza material. Es el aspecto formal de la misma lo que más salta a la vista en el Evangelio. O sea, el desprendimiento de los bienes materiales y la confianza absoluta en su Padre celestial. No se nota en El el menor indicio de inquietud por la comida, el vestido o la vivienda. Da la impresión de una libertad ilimi­tada que se basta a sí misma porque se apoya en Dios. Se puede decir que batió el «record» de la pobreza, del despego, de la fe y de la paz.

«ME DOY A TI…»

Estas cuatro palabras constituyen el quicio en el que entra y gira el espigón de toda la fórmula. Son la expresión de la entrega total y per­sonal. Con ellas se hace a Dios la ofrenda de un ser vivo para que El lo consagre. Son palabras idénticas a las que el sacerdote recita sobre la oblata de los fieles, dones «que hemos recibido de tu generosidad y aho­ra te presentamos». Por eso el Ofertorio de la Misa es el lugar litúrgica­mente adecuado para hacer la profesión religiosa. Antes se hacía des­pués de la elevación del cáliz. Entonces la consagración de la Her­mana aparecía como imitación y respuesta a la consagración que Jesús hace de sí mismo al Padre recordada y repetida en cada Misa. En reali­dad no existe auténtica consagración religiosa, sino es una participación de la suya, ya que El es, por su propia naturaleza, el Consagrado por excelencia, el Ungido del Padre. Sólo en unión con El y por los méritos de su consagración podemos hacer nosotros la nuestra.

Hoy se hace después del Evangelio o de la homilía, si la hay, porque ese es lugar indicado según el enfoque litúrgico de la actuali­dad. Es el momento en que durante la Vigilia Pascual se confiere el sa­cramento del Bautismo y se hace la renovación de sus promesas. Los votos aparecen así como una respuesta de fe, de amor y generosidad al llamamiento que hace la palabra de Dios. A los votos siguen las preces universales por las cuales la Asamblea cristiana pide al Señor que ben­diga los compromisos que se acaban de adquirir. A continuación viene el Ofertorio. La Hermana se ofrece libremente a Dios Para que El la acepte, la dedique y la consagre a su servicio y a su obra. Al mismo tiem­po que el pan y el vino, «fruto de la tierra y del trabajo del hombre», se presentan en el altar para que se conviertan en el cuerpo y sangre de Cristo, la Hija de la Caridad deposita sobre el ara su libertad, su ser, su vida toda para que Dios la convierta en una hostia viva, santa, in­maculada y agradable a El. De esta manera queda más patente la inter­vención humana que se cifra en la libre entrega que hace a Dios de su persona, y la intervención divina que es de una amplitud casi universal, porque empieza en la elección gratuita, continúa en la aceptación de la ofrenda y termina en la consagración de la misma.

Cuando Jesús decía en la última cena: haced esto en memoria mía, no sólo a los sacerdotes se dirigía para que renovasen el rito sacramen­tal de la Misa, sino que invitaba también a todos los participantes del sacrificio a hacer lo que El hacía, es decir, al don total de ellos mis­mos para la salvación de los hombres y a convertirse por la caridad en un pan que se comparte.

«EN LA COMPAÑIA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD…»

Según San Vicente puede y debe ser la más santa porque está más cerca de la caridad que es Dios, principio, medio y fin de toda caridad. La más interior, porque el pobre le recuerda siempre al Amado que lleva en su corazón. La más sobrenatural, porque vive, trabaja y está con el pobre que es lo mismo que vivir, trabajar y estar con Dios. La más se­mejante a Dios, porque las Hermanas son Hijas de Dios. «No hay nom­bre cómo tu nombre.» No hay nadie que se parezca tanto a un padre como su hijo. Porque es, además, la Providencia compasiva y amorosa de Dios encamada en unas mujeres consagradas. La más atendida por Dios, porque está escrito: dad y se os dará ¿Y qué puede negarle a quien lo ha dado todo? La más parecida a Cristo, porque es la continuadora y realizadora de su obra, porque es sierva de los pobres que es lo mismo que serlo de Cristo que también vino a servir y no a ser servido. La más exacta copia de María, porque las dos son madres de Cristo, vírgenes y esposas. La que mejor realiza en la tierra el oficio de los ángeles, porque también está escrito: ven en la cara de mi Padre… Anuncian lo bueno y lo bello del Evangelio, cuidan tiernamente de los siervos de Dios. La más util a la Iglesia, porque si ésta es la Iglesia de los pobres, aquélla es, dentro de la misma, la Compañía de los pobres. La más prudente y sabia porque esencialmente es una Compañía que en medio de la vida activa llevan una vida contemplativa puesto que ven habitualmente a Dios en la cara del pobre. La más feliz en la vida, porque lo que se hace con libertad y amor se hace con gozo, paz y alegría. La más serena en la muerte porque se dice en el libro de los salmos que el que cuida de los po­bres no temerá al morir, y porque Jesús proclama bienaventurados a los que tuvieron misericordia de sus hermanos. La más tranquila en el juicio porque estará en primera fila, a la derecha de Cristo para oír aquellas palabras serenas: venid, benditas de mi Padre… La más gloriosa en el cielo porque el más santo es el que más ha amado y a mayor san­tidad corresponde mayor gloria.,. «El entendimiento humano no puede concebir un estado más sublime aquí en la tierra. La obra de vuestra vocación es tal que no sé yo que haya cosa que se le iguale en toda la Iglesia. Hacéis profesión de dar la vida por el servicio del prójimo y por amor de Dios. ¿Hay acto de amor que supere a éste?, de donde se sigue que no hay ocupación alguna en el mundo con relación a Dios que sea más excelsa que la vuestra.»

Excelsa por su origen. Hay que buscarlo en el mismo corazón de Dios ya que El y sólo El es su verdadero Padre y Fundador.

Por sus fundadores humanos, SanVicente y Santa Luisa de los que Dios se sirvió para darle al mundo una de las pruebas más grandes de su amor. De la abundancia de su corazón y de la grandeza de su cari­dad nació la Compañía como una respuesta magnánima a las llamadas de la Iglesia y a las necesidades de los pobres.

Por su misión que es volar a las órdenes de Dios en socorro de los pobres allí donde se hallen y en la forma en que se, encuentren. «Tenéis una vocación que os obliga indistintamente a asistir a toda clase de per­sonas y a abrazar con los brazos de vuestra caridad a todos los pobres de la tierra.»

Por su organización, reglas y Constituciones que no son rígidas, inmóviles, sino flexibles y dinámicas. Conservando lo fundamental sus obras han ido evolucionando al ritmo de la situación social y tienen la holgura que demanda la disponibilidad de las Hermanas dentro del vasto imperio de la Caridad.

Por su espiritualidad que es cristocéntrica. Vive pendiente de Cristo. Anhela con sus miembros y obras prolongar la vida de Cristo en la tierra, servirle y amarle en la persona de los pobres y estar fuer­temente anclada en El. Jesucristo ocupa continuamente el centro de su vida y de sus actividades.

Por su inserción en el mundo y en la Iglesia, ya que ha acudido a todos los requerimientos de los Papas y de los prelados y ha estado aten­ta a las necesidades y al signo de los tiempos. No busca el aplauso, pero ha tenido que escuchar, llena de confusión, las mayores alabanzas por su brillante hoja de servicios.

Por su universalidad. San Vicente no le señaló obras determinadas, le apuntó un fin: los pobres. Lo que éstos han menester varía al paso de los siglos. La Compañía abandona unas obras por innecesarias, asume otras nuevas por convenientes y mantiene algunas antiguas porque son siempre actuales. Por derecho propio recorre todo el campo de la cari­dad y de la beneficencia que es tan ancho como la misma humanidad.

Por su expansión que es la más dilatada que ha podido adquirir un instituto religioso desde los orígenes de la Iglesia. Cuenta con más de 40.000 miembros actualmente y no hay nación donde no estén haciendo acto de presencia.

Por su fidelidad ya que proporcionalmente a su número es la co­munidad femenina que menos deserciones cuenta entre las filas de su ejército blanco.

Por sus cualidades humanas el Papa Pío XII ha dicho: «las hijas de la Caridad son vírgenes con ojos de luz, madres con labios de miel y hermanas con manos de bálsamo y consuelo».

«Y SEGUN SUS CONSTITUCIONES…»

Las modernas Constituciones y Estatutos son el fruto de la última Asamblea General cuyas dos etapas ocuparon largos meses durante los años 1968 y 1969. Es la tercera vez que se refunden y redactan para acomodarlas a las necesidades de los tiempos. Cuando esto escribo se están revisando de nuevo. Esencialmente son las mismas de los comien­zos de la Compañía porque conservan intactos los principios básicos que le dieron el ser específico. Las modificaciones han sido accidentales. Ciertas formas externas que parecían fosilizadas o rígidas o ineficaces han desaparecido. Hay costumbres más abiertas, orientaciones de actualidad, nuevos enfoques de normas y principios que no deben morir. Así y todo, no tienen todavía impreso el sello de una ley oficial con su carga de derechos y obligaciones definitivas. Son provisionales. Están pasando por el tamiz de la experiencia y esperan de ese modo el refrendo de la próxima Asamblea General y del Vicario de Cristo. Sin embargo, la Hija de la Caridad, al profesar, se compromete seriamente a cumplirlas, a someterse a ellas tal como están elaboradas y consignadas en el texto oficial y seún la interpretación que de ellas haga el Consejo General de la Compañía así como las indicaciones que dimanen del Consejo Pro­vincial.

«HAGO VOTO…»

El voto es una promesa deliberada y libre, hecha a Dios, de una cosa posible, mejor que su contraria y con miras a un bien mayor. No es un vago propósito que a muy poco obliga, ni una piadosa resolución que fácilmente se puede anular o modificar. Es un compromiso autén­tico que se contrae con Dios y que El acepta, confirma y consagra. Por ser de tanta responsabilidad la Iglesia fija unas condiciones mínimas de edad, libertad y discernimiento.

Desde el punto de vista humano es un acto propio de adultos, de seres plenamente responsables de sí mismos, de su propia vida y que ofrecen garantías razonables de poder perseverar en su cumplimiento. Para estos votos se exige la misma madurez que para el matrimonio y el sacerdocio. Es una doble exigencia: saber lo que se quiere hacer y tener capacidad para realizarlo.

Desde el punto de vista religioso es un compromiso sagrado, un acto de la virtud de la religión, un homenaje de alabanza y adoración que sólo puede prestarse a Dios. Es una respuesta personal a la consa­gración del bautismo. El voto bautismal da a éste su valor religioso y ga­rantiza el mantenimiento de la palabra empeñada. Así como Cristo a la consagración hipostática que realizó en el plano del ser añadió la suya libre y personal, así el religioso a la consagración bautismal donde quedó consagrada su naturaleza humana añade con estos votos su consagra­ción deliberada, gozosa, íntima en el plano de la persona.

Desde el punto de vista del corazón no es una imprudencia com­prometerse intencionalmente, de por vida. El voto no es una carga que se procura soslayar, sino una ardiente aspiración del alma que se intenta lograr. El voto es una exigencia del amor. Cuando dos se aman, como los que contraen matrimonio, tienden a contraer compromisos, a:„crear, vínculos que los aten con el ser amado, a arbitrar medios para que su amor sea duradero, a tomar cautelas y defensas para precaverse contra la pro­pia debilidad e inconstancia: Sólo cuando el amor disminuye o muere se convierte en cadena el compromisO adquirido. Pero mientras el amor prolongue su reinado, los lazos que sujetan son amables y deseables como los del poeta que, después de muchos arios de matrimonio, todavia can­taba alborozado: ¡Vivan las cadenas…!

Desde el punto de vista de la materia del voto hay que distinguir la materia necesaria de la materia absoluta. La materia necesaria con­siste en un mínimum de prácticas que no se pueden omitir bajo pena de pecado. Estas obligaciones están determinadas por las Constituciones y las reglas. Todas las Hermanas tienen obligación de conocerlas y ajus­tarse a ellas. La fidelidad a los usos y costumbres de la comunidad es el signo de la seriedad con que se hizo la consagración, pero la negligencia en su cumplimiento, aunque se trate de cosas menudas, deshace la ele­gancia del espíritu y destruye la delicadeza de conciencia.

La materia absoluta del voto es aquello que se busca en la prácti­ca de lo preceptuado en las reglas: la perfección de laCaridad, el despren­dimiento interior, el amor total a Cristo, la disponibilidad, la libertad en estado habitual de ofrenda… Hubiera sido irrealizable prometer bajo pecado conseguir la santidad, pero es viable y hacedero prometer tenerla siempre como aspiración y como meta. Nadie está obligado por los votos a coronar las cimas, pero sí, a escalarlas, a, subir, a trepar sin descanso. No es ningún pecado no conseguir la perfec­ción, pero es un deber gravísimo tender a ella. La Hija de la Caridad que no lo hace reniega de sus compromisos. Los votos la obligan a orientarse hacia Dios y avanzar en ese sentido. Sería una ilusa si cre­yera vivir en la seguridad limitándose a no violar la letra de las leyes y de los votos. Ellos impregnan toda su existencia, comprometen toda su persona, informan toda su vida y la mantienen en la línea de su primera entrega.

«POR UN AÑO…»

Desde su nacimiento corre por el cauce de la Compañía el agua de una tradición inviolable: la mujer que franquea sus puertas se hace Hija de la Caridad para toda la vida. Esta afirmación no ofrece duda para quien lea atentamente las páginas de su historia. Durante la vida de San Vicente las Hermanas no emitían votos de ninguna clase, excep­ción hecha de un grupo reducido en el que figuraba a la cabeza Santa Luisa. Esto no obstante, el santo Fundador en sus cartas y conferen­cias insistía con pasmosa frecuencia sobre la perseverancia en el servicio de los pobres, la fidelidad a la vocación, los peligros que la podían hacer zozobrar y el estado lamentable en que se encontraban las desertoras. Cuando tenía que dar a la comunidad la triste noticia de una compañera que, después de unos años de permanencia entre ellas, había abando­nado la Compañía, empleaba expresiones como éstas: me ha causado una pena indecible… siento su pérdida de un modo doloroso y amargo… el adiós de esa Hermana me ha llenado de tristeza y me ha hecho llorar… Llorad vosotras su desatino y compadeceos de su estado… escarmentad en cabeza ajena… Ante una cobardía como la de esta mujer, decid: no, Dios mío, no; aunque todas te abandonen, yo nunca te abandonaré…

Esta conducta de San Vicente prueba que las Hermanas al ingre­sar se comprometían explícitamente, aunque no hicieran voto alguno, a quedarse para siempre en su nueva familia religiosa. En los albores de la Compañía la idea de la estabilidad era una creencia común y tenía para todas la certeza de un principio indiscutible, de un axioma evi­dente, de una doctrina segura.

Cuando, la emisión de los votos anuales se hizo una práctica uni­versal en el Instituto vicenciano, la convicción de que la vocación de la Hija de la Caridad es eterna no sufrió variación alguna. Por el contrario, se fue haciendo más clara y profunda. Los Superiores Generales, los Directores, las formadoras de las aspirantes, postulantes y seminaristas, los directores espirituales pertenecientes a la Congregación de la Mi­sión han abundado siempre de palabra y por escrito en los mismos sen­timientos. Hasta hoy no ha habido ninguna Hermana que al vestir el santo hábito no estuviera convencida de que adquiría libremente ante Dios el compromiso de llevarlo sobre su cuerpo real o simbólicamente hasta la muerte. Por lo tanto si alguna actualmente rechaza en la intimi­dad de su pensamiento esta enseñanza, no puede ingresar; y si ingresa, no puede profesar; y si profesa con la intención de evadirse dentro del plazo anual, sus votos son inválidos porque no profesa según las intenciones, las enseñanzas, las tradiciones y espíritu de la Compañía. Según ella, la entrega a Cristo en la persona de los pobres, con votos o sin ellos, es libre, pero total e irrevocable. La razón es porque este modo de ser es un estado de vida evangélica cuyos miembros se proponen seguir a Cristo para con­tinuar su obra. En él la exigencia de la perfección no proviene primor­dialmente de los votos, los cuales son una segunda exigencia, sino de un llamamiento al estado de la caridad. Según ella también, la, Hermana se entrega a Dios y a la Compañía por puro amor. El amor implica li­bertad. Mientras el amor subsista queda la libertad de permanecer; pero, si el amor se muere, se esfuma la libertad para dar paso a la nece­sidad fatal de marcharse.

¿Qué añaden entonces los votos a la entrega personal? La elevan a un acto de culto y de religión; convierten la vida de la Hermana en una liturgia viva y permanente; le confieren el rango oficial de esposa de Dios; la transforman en un signo o sacramento de Cristo y de la Iglesia; la ungen con el óleo de una consagración divina; la colocan en el número de las elegidas; afianzan su amor, acrecientan su generosi­dad, la precaven contra su inestabilidad, suprimen sus dudas, la sus­traen a la indiferencia y dan firmeza a su debilidad.

«DE SERVIR A LOS POBRES…»

Es lo que caracteriza verdaderamente a la Compañía, lo que in­forma la totalidad de su vocación. Es el centro hacia el que todo conver­ge, el punto alrededor del cual todo gira, el fin en torno al cual todo se mueve y se pone en órbita y la misión en función de la cual se organiza todo. Para este servicio se fundó bajo el soplo del Espíritu Santo. Hacia esta meta se puso en marcha la familia vicenciana desde su aparición en la Iglesia. En este servicio encuentra ella su gozo, como el de aquella Hermana de la primera hora que a las puertas de la muerte se repro­chaba haber disfrutado demasiado sirviendo a los pobres. Ella honra al pobre porque no ignora que es una forma de honrar al Señor, como la alabanza o la oración; porque sabe que el servicio del pobre es una expresión litúrgica; porque cree que es un sacrificio de suave olor por el que ofrece a Dios su cuerpo como hostia viva, santa y agrada­ble; porque ha encontrado en el pobre la unidad de su vida de oración y de acción, la síntesis de su profesión espiritual y temporal; y por­que se ha colocado en la intersección de los dos palos de la cruz des­de donde abraza, como Cristo, con un mismo amor, a Dios y a los hombres. Ella no entiende de esa tendencia moderna a dar a la religión una dimensión casi exclusivamente terrena. Ella oye hablar de dos reli­giones: la vertical y la horizontal, la divina y la humana, la celeste y la secular. Ella escucha estupefacta las conferencias eruditas de prestigio­sos sacerdotes que hablan de la caridad social, de la justicia social y no se refieren nunca a la caridad trascendente. No comprende nada. Pero el pobre, sin saberlo, le ha enseñado más que todos los discursos. Ella toma todos los valores humanos y divinos, los mezcla en el laboratorio de su corazón y obtiene un resultado químicamente puro y sobrena­tural. Con la mayor sencillez resuelve la antinomia de que está en el mundo, pero no es del mundo.

Ella sirve a los pobres sin abandonar a los ricos, como Cristo y su Padre Fundador. Se acerca a los ricos para decirles que con el tiempo y el dinero que malgastan, muchos pobres podrían hacerse ricos como ellos; que lo superfluo no les pertenece porque es necesario para los po­bres; que el lujo sólo es perdonable en los países donde la gente no se muere de frío y de hambre; que las puertas de la salvación sólo se abren a los ricos que son la Providencia de los pobres; que si la desgracia de éstos consiste en creer dichosos a los ricos, la de estos últimos es encon­trar la dicha en sus riquezas; que estar muy a gusto en este mundo es estar perdido; que si esperan tener más para dar a los pobres nunca les darán nada; y que si creen que el dinero lo consigue todo serán capaces de todo por conseguirlo.

Las hijas de la Caridad son en cierto sentido las millonarias de los pobres. No tienen nada, pero se lo dan todo. Las cadenas de la miseria humana las encadenan a ellas. Sufren con el hambre de los demás. Los consideran suyos, como si la sangre de los desvalidos pasara por sus venas. Todas sus calamidades les conciernen a ellas directamente. Están persuadidas de que no hay más que una cosa necesaria: las personas a quienes ellas son necesarias. No existe desgracia alguna contra la cual no sea posible hallar remedio en el tesoro de su caridad. Cuando oyen reír piensan que la sangre o las lágrimas de sus hermanos corren en alguna parte del mundo. Quisieran tomar su alimento a medias con los pobres, pues saben por experiencia que el pan compartido tiene mejor sabor, que el que se come a solas. Y ellas también hablan de la caridad a los pobres. La de ellos sigue el camino inverso de los de arriba. Porque si la caridad del rico es querer al pobre, la caridad del pobre es querer al rico.

«DE VIVIR EN CASTIDAD, POBREZA Y OBEDIENCIA…»

Son los tres votos comunes a todos los institutos religiosos. Versan sobre los consejos evangélicos que obligan a todos los cristianos y son la crema y la flor del Evangelio. Los labios de Cristo fueron el ma­nantial de donde saltó esta corriente de agua que ha regado y fecundado la Iglesia durante siglos. Son, por consiguiente de institución divina en su base, de elaboración eclesial en sus estructuras o forma de vivirlos y de inspiración particular de los fundadores en lo que tienen de específico y diferencial. Su contenido teológico consiste esencialmente en hacer de cada profeso un claro testigo de Dios, un signo de Cristo y una manifesta­ción diáfana de lo que la Iglesia es en realidad. El religioso por estos votos es la continuación y prolongación de Cristo pobre, virgen y obediente en el espacio y en el tiempo. El contenido moral está radicalmente en el hecho de que, como el poder o virtud de la consagración invade toda la persona, cualquier actividad humana adquiere un valor sagrado, un mérito sobrenatural, si va habitualmente ordenada por el amor. El contenido jurídico, en que el individuo admitido a la profesión queda por ella realzado, elevado a la condición de persona oficial de la Iglesia y del Instituto en que ha emitido los votos y está por lo tanto en adelante sometido a todas las leyes, derechos y deberes de estas dos sociedades. El contenido humano. Los bienes a los que se renuncia son buenos y estimables y, usados rectamente, perfeccionan al hombre. Sin em­bargo, el amor que comporta su renuncia le dignifica más, le realza más, le proporciona una mayor perfección humana. El contenido social.

La historia del mundo y de la Iglesia es una continua exhibición de los beneficios de todo género que los profesionales de los consejos evangéli­cos han aportado y aportan actualmente al progreso y bienestar de la ciudad terrena.

«AL SUPERIOR GENERAL DE LA CONGREGACION DE LA MISION».

20 de noviembre de 1646. Juan Francisco de Gondi, arzobispo de París, firma el documento de erección de la Compañía. Declara en él que las Hijas de la Caridad estarán bajo su dependencia y la de sus su­cesores, aunque delegando sus poderes de superior en San Vicente de Paúl, mientras este viva. Santa Luisa se alarma. Inmeditamente es­cribe a San Vicente suplicándole que haga todo lo posible para borrar esa cláusula y sustituirla por otra que ponga la Compañía bajo la direc­ción del Superior General de la Misión y de sus sucesores. En 1647 escribe también a la reina, Ana de Austria, haciéndole con todo enca­recimiento la misma demanda. La reina escribe al Papa pasándole la petición de Santa Luisa. Su pensamiento es el siguiente: La Compañía no puede estar ni un solo instante apartada de la dirección que Dios le ha mandado. Si tal ocurriera, desde ese momento dejaría de ser lo que es, se saldría de la voluntad de Dios y los pobres ya no serían so­corridos. Sería más ventajoso para la gloria de Dios que la Compañía desapareciese por completo antes que se pusiese bajo otra dirección, porque estoy cierta que eso sería contrario a la voluntad de Dios. Ade­más al principio quedó establecido que, si por mala administración, por falta de jóvenes o por cualquier otra causa la comunidad muriese todos sus bienes pasarían a la Misión para que los empleara en los po­bres, cosa que no sucedería si estuviese otro superior al frente.

Las cartas de la señorita Legras causan honda preocupación a San Vicente, le obligan a reflexionar. Poco a poco acepta su punto de vista y le da la razón. Propone a las dos comunidades una solución tri­ple: nombrar como superiora a una Dama de la Caridad o a una Hija de la Caridad con total independencia, excepto de la de Roma o una Hija de la Caridad «la más apropiada, pero ayudada y dirigida por el Superior General de la Misión». Por mayoría de votos triunfó la última propuesta. Alegría desbordante de Santa Luisa que veía así disipados sus temores. Gozo sereno en San Vicente, que, aunque no lo ha manifes­tado, hace tiempo que lo desea ardientemente. Empieza a actuar. Mueve todos los resortes de su poder y de su influencia y el 18 de enero de 1655 el Cardenal de Retz firma el nuevo documento que el Papa confir­ma posteriormente.

Desde entonces, San Vicente se considera y es considerado por todos el Superior de la Compañía. El se hace representar por el Padre Portad, como director y delegado suyo, práctica que hasta hoy se con­serva. Las razones que aduce en sus charlas y escritos en favor de este nombramiento para él y para sus sucesores son dos principalmente: 1.a La Providencia de Dios para dar nacimiento a la pequeña Compañía se sirvió de la nuestra; y ya sabéis que Dios para conservar las cosas se sirve de los mismos medios de que se valió para crearlas. 2.a Nosotros, como ellas, tenemos un fin: los pobres. Pero hay muchísimas cosas que nosotros no podemos hacer con ellos, mientras que a ellas, como mu­jeres que son, les son más fáciles. Entonces, siendo directores de nues­tras Hermanas hacemos a los pobres todo el bien que ellas les hacen…

He aquí brevemente explicado el motivo de que el voto de obe­diencia se haga al Superior General de la Congregación de la Misión. El, para desempeñar mejor su cargo, nombra por sí mismo a los Direc­tores Provinciales y por medio de éstos y de los Visitadores a los de­más directores espirituales de las Hermanas. Y él mismo también nom­bra directamente a todas sus superioras.

«CONCEDEME LA GRACIA DE LA FIDELIDAD…»

Histórico. Un seminario cualquiera de las Hijas de la Caridad. En la enfermería, una seminarista enferma. Alguien delicadamente le ha dado la noticia de que su enfermedad es incurable, que tiene que morir. Momentos después, la visita del P. Director. Una pregunta de la enfer­ma: Padre, me acaban de decir que mi enfermedad no tiene remedio, pero que va a ser muy larga, de algunos años, que tengo que salir…, me da permiso para pedir a Dios mi muerte ahora, antes que abandonar el seminario? Si, no hay ninOn inconveniente… A los pocos días la joven seminarista se moría dulcemente…

La perseverancia estriba en la guarda tenaz y porfiada de los idea­les que florecieron el día primero de la entrega; en amar lo que entonces se amó, en querer lo que entonces se quiso, en hacer hora por hora, mi­nuto por minuto lo que entonces se obligó a acometer. Es una milicia obstinada en la que podrán sobrevenir derrotas parciales, pero en la que no se admiten pactos ni armisticios ni mucho menos capitulaciones… La perseverancia es la fidelidad a la oración y al contacto asiduo, y per­sonal con Dios. Es la vigilancia sobre el corazón para que no ruede por el plano inclinado de una afectividad desbordada, de un amor excesi­vamente humano. Es la constancia en mantener encendida en el alma la llama de una alegría radiante para que no la ocupen las sombras del desaliento y de la amargura. Es la convicción de que la obediencia no es cuestión de razón, sino un misterio de fe que exige una total dispo­nibilidad lo mismo para bajar la cabeza como María, ante la grandeza y el honor, que para subir, como Cristo, a la cruz. Es el arte difícil de limar las agudas aristas del carácter que imposibilita la vida comuni­taria, la impregnan de un acre olor a pólvora o la convierten en un pa­tio de vecindad o en un abigarrado zoco marroquí. Es, por fin, el cui­dado en hacer subir más cada día el termómetro del amor a una tempe­ratura más alta, pues de lo contrario se corre el riesgo de descender a un nivel de vida trivial y , adocenada que es la más triste manera de ser estéril y la forma de que la vocación se vaya diluyendo lentamente como una voluta de humo.

La infidelidad, si se la mira como la pérdida de la vocación, en teoría no constituye ningún pecado, pero en la práctica, o sea en las motivaciones y en sus secuelas, ha sido, es y será siempre pecado. Es una cobardía porque, como dice San Vicente, la Hija de la Caridad es un soldado que está de centinela en una posición; no puede desertar ni abandonar el puesto; la disciplina militar es inexorable; allí está aunque llueva, nieve, sople el viento o dispare el enemigo. No puede retirarse, sólo puede defenderse y esperar el relevo, la ayuda o la muer­te. Y si fuera tan cobarde que se marchara de allí no habría compasión para él: sería pasado por las armas por no haber guardado el puesto que le encomendó el capitán. La infidelidad es una perfidia porque viola la palabra dada, quebranta la fe jurada ante Dios cuando más pruebas le está dando de su predilección. Es una alevosía porque rompe los lazos de amistad que le unen con Cristo cuando éste le había otorgado el más alto grado de confianza. Es una traición cometida contra la Iglesia y la Compañía porque se les vuelve la espalda cuando mayor es su necesidad. Es un divorcio más torpe y desatinado que el de una pa­reja humana porque la desposada repudia al Esposo por sí y ante sí, sin motivos ni explicaciones y de forma tal que ninguna ley civil lo to­leraría. Es una insensatez. Entró porque Dios lo quería y sale porque ella lo quiere; vino impulsada por la fe y se va impelida por la razón; traía un dulce sentimiento y se lleva un amargo resentimiento; el in­greso le costó varios años y decide el regreso en pocos días; la venida fue madurando con la consulta y la oración y la marcha es fruto de la ligereza y la irreflexión; para llegar cruzó montañas de obstáculos y para volver, un recto sendero de arena blanda; entonces huyó del mundo porque Dios la atraía y después huye de Dios porque el mundo la atrae…

He aquí el premio a la fidelidad. Son diez palabras distintas para designar un solo galardón verdadero. Las pronuncia el mismo Dios en el Apocalipsis de San Juan para alentar la perseverancia en la fe de los obispos de Asia: 1.a Sé valiente; vengo enseguida; conserva lo que tienes no sea que otro reciba tu corona. 2.a Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida. 3.a Al que venciere le daré a comer un maná escondido. 4.a Al que venciere le daré una piedrecita blanca y en ella escribiré un nombre nuevo; será además revestido de vestiduras blan­cas. 5.a No borraré su nombre del libro de la vida. 6.a Pregonaré su nombre delante de mi Padre y de sus ángeles. 7.a Le haré columna del templo de mi Dios. 8.a Le daré a comer del árbol de la vida que está en medio del paraíso de mi Dios. 9.a Le haré sentar conmigo en mi tro­no. 10.a No tendrá ya jamás hambre… La Hermana que emprende la marcha apoyada en el bordón de estas promesas tendrá los arrestos su­ficientes para llegar con seguridad al término del viaje.

«POR TU HIJO JESUCRISTO…»

Es la conclusión tradicional de todas las oraciones de la sagrada liturgia. No podía faltar este broche de oro a la mejor oración que ha recitado la Hija de la Caridad en toda su vida. A Jesucristo debe todo lo que tiene y de El espera todo lo que le falta. El es su centro de gra­vedad, su punto de apoyo, su razón de ser. El está en el principio, en el medio y en fin de su vocación. El Padre le ha consagrado por su Hijo. La fidelidad a la consagración ha de venir hasta ella por el mismo cami­no. Toda su actitud existencial ante el Padre ha de ser:

Por Cristo. Sin El nada se ha hecho, nada se hace, nada se hará. El nos mereció los frutos de nuestra oración y la capacidad de hacerla. Gracias a su vocación de Redentor se nos ha dado la nuestra de continua­dores y colaboradores suyos. Y allí está en el cielo junto al Padre, como abogado nuestro, intercediendo por nosotros con gemidos inena­rrables.

Con Cristo. La religiosa se ha consagrado al Padre juntamente con. Cristo tanto en el bautismo como en el día de su profesión. Cuando se habla de consagración es preciso reaccionar contra una manera su­perficial de expresarse. Se ha reprochado a los religiosos de ambos sexos haber acaparado para sí mismos las palabras de vocación, con­sagración, estado de perfección, consejos evangélicos. Estos vocablos son patrimonio de todos los bautizados. Para exaltar los valores de la vida religiosa no es necesario minimizar los de la vida cristiana. No hay solución de continuidad entre las dos. El bautismo lleva consigo una vocación, una consagración y una perfección, las más solemnes, las fundamentales, en las que todas las demás se insertan.

La consagración religiosa es una floración espléndida y anticipada de la consagración bautismal, la aceleración de etapas demasiado len­tas, la supresión de rodeos y distancias, la sed impaciente que devora a algunos elegidos por arribar a la culminación del bautismo. Ahora bien, unos y otros, los que marchan en vanguardia como los que roncean a sus espaldas, han sido consagrados con Jesús en la Encarnación. En ella La Humanidad del Salvador, y con ella la nuestra, es asumida por la Divinidad, ya no se pertenece, se entrega al Padre y se consagra a su gloria y a su obra. El bautismo nos sepultó en la corriente de esta divi­na consagración. Pero entonces sólo nos consagramos en el plano del ser, de la naturaleza. De nada nos valdría esa consagración básica y fundamental si después al despuntar la razón y a lo largo de la vida cada uno de nosotros no añadiéramos nuestra consagración propia, personal, consciente y progresiva. Si con El empezamos, con El es pre­ciso que continuemos y consumemos la obra. Su perseverancia es ga­rantía y dechado de la nuestra.

En Cristo. Nuestra vida está inserta en la suya. Somos una gota de agua de su corriente, una onda cambiante de su océano, un sarmien­to de su cepa, un miembro de su cuerpo. Todo lo suyo es nuestro y todo lo nuestro es suyo. Nuestro, su espíritu, su misión,, su voluntad, su muerte y resurrección. Todo es nuestro de derecho, pero no de hecho, si noso­tros no lo tomamos, si no nos lo apropiamos libre y laboriosamente en un proceso gradual de asimilación. Se impone entre El y nosotros una comunidad de voluntades sometidas al Padre, una unidad de corazones rebosantes de amor, una identidad de muerte al pecado, una semejanza de vida para Dios. Entonces seremos testigos suyos de verdad. Nuestra presencia dará la impresión de una nueva aparición de Jesús en el mundo.

Para Cristo. Una Hija de la Caridad no se consagra para sí para encontrar yo no sé qué perfección, culminación o florecimiento perso­nal. No busca la santidad para encontrar a Dios, sino que busca a Dios encontrando en esa búsqueda la plenitud personal. No abraza la vida religiosa por miras particulares, por muy piadosas que sean; entra en ella para dar la mayor gloria a Dios y para trabajar por la extensión del Reino. Ella es para la Iglesia, la Iglesia para Cristo y Cristo para Dios. Vivir plenamente la consagración religiosa es proclamar la misión trascendente de la Iglesia, la divinidad de Cristo y la santidad de Dios. La palabra y el silencio, el trabajo y el ocio, la plegaria y el sacrificio de la Hermana tendrán una influencia cósmica porque pon­drán en las manos del Padre los elementos necesarios para restaurar todas las cosas en Cristo.

«Y LA INTERCESION DE LA VIRGEN INMACULADA»

Oh María, estabas Tú aquí, al final, esperándome para salir a mi encuentro. Sin embargo, la fragancia de tu recuerdo desde el princi­pio impregnaba mi ser. Todas mis palabras olían a tí. Y ahora se me ha ocurrido, así de pronto, firmar mis compromisos con tu nombre que es garantía de lealtad. ¡Tú rubricando mis votos! Junto a la espina de la renuncia la suavidad de la rosa. Lo que faltaba para mi felicidad. Porque tú estás aquí al pie de la fórmula por la misma razón que es­tabas al pie de la cruz. Gracias a ti fue posible la Encarnación, la vida y la muerte de tu Hijo. Sin tu generosa intervención la consagración del mundo y la que yo misma acabo de hacer serían ahora un sueño irrealizable. Dios quiso necesitar de Ti para llevar a cabo tantas mara­villas. Por eso yo canto hoy contigo lo que Tú cantaste ayer sin mí: mi alma glorifica al Señor y mi espíritu está transportado de gozo en Dios, mi Salvador…

Sin pecado concebida. El pecado no salpicó siquiera el borde de tu vestido. Tu perfección es sencillamente sobrecogedora. No te puedo mirar de hito en hito sin quedar deslumbrada. Y es que Dios al crearte parece que quiso demostrarme lo que es capaz de hacer cuando se pone a hacer cosas grandes. No me extraña. Eres su Madre. Y la de la Igle­sia. Y la de la Compañía. Y la mía también. Tú eres el polo magnético del mundo eclesial y del mundo vicenciano. Tu influjo es tan positivo como imperceptible. Esa es la causa por la que algunos te han situa­do al margen de su vida. Pero yo creo en Ti porque creo en tu Hijo. Creo que todo lo que la Iglesia dice de Ti es verdad hasta la última coma. Tú no eres un lujo, eres una necesidad. En la vida de cada hijo de Dios estás siempre Tú al acecho. De mí sé decir que si Tú me falta­ras tendría la misma sensación que si me faltara la espina dorsal, me sentiría vieja, inútil e inservible como un barco condenado al des­guace.

Ruega por nosotros. Tú eres inseparable de Cristo. Tú ocupas con El el centro del universo. Por sus méritos y bajo su autoridad a Ti, como a El se te ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Tú eres en la Iglesia y con la Iglesia la omnipotencia suplicante. Intercesora y abogada mía, ruega hoy por mí para que aprenda en tu escuela la única lección que Tú enseñas: poseer a tu Hijo y darle a los demás. Quiero contemplar a menudo tu rostro, el más parecido al de Cristo, el único que me puede amaestrar a mirar siempre en su dirección. Te confieso, Madre mía, que tengo miedo. Me abruma la responsabilidad que des­de hoy pesa sobre mis espaldas. Me han dicho que Dios me ha de pedir cuenta del mundo entero, que los malos son tan fuertes porque los buenos somos tan débiles, que el frío universal puede comenzar en mi co­razón… y muchas cosas más que yo ya sabía y que por una parte me in­timidaban y por otra me seducían… Confío en tu ayuda plenamente. Actuar sin contar contigo es como arar en el mar o pretender volar sin alas.

Que recurrimos a Ti. He conocido gentes que tienen alergia a tu devoción. Te digo con sinceridad que no las comprendo. Y lo más cu­rioso es ver la cantidad y la variedad de sucedáneos de que tienen que echar mano para poder reemplazarte. Parecen nómadas y trashuman­tes del apostolado. Y sin embargo son personas de muchas campanillas o se tienen por tales. Da grima verlas explorar el mundo de los libros y de los discursos para encontrar algo que tienen a su alcance. Tienes que perdonarme por la opinión nada favorable que me merecen: cuando no se vive como se piensa, se termina pensando como se vive… Puedes estar segura de mi lealtad hacia Ti. Te conozco. Sé el papel que desempeñas en la vida de la Iglesia y en mi propia vida. Pero me he convencido de que el mejor camino para penetrar en tu misterio no es tanto el estudio como el amor. Es imposible librarse de Ti después de haberte amado. Los que te rechazan nunca te amaron ni supieron nada de Ti. Quiero que sepas que mi consagración a Cristo de hoy es una plena consagración a Ti. Contigo todo será más fácil y sencillo. No importa que Tú seas la primera mujer consagrada del mundo y yo la última; las dos juntas realizaremos las obras de Dios. Y olvida que yo haya sido muchas veces la causa de tu tristeza porque deseo que seas Tú en adelante la causa de mi alegría…

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