En respuesta a tu llamada: Comunidad penitente (1)

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Felipe Manzanal, C.M. · Year of first publication: 1973.
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COMUNIDAD PENITENTE

EL PECADO

Hablar del pecado es difícil porque se trata de una realidad tan cierta como misteriosa. Pero no es, ni mucho menos, ni un mito ni una abstracción ni una conclusión que brota de unas premisas evidentes. No es tampoco una deficiencia sicológica del hombre ni una calumnia que el cristianismo ha levantado gratuitamente contra la bondad congé­nita de la naturaleza humana. La existencia del pecado es una verdad de fe, una realidad universal y un misterio impenetrable. Aunque el tema del pecado esté íntimamente relacionado con la historia, la filosofía, la cultura y las ciencias antropológicas, no es principalmente el objeto de su estudio. Sólo se le puede considerar desde una perspectiva teológica. Y es que el pecado es una religión, pero una religión al revés, pues mien­tras la religión genuina nos liga a Dios y a los bienes trascendentes, ésta nos ata al mundo y a los bienes terrenos. La gracia y el pecado son la cara y la cruz de la misma moneda, el sí y el no con que el hombre puede responder a la llamada’de Dios.

Siempre será un misterio que el hombre sea capaz de decir no a Dios. Pero no sólo es posible, sino que es demasiado cierto. El pecado invade al mundo. Frente al misterio de la bondad de Dios se levanta el misterio de la maldad humana. Frente a la ternura de un Padre, la ingra­titud de un hijo. Frente a la misericordia del cielo, la miseria de la tierra. Frente a la infinita anchura del amor, la mezquina cerrazón del odio. Frente a unos brazos que se alargan para abrazar, unas espaldas que se vuelven para escapar. Frente al inefable misterio de Cristo, el pavoroso misterio de la iniquidad. Realmente es un misterio por donde quiera que se le mire. «Salgo de este mundo —decía Santa Teresa de Avila- sin comprender cómo es posible que un hombre corneta un pecado con­tra Dios.»

Pero hoy sucede algo mucho más grave y alarmante. El mundo mo­derno ha perdido el sentido del pecado. No sólo ha perdido el miedo, sino también la conciencia y la noción misma de pecado. El pecado no existe ya para la inmensa mayoría de los hombres. Para algunos es una idea opresiva, esclavizante de la que hay que liberarse para gozar de plena autonomía y personalidad. Para otros es un sartal de prejuicios heredados, una fuerza represiva, un sentimiento obsesivo que una buena salud mental prescribe eliminar. Para muchos es una simple ligereza, una pequeña debilidad humana, una exigencia de la juventud y de la vida. Para la mayor parte, lejos de ser una desgracia, es una fuente ina­gotable de felicidad. Hoy se peca igual que ayer. La diferencia está en que ayer al pecado se le llamaba pecado, como al pan, pan y al vino, vino, mientras que hoy se le silencia, se prefiere no hablar de él, aun dentro de ciertos cenáculos cristianos. Fuera, en los demás ambientes, predomina la despreocupación moral de los actos humanos, se le oculta tras una cortina de humo bienoliente o se le envuelve en un vaho rosado de frivolidad, de buen humor, de indiferencia, cuando no ha desapare­cido totalmente entre los blandos algodones de una ignorancia alegre y confiada. En los mismos círculos eclesiales los esfuerzos que se están haciendo pará ofrecer a la conciencia católica una moral renovada, más rica y eficiente, producen simultáneamente en muchos espíritus una profunda inseguridad y un indudable desconcierto que desemboca en una indolencia creciente frente al fenómeno del pecado, indolencia que se ve reflejada en la literatura, en el teatro, en el cine, en el arte, en las costumbres sociales, en todas las manifestaciones externas de la vida actual.

Históricamente hay que buscar el origen del mal humano en el pecado original. Sin embargo, la causa metafísica es mucho más honda. El hombre peca porque recibe una naturaleza con gérmenes y semillas de pecado. Esto es verdad. Pero también lo es que Adán pecó sin haber recibido esa herencia nefasta. Y cualquiera de sus descendientes hubiera podido pecar, aunque él no hubiera tenido ese tropiezo, aunque hubiera recibido la gracia y los dones sobrenaturales que Adán recibió. La razón filosófica del pecado no es la naturaleza humana con su fragilidad, su desorden y su desequilibrio actuales. Las posibilidades de pecar van inscritas en lo más íntimo de su constitución, brota de las profundidades del ser humano. Ni las cosas externas ni el demonio mismo pueden obligarle a pecar. La carga nociva de la herencia, las presiones internas, la volubilidad sicológica, el contagio del ambiente y otros muchos facto­res facilitan de hecho los caminos del pecado, pero no nos lo explican con exactitud.

Filosofía. La explicación última va unida a la doctrina de la crea­ción. Es nuestra condición de seres creados, limitados y contingentes. El pecado es la revelación de lo precario y provisional de nuestra exis­tencia. Los ángeles sucumbieron, pese a ser puros espíritus y desliga­dos, por tanto, de toda presión interna y externa. La razón es la misma: su condición de criaturas libres, capaces de elegir entre el bien y el mal. Y si no pecan los que están en el Reino definitivamente, no es porque no conserven esa facultad radical, sino porque Dios suple con su poder y su gracia la natural imperfección de su libertad. La libertad es la base de nuestra grandeza y de nuestra miseria. Es la condición sin la cual no podríamos llegar a ser hijos de Dios y sin la que no podríamos ser res­ponsables de nuestros pecados. Es la raíz del bien que realizamos y del mal que cometemos. Cierto que no hay libertad para el mal. La libertad perfecta consiste en elegir siempre los medios mejores y más aptos para alcanzar el fm propuesto. Pero nuestra libertad es imperfecta. Es una libertad de criaturas que lleva entrañada la posibilidad de optar entre el bien y el mal. No porque apetezcamos el mal directamente, sino por­que vemos en él un bien, todo lo fugaz que se quiera, pero un bien que nos proporciona felicidad, siquiera sea momentánea. Nuestras faculta­des son limitadas y no captan la verdad en todo su conjunto, no pueden establecer una relación completa entre los medios y el fm, no poseen toda la luz para escoger siempre e infaliblemente los medios mejores para nuestro fm último.

Y así tenía que ser. La libertad nos era necesaria para que pudiera darse una amistad auténtica entre Dios y el hombre. Por alcanzar este bien tan grande había que correr el riesgo del pecado. Porque el pecado es el reverso de la gracia, de la amistad divina. Nuestro ser creado no hubiera podido soportar una libertad absoluta, infalible y perfecta, como la de Dios. El sabía que íbamos a abusar de este título de grandeza, que lo íbamos a utiliar contra El. Pero quiso correr esa aventura, con­sistió en ser rechazado por unos para poder ser elegido libremente por otros.

Teología. El hombre es el rey de la creación. Pero es un rey des­tronado. Porque un rey debe poder mandar y debe ser obedecido. Pero ocurre que no sucede así. Los instintos se le insolentan como súbditos rebeldes. Es un juguete indefenso de las fuerzas de la naturaleza. Queda como anonadado ante las distancias colosales de los astros, las proporcio­nes del átomo y de la célula y la extensión ilimitada del cosmos. Hay infinidad de cosas que escapan a su control. Sin embargo al principio no fue así. En el principio fue la paz. Y el dominio. Y el orden. Y la armonía. La tentación empezó cuando los hombres se hicieron conscien­tes de las prohibiciones divinas. Lo mismo que ahora. Estamos muy cerca de caer cuando nos empeñamos en ver en el mal tan solo una prohibición. La rebeldía aparece entonces como un acto liberador. Más que la llamada serena de la verdadera sabiduría, sentimos la atracción de las cosas prohibidas con su misterio inquietante, con su dulce secreto, con su promesa de felicidad.

El momento de la primera desobediencia debió de ser terrible e indescriptible. La creación entera tembló desde sus cimientos hasta la cumbre de los cielos. Si el recuerdo amargo de nuestro primer pecado personal nos persigue como una sombra durante tanto tiempo, el primer pecado del mundo quedó tan impreso en la conciencia de la humanidad que no es muy difícil descubrirlo en la antigua historia de los pueblos. Entre Dios y el hombre se había abierto un abismo, y como consecuencia, estalló la guerra dentro del mismo corazón humano, el hombre perdió el dominio y la sumisión de las cosas creadas, se rompieron los lazos que unían a los hombres y la tierra comenzó a empaparse de lágrimas, de sudor y de sangre. No es tarea fácil registrar todos los males que se nos han ido echando encima a partir de aquella caída primera. Pero de­bemos tener en cuenta que todas las desgracias del mundo sólo son la consecuencia, el reflejo y la suma del pecado que somos y que hay en cada uno de nosotros.

El pecado es una ruptura total y universal. Es una ruptura con Dios como Creador, como Legislador y como Padre. Es tina ruptura con Cristo como Camino, Verdad y Vida; como Mediador, Redentor y Salvador. Es una ruptura con la Iglesia como Madre, como Comunión de caridad y como Institución. Es una ruptura con toda la comunidad humana, no en la cúspide de sus relaciones externas, sino en la base de sus energías y principios unificantes.

Sicología. Somos herederos de nuestros antepasados. De ellos no sólo hemos recibido unos bienes y una cultura, sino también un cuer­po en el que sembraron, como en una parcela de tierra, la más confusa variedad de gérmenes. Si nos ponemos a escuchar las voces que suben de lo más profundo de nuestro ser, oiremos el clamor de la venganza, el grito de la lujuria y el ruido de la orgía que resonó hace siglos. Las semi­llas de perdición que han ido cayendo a través de sucesivas generaciones han llegado hasta nosotros y están esperando únicamente las condicio­nes favorables para brotar. Somos el resultado bueno o malo de una larga colaboración. Las disposiciones orgánicas que nuestros padres nos han transmitido ejercen una marcada influencia sobre nuestro espíritu. «Cada uno de nosotros —decía Unamuno— lleva toda una humanidad dentro de sí: lleva a Adán y a Eva, a Caín y a Abel, a Jacob y a Esaú, a Judas y a Cristo…»

Es preciso que durante mucho tiempo vaya el agua por los mismos cauces para que se formen los ríos. Cuando nuestros pecados se han ido sumando en el mismo sentido, se forma la costumbre. La costumbre es una ley de inercia que empuja en el mismo sentido de la marcha. Gota a gota el agua de la culpa ha conseguido agujerear la roca de la voluntad. Poco a poco, se ha ido formando la cadena de la propia esclavitud. La libertad de elección, el esfuerzo, la tenacidad, la victoria sobre las dificultades se han ido desmenuzando entre los dedos de la costumbre, como granos de arena. Cuando uno quiere volver atrás ya no puede. Hay demasiada fuerza acumulada. Se ha creado una segunda naturaleza a la que no se puede doblegar tan fácilmente. El deslizamiento se veri­fica como sobre un tobogán liso. Uno se acostumbra al pecado como se acostumbra a una enfermedad o a la miseria. Se establece una secreta afinidad con ese nuevo mundo descubierto. Parecía que se había conquis­tado el universo en la más grandiosa aventura y sucede exactamente todo lo contrario: son las cosas las que se han apoderado del hombre.

Dios está presente en su creación. Todas las cosas hacen referencia clarísima a su Creador como las huellas que alguien ha dejado a su paso en el camino, como las obras de arte en que se ha reflejado el genio. Pero el hombre no capta esa relación. Debiera recoger, interpre­tar y transmitir la gloria que canta a Dios el cosmos. Pero se queda en la superficie sin buscar su origen. Le basta esto para apagar su sed. El limita con el mundo a través de sus sentidos. Dios no es más que una no­ción abstracta e indefinida, algo lejano y muerto que nada dice al yo profunda, ansioso de felicidad. En cambio las cosas de la tierra están siempre presentes. Le basta alargar su mano para coger sus frutos. Se necesita el heroísmo de la santidad para renunciar a la dicha presente en favor de una felicidad problemática, lejana, futura…

Pero el pecado no está en las cosas, sino en el hombre mismo. Es tal vez su certeza de ser perdonado lo que le hace dormir cómodamente en el lecho de la culpa; es su pasión que despierta, provocada por los ob­jetos que le atraen irresistiblemente; son sus ojos los que se enturbian y ven la verdad empequeñecida y difuminada; es su sensibilidad que recibe las impresiones de los objetos y los presenta a la razón metidos en la horma de sus conveniencias; es su imaginación que los viste y colo­rea a su gusto; es su inteligencia que sólo puede contemplar los aspectos parciales de la verdad moral puesto que la verdad absoluta es inaprehen­sible para ella y una verdad a medias es de lo más engañoso; es su vo­luntad que opta por el pecado seducida por el color dorado y el sabor de la miel de que, de ley ordinaria, viene cubierto.

Cosmología. Las cosas son un reflejo de la hermosura de Dios, una alabanza de su gloria y una participación de su bondad. Ellas esperan cumplir su elevado destino en el hombre y por el hombre. El pecado frustra este anhelo universal. Cuando se comete se extiende sobre la creación entera un manto de tristeza, un gran dolor contenido. Es San Pablo el que nos enseña la dimensión cósmica que tiene el pecado. Nunca se sabe hasta dónde pueden llegar los efectos devastadores del mal per­petrado por el ser humano. Es como una piedra que cae sobre las tersas aguas del universo. Las grandes o leves ondulaciones que produce avan­zan hasta la eternidad y salpican al mismo Dios. Todo se estremece con la explosión. Todo queda empañado y obscurecido al recibir el impacto de cualquier pecado. Hasta el día del juicio no se sabrán ni las dimensio­nes de una sola culpa, ni el balance de las pérdidas que ocasionó ni el alcance de los bienes de que privó al mundo. Los beneficios que Dios había vinculado a una victoria que no se consiguió; lo que pudo haber sido y por culpa nuestra no será ya jamás; el ideal que Dios había so­ñado, frustrado para siempre…

Sociología. Así como hay una comunicación de bienes en el mundo de la gracia y de la santidad hay también una participación en el mal del mundo del pecado. Todos los hombres pagan las consecuencias de un solo pecado. «Por eso está de luto el país —dice el profeta Amós— por­que hay en él un grupo de hombres que mienten, perjuran, roban, adul­teran y matan». «Habéis de saber —afirma un novelista ruso, Tolstoi­que cada uno de nosotros es culpable por todos ,.y de todos en la tierra.» El pecado se extiende por toda la superficie del globo como una enfer­medad contagiosa. La atmósfera que respiramos está también moral­mente contaminada. Contiene gérmenes de muerte contra los que es pre­ciso inmunizarse con los antibióticos espirituales que sólo se distribu­yen .en la Iglesia. Un pecado es una catástrofe mundial. La humanidad sufre con él un enorme desgaste. La Iglesia universal presenta a Dios un semblante lloroso. Lo afirma Cristo. Porque si los ángeles festejan la conversión de un pecador es señal inequívoca de que también lloraron su pecado con anterioridad.

DIMENSION PENITENCIAL DE LA VIDA. CRISTIANA

Todo esto es un gran misterio. También lo es la repercusión uni­versal que tiene la penitencia. Cuando un pecador la hace, como aca­bamos de ver, parece que el mundo sigue su ritmo normal y, sin embargo todo ha cambiado, más allá del alcance de nuestros sentidos. En el cielo hay más gozo. En el cosmos más armonía. El Reino de Dios ha adelan­tado sus fronteras. La penitencia es al pecado lo que el sol a la noche, la paz a la guerra, la vida a la muerte, la creación a la nada. La pe­nitencia recorre todos los caminos del pecado, pero al revés. Es la salud que sigue a la enfermedad, es la cordura que sustituye a la demencia, es la reconciliación que borra la perfidia cometida. Es el retorno del exi­lio, el regreso al hogar abandonado, la vuelta a la antigua amistad. Es la pena de la ofensa, el gozo del encuentro, la alegría del perdón. Es una obra que nadie puede hacer por nosotros, la única obra de arte per­mitida a los que no somos artistas. Convertirse no es tan fácil como pecar, pero es una hermosa gesta de la que son capaces todos los peca­dores. Porque si todo santo es un pecador en potencia, todo pecador es un santo en perspectiva. La conversión es una inocencia recuperada, un trampolín para encaramarse en las cimas de un amor que se perdió y se quiere recuperar.

La penitencia consiste en eliminar todos los obstáculos que nos impiden alcanzar el ideal que Dios nos ha marcado. Sus dos aspectos saltan a la vista: El aspecto negativo que hace borrón y cuenta nueva del pecado y de todo cuanto a él puede conducir; y el aspecto positivo que restablece, incrementa y depura gradualmente nuestras relaciones con Dios, configurándonos con la persona de Cristo, modelo divino de nuestra perfección humana. No se trata de un doble esfuerzo, sino de una labor única, dura, ascendente e ininterrumpida que produce simultáneamente los dos efectos descritos. En este forcejeo el cristiano ha de estar inmunizado contra el desaliento porque ni podrá perder de vista nunca el punto de partida que es el pecado ni le será posible vislumbrar mientras viva el punto de llegada que es Dios.

La conversión de Dios al hombre. Es la razón, la explicación, el tipo y el modelo de la conversión del hombre a Dios. La Sagrada Escri­tura nos le presenta siempre al lado de su pueblo, fiel a sus promesas, atento a la protección y a la defensa, generoso en los favores y pródigo en las amenazas. Los castigos que le enviaba estaban inspirados por el amor. De El parten todas las iniciativas indefectiblemente. Las traiciones del pueblo no quiebran su fidelidad. Las conversiones esporádicas que se producen le roban el corazón que se vuelca en bienes materiales, portentos y milagros. El mismo compara el amor que le profesa al de un padre que ha estrenado su paternidad con un hijo lleno de encanto; al de un esposo encariñado con su mujer, al de un novio enamorado de la que va a ser su esposa; al del dueño de una viña estéril que se tornó feraz merced a sus constantes esfuerzos. «Hago contigo este pacto —le dice al pueblo escogido— establezco entre nosotros esta alianza, no porque tú seas grande y valioso, porque resulta que no lo eres, porque eres el pueblo más pequeño y pobre de la tierra; he pactado contigo porque te he amado, te amo y te amaré… conviértete y vuélvete a mí, como yo estoy vuelto y convertido a ti «… Conversión es la palabra que sale sin cesar de la boca de los profetas, despertadores de las conciencias, reveladores de los pecados secretos, pregoneros de los pecados públicos, denunciadores de los reyes y de los poderosos de la tierra, defensores de los pobres, de los sencillos, de los humildes. La conversión que exigen estos hombres de Dios es el abandono del pecado, la vuelta a la ley y a los compromisos contraídos con Yaveh, no con el mero culto exter­no, ni con disimulos e hipocresías, sino sinceramente, constantemente, colectivamente.

El grito profético de los nuevos mensajeros de la Alianza tiene las mismas vibraciones en la estridente ágora del mundo moderno. La proclamación de la palabra tiene un trasfondo penitencial. El viejo estribillo: convertíos, haced penitencia… va dirigido a todos, a los jus­tos que se creen pecadores y a los pecadores que se creen justos; al «rebelde Efraín que no sabe colocarse en la matriz» y al pobre incons­ciente que adolece de los mismos defectos que deplora en los demás. La palabra de Dios sigue siendo vehículo de conversión porque es el espejo en que vemos la fea catadura del pecado, porque tiene poder para triun­far de nuestras resistencias sicológicas, para derribar nuestras defensas interiores, para abatir nuestro orgullo y hacernos sentir la nostalgia de aquellos días felices que precedieron a la primera culpa. Algo de mí queda en vosotros cuando me acabáis de oír —decía San Gregorio a sus oyentes—. Si esto sucede con el intérprete, cuánto más con Dios que es el que habla por su boca.

La Encarnación, más que una conversión de Dios al hombre, es una conversión de Dios en el hombre. Dios se convierte en hombre para que el hombre se convierta en Dios. Lo que parece un absurdo es una realidad tan auténtica como incomprensible. Cristo se hizo pe­cado para destruirle con su muerte y resurrección demoliendo así el muro que le separaba del hombre. En adelante el papel del cristiano con­siste solamente en aportar su esfuerzo personal a la obra de Cristo para obtener en sí mismo el triunfo que El obtuvo sobre toda la huma­nidad. Sin Cristo muy poco o nada habrá que hacer. «El hombre es ra­dicalmente impotente para dominar con eficacia los ataques del mal. Durante mucho tiempo se sentía aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en Persona para liberarle y vigorizarle, para renovarle interior­mente expulsando al príncipe de este mundo.» (Gaudium et Spes.)

Cristo vino a salvar a los pecadores. Mostró por ellos una predilec­ción que llegó a escandalizar. Se diría que no tenía más que una ob­sesión: arrancarlos del poderío del pecado.

Predicó la penitencia. La elevó a la categoría de. sacramento. La exigió como pasaporte para entrar en su Reino. Hizo el panegírico de su austero Precursor y ratificó su severa doctrina penitencial. Abrió nuevos caminos y descubrió nuevas motivaciones muy superiores a las antiguas. Enseñó en términos hasta entonces inconcebibles la doctrina de la bondad de Dios, de su misericordia para con los pecadores arre­pentidos. Las parábolas de la misericordia son algo único en la litera­tura universal. El corazón de Dios y el corazón humano aparecen en ellas en todas sus dimensiones. Los pecadores, sin excepción, en­contraron siempre sus brazos abiertos, su sonrisa compasiva, su pala­bra indulgente. Fue un enemigo declarado del pecado y un amigo incon­dicional del pecador sincero. Sólo le repugnaba la presencia de los hi­pócritas.

Pero más que con las palabras de sus labios, fue con los hechos de su vida como salió victorioso del pecado. Vida penitente: no tengo dónde reclinar la cabeza. Vida inocente: ¿quién de vosotros me argüirá de pecado? Vida obediente al Padre, a la vieja Alianza, a la ley civil del invasor. Vida mortificada, combatida, crucificada. Vida arrebatada vio­lentamente por la muerte. Vida recuperada en la mañana de Pascua. Si la penitencia cristiana no está calcada sobre la de Cristo no será ni penitencia ni cristiana. Por otra parte, el bautismo nos ha sepultado en la muerte de Cristo. Su lucha es nuestra lucha. Su muerte es nuestra muerte. La diferencia está en que El murió por el pecado y nosotros morimos al pecado. El ya no puede morir. Nosotros no podemos pecar. O mejor, no podemos dejar de luchar contra el pecado. La penitencia de Cristo consistió en que quiso ser víctima de los pecados de la huma­nidad. Nuestra penitencia consistirá en el esfuerzo para no ser víctimas de nuestros pecados personales, en no hacer a nuestros hermanos vícti­mas de nuestros propios pecados, en evitar que el hombre sea víctima de los pecados de otro hombre. Sólo así estaremos también asociados a su vida pascual resucitando con El para la gloria del Padre.

La penitencia cristiana no es una acción punitiva por la que nos libramos de la conciencia de culpabilidad. Es un proceso personal por el que pasamos de la vida de pecadores a la vida nueva y justa del Reino. La fe, al descubrirnos la santidad de Dios, nos hace ver de rebote nues­tra condición de pecadores. El que cree reconoce en su mismo acto de fe su maldad radical. Este reconocimiento es esencial para entrar y per­manecer en el Reino. El Reino de Dios se realiza concretamente en la vida de Jesús. El es el primero que da una existencia mundana a esta vida nueva y gloriosa. En realiad El es el Reino mismo de Dios. Lo ha inaugurado con su muerte y resurrección. La muerte de Cristo, como hemos dicho, es la suprema y definitiva penitencia. Es su vuelta, su conversión al Padre. Es una penitencia que, siendo suya, es a la vez nuestra, universal, revelación y fuente de la penitencia que ha de practicar toda la humanidad. El deber de sus seguidores es asimilarla, reprodu­cirla, proyectarla y prolongarla en su vida privada y colectiva. Fue el bautismo, repetimos, el que no sólo nos perdonó los pecados y nos infun­dió la gracia, sino que nos sumergió también en la vida penitente de Cris­to. La vida bautismal es por tanto sinónima de vida penitente. Un bautizado es un penitente perpetuo porque vive en función de la santi­dad de Jesús y lucha contra un enemigo, el pecado, del que no podrá estar totalmente libre mientras viva en este mundo.

La gracia, la justicia, la caridad son tres palabras, pero una sola realidad divina que recibimos en el momento en que somos perdonados y justificados. Pero a menudo nos olvidamos de pensar en su absoluta gratuidad. Es preciso recordar que no solamente es un don gratuito o infuso en el momento inicial, sino también a lo largo de su desarrollo y en la misma meta de su consumación. Si vivimos plenamente conscien­tes de que nada merecemos, de que todo se nos da gratuitamente, tene­mos que reconocer con toda verdad y sinceridad que somos siempre injustos y pecadores, que nada bueno sale de nosotros mismos, que so­mos pobres de solemnidad, que, lleguemos a donde lleguemos, parti­mos desde cero, y que al avanzar lo hacemos pese a nuestra condición radical de miseria y de pecado. Esta es una verdad católica. Pero esta doctrina, si bien se mira, no tiene nada de pesimista o de humillante para la naturaleza humana. Por el contrario; bien entendida, nos lanza a velas desplegadas a buscar en Cristo, nuestro suplemento, despierta todas las posibilidades de nuestra voluntad y hace funcionar a tope todas las energías latentes de las demás facultades. Las dos frases: «sin mí nada podéis hacer», y: «todo lo puedo en aquel que me conforta…» se compaginan y se complementan a las mil maravillas.

La penitencia cristiana tiene un sello teologal. Creer en Dios y en su enviado, Jesucristo, es reconocerse pecador. Esperar en El es consi­derarse mendigo total. Amarle supone confesar abiertamente lo ruin que es siempre el amor que se le profesa. Es partir del convencimiento de que no se quiere lo suficiente ni a Dios ni al prójimo. Es vivir en la persuasión de no estar amándolos lo bastante. Es adoptar una actitud de humildad, como quien pide perdón por no amarlos como sería ne­cesario y como ellos se merecen. Es sentir pena por esa falta de amor. Es vivir, por lo mismo, en un constante arrepentimiento y en una volun­tad indesmayable de subsanar deficiencias y mejorar disposiciones. El único modo de amar a Dios y al prójimo es persuadirse de que todo lo que se hace es poco para lo que debiera ser. El amor auténtico es anhe­lante, insatisfecho, inconformista. Vivir en la creencia de estar haciéndolo todo bien es sustituir el amor de Dios por una larvada complacencia en el propio modo de proceder. El único amor posible es el amor arre­pentido, el amor penitente.

La condición neurótica de algunos cristianos y la deformación doc­trinal que ciertos pastores han sufrido han sido parte para que se desa­rrollara en el pueblo la idea inquietante y angustiosa de la penitencia La penitencia cristiana es una penitencia alegre porque es una penitencia pascual. No crea ningún tipo de angustia o de ansiedad, sino en las natu­ralezas predispuestas. Las verdades que le sirven de base son optimis­tas. Sólo inspiran confianza y seguridad. Pero si nos empeñamos en pre­sentar a Dios casi exclusivamente como juez frío e imparcial, que salva a los buenos y castiga a los malos, la penitencia dejará de ser una res­puesta de amor a un Dios Salvador y se convierte fatalmente en un sis­tema rígido de evitar a toda costa la condenación. La situamos en un mar­co de temor, en vez de encuadrarla en una perspectiva de amor. Surge entonces la inseguridad, el miedo, la incertidumbre del perdón, la in­quietud frente al problema de la salvación. La penitencia no se inspira primordialmente en el temor de condenarse, sino en el amor a un Dios que nos ha amado primero, en el amor a unos seres humanos a quienes ha hecho hijos suyos y hermanos nuestros. Lo único que lamenta­mos es que nuestro amor sea tan escaso y pobre, pero, por eso mismo, les pedimos perdón. Entre las mil maneras de solicitar que nos perdo­nen, destaca la forma sacramental. En este encuentro con Dios y con nuestros hermanos somos perdonados en la medida en que nosotros perdonamos.

La conversión cristiana tiene una vertiente eclesial y comunitaria. Hoy se insiste mucho en esta dimensión penitencial. Es lo que le im­prime carácter de autenticidad. Es lógico que así sea. Si somos solida­rios en el pecado es preciso que lo seamos también en la penitencia. Por otra parte, entrar en el Reino es tanto como recibir el espíritu de Cristo. Tener el espíritu de Cristo es vivir como El en relación con los demás, amarlos y salvarlos como El. A simple vista, ellos no merecen tal grado de amor por nuestra parte. Pero la medida del amor a nuestros prójimos no nos la dan ellos, sino Dios, que los ama gratuita e infinita­mente, según lo ha manifestado en su Hijo. El cristiano tiene que vivir la fraternidad universal en la certeza y en el dolor de no amar con la se­riedad, la profundidad y la generosidad que le impone la fe. Si cree que ama a sus semejantes como debe, deja automáticamente de ser cristiano. Tiene que reconocer que es injusto por no amarlos como Cris­to los ama. Tiene que confesar cale, pese a su buena voluntad, sus re­laciones humanas siguen teniendo una buena carga de soberbia, amor propio y autosuficiencia. En consecuencia, guardará siempre una ac­titud de humildad, de excusa, de perdón; tendrá que ser sumamente indulgente en todos los casos y en todas las cosas y tratará de hacer su amor gradualmente más efectivo, más desinteresado y menos egoís­ta. En la Iglesia todos estamos en deuda con todos. Todos necesitamos perdonar a todos y ser perdonados por todos. Pretender convertirse a Dios sin convertirse al prójimo es un contrasentido, un engaño, una ilusión. Y no falta quien diga que es también un crimen y una apostasía. Afirmación demasiado fuerte, pero que cuenta con un sólido fundamento bíblico.

Como una faceta que es de la vida cristiana, la penitencia reviste así mismo un matiz escatológico. Su objetivo apunta a una diana que parece inalcanzable: hacer presentes en este mundo las relaciones con Dios y con nuestros hermanos tal y como serán en el Reino definitivo; poner un enclave de la ciudad celeste dentro de las fronteras de la ciudad secular. Es todo un programa, un ideal divino. Ya se sabe que el ideal dice relación con las aspiraciones, pero no siempre guardan proporción con las realizaciones. Nuestro punto de mira está más allá de las estre­llas, pero nuestros pasos son vacilantes, lentos. A menudo se producen resbalones, caídas. Nos erguimos de nuevo y reanudamos nuestro avan­ce con fuerza renovada deseando coronar nuevas metas. Mientras viva­mos nunca podremos ajustamos exactamente al patrón divino. La vuel­ta total a Dios y a la comunidad humana implica salir de este mundo, nacer otra vez y revestimos de inmortalidad.

Para ser completa y sincera nuestra penitencia no basta su interio­ridad, tiene que expresarse en un plano exterior. Nuestra contextura sicosomática, nuestro carácter social y las relaciones con nuestro grupo peculiar exigen la manifestación de nuestro espíritu de penitencia. Las normas de caridad que Cristo nos dejó en testamento son su mejor ex­presión. La mortificación es hoy una moneda depreciada. Es preciso, sin embargo, quitarle la herrumbre de la rutina, la pátina de los prejui­cios, el moho que toma su cara ingrata, y así, bruñida y abrillantada, po­nerla de nuevo en circulación. Hay formas tradicionales de penitencia que conviene remozar y revalorizar. Algo así como meter el vino añejo en odres nuevos. Otras muchas prácticas penitenciales serán sugeridas por el amor. El ingenio y la iniciativa de cada cristiano pueden poblar de rosas el desierto del mundo, como Cristo el de la Cuarentena. Las celebraciones comunitarias ocupan un lugar de privilegio. Pero las que van en vanguardia son las formas litúrgicas y sacramentales, ya que son los cauces oficiales abiertos por Cristo en su Iglesia por donde, de ordinario, fluye la corriente de la salvación.

DIMENSION PENITENCIAL DE LA VIDA CONSAGRADA

El aspecto penitencial de la vida consagrada está diseñado de mano maestra en el decreto del Concilio Vaticano II, «Perfectae Charit atis», sobre la renovación de la vida religiosa. He aquí una selecta anto­logía de criterios conciliares. A primera vista son la corona de espinas de la mujer consagrada, pero en realidad son un manojo de rosas pe­rennes. A juicio de la Iglesia las mujeres elegidas por Dios:

«Han muerto al pecado…» Han muerto dos veces: por el bautis­mo y por la profesión. Mejor podría decirse que han rematado un ca­dáver. Pero este cadáver es extraño y desconcertante porque, pese a to­dos los golpes que recibe, sigue gozando de buena salud. El pecado re­verdece en cada primavera. Sus raíces son demasiado profundas para que alguna piense arrancarlas de cuajo. Todos los días amanecerá sorprendida al verlas retoñar en unos brotes vigorosos. Y todos los días se verá obligada a comenzar la labor de poda y de limpieza. El pecado es un carcelero que guarda bien a sus presos. Estos son todos los hombres y mujeres del mundo. Están condenados a cadena perpetua. No hay am­nistía de ningún género. La vida consagrada es un continuo forcejeo liberador. Dicen que es un paraíso. Tal vez lo sea en algún sentido. Pero también en este paraíso continúa haciendo sus víctimas la serpiente. Cada pecado de estas mujeres es para el mundo una alegría que se pierde, una columna que se desploma, una estrella que se apaga. La diferencia entre los pecados de las personas consagradas y los de las seglares es que las primeras luchan más, caen menos y se levantan siempre, mientras las segundas luchan menos, caen más y se levantan tarde o no se levan­tan nunca.

«…Renuncian al mundo…» Sin embargo le aman tanto que le quieren salvar al precio de su vida. Y es que para amar al mundo todo cuanto deben, comienzan por renunciar a él todo cuanto pueden. Sólo a partir de una renuncia total del mundo afectiva y efectivamente tiene valor y eficacia el testimonio y el apostolado. Una actitud ambigua, frívola, es una traición que se comete contra ese mismo mundo al que se dice querer salvar. Por eso lo que es legítimo para una mujer seglar tal vez no lo sea para una mujer consagrada. Si ésta se pone en el plan de no querer privarse de lo que es lícito nunca estará segura de saber evi­tar todo lo prohibido. La que no se doblega al yugo del sacrificio muy pronto se inclinará bajo el yugo del vicio: Entre el mundo del pecado y el de la gracia media un espacio inmensurable poblado de pequeñas debilidades, transacciones y condescendencias. El paso se verifica casi insensiblemente.

«…Profesan los consejos evangélicos…» Cuando todavía no es­taba definida y sistematizada la vida religiosa como en la actualidad, en algunas comunidades primitivas se utilizaba para el acto de incor­poración de un nuevo miembro esta brevísima fórmula: «Promitto conversionem» (prometo mi conversión), hago voto de convertirme a Dios dentro de la comunidad. Las dos citadas palabras latinas son un verdadero resumen, un auténtico comprimido de los ingredientes ne­cesarios para la vida religiosa. Contienen en esencia todo lo que expre­san las fórmulas largas y explicativas que hoy suelen emplearse en todos los institutos. Encierran, como en un breve estuche, toda la teolo­gía, la moral y la pastoral de la vida religiosa. Volver a Dios, convertirse a Dios y al prójimo de un modo progresivo y ascendente es el objetivo de sus votos, la meta de sus reglas y el núcleo de su ascesis.

«…Viven para Dios…» «…Le buscan ante todo y únicamente…», «…Le aman sobre todas las cosas porque El las amó primero…», «…Se adhieren a El con la mente y el corazón». No creen en un Dios que ponga una luz roja en las alegrías humanas, en un Dios que esterili­ce la razón, que mate la afectividad, que exija siempre y a todos un diez en los exámenes. Creen en un ser que es amor por esencia y definición, que las ama incomprensiblemente, que absorbe centrípetamente todas sus energías, que les ha hecho saber los hermosos proyectos que ha for­mado para cada una. Han comprendido que la vida se les ha dado para buscarlo, la muerte se les dará para encontrarlo y la eternidad se les otorgará para poseerlo. Se han jugado la existencia a un embite absur­do: al amor de un Ser invisible e inaprensible. Mientras los sabios ha­blan de Dios, ellas, más sabias aún, lo viven. Sus manos no derrama­rían la salvación sobre la tierra si no tuvieran sus ojos, para obtenerla, clavados con avidez en el cristal del cielo. En el principio fue el amor quien trazó la línea vertical. Después ellas por su cuenta la atravesaron-con un trazo horizontal. Y así empezó y continúa la relación Dios hombre, la cruz y la gloria de su vida.

«…Lo dejan todo por Cristo…» Lo que importa no es lo que se deja, poco o mucho, pobre o valioso, sino el motivo, el grado de amor con que se deja. Cada una tuvo conciencia de que ella era alguien para El; entonces El empezó a ser también Alguien para ella. Más tarde supo de El por experiencia más que los teólogos por sus estudios. Redescubrirle y optar por El, apostarlo todo por El fue algo tan sencillo como lógico. Desde entonces Cristo ha sido el equilibrio de su mundo afectivo, el amigo seguro de las horas inseguras. Al decir que le han amado que­remos decir que le han preferido. Pero hay que notar también que cuando se habla de preferencias se deja entender que ha habido dudas, combates, desgarrones de la propia vida. Se ha jugado el todo por el todo, pero no tan impunemente como algunas gentes están inclinadas a pensar.

«…Le siguen como la única cosa necesaria…» Ponen los pies so­bre sus huellas. Le imitan, le copian, le reproducen, le prolongan en su propia vida. Vida de martirio y de cruz, de rechazo y soledad, de sufri­miento y desamparo. Vida de pobreza radical, de amor virginal, de obediencia absoluta. Después de encontrarse con El hubiera sido un absurdo llevar una vida burguesa. No tiene nada de cómoda, es cierto, pero tampoco tiene nada de triste. El ocaso rojo de la muerte al que si­gue el amanecer de Pascua de Resurrección termina por gustar. Cristo no puede decepcionarlas. Es un gozó tranquilo el que infunde sobre sus penas, parecido al que sentimos cuando contemplamos desde la tierra la luminaria crepitánte de la noche.

«…Oyen sus palabras…» No es tarea fácil vaciarse de las ideolo­gías mundanas. Pero acometen con decisión la empresa de desprender­se de los criterios al uso, de las motivaciones a ras de tierra, de las ideas que circulan entre las gentes como moneda corriente. Ellas han traído una mentalidad ambiental y gregaria. Las palabras de Cristo les produce de momento un choque doloroso, les causa un impacto vio­lento. Los puntos de vista del mundo difieren totalmente de los de Jesús en casi todas las materias. Pero ellas permanecen a la escucha cons­tante del Maestro que va poco a poco trastornando sus opiniones adqui­ridas. Si en el ambiente secular lo sobrenatural apenas tiene audiencia, en su nueva tierra lo «natural» es cada día que pasa menos cotizable.

«…Viven solícitas por sus intereses…» A Cristo no le interesa nuestro planeta, sino como solar donde edificar su Iglesia. Es aquí donde desea instalar y ensanchar su Reino. Todo lo que sirva de instrumento para hacer a los hombres ciudadanos de la ciudad celeste es bueno y aceptable. Lo que impida realizar ese deseo, malo y rechazable. Lo neutral, lo que no sirva para tal fin, nulo o indiferente. Pero casi todas las conquistas humanas pueden servir de medios para las divinas. La cultura, la técnica, la sociología, el arte, el deporte sólo pueden intere­sar a la persona consagrada en tanto en cuanto sean vehículo de su mi­sión evangelizadora. Sin embargo, estas cuestiones señalan un cambio de rasante. Por su misma naturaleza ambivalente les exigen la lentitud de la prudencia. Para abordarlos toda precaución es poca.

«…Participan del anonadamiento de Cristo…» San Pablo aplica a Cristo esta palabra sorprendente, dura: se anonadó, se aniquiló, se puso al nivel de la nada. Cristo, efectivamente, fue suprimido por la per­secución, borrado por el odio, deshecho por la angustia, disminuido por el abandono, pulverizado por el dolor y triturado por la muerte. Ellas no pueden vivir de espaldas a esta dramática realidad. No pueden hablar jocosamente, ni formar cábalas ni hacerse muchas ilusiones so­bre la suerte que les va a deparar el porvenir, porque, poco más o menos, correrán los mismos riesgos. El decreto conciliar, dice no obstante, una palabra exacta: participan de su anonadamiento. Participar, tomar parte, que no es lo mismo que tomarlo todo. No jes será posible llegar a donde El llegó porque el discípulo no puede superar al Maestro.

«…Llevan una vida escondida en Cristo…» En este mundo tumul­tuoso y trepidante en que vivimos, adorador del relumbrón unas veces y de la ciencia y de la eficacia, otras, llevan la palma las virtudes que han dado en llamar activas. Apenas queda margen, si es que queda al­guno, para la humildad, la paciencia, la oración, el silencio, la mortifi­cación, la penitencia. Hay una inflación de empirismo y de actividad y una esclerosis galopante de vida interior. Pero como resulta que esta vida interior ha sido, es y será por los siglos de los siglos, el alma de todo apostolado, hemos llegado en la práctica a lo que todo el mundo en teoría quería evitar: la mediocridad, …el raquitismo, la inoperancia apostólica. La vida escondida en Cristo es para una religiosa el único apoyo de su trabajo de cara al exterior, la única base de su lanzamiento. Sin ella su apostolado será una mera explosión de fuegos de artificio.

«…Están al servicio de la Iglesia…» La Iglesia es una comunidad de hombres. Cada uno vale lo que ha costado. Cada uno es un ladrillo viviente del edificio sagrado, un miembro del sublime cuerpo de Cris­to. La caída o fractura de unos pocos puede perjudicar a la estabili­dad de los demás. Ellas, las mujeres consagradas, están atentas a su seguridad personal y a la de cada individuo, porque están persuadidas de que el todo depende de sus partes. Estas merecen, por tanto, la máxima atención. Evitan sus propios pecados porque es un servicio eclesial del todo positivo. Decía Santa Luisa de Marillac: Dios castiga a su pue­blo por los pecados de todos y consiguientemente por los nuestros también. Es justo que suframos con los demás porque ¿quiénes somos nosotras para creernos exentas de los males públicos? Se vuelcan sobre los demás porque es un servicio más positivo todavía. Por su condición tienen un deber y un derecho: quemarse en aras de las necesidades más urgentes, gastarse en favor de los demás pobres, acudir allí donde el barco hace agua, volar allí donde Dios llora. Los fuertes golpes de la realidad las templa, las endurece. Así salen cada vez más airosas de la prueba.

«…Viven y sienten con la Iglesia…» La aman como comunión en el Espíritu y les llegan al alma las deserciones, los escándalos, las cri­sis, las guerras entre hermanos. La aman también como Institución y aprietan sus filas bajo las banderas de la Jerarquía. Les repugna for­mar parte de esa fauna prolífica de los disidentes, de ese bestiario ecle­sial de los contestatarios, de esos grupos rebeldes que se erigen en jueces de la Esposa de Cristo, la obligan a sentarse en el banquillo de los acu­sados, se toman la justicia por sus manos, critican de todo lo critica­ble y pronuncian sentencia de muerte contra sus propios pastores. Co­locarse en la acera de enfrente es hoy un alarde de independencia inte­lectual. Disentir del Magisterio es un acto de valentía, un golpe de au­dacia seguido por los aplausos del público y orquestado por las colum­nas encomiásticas de las revistas clericales. Por el contrario, sentir, como ellas, con las autoridades pastorales de la Iglesia es dar origen a polé­micas de resultados imprevisibles, ver alejarse para siempre a las mejo­res amistades y quedarse a solas con su lealtad. Una postura que, indu­dablemente, exige de suyo una valentía superior a la del caso prece­dente.

«…Se entregan totalmente a la misión de la Iglesia…» La misión de la Iglesia es única e inmutable: evangelizar al mundo. Pero al poner manos a la obra despliega un inmenso abanico de actividades diferentes. Las formas que adopta para presentar su mensaje ofrecen una infinita variedad de matices. Las mujeres consagradas ocupan todos los puestos, avanzan en todos los frentes, emplean todos los medios a su alcan­ce. Tan asombrosa flexibilidad supone un duro y largo entrenamiento. Lo que más cuesta arriba se les hace es estar disponibles para despla­zarse de un sitio a otro en un momento dado, dóciles a la llamada urgen­te de las circunstancias. Precisan de un severo autocontrol para que su sensibilidad femenina no estalle al encararse de pronto con un cambio imprevisto de casas y de oficios, de climas y lugares, de métodos y cos­tumbres. Yo afirmo, sin temor a equivocarme, que el fruto más logra­do de su vida penitente es alcanzar este grado no común de preparación y adaptabilidad.

«…Se ocupan en la edificación de la Iglesia…» Todas éstas son locuciones parecidas que expresan la misma realidad, aunque dive» rsa­mente matizada. Esta última frase suscita el recuerdo de las analogías eclesiales paulinas. La Iglesia es una obra en perpetua construcción. Las religiosas son obreras especializadas. Trabajan día y noche, en com­pañía y en solitario, bajo techo y a la intemperie. No dan paz a sus,ma­nos. La obra no puede sufrir interrupción. Ni siquiera se considera una tregua la lasitud de sus horas libres, el respiro de los recreos o el descanso de las vacaciones. Los contratos de trabajo no les van. Los horarios laborales no rezan con ellas porque saben perfectamente que, si no están construyendo, están destruyendo el edificio.

«…Aman al prójimo para la salvación del mundo…» El amor ha desatado sobre la superficie del globo terráqueo una catarata de versos armoniosos, un diluvio de palabras sonoras y de párrafos optimis­tas. El amor ha sido y es muy elocuente. Su fecundidad verbal es real­mente prodigiosa. Pero amar, amar bien, es un ejercicio difícil, espi­noso, violento. Amar a una sola persona resulta a veces punto menos que imposible. ¿Qué será amar a la humanidad entera? A Cristo le costó la vida. Y poco menos a las mujeres elegidas por El. Son, en un sentido evangélico, labradoras. Están por oficio inclinadas sobre la dura tierra haciendo plantaciones de fe y de amor. Han aprendido esta lección: el amor no echa raíces si no se riega con sangre, sudor y lágri­mas. Amar al mundo es una aventura más peligrosa que darle la vuelta en un barco de vela. En un mar de soberbia y de lujuria se está ahogando la humanidad. Ahora bien, para salvar a uno que se está ahogando hay que estar en el agua con él. Pero también hay que saber nadar mucho mejor que él. Y ellas saben este arte. No les importa conquistar la glo­ria humana, dejar su recuerdo en la memoria de los hombres. Su má­xima aspiración es dejar el mundo, al salir, un poco mejor de lo que esta­ba al entrar.

«…Aman fraternalmente a los miembros de Cristo…» Todos los hombres son sus hermanos, pero los hijos de la Iglesia lo son doble­mente. Por eso se entregan a ellos con especial dedicación. Tampoco esta empresa ofrece facilidades. En algunos sectores de la sociedad cristiana descubren más paganismo del que hubieran podido imaginar. Muchos cristianos se parecen a Cristo como Satanás a Dios. Ellas tiene a veces la impresión de estar como ovejas entre lobos. La desilusión, la ingratitud, la indiferencia, la esterilidad aparente, la ignorancia, la suspicacia, cuando no el escarnio y el insulto, es toda la cosecha que re­cogen después de una porfiada y dolorosa sementera. Pero Dios les pide más voluntad que acierto, más esfuerzos redoblados que triunfos escalonados, más hambre y sed de justicia que hartura y satisfacción, porque lo que importa en la vida, como en el deporte, no es ganar a los demás, sino triunfar de nosotros mismos.

«…Viven en comunidad…» El reducto comunitario es el palenque usual de la penitencia consagrada. Convivir con personas completa­mente antagonistas, armonizar la suma libertad con la suma obediencia, ser dueña de sí misma y esclava de las demás, afrontar a menudo pro­blemas insolubles, aceptar lo inevitable para hacerlo utilizable, saber llegar a la mayor grandeza por caminos anónimos, suprimir el propio sufrimiento aligerando el de los demás… Son cosas que desvelan la heroína que cada una lleva por dentro, son pruebas definitivas de resis­tencia y madurez. Ellas han abrazado la vida común, no porque sea la más agradable, sino porque resulta la más incómoda. Por esta razón es también la más apta y rica para la formación de su personalidad. La personalidad es una estatua de mármol que va apareciendo cuando se van suprimiendo uno a uno los fragmentos del bloque primitivo.

«…Practican asiduamente el espíritu de oración y la oración mis­ma, bebiendo en las límpidas aguas de la espiritualidad cristiana. Tie­nen continuamente en sus manos la Sagrada Escritura para conseguir con su lectura y meditación el sublime conocimiento de Cristo. Desa­rrollan interior y exteriormente la sagrada liturgia, máxime el sacrosanto misterio de la Eucaristía, según la mente de la Iglesia. Y nutren su vida espiritual con el riquísim.o venero de los sacramentos…»

El Santo Concilio señala, por fin, a todas las mujeres consagra­das la farmacopea que las proveerá de las necesarias vitaminas peniten­ciales. La práctica de la penitencia es de todo punto imposible o se re­duce a una serie de actos someros y rutinarios, si no arranca de un cora­zón contrito y humillado. Este espíritu o estado habitual de conversión hay que beberlo en esas cuatro fuentes que brotan inagotablemente del seno fecundo de la Iglesia:

1.a La oración, que nos hace ver en todo su relieve la figura de Cris­to penitente, prototipo de nuestra vida de mortificación y renuncia.

2.a La Sagrada Escritura, que nos hace oír las continuas llamadas a la penitencia que efectúa a lo largo y a lo ancho de la literatura bí­blica.

3.a La liturgia, que nos hace expresar eficazmente nuestros senti­mientos de conversión a Dios y al Prójimo, nos pone en actitud de per­cibir los frutos de nuestra penitencia y aumenta nuestras posibilidades de realizarla.

4.a La Eucaristía y los demás sacramentos, que nos insertan de modo real y directo a la penitencia que Cristo llevó a cabo para la sal­vación de la humanidad.

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