En respuesta a tu llamada: Comunidad mariana

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
Tiempo de lectura estimado:

 

COMUNIDAD MARIANA

Hasta hace pocos años se decía que el cristianismo estaba viviendo una era mariana. Efectivamente, la devoción a María había aplicado el fuego a un detonante. Se produjo una explosión cultural, literaria, callejera y publicitaria de fervor mariano. La dulce figura de la Madre de Dios señoreaba en todos los areópagos del mundo. Sus imágenes salían a la calle en olor de muchedumbre. Las ubres de la teología manaban inagotablemente doctrina mariológica. La liturgia se desen­volvía entre vaharadas de incienso, de luces y sermones. El rezo de los misterios del Rosario era como el murmullo del mar que no se apaga nunca.

Pero hoy apenas se percibe. Vivimos en una calma chicha. El globo ampuloso e irisado ha estallado, herido por no sé qué tipo de alfi­lerazos. Los teólogos han arriado sus banderas. La literatura mariana está metida en un período de estiaje. El tema, si se suscita, sólo sugiere ideas de revisión y de crítica. Las charlas sobre el asunto son muy es­casas de público y de voltios. Y es que ha pasado de las manos de unos artistas brillantes y famosos a las de unos modestos alfareros. A la ma­riología le ha salido una poderosa rival: la sociología. Colocándonos en un plano meramente humano, no es difícil vaticinar de parte de quién va a quedar la victoria.

No hemos sabido guardar el término medio. Hemos saltado de un extremo a otro sin miramiento, alocadamente. En la labor de poda han caído, con el follaje inútil, los tiernos brotes y los frutos ma­duros. Hemos arrancado de su imagen, con los abalorios, la pedrería fina y auténtica. Pero María sigue ahí, en pie, intacta, idéntica, inalterable, como el sol. Somos nosotros los que nos negamos a seguir gi rando en su órbita, seducidos por el señuelo falaz de las nuevas doctri­nas. Es la hora de los iconoclastas, de los pescadores en río revuelto, de los pigmeos, de los que sólo pueden afirmar su personalidad aupa­dos por la oposición, el esnobismo y la excentricidad. Muchos católi­cos incautos se han dejado arrastrar por la masa reclutada por esos seudomaestros. Y la masa, ya se sabe, siempre está dispuesta a subirse a la trasera del primer carro triunfal.

* * *

Dicen que el culto de María tiene reminiscencias paganas. Quie­ren verla en una misma línea de continuidad con las diosas de la mi­tología, como Astarté, Isis, Venus o Diana. Ciertamente, las exagera­das actitudes de algunos cristianos han podido dar pie a esta impostura, pero no pueden endosarse honradamente a la Iglesia como institución las necedades y aberraciones de algunos de sus adeptos. Por otra parte, es inconcebible que el cristianismo primitivo incorporara un elemento completamente refractario e incoherente con su monoteísmo esencial. María no es un mito, ni un personaje legendario, ni una divinización de las fuerzas naturales, ni una personalización de los sentimientos hu­manos. Es una mujer de carne y hueso cuya vida es un Evangelio vivo, cuya gloria no es producto de infiltraciones paganas, sino el resultado de la fe cristiana llegada a la sazón.

Aseguran que es una sobrecarga, un adorno de lujo, un elemento o motivo lírico, una añadidura inútil y supérflua del cristianismo. No, María es una Madre. Una madre no es algo poético, metafórico y sutil como un perfume, un verso o una flor. Una madre no es una deuda que hay que pagar por el hecho de vivir ni un brillante aderezo de quita y pon. María no es un lujo, es una necesidad. No es una pieza orna­mental, es un elemento básico y esencial de la actual economía divina. Sin Ella, Cristo es un ser inexistente. Sin Ella, la Iglesia es una pura quimera. Dios podía haber prescindido de su persona, como podía haber prescindido de la Encarnación. Pero la ha querido necesitar. Las cosas son como son, no como pudieran haber sido. Si marginamos a Cristo hacemos inasequible nuestra salvación. Si orillamos a María trastorna­mos el orden querido por Dios para realizarla.

No ponemos a María el nivel de su Hijo. El es Dios; Ella una mera criatura. La distancia es infinita, insalvable. Pero puede suceder que la valoración que hacen de Cristo algunos cristianos sea demasia­do baja. Acentúan su Humanidad silenciando su Divinidad. De donde resulta que ponen a Cristo donde ponemos nosotros a María. Son ellos, y no nosotros, los que están en el error. Está comprobado histórica­mente que la merma en la apreciación a la persona de María va inevi­tablemente precedida, acompañada o seguida de un notable descenso afectivo y efectivo de la Persona de Cristo. Viene como anillo al dedo la teoría de los vasos comunicantes.

No atribuimos a María más de lo que una criatura puede poseer. La esencia del proceder de. Dios con los hombres consiste en que El les comunica facultades que son de su exclusiva competencia, pode­res que son privativos de su propio Ser. Piénsese en los dones concedi­dos a los profetas, sacerdotes, jerarcas, santos, etc. ¿Hasta dónde puede llegar Dios en este sentido? Muchos Padres ven en María una criatu­ra límite. Pero no creo que sea el «no va más» de la comunicabilidad divina que es sencillamente inagotable. Además no decimos que Ella sea el quicio sobre el que se mueve todo el sistema salvífico.’Lo que afir­mamos es que tiene asignado en ese sistema un lugar culminante, úni­co y personal. Sería ridículo alardear de que podemos, sin riesgo, hacer caso omiso de Ella por encontrarse con relación a su Hijo en condicio­nes de inferioridad, por ser una criatura redimida por El, dependiente de El. Este razonamiento nos llevaría a un verdadero abismo doctrinal. Los que así piensan, si son consecuentes, tienen que rechazar todo magisterio humano, como el de la Sagrada Escritura, el de los sacerdo­tes, el de los Doctores, el del Papa.

María no es un obstáculo, ni una pantalla, ni una nube que nos encubre a Cristo. La atmósfera no es una barrera que impida el paso de los rayos del sol. Todo lo contrario; los tamiza, los adapta a nuestra débil receptividad. La cruda luz de Justicia que es Dios se nos atem­pera en Cristo y se nos humaniza por completo en María. Cristo no ha sufrido mengua alguna por haber honrado a sus amigos con la facultad de hacer cosas más grandes que El. Algunos tuvieron entre sus contemporáneos un relieve social más destacado que su Maestro. Pero sa_-_— bemos que es Este quien recibe en ellos la gratitud, el honor y la gloria. María no hace sombra a su Hijo, sino que sucede exactamente al revés. Ella, la flor del universo, magnifica al Señor más que todas las criatu­rás itátáS «porque el Todopoderoso ha hecho en mí cosas grandes», porque a causa del fruto bendito de su vientre «la llamarán bienaven­turada todas las generaciones».

El misterio mariano no es una novedad en la Iglesia, una moda que pasa, una estrella fugaz porque siempre ha estado ahí dentro, en el co­gollo dogmático del credo. Sucede que lo que en un principio fue un germen, un esbozo y un apunte hoy es una espiga madura, un cuadro acabado, una obra maestra. La teología evolucionada y el pueblo ena­morado caminaron juntos durante siglos .para perfilar el rostro de Ma­ría. Hoy los teólogos parecen presa del cansancio. Sólo se sientan á la mesa de su estudio para revisar el pasado. Arrancan descontentos pá­ginas y más páginas de la historia de la Iglesia y las echan al fuego. El pueblo sigue solitario su ruta como por pura inercia. Y ya presenta tam­bién síntomas de tedio e indiferencia. Pero el túnel de la crisis no será muy largo. La devoción mariana saldrá de ella limpia de polvo y paja. Los hijos volverán a la querencia de la Madre. Será un amor más se­reno y acendrado, menos extrovertido y sentimental, cuestión princi­palmente de fe y de intimidad, más que de publicidad y escaparate. El amor, sin embargo, necesita exteriorizarse. Y si es colectivo, con mayor razón. Pero una cosa es la expresión pública del sentir comunitario y otra muy distinta, la suntuosidad, la exhibición, el alarde triunfalista.

Los que rechazan el culto de María bajo el pretexto de tener más que suficiente con la Persona de Cristo acreditan su orgullo refinado, su mala fe y su falso cristianismo. Los judíos blasonaban de no recono­cer más que a Dios Padre. Y Jesucristo les demuestra que no solamente desconocen al Hijo, sino también al que le ha enviado. Algo semejante ocurre con los enemigos declarados o encubiertos de la Madre de Je­sús. Quien no acepta a María tal y como la Iglesia la presenta no acep­ta a su Hijo tal y como le presenta el Padre celestial. La religión cris­tiana es religión mariana. El amor a María da la medida del amor a Cristo. Este amor es el contraste de la religiosidad de una nación, de un pueblo, de una persona. Pío XII escribía: «en las magnas luchas espirituales de nuestro tiempo en que los partidarios y los enemigos de Cristo se hallan mezclados entre la muchedumbre, la devoción a la Madre de Dios es la piedra de toque infalible para distinguirlos, la señal de la verdadera fe, el distintivo de la doctrina auténtica».

Hace muchos años, el jefe del partido comunista de Hungría advertía a sus partidarios sobre el peligro que entraña para la doctrina comunista el culto a María. «Acabará con el culto a Marx y a Lenin —afirmaba— si dejamos a los elementos reaccionarios católicos y con­servadores que extiendan a través de todo el país, sin restricciones ni impedimentos, su programa de celebraciones marianas, el culto a María terminará por prevalecer sobre nuestro partido. La renovación de la fe durante el año mariano, añadía, ha sido más peligroso para el régimen comunista que una flota de bombarderos procedente del mundo capitalista.» El ministro comunista de Educación de Checoslovaquia ordenó a los directores de las escuelas nacionales dar dos o tres confe­rencias en cada aula sobre los daños que el culto a María estaba oca­sionando al Gobierno popular… Son dos noticias espigadas al azar en la prensa diaria que podían dar pie a unos comentarios sabrosos e in­teresantes.

Es irracional condenar la actual floración del culto mariano por el hecho de que sólo se observen unos leves indicios o se encuentren unos pequeños brotes en el cristianismo primitivo. El que se extraña de ver convertida en un árbol frondoso y corpulento la planta tierna y frágil que conoció años atrás, no está en su sano juicio. La mariología moderna no es más que el natural desenvolvimiento de una doctrina ger­minal contenida en el Evangelio. Las relaciones de la Iglesia son hoy idénticas a las de antaño, aunque más profundas, explícitas y conscien­tes. El Espíritu Santo nos trata al modo humano. Se adapta a nuestra sicología, sensibilidad y cultura. No nos enseña más de lo que podemos dar en un momento dado. En el amanecer del cristianismo no estaban los paladares conformados para el saboreo de una doctrina como ésta, todo lo bella y sugestiva que se quiera, pero extraña y desconcertante. Tal vez los recién llegados de las religiones paganas hubieran hecho de María una diosa. Tal vez los intelectuales que acribillaron a la Per­sona de Cristo con los dardos de tantos errores hubieran cubierto de cieno la blanca figura de su Madre. Su Hijo le quiso ahorrar este tra­bajo por entonces.

En cambio, el desarrollo del misterio mariano y el incremento de esta devoción encajan perfectamente en el marco de nuestra sociedad. Responde a una perentoria necesidad actual. En efecto, a un siglo domi­nado por el egoísmo, la autosuficiencia y el orgullo, como el nuestro, le conviene contemplar a una mujer, gloria de la raza humana, hacién­dose esclava de Dios y de los hombres por puro amor. A una sociedad podrida de lujuria y ebria de erotismo le viene de perlas detenerse un momento ante esta dulce y sencilla aldeana, honor de la estirpe, .que guarda intacta su virginidad de adolescente, de novia, de esposa y de madre. A un mundo laico, secularizado, materialista y ateo le es pre­ciso el ejemplo de esta Señora, tipo e ideal de todo ser humano, que se consagra totalmente a Dios, su Padre y a los hombres, sus herma­nos. La humanidad vive hoy presa de la angustia. Necesita ver en Ma­ría cómo es posible conservar la serenidad más alta frente a la tragedia más sangrienta, y desgarradora. El hombre moderno se agarra como un pulpo a los bienes materiales. Le urge asomarse al hogar de María reluciente de pobreza, pulcritud y laboriosidad. La virulencia de la codicia universal quedará atenuada con el cotejo de estas dos concep­ciones antagónicas de la felicidad. La vida moderna, vertiginosa y trepidante precisa parangonarse con aquella otra vida femenina que en­tró en el mundo silenciosa, pasó desapercibida, influyó como ninguna otra y salió dulcemente, sin ruido, sin dejar una huella material de su paso sobre la tierra…

* * *

María nos es indispensable. Los católicos la necesitamos irreme­diablemente. Sin Ella no podemos vivir en la seguridad de que po­seemos una religión integral. Tenerla ignorada es apartar de nosotros a Aquél mismo a quien tratamos de buscar. Su olvido es un naufragio en la fe y una esterilidad completa en el apostolado. Pero es preciso matizar. No la necesitamos solamente porque es la omnipotencia su­plicante. Esta alabanza, además de ser incompleta, no es muy desinte­resada que digamos. María es algo más que una panacea o refugio universal. Ella es, vale y tiene mucho más que todo eso. Está en la misma esencia de nuestra salvación. Es la Madre y compañera de Jesús en todos los misterios de la Redención. Su presencia junto a El tiene un sentido de alianza, sociedad y colaboración, aunque a un nivel muy distinto. Interviene de forma única en el comienzo, en el proceso y en la consumación de nuestra vida sobrenatural.

La muerte de una madre deja en el niño un vacío difícil de llenar. No es raro que le produzca un trauma incurable. Los siquiatras en­cuentran esta laguna afectiva en la mayoría de los perturbadores del orden social. Ahora bien, el abandono de María tiene más fatales con­secuencias. Cuando se frustra su acción maternal la vida cristiana na­vega a la deriva. Su ausencia es más triste que la orfandad humana. Donde Ella está florece la paz, sonríe la alegría y canta la esperanza. Ella tramita el perdón de los pecados, aclara las dudas, desvanece los errores, quiebra las herejías y resuelve todas las crisis de fe. Basta pensar en María para que las cosas torcidas se nos pongan mejor. Su recuerdo enciende una estrella en la noche de la culpa, pone orden en el caos de la angustia, detiene los caballos desbocados de la sangre y del pensamiento. Hoy, como ayer, Ella inaugura el reino de la gracia. Cuando María aparece el Señor nace. Y así como lo trae, se lo lleva cuando se va. Los Evangelios dan la impresión de que Dios está pendien­te de sus labios. Habla María y manifiesta su poder. Guarda silencio y El permanece a la espectativa.

María forma parte de los planes de Dios de tal modo que sin Ella no podemos hacernos una idea aproximada de los mismos. Ella está al principio y al fin de sus caminos, asegura la Liturgia. Es, por lo tanto, la compañera inseparable de todos los cristianos peregrinantes. Cuando no la ven a su lado y avanzan sin sentir siquiera el deseo o la nostalgia de su compañía es señal de que se han desviado de la ruta. Cristo y María son dos seres que Dios ha unido para siempre. No se los puede imagi­nar aislados, desasidos, desvinculados. Es imposible besar al Niño Jesús sin encontrarlo en los brazos de su Madre. No es posible tampoco esperar que la sangre divina nos empape sin estar junto a Ella al pie de la cruz.

Los que sólo disponen de una devoción mariana mediocre o in­fantil jamás comprenderán que María nos es absolutamente necesaria en todo y para todo. Y es necesaria únicamente porque Dios ha querido necesitarla. Bien entendido que El no necesita de nada ni de nadie en absoluto. Le basta querer simplemente para que todo sea. Pero es claro que ha querido necesitar de los seres creados: de la Humanidad de Cristo, de la persona de María, de los apóstoles, de los misione­ros, de los sacerdotes… Además es Dios quien determina también la calidad y la medida de la colaboración humana. ¿Por qué ha que­rido necesitar de María en un grado tan inaudito que a muchos resulta escandaloso? Pero a Dios no se le piden explicaciones. Tampoco se le pregunta por qué hizo la Tierra redonda, el día claro, la noche oscura, el espacio insondable e infinito el número de los astros.

De María se ha hablado y escrito profusamente. Y sin embargo, queda todo por decir. De Ella nunca se dice bastante, según San Ber­nardo. El tema resulta siempre inagotable. Sólo Dios podría decirnos sobre el asunto la definición completa, la palabra exacta. Sólo quien la ha creado la conoce adecuadamente. En el plano de las simples criatu­ras ocupa el centro y brilla en la cúspide. Es la obra maestra del Creador. Parece que quiso demostrarnos con Ella lo que es capaz de hacer cuando se lo propone. Y el éxito fue completo. María es por ello la flor del universo, la joya de la creación, el ápice de la belleza y de la gracia. No son expresiones poéticas. Son conclusiones lógicas y deduc­ciones teológicas. Olvidamos a veces que Ella es la Theotocos, la Madre de Dios. A nadie, fuera de El, le es posible escoger a su propia madre. Pensemos en el tipo de madre que eligiríamos de poder hacerlo. Pues bien, Dios se dio a Sí mismo una Madre digna de El, como la quería y como se la merecía. Además disponía de un poder sin barreras al ser­vicio de su amor y de su grandeza.

* * *

La Sagrada Escritura se abre con el libro del Génesis y se cierra con el del Apocalipsis. El primero contiene un atisbo, un esbozo, una promesa de María. El segundo, un canto de triunfo. Y entre el parénte­sis de estos dos libros inspirados Ella camina al lado de su Hijo por todas las páginas de la Biblia, está presente en todos los versículos, perfuma todas las líneas. A primera vista, muchos textos no se refieren a Ella.

Pero hay que leerlos con ojos enamorados, como el Espíritu que los inspiró. Entonces aparece con los contornos algo difuminados, pero real y persistente, como el tema melódico de una sinfonía, como el hilo de oro con que está bordado un intrincado diseño. Implícita o explí­citamente, en relieve o en escorzo, María está anunciada en todos los profetas, proclamada en todos los oráculos, figurada en todos los tipos, contenida en todas las promesas, cantada en todos los himnos y este­reotipada en todas las realizaciones. Si el Antiguo Testamento la dibuja y la prepara, el Nuevo la pinta a todo color en el cuadro de su misión universal. En un sentido muy real y exacto Ella es el compendio y la cifra de toda la Palabra revelada. La Biblia contiene la Palabra de Dios hablada o escrita. María, en cambia, encierra la Palabra de Dios viva, encarnada, visible y tangible. En vez de afirmar que María está presente en la Escritura, yo diría mejor que la Escritura está presente en María. Por lo tanto, el método más eficaz para leer, entender e in­terpretar los libros que Dios dictó es estudiar, comprender y amar a la Mujer que le engendró.

María llena también el dogma cristiano. Nuestra religión dispo­ne de una Persona central. Cristo es el eje alrededor del cual, como en un sistema solar, todo gravita, se ordena y se mueve. Pero resulta que es María quien le ha dado a luz. Jesucristo es tan suyo como del Padre. Le pertenece porque es el fruto de su vientre. Forma con El una pareja complementaria e indisoluble. Está con El en la base, en la estructura y en remate del cristianismo. Es una pieza clave sin la cual todo el armazón se desintegraría.

Un hecho central: la Encarnación, la Redención. Es un aconte­cimiento de alcance cósmico. Sus resonancias llegan más allá del tiempo. Se inicia con la concepción de Jesús y se corona con su muerte. Desde la primera etapa, pasando por todas las demás, hasta la última, la Virgen está íntima e indivisiblemente adherida al Protagonista. Acepta, sufre, consiente, compadece, colabora con El. Del agua que saltó a la tierra del corazón de Cristo, Ella bebió primero. Desde enton­ces es una alberca limpia y florida donde todos los labios resecos pue­den apagar la sed.

Una fórmula central: el Credo. Todos los artículos de nuestra fe tienen una estrecha relación con María. O parten de Ella, como de un punto irradiante; o la señalan, como flechas indicadoras; o la suponen, como una conclusión encerrada en las premisas. Los dogmas cristianos están fuertemente impregnados de su gracia y ternura femenina. Se hacen por ello más accesibles al corazón humano que rompió a latir con el beso de unos labios maternales. Todas nuestras creencias tras­cienden a Ella, la recuerdan, la pregonan. Fue, por otra parte, la prime­ra creyente, la primera en aceptar la inmensa paradoja de la fe, la pri mera en avanzar por el claroscuro del misterio cristiano. Ella nos hizo el camino al andar. Es ineludible efectuar la marcha al contacto de sus manos y al ritmo de sus pasos para no despilfarrar nuestras ener­gías inútilmente, para que sea menos dramática la inseguridad humana de nuestra fe divina.

El tratado más completo y exhaustivo de teología moral tiene por autor al Espíritu Santo. Es una edición de lujo. La obra no puede ser reeditada, ni corregida ni aumentada. Y consta de un solo ejemplar: María. Si la moral consiste esencialmente en ejecutar el bien y evitar el mal, Ella es la floración de toda virtud y la exención de todo pecado. La serpiente simbólica no ha rozado siquiera el borde de su túnica. La fuente sellada de su voluntad siempre dio un agua transparente. Fue el paraíso de Dios cuajado de frutos exquisitos y de rosas pe­rennes. Desbordaba de gracia. Conjugaba armoniosamente la libertad y la impecabilidad, la flaqueza natural y la integridad sobrenatural, el ambiente contaminado y la vida inmaculada. Su santidad anduvo por caminos inexplorados por el hombre. La cumbre de su belleza moral se pierde en una lejanía infinita, a una altura insondable, de un número inverosímil de años luz.

Las advocaciones de María tachonan el firmamento litúrgico. Tiene fiestas comunes con Cristo y fiestas propias, personales. Las fiestas propias no pasan de la veintena, pero las fiestas nacionales, re­gionales y locales se cuentan por centenas de millares. Todos los días es primavera en alguna parte del mundo. Cristo ha repartido las fe­chas del calendario a su Madre con más abundancia y generosidad de lo que podría pensarse. El se ha quedado con menos. Lo mismo sucede con la geografía monumental, las galas del arte y las manifestaciones del folklore cristiano. La Iglesia no celebra ningún culto sin evocar su me­moria. Su nombre no se le cae de los labios. Los libros litúrgicos rebosan de himnos, cánticos, antífonas, prefacios, lecturas, invocaciones, llamadas y oraciones dirigidas a la Madre de Dios. Su imagen con la de Cristo preside la asamblea desde un lugar eminente del templo. Su re­cuerdo aparece indisociable del de su Hijo en el mismo centro de la ce­lebración eucarística.

En la Iglesia primitiva se le rinde un culto latente y embrionario. Más que verse, se adivina. Es algo así como un presupuesto, como una sugerencia, como un blanco al que apunta el instinto sagrado de los fie­les. Los muros de arcilla de las catacumbas fueron los primeros re­tablos de María. Aquel arte balbuciente nos la presenta en una triple actitud: de pie, sobre la cabeza de la serpiente; con el Niño en brazos; y orando. Algunos arqueólogos prefieren ver en esos trazos elementa­les unos simbolismos de la Iglesia. Pero, aunque así fuera,’ el resultado es el mismo. La Iglesia y María se identifican en el misterio. Las dos se relacionan en una serie interminable de equivalencias, semejanzas y coincidencias.

Los Santos Padres son la representación más genuina de la infa­libilidad de la Iglesia. Son el portavoz de la tradición, de la teología, del magisterio, de la cultura y del sentir popular. Forman una verda­dera pléyade doctoral, una constelación enorme y luminosa en la noche del pasado. Los teólogos que intenten clarificar el misterio de María, sin beber en estas fuentes, cometen un chantaje doctrinal. Las plumas de los escritores eclesiásticos tallaron su imagen tal y como se nos ofre­ce en la actualidad. Podrá cargarse el acento en un matiz, retocar un detalle, esclarecer una sombra, dar intensidad a un color o presentar una faceta inadvertida, pero, en rigor, la obra de arte salió del taller de los Padres perfecta, dentro de lo que cabe.

Hoy se nos acusa de haber caído en la redundancia, en la hipér­bole, en el diletantismo verbal con respecto a la Virgen. No descarto la posibilidad de que algún sector de la Iglesia haya sufrido recientemente una inflación de marianismo. Lo que me ha llamado siempre la atención es que los antiguos Doctores, al hablar de María, olvidan su gravedad y mesura habituales y escriben de Ella bordeando a veces y cruzando a menudo la línea de la exageración y del énfasis. El tema mariano tiene la virtud de agotar su cantera teológica y de desatar su vena lírica. Su literatura se hace ancha y fluvial. Sus palabras adquieren un tono cálido y entusiasta. Razonan como sabios, sienten como creyentes, ha­blan como enamorados. Y es de advertir que desde muy remotos tiem­pos todos los santos, canonizados o no, adoptan indefectiblemente este mismo lenguaje emocionado, exaltado y colorista al referirse a María. Esto es muy significativo. Sirve de pauta para enjuiciar la calidad y el grado de nuestro cristianismo. Sirve para medir la temperatura moral y religiosa de un bautizado y sobre todo de un conferenciante o de un escritor católico. No se puede pensar en María fríamente. No se puede hablar de Ella de una manera aséptica. Al dogma mariano vivido con hondura le salen inevitablemente flecos poéticos y musicales. El arrebato y la ternura brotan de la misma raíz y al mismo tiempo que la creencia y la devoción.

Las manos que acunaron a Jesús mecieron también la cuna de to­das las órdenes e institutos religiosos. Los Fundadores fueron unos gran­des paladines de la Señora. Afortunadamente no hay entre ellos ninguna excepción que confirme la regla. La amaron apasionadamente, la defendieron bravamente, la propagaron incansablemente. Unos bauti­zaron a la familia con su nombre bendito. Otros le dejaron en herencia su devoción para que sirviera de escudo y de bandera, de espejo y de programa. Otros la vistieron con sus colores o prendieron en el hábito su emblema o colgaron de la cintura su rosario. Todos así mismo lega­ron a sus hijos o hijas un conjunto doctrinal y un muestrario concre­to de prácticas marianas. Y, lo que hay que gritar, aunque sea en el desierto, hicieron de la fidelidad a este legado, unánimemente, una cuestión de supervivencia.

El 99 por ciento de las modernas apariciones de María han cons­tituido un fraude. Fueron un fruto agusanado de la neurastenia y de la alucinación, cuando no de la vanagloria o del interés comercial. De entre millares de estas supuestas revelaciones la Iglesia ha entresa­cado, por su comprobada autencidad, unas cinco o seis, para someterlas a su aprobación. Pero este acto del Magisterio no define nada, no reca­ba ningún tipo de obediencia. Sólo afirma la historicidad del caso y su inmunidad en materia de fe y de costumbres. Es un visto bueno, una aquiescencia, una luz verde a las celebraciones marianas que tengan lugar en el lugar o con motivo de las apariciones. Por el contrario, un documento de la Jerarquía desaprobándolas públicamente tampoco es definitorio, pero sí definitivo y concluyente y recaba una sumisión total en el terreno práctico.

Las epifanías marianas que han llegado hasta nosotros en el vehículo de la tradición popular son de una profusión impresionante. Cada na­ción, cada pueblo, cada lugar cuenta con uno o más santuarios cuya partida de nacimiento se oculta entre la niebla de los siglos. En sus orí­genes hay una mezcla indiscutible de historia y de leyenda. Arqueólo­gos e historiadores pasan sin haber podido separar el trigo limpio del polvo secular. No lo lograrán jamás a causa de la imprecisión y es­casez de los datos históricos. Pero esa gigantesca proliferación de luga­res específicamente marianos se apoya en motivos reales, verídicos e innegables: 1.° Una creencia del cristianismo primitivo, profunda y universal en la Madre de Dios. 2.° Un mayor arraigo, idealización y sublimación de su figura en el cristianismo medieval. 3.° Una cos­tumbre, ya entonces generalizada, de reunirse periódicamente para tes­timoniarle su amor y demandar su ayuda. 4.° Una necesidad humana de concretar su presencia invisible en una imagen visible, en un recinto amplio, levantado sobre un lugar preferido por su posición geográfica, glorioso por un hecho de armas y hasta memorable por sus reminis­cencias paganas.

En todo caso la Iglesia no apoya ningún dogma en estas apariciones, sean históricas o no. No son del dominio de la fe. No aportan verdades nuevas. No son el fundamento de nuestra devoción y confianza en María. La aprobación sólo se refiere al hecho en sí mismo: María se ha aparecido… no a la forma, ni al mecanismo, ni a los fenómenos que la han acompañado. La aprobación no es imposición. La Iglesia tiene más que de sobra con la revelación divina, la tradición patrística y la oración litúrgica. Pero las aprueba para que vivamos mejor el mensa­je espiritual que contienen, para poner un amplificador a la llamada de la gracia que continúa haciéndose oír en las peregrinaciones y santua­rios, para actualizar en estos lugares privilegiados las exigencias cris­tianas de fe, oración y conversión continuas. La misión de María en estos sitios, como en todos los demás, es recordamos los deseos de su Hijo y decimos: haced lo que El os diga. En este sentido las romerías y concentraciones marianas son una valiosa ayuda para expre­sar nuestros sentimientos íntimos, para airear nuestras ideas, para testimoniar nuestras convicciones, para contagiarnos del entusiasmo colec­tivo. Están en consonancia con nuestra sicología de seres humanos sen­sibles y sociales. Pero quede bien claro que no peregrinamos a los san­tuarios célebres exclusivamente por lo que de aquella imagen nos dicen la historia y la leyenda, sino por lo que han dicho el Evangelio y la Igle­sia de aquella Mujer bendita entre todas las mujeres.

El arte ha hecho de María un tema casi obsesivo. No se puede doblar una página de la historia de la cultura sin encontrarla allí de un modo o de otro. Su nombre va unido a las firmas de alcance mundial. Los mejores ingenios le han dedicado sus mejores creaciones. A Ella están dedicadas la mayoría de las catedrales, templos, basílicas y san­tuarios del mundo cristiano. Se la ve reproducida en el encaje de las piedras, en la esbelted de las columnas, en el escenario de los retablos, en la policromía de las vidrieras, en la penumbra de las hornacinas, en la gloria de los tímpanos. Ella ha enriquecido las salas de todos los museos. Desde las miniaturas de los viejos libros litúrgicos hasta las obras inmortales de la pintura renacentista, llena Ella sola una increí­ble superficie de cuadros, tablas, óleos, murales y tapices. El arte románico nos la presenta grave y majestuosa; el gótico, esbelta y gra­ciosa; el Renacimiento, grácil y alada. Las lenguas romances despiertan cantándole coplas ingenuas y sencillas como canciones de cuna. La poesía lírica de Occidente la ha hecho con frecuencia musa de sus versos. El arte contemporáneo tiene con Ella una deuda impagable. Es el que ha recogido la antorcha del precedente en el que María jugó un papel decisivo. En este terreno ha obtenido la primacía sobre su mismo Hijo. Las preferencias de los artistas son evidentes. Y no es ninguna exageración ni inversión de valores. Me parece lógica esta constante propensión del arte al tema mariano. Porque salió de la fe y del corazón del pueblo que no se ha engañado nunca respecto de María, porque sabe que es Ella la que trae, conserva y desarrolla a Cristo tanto en los individuos como en las sociedades; sabe que en el orden histó­rico lo primero es María, después viene el Señor con su despliegue de gracia y redención.

El ideal femenino encarnado en María se ha apoderado del alma de los pueblos. La parte del mundo que Ella ha tocado ha quedado más limpia. La cultura de Europa está penetrada de su influencia moral más de lo que vulgarmente se cree. Ha estampado su impronta en ideas, usos y costumbres. Los ideales tiran de la humanidad. Y ninguno ha sido tan bello y poderoso como la concepción medieval de la Virgen María. La mujer fue la que más salió ganando en aquella edad bronca y feroz. Gracias al influjo del ideal mariano fue lentamente dejando de ser una esclava, un juguete y un objeto. Pasó a un nuevo plano en el que recibía el homenaje, el culto y casi la adoración de aquellos hom­bres de hierro. Surge con las costumbres caballerescas un nuevo sentido del honor y respeto a la mujer. Los sentimientos de hidalguía, gentileza y caballerosidad tornan más suaves y refinadas las relaciones sociales. La promoción femenina se hizo a la mar con viento favorable. La virgi­nidad consagrada fue algo así como una invasión de la tierra efec­tuada por gentes extrañas y valerosas, por una raza solar.

* * *

María es el camino que quiso tomar Dios para venir al hombre; el que debe tomar el hombre para llegar a Dios. Dios compartió con María el gozo de un Hijo común. Hubo entre los dos un intercambio de dones absolutos. Cada uno recibió aquello de que carecía y aportó cuanto tenía. En María celebró Dios la cita convenida con el hombre, el encuentro largamente anunciado, el pacto deseado, el abrazo so­ñado. En esta tienda acampó, en esta casa vivió, en este templo se des­posó con la humanidad. Sobre esta mujer única volcó el cofre de sus riquezas. Desde toda la eternidad madrugó para cantarle una balada de amor. Fue el primero en recitarle una letanía de alabanzas y requiebros sustanciales. Los elogios divinos no son meros cumplidos, sino pala­bras creadoras. Dios la llama y la hace: hija, esposa, madre, virgen, hermosa, impecable, santa, inmaculada, mediadora, asunta, reina… ¿No hacen el ridículo los teólogos empecinados en restar mientras Dios sigue empeñado en sumar?

Cristo da la fortuna fabulosa de su Reino a cambio de cosas vul­gares y menudas: de un vaso de agua, de un frasco de perfume, de unas lágrimas femeninas, de unas palabras sinceras junto a la cruz. Sobrecoge pensar qué reservaba para María que le dio su carne, su sangre, su vida íntegra, su amor total. Y lo que es más importante: la escucha asidua y fiel de su Palabra y su práctica incondicional. Las leyes genéticas dieron a Jesús cierto parecido físico con su Madre: algunas manifestaciones de su siquismo, las inflexiones de su voz, las expresio­nes familiares, los rasgos faciales, el color de los ojos o de los cabe­llos… Muchos gestos espontáneos recordaban a María. Pero María moralmente era una copia de Cristo acabada, magistral. Jamás un modelo será reproducido con tanta exactitud. María fue un puro Evan­gelio viviente, una versión femenina de la vida de Cristo. Por lo tanto, el amor infinito de Cristo a su Madre se impone con una luz cenital. ¿Cómo puede haber gentes que lo pongan en tela de juicio? Solamente la duda pondría en entredicho su divinidad y su normalidad como hom­bre. Y el Evangelio empezaría a desmoronarse, como una torre de arena alcanzada por el agua del mar. Hay que creer en el amor divino y hu­mano de Jesús a su Madre y a partir de él hay que interpretar algunos textos evangélicos un tanto extraños a primera vista. Estas relaciones afectivas encajaban perfectamente en el marco de su amor al Padre y en el orden de su programa redentor. Dentro del hogar se traducían en muestras de respeto y obediencia, de solicitud y admiración, de alegría y de cariño. En las ausencias obligadas el recuerdo de Ella lle­naba las largas horas de su soledad humana. Somos sus hermanos ge­melos, concebidos simultáneamente en el mismo seno de María. En esto, como en todo, tenemos que asemejarnos a El, porque también se refería a sus relaciones filiales cuando mandaba: «ejemplo os he dado… haced exactamente como yo he obrado»…

María es la Madre, el tipo y el miembro principal de la Iglesia. Las dos vienen a ser como el sello y la cera, el original y la copia, la semilla y el árbol, la miniatura y la ampliación, el comienzo y el desarrollo. La Iglesia es la extensión y la prolongación de María. La sucede en el tiempo, y la expresa en la santidad. Lo que hizo María con la Cabeza prosigue haciéndolo la Iglesia con los miembros. Tal vez sería mejor afirmar que María sigue viviendo y actuando en la Iglesia. Los títulos y prerro­gativas de Virgen, Madre, Esposa, Santa, Inamaculada, Mediadora, Omnipotente en la súplica convienen a las dos, pero con distinto matiz en cada una. A María, dentro de su calidad de asunta a la gloria del Reino. A la Iglesia, dentro de su condición de peregirna. Pero «la Iglesia en María ya ha llegado a la perfección». «En Ella la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención, lá contempla gozosamente como una imagen de lo que ansía y espera ser… Glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es principio y muestra de lo que la Iglesia ha de ser cumplidamente en la vida futura. En la tierra precede al pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza cierta y de consuelo seguro hasta que llegue el día del Señor….» LG. María y la Iglesia se identifican. Lo que se dice de la una se dice de la otra. Por tanto, sentir con la Iglesia es sentir con María. Y vice­versa. El olvido, el silencio, la apatía, la alergia, el regateo en la de­voción a María es una falta de solidaridad, una escisión, una rebeldía y, en definitiva, un crimen contra el amor debido a la Iglesia.

María es la primera religiosa de todas las criaturas. Como fue la primera cristiana, la primera creyente, la primera redimida, la pri­mera glorificada y la primera por todos los conceptos en Reino de Cristo. Fue una vida entregada, comprometida, sagrada y consagrada. Dios la marcó por suya con su sello indeleble. Pasó a ser su propiedad perpetua y exclusiva. Sólo El sembró y cosechó aquella tierra ubérrima. No hubo nada en Ella que no le perteneciera: ni un reflejo, ni una briz­na, ni un suspiro. Su consagración empezó con el primer latido de su ser. Su libertad total y su disponibilidad absoluta nunca estuvieron en desacuerdo. Los consejos evangélicos no fueron en su vida simples ejemplos edificantes, sino las tres dimensiones más hondas de su exis­tencia, su estilo propio, aunque copiado de Cristo, su modo original de vivir para Dios y para los hombres. La maternidad divina la colocó en la línea vertical de la consagración: fue una profesional del amor y de la santidad. La maternidad universal la puso en el plano horizon­tal: y fue la Maestra y la Reina de apóstoles y misioneros.

Ella es también propiamente la Fundadora de todos los Institutos de vida consagrada. Oculta o visible, está en las fuentes, en los orígenes de toda familia religiosa. Al lado de su Hijo ocupa el centro en la vida de los santos Fundadores. Señorea su mente, posee su corazón, palpita en sus palabras, satura sus escritos. Les inspira la forma peculiar de interpretar la doctrina y de reproducir la vida de Cristo. Les da el ca­risma específico. Ellos le reservan un puesto descollante en el esquema fundacional. Todos pueden repetir las palabras de una santa Fun­dadora: María es la única y verdadera Madre de la Compañía. Efectivamente, María hizo posible su nacimiento en la Iglesia, su difusión geográfica y su fecundidad apostólica. La historia de cada comunidad es el relato de su capitanía y la enumeración de sus favores. Los días de esplendor de cualquier Instituto coinciden con el apogeo de su de­voción mariana. El descenso actual de las vocaciones, la crisis que ame­naza con la extinción de la misma vida religiosa se simultanean también con un período de anemia, con un estado casi preagónico del culto a la Madre de la Iglesia.

* * *

Pero esa Madre es mi madre y esa Iglesia soy yo. El bautismo me introdujo en el seno de la Iglesia que también es el de María. Estoy viviendo todavía en un período de gestación hasta la venida de Jesús. No sé lo que tardará en volver. Mientras llega debo dejar a María en cuyo seno estoy que me moldee y me configure a su imagen y semejanza. Quiero permanecer en una actitud de dependencia y abandono, de escla­vitud y de infancia. Ella es mi alimento y mi respiración. Sé que si la margino de mi vida me ahogaré, me moriré de asfixia. Tengo que respi­rar su espíritu. Ajustarme a su sistema de alimentación, sincronizar mis reacciones con las suyas. Tengo que fijar mis ojos en los suyos, escuchar las pulsaciones de su corazón, colocar mis pasos sobre las huellas de sus pies…

Soy una persona consagrada. Por Ella, con Ella y como Ella. En una Compañía de la que Ella es el alma. Mi vida es una respuesta a su llamada. Mi vocación es un don completamente suyo. Desde el primer momento la enarbolé con ínfulas juveniles como un estandarte. Con los años he visto pasar muchas aguas bajo los puentes. Hoy las aguas bajan turbias ante mis ojos húmedos de melancolía. Y es que veo que arrastran una gran amalgama de despojos marianos: flores, cintas, me­dallas, estatuas, homenajes, títulos y solemnidades. Lo peor de todo es que se va espesando por momentos la frialdad y el silencio en torno a María. Y éstas son las consecuencias: 1.a Casi nadie llama a la puerta; la vida religiosa ha perdido atractivo. 2.a La falta de ilusión y la tristeza impregnan la atmósfera comunitaria; se ha eclipsado la causa de nues­tra alegría. 3.a La desbandada; una encuesta celebrada entre los desertores confirma la inexistencia de una sólida piedad mariana anterior a la secularización… Estoy al servicio de María porque estoy al de la Iglesia. Es el amor lo que da la medida del servicio. Si no amo a la persona a quien he venido a servir no tengo ningún derecho a permane­cer en una comunidad cuya razón de ser radica en reanudar la misión de María en el mundo.

Rastrearé lo que Ella guardaba en su corazón para trasvasarlo al mío. Estudiaré diariamente esta maravillosa asignatura. La prefiero a los demás libros de lectura y a los manuales de meditación que circu­lan por ahí. Ella es una Biblia vivida y vivificante, un libro de teología de carne y hueso que la mano de Dios se esmeró en escribir. No hay mejor lectura para conocer el misterio de Cristo y de la Iglesia, para vivir la sagrada liturgia.

Cuando la conozca mejor la amaré de verdad. Y entonces lo difí­cil, no será pensar, sino dejar de pensar en Ella. Los pensamientos se escaparán para volar a sus manos, como palomas blancas. Su recuerdo —lo sé por experiencia— todo lo hace más fácil. Con Ella la vida, claro está, no será un idilio, pero tampoco un canto fúnebre; el prójimo no será un cordero, pero tampoco un lobo al que hay que acorralar; el dolor no será una caricia, pero tampoco un dogal; la tentación no será un regalo, pero tampoco una trampa. Cuando ponemos el timón en sus manos no descartamos la borrasca, sino el naufragio.

Entre Ella y yo habrá una ininterrumpida sintonía de oraciones. Mantendré mi dispositivo siempre abierto, pronto a funcionar, dis­puesto a transmitirle mis demandas en un momento dado. No siempre accederá a mis deseos concretos, pero siempre me obsequiará con una gracia más valiosa que la solicitada. Por ejemplo: la paz cuando me to­que vivir en un ambiente bronco y hostil; la serenidad para cargar con un problema insoluble a la espalda; la alegría de pertenecerle; la segu­ridad del triunfo final… Pero más que las necesidades de índole personal tendrá mi oración un objetivo más amplio: las de la. Iglesia y del mundo. María tiene un vasto radio de acción, una infinita zona de influencia. Tengo que recabar de Ella que ponga algodones y sedas en las llagas de la humanidad; que distienda la tensión eléctrica que se cierne sobre la Iglesia; que acelere el desenlace de su crisis actual para que cada obispo y cada sacerdote cultive apaciblemente las mieses de su pegujal.

Si dijera que mi piedad mariana no precisa de ninguna práctica externa sería víctima de la hipocresía y la impostura. Y me delataría como persona vacía de lo que un cristiano debe tener. No creo en una fe perpe­tuamente introvertida. No creo en un amor cerrado a cal y canto, incapaz de abrir una brecha en el tapial de la clausura. Yo soy una persona sen­sible y social. Necesito exteriorizar mis sentimientos, explayarlos, com­partirlos, gritarlos a los cuatro vientos. Necesito verlos en mis herma­nos, contagiarme, unirme a sus voces y gestos. Ya sé que esto no es todo, pero es parte integrante del todo. Los que, en vez de depurarlas o reemplazarlas por otras, han abandonado las viejas prácticas marianas han demostrado la escasa talla de su fe y el pobre voltaje de su masa cere­bral. Condíicta gregaria es igual a personalidad deficitaria. De todos modos los que han dejado a María nunca la han poseído. El viento de la moda se la trajo y el viento de la moda contraria se la llevó. La devo­ción está por encima de formas, de modas y de estilos. Doy a la palabra devoción su sentido primitivo de consagración, de entrega, de dedica­ción y de compromiso; y no el significado superficial en que hoy se la emplea. La devoción es el núcleo sobre el que deben girar las devocio­nes. Todas las devociones, sean antiguas o sean nuevas, serán plausi­bles, legítimas y actuales, si gravitan en torno a la auténtica devoción o consagración marianas. De lo contrario, serán «hojas secas, estrellas errantes, nubes sin agua».

María preside y endulza mis .horas de trabajo. Su imagen se alza delante de mí, destacándose con su tonalidad violeta sobre la blancura del muro. Los ojos cansados se vuelven a Ella repetidamente para re­postar ilusión y reanudar la tarea.

Desde la infancia cuelga de mi cuello el dorado broquel de su meda­lla. En ella pongo mis labios antes de que el sueño me sorprenda, des­pués que los párpados se han abierto a la nueva luz…

Ya no convoca la campana a la triple cita del «ángelus». No im­porta. Yo le recuerdo al alba, a mediodía y al anochecer el papel deci­sivo que jugó en la Redención…

De la cabecera de mi cama pende siempre la negra y brillante geometría del rosario. En la alta noche el silencio abre las puertas de la intimidad. La soledad es propicia al diálogo con María. Al ritmo de mis pasos voy desgranando las cuentas. Prendidas en el hilo de las avemarías, saltan al aire de la meditación los misterios de Cristo; las glorias, los gozos y los dolores de mi propia vida; los triunfos y reveses de la Iglesia; las mieles y las hieles de la humanidad. Mi rosario no es monótono. Siempre es distinto. Sobre el mismo bastidor labro un bor­dado diferente. Diariamente cultivaré esas rosas en mi corazón; hasta que Ella quiera venir a recogerlas…

El sábado es su día, el mío, el nuestro. Las fórmulas litúrgicas, siempre que es posible, nos la acercan un poco más. Los ojos la bus­can con más avidez. Los pensamientos mariposean insistentemente a su alrededor. Al final del día no falta un obsequio que poner gentilmente en sus manos, como un pequeño ramo de flores.

Los meses de mayo y de octubre brillan con luz propia. Las fiestas marianas despiden un aroma fuerte, peculiar que los pulmones aspiran con fruición. Los años jubilares jalonan con un estallido de emociones el camino que a Ella me lleva. Participo gustosamente en esas celebraciones masivas, en esos cultos brillantes. Me hacen vibrar en el acorde común, sacuden convicciones, barren flojeras, despiertan entusiasmos dormidos.

Los santuarios célebres tienen la virtud de un imán. Flota entre sus muros una atmósfera densa de humanidad y espiritualidad, de amor y de dolor. Respiro con emoción contenida aquel aire sobrecargado de oraciones, de besos, de cantos, de lágrimas que la fe y el amor de los pueblos han ido destilando durante siglos. Contemplo con veneración la imagen acogedora de María dentro de su cámara constelada de luces y de exvotos. Me estremece pensar que sus oídos no están cansados de oír tantos gritos suplicantes, que sus ojos no están hartos de ver tan­tos corazones lacerados, que sus brazos no están desfallecidos de ser sin respiro cataratas de gracia.

Tomo en mis manos un libro, una revista, un folleto que me hablen del tema. Ella no será perfectamente amada si no es perfectamente co­nocida. Escucho con agrado a los que hablan con calor de su persona. Todo el mundo tiene algo nuevo que decirme. Guardo la idea intere­sante, el pensamiento original, la explicación de última hora, la aplica­ción moderna, el enfoque actual y lo meto entre los pliegues de mi memoría, como se meten los pétalos de una flor entre las páginas de un li­bro. Procuro que mis palabras salgan de la abundancia del corazón para que sean persuasivas… Quiera el cielo que sean también ardientes como brasas. Para que quemen, para que pongan al rojo al mundo que me rodea. Y ame a la única Mujer digna de ser amada…

 

– FIN DE LA OBRA –

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *