En respuesta a tu llamada: Comunidad litúrgica

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la Caridad1 Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD LITURGICA

ORACION LITURGICA

Existe una indudable jerarquía de valores en la oración cristiana. El sentir tradicional y exacto de la Iglesia la ha clasificado siguiendo este orden de importancia, de menos a más: la oración privada, la ora­ción comunitaria no litúrgica y la oración litúrgica. Esta última es la más principal, la más auténtica y la más eficaz, porque en ella, mejor que en ninguna otra se reúnen y se identifican en una sola oración Cristo, la Iglesia y los cristianos, es decir el Cristo total. No aludo en este momento solamente a la liturgia de las horas. Quiero incluir tam­bién la liturgia sacramental y señaladamente la liturgia eucarística. Me refiero, así mismo, a toda la variedad cromática del culto público y ofi­cial de la Iglesia.

Hablar de Dios puede ser cosa fácil, pero hablar con El presenta dificultades imposibles de salvar por parte del hombre, si Dios no toma la iniciativa e inicia el diálogo. Desconocemos el lenguaje que emplea para dirigirnos sus mensajes. No sabemos las formas precisas que tene­mos que utilizar para hacernos entender. Entre El y nosotros se interpone una distancia abismal. Está cortada toda posibilidad de comunicación. Si Dios no nos enseña el modo de hablar con El, si no tiende un puente de orilla a orilla o un cable transmisor, reinará entre El y nosotros un interminable y absoluto silencio. Efectivamente, El ha sido el primero en romper el silencio y nos ha dirigido la Palabra. Esa Palabra que es Cristo sigue resonando en la Iglesia. A partir de Cristo y de la Iglesia es como únicamente sabemos hablar con el Padre. Y si es verdad que la oración privada de un cristiano y la comunitaria de un grupo de cristianos son formas necesarias, válidas e indiscutibles de dialogar con Dios, la oración que con más agrado le llega y con más complacencia recibe y con más eficacia despacha es la oración litúrgica porque es la misma oración de su Hijo que la Iglesia continúa en el tiempo y en el espacio, porque es su propio lenguaje el que empleamos para hablar con El, es el idioma que El nos enseñó, su lengua vernácula, la que se oye en el seno de la Familia trinitaria.

Cristo es el Hijo de Dios, el único, el eterno, el entrañablemente amado. Nadie conoce al Padre, sino El. Nadie sabe cómo hay que ha­blar al Padre, a excepción de El. Sabe que el Padre le escucha siempre. Viven en continua comunicación por el Espíritu Santo. No puede haber una oración tan perfecta como la oración de Jesús. Es la pauta y la me­dida, el tipo y el ejemplar de toda otra oración, porque es:

Una oración filial. No es la oración de un siervo, de un extraño, sino de un Hijo y de un Hijo muy amado.

Una oración continua. Como Dios, no hay interrupción alguna. Es un intercambio sustancial e inacabable. Como Hombre, no sólo habla con su Padre en los momentos descritos por los evangelistas, sino que no le pierde de vista jamás. La oración fluye en todos los instantes de su vida sin solución de continuidad. Es el ritmo inalterable de su existencia. Es su respiración normal.

Una oración unificadora de las dos voluntades: la suya y la del Padre. Es una oración que acompasa, moldea, ajusta e identifica los deseos y las intenciones del Hijo con las del Padre.

Una oración sacrificial. Es una oración que culmina en el sa­crificio, en la renuncia absoluta, en la entrega total del propio Ser.

La Iglesia que es la prolongación de Cristo en los caminos de la Historia humana sigue adoptando esta actitud fundamental de Jesús para con el Padre. Y la continúa y la reproduce principalmente a través de la liturgia. La oración oficial de la Iglesia reviste las mismas cuali­dades de la oración de Jesús:

Es una oración filial porque Dios no sólo ha querido llamarnos hijos suyos, sino también que lo seamos en realidad de verdad.

Es una oración continua porque es la Obrá de Dios, la alabanza perenne, la voz de la esposa vigilante que se escucha siempre idéntica y distinta desde algún punto de la geografía eclesial.

Es una oración unificadora de dos voluntades: la divina y la huma­na. No hay fuerza, como la de la oración litúrgica, para vaciar nuestros deseos, ahormar nuestras esperanzas y fundir nuestros planes en el querer de Dios con el fin de obtener una fidelidad exacta.

Es una oración sacrificial porque es portadora —o debe serlo—de una renuncia total, de una entrega completa, de un sacrificio lleno de valentía y generosidad. La Iglesia se inmola constantemente. El sacrificio está en la cumbre de toda oración cristiana. Si el miembro de la Iglesia al orar no se ofrece con Cristo al Padre incondicionalmente, su oración se diluye, como el humo en el aire de la nada, de la ineficacia, de la inutilidad.

La oración litúrgica es la oración de toda la Iglesia, la expresión externa del Cuerpo Místico, la voz y la actitud del pueblo de Dios. Es una voz unánime y diferente a la vez. Es una actitud uniforme y dis­tinta. Es una oración celeste y terrena, singular y universal, pública y privada, secreta y solemne. Es el punto de partida y el punto de lle­gada de todo otro tipo de oración. Es la base y el vértice, la raíz y el fru­to, el manantial, el cauce y la desembocadura de la oración personal y comunitaria. Dios ha confiado a su Iglesia el modo propio con que prefiere ser públicamente alabado y suplicado. Nuestra condición de miembros de Cristo y de hijos de la Iglesia nos obliga a estudiar con­cienzudamente los textos litúrgicos, a leerlos pausadamente, a empa­parnos de los sentimientos que destilan, ya que son fundamentales para nuestra vida cristiana. Muchos de ellos florecieron al soplo del Espí­ritu. Un buen número se prestigió al pasar por los labios de Jesús. Otros surgieron en el ambiente cálido de las primitivas cristiandades, se han ido depurando en el filtro de los siglos y conservan el regusto de los vi­nos añejos. La profunda riqueza contenida en la liturgia, su ascendencia divina y sus valores humanos no pueden por menos de despertar en los creyentes la veneración y el aprecio. Pero sólo un amor auténtico a Cristo y a su Iglesia es capaz de llevarlos libre e irresistiblemente a aso­ciarse con frecuencia a la oración oficial, a intervenir en ella personal­mente y a participar en su celebración de una manera plena, activa y consciente hasta convertirla en el centro de su vida.

LITURGIA SACRAMENTAL

La vida consagrada es el fruto más logrado de la liturgia. La litur­gia la creó, la nutre y la incrementa. Yo diría aún más: La vida consagra­da es una liturgia plena de realidad y palpitante de vida. Es una existen­cia humana dedicada pública y exclusivamente al culto divino. Dios, que hace la elección y la invitación de la mujer predestinada, es también el que realiza su consagración. Al consagrarla, la sustrae de los usos profanos, la introduce en un orden aparte, la marca con el sello de lo sa­grado, la relaciona íntimamente con El, la constituye en su total per­tenencia y propiedad, la santifica y la dedica definitivamente a su ser­vicio, a su alabanza y a su culto. Desde entonces nada hay en su ser, en su sentir y en su obrar, que no tenga un sentido latréutico y cultural. Es un templo vivo consagrado a la gloria de Dios. Es una perfecta adora­da del Padre en espíritu y en verdad. En ella las divinas alabanzas se eslabonan como una cadena, la oración se vierte como una cascada, su actividad fluye hacia el Océano, por los cauces del apostolado, se­rena y fecunda como las aguas de un río adulto. La recitación diaria de los textos sagrados, la rumia lenta de los salmos, el paulatino saboreo de las demás fórmulas litúrgicas, no sólo contribuyen a mantener esta actitud religiosa de la mujer consagrada, sino que le dan mayor énfasis, la perfilan, la hacen ganar en calidad, riqueza y profundidad. Su carác­ter litúrgico le confiere, además, más que a ningún otro cristiano, el derecho y el deber de participar en el rezo público del pueblo de Dios. La frecuencia y el grado de esta participación darán la medida de su apostolado y de su talla espiritual.

La vida consagrada es una profundización del, misterio pascual. Debiera decir que es en realidad una vida pascual. De este misterio re­cibe todo su sentido, toda su razón de ser. Concretarle, hacerle visi­ble e inteligible al mundo es, en fin de cuentas, su afán, su esencia y su finalidad. Por eso está relacionada íntimamente con el primer acto litúrgico del cristiano, el bautismo, el sacramento del primer encuentro con Dios, el elemento clave de la vida cristiana, puesto que nos incor­poró a la muerte y resurrección de Cristo. Es evidente que la tarea prima­ria de una mujer divinamente elegida, si no quiere entrar en una vía muerta, ha de consistir en perfeccionar día a día esta inserción; en obsesionarse con la idea de reproducir en sí misma la muerte, la resurrección y la vida gloriosa de Cristo; en ser consecuente con la actitud radical que adoptó en la pila bautismal; en expresar gradualmente aquel compromiso irrevocable tanto en su vertiente negativa de renuncia al mundo y de muerte al pecado, como en su vertiente positiva de vida entregada total­mente a Dios. El bautismo no fue una ceremonia fugaz. Fue un rito que necesita ser actualizado sin cesar, un acto litúrgico convertible cada ins­tante en una vida pujante y vigorosa. Fue un despegue, un arranque ini­cial. Lo que después viene es una larga carrera de obstáculos cuya meta final se oculta en la noche.

La evocación bautismal tiene la virtud de ‘desempolvar otros viejos recuerdos archivados en la memoria y nos retrotraen al lugar y a la fecha de la Confirmación. El significado y el contenido de su liturgia coincide exactamente con el quehacer de la vida consagrada. El compro­miso de los consejos evangélicos ofrece el marco más adecuado y el clima más propio para el desarrollo y la expansión de la virtualidad en­cerrada en este sacramento. Es el sacramento de la plenitud o madurez de la vida cristiana. Es el grano soterrado que llega a ser espiga dorada y henchida. Es el arbolito que se ha colmado de flores y de frutos. Es el embrión que ha cuajado en varón perfecto. Es el espaldarazo de los anti­guos caballeros, la insignia cruciforme de los cruzados medievales, las armas de una milicia espiritual, la fortaleza de los soldados y testigos de Cristo. Es una configuración con El más perfecta que la del bautismo o por lo menos más precisa, porque asimila su condición de profeta, de sacerdote y de rey. Los iniciados en el bautismo practican aquí una liturgia castrense. Avanzan apretando los dientes en un rictus marcial. Van con una idea clavada en el entrecejo: ensanchar las fronteras del Reino. Adoptan un lenguaje militante y combatiente. Se abren paso a punta de lanza; luchan cuerpo a cuerpo; ganan terreno palmo a palmo.

El equilibrio de la vida comunitaria descansa, en parte, sobre la liturgia penitencial. La Confesión vigoriza las voluntades débiles, bate la prepotencia de las dominantes, afloja las tensiones, inspira el perdón, concierta la paz, corrige las desviaciones, rectifica posturas equivoca­das y abre nuevas perspectivas y ángulos de visión. La armonía del con­junto radica en la salud síquica de las personas. Y ésta es, la mayor par­te de las veces, fruto de una conciencia tranquila y serena. En el sacramento de la Penitencia, no sólo nos salen al encuentro los brazos in­dulgentes y acogedores del Padre celestial, sino también los de la Igle­sia local, viva y celular de que formamos parte. Contra ella nos hemos hecho beligerantes no pocas veces. La hemos convertido en víctima de nuestros excesos verbales y de nuestras actitudes injustas. Dios y nues­tros hermanos han acudido a la cita del sacramento. Y allí perdonan, olvidan, abrazan. Allí suscribimos un perpetuo tratado de paz y depo­nemos las armas. Pero como resulta que en un plazo relativamente corto sobreviene una nueva ruptura de hostilidades, allí están una vez más ofreciéndonos dulcemente toda la anchura de sus brazos y sometiendo a nuestra firma un nuevo pacto de amistad.

Por medio de la confesión quedamos seriamente comprometidos en lo que se refiere al amor fraterno. Pero pienso que nuestro compromi­so reviste todavía mayor gravedad cuando vemos a nuestro hermano o a nuestra hermana acercarse al sacramento. Porque allí, en la persona del ministro, estamos realmente presentes, actuando con Dios de una forma simultánea e idéntica, es decir, concediéndole una amnistía total, cancelando sus deudas, arrojando sus ofensas al viento del olvido y otorgándole sin reservas el don gratuito de nuestro amor absoluto. Con este enfoque la liturgia sacramental ganará en eficacia y dinamismo lo que está perdiendo por rutina y displicencia. Creo que sólo así superará la actual arritmia penitencial creada en la Iglesia por los que, confun­diendo lo opinable con lo intangible, caminan hacia una pretendida con­versión a su aire, por trochas y vericuetos extrasacramentales de los que Dios y la Iglesia brillan por su ausencia. Y así avanzan, lastrando posibilidades de progreso y de conversión.

Lo que no es amor es pecado. Eso por una parte. Por otra sabemos que en esta etapa de la existencia no alcanzaremos jamás vivir el amor en plenitud. Siempre quedarán distancias, ausencias, olvidos, reservas, fisuras… Nunca estaremos abiertos por entero ni presentes del todo a Dios y a los hermanos. Reconocer que no los amamos suficientemen­te forma parte de nuestro amor sincero; y confesar que aún le falta mu­cho a nuestro amor es indispensable para recibir el sacramento, y sentir­nos necesitados del perdón divino y humano forma parte esencial de nuestra actitud penitente. La conciencia y el dolor por lo que aún no amamos es el único modo de reparar, reponer y alcanzar lo que le falta a nuestro amor.

Es preciso recordar que la penitencia cristiana tiene una dimensión esencialmente eclesial. La conversión y el perdón que empiezan a nivel personal no terminan hasta alcanzar un nivel comunitario. Pretender reducir estos actos al ámbito estrecho de una vivencia exclu­sivamente individual arguye no haber saludado siquiera la primera pá­gina de la teología de la Encarnación. Para ser cristianos tienen que ser por fuerza interpersonales. Si todo pecado tiene un carácter colectivo, el perdón, la conversión y la gracia están también marcados por el sello de la comunitariedad. Nadie gana ni pierde terreno aisladamente. Las pérdidas y las ganancias son comunes. Hay que poner por tanto en la celebración penitencial una gran dosis de sincera y confiada búsqueda de reconciliación fraterna, un enorme deseo de conversión recíproca, de retorno al Padre formando un conjunto familiar. Hay que fijar bien una intensa solidaridad con Cristo que nos reconcilia con el Padre en la medida que nos reconciliamos con los hermanos.

Pero es, sobre todo, a partir de la liturgia eucarística como se cons­truye y se mantiene una comunidad cristiana. Esta celebración tiene en sí misma una polaridad tan acusada y un poder aglutinante tan fuer­te que el mayor absurdo y el mayor escándalo de la Iglesia, el único obstáculo para su crecimiento, radica en la existencia de grupos cuyos miembros han llegado a compaginar su enfrentamiento habitual con la frecuente participación eucarística. Una vez más Cristo está entre nosotros o para unirnos o para separarnos. Pero la causa de que una medicina salve a unos y dé muerte a otros está al margen de la misma. Es una desgracia que haya personas que comulguen sin recibir a Cristo. Una comunidad que gira alrededor de la Eucaristía tiene que ser un coro armónico y creador, y no una partitura para solistas. La que se en­camina hacia su integración pasando por ella es como quien se desliza en trineo por la pendiente de una montaña cubierta de nieve: va más de prisa. No hay mejor tratamiento clínico para curarla del individua­lismo, esa lepra moral peor que la de la carne porque lo mancilla y lo carcome todo. El hecho de colocarse alrededor del altar encierra una enorme capacidad de vincular a unos seres que, pese, a su convivencia física, permanecen distantes unos de otros, lejanos, solitarios, parapetados detrás de sus razones, anclados en sus miras egoístas. Aunque se ignoren mutuamente, no obstante vivir juntos, la Eucaristía derriba los muros de su- aislamiento, los liga a. un destino y a una tarea comunes y les proporciona una base integradora consistente en aportar, no en sus­traer; en sumar, no en excluir; en fijarse en los motivos que unen, no en los argumentos que dividen. Este ansiado objetivo de Cristo se logra cuando, como sucede en el altar, de muchos granos de trigo se hace un solo pan; de muchos racimos se obtiene un solo vino; de muchos gru­mos de cera resulta un solo cirio; de miembros diferentes, un solo cuer­po, de una muchedumbre de pueblos, un solo pueblo.

Aquí es donde la mujer consagrada hace efectiva su divina parti­cipación en el sacerdocio de Cristo que la capacita y ordena de un modo general para el culto divino, la inserta en la función sacrificial y victimal del Redentor y la hace idónea para ofrecer a Dios hostias espirituales.

Aquí es donde puede y debe asociar su oblación específica de mu­jer consagrada a la oblación litúrgica, uniendo en idéntico ofertorio su ofrenda personal a la que Jesús hace al Padre para la salvación del mundo.

Aquí es donde necesita repetir y simultanear con la consagración del Cuerpo y Sangre de Cristo su propia consagración bautismal y reli­giosa con el fin de que resulte cada día más completa y efectiva, más valiente y generosa, más consciente y libre.

Aquí es donde ha de brotar, como un fruto maduro, el don de sí misma a los demás, la entrega personal en obsequio y servicio de sus hermanas, entrega suscitada, nacida e instrumentada por la misma cari­dad con que ella se entrega a Cristo y en las mismas condiciones con que Cristo se entrega a ella, es decir, sin condiciones, sin reservas, sin desconfianzas.

Si la celebración eucarística no es para ella una costumbre insos­layable o un acto rutinario, si la vive en espíritu y en verdad, verá trans­formarse su existencia en un perenne sacrificio de alabanza, en una per­petua misa solemne. Su mentalidad y su actuación de cara a los demás serán una pura transparencia de la misa diaria. Caminará al ritmo se­guro y juvenil de los himnos litúrgicos tantas veces repetidos: Señor Dios, en la sencillez de mi corazón te ofrezco alegre todas las cosas… Oh Dios de Israel, consérvame esta voluntad (1 Par. 19-18). Rompiste, Señor, mis ataduras; te sacrificaré hostias de alabanza e invocaré el nombre del Señor (Ps. 1 15). Me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud (Ps. 42).

La persona no se salva sino a través de la comunidad. Pero la co­munidad no salva a sus miembros, sino en la medida en que esté inserta y viva en el misterio de Cristo. La liturgia es una de las formas más ade­cuadas para vivir plenamente este misterio de su muerte y resurrección. Se puede participar en él activa y pasivamente, viviéndole y haciéndole vivir. En la actualidad las mujeres consagradas no solamente pueden participar en el culto litúrgico como los cristianos corrientes, sino que también pueden ser actores y promotores del mismo. Están autorizadas para presidir la asamblea del pueblo de Dios. Fuera de la absolución sacramental y de la consagración eucarística no hay ninguna celebra­ción cultual que no puedan realizar. Cristo se ha puesto en sus manos casi sin reservas. La Iglesia está trasvasando en ellas gran parte del mi­nisterio sacerdotal para que lo administren en favor de los seglares. Han llegado al centro mismo de la liturgia. Y hay que confesar que son unas audaces, leales y competentes administradoras de lo divino. En mu­chos aspectos, parangonadas con los sacerdotes, presentan una talla superior. La escasez y la inseguridad de los ministros tradicionales quedan así subsanadas y corregidas por la cantidad y la calidad, la con­fianza y la valentía de las nuevas diaconisas de la Iglesia. De este modo sus comunidades son litúrgicas en un sentido más pleno y eficiente.

La oración litúrgica exige absolutamente la oración privada y co­munitaria. Lo decimos con sencillez, pero también con firmeza, sin crispaciones ni animosidades contra quienes barbotan palabras y pala­bras para hacer circular, como evangélicos, sus criterios personales. Ya no nos pueden engañar. Sus razones están asaeteadas de preguntas que no tienen respuesta, o si la tienen, consiste exclusivamente en la frase acerada o en la ironía incisiva. Por lo cual concluimos con estos dos sucintos comentarios:

La oración privada sirve de preparación a la oración litúrgica. Esta sin aquélla resultará floja, mediocre, anémica; se reducirá a me­ros gestos, a simples fórmulas, muy bellas e interesantes, pero vacías de sentido. No es en la superficial recitación de los textos litúrgicos donde se encuentra su significado profundo y su filón teológico, sino en la intimidad con el Ser que los inspiró y nos envía por medio de ellos su mensaje secreto. El mismo estudio científico y exegético de dichos textos es mucho, pero no lo es todo. La ciencia hace técnicos y especia­listas, pero no santos. Es el contacto dialogal y filial con Dios el que nos descubre la íntima riqueza de las fórmulas escritas y alumbra esos ve­neros de agua viva que saltan hasta la vida eterna. La piedad objetiva o litúrgica sin la piedad subjetiva o individual es una quimera evidente y una tentativa irrealizable.

La oración privada es una prolongación de la oración litúrgica. La palabra de Dios, la oración oficial y los ritos públicos de la Iglesia, si se viven con autenticidad, tienen que extenderle inevitablemente fuera de los límites de la asamblea cristiana en el espacio y en el tiempo. Por su propio dinamismo y vitalidad tienden a continuar en la medi­tación personal de los misterios divinos, en la contemplación de las ver­dades de la fe, en la labor lenta de la asimilación, en la proyección de la propia vida. Un cristiano convencido y comprometido no se impro­visa ni se obtiene con la aplicación externa de ritos y palabras. Para que fermente en él una conversión genuina se requiere un largo proceso de maduración. Salta a la vista la prueba inequívoca de nuestro aserto, el paganismo práctico de quienes se llaman con excesivo optimismo hi­jos de la Iglesia porque participan e incluso presiden diariamente las reuniones litúrgicas. Está claro, pues, que la oración personal y habitual es el cauce único por donde puede llegar el agua lustral de la liturgia cristiana a toda la tierra cultivable del ser humano.

LITURGIA DE LAS HORAS

Puede parecer un poco extraño a quien no esté familiarizado con la terminología litúrgica oír hablar de la liturgia de las horas. Sin em­bargo esta denominación es lógica y natural. Refiriéndonos a la Misa hablamos de la liturgia de la Palabra y de la liturgia eucarística. Alu­diendo a los sacramentos nos damos a entender en parecidos términos: liturgia bautismal, penitencial, matrimonial. La expresión liturgia de las horas sirve para indicar la oración que utiliza la Iglesia para santi­ficar o consagrar a Dios las distintas horas o partes del día. Es la nota característica de esas ancestrales y venerables fórmulas de oración contenidas en el libro litúrgico denominado hasta hoy Breviario u Oficio divino: que están relacionadas con las diversas fracciones del día, como los «tiempos» litúrgicos están relacionados con las diferentes partes del año. Dado que el día está dividido en horas, la oración que la Iglesia eleva a Dios en determinados momentos de la jornada se llama así precisamente: liturgia de las horas.

Número de horas. Fue en los centros de espiritualidad monástica de la antigüedad cristiana donde arraigó y se desarrolló la oración de las horas. Las comunidades monacales adoptaron la costumbre de congregarse para orar en común al comienzo de cada hora astronómica. Como resultaba que la división del día en horas acusaba notables dife­rencias, debido a las costumbres de los diversos pueblos y a las distancias prácticamente insalvables, surgieron en el seno de los monasterios tres esquemas de oración comunitaria:

1.a La oración de cada una de las 24 horas del día. En este es­quema la oración no se interrumpía jamás. Grupos de monjes o de monjas se turnaban constantemente de día y de noche para que no se apa­gara la voz de la Esposa vigilante. Algo parecido a la moderna práctica devocional de las 40 horas, pero extendida a todo el año.

2.a La oración que se hacía cada ocho horas, o sea, después que transcurrían tres horas de las veinticuatro del día. Fue una costumbre que se generalizó en el occidente romanizado. No hay que olvidar que el cómputo del tiempo en el imperio romano tenía una raíz castrense.

Tanto las horas del día como las de la noche, llamadas vigilias, equivalían a tres horas nuestras. Si el primer sistema tuvo una extensión reducida y pronto desapareció, éste prevaleció en las comunidades religiosas y canonicales de Europa y fue adoptado por todo el clero de la Igle­sia latina en 1568 cuando se publicó el Breviario de San Pío V.

3.a La oración que se practicaba tres veces al día: al amanecer, a mediodía y a la puesta del sol. En este esquema quedaba eliminada la oración de la noche. Fue el método que se introdujo ya desde muy an­tiguo en las costumbres de los buenos cristianos seglares porque se ajus­taba mejor a su horario laboral.

El nuevo ordenamiento litúrgico conserva las lineas generales del segundo módulo. El viejo canon tradicional ha sido respetado esencial­mente. Pero la Iglesia lo ha armonizado sabiamente con el tercer procedimiento que era tan popular y así ha quedado un rezo litúr­gico que responde mejor que todos los otros anteriores al ritmo de la vida actual. Esta hábil estructuración junto con un orden más esmerado y un volumen menos denso de los elementos constitutivos de cada hora contribuye a disipar la impresión de que la oración eclesial siga pare­ciendo de tipo monástico y ajena, por tanto, al hombre de hoy. Tal como está elaborada la liturgia de la plegaria oficial, aparece de un modo diáfano como la oración de toda la Iglesia adaptada a las per­sonas que viven inmersas en el dinamismo de la vida moderna. He aquí los cinco momentos litúrgicos del nuevo Breviario:

Laudes. Es el vocablo tradicional empleado para designar la ora­ción matutina y vale tanto como decir honras, loores, alabanzas. En la actual ordenación litúrgica es una de las dos partes más importantes de la oración eclesial, un momento fuerte, un acto sobre el que la Igle­sia ha cargado el acento de su autoridad.

Vísperas. Corre parejas con el anterior en la actual jerarquía de valores. Si los Laudes consagran a Dios el día en sus comienzos, las Vísperas se lo dedican en su declinación. El nombre le viene del térmi­no griego Hésperos que adquirió después la forma latinizada de Véspero, palabras con las que griegos y romanos designaban al planeta Venus, el brillante lucero de la tarde y que aplicaban así mismo al espacio de tiempo comprendido entre el mediodía y la noche.

Hora Media. Es una oración más breve que las dos antecedentes que se reza alrededor del mediodía cuando la actividad humana cesa ordinariamente para dar lugar al sustento y al descanso. Parece nor­mal en un cristiano aprovechar la oportunidad que le brinda este parén­tesis laboral para elevar el corazón a Dios.

Completas. Es una plegaria corta y jugosa en la que se ofrecen al Señor los últimos momentos de la jornada antes de dirigirse al lecho para tomar el descanso nocturno. Su mismo nombre indica que es la oración que completa y cierra todas las oraciones y todos los trabajos del día.

Divina Lección. En este oficio la lectura tiene un lugar preferente. Consiste principalmente en la lectura reposada de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia así como de la Hagiografía cristiana a fin de adquirir un conocimiento más profundo del misterio cristiano. Esta hora sustituye al viejo oficio de Maitines. Los Maitines consistían en una larga recitación de salmos, responsorios y lecturas que tenía lugar antes de la aurora. La Iglesia la ha simplificado muchísimo y no le ha señalado un tiempo fijo, sino que la ha dejado desvinculada y flo­tante para que cada cual la pueda practicar en el momento más oportu­no del día.

Oración tan antigua como moderna. Con esta sesuda ordenación de la oración pública se sigue tributando a Dios en el siglo XX la misma alabanza que le fue tributada, durante milenios, antes de la era cristia­na. La tradición judía trasvasó a la Iglesia primitiva la costumbre de consagrar a la oración colectiva los tres momentos principales del día: mañana, mediodía y tarde. Es una antorcha que los pueblos aborígenes han transmitido de mano en mano hasta nosotros; una corriente de agua que ha venido fluyendo hasta hoy, atravesando centurias y salvando gue­rras y convulsiones de pueblos. No sólo el pueblo israelita, sino todos los pueblos de la tierra, junto con sus creencias religiosas, sus misterios y su culto, eran poseedores de una liturgia característica. Era una socie­dad profundamente sacralizada. La liturgia invadía la legislación y el ejercicio del poder, la paz y la guerra, la actividad y el folklore, la vida y la muerte. Había normas sagradas e intocables que ordenaban las rela­ciones del clan, de la tribu, del grupo social con la divinidad. Las me­jores fórmulas del culto divino universal han sido seleccionadas, depu­radas, recogidas y bautizadas por la liturgia cristiana. La Iglesia no las guardó, como flores disecadas entre las páginas de un libro, ni como pie­zas curiosas de un museo, sino que las revalidó, corno expresiones vivas que son de un mensaje divino y como vehículos portadores de los mejores sentimientos humanos.

Valor humano. No hay literatura en el mundo que encierre tan­tos tesoros de arte, tanta sensibilidad de corazón y tanta claridad de in­teligencia como la liturgia católica. El espíritu se impregna del eterno aroma de esas viejas plegarias que son las únicas plegarias dignas de Dios. La recitación de los salmos nos introduce en un mundo trascen­dente y sobrecogedor. El Espíritu divino ruega en ellos con gemidos y ansias inenarrables por la voz de todas las criaturas visibles e invisibles, con la gama de todos los afectos y emociones del hombre. Más qué cu­riosidad, se siente un vivo deseo de estudiar, conocer y penetrar a fondo en esos recónditos mineros de nuestros libros litúrgicos. Son li­bros donde se aprende el lenguaje que agrada a Dios; libros rebosantes de soberanas bellezas estéticas; libros que superan en gracia y en calidad artística a los más encumbrados de las literaturas clásicas. Es una ver­güenza que vengan de fuera sabios, artistas y literatos sin religión algu­na a explicarnos la grandeza de ideas y sentimientos que rezuman esos textos venerables que todos los días menoseamos y musitamos de­sidiosamente. Es la misma confusión que nos produce ver a unos hom­bres extraños a la Iglesia penetrar en nuestras catedrales y en nues­tros templos vetustos para descubrirnos las maravillas de arte encerra­das en esos antiguos monumentos. Damos a veces la sensación de tener tanta estulticia como el hijo que ignora el valor de los muebles y de las alhajas que su padre le ha legado en herencia.

Valores trascendentes. Pero es el valor divino de la liturgia lo que más impresiona. La oración de la comunidad cristiana es un eco, un recuerdo, un reflejo de las alabanzas que resuenan en la comunidad tri­nitaria. Es la gloria interpersonal de Dios empalidecida por tener que manifestarse bajo la pobre envoltura de la expresión humana. Es tam­bién «aquel himno celeste que se canta perpetuamente en las moradas celestiales». La Iglesia peregrina se asocia de este modo a la que ha llegado ya a la patria. Es la oración con que Cristo se dirige al Padre en favor de las necesidades del mundo. Es la oración que el Espíritu Santo ha inspirado a los autores humanos; la que El mismo ha difundido por toda la superficie del planeta; la que pone en el corazón y en la boca de los cristianos estrictamente obligados o amablemente invitados por la Iglesia a participar en el rezo común.

Oración ecuménica. Siempre será, ha sido y es, aunque se recite en privado, una oración pública, oficial, universal. Tiene las mismas dimensiones de la Iglesia. La Iglesia visible y la invisible, la temporal y la eterna, la de hecho y la de derecho se unen a la palabra que sale de la persona orante. Ha sido hasta hoy un error considerarla como exclusi­va de los sacerdotes y religiosos. A lo sumo, sólo un grupo de seglares tornaba parte en ella como si se tratara de una selecta minaría de inicia­dos. El Breviario ha sido un libro de oración masivamente ignorado. La misma costumbre popular de cantar las vísperas de los días festivos ha ido lentamente perdiendo terreno hasta caer en desuso. Esta deplorable decadencia estaba muy lejos de la intención de los apóstoles que inauguraron las horas de oración, y de los Padres que las estructu­raron y perfeccionaron. San Benito llama a la oración común Opus Dei = Obra divina. Por obra divina entiende el conjunto del servicio eclesial con el que el hombre se entrega a Dios. Es un servicio único, colectivo y orgánico. Ninguna acción sagrada ha surgido en la Iglesia jamás como algo reservado y personal, sino como una acción comuni­taria. El canto de los salmos, la lectura de la palabra de Dios, las homi­lías de los Padres, los escritos de los Doctores, los himnos, los responso­rios, la oración universal suponen siempre una comunidad reunida, or­ganizada y jerarquizada en la cual están presentes igualmente y parti­cipan en el mismo grado todos los que profesan la misma fe.

El desarrollo de la oración litúrgica sigue las mismas leyes de creci­miento de la comunidad cristiana en que nació. Son muchos los testi­monios que nos quedan sobre aquellas primeras asambleas que se reu­nían para tener la oración en común bajo la guía de los discípulos del Señor. De la lectura de estos documentos históricos se desprende que no se trataba de una observancia legal, sino del cumplimiento de un de­ber; que este deber pertenece a la íntima esencia de la Iglesia y que la misma Iglesia primitiva fundamenta su vida comunitaria en la oración en común y en el amor fraterno. Los primeros fieles se nos presentan unidos en oración «con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús y con los hermanos de ésta», «perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles, en la unión, en la fracción del pan y en la oración». Resulta claro que el origen y la estructura inicial de aquellas células cristianas primitivas eran debidos a la Palabra, la fraternidad, la oración y la Eucaristía. Estos cuatro elementos básicos de la vida cristiana se fueron madurando y amplificando, no por separado o sucesivamente, como blasona de hacerlo cierta pastoral de nuevo cuño, sino a la par, en una labor de conjunto, empleándolos como partes integrantes de un sis­tema único de evangelización.

Sus relaciones con la oración privada. Es cierto que la que hace un cristiano de puertas adentro de su casa, como dice Jesús, no sólo es recomendable, sino necesaria. Los miembros de la Iglesia pueden y de­ben hacerla por mediación de Cristo, en el Espíritu Santo, siempre y en todo lugar. Pero la que se eleva de toda la comunidad cristiana reunida precisamente para este fm está revestida de un valor, de un poder, de un significado y de una dignidad peculiares, conforme a aquellas pa­labras evangélicas: donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Sin embargo «cualquier oposición entre la oración de la Iglesia y la oración personal es inadmisible tanto en la teoría como en la práctica; más aún, hay que robustecer e incrementar sus mutuas relaciones». Por una parte la oración personal debe ser una preparación y una prolongación de la oración litúrgica. Por otra, la oración litúrgica es «fuente de piedad y alimento de la oración priva­da». «Es sumamente deseable que penetre en profundidad en todas las oraciones cristianas convirtiéndose en alma, norma y expresión de las mismas y en alimento que nutra la vida espiritual del pueblo de Dios.» La Constitución apostólica «Laudis Canticum» de la que son las citadas palabras sugiere rezar el oficio divino acomodándole a la propia situa­ción espiritual y sicológica dentro del marco, bastante flexible por cier­to, de las normas recientes. Cuando la oración litúrgica sea una verda­dera oración personal y cuando la vida entera sea una liturgia viva y operante, habrá tocado el cristiano las últimas metas de una oración que es en realidad «la cumbre y la fuente de la acción pastoral de la Iglesia».

Rúbricas. Es preciso hablar de los cauces rituales por los que debe fluir el rezo común. Siendo como es un rezo público y oficial, las formas de expresarlo no pueden ser fruto de la improvisación. Es lógico que se ajuste a unas líneas generales y normativas diseñadas por los cuadros de mando de la Iglesia. No es sólo la plegaria de una iglesia local; es la que adopta la Iglesia universal para agrupar a todos los hombres alre­dedor del Padre común. Por ello, aunque ha de estar matizada por la gran variedad de pueblos, lenguas y culturas, aunque es necesario que goce de gran flexibilidad para acompasarse a las situaciones circunstan­ciales de los grupos orantes, también es preciso que esté vertebrada en unas directrices que le otorguen unidad y la hagan perceptible a todos y en todas partes. Piénsese en una liturgia que debiese su existencia a los gustos y a la fantasía de cada asamblea, o a la súbita y fugaz inspira­ción de cada presidente de la misma. Sería un mosaico tan pintoresco como irreconocible. Una comunidad en oración para ser un marco digno de la alabanza divina debe revestir cierta solemnidad y decoro. Una fa­milia que reza al Padre en compañía de Cristo no debe confundirse con un club abigarrado y estridente o con un conjunto musical de los que tanto abundan en la sociedad actual.

Los obligados no deben sentirse «movidos a celebrar el oficio por el simple deber que tienen de observar una ley, sino más bien por el convencimiento de su valor intrínseco y de su utilidad pastoral y as­cética». La convicción profunda ha de atar más que la obligación estric­ta. La Iglesia quiere educarnos de forma que las motivaciones del amor primen siempre sobre las del temor. Aún sin llegar al pecado, nuestra voluntad puede triunfar sobre la de Dios. Ahora bien, toda victoria sobre Dios es un verdadero desastre.

El documento pontificio sobre la liturgia de las horas emplea, sin embargo, la palabra obligación refiriéndose a su recitación por los obispos y sacerdotes. Yo compararía esta obligación con la que tene­mos todos de alimentarnos. Si pasamos cierto tiempo en ayunas sin mo­tivo que lo justifique, pecamos gravemente porque destruimos nuestra vida. Pero no necesitamos que nos impongan precepto grave de comer cada equis horas. Tenemos el deber imperioso de orar. Los pastores de la Iglesia ponen a nuestro alcance la forma mejor de responder a esta obligación. Dicha forma es más flexible y elástica en la nueva legisla­ción que en la antigua. La nueva ley obliga, si no se interponen obstá­culos serios, a rezar Laudes y Vísperas por ser las horas claves de la jor­nada. Dice también que se procure no omitir el Oficio de Lectura. Como se ve, no acentúa tanto la intensidad de la obligación como la fuer­za interior de la responsabilidad. Pero si se atiende al espíritu que subyace en las líneas del decreto viviría muy peligrosamente quien pa­sara días enteros sin rezar alegremente esta parte del oficio litúrgico.

Por lo que hace a la Hora Media y a las Completas se inculca la necesidad de recitarlas antes de entregarse al descanso, a fm de poner­se confiadamente en las manos de Dios después de haber realizado ínte­gramente la Obra de Dios del rezo contidiano y la Obra humana del tra­bajo profesional. Difícilmente pueden tener la conciencia tranquila quienes no recen diariamente las dos horas principales y no pongan sumo interés en rezar habitualmente las restantes. En todo caso, insiste reiteradamente el documento, ha de procurarse que el rezo de cada parte del Oficio se compagine, y, si es posible, coincida con cada una de las horas naturales correspondientes, a cuya santificación está destinada como lo indican el nombre y el contenido, la devoción y la tradición.

Los invitados. Están invitados a este sagrado ejercicio todos los fieles sin excepción alguna. Es la plegaria de la comunidad humana universal reunida en Jesucristo. En ella participa cada miembro, pero es propia del Cuerpo total. Si nadie queda excluido de su influencia, todos los hombres tienen derecho a hacer acto de presencia. Si todos pueden estar presentes espiritual y afectivamente, nadie puede impedir que tomen parte personal y efectivamente. Sin embargo, la masa del pueblo ha vivido durante siglos al margen de la oración oficial de la Iglesia. La cristiandad en general ha estado condenada injustamente al ostracismo de la inhibición, de la pasividad y de la indiferencia. Hoy, por fin, la Iglesia quiere volver al punto de partida y hace un ruego por­fiado, una llamada apremiante para que todos los hijos de Dios se aso­cien en cuerpo y alma a su oración. ¿Será escuchada su invitación? ¿Vol­verán de nuevo a resonar en las catedrales, en las parroquias, en los ora­torios y capillas de la ciudad y del campo el canto de los salmos, como ocurría en tiempos de Ambrosio y de Agustín, de Jerónimo y de León Magno? Este es el objetivo que persigue la actual ordenación de la oración litúrgica. Las familias cristianas unidas en el rezo común encon­trarán más viva la luz de la fe y más ardiente la llama de la caridad.

En las comunidades consagradas han golpeado con fuerza estos aldabonazos. Con fuerza y con eficacia. La liturgia ha irrumpido en su oración comunitaria jubilosamente. Ha evitado su esclerosis inyectán­dole una savia potente, un vigor nuevo, generoso y estimulante. Hoy las Hermanas han dejado de ser ya unas iniciadas en la liturgia. Pue­den ser maestras. Y deben serlo de los seglares, puesto que la Iglesia lo desea. No pueden constituir ellas solas unas comunidades litúrgicas cerradas sobre sí mismas, impermeables, incomunicadas con el mundo. ¿Es tal vez un imposible que en los colegios, por citar algún ejemplo, se puedan reunir con sus educandas para celebrar con ellas la oración li­túrgica? ¿Hay dificultades realmente insuperables para adherirse a la comunidad parroquial en el rezo de las horas? ¿No podrían preparar de acuerdo con los pastores de la Iglesia a un grupo de cristianos compro­metidos para que sean ‘la levadura que haga fermentar litúrgicamente a la masa del pueblo de Dios? ¿Van a permitir que siga creyendo este mismo pueblo que este modo de orar es un coto cerrado para la mino­ría privilegiada de sacerdotes y religiosos?

One Comment on “En respuesta a tu llamada: Comunidad litúrgica”

  1. Habla el padre Manzanal del ordenamiento litúrgico. ES momento de que la C.M. reivindique la figura del padre ANIBAL BUGNINI. vilmente represariado por la falsa lista PECORELLI.

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