En respuesta a tu llamada: Comunidad humana

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD HUMANA

Más que un compuesto de alma y cuerpo que podría sugerir la idea inexacta de dos elementos yuxtapuestos, yo definiría al hombre como un espíritu corporizado o un cuerpo espiritualizado porque hace resaltar con más viveza el resultado de dicha unión: la integración o unidad per­sonal. El alma ha sido creada en función del cuerpo y éste en función de aquélla. Los dos elementos son tan necesarios e inseparables para la persistencia del ser humano como el hidrógeno y el oxígeno para la del agua. No es el cuerpo o el alma aisladamente, sino la persona total, lo que constituye el fin y el objeto de la teología y de la sociología. Es el hombre completo el término de la Encarnación, de la Redención, de la Gracia, de la consagración bautismal y religiosa, de la salvación tempo­ral y de la felicidad eterna. Si el error de la filosofía naturalista consiste en prescindir del alma en sus elucubraciones, el de ciertos ascetas cris­tianos radica en subestimar el valor de lo corporal. Al insistir tenazmen­te en la importancia de la vida eterna, en la necesidad de aniquilar al «hombre viejo», buscan para el factor espiritual un lugar casi exclu­sivo y relegan el factor humano a un plano secundario. El «vencerse a sí mismo» es llevado hasta sus últimas consecuencias por hombres y mu­jeres admirables por la heroicidad de su amor, pero inimitables por el rigor y dureza de su ascesis. Situándonos a un nivel antropológico cabría preguntarnos si a veces, por querer ser más cristianos y más religiosos, no estaremos consintiendo en ser menos humanos. Aunque también sería válida la pregunta vuelta del revés, porque tanto despersonaliza un cierto angelismo ingenuo como un humanismo exagerado.

Estos pensamientos nos llevan a la conclusión de que para el gobierno y organización de una comunidad, si hay que dar a las leyes divi­nas la importancia que merecen, también hay que tener en cuenta las leyes humanas por las que se rige toda agrupación de personas. Debe­mos comprender que por el hecho de que el Señor es el Creador del hom­bre entero, es así mismo el legislador en el campo moral y en el orden sicológico. Si el Autor de la ética es el mismo que el de la sicología, no podemos disociar impunemente dos tipos de leyes establecidas y respe­tadas por El. La presunta colisión entre los dictados de la moral cristia­na y los principios de la ciencia sicológica es más aparente que real. Hay que rechazar de plano toda oposición entre la ciencia y la fe. En caso de un choque frontal la solución vendría de la mano de la oración y del estudio serio y profundo de cada caso concreto.

En primer lugar las normas evangélicas están en la base de toda comunidad religiosa. Las palabras y la vida de Cristo son su causa y explicación, su musa y su fuente, su deseo y su gozo. Cada minuto de una vida consagrada es un argumento en favor o en contra del Maes­tro. Pero más que su doctrina es su Persona lo que importa. La doctrina es susceptible de interpretaciones torcidas. Muchos han abusado de ella. La Persona, en cambio, posee un atractivo irresistible. Podemos cono­cer el Evangelio e ignorar a Jesucristo, como podemos comulgar sin recibirle. El es la regla, y la ley, el molde y la horma, la verdad y la vida de los componentes del equipo eclesial.

En segundo lugar se impone el respeto y el acatamiento a las leyes sicológicas matizadas por el sexo de las personas al organizar una comu­nidad. En la Persona de Jesús funcionaban con la más perfecta armonía. Autor y conocedor de las mismas ajustó siempre su conducta, su pala­bra y su obra a los motivos que condicionan las reacciones individuales y colectivas. Fue un hombre cabal e hizo hombres cabales. Por eso el hombre se deshumaniza a medida que se aparta del Hijo del Hombre. Las leyes que determinan el comportamiento de los componentes de un grupo humano están en el entramado de su naturaleza. Hay que confe­sar que poseimos una sicología balbuciente. Las investigaciones de los especialistas se abren paso con dificultad por el misterioso laberinto del «microcosmos» a causa de su enmarañada complejidad y la cam­biante variedad de cada individuo. Pero, pese a ser limitados nuestros conocimientos sobre la materia, son suficientes para establecer los si­guientes principios sobre los que se levanta toda comunidad humana:

El hombre no está hecho para vivir en soledad. No termina en sí mismo. Es una relación, un ser complementario, un esbozo, una sinfo­nía inacabada. Es la sociedad la que le da lo que necesita para comple­tarse, la que le confiere la solidez, el detalle, la gracia y la energía en una tarea diaria, continuada. Al final, como resultado, nos encontramos con un individuo hecho, con una persona cuajada, con un proyecto acabado. Una parte de lo que tenemos lo recibimos en herencia; otra parte lo ad­quirimos por nosotros mismos; el resto nos lo proporcionan los demás. Y resulta que los demás necesitan de nosotros por la misma razón. Somos recíprocamente imprescindibles. Por eso el ser humano es un ser sociable, abierto, comunicativo, receptivo y oblativo a la vez. Se halla siempre en la búsqueda constante del contacto con los otros. Sin ellos no puede reali­zar su propio yo.

No le basta la sociedad común donde se siente como un náufrago perdido en el océano y se agrupa en sociedades más reducidas, en grupos homogéneos en los que encuentra ese calor de proximidad, esa atmósfera propicia para que las relaciones mútuas sean más personales, directas y positivas. Siente una necesidad absoluta de ser admitido, reconocido, escuchado, aceptado, creído y amado en el círculo de estas comunidades humanas. Si así no ocurre se considera un ser inútil, frustrado, fraca­sado. El diálogo, el intercambio, la colaboración, la aportación personal a la empresa común desarrollan sus energías latentes y hacen subir el nivel de su personalidad como la columna de mercurio en un ambiente cálido.

La sociedad no tolera en su seno a los seres anormales. Antes de integrarlos en ella intenta por todos los medios posibles su rehabilita­ción. Dejados en libertad son un peligro constante para la seguridad y la paz. Del mismo modo hay seres inadaptados para la vida del grupo. La causa unas veces es una tara genética. Otras, una vivencia dolorosa de su niñez o de su adolescencia que les produjo un trauma sicológico. Otras veces ha consistido en un disgusto grave, en un fuerte choque emocional, en una alta y prolongada tensión, en una enfermedad que les ha produ­cido un serio desajuste, un profundo trastorno de su siquismo. La vida nos ofrece un abigarrado mosaico de seres extraños e insociables:

Los que sufren periódicamente la ciega embestida de presiones in­ternas, impulsivas e incontrolables que los sume en un estado que se roza con lo demencial.

Los que poseen una afectividad tan exuberante que los desborda.

Los individualistas; los que sobrepasan los grados normales del egoísmo humano. Entran en el grupo para servirse de él, no para servir­le. Sacrifican el bien general al suyo propio. Se aprovechan abusiva-mente de la generosidad de los demás. Bloquean su colaboración y los obligan a tomar actitudes de recelo y de defensa.

Los hipócritas que apelan sistemáticamente al recurso del engaño, de la mentira y de la doblez; que presentan dos caras, porque de puertas afuera son un claro manantial de sonrisas, y de puertas adentro son un sucio vertedero de bilis.

Los que viven siempre parapetados tras la trinchera de la suspica­cia y de la desconfianza, sospechan de todo y de todos, ven escondida en todas partes la víbora de la mala intención, interpretan siniestramente las acciones más limpias, ahogando en flor de ese modo la espontaneidad y la sinceridad del grupo.

Los introvertidos, los que viven encastillados en la torre de marfil de su silencio, de su reserva y de su aislamiento, defienden agresiva­mente su soledad y tienen miedo a que los demás vengan a turbar su falsa tranquilidad.

Los inmaduros, los aniñados, los obsesivos, los depresivos, los eter­nos rebeldes… La lista de los inadaptados y antisociales podría estirar­se mucho más. Hay que observar que, aparte su punto flaco, puede tra­tarse de seres superdotados, moralmente buenos, inteligentes, de una gran eficacia y competencia profesional; que son los únicos miembros de una comunidad que no ven sus propios fallos naturales; que son los verdugos inconscientes, pero se juzgan las víctimas inocentes; que si antes de su incorporación al equipo no se atisbó ningún síntoma de ano­malía, fue porque se encontraba en período de incubación, por lo cual, cuando el desequilibrio hizo su aparición ya era demasiado tarde.

Un grupo humano es una persona moral dotada de una finalidad, de una existencia y de un dinamismo propios; distinta de la suma de los individuos que lo constituyen, pero dependiente en alto grado de las re­laciones que entre ellos se establezcan. Es una unidad total, una sociedad que vive, siente, piensa y actúa como un todo único y orgánico. Pero no es una entidad químicamente pura, un producto de laboratorio, sino una corporación pluralista donde se mezclan y se entrecruzan mentali­dades, culturas, caracteres, criterios, aspiraciones, edades y profesiones muy heterogéneas. No es fácil por ello el logro de un grupo estable y co­herente. Hoy se habla mucho y se escribe más sobre la dinámica de es­tos grupos. Pero no es la teoría sino la práctica lo que les da armonía y consistencia. Se forman en la medida en que viven su vida común. Se consolidan a golpes de conflictos. Se maduran a fuerza de amor. Y des­pués de muchos años, no antes. Lo demás es puro lirismo.

La ejecución de una gran obra musical exige una buena orquesta y un gran director. En el concierto del grupo lleva la batuta la voluntad de cada una de sus partes, una enorme voluntad de vivir en común. No basta un sentimiento inoperante, unos buenos deseos que se quiebran al menor soplo como burbujas de agua, sino un empeño obstinado y de­safiante, una decisión audaz y concluyente, una voluntad metálica, en­durecida y coreada apasionadamente por todas las demás facultades humanas. Una comunidad es un edificio en perpetua construcción. In­terrumpir la obra es exponerse a que se desplome estrepitosamente y perder en un día el esfuerzo de muchos años. La base de una verdadera vida comunitaria es una insobornable voluntad de integración, de paz, de armonía y de amistad que sea capaz de superar las incompatibilida­des de carácter, las divergencias de opinión, las desavenencias y demás dificultades inevitables. Solamente una voluntad así, una voluntad om­nímoda dispone de reflejos rápidos, de resortes y dispositivos llamados de emergencia para aplicar de súbito una palabra, una sonrisa, un gesto, una actitud que susciten el afecto o el perdón.

La aceptación activa y pasiva viene seguidamente. Y esto aún en el caso de que la formación del conjunto haya sido el resultado de una elección libre y recíproca. Con mucha mayor razón cuando se ha elegido el grupo, pero no las personas que lo componen, como sucede en las comunidades religiosas. Todos aspiramos a que los demás nos acepten tales como somos, a que se nos tome en cuenta, a ser alguien, no algo. Nos desagrada ser considerados como un número, por muy valioso que éste sea, o como un simple factor en el engranaje laboral o apostólico. Nos gusta recibir muestras de afecto, de interés y de respeto por todo lo que nos es propio. Tenernos derecho a ser distintos de los otros y a conservar, por tanto, nuestro sello personal. Queremos que sean recono­cidas nuestras aspiraciones, limitaciones, cualidades, posibilidades y opi­niones porque éste es el único modo de vernos realizados y de que ex­perimentemos satisfacción en nuestra labor y en nuestra misma exis­tencia.

Pero al mismo tiempo debemos aceptar las diferencias individuales de los componenetes del grupo en todos los planos: físico, intelectual, moral, síquico, ascético, espiritual y pastoral. Sin omitir el diverso en­foque, la distinta explicación y aplicación de los dogmas cristianos. He­mos de aceptar la discrepancia en otros puntos de menor cuantía como es el disentimiento en el terreno científico, artístico, político y deportivo. Esta diversidad es inevitable, natural, sagrada e inviolable porque cons­tituye la expresión viva de la personalidad. Por otra parte tales dese­mejanzas son imprescindibles para la madurez humana de todos. En esta variedad está la belleza, la nuestra y la de los demás.

En los demás encontrarnos nuestro enriquecimiento, nuestra per­fección como personas. Y es que en una comunión de vida como la de un grupo armónico tenemos que adoptar una doble actitud: oblativa y captativa. Damos y recibimos. Damos lo que los demás no tienen y re­cibimos lo que nos falta. Las divergencias son complementarias. Los otros nos impiden que seamos de por vida unos seres a medias. Perfilan y pulen día a día nuestra deficiente escultura humana. Borran lo feo y defectuoso de nuestra naturaleza y extraen y alumbran nuestras ener­gías secretas.

No solamente aceptamos y reconocemos diferentes a los demás, sino que también los amamos por eso, porque son diferentes. Amarlos por lo que tienen de común con nosotros no pasa de ser un hecho razonable. Pero amarlos porque son distintos es una formidable conquista que ne­cesitamos realizar para poder sobrevivir. Un hombre ama a una mujer y la desposa, no porque es igual a él, sino porque es diferente. Al casarse ponen en común unas diferencias que los enriquecen y los comple­mentan. En el misterio trinitario las Personas divinas se aman porque son distintas. Y es en ese Amor donde se identifica su Naturaleza. Dios nos ama porque somos diferentes. Y es en ese mismo Amor donde encontramos nuestra semejanza con El. Los componentes de un grupo humano tienen que dar con el secreto de que sus diferencias no son el motivo de su desintegración sino la causa de su unidad.

Adaptación. La labor de adaptación es, por lo tanto, un requisito indispensable. Es una labor ardua, lenta y progresiva. No hay intermi­tencias durante todo el tiempo de permanencia en el grupo. La vida co­munitaria no es un ideal que baja ya prefabricado del cielo para perso­nas que no están dispuestas a molestarse para construirle piedra por pie­dra, día por día. La comunidad no está hecha para un alma individualista, para aquel cuya vida es un trasfondo de malas interpretaciones, de auto-defensa, de agresividad; cuyas manos son hábiles para demoler y torpes para edificar; cuyas palabras bloquean sistemáticamente todo intento de mejora y superación. Para integrarse en un grupo, y más si es reli­gioso, hay que poseer un alma «colectiva». O sea, un mínimum de idea­les, criterios, tareas y objetivos comunes; una energía que ponga en vi­bración a todas las energías individuales; un corazón capaz de amar a los demás mucho más de lo que merecen.

Una comunidad consagrada es en este punto más exigente en cuali­dades de carácter que lo requerido por otras agrupaciones sociales por­que reclama la adaptabilidad de la persona total y para lo que dure la vida. Precisa, por lo mismo, una soldadura más firme entre sus miembros. Ahora bien, una cadena será tanto más fuerte cuanto lo sea el más débil de sus eslabones. No nos engañemos. Una persona buena, por el simple hecho de serlo, no es ya apta para la vida en común. Es fácil comprobar que una persona que convive con nosotros, considerada en particular, es amable, simpática, llena de buena voluntad. Pero actuando dentro del grupo, la cosa resulta diferente. Se puede dar el caso de que está entrega­da plenamente al Señor y sin embargo esa magnífica disposición no es su­ficiente para acoplarse y amalgamar a toda la comunidad. Tendrá que podar exuberancias de carácter, achicar excesos de temperamento, en­cauzar instintos, enderezar tendencias, suprimir hábitos, adquirir costum­bres, reformar ideas y controlar palabras a fin de que su vida no sea un progresivo desencanto y un definitivo fracaso.

La vida en común no es un fenómeno que brota por generación es­pontánea ni se da desde el principio totalmente hecha. Como todo lo que pertecene a las relaciones humanas, es una cosa que debe cultivarse. Guarda profundas analogías con el matrimonio. En éste el peligro consiste en creer que la vida conyugal está totalmente resuelta en el día de la boda. En realidad esa fecha sólo es el punto de partida de una tarea constructiva renovada constantemente. El matrimonio hay que edifi­carlo cada día porque se desgasta con el tiempo, los conflictos, la mono­tonía, el descubrimiento de las limitaciones del cónyuge. Tiene noches oscuras porque se apoya en un amor humano que es de suyo imperfecto por muy sólido y estable que lo hayan imaginado. Puede sufrir tenta­ciones, originar choques, experimentar traiciones y caídas. Por eso hay que saber iluminarlo y depurarlo cada vez más. El esposo que no sufrió la crisis tendrá que comprender y perdonar. En el matrimonio los con­flictos, la diferencia de mentalidad, la disparidad de anhelos, de ilusio­nes, de objetivos, de compromisos son cosa natural que dan lugar a ten­siones periódicas. Esto recaba un diálogo continuado, convocado por la exigencia del amor y el deseo de una unidad creciente.

Cuando llega a comprenderse que esos conflictos y discrepancias son normales e inevitables en el matrimonio, que pueden y deben ser fecundos para su respectiva formación, que profundizan y consolidan su amor, entonces los esposos se tornan más sensatos, no dramatizan sus encuentros, sino que hacen de ellos una escala ascendente de convivencia e intimidad. Lo único que en realidad los divide es la mala fe, la hipo­cresía y la desconfianza. Detrás de ellas amenaza la muerte del amor, la soledad de dos en compañía, unos cuerpos que se unen y unas almas que se rechazan, la ruptura afectiva o el divorcio efectivo.

Todas las leyes que sustentan la armonía del matrimonio tienen validez en la vida comunitaria. Por lo cual el que no es capaz de ponerse de acuerdo, de sintonizar, de colaborar, de ceder, de comprender, de per­donar, de olvidar las ofensas en la segunda, fracasaría también en la pri­mera, pues los choques y antagonismos, en mayor o menor dosis, jalonan los dos caminos que, si por un lado son convergentes, por otro son para­lelos.

Si las comunidades homogéneas demandan a sus componentes un alto grado de sociabilidad, más alto aún le requieren las comunidades pluralistas, porque en éstas hacen mucho más difícil la convivencia las diferencias de origen, de edad, de educación, de cultura, de país y de raza. La distinta sensibilidad y mentalidad de sus miembros, la variedad de usos y costumbres en que han sido formados obligan a dar un estilo nuevo a sus relaciones humanas. Pretender forzarles a que entren en moldes preestablecidos y uniformes es producir un desajuste sicológico colectivo y sentenciar a muerte la unidad, la paz y el buen entendimiento. El ajuste perfecto de tales grupos solamente lo pueden realizar las perso­nas de gran elasticidad, de mente clara, de espíritu amplio, de tempera­mento maleable y de carácter sensible.

Aportación. La índole y la finalidad de una agrupación determi­nan la medida de la aportación individual. Las de tipo puramente social, nacidas de unos propósitos y aspiraciones temporales sólo exigen a los que las integran una contribución parcial, limitada, de sus personas y de sus cosas. Hay una enorme cantidad de tiempo, ideas, bienes y activi­dades que quedan al margen y son de libre disposición. En una comuni­dad religiosa la entrega es absoluta, sin reservas ni limitaciones. Es la única clase de donaciones en las que o se da todo o no se da nada. La persona divinamente elegida ingresa en la comunidad aportando todos sus valores, derechos y posibilidades. No puede reservarse nada. No renuncia a ser plenamente ella misma, pero simultáneamente queda comprometida a ser para los demás.

La comunidad tiene derecho al desarrollo intelectual del individuo, a sus ideas y opiniones, a sus criterios e iniciativas, a sus puntos de vista tocante a la organización de la vida en común. Cada cual tiene que ad­ministrar las gracias y talentos recibidos en orden a la empresa comuni­taria en la que está comprometido. No puede inhibirse, desentenderse, encogerse de hombros ante las preocupaciones de la colectividad. El abstencionismo es una actitud intolerable. El que no está a favor está en contra del grupo.

La comunidad tiene derecho al interés, al afecto, a la amistad y a los buenos sentimientos de los hermanos o hermanas. La envidia, el egoísmo y la doblez convierten la dulce y laboriosa colmena en un en­jambre de abejas belicosas y agresivas. El corazón pertenece a todos sin excepción. No puede mantenerse congelado; es como una moneda de oro en constante circulación. Sólo entonces florecen las sonrisas, se prodigan las atenciones, se comparten las penas, se contagian las alegrías y todo el aire de la casa huele a cordialidad. El éxito personal es así mis­mo un éxito colectivo. El fracaso de un miembro es el fracaso de toda la familia. Se juega limpio y a cartas descubiertas. Las discusiones y escaramuzas son la sal de las conversaciones porque destierran el aburri­miento y hacen grato el reencuentro. Las ofensas se tragan rápidamente como un jarabe de mal gusto. Los rugidos del resentimiento se apagan con el sueño de la noche. Al amanecer vuelven a sonar las palabras ar­moniosas, como trinos de jilgueros. Quien no pone en común generosa­mente su corazón verá languidecer de esclerosis y trivialidad su vida ín­tima y social.

La comunidad tiene derecho al trabajo de cada uno. La comunica­ción de bienes, la puesta en común de todos los valores personales in­cluyen también el servicio laboral a pleno rendimiento. La comunidad no puede explotar a nadie, pero es el que se cruza de brazos quien abusa, roba, explota a la comunidad. Se trata de una colmena que no admite zánganos; de una empresa que acepta la crítica, pero no la huelga, de una sociedad que abraza a los enfermos, pero arroja a los parásitos. Por otra parte el puesto de trabajo, el oficio, la profesión repudian esa apli­cación somera que basta para llenar, como dicen, el expediente o para cubrir las apariendas; exigen, por el contrario, una dedicación concien­zuda y responsable, un despliegue total de medios, un empleo a fondo de toda la capacidad personal, como si de cada detalle dependiera la vida o la muerte de toda la entidad. Ya hemos dicho que dentro de ella darse con reservas equivale a no darse en absoluto.

Colaboración. Toda comunidad debiera elegir como lema el que tomaron para sí los tres personajes amigos de una famosa obra literaria: uno para todos y todos para uno. Esta idea es la premisa y el núcleo de toda acción común. La dispersión de fuerzas condena los mejores pro­yectos a la esterilidad. No caben en la organización los francotiradores, los solitarios, los marginados a ultranza. Todos están vinculados a la em­presa colectiva por el compromiso y la solidaridad; todos componen una comunidad de personas y de cosas, de bienes y de sentimientos. Por lo tanto nadie debe estar a la defensiva; nada debe ocultarse; todo debe ser utilizable, disponible y circulante. La indiferencia y la neutralidad son posturas inadmisibles. Se impone una franca cooperación en toda su inmensa variedad de formas y matices: el apoyo moral, la ayuda práctica, el consejo oportuno, la advertencia leal, la sugerencia leve, el ofrecimiento espontáneo, el oído atento, la mano extendida y el corazón abierto. Y es que si la unión hace la fuerza, la desunión provoca pri­mero la flojedad y el raquitismo y después, el colapso y la extinción.

El diálogo. Se ha dicho que el diálogo crea la comunidad y que ésta se manifiesta en él tal cual es en realidad, como en la superficie de un espejo. O sea, que el diálogo no es un accidente periférico del cuerpo social sino un elemento tan necesario y vital como los sistemas nervioso y circulatorio del cuerpo humano. Es, pues, de importancia capital for­mar a los demás y formarse a sí mismo en el arte de saber expresarse, de escuchar, entender, discutir, rechazar o aceptar. Las ocasiones de practicarle a nivel comunitario son muy diversas: la organización del trabajo, la distribución de los oficios, la elaboración del horario, la revi­sión de obras, la renovación de métodos, la puesta al día de actividades, los intercambios espirituales, la preparación litúrgica, la corrección fra­terna, el perdón comunitario… Hemos citado algunas circunstancias por vía de ejemplo, pero la inventiva del grupo puede utilizar otras mil coyunturas. También omitimos el diálogo privado, aunque se rige por las mismas leyes que el público y familiar.

El diálogo es el vehículo de la participación espontánea y de la co­laboración mutua. Es una marcha en compañía hacia la verdad. La ver­dad está, desde luego, en Dios. Este hecho exige una acercamiento a El por la oración y la lectura de su Palabra. La verdad existe también parcialmente en los diversos miembros de la comunidad. Todos la po­seen fragmentada o diluida entre elementos extraños. Y todos la bus­can, la dan y la reciben por medio del diálogo. No es por lo tanto un mé­todo para que una persona, sea quien sea, convenza a los demás de que «su» verdad es la «única» verdad. Ni tampoco unos esquemas prefa­bricados intencionalmente para que reciban la aprobación general. Fuera de la Teología y del Derecho, nadie puede limitar el campo del diálogo y de la opción, ni escamotear los temas, ni presentar unilateralmente los datos, ni vetar el ejercicio del diálogo, si el que hace uso de él respeta las leyes de la caridad.

El diálogo comunitario puede ser de dos clases: el sistematizado y el espontáneo. El sistematizado está creado por la costumbre o el regla­mento. Es una especie de conversación dirigida.. Tiene la ventaja de coartar las demasías verbales y las explosiones pasionales, pero también desvirtúa las iniciativas, limita las manifestaciones personales, cohíbe e intimida. Contiene una buena dosis de fórmula, de rito y de rutina.

Lleva mis preferencias el diálogo espontáneo, el que surge de impro­viso suscitado por una palabra, una lectura, un suceso. Es más sincero, más libre y más alegre. Es el momento adecuado en el que, sin proto­colos ni convencionalismos, cada cual se muestra en su dimensión na­tural, tal como es. Lo convencional debe ser un elemento espúreo a la comunidad. Los tiempos reclaman más autenticidad. Todo lo que denota insinceridad ha de ser desarraigado de sus costumbres.

El diálogo, si es sincero, tiene como base el amor a la verdad por encima de todos los intereses subjetivos que se puedan presentar. La verdad nunca debe inspirar miedo. De lo que hay que desconfiar es de las pasiones que tienen montada toda su artillería para atacarla cuando asoma a los labios ajenos. Lo peor que nos puede suceder entonces es que hagamos al cerebro satélite del corazón. En tal caso hay que dar por terminado el diálogo. Es inútil dar razones a una persona para quitarle una convicción que no ha adquirido por razonamiento, sino por senti­miento. Lo mejor es mirar, no de dónde viene la verdad, sino en qué ra­zones se apoya; examinar, no tanto si poseemos la verdad, como si escu­chamos de verdad; intentar, más que ganar partidarios, adherirnos a la verdad que descubrimos en los demás. Hay, por fin, un escollo que no deja llegar la nave del diálogo a buen puerto: ocultar la verdad que sa­bemos, presentarla incompleta, disfrazarla de buena o mala fe, darle una interpretación puramente personal. No hay peor fraude que una verdad a medias. Todos los errores están fundados en una verdad truncada, en una verdad de la que se ha abusado interesadamente.

Es fácil aceptar la verdad a la que hemos llegado por nuestro pro­pio esfuerzo o nos ha sido suministrada por la lectura de un libro. Lo difícil es admitirla cuando viene de un hermano que nos obliga con su contundente razonamiento a deponer nuestra tesis. Es cuando nuestra soberbia levanta barricadas en las que se parapeta para disparar razo­nes, como balas. Entonces la pasión empuña el timón del diálogo. La discusión se encona. Las palabras rotundas desplazan a las palabras de seda, como diría Gracián. La traca de las voces ensordece los oídos. Y sin embargo, lo único que cabe hacer es abrir el paracaídas de la hu­mildad para suavizar el descenso del error en que estábamos. El que confiesa que está equivocado prueba modestamente que no es un imbé­cil. El sabio, dice un proverbio, cambia de parecer cuando lo necesita; el necio se obstina en su modo de pensar.

A las reuniones hay que ir desarmados. En plan de búsqueda, no de lucha. No a vencer, sino a encontrar. Con la conciencia de que nues­tra verdad es limitada, fragmentaria y necesita complementarse con la de los demás. También éstos pueden estar en un error, pero antes de pro­barles que están equivocados tenemos que probarles que los amamos sinceramente. Nadie puede detentar el monopolio de la razón. Las ver­dades y los errores se reparten desigualmente entre todos los reunidos. El quehacer común trata de separar, mediante la brisa apacible de la discusión, el trigo de la paja. La parte de verdad que poseemos es ne­cesario darla a los otros con amor, con respeto, con tacto, con gradación, con modestia, con pureza de intención y con objetividad. La que ellos nos dan hemos de recibirla con apertura, con cordialidad, con naturali­dad y sencillez, sin sentimientos de derrota y de revancha y demostrán­doles que somos capaces de retractarnos, si el caso llega.

¡No!, a la violencia verbal, a la dialéctiCa del grito y del insulto, a la intransigencia partidista, apasionada, detonante que malogra todo intento de conciliación. No pueden sentarse a la mesa del diálogo esas personas que se presentan enfáticas de voces inapelables y como si es­tuvieran ceñidas de estrellas y correajes, que levantan grupos y banderías dentro de la comunidad, que se ofuscan cuando interviene su adversario y le desafían descaradamente. Los rivales se observan, se expían, afilan sus uñas como gallos de pelea, frustrando así toda posibilidad de acuerdo y cerrando a cal y canto todos los caminos de la paz.

Lo malo no es que cada cual piense de un modo o de otro, sino el no entenderse, el no querer escuchar, el no admitir que los otros puedan tener razón. Lo grave es cerrar el paso a toda innovación, obstruir ter­camente los canales por donde fluye la verdad, negarse a acatar los con­sejos de las personas sensatas. Debieran comprender que en toda polé­mica la razón no suele estar de parte del que más se encrespa y vocifera. En todo caso no es la abundancia de razones, sino de corazones lo que hace falta en la comunidad.

Una comunidad serena y realista, capaz de limar asperezas, de acortar distancias y de taponar grietas, capaz de crear un clima mesurado, una buena atmósfera, sin voces destempladas ni malos modales, capaz de adoptar posturas netamente despejadas, equidistantes de la in­hibición y de la violencia es la única que se puede entender. Sólo la comunidad que aglutina sin anular, que es una y plural, igual y dife­rente, es apta para el diálogo eficiente y constructivo y para abrir nuevos cauces a una convivencia armónica.

Respeto. El respeto exterior coincide con la educación. La urbani­dad y la cortesía son flores que nacen en el tallo de la caridad. Consisten en el dominio de nosotros mismos y en la consideración y miramiento para con los demás. Es una virtud eminentemente social, pero si está desprovista de base teológica resulta una pura ficción. Bajo el barniz de las formas elegantes sólo existe el vacío. El verdadero respeto al hom­bre descansa en el reconocimiento de Dios como Padre. De este modo el mundo sería casi perfecto si hiciera por amor todo lo que hace por edu­cación. La ley de la caridad llega a donde no pueden llegar las reglas de urbanidad.

Por ejemplo, a la tolerancia habitual de los fallos humanos. Los que se muestran delicados con los animales y groseros con las personas es porque las torpezas de los primeros son menos irritantes, más tolera­bles que las deficiencias de las gentes de nuestro entorno. Pero hay una realidad pavorosa que no queremos ver: nada nos molesta tanto como los defectos que tenemos nosotros mismos. Si no los tuviéramos no nos dis­gustaría tanto verlos en los demás. Y si tuviéramos que perdonar a nues­tros prójimos los defectos que nosotros nos permitimos, nuestra vida sería intolerable. Pero ponemos tanta atención en observarlos en los otros que vamos a morir sin habernos enterado de los nuestros. Cuando se trata de nuestra importante persona sumamos prendas y restamos la­cras, pero si se trata del resto de la humanidad hacemos la operación al revés. Nuestras matemáticas adolecen de una explicable y, no obs­tante, odiosa parcialidad. La falta de respeto al hombre nace, como de una raíz envenenada, de la desestima que sentimos por él.

Respeto a la dignidad soberana de cada uno de los miembros de la comunidad. Es un ser absoluto en función de Otro Ser mayor al que está ligado con multiplicidad de vínculos. Hay que dejar que sea él mis­mo, que sea lo que es con su sello peculiar y sus rasgos propios; sin que esto suponga que nos hacemos cómplices y solidarios de sus faltas, ni que permanezcamos pasivos ante ellas sin ayudarle a superarse; pero tampoco esta ayuda puede servirnos de pretexto para aniquilar al cul­pable, anular sus talentos y borrar sus diferencias personales.

Respeto a su libertad íntima, a su capacidad de decisión, a su fa­cultad de elección, a su conciencia, a sus ideas, convicciones y opinio­nes, aunque no se acepten. Sin embargo hay que matizar. No se puede decir lo mismo de la libertad exterior, de la libertad de acción, porque está condicionada por los compromisos personales y los derechos del grupo comunitario. Al unimos a él hemos sacrificado gran parte de nuestro libre albedrío. Desde ese momento somos voluntariamente impo­tentes para sustraemos a las leyes que él se ha dado, a su influencia y a sus vicisitudes. Podremos optar por la permanencia o por el abandono, pero mientras permanezcamos incorporados a él nuestra libertad ha de quedar, por fuerza, muy restringida.

Respeto a los derechos sociales de la persona: identidad, igual­dad, reputación, participación, información, expresión, cultura, inicia­tiva, etc. Todos defendemos que se nos den y se nos reconozcan respon­sabilidades. Detestamos las injerencias indiscretas en aquello que con­sideramos reservado en exclusiva a nuestra propia persona. De ahí nuestro desagrado ante la fiscalización de nuestra correspondencia, de las visitas, de las llamadas telefónicas. Tenemos necesidad de que se nos crea, de que se fíen de nosotros, de que se nos deje cierto margen de li­bertad para actuar conforme a nuestros criterios, aunque aceptamos de buen grado el rendimiento de cuentas, como un derecho lógico del grupo comunitario.

Respeto al estilo propio y personal. En una comunidad más o me­nos pluralista no se puede obligar a todos a entrar en los mismos moldes sin encontrar una sorda y pasiva resistencia. Sería adoptar métodos cuar­teleros pretender dar al conjunto una uniformidad exacta. Lo que es necesario para un ejército es dañino para una comunidad. El «slogan»: «hay que hacer como todos» es una máxima sospechosa que casi siem­pre significa que hay que hacer las cosas mal.

Integración. Si las partes se acoplan al todo con holgura y facili­dad, si conservan sus diferencias específicas y funcionales y si reina en el conjunto resultante proporción y equilibrio, entonces es cuando se verifica el fenómeno de la integración. Alcanzar este objetivo debe ser la aspiración de todos y de cada uno del grupo comunitario, si quiere blasonar de autenticidad. La riqueza de una comunidad está en razón di­recta de su capacidad de integrar a toda clase de miembros, incluidos los enfermos, los defectuosos y hasta los deformes.

Claro está que la naturaleza tiene sus límites. La convivencia con estos seres difíciles, según esto, puede llegar a ser irrealizable. Pero el amor cristiano carece de limitaciones y obstáculos y posee el arte secre­to de obrar el milagro. Absorber a estas criaturas extrañas es un triunfo colosal de la fe en Dios y del amor a Cristo. Algo falla entonces en el grupo cuando coexisten en su seno el arrinconado, el postergado, el mar­ginado, el que vive sumido en la soledad síquica provocada por la indi­ferencia y el egoísmo de los demás. Algo no marcha bien cuando se hace el vacío al amargado, al decepcionado, al singular, al autosuficiente. Algo que debe ser revisado, discutido, reconocido y eliminado por to­dos a la vez.

Autoridad. Resulta innegable la importancia del superior en una comunidad consagrada. Por una parte es de absoluta necesidad porque la comunidad sólo puede ser signo, sacramento y misterio de Cristo si se reúne en tomo al superior o superiores. Por otra parte la autoridad corre el peligro de provocar con su comportamiento el bloqueo y hasta la desintegración del equipo que encabeza. La elevación o la ruina, la vida o la muerte, el testimonio o antitestimonio, la promoción humana y espiritual o la vida mediocre y adocenada del grupo, depende casi en su totalidad de quien se dice su representante. Podemos decir que o es presencia de Cristo, factor de unificación y núcleo de unidad o, por el contrario, piedra de choque y fermento de disolución.

Todo ello, según entienda su cargo: o como servicio o como domi­nio. Según lo desempeñe: o con aptitud y madurez o adoptando formas defectuosas de gobierno, como paternalismo, timidez, autoritarismo, ab­sorcionismo, etc. En la Iglesia las relaciones autoridad-subordinados no pueden diferir sustancialmente de las de cualquier organización profana. Por eso las actitudes censurables hoy día en cualquier autoridad civil resultan totalmente insoportables en una autoridad religiosa. Nadie aguanta actualmente a esos jefes que opinan sobre todos los asuntos con aires de infalibilidad, como si fueran propietarios de las verdades abso­lutas; que no admiten la crítica de su gestión porque ven en ella una amenaza de su autoridad; que hablan siempre manejando la fusta de su len­gua para vapulear a los culpables, como si ellos no hubieran quebra­do jamás una recta impecable; que utilizan sus palabras y sus gestos con el exclusivo fin de aliviar su vesícula biliar… Estos y otros abusos de la autoridad provocan efectos disolventes en el grupo social del que es res­ponsable.

El superior o la superiora son hombres o mujeres que unen, que no suscitan polémicas, que atan en un sólo haz la energía común. Tienen que abandonar el ejercicio del poder por la solicitud del servicio, el sitial de la autoridad por el escabel de la fraternidad, la actitud paternal por la postura amistosa. Los intereses del grupo están por encima de sus in­tereses personales. Al aceptar su papel de organizadores de la comunidad tienen que exclamar, como el Bautista: es preciso que ella crezca y que yo mengüe… No deben dejarse absorber por los quehaceres administrati­vos hasta el punto de vivir a espaldas de la vida, afanes e inquietudes de sus hermanos o hermanas. Esta es la razón por la que se propende ahora a crear pequeñas comunidades donde, mucho mejor que en los grupos numerosos, vibra esa cálida sensación de cercanía e intimidad que disfru­tan los miembros de una familia natural.

A la hora de organizar su comunidad no puede perder de vista las nuevas tendencias del mundo eclesial. Las investigaciones acerca de la dinámica de grupos aplicada a la vida consagrada nos ofrecen dos tipos característicos de comunidades religiosas: comunidad modelo de orden y comunidad modelo de equilibrio. La comunidad de orden es aquella que tiene unas normas y un reglamento donde todo está ya previsto. En ella lo prescrito es lo que cuenta. Nada se deja al azar, a la iniciativa pri­vada. Todo está ordenado, establecido y programado. Es impracticable cualquier actividad extramuros de tales ordenanzas. Hay un predominio de la forma sobre el espíritu, de la disciplina sobre el carisma, de la regla sobre el amor, de la estabilidad del horario sobre la apertura apostólica. Hoy se juzga el rigor de la estabilidad común como una falsa escala de valores, como una deformación óptica de la misma.

En cambio la comunidad de equilibrio vive en un estado de diálogo, busca niveles sucesivos para la tarea comunitaria, goza de gran flexibi­lidad, avanza o retrocede según las circunstancias y se mueve al ritmo de la realidad cambiante. Su estilo es evolutivo. Las prescripciones que están reducidas a lo realmente necesario permiten a cada individuo am­plio margen para la espontaneidad creadora. El diálogo es frecuente, fraterno y estimulante en el que se diluye hasta el último átomo de ese conformismo silencioso y resignado que atosiga a la comunidad de orden.

Cada uno de ambos sistemas tiene sus partidarios, pero una serena consideración de las realidades modernas llevará sin duda a la autoridad a practicar un discreto eclecticismo, una inteligente selección de lo que hay de bueno y de aprovechable en ambos procedimientos. Es verdad que se necesita orden, es decir, un conjunto de normas o estatutos que asegu­ren la vida individual y colectiva y den una orientación sólida a la labor apostólica; pero habrá que hacer una sensata discriminación entre lo que es básico y primordial y lo que es intrascendente y accesorio. Tarea crítica que corresponde al grupo encabezado por la autoridad.

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Lo que hemos dicho hasta aquí de cualquier comunidad humana debiera encontrarse presente en una comunidad cristiana y sobre todo en una comunidad religiosa. Esta tiene que ser antes que todo una comu­nidad humana auténtica. Todo lo que hay de inconsistente, inaceptable y reformable le viene de que no es ni suficientemente humana ni sufi­cientemente divina. Pero también hay que afirmar que no es sólo el re­sultado de su buena marcha y desenvolvimiento humanos, porque, aun­que un grupo humano no tiende de suyo a ser un grupo religioso, un gru­po religioso, en cambio, exige ser simultáneamente un grupo humano.

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