En respuesta a tu llamada: Comunidad femenina

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
Tiempo de lectura estimado:

COMUNIDAD FEMENINA

La mujer marca un estilo distinto del hombre a la vida de comu­nidad. Le imprime su sello característico. Las relaciones interpersonales están matizadas por su sexo en extensión y profundidad. El ritmo de su vida común es peculiar e intransferible. Acompasar su proceder con el del hombre, atribuirle la misma longitud de onda, formular las mismas soluciones para sus problemas, aplicar a sus males la misma terapéutica es un afán pretencioso y arguye un total desconocimiento de la sicología humana. La mujer ve el mundo a través de un prisma que el hombre no posee. La vida produce en ella resonancias que el hombre no sospecha. La aguja de un detector electrónico registraría motivaciones y reacciones que el hombre encontraría absurdas, comparadas con las suyas. El amor y el dolor, la verdad y la libertad, lo abstracto y lo concreto cambian en cada uno de significado. Con más frecuencia de la que ellos mismos se imaginan, por medio de las mismas palabras hablan lenguajes diferentes. Las mismas vivencias religiosas presentan en cada sexo una tonalidad distinta. La vida del hombre gira sobre el espigón del egoísmo, del cálculo y de la independencia. La vida de la mujer tiene la apoyatura del senti­miento, del corazón y de la afectividad. Es lógico que cada cual se en­sarte en la vida comunitaria con sus propios goznes y se encarame al pedestal de la santidad utilizando su propia escala.

Esponsalidad

El alterocentrismo es una tendencia general del siquismo femenino que se orienta preferentemente hacia los demás en sus dos aspectos, intelectual y afectivo. Esta inclinación origina una serie de necesidades que pueden sintetizarse en una sola: la necesidad del don total de sí mis­ma. Es un deseo de entrega congénito e inalterable. Debe ser adecuada­mente satisfecho en la comunidad para que la mujer llegue al logro de su realización integral. El ideal humano que emerge de sí misma y el ideal divino que ella se ha forjado han de proyectarse el uno sobre el otro, compenetrarse, fundirse e identificarse de tal modo que la natura­leza encuentre su salida y su expresión, su fuerza y su apoyo en la gracia.

El don de sí misma lo efectúa de una manera concreta a través del encuentro personal con Cristo en la intimidad de su ser por medio de la oración y de la liturgia sacramental. Así se prepara para hacer a sus her­manos, los hombres, la entrega total de su persona. Por encima de todo su vida ha de ser cristocéntrica. La Persona de Jesús se ha de conver­tir en una divina realidad plenamente vivida. Su tendencia alterocéntrica queda así transferida al plano sobrenatural porque hace que converjan en Cristo todos sus afanes, intereses y ambiciones y le toma como punto de partida, medio exclusivo y meta final de su existencia mediante una relación personal y permanente. Este es un punto de capital importancia porque de él depende la solidez de su vocación, su fidelidad a Dios y su realización como mujer y como religiosa. Si lo descuida la esterilidad más absoluta está al acecho, su vida perderá sentido y buscará instintiva­mente sustitutos que llenen el vacío que Cristo dejó.

La religiosa es esposa de Cristo. Esta imagen tan empleada por la tradición es rechazada actualmente por sentimental, falsa e irreal. Se la relega de bueria gana al rincón de la seudomística. Sin embargo, la Biblia y la Teología avalan su tarjeta de identidad. Vale la pena hacer un esfuerzo para ver en qué medida y en qué sentido hay una profunda verdad encerrada en la metáfora del matrimonio aplicada al cristiano y particularmente a la religiosa. La normal evolución humana de la re­ligiosa y su integración en la familia comunitaria depende de que capte y viva exhaustivamente este pensamiento.

La mujer consagrada renuncia a la compañía del hombre para con­sagrarse enteramente al amor de Dios y a las obras de este amor. Desde este punto de arranque el amor virginal se inicia, crece y madura parale­lamente al amor conyugal. La religiosa ha descubierto un amor fundamental, vivo y concreto en Cristo. Es un amor superior al de los hermanos y al de los amigos. En nuestro lenguaje sólo encontramos un término que le defina un poco más aproximadamente: el amor nupcial. Lo es, sin duda, pero en grado eminente. No hay que olvidar que el contenido viene envuelto en una alegoría, en una figura literaria.

En efecto, el amor de los esposos tiende a una unificación cada vez más completa, pero nunca alcanzada plenamente. El amor de Cristo, sin embargo, tiene capacidad para hacer de El y nosotros una unidad auténtica, porque El está en nosotros, su vida es nuestra vida, su espíritu es nuestro espíritu, su cuerpo es nuestro cuerpo. La vida de una religiosa no es en modo alguno una vida solitaria, la vida de una solterona. En su virginidad no hay soledad. Es una vida de dos juntos, es la unión en la que dos seres confunden sus existencias, es una vida nupcial en la que el mismo Cristo es el compañero. Las mujeres que viven profundamente esta vida saben por experiencia que no es una mutilación ni una frustra­ción ni una disminución de su integridad humana, sino un asombroso despliegue de todas sus energías naturales.

Es un amor definitivo. Es tan indisoluble o más que el de los esposos cristianos porque, por una parte, está marcado por el sello de una entrega irrevocable, y por otra, el don de Dios, que es la vocación, no cambia jamás porque se le ha concedido a la religiosa de una vez para siempre.

Es un amor exclusivo. Lo es por parte de ella que no acepta otro compañero que a Cristo. ¿Lo será también por parte de El? Sin duda que su amor se dirige y abarca a todos los elegidos. Pero sucede que su amor es infinito y por tanto está entero en todos y en cada uno de ellos. Su número no disminuye ni la intensidad ni la extensión del amor de Cristo. Sólo está limitado por la capacidad receptora de cada uno. A cada uno le da todo lo que tiene y todo lo que es. Un amor infinito es un amor exclusivo.

Es un amor total. Engloba la totalidad de la naturaleza femenina. Es un amor sicosomático, es decir, espiritual y corporal porque tanto el cuerpo como el alma tienen en él su parte. Aquí, sin embargo, surge una seria dificultad. En el matrimonio hay una donación mutua total del cuerpo y del alma, mientras que en la virginidad no aparece el aspec­to biológico del amor humano. Sólo se da y se recibe espiritualmente. Falta la presencia sensible y enriquecedora del compañero concreto, su respuesta tangible, audible y visible. Decididamente parece que falta ull elemento de gran importancia para que exista un verdadero encuen­tro humano: la donación corporal.

Sin duda, por parte de la mujer hay una generosa entrega corporal. Su cuerpo expresa sin solución de continuidad la intensidad de su amor. Su organismo presenta las huellas y hasta las cicatrices de un amor que nada perdona, que todo lo exige: la enfermedad y el trabajo, la pro­fesión y el apostolado, las penas y las alegrías, la fatiga y el descanso, las sonrisas y las lágrimas… No escatima ninguna renuncia, ninguna satis­facción corporal. No hay por qué negarlo: un importante aspecto cor­poral no queda satisfecho. ¿Se verá entonces frustrada toda una faceta de su personalidad femenina?

Hay que tener en cuenta que en toda elección se da alguna frus­tración. Elegir es renunciar. El que elige es feliz, pero ha tenido que cer­cenar muchos de sus derechos y libertades. Un esposo acepta la compa­ñía de su mujer, pero se ve en la ineludible necesidad de excluir a todas las demás. Una mujer al desposarse ve cortadas las alas de su indepen­dencia.

Una frustración, puede tener también efectos muy diversos. Pue­de producir traumatismos sicológicos si se extingue una fuerza natural o se la reprime hasta el punto de dejarla sin satisfacción alguna. Pero una frustración puede aumentar las energías síquicas, no inhibiéndolas, sino dándoles un cauce apropiado. Puede ser fuente de vigor y causa de desarrollo, no coartándolas, sino sublimándolas de suerte que sea posi­ble ejercerlas en un plano superior. Entonces los instintos humanos en­cuentran su realización y satisfacción, pero en un nivel más elevado que el nivel natural. Es lo que hace la religiosa con su instinto natural. No lo ahoga, lo sublima. No renuncia a él, sino solamente a una de las dos únicas formas que hay de realizarlo. Todos los sicoanalistas desde Freud hasta nuestros días admiten la posibilidad de sublimar dicho im­pulso, de hacerlo viable en un plano enteramente espiritual. Uno de los casos en los que la ciencia y la fé están de acuerdo.

La sublimación del instinto es válida en todos los órdenes. De ella sólo se ríen los imbéciles, los ignorantes, los cobardes y los tarados. Es hacedera, positiva, fecunda y enriquecedora. Constituye un manantial de goces humanos de los que el cuerpo participa lo mismo que el alma.

Se trata, como es obvio, de una felicidad, no de tipo somático o sexual, sino de orden síquico o afectivo. El alma y el cuerpo no son dos compo­nentes independientes; tienen implicaciones mútuas; componen una unidad personal. Todo lo que la mujer hace y experiMenta es espiritual y corporal al mismo tiempo. Incluso el amor que recibe de Cristo y el amor con que le responde. Es una sola moneda con sus dos caras. Es un amor humano; con impregnación divina, pero completamente huma­no. La religiosa adopta una actitud única e indivisible: Ama y es ama­da. Así sencillamente. No sabría obrar de otra manera.

Todo el mundo sabe hoy que el fin primordial del matrimonio es el amor de los esposos. El aspecto biológico, pese a su importancia, es, sin embargo, secundario porque sólo es una de las muchas formas que puede revestir la expresión amorosa. Entiéndase bien. La manifestación corporal del amor no es accesoria, porque lo corporal, bajo una forma u otra es y seguirá siendo esencial al amor. Lo que es accidental es la donación típicamente sexual. No es que pretenda minimizar la expre­sión carnal en el matrimonio. Nadie ignora los inmensos valores que le están asignados en los planes del Creador. Lo que afirmo es que la en­trega de que estoy hablando, no sólo ocupa un segundo plano, sino que puede ser considerada como no imprescindible, como no necesaria para que exista entre los esposos una perfecta comunión de vida. En determi­nados casos es eventual, contingente, no precisa. En algunos es desacon­sejable y hasta prohibida. En otros es sencillamente impracticable. La abstinencia temporal o perpetua es en ocasiones la mayor demostración de amor que se pueden dar los esposos. Y esta es la conclusión que se im­pone con toda su fuerza: la sublimación del instinto en el matrimonio es un hecho real. Está dictada por la necesidad, la enfermedad, la caridad y el amor recíproco sin que por eso queden los cónyuges traumatizados o deshumanizados, si viven en un clima de fe. ¿Quién se atreve a negar que el matrimonio de José y María fuese una íntegra unión con­yugal? ¿Y por qué negar a la virginidad la posibilidad de la sublimación que el mismo matrimonio a veces exige? Lo que en el matrimonio no es óbice a la perfección humana ¡por qué lo va a ser en la vida consa­grada?

Si el amor con que se entrega a Cristo la religiosa es total y sicoso­mático lo mismo podemos decir del amor con que Cristo la distingue. El la ama con toda su alma y con todo su corazón, con un amor tan divi­no como humano, tan espiritual como corporal. La Encarnación, la pa­sión, la muerte en cruz, la Eucaristía en la que le entrega su cuerpo y su sangre no dejan lugar a dudas sobre la corporeidad de su amor.

San Lucas nos presenta a una pecadora arrepentida lavando los pies de Cristo, secándolos con sus cabellos, abrazándolos, besándolos. Jesús se lo permite. Responde como Dios a una pecadora. Responde como Hombre a una mujer. Con una mezcla celeste de pureza y de bon­dad, de indulgencia y comprensión, de afecto mutuo, de dominio tran­quilo de sí. Magdalena sale más satisfecha de aquel encuentro que de todos los amores que había conocido. Experimentó una felicidad que en vano había deseado y buscado; Sublimación positiva y bienhechora en la que no hubo ni ninguna satisfacción sensual ni ninguna frustración hiriente. Y, sin embargo, había dado y recibido mucho más que en el más cálido de los matrimonios.

Hay que desplegar las banderas de la virginidad ante los ojos de las jóvenes elegidas para que no se dejen seducir por la brillante basura del erotismo. Hoy se habla y se escribe profusamente sobre los valores irrecusables del sexo en el sentido estricto. Pero bajo un ropaje cientí­fico y literario se oculta la cochambre de la pornografía. Ya empieza a flotar sobre las comunidades religiosas este vaho maloliente de la cloaca humana. Yá les llega la salpicadura de esa ola gigantesca que avanza sobre el mundo, la pella de barro procedente de un inmenso lodazal. Un aire pestilente de falso humanismo sopla por salas y corredores y atra­viesa de parte a parte la casa del Señor…

Ellas son jóvenes, más que por los arios, por la generosidad y la valentía con que afrontan las exigencias de sus compromisos. Ser joven es conservar la posibilidad de rebelarse contra la comodidad y elegir el sacrificio. El espíritu de sacrificio le pide a la joven religiosa: una gratitud gozosa por el florecimiento de su vocación; una convicción in­cuestionable de que jamás quedará defraudada en sus íntimas aspiracio­nes de mujer; una adhesión global e incondicionada a Cristo como esposo; una fe pura que reemplace al sentimiento y a la emoción sensible de los primeros días; una actividad apostólica imbatida por el triunfalismo y por el derrotismo; una voluntad desafiante y dinámica, incandescente como la energía nuclear; y un amor inagotable que se vierta sobre sus hermanos como el agua de una cascada.

Afectividad

La Hermana no sufre un dualismo desintegrador por el hecho de amar simultáneamente a Cristo y a sus compañeras de comunidad. Ya sabe que el don de sí a Dios y a ellas es el mismo. En teoría esto no cons­tituye un problema intrincado, aunque en la prácticá hay que confesar que es un ejercicio difícil. El amor divino y el amor fraterno se identi­fican. Es el agua de un pozo que riega dos parcelas próximas. Cuando el nivel del líquido sube o baja, sube o baja para los dos campos. Si en el bloque comunitario aparecen fisuras es señal de que las relaciones de una Hermana con Cristo han sufrido un grave deterioro. El descenso de la temperatura espiritual provoca automáticamente el enfriamiento de la convivencia familiar. Cuando una Hermana abandona la comuni­dad porque le resulta insoportable, deja un cadáver a sus espaldas: el de su amor a Cristo. Esta no es una idea inédita. Ya la expresó hace si­glos, de sobremesa de su última cena, antes de partir, Quien lo sabía todo en achaques de amor porque era el Amor mismo.

Hay algunas mujeres consagradas qtle padecen un acentuado dese­quilibrio emocional. Encuentran dificultad en realizarse, adaptarse, darse a los demás. Tienen la sensación de que sus raíces humanas no van a prender nunca vigorosamente en la nueva tierra; de donde se siguen sentimientos de angustia, soledad, desajuste ambiental que las hace sen­tirse extrañas, sin gusto ni alegría de vivir. Parece como si se hallasen solas en una región inhóspita. Estas personas envuelven una gran peligro­sidad porque entorpecen la marcha común. Todo proviene de una nota­ble inmadurez afectiva. No acaban de resolver el problema del amor. Amar les produce inquietud. No amar las pone en trance conflictivo con las leyes profundas de su ser. El amor sublimado les parece una entele­quia platónica. Su corazón es una brújula inquieta en perpetua búsqueda de un norte desvanecido. Ensayan experiencias, fórmulas nuevas de afecto humano y siempre les queda el regusto amargo de la desilución. Si tienen la suerte de disponer de una superiora dulce y firme que sepa el arte de moldear la vida femenina y encuentren, por otra parte, un clima comunitario adecuado a sus necesidades afectivas, pronto se verán adul­tas y equilibradas en el aspecto sentimental. De lo contrario tendrán que decir adiós para siempre a los ideales religiosos de su adolescencia.

El amor desempeña un papel decisivo en la integración de la co­munidad. Este sentimiento es uno de los elementos constitutivos e in­dispensables de la vida femenina. Pero quede desde un principio bien sentado que el cariño a sus compañeras es un cariño perfectamente hu­mano. Si careciera de esta base natural habría que dudar de su autenti­cidad. El punto neurálgico de la cuestión es si la religiosa tiene la su­ficiente capacidad de suscitar confianza, de engendrar simpatía, de crear amistad, de ir jalonando de amistades el camino de su existencia; todo lo cual supone una tendencia a entrar en contactos sanos y profun­dos con las personas que comparten su vida; implica poseer el arte no aprendido de la confidencia, la gracia exquisita de derribar barreras ima­ginarias; necesita un mágico poder de imantación que atraiga a todas a su órbita sin que ella dej¿ por eso de girar en la órbita de cada una de sus compañeras.

El sentimiento femenino tiene muchas ramificaciones. No sólo se proyecta sobre las personas que le rodean, sino también sobre las co­sas de su entorno vital. La vivienda común resplandece de orden y lim­pieza, refulge de esmero y pulcritud, se adorna con la suprema elegan­cia de la sencillez. El aire huele a lavanda. Los muebles espejean. Los pisos evocan la caricia cotidiana del agua. Aquí y allá se advierte la gra­cia de las flores, el gusto de la decoración, el sentido de la armonía y de las proporciones. Ni caprichos suntuarios ni apariencias de sordidez. Todo acusa la presencia de unas mujeres selectas y laboriosas. El primor con que tratan a los seres inanimados entra también a formar la fina urdimbre de su sensibilidad. La tosquedád, el desaliño, la zafiedad son inconcebibles en una comunidad femenina. Para una mujer tiene suma importancia la casa en que vive, las cosas familiares, los muros, los pa­sillos, las caras que contempla a diario porque todo eso constituye la circunstancia pegada a ella hasta formar parte de su yo. El cuidado de la casa y del ajuar, además, contribuye al bienestar común, facilita la convivencia, las hace sentir la dicha de vivir en un hogar cómodo y lim­pio, en un nido tibio y suave en donde las penas se diluyen más pronto y las alegrías mueren más tarde.

Como en el hogar paterno que abandonó, la religiosa tiene necesi­dad de exteriorizar sus emociones. Las actitudes frías y corteses nada tienen que ver con el ambiente en que vive actualmente que debe estar saturado de sinceridad y espontaneidad fraternales. Su intensa vida emo­cional le exige poder expresar sus sentimientos en los dos polos opuestos, de la alegría y de la tristeza. Las lágrimas tienen su origen en su mayor vulnerabilidad sicológica. Si tales manifestaciones no son muy frecuen­tes están dentro de lo normal, contribuyen a aliviar las tensiones de su vida emotiva y le devuelven el equilibrio interior. Ni las risas ni las lá­grimas deben ser reprimidas por un falso concepto de la virtud o por creer que son fenómenos reveladores de anormalidad.

Como mujer que es, depende de los demás afectivamente. No sólo brinda afecto sino que lo reclama. Tiene necesidad de amor, de ternura, de aceptación, de comprensión y de otras manifestaciones afectivas. Estas necesidades sicológicas, si son debidamente satisfechas, le pro­porcionan bienestar, le dan seguridad, le comunican estabilidad y pro­mueven su progreso espiritual y humano. Todo esto es absolutamente ne­cesario para ella, para todas. Si no lo tienen en cuenta, alguna se estará muriendo de frío y de soledad. Toda religiosa necesita más amor de lo que merece. Sólo es capaz de hacer el bien después de sentirse amada. El amor sobrenatural que las ha convocado no es un amor descarnado y deshumanizado. Debe revestir las características de un auténtico afecto humano, delicadas pruebas de interés personal, calidad de sentimientos, atención a los pequeños detalles, a los gustos, a las preferencias, a todo aquello que las pueda hacer felices y sea capaz de crear una atmósfera ideal para la convivencia.

La mujer es utilitarista. No busca la ciencia por la ciencia, el tra­bajo por el trabajo, el arte por el arte. Si su inteligencia, su imaginación o su intuición se ponen en movimiento sólo es con el fin de obtener algún bien concreto para los seres que son objeto de sus preocupaciones y de su cariño. Tiene necesidad de ser útil. Sintiéndose útil es como se reali­za, es como afirma su personalidad. Para que responda a esa necesidad de manera eficiente es preciso que su actividad esté de acuerdo con sus aptitudes e inclinaciones. Hay que respetar su vocación particular. A veces ella misma la ignora o está equivocada sobre el trabajo que mejor le cuadra. Las compañeras deben desviarla del camino que ha tomado por error, capricho o vanidad. Y ella debe someterse al veredicto de las personas sensatas.

Las ancianas y enfermas, más que nadie, experimentan la acuciante necesidad de ser útiles a la comunidad. Una superiora deberá hacer uso de su imaginación para encontrar un lugar, una tarea apropiados para las que por su edad o su estado de salud no están en condiciones de realizar la misión que venían desempeñando. La tristeza, la neurosis, la depresión son peligros ciertos que acechan a las que, por el motivo que sea, han tenido que abandonar su actividad de siempre. Se apodera de ellas un sentimiento invencible de ruina, de fracaso, de inutilidad. Cuan­do la necesidad de ser útiles se ha visto frustrada, llegan a sucumbir, como náufragos, al no encontrar dónde asirse. Proporcionarles algo que les devuelva la ilusión de que aún sirven de provecho o convencerlas, por lo menos, de que continúan siendo útiles a la Iglesia y al Instituto es una empresa erizada de dificultades.

No sólo necesita sentirse útil, sino también que las compañeras re­conozcan su valía, valoren sus talentos y aprecien sus buenas cualidades. Tiene necesidad de estimación por lo que es en sí. La conciencia de su capacidad puede aumentar o disminuir, según la postura que adopten las demás. Sobre todo en aquellas religiosas jóvenes cuya personalidad está en vías de-desarrollo y maduración. Todos los complejos de infe­rioridad pueden ser eliminados con una acogida abierta, optimista que les dé seguridad y confianza en sí mismas. Claro está que en esta actitud de la comunidad no pueden caber la hipocresía, la adulación, la lisonja ni el incentivo de la vanidad; sólo son posibles la alabanza sincera, el aplauso discreto, la felicitación cordial en los éxitos y el consuelo y las palabras estimulantes en los reveses. En todo caso es válido el principio de que la insatisfacción de las necesidades sicológicas va siem­pre en detrimento de la Hermana y del mismo grupo que la integra por las leyes de la influencia y de la solidaridad.

También hay que tener en cuenta los aspectos negativos que se de­rivan de la complicada constitución síquica femenina. Su fina sensibili­dad frente al dolor ajeno, por ejemplo, si está bien orientada, la conduce al olvido de sí misma, a la abnegación y al sacrificio en favor del que sufre. Pero un desarreglo cualquiera, heredado o adquirido, de su me­canismo emotivo le desvía de su condición altruista, y su tradicional ternura degenera en gusto de hacer sufrir, en maldad, en crueldad y en sadismo. Igualmente, el conocimiento instintivo que la mujer posee del aparato emocional propio y ajeno y el arte con que sabe manejar todos sus resortes, si se lo propone, puede ser utilizado por ella lo mismo en favor de la verdad, de la justicia y de la bondad que para el logro de sus caprichos, de sus ambiciones y de sus peores instintos. Será necesario que aprenda a encauzar, con ayuda del cielo y de la tierra, esa corriente emocional a fin de ponerla al servicio de su ideal.

Amistad

Una religiosa no tiene derecho a mantener relaciones humanas no caritativas, a cultivar un amor natural que no sea así mismo sobrenatu­ral, porque la consagración que hizo de sí misma a Dios impregna toda su naturaleza desde la raíz hasta el último brote. Pero el amor ha de ser primeramente humano. Es más, yo pienso que un amor al prójimo que no sea humano, que no parte del amor humano, que no le acreciente, no es auténtico ni evangélico.

Ahora bien, una de las manifestaciones más legítimas y universales del amor humano es la amistad. El amor esencialmente siempre es el mismo, pero admite una rica gama de formas de expresión. Los esposos, los hijos, los hermanos, los socios, los camaradas… expresan un mismo amor de distinto modo, grado y calidad. La amistad es una de las formas más bellas que tiene de revelarse y florecer. Decir que la amistad es un tesoro es caer en el tópico y en la vulgaridad. Pero algo maravilloso e inefable debe encerrar cuando tantas alabanzas ha inspirado y tantas difi­cultades hay que vencer para encontrar una que sea verdadera. Dios nos la brinda, Cristo nos la regala, la Biblia la magnifica, la historia la describe, el héroe la estima, el santo la cultiva, el artista la canta, la so­ciedad la fomenta, el alma la busca y el corazón la exige. La amistad es el feliz hallazgo de la mitad que nos falta por parte de la mitad que somos. En frase de la Sagrada Escritura, es el perfume, la suavidad, el aliento, el consuelo y el encanto del espíritu: su valor es incalculable. Si su precio está por las nubes, es explicable que no sea un artículo co­rriente. Lo que de ordinario nos dan por amistad es un género adulterado.

Nos engañamos en la elección y después nos quejamos de haber sido engañados.

Más que todas las definiciones es la experiencia personal la que nos enseña en qué consiste la amistad. A veces brota espontáneamente. No es raro verla nacer después de largos contactos. Son dos fuerzas mis­teriosas que se atraen mutuamente para fundirse en una sola. Un poeta la explica: dos ideas que al par brotan -, dos besos que a un tiempo es­tallan, – dos ecos que se confunden, – eso son nuestras dos almas. Efectivamente, la amistad es el encuentro de dos almas cine van mez­clando con confianza creciente sus pensamientos, sus sueños, sus inquie­tudes, su desventura y su dicha; siendo libres para separarse en cualquier momento, no se separan jamás. Se aman por lo que tienen de común, simpatizan, sintonizan, coinciden, congenian, armonizan, se comprenden, se ayudan, se apoyan, se franquean, se desahogan… La amistad rompe el silencio, puebla la soledad, llena el vacío, disipa el temor, crea la con­fianza, despierta el optimismo, engendra la iniciativa y consolida la per­sonalidad.

No hay ninguna razón para excluir a una religiosa de la amistad. Porqúe es un valor humano positivo y bienhechor; porque no es incom­patible con la santidad de su estado, sino todo lo contrario; porque tam­bién ella, por humana y femenina, está hecha para amar; porque también ella siente la inclinación ineludible, irremediable, fatal y necesaria de amar y de ser amada. Esta propensión se podrá encauzar, depurar y sublimar, pero nunca borrar y destruir. El conflicto que resulta de su amor exclusivo a Dios y su sed innata de amor humano queda resuelto por el mandamiento divino reforzado por su consagración religiosa: amar a Dios sobre todas las cosas y personas; lo que equivale a amar a todas las cosas y personas en Dios, con El, por El y para El. En realidad todos admiten hoy la posibilidad de tener amistades fértiles y saludables en el seno de la comunidad.

Se propone como ideal convertir en un círculo de amigas auténticas a todo el grupo comunitario. Al menos es indiscutible que a todos sus miembros les apremia la obligación de intentarlo. Ninguno puede excu­sarse en conciencia de este deber amparándose en la calidad espontánea de la amistad. Claro es que transformar la convivencia de personas en comunión de vida es una empresa que sólo en el cielo veremos completamente realizada. Pero ¿qué obstáculo hay para que una comunidad pe­regrina empiece a poner manos a la obra y coloque la primera piedra? Si las amigas se quieren por lo que tienen en común, ¿no hay una can­tidad ingente de cosas comunes de las que todas las Hermanas partici­pan? La intimidad que entre dos mujeres se establece por motivaciones afectivas, ¿por qué no se va a poder establecer entre las religiosas por motivaciones de fe? ¿No tiende una comunidad consagrada por su propio peso de gravedad a la unión en la amistad, a la compenetración perfec­ta, a la comunión existencial?

Físicamente las Hermanas están unidas alrededor de un acervo común: formación idéntica, espíritu propio, leyes peculiares, vida do­méstica, tareas, oraciones. Pero se trata de que el amor impregne todas esas cosas, los bienes, los gestos, las relaciones; que los saludos y ade­manes de cada una sean portadores de un cariño sincero a las compa­ñeras; que las palabras rezumen el gozo de vivir con ellas; que los ojos trasluzcan la simpatía que inspiran; que todo manifieste que realmente ellas constituyen su hogar y su familia; que quiere ser toda para ellas… Entonces es cuando la comunidad vive en la verdad. Y no como ciertos matrimonios que ante la sociedad aparentan amarse, y cuando se entra en su intimidad y se reciben confidencias se descubre el drama o la farsa.

Pero la realidad de las comunidades terrestres dista mucho del tipo ideal que todos soñamos. Hay circunstancias que condicionan la amis­tad colectiva y en ocasiones la hacen irrealizable. La antipatía natural, la anomalía síquica, el cargo de la autoridad, las diferencias de edad, del cultura, de mentalidad, etc. pese a la buena voluntad de todos, obs­truyen el canal de la amistad y le cierran el paso. Pero donde termina la amistad empieza la caridad. Aunque se desencadena sobre la comuni­dad una riada de problemas, crisis y dificultades, el amor cristiano tiene que sobrenadar. El amor permanece intacto. No puede ni debe morir. Vivirá oculto y callado en el fondo del alma, pero vivirá; y al no poder presentarse con el vestido de gala de la amistad, adoptará otro ropaje distinto, utilizará otras formas de expresión igualmente válidas, como son la gratitud, la indulgencia, la ayuda, la compañía, el espíritu de servicio, la oración… La vida en común es un buen caldo de cultivo, no sólo de la amistad, sino de todas las especies y variedades, recursos y estilos de que puede echar mano el amor para presentarse en pú­blico.

Es evidente que para que la comunidad sea una unidad total, un ser social que vive, siente, piensa y actúa como un todo compacto y ar­mónico no puede estar vinculada por la sola amistad natural porque ésta no resolvería los antagonismos de las comunidades heterogéneas y pluralistas; no impediría la existencia de grupos enquistados cuyos individuos se apoyarían para atacar y defenderse de los otros grupos; ni acogería a las personas marginadas, débiles e indefensas que permanece­rían ajenas a la integración y al calor comunitario.

Por eso viven en el reino de la utopía las religiosas jóvenes que propugnan la implantación de comunidades uniformes y homogéneas, comunidades de amistad, mediante grupos nivelados por la edad, la sa­lud, el carácter y la simpatía. No soy tan ciego que no vea las enormes ventajas que reunirían estos equipos para la labor apostólica. Pienso, sin, embargo que es un sistema inaceptable. Hay en él una evasión lar­vada de la auténtica afectividad, de la autoridad, de la responsabilidad, de la caridad y de la pobreza. Es anticristiano porque excluye a los seres antipáticos, incómodos y difíciles. Es inhumano porque rechaza a los , enfermos, ancianos e inválidos. Y es antiformativo porque la maduración del carácter y de la personalidad no está en la línea de la comodidad como es vivir siempre entre amigos, sino en el plano del sacrificio como es formar en un equipo plural. Nadar a favor o en contra de la corriente discrimina a los hombres en cobardes o valientes. Lo ha demostrado el resultado de estas experiencias: cuando un grupo cristiano decide ig­norar la caridad cae automáticamente en la extravagancia y en la alie­nación.

La chispa de la amistad ha saltado entre dos Hermanas. Ellas sa­ben muy bien que si administran frívolamente este hermoso capital les dejará un saldo de lágrimas. El sentido común les ha enseñado que la amistad entre las religiosas está mucho más condicionada que entre las mujeres seglares. Si las dos amigas carecen de madurez y de equilibrio sus relaciones amistosas pueden bascular hacia la pasión o provocar en su pacífica colmena el revuelo y el desasosiego. Por eso lo primero que hacen es colocar a Dios en el centro de su amistad. El está en el primer plano; ellas pasan a segundo término. Su historia es el feliz encuentro de dos corazones que no se aman más que para amarle a El mejor. Des­confían de un cariño que no las ayude a ser más valientes, más comprome­tidas. Como han oído decir que «el amor es la pasión por la dicha del otro», se dan siempre lo mejor que hay en ellas mismas, conjugan la mayor ternura con el mayor respeto, en vez de mirarse a la cara miran las dos en la misma dirección, frenan o dan marcha atrás cuando ven encendida la luz roja. Saben que si no, el amor se les escaparía de las manos como una mariposa inasible.

Cada una por separado sabe también que su amiga debe ser una reina, no una esclava; una medicina, no una droga; un estimulante, no una rémora; un mentor, no un cómplice; un instrumento, no un pasa­tiempo; una necesidad, no un lujo; una ganancia legítima, no un contra­bando clandestino; una fiesta del corazón, no un narcótico de la concien­cia; un bordón de peregrino, no una piedra de escándalo; una lente de aumento, no un cristalahumado y mucho menos una venda que le robe totalmente la visibilidad.

La mayor equivocación que pueden cometer es aislarse, cerrarse sobre sí mismas y formar grupo aparte en la comunidad. Si su amistad es de buena ley las tiene que dejar abiertas, comunicativas, permeables, cuajadas en la totalidad.

Un amor exclusivo es un amor repulsivo e indignante. Una comu­nidad cristiana no puede dar cobijo sino a las que permanecen verte­bradas en ella. Los subgrupos no caritativos son agentes dañinos de la peor casta. Bajo su influjo retoñan las desconfianzas, aflora la maledi­cencia y hacen su aparición las críticas negativas, como los hongos y ca­racoles después de una lluvia repentina.

El encuentro con una amiga de verdad debe marcarse con una flor en el calendario. Es la simbiosis de dos almas gemelas; la mú­sica de dos cajas de resonancia que vibran sincronizadas; un descu­brimiento feliz que evapora esa tristeza pastosa e indefinible que a veces gotea del alma. Penetra como un río arrastrando las piedras y el légamo del fondo. Pero no hay que forjarse demasiadas ilusiones. La amistad más íntima nos puede abandonar. A veces nos falla aquello que más amamos o consideramos firme como una roca. La amistad no es capaz tampoco de apagar totalmente nuestra sed de amar y de ser amados. Sería una ingenuidad creer que con ella quedaban liquidadas para siempre la añoranza, el vacío, la nostalgia, la soledad, las mareas periódicas de unos deseos profundos e imprecisos. La amistad no reemplaza exacta­mente al amor conyugal. Además en el mismo matrimonio es imposible trasvasar totalmente el amor en el subsuelo de la personalidad. Para lle­gar hasta la raíz del alma es menester haberla creado…

Aunque el cariño deforma la visión de la persona amada, sin em­bargo, el trato habitual con ella trae consigo sorpresas desagrada­bles. El sombrío panorama de sus fallos y limitaciones molesta y decep­ciona. La mujer que busque una amiga sin defectos morirá sin encontrar­la. También suele decirse que es más fácil morir por el ser amado que vivir constantemente con él. Hay que aceptar las cosas como son y no como quisiéramos que fueran. Sólo la deslealtad sería motivo de ruptura. Ante los demás defectos la discreción aliada con el afecto enseñará unas veces a perdonar; otras, a callar y disimular; y siempre a ayudar a superarse.

Todo intercambio amistoso entre dos Hermanas tiene que produ­cir lógicamente emoción y alegría, gozo y complacencia, bienestar y satisfacción. Esto es humanamente explicable. Son seres de carne y hueso que con la dicha gozan y con la pena sufren. No se puede cali­ficar de mala una amistad por las reacciones sensibles que origina, so­bre todo, si se trata, como he dicho, de personas maduras y equilibra­das. Toda amistad es sensible porque es humana. El único reparo que se podría poner honradamente es la exagerada frecuencia de las entre­vistas a que las lleva la mutua atracción que experimentan. Esos encuen­tros son un consuelo para ambas, sin duda alguna, un calmante o un tónico; pero nadie está bebiendo tónicos de la mañana a la noche. La amistad impone también sacrificios, renuncias, como las citas muy espa­ciadas. Sólo a través de esas renuncias comprenderán que sus necesida­des afectivas son tan grandes que nada terreno será capaz de calmar sus ansias.

Sensualidad

La amistad sana puede darse legítimamente tanto dentro como fuera de la comunidad. El quehacer caritativo, apostólico y profesional pone a las Hermanas en contacto con personas de ambos sexos de toda edad, estado y condición social. Una religiosa es una mujer normal. Como toda mujer, es capaz de enamorarse, sin que sea óbice su consagración a Dios. Su afecto sensible puede degenerar en amor sensual. Su amistad puede transformarse en pasión. La pasión por un hombre por parte de una mujer no comprometida es buena, ordenada y natural, si se conserva carnalmente limpia. Con la de una religiosa sucede lo mismo, aparte, claro está, la flagrante traición a sus sagrados compromisos. La pasión homosexual fundamentalmente reviste las mismas características que la heterosexual, sólo que se trata de un amor torcido, desviado de su camino normal. Las dos clases de amor pueden asaltar y filtrarse en el corazón de la religiosa, especialmente de la religiosa inmadura, hi­persensible o dotada de una afectividad morbosa.

Es interesante bucear en los orígenes de la pasión femenina. Digo femenina porque una Hermana puede quedar prendida, como un in­secto, en la tupida red del amor humano —en el sentido que aquí estoy dando a esta palabra— siguiendo el mismo proceso que cualquier otra mujer. Su corazón tiene muchas puertas de acceso: la amistad creciente, la vanidad excitada, las atenciones recibidas, la compasión amable, los favores prestados, la gratitud expresiva, la figura atrayente, el trato frecuente, el aprecio oculto y hasta el menosprecio declarado o disi­mulado.

Siempre será un enigma para el hombre saber cuándo el senti­miento inducido por estos u otros motivos queda en la mujer del lado de acá o del lado de allá del amor propiamente dicho. En el hombre la línea fronteriza está trazada con precisión y claridad. En la mujer pa­rece que entre la estimación y el amor se extiende una dilatada zona afec­tiva, en claroscuro, difuminada y crepuscular en la que el paso de un afecto a otro se verifica lenta e imperceptiblemente.

Yo me pregunto, sin embargo: ¿Es que una mujer ya en sazón, formada y juiciosa como es cualquier Hermana no sabe por instinto lo que hay detrás de ciertas palabras, miradas y actitudes? ¿Tan atrofiada está su proverbial intuición que considera innocuo un gesto cuando en realidad contiene una explosiva carga sentimental? Si afirma la sicolo­logía que la mujer conoce a la perfección el dispositivo emocional propio y ajeno, ¿cómo puede pasarle desapercibido un amor que se insinúa por muy disfrazado que se presente? ¿Cómo no se pone en guardia ante la primera turbación agridulce, ante la primera alteración de su mecanismo afectivo? Si no funcionan estas señales de alarma pienso que se trata de una grave avería de sus resortes íntimos que la incapaci­tan para la vida consagrada. Pero si funcionan y no organiza la retirada o monta un sistema defensivo, se enamora deliberadamente y por tanto se inhabilita también para permanecer en comunidad.

Ella misma puede diagnosticar «Va enfermedad» de su músculo cardíaco. Entre los muchos síntomas que ofrece puede someter a su análisis los siguientes: 1.° Afán desmedido de buscar ocasiones para es­tar en compañía de la persona amada. 2.° Incumplimiento de las obli­gaciones para poder gozar con más holgura de su presencia. 3.° Pro­funda emoción cuando habla con ella, le escribe o repasa sus recuerdos. 4.° Tono expresivo e insinuante de sus cartas y conversaciones. 5.° Preocupación, inquietud, ansiedad en su ausencia. 6.° Invasión gradual de su recuerdo en la vida, actividades y sueños con peligro de conver­tirse en un pensamiento obsesivo. 7.° La punzada de los celos.

No es necesario que se adviertan todas estas señales de alerta. Basta una o dos para detectar la presencia o la ausencia del bacilo en el corazón, para averiguar si sólo se trata de una amistad corriente o si, en efecto, se ha pasado de la raya. La certeza de uno o de varios sig­nos positivos es indicio de que el drama está todavía en sus comienzos. A medida que el tiempo pasa la acción dramática va adquiriendo mayo­res proporciones. El desenlace no sorprende a nadie. Estaba planteado ya desde las primeras escenas: o un epilogo de novela rosa, si el actor es un caballero; o, si es una actriz la protagonista, la obra continúa desarrollándose entre bastidores. A no ser que alguien se percate de lo que está ocurriendo fuera de las tablas y ante los silbidos del público indignado tengan que hacer mutis por el foro. Que es precisamente lo que mucho tiempo antes tenían que haber hecho.

He hablado de un drama. Pero si se tiene en cuenta el final, es una tragedia dolorosa. Si se atiende al principio es un sainete ridículo. Una mujer que cuando pudo no quiso y cuando no puede quiere dar su co­razón en exclusiva a otra persona es una figura absurda, grotesca y ex­travagante. Pero en el pecado lleva la penitencia. Si toma el acuerdo de continuar en la comunidad disfrazada de religiosa será la eterna ausente, la proscrita, la desarticulada, la indiferente de cara a los intere­ses del grupo, la pieza que produce estridencias hirientes en la maquina­ria del equipo por mucho que se esfuerce en cubrir las apariencias.

Por otra parte, con el corazón ha perdido la orientación y la direc­ción de la primera entrega. Aunque su amor no haya tenido ninguna expresión camal, se ha despojado de los tres bienes específicos de las mujeres consagradas: de la virginidad esencial, de la maternidad espiri­tual y de la fecundidad apostólica. En una religiosa el amor exclusivo, aunque esté limpio de pecado grave, tiene estas fatales consecuencias: intelectualmente, atonta; espiritualmente, seca; sicológicamente, dese­quilibra; formativamente, tuerce; apostólicamente, esteriliza; socialmen­te, escandaliza y estéticamente, embrutece.

Que ninguna Hermana se apreste a arrojarle a su desventurada compañera la primera piedra. Si esta última se deslizó por la pendiente para precipitarse en la sima, no fue tal vez su mano la que le empujó? Admito que no lo hiciera de mala fe, pero, ,,no ocurrió a causa de un falso planteamiento de la amistad? Es condenable la cc) nducta de la su­periora o de las otras Hermanas que persiguen o denuncian sistemática­mente toda manifestación amistosa. Lo primero que hay que hacer es distinguir la amistad verdadera, de la sensual, y no medirlas por el mismo rasero. Las dos convienen en algo, como ya he explicado, pero las dos se diferencian como el día de la noche. Sin discriminación ni análisis no se puede condenar la amistad como si fuera pecaminosa por definición. Desde este punto de vista irreductible y equivocado toda manifestación de amor humano, por muy inocente que sea, está senten­ciada a morir o a corromperse. Porque si dos personas se sienten atraí­das y nace entre ellas la amistad buscarán la clandestinidad para culti­varla, y nadie ignora los peligros que entrañan esas citas furtivas. Se ocultan como si fueran culpables y terminan por serlo. Las medidas drásticas para acosar a la pasión hasta sus últimos reductos están justifi­cadas, pero , quién tiene la culpa de que «acabara en carne lo que empezó en espíritu»?

La tozuda intransigencia frente a la amistad tiene aún peores de­rivaciones. En primer lugar provoca indebidamente el miedo al pecado en toda manifestación o expansión sana de amor humano. Y esto da lugar a espíritus recelosos, misántropos, incapaces de comprender a na­die ni de ayudar en nada.

En segundo lugar la total frustración afectiva con el consiguiente desequilibrio personal. No es infrecuente el caso de Hermanas dotadas de una rica vida emocional, que, al verse acorraladas por tabúes y pro­hibiciones, renuncian a toda forma de amor y dejan que su corazón se vaya secando insensiblemente. Solución desgraciada que suministra a la comunidad criaturas extrañas que nada tienen de femeninas; mujeres sin entrañas, cerradas sobre sí mismas, egoístas, crueles, malhumoradas, celosas y altaneras. Viven en las tinieblas y maldicen de la luz que baña a las demás. Están amargadas y les da en rostro la alegría ajena. Care­cen de bondad y generosidad y consideran sospechosa cualquier expan­sión tierna y cordial que se cruza entre sus compañeras. Son hurañas y en­vidian la simpatía de que las otras gozan. Les falta el amor y denuncian todo lo que huele a cariño y a amistad.

La religiosa, es menester insistir en ello, ha de dar salida limpia y noblemente a la imperiosa necesidad que tiene de amar y ser amada. De lo contrario cualquier mano imprudente puede abrir un boquete en el muro de contención y entonces la fuerza acumulada hace estallar todas las compuertas e irrumpe la pasión incontenible y exigente… El pecado o la locura acechan en las sombras.

La Iglesia está pidiendo constantemente en la actualidad que las religiosas ejerciten el apostolado que les es propio entre las gentes del mundo que las rodea. No se les puede prohibir que traten fuera de casa con toda clase de personas so pretexto de no sé qué peligros. En todas sus actividades pueden encontrar peligros y tienen que tomar las debidas cautelas, pero una vez formadas sólidamente, enraizadas en la gracia, aseguradas por la oración y apoyadas por sus compañeras han de ac­tuar con libertad y decisión en el campo del apostolado moderno. Esto es lo que les exige con señales de apremio y de urgencia su amor a Cristo y a la Iglesia.

El corazón de la religiosa sufre oscilaciones, ciertamente. Pero una vez bien centrado es el corazón que mejor nos recuerda y transmite los latidos del corazón de Dios. El mundo, sin darse cuenta, dama desga­rradoram6nte por él porque se muere de frío y porque ese corazón femenino es el único arsenal de amor de que puede disponer. Ella, la mujer consagrada, gesta un mundo nuevo en su seno. Si le dejaran las manos libres nos haría regresar a los albores de la humanidad, a las eda­des de oro, al paraíso inicial, a las fuentes puras, no manchadas, del amor primero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *