En respuesta a tu llamada: Comunidad familiar

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD FAMILIAR

Hay muchas religiosas que se plantean hoy el problema relativo al perfil que debe tomar su comunidad en los momentos presentes. El dilema que se presenta:es el siguiente: ¿Debe adoptar el talante y los re­sortes de un equipo moderno o debe, por el contrario, conservar el as­pecto y el nombre tradicional y venerable de familia? Ambos conceptos ofrecen sus ventajas. La voz de equipo atrae por su carácter dinámico de grupo social, por su actividad apostólica, por los métodos que tiene puestos al día, por la apertura que exhibe a los nuevos miembros frente al peligro de la testarudez y de la cerrazón de las viejas comunidades, y, finalmente por el brío y gallardía juveniles de que hace alarde.

La palabra familia, a su vez refleja los grandes valores de la vida comunitaria que ni la costumbre ni el tiempo han gastado aún. Por ejemplo, la estabilidad de sus miembros frente a su fugaz permanencia en el equipo; la superioridad innegable de la aceptación mutua, ya que no se escogen entre sí, sino que se aceptan y se aman; la exlusión del utilitarismo, pues, al contrario del equipo, la familia da acogida a los enfermos, a los ancianos, a los inútiles para el trabajo, a los miembros-problema; el hecho de que la palabra Hermana en la comunidad-fa­milia tiene un significado real, teológico, mientras que en la comuni­dad-equipo posee solamente un valor simbólico y social.

Entre ambas preferencias algunas religiosas no saben todavía a qué carta quedarse. Pero lo cierto es que las comunidades que van en la vanguardia del apostolado y de la Iglesia, respetando los rasgos típicos que pone de relieve la palabra familia, han incorporado a su léxico y a su pastoral los valores positivos de los equipos actuales y caminan afirmando bien sus pies en la tierra, pero sin dejar de clavar la mirada de su mente en el cielo.

Una comunidad religiosa «es una verdadera familia reunida en el nombre del Señor». La palabra familia que tratamos de aplicarle no es una metáfora, ni una analogía, ni una denominación simbólica. Hay una misteriosa y fascinante realidad contenida en el vocablo. Y es que todos los elementos esenciales que entran en la estructura de la familia natural forman también el entramado de la familia consagrada. Se ha dicho que una comunidad es la expresión más viva de la Iglesia, una Iglesia en miniatura, una célula de la Iglesia. La célula, conviene recordar, es un microorganismo que encierra a escala mínima todas las sustan­cias componentes del organismo total de que forma parte. La comuni­dad religiosa es una pequeña fracción de la Iglesia, de esa dilatada y nu­merosa familia de Cristo que cubre la superficie del planteta. Si Cristo no, se constituyó padre de una familia temporal, se constituyó patriarca de una familia sobrenatural formada por todas las familias locales a las que dio su nombre patronímico. Las religiosas están en la primera fila de aquel grupo de oyentes a los que se dirige Cristo diciéndoles mientras los señala con su dedo índice: «éstos son mi padre, mi madre y mis hermanos».

Todos los grupos sociales hunden sus raíces y colocan sus cimien­tos en la familia natural porque es la que les suministra el material hu­mano de que se componen. Por esta causa toda relación humana es esencialmente familiar. Pero todas las asociaciones humanas reunidas no forman estrictamente una familia. Si se las llama así es por el origen que de ella tienen y por las semejanzas que con ella guardan. Cuando se les aplica el nombre de familia sólo se emplea un lenguaje literario. Nuestras comunidades son las únicas que encajan adecuadamente ese título, no sólo porque proceden de la institución familiar y por las asom­brosas analogías que tiene con ella, sino porque la aspiración de todas consiste en fundar un hogar auténtico y permanente. La misión especí­fica de este hogar, su destino y su funcionamiento son idénticos a los de una familia terrena. Claro está que unos fines se realizan en el ám­bito temporal mientras otros se llevan a cabo en un plano trascendente. Las ataduras que sujetan a sus miembros son más nobles y resistentes que las que ligan a los padres, hijos y hermanos entre sí. Las mujeres que viven bajo el mismo techo de su casa religiosadisfrutan de un alto grado de parentesco espiritual a causa de los vínculos familiares que las unen a Cristo y a la Iglesia. El grado de consanguinidad tiene aquí un sentido exacto, pero inmaterial.

Aire de Familia. Una comunidad no sólo es una simple corpora­ción polivalente, sino una familia viva y operante que lleva en el árbol arterial de cada persona, so pena de no ser familia, sangre y carne co­munes, es decir, un espíritu y un modo de ser que, por formar un patri­monio colectivo, es querido y vivido por todas. Es lo que tantas veces se ha llamdo espíritu de familia. Es lo que podríamos llamar también aire de familia. Es ese estilo de vida, esa manera peculiar de pensar y de actuar que constituye el sello distintivo de un Instituto religioso. De ahí que cuando una Hermana tiene su centro cordial fuera de su comu­nidad, o ella se ha envilecido o la comunidad ha degenerado.

El prototipo ideal de todas las sociedades sería cualquier familia ejemplar. Una agrupación cualquiera, sea del tipo que sea, será tanto más perfecta cuanto mejor reproduzca las virtudes familiares, como la confianza mutua, la unión, la sencillez, el amor, el desinterés personal. Una comunidad religiosa que haga suyas las relaciones humanas de la familia de Nazareth, que sea, no un doblaje, sino una copia exacta y personal, habrá conseguido su razón de ser, habrá alcanzado el objetivo para el que fue convocada.

No los lazos de la sangre, sino los del amor son los que atan en un haz a los miembros de una comunidad. En la familia natural la voz del amor se tiene que dejar oír después de la voz de la sangre. En la fami­lia religiosa es únicamente el amor el que elige, llama, reúne y mantiene la unidad familiar. El amor es el principio profundo que une a los seres consagrados, primero en sus personas y después en sus actividades; es la fuerza más poderosa de la tierra; la única capaz de unificar y regular las relaciones de unas mujeres totalmente diferentes; es la voluntad vi­gilante que previene los encuentros, amortigua los choques y cicatriza las heridas producidas por enfrentamientos para que no se paralice la vida comunitaria o se convierta en un infierno de tensiones; es la mano hábil que moldea el grupo, no haciendo de él un todo amorfo donde cada uno piensa igual que otro, sino dotándolos de antenas orientadas en diversos sentidos. La fuerza del amor es más eficaz que la fuerza de la sangre. La ley del parentesco no puede por sí misma imponer la paz doméstica. Sólo el amor es capaz de establecer en el hogar el reinado de la concordia.

Acogida. Bajo las alas de piedra o de cemento de su vivienda la familia cristiana acoge y ampara con igual cariño a todos los seres que el cielo le va enviando, aunque el tiempo los empeore, la enfermedad los altere, el pecado los manche y la sociedad los pervierta. Todos tienen las puertas y el corazón abiertos: los niños deformes y los abuelos decrépi­tos, los adolescentes enfermizos y los muchachos subnormales, los hijos rebeldes y las hijas pródigas. El amor natural y el sobrenatural se dan la mano para llevar a cabo la difícil tarea de su integración en la unidad familiar. De igual modo en la comunidad, el amor, que es la fuerza de Dios, comienza por dar a todas una acogida cordial e indiscriminada. Todas las mujeres que el Señor va llamando a la vida en común deben ser aceptadas tal como son, tienen que estar seguras de que no estarán marginadas, excluidas, abandonadas. Ninguna _de sus compañeras se podrá atrincherar detrás de su egoísmo porque se dan cuenta de la ne­cesidad que tienen unas de otras, de cuidarse las unas a las otras, de morir las unas por las otras. Si el amor es una realidad infinitamente superior al parentesco, ¿por qué a veces está como anestesiado, insen­sible, sordo a la llamada del sufrimiento ajeno, impotente para pro­rrumpir en actos de abnegación, de esos que tan a menudo se dan en las familias seglares creyentes?

Fecundidad. Una nube de soledad y de tristeza se abate sobre el matrimonio marcado por la esterilidad. El amor que pudo llenar el vacío de dos corazones no puede llenar el vacío de una cuna. La unión infecunda es casi siempre un fallo inevitable de la naturaleza. Si fuera voluntario podría llegar a constituir un crimen. El amor comunitario, al revés del amor conyugal, siempre es fecundo como el de la Iglesia del que participa. La esterilidad apostólica, por consiguiente, es volun­taria en cualquier caso y por lo tanto, culpable. Los miembros de una comunidad se aman para engendrar, para comunicarse la vida unos a otros. En cada Hermana es Cristo quien ama a las demás. La caridad cristiana es imagen de la de Dios. Ahora bien, Dios no nos ha amado porque éramos justos, sino para que lo fuéramos. Del mismo modo una Hermana no ama a sus compañeras a causa de sus buenas cualidades; las ama para engendrarlas, para mejorarlas, para salvarlas en unión con Cristo. El la ha engendrado y salvado en nombre de su Padre. Ella hace lo mismo con las demás si es que el amor de Cristo permanece en ella. Engendrar y salvar primeramente a las que viven con ella dentro es la condición previa para engendrar y salvar a todos los que viven fuera. El apostolado interior es el preludio indispensable para empezar la obra del apostolado exterior.

Bienes comunes. En la comunidad de la familia seglar todo es de todos. Los padres administran con orden y economía los bienes materia­les según las necesidades comunes y particulares. Las penas y las ale­grías afectan a todos igualmente. Lo mismo celebran la subida del suel­do o el éxito de los estudios que lamentan la pérdida de la salud o la quiebra de un negocio. Todos sonríen sobre la cuna del recién nacido y todos lloran sobre el ataúd del que acaba de morir. Algo semejante ocurre en la comunidad religiosa. En este sentido se la puede considerar en un triple aspecto:

Comunidad de personas. Eso es ante todo la familia consagrada: Una sociedad de personas completamente diferentes que el amor, sin reducir sus dimensiones individuales, ha colocado en un plano de igual­dad y en una actitud de servicio mutuo y permanente. Es maravilloso el número de cosas imposibles que un grupo de mujeres resueltas logra realizar: ser dueñas de sí mismas, ser esclavas de las demás, cerrar los ojos y abrir los brazos, molestarse lo más posible para molestar lo me­nos posible, dar más importancia a donarse que a domarse, echar cada día una flor en el camino de las otras para que florezcan cuanto antes los caminos de todas… La comunicación de la propia persona implica una disponibilidad total y excluye todo género de reivindicaciones. El ideal de una mujer consagrada no es una vida confortable. Ha aprendido en la nueva escuela que su entrega a las demás es lo único por lo que vale la pena vivir, que una vida es tanto más hermosa cuanto más entregada, que la única dicha que puede admitir honradamente no es la propia, sino la reflejada por sus compañeras.

Pero la comunidad no es por eso ni una podadera de iniciativas, ni un cementerio de ilusiones, ni una guillotina de personalidades. Es la milagrosa síntesis de las igualdades y de las diferencias. A todas concede el mismo trato social, a todas da la misma igualdad de oportunidades, a todas respeta sus derechos y exige sus deberes. Así como la nieve nivela todos los altibajos del camino sin destruirlos, así la comunidad nivela todas las desigualdades naturales de las personas sin anularlas. Es un mundo en el que las categorías sociales han desaparecido como por en­canto. Pergaminos, títulos, blasones, y escudos nobiliarios son cosas perfectamente inútiles. Por las venas no corre ni una sola gota de sangre azul. Sólo virtud es nobleza. Ni el acento lingüístico, ni los rasgos facia­les, ni el pigmento de la piel son tenidos en cuenta. Y del régimen de cas­tas sólo saben que impera allá, muy lejos, en algunas naciones delconti­nente asiático.

Comunidad de bienes. La vida religiosa posee unos bienes comu­nes de orden espiritual. Es el Espíritu Santo que circula, anima, mueve y ordena, como un motor, la compleja maquinaria humana que ha adqui­rido para sí; es la misión salvífica de la Iglesia en el mundo que fertiliza el trabajo comunitario, acucia los espíritus y pone impaciencias en los pies y en las manos de todas; es ese acervo de ideas, tradiciones, consig­nas, rasgos y matices propios que constituyen la herencia de los Funda­dores y forman lo que se ha dado en llamar el espíritu de la Compañía.

Los bienes temporales también están hechos y ordenados para el disfrute común. Tales bienes no bajan todos los días del cielo como el maná. Son el fruto de los sudores y de los esfuerzos de toda la comuni­dad. La ley de la justicia exige a cada una la puesta en común de su ta­lento, de su ingenio y de sus energías porque son cosas a las que las compañeras tienen derecho desde el día de su incorporación. La ley del trabajo le pide una preparación esmerada, una seria competencia y un pleno rendimiento en la tarea que le ha sido asignada. La ley de la cari­dad reclama de las demás tomar medidas oportunas para que su compañera no llegue a un agotamiento tal que resulta físicamente inu­tilizada para el futuro. El voto de pobreza que le aguijonea a ella para que no pretenda vivir con el desenfado y la indiferencia de una hija de papá, las conmina a ellas para que no la exploten como a un hijo de la gleba.

Hay que educar el corazón para que viva siempre en estado de gra­titud a las demás, porque están a su servicio permanentemente; para no estar a la defensiva ni tomar la revancha contra las remolonas y las instaladas; para no sentar plaza de vividora, ni de aprovechada, ni de las que siempre llegan apresuradas antes de que se termine el reparto; para poner en común los obsequios de amigos y familiares, aunque se arguirá seguramente que se trata de un regalo personal. Hay que hacer comprender con delicadeza a los donantes que están agasajando a una mujer que vive en común y que la sana convivencia y el amor a las Her­manas exigen se comparta con ella lo que se recibe. Esta actitud tiene el arte de producir admiración en los bienhechores, gozo en el destina­tario y alegría fraterna en la comunidad.

Comunidad de sentimientos. Todas las Hermanas han de tener «un sólo corazón y un alma sola», como los cristianos de la Iglesia pri­mitiva. Tener un alma común es tenerla abierta día y noche, como una antena, para que lleguen sin interferencias todas las ondas mensajeras que emiten las otras: sus penas secretas, sus temores, sus esperanzas, los latidos de su silencio… Conocerlas y comprenderlas vienen a continua­ción como una consecuencia. Porque vivir siempre juntas y no conocer­se es tan posible como trágico. Estará en lo cierto el vulgo cuando afir­ma que las religiosas llegan sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse?

Tener un corazón común es disponer de una fma sensibilidad para percibir las necesidades que las aquejan y las satisfacciones que experi­mentan; tener una disponibilidad ilimitada para remediar las primeras y participar de las segundas; estar dotada de una imaginación fértil en recursos para aplicárselos oportunamente. De aquí nacen la compasión y la simpatía: dos palabras que si antaño significaron lo mismo hoy tienen dos equivalencias muy distintas.

Autoridad. La autoridad de los padres en el hogar es indiscutible. Todas las leyes humanas y divinas la establecen, la sostienen y la defien­den. De ella arranca y en ella se apoya cualquiera otra autoridad en el orden social. Esta no es más que una proyección natural y necesaria de aquélla. Podrá variar, para bien o para mal, el modo o estilo de su ejer­cicio, pero su principio es inmutable y eterno como la fuente de donde brota.

La autoridad de la familia procede de Dios en cuanto es autor de la naturaleza. La autoridad de la comunidad religiosa procede de Dios en cuanto es autor de la gracia. En ambos casos su aceptación y acata­miento por parte de los grupos respectivos es de absoluta necesidad, si quieren asegurar la supervivencia. El mandato y la obediencia son tér­minos correlativos y, según se mire, son igualmente fáciles o igualmente

difíciles. Es cuestión de que cada una aporte todo lo que está en su mano para sortear fricciones y aclarar nebulosidades. Si la superiora debe ser vista y acatada como portadora de la voluntad de Dios, la que obedece debe ser respetada por la anterior como si fuera Cristo. La primera debe descansar en la colegialidad para que la segunda pueda serenarse pensando que lo que hace por obediencia es también voluntad de la co­munidad. Pero en todo caso nunca hay que olvidar que el binomio auto­ridad-obediencia es un sacramento, un misterio de fé. No se discute, se acepta.

Trato característico». Salta a la vista que las relaciones humanas de los componentes de un hogar adquieren un tono muy distinto del que tie­ne su roce cotidiano con vecinos, ciudadanos u otros grupos sociales a los que pertenecen. Este trato recíproco está definido con bastante exactitud por la palabra familiaridad. Las relaciones humanas de una familia con­sagrada tienen también su sello peculiar. Su mutuo comportamiento está determinado por el hecho de constituir una verdadera familia, pero marcada con el signo de lo sobrenatural, por lo que su convivencia tiene que estar muy matizada. La línea de su trato social debe esquivar el pe­ligro de la chabacanería y de la ordinariez y hacer un quiebro a la cursi­lería y a la retórica. Amistad y respeto: he ahí dos ingredientes que darán a sus diarios contactos el resultado apetecido. Ni ademanes barriobaje­ros ni posturas académicas. Ni osadía ni timidez. Ni descoco ni envara­miento.

Los enfermos y ancianos. Para San Vicente de Paúl son más valio­sas que los vasos destinados al culto eucarístico. Los cuidados que se les presta reportan pingües ganancias celestiales. Son como cheques al por­tador del banco de la Providencia divina. Ellas dan a sus compañeras la oportunidad de practicar lacaridad auténtica y de que puedan señalar con una cruz roja la lista entera de las obras de misericordia, algo fun­damental de que carecen —voluntariamente— los flamantes y moder­nos grupos de amistad. Las enfermas dan más que reciben. Pero para dar tienen que recibir. Porque el zarpazo del dolor las ha sorprendido en plena actividad y se ven impotentes para bajar de la cruz por sí mismas y proseguir sus tareas. Y las ancianas porque la borrosa suavidad de la vejez las ha depositado en la sala de espera de la muerte que es el punto y aparte de la vida y necesitan caminar hacia el ocaso con confianza y serenidad.

No hay familia natural ni religiosa que no quiera integrar a estos seres que sufren en el regazo de su amor fraterno. La que, con pretextos o sin ellos, los rechaza es una familia maldita. No creo en las comunida­des que, al socaire de la agilidad apostólica, los excluyen positivamente. Al hablar así me refiero, claro está, a esa actitud de indiferencia y des­preocupación que adoptan con relación a ellas, no al hecho de in­gresarlas en los centros asistenciales adonde los sigue acompañando el interés, los desvelos y el amor de sus hermanas.

Actos familiares. I.° La oración en común debiera ser el momento crucial de la vida familiar, tanto en el hogar como en el grupo comuni­tario. Es el instante en que sus miembros se reúnen en torno al Padre común, no como individuos aislados, sino como unidad familiar, para expresar con el alma y con el cuerpo su comunión de vida con El y con sus hermános. Hay además un «slogan» que se ha repetido hasta la sa­ciedad: familia que reza unida permanece unida. La frase tiene en este caso una fuerza axiomática y certera. Pero soplan hoy malos vientos contra la oración comunitaria. Dentro de poco la casa religiosa sólo susci­tará la idea de club o de pensión, pero no de templo y oratorio. Los reli­giosos se reunirán alrededor de una mesa para comer o jugar, en torno al tocadiscos y el televisor para solazarse, pero no serán capaces de con­gregarse alrededor de Cristo para rezar. Las consecuencias de este con­trasentido no son difíciles de vaticinar.

2.° Las comidas son también actos familiares por excelencia. La febril actividad laboral, cultural o apostólica de cada día desparrama a las Hermanas, como en una forzada diáspora, lanzándolas a todos los vientos de la rosa. La necesidad de nutrir su organismo y de restaurar sus energías las convoca de nuevo durante unas horas-escasas cada jor­nada. Hablan, ríen, departen, comentan, intercambian, planean, se rela­jan, se conocen, plantean cuestiones, preludian soluciones… Todo esto tiene más importancia para la moral del espíritu que el alimento que toman para la vida corporal. La ausencia de estos encuentros sólo puede estar justificada por razones de mucho peso.

3.° Los recreos en la comunidad religiosa son la prolongación de las comidas de cuya ventaja sicológica participan. Tienen todo lo positivo de la sobremesa en el hogar doméstico. Tal vez los vapores de la diges­tión les den mayor fuerza expansiva. Las conversaciones suelen ser más barrocas y multicolores. El murmullo de las voces al principio adquiere el volumen de una ola que al final termina por desinflarse en la playa. Se disipan las sombras, se olvidan los choques, callan los agravios, remi­ten las penas…. Me gusta que las recreaciones tengan un parecido con las batallas de flores: rivalidades de buena ley, derroche de ingenio, agri­dulces ironías, andanadas de chistes, disparos de flores, buen humor, sonrisas, favores, atenciones, detalles, bromas y algazara. ¡Ah! y todo, guardando una discreta distancia, una suave y respetuosa lejanía per­sonal. No es menester calibrar el alcance de estos actos porque la expe­riencia de cada cual puede hablar muy alto en su favor.

Los secretos familiares. El secreto es un derecho incuestionable de todo grupo humano. Recaba una obligación correlativa y evidente en los individuos que lo componen. Toda familia tiene sus secretos que guar­da celosamente. Su divulgación acarrearía perjuicios tan ciertos como previsibles. Solamente una cabeza loca o un corazón avieso lanzan al aire de la publicidad las intimidades de su familia seglar o religiosa. Sonroja pensar que haya Hermanas tan irresponsables que echen a rodar el buen nombre y la fama limpia de su comunidad por el fango de los coti­lleos y de las murmuraciones. No se percatan que ellas mismas se es­tán arrojando el polvo a la cara. El desdoro de su familia es también su vergüenza, su escarnio y su ignominia. La que desvela los asuntos re­servados de la casa tiene el mismo impudor que la que se desnuda públi­camente. Hay temas, sucesos, materias y cuestiones, que, aunque sean innegables y verídicos, deben quedar encerrados en el circuito familiar e incomunicados entre las cuatro paredes de la casa.

La palabra casa que acabo de escribir me da pie para seguir deshil­vanando mi idea. El secreto de una casa no se puede comunicar a otra casa del mismo Instituto porque el secreto es incomunicable por sí mis­mo. En el mundo, dentro del grupo o clan familiar hay secretos que no pasan de una familia a otra. Las filtraciones pueden desencadenar lan­ces muy desagradables. Los comadreos monjiles se susurran a media voz, pero resuenan como un redoble de tambores de guerra. Son «los demo­nios familiares» de la Compañía. Las cobardes esconden la cabeza bajo el ala por lo que pueda tronar, pero ya han dejado encendida la me­cha de la discordia.

Nadie, fuera de los superiores, tiene derecho a saber nada de aque­llo que por su misma naturaleza debe permanecer ignorado extramuros de la casa en cuestión. Porque una vez que la especie empieza a rodar, recorre vertiginosamente todas las casas de la Congregación; no se detie­ne; salta al aire de la calle, penetra entre los agrupos de amigos, conoci­dos y admiradores; sigue adelante torcida, aumentada, desfigurada; rebota de lengua en lengua, de mentidero en mentidero, de corrillo en corrilo; flota en elambiente de la población y no se extingue hasta que los pies de los años dan con ella en la tumba del olvido. Pero entre tanto el ambiente de la Congregación se ha tornado espeso de prejuicios, de desconfianzas, de decepciones, de protestas apenas contenidas. Las per­sonas recelan de las personas, las casas de las casas, las superioras loca­les de las provinciales. Estas, por miedo a una conflagración, se sienten impotentes, con las manos atadas, para hacer ajustes, alteraciones y cam­bios que juzgan necesarios. Las vocaciones se mueren en flor. El descré­dito cunde y se propaga, como la llama, por un campo de mieses amari­llas… ¡Qué hermoso edificio puede caer desmoronado al golpe de pique­ta de una lengua procaz y envenenada!

¿Familia numerosa? El problema relativo al tamaño de la comuni­dad está a la orden del día a causa de las nuevas orientaciones y de la alarmante reducción de efectivos. Es un problema paralelo a la tan deba­tida cuestión del número de hijos que es capaz de recibir el matrimonio moderno. En ambos planos, secular y religioso, la tesis de la familia li­mitada y de la comunidad reducida polariza las preferencias, aunque exis­ten mentes claras y poderosas que tienen la valentía de disentir y rom­pen lanzas en favor de las familias numerosas tanto en los hogares cris­tianos como en los grupos consagrados.

Sólo me limito a hablar de estos últimos. Lanzo la moneda al aire de la opinión presentando la cara de las ventajas y la cruz de los incon­venientes, así de las pequeñas como de las grandes comunidades. Hoy por hoy no se puede formular resolutivamente la respuesta que pide el interrogante. Al final del pro y del contra alguien podrá exclamar: visto para sentencia. Pero es el jurado de la experiencia y del tiempo el que ha de dar el veredicto más razonable y práctico.

Ventajas de las pequeñas comunidades. 1.a Para la persona en par­ticular:

La persona es más conocida, respetada y valorada tal como es. Ocupa el puesto que está más en consonancia con su vocación par­ticular.

Se fomentan mejor sus posibilidades.

Puede desplegar con más holgura y amplitud sus cualidades e ini­ciativas.

Tiene más libertad de acción y realiza con el grupo intercambios más frecuentes, profundos y espontáneos.

2.a Para ‘el equipo. El grupo es más solidario, compacto y res­ponsable.

Sus componentes sienten más la necesidad que tienen unos de otros.

Cuentan con un apoyo mutuo más sensible tanto en el orden moral como en el síquico.

Se advierte en él mayor número de iniciativas y de soluciones a los problemas inmediatos.

Tienen mayor disponibilidad para el trabajo y la ayuda mutua. Organizan con más flexibilidad las actividades y el horario. Toman decisiones con más expedición y unanimidad.

3.a Para la vida común. Es más auténtica porque tiene el aspecto de ser una verdadera familia.

Resulta más fácil reunirse, encontrarse y expansionarse juntamente. Las relaciones son más fáciles, íntimas, sinceras, humanas y cris­tianas.

Hay mayores posibilidades para crear entre todos una genuina amistad.

Florece mejor el diálogo y los individuos están menos cohibidos para dar su opinión.

4.a Para la autoridad. Está más cercana, accesible, humana y. con­ciliadora.

Conoce mejor a sus hermanas y las trata con más bondad y com­prensión.

5.a Para el apostolado. El testimonio en todos sus aspectos es más claro y visible.

Existe una mayor proximidad con la gente y por lo tanto se da mejor la oportunidad de compartir su vida.

Es más fácil vivir en un piso de alquiler, situarse en medio de los pobres, ponerse a su nivel, amarlos prácticamente, ofrecerles un testi­monio vivo.

Inconvenientes. 1.° para el grupo comunitario:

Enorme dificultad de formar fraternidades que simpaticen y armo­nicen en el plano humano a lo largo del tiempo y de las vicisitudes. Los grupos de amistad son muy raros y poco duraderos.

Vida muy dura y casi imposible si no se entienden entre sí. Choques que degeneran en un disgusto constante o en una ruptura irreparable.

Las incompatibilidades de carácter surgen también en los grupos homogéneos.

Hay sujetos que resultan insoportables por mucha caridad que se derroche con ellos; esto, que ocurre en las comunidades grandes cau­sando bastantes desazones, tiene en las pequeñas consecuencias mu­chísimo peores.

Es difícil ponerse de acuerdo si hay uno solo empeñado en llevar la contraria.

Si la armonía se debilita y se filtra la desconfianza, cada uno busca la compensación fuera del grupo.

Alternativa: o la fraternidad verdadera o el verdadero infierno.

2.0 Para la vida religiosa. Peligro de vivir cada uno a su aire, sin un mínimum de reglamentación.

Peligro de perder de vista la austeridad de la vida consagrada. Peligro de que desaparezca la oración colectiva y hasta la privada y personal.

Peligro de relaciones demasiado humanas.

Peligro de penetración en el espíritu del mundo; de que se expe­rimente de modo gradual la influencia del medio ambiente social con­tra el que sólo son válidas las defensas espirituales.

Peligro de que se debilite el sentido de la autoridad.

3.° Para el apostolado y el testimonio:

Amenaza constante de un activismo absorbente.

Sobrecarga de trabajo que origina una tensión habitual.

Contentarse con ser «un buen hombre» o «una buena mujer» lo que equivale a llevar una vida menos que mediocre.

Cansancio, monotonía y soledad a causa de la convivencia con tan pocas personas tal vez no muy simpáticas.

Imposibilidad de integrar a los enfermos y ancianos.

Dispersión de esfuerzos por tener demasiadas cosas que hacer y verse en la necesidad de dejarlas a medio hacer.

Ventajas de las comunidades numerosas. 1.a Para la comunidad:

Mayor enriquecimiento espiritual en el trato corriente y en los intercambios.

La variedad de temperamentos la hace más bella y formativa.

Las dificultades que crea el carácter no son nunca muy graves, porque quedan ahogadas en el agua abundante del conjunto.

Las molestias de un miembro difícil se dividen, difuminan y suavizan.

Los individuos insociables, confundidos, sumergidos en la corriente comunitaria se ablandan, se acoplan y logran mejor la apertura y la integración.

2.a Para la vida religiosa:

Cierta independencia en relación con el medio social y un peligro más lejano de mundanización y de aseglaramiento.

Armonía y equilibrio entre la vida de oración y la vida de trabajo.

Facilidad para organizarse de un modo más ordenado y regular.

La juventud se incorpora con una mayor garantía de solidez y estabilidad.

Se asegura mejor la fidelidad a la propia vocación.

3.a Para el apostolado y el testimonio:

Posibilidad de formar equipos homogéneos de trabajo integrados en la colectividad.

Mayor atención y respeto a los gustos particulares.

Se logra mejor la especialización.

La sustitución y la ayuda mutua son mucho más fáciles.

Mayor influencia en la población o en la zona en donde radica.

Desahogo y tranquilidad en el aspecto económico.

Y por último, algo muy importante: la integración de los enfermos y ancianos.

Inconvenientes. 1.° Para la vida de comunidad:

Dificultad de que un grupo numeroso pueda constituir una familia auténtica.

A despecho de la proximidad material, se vive fácilmente en el ais­lamiento personal; los individuos se desconocen, se evitan, se ignoran; cada uno busca su interés, se repliega sobre sí mismo o forma parte de un clan independiente y se despreocupa de los afanes comunes.

En ocasiones dan la impresión de ser un refugio general donde solo en teoría se vive el mismo ideal; falta intimidad, calor humano; se vive terriblemente sólo, y los tímidos, sobre todo, quedan marginados; no hay unión básica, cordial; cada uno sigue su propio camino.

Los miembros viven absorbidos por sus personales compromisos apostólicos que de suyo son divergentes, centrífugos.

Hay tendencia al anonimato y la impersonalidad.

No son raros los bandos antagónicos, las luchas partidistas, la am­bición del poder y los esfuerzos por ocupar puestos clave o de influen­cia.

2.° Para la autoridad:

Vive más distante y aislada de sus hermanos o hermanas.

Las tareas administrativas le impiden estar disponible para ellos. Cae más fácilmente en la tentación de vivir para sí más que para los demás.

Los abusos del poder, como el paternalismo y el autoritarismo se dan con más frecuencia en las comunidades numerosas.

Amenaza siempre el peligro de la centralización.

3.° Para el apostolado y el testimonio:

Número excesivo de prescripciones legales que adormecen la ini­ciativa, favorecen la instalación personal, roban el espíritu apostólico, producen el marasmo, conducen al formulismo y ocasionan el fariseísmo.

Peligro de inmaduración porque cada uno encuentra las cosas or­denadas, detalladas, previstas.

Tendencia a cerrarse e incomunicarse con el medio para el que pretende ser testimonio.

Insuficiente esfuerzo para asimilar las formas de aquellos a quie­nes se quiere llevar el mensaje.

La propiedad o finca que ocupa da la impresión de poder, fuerza, seguridad y riqueza; las casas suelen tener un estilo burgués ;. la suntuosi­dad del edificio no puede constituir a los ojos del mundo un testimonio de pobreza.

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Relaciones con la familia natural. A lo largo de los siglos la entre­ga total a Dios ha implicado el desprendimiento de las cosas terrenas, incluyendo la propia familia. Los antiguos ascetas y la tradición de la vida religiosa llevaron estas consecuencias hasta límites insospechados, yo diría que crueles, para nuestra mentalidad actual. Este espíritu de austeridad tenía su razón de ser y encontraba su fundamento en la inter­pretación de las Sagradas Escrituras. En el Nuevo Testamento encontra­mos textos muy fuertes en su interpretación literal y’ directa subrayan­do el despego casi absoluto de padres, hermanos y parientes. Desde hace algunos años, sin embargo, en todos los Institutos de vida activa se ha adoptado una postura más abierta en la concesión de permisos para visi­tar a las propias familias. Las nuevas generaciones admiten otros juicios de valor, como el respeto a las leyes y costumbres sociales, la promoción humana, la afectividad, etc. Todo esto hay que tenerlo en cuenta, sin duda, desde un punto de vista positivo. Lo importante es encontrar un marco justo, evangélico y humano, para encuadrar las relaciones hu­manas de la religiosa; considerar el cambio realizado, no como una con­descendencia con la naturaleza sino como un elemento integrante y bienhechor de la propia vocación.

Para esclarecer conceptos hay que ir directamente a la esencia de la vida religiosa. Esta no es otra cosa que un signo verdadero y eficaz, para el mundo, de la vida celeste; una vida encarnada en mujeres que viven en la tierra la vida anticipada del cielo; la misma vida futura hecha ya presente por ellas aquí, abajo; una vida cristiana vivida en plenitud con todas sus consecuencias pasadas, presentes y futuras; una vida to­talmente nueva, renovada, original, eterna, pero temporalizada. La reli­giosa ha de vivir haciendo presente un mundo trascendente. Ha nacido en una familia, vive en un ambiente social constituido por personas y lugares concretos, participa de los sucesos y preocupaciones humanas; pero ha de estar por encima de todas esas contingencias temporales a la hora de vivir las exigencias del mundo futuro que ella misma está ha­ciendo presente.

Ahora bien, sabemos que esa vida futura es la unión con Dios en amor y caridad. O sea, una relación con Dios en la que sólo cuenta la caridad. Todas las posibles relaciones de que disfrute en la vida futura tendrán lugar en la caridad, dentro de la caridad. Sus relaciones huma­nas serán radicalmente caritativas. Sus relaciones familiares serán au­ténticas relaciones humanas, pero no contará para nada tal y como están aquí estructuradas. Aparecerán en una nueva perspectiva. Una hija amará a sus padres y hermanos, no en fuerza de la carne y de la sangre, no por el impulso de la afectividad y del sentimiento, como en nuestro mundo, sino en virtud del Espíritu y de la caridad de Dios. Basta leer el Evangelio para encontrar evidenciada la verdad de este pensamiento.

Este nuevo tipo de relaciones basado en la caridad es el que la Her­mana ha de trasplantar a este mundo. Los cristianos son hermanos, «no por la carne ni por la sangre, ni por la voluntad del varón», sino porque tienen una misma fe, un mismo bautismo, un solo Señor y un solo Dios, Padre de todos ellos. Es la nueva fraternidad universal. Ella tiene que vivir al máximo, con mayor intensidad y realismo, estas exigen­cias cristianas. No excluyen, no pueden excluir, los vínculos naturales, el amor natural y sicológico, pero les da un sentido más profundo, los enraiza en la caridad. No es de este mundo, pero está en él. Estar en el mundo implica la vivencia de los valores terrenos en la medida que no descarten, ni desplacen, ni soslayen, ni obscurezcan los valores de la nueva vida, ni obstaculicen, por tanto, el desarrollo normal de su voca­ción.

Cristo, como Hombre, amaba a su Madre con el amor humano, na­tural, sicológico que su Humanidad demandaba, pero vivía, como nadie ha vivido, las exigencias de la caridad. Su amor al Padre penetraba y regulaba todas sus relaciones humanas. Permanece al lado de María porque la ama con toda la intensidad de que es capaz su Corazón, pero sabe prescindir de Ella cuando tiene que ocuparse en las cosas de su Padre. Este divino equilibrio entre las reclamaciones del amor filial y los imperativos de su consagración al Evangelio es un objetivo fasci­nante para toda mujer comprometida. No es una cuestión baladí. Ella ha de fertilizar con hechos la doctrina que ha profesado, si no quiere envilecerse.

La piedad filial que obliga a la religiosa con mayor apremio y delicadeza no sólo se ha de, manifestar con las oraciones, los recuerdos y la correspondencia epistolar exclusivamente; exige también contactos familiares más abiertos y profundos. Su presencia en la familia está indicada en los acontecimientos de mayor significado y relieve, en las reuniones de todos los hermanos largo tiempo dispersos, en los momentos de orientación familiar cuando de ella depende la solución de un pro­blema importante. Ciertos contactos familiares se imponen de todos modos. Cada comunidad estipula colegialmente la frecuencia y duración de los mismos. Hay que tener en cuenta que la familia también nece­sita el cariño de la religiosa sensiblemente expresado. Ella no puede exigir a los suyos el mismo grado de desprendimiento que se ha impues­to a sí misma.

Su personalidad se desarrolló en la casa paterna. Retornar a ella es hallar de nuevo la fuente de sus energías, la raíz de sus esperanzas, la génesis de sus ideales, la semilla de su vocación. La infancia y la adoles­cencia le salen al encuentro con sus ilusiones, con su pureza, con su generosidad, con su alegría desbordante. Todo esto la refresca, la toni­fica, la sosiega, le devuelve la calma y el equilibrio. La casa natal, el cariño de los suyos le inyectan vitalidad eliminando las probables toxinas de su espíritu, la sacan del atasco de sus problemas, le hacen ver el ob­jeto de sus crisis en sus verdaderas dimensiones.

Pero una mujer normal, llegada a la madurez, se emancipa de la familia para realizar su destino, sea el que sea, con independencia. Las visitas más o menos espaciadas renuevan, estimulan, vigorizan. Pero lo que se ha dado en llamar el apego a la familia denota una personalidad deficiente, inacabada, aniñada. Cuando la religiosa está formada y ma­dura se exige a sí misma la renuncia, la separación definitiva lo que, en fin de cuentas, han hecho sus hermanos al integrarse en otras familias, sociedades y culturas.

Los días de expansión en la familia no se pueden contabilizar como días de descanso, como una temporada de vacaciones. Las verdaderas vacaciones requieren otro escenario más adecuado. Casi todas las en­cuestadas están de acuerdo. Y las que no lo están sólo hablan inspiradas por la voz del sentimiento, no por la de la razón ni de la convivencia. En todo caso, mientras esté en su casa natal debe alimentar una verdadera preocupación apostólica. Ha de ser un signo cercano de la vida superior que profesa. Componer las diferencias; dar orientaciones cristianas a los problemas; influir dulce y saludablemente en todos, dada la confian­za que en ella depositan; ser un contante reclamo que despierte posibles vocaciones: he ahí un bello programa de acción. Lo que está contraindi­cado es dar cumplimiento a unos gustos chocantes y a unos caprichos improcedentes que no puede satisfacer en su vida religiosa, ni abaste­cerse de cosas y de medios que no puede conseguir por otros caminos. Para los familiares genuinamente cristianos no hay mayor alegría que el constatar que su hija o hermana es fiel a su vocación con todas sus con­secuencias.

En caso de conflicto entre la familia y la vocación, hay que salvar la vocación. Los casos graves que la Iglesia ha señalado hasta ahora como excepciones han perdido hoy casi toda su importancia. Por lo tanto ape­nas en las circunstancias actuales hay problemas de este tipo que no tengan una solución satisfactoria. La llamada de Dios está sobre la llamada de la sangre. Nunca hay razón válida contra la vocación verda­dera. Lo más que puede haber es el grito de un sentimiento. Pero quien se hizo sorda a la voz del sentimiento familiar la vez primera no puede convencer a nadie de que le es imposible repetir la hazaña en adelante. Su misión apostólica, aunque heroica, debe prevalecer sobre los afectos familiares. El peligro que la acecha no es irreal. Es el pensamiento obse­sivo de la familia lo que impide en muchas ocasiones su entrega total y su mayor proyección vocacional. Nada justifica su exagerada preocu­pación por el estado temporal de sus padres y hermanos. Este interés excesivo la desvía de la meta, le seca el jugo del espíritu, la desconecta de la oración y del apostolado. Dios va siendo poco a poco desplazado. Y un día cualquiera se siente incapaz de mantener encendido el fuego sagrado, prescinde de razones y consejos y coloca a su imaginación al vo­lante de sus decisiones. Hasta que, por fin, desarbolada, minada su re­sistencia, se encuentra sin fuerzas para continuar…

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