En respuesta a tu llamada: Comunidad eucarística

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD EUCARISTICA

La Eucaristía es un foco que da luz y sentido a toda la vida cristia­na. Si reflexionamos un poco nos daremos cuenta de que nos hallamos frente a un tema que lo comprende todo, que lo abraza todo, que cons­tituye una realidad universal, cósmica, en la que quedan desbordados los límites del espacio y del tiempo; un núcleo al que se dirigen, como a su centro, todas las cosas del cielo y de la tierra; una realidad que pola­riza, unifica y ordena la infinita muchedumbre de la creación. La cele­bración eucarística es la vida de la Iglesia, la raíz de donde extrae su jugo, su savia y su alimento; el quicio sobre el que gira su actividad; la base de su misión; la cúspide de su apostolado; la razón de su triunfo; el secreto de su perpetua juventud.

HISTORIA VIVA

La liturgia eucarística es una historia viva, presente, actualizada. La historia de la salvación se resume y se renueva perennemente en ella. Hace presente, exhibe ante nuestros ojos el misterio de ayer, de hoy y de mañana.

El misterio de la Creación que abarca un período que nadie puede medir, pero que la Sagrada Escritura relata en breves líneas. La historia de aquel pecado por el que Dios se arrepiente de haber creado a la humanidad. La vocación de Abrahán, nuestro padre en la fe. La elec­ción de aquel pueblo, el más insignificante de la tierra, con el que hace pactos y alianzas, al que da una ley, un culto y un sacerdocio. La crónica absurda y desconcertante de Israel en cuyas páginas se suceden aven­turas y desventuras, se mezclan promesas y amenazas, se barajan el amor y la muerte, la verganza y la recompensa, la paz y la guerra, las victo­rias y las deportaciones.

El misterio de la Redención. Ha llegado la plenitud de los tiempos. El prometido, el deseado, el esperado de todos los siglos, el hijo de Abrahán y de David, el que nació ayer sobre un pesebre, nace ahora sobre el ara. Todos los días es Navidad en nuestros templos. Los Evange­lios cobran vida y actualidad. El Verbo por quien todo se hizo toma nues­tra carne como en Belén. Es hermano nuestro y miembro de toda la hu­manidad. Es igual a Dios y semejante a nosotros en todo, menos en el pecado. Habla, sonríe, llora, sufre, tiene hambre, pide de beber, siente sueño, se fatiga, ama, es odiado, agoniza, muere, resucita…

El misterio de la Iglesia terrestre. El grano de trigo ha caído en la oscuridad del surco para resucitar multiplicado. El amigo se ha in­geniado para irse y quedarse a la vez. El hermano sube .al Padre, pero está con nosotros hasta el fin, El y nosotros somos uno: un cuerpo, una entidad, una realidad. Un día glorioso e inolvidable el Espíritu Santo hizo el milagro de esta unidad sin destruir la diversidad. Pero el sol de Pentecostés no se ha puesto. El protagonista de aquella fiesta se hace presente de modo invisible, sacramentado bajo unos signos usua­les. El es el alma de la Iglesia. El es el que aglutina a sus miembros, ins­pira a sus pastores, escribe su historia, perdona sus pecados, dirige sus aciertos, repara sus fracasos, restaura sus heridas y agrupa sin cesar nue­vos hijos adoptivos a la familia del Padre.

El misterio de la Iglesia celeste. Toda ella está presente en la misa. Aunque se trate de una misa celebrada sin asistencia visible, está ase­gurada la de millones de seres invisibles que aman, oran, vitorean y cantan. El arte cristiano medieval y renacentista expresó esta fe cua­jando de imágenes los retablos y los muros de los templos. Las brillan­tes escenas de la ciudad de Dios que describe San Juan se repiten en cada Eucaristía. En ella está presente Cristo. Y El es de ayer, de hoy y de mañana; el principio y el fin; la alfa y la omega; la cabeza y el cora­zón de la Iglesia; la razón y el resumen del universo. El está allí con su cuerpo histórico y místico, con su Divinidad y su Humanidad. Su vida, muerte y resurrección se renuevan misteriosamente. Es el cordero inmolado y victorioso. Es el Rey de reyes y Señor de los que señorean el mundo. El único competente para gobernar el destino de los pueblos, el único capaz de abrir el libro abrochado con siete sellos.

UN SACRAMENTO

Es un signo visible de Cristo invisible. Expresión abreviada de la Iglesia universal. Manifestación del poder santificador de Espíritu. Fuente de la vida y de la gracia. Instrumento eminente de salvación. Punto de referencia de los demás sacramentos.

De aquí nacen, aquí apuntan, aquí coinciden todos los ritos de la liturgia eclesial. Antes de la actual reforma sólo se insertaba en la misa el sacramento del Orden. Hoy se hace de ella el marco normal de casi todos los sacramentos. El Bautismo, que es la iniciación de la vida cris­tiana, se administra en este clima eucarístico. Las exequias, que son el adiós de la Iglesia a la vida terrena de sus hijos, se tiñen aquí del color de la esperanza. Y entre estas dos luces de oriente y de poniente de la vida humana todos los actos religiosos principales del cristiano se co­lorean al sol blanco de la Eucaristía.

Aquí reciben las armas del combate los soldados de Cristo. Aquí los novios dan a su amor frágil y veleidoso la perennidad del bronce. Aquí una minoría selecta y generosa responde a la llamada del amor virginal. Aquí gran número de fieles obtienen la cancelación de sus cul­pas. En la actualidad es frecuente la celebración de la misa en la ha­bitación del enfermo. De este modo la Santa Unción queda también encuadrada en la liturgia sacrificial. Toda la vida cristiana se encierra en este paréntesis, gira en esta órbita, converge en este punto. Es la gracia de las gracias, el rito de los ritos, el sacramento de los sacra­mentos.

UNA PEREGRINACION

La ceremonia da comienzo con una procesión de entrada. Antigua­mente no se omitía jamás. Todo el pueblo formaba parte de ella. En­traba en el templo delante de los sacerdotes lenta y solemnemente al compás de la música coral propia de la fiesta. Las modernas reformas han exhumado la práctica y el sentido de esta procesión. Había caído ya en el olvido desde que la sacristía se empezó a construir junto al pres­biterio en las iglesias ojivales del siglo XIII. La procesión de entrada es una manifestación espectacular de nuestra condición de peregrinos. Expresa palmariamente unas cuantas verdades fundamentales: que Dios es el fin de la vida humana y de toda la creación; que la gloria de Dios es nuestro objetivo único y universal; que todas las realidades creadas están encaminadas, ordenadas y dirigidas a El.

Esta procesión que avanza hacia el altar, es decir, hacia Cristo nos dice de un modo sensible que somos una Iglesia itinerante, nos explica cuál es la meta de nuestra peregrinación. Cristo es nuestro cen­tro de gravedad. Es la tierra prometida que mana leche y miel a la que nos dirigimos como pueblo. La vida no tienen sentido si la despojamos de su condición relativa y caminante. Ninguna actividad humana tiene razón de ser si carece de una orientación divina.

Este rito procesional expresa gráficamente la frase de San Pablo: no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la ciudad fu­tura. Cristo hace también alusiones en este sentido: voy a prepararos un lugar… quiero que estéis donde yo me encuentre. Todo cristiano es un nómada, un trashumante, un peregrino de su patria, un extran­jero en este mundo. El apelativo que daban los apóstoles a las primeras comunidades cristianas es muy significativo. A las iglesias locales les aplicaban el término de campamentos. “A la iglesia acampada (pa­rekousa) en Roma… en Efeso… en Esmirna…” La palabra Parroquia tiene etimológicamente este significado. Somos una serie de grupos acampados en marcha hacia otra región. Somos comunidades de exilia­dos que van camino de la madre patria. Somos agrupaciones de rome­ros que cantan para hacer más leve la fatiga de la jornada.

La procesión avanza apoyándose en el bordón de la música co­ral. La misa siempre fue cantada. Es un acto de amor. El amor y el canto son inseparables. Dice San Agustín que cantar es propio de los enamorados. El canto litúrgico es una manifestación de amor, de alegría y de fraternidad. No solamente “mi alma glorifica al Señor y mi espí­ritu se llena de gozo en Dios, mi Salvador” sino que también la fusión de las voces en un sólo coro expresa la fusión de los corazones en un solo corazón. No existe mi misa, sino nuestra misa, la de la familia de Dios, la de toda la Iglesia peregrina que tiene sed de Dios, que le anhela y le busca como el ciervo sediento las corrientes de las aguas. El canto da tono a la reunión, crea un clima apropiado para la asamblea y la arropa en una nube impalpable de sentimientos fraternos. El que, pudiendo, no canta con todos, se disgrega del grupo para vivir en solitario. La soledad voluntaria es incompatible con la oración litúrgica.

UN ACTO DE PENITENCIA

Un acto de misericordia y de perdón. Supera en valor a todas las demás celebraciones penitenciales puestas en funcionamiento por la piedad de algún grupo cristiano. Teólogos hay que no exceptúan si­quiera el acto estrictamente sacramental. Concluida la procesión de en­trada tiene lugar un rito de purificación. La asamblea desea poder ofre­cer seguidamente el sacrificio de oración y de alabanza con las manos limpias, los labios puros, el alma tersa y el corazón recién lavado. A este fin se revisan en secreto y con brevedad las actitudes personales respecto de Dios y de los hermanos. A continuación tiene lugar la acu­sación pública de los pecados. La acusación puede ser colectiva o in­dividual, detallada o genérica. Por último el ministro que preside la reunión imparte el perdón de Dios a los fieles por medio de una absolu­ción general, no estrictamente sacramental, pues para serlo tendría que administrarse a cada uno en particular.

Somos una familia de pecadores en viaje de vuelta hacia el Padre. Somos una reata de esclavos que suspiran por la liberación. Somos un hato de hijos pródigos en marcha hacia la casa paterna. Es preciso que cobremos conciencia de esta trágica realidad. El pecado nos penetra hastá la raíz, nos empapa como el agua, nos envuelve como la piel, nos corroe como un ácido. Reconocer esta congénita proclividad a la culpa es el primer peldaño de la ascesis penitencial. El segundo es la acusación de los pecados actuales. Entre los muchos que hierven en los entresijos del espíritu, como en una gusanera, hay muchos que afloran a la concien­cia. La acusación ataca a los más dañinos, a la comunidad. Decía en el siglo primero la famosa Didaké: El domingo, cuando celebréis vuestra asamblea, confesad ‘ mutuamente vuestros pecados para que vuestro sacrificio sea puro. También San Pablo había dicho tiempo atrás: Examínese, pues, el hombre y así pueda comer del pan y beber del cáliz.

Tenemos necesidad de la piedad de Dios. Pecar es abandonarle, sacudir su obediencia, encararse con su autoridad, renunciar a su pater­nidad. No será un alejamiento total cuando el pecado es leve, pero será situarse en una zona fría. Y la frialdad está en los prolegómenos de la ruptura. Nuestra indiferencia contrasta con el amor gratuito de Dios que nos colma de favores y nos abruma de atenciones.

Tenemos necesidad del perdón de la comunidad. Todo pecado, aún el más secreto e imperceptible, incide sobre toda la humanidad peli­grosamente, contamina el aire que respiramos, se extiende como una nube de polvo radiactivo portadora de gérmenos de muerte. El pecado no es asunto privado. Tiene consecuencias sociales. Daña particular­mente a los grupos más cercanos. Sobre todo a aquél del que se forma parte, como el municipio, la familia y la comunidad. No podemos sen­tarnos a la mesa eucarística con los hermanos sin reconciliarnos con ellos, sin pedir y obtener su indulgencia. A lo largo de la misa este per­dón reviste muchas formas, pero en este rito penitencial del principio nos perdonamos mutuamente en las mismas condiciones en que lo hace Dios.

Nuestro pecado también pesa sobre las cosas. Las oprime, las esclaviza, abusa de ellas. La tierra y el mar, los animales y las plantas, la creación entera gime y se resiste porque está a la fuerza sometida al pecado. No por voluntad de Quien la ha creado, sino por la actitud injus­ta y abusiva del hombre. El mundo espera la liberación con la ansiedad con que una mujer espera el término feliz de su alumbramiento. La redención del cosmos se inicia, se significa y se anticipa en la misa. Unas criaturas sencillas, corrientes y representativas, de las que el hombre usa y abusa, quedan sublimadas hasta el punto de convertirse en instrumentos de gracia, en canales de salvación. Son el pan, el vino, el agua, la cera, la luz, la flor… Gestos, como la palabra y el canto, la sonrisa y el sollozo, el abrazo y el beso recuperan su primitiva finalidad que consiste en anunciar la gloria de Dios, en noticiarle a los hombres, en expresar genuinamente el amor humano.

UNA CELEBRACION DE LA ORACION

El sacerdote celebrante invita varias veces durante la misa a la ora­ción diciendo: oremos. Con este ruego brinda a los fieles unos instan­tes de silencio, de oración personal, de contacto dialogal con Dios. A continuación recita unas oraciones llamadas colectas. Se llaman así porque son colectivas, comunes a toda la asamblea; porque recoge (colligit, collectam faci) las oraciones que cada cual ha hecho privada­mente en un haz apretado; porque en esto, como en todo, la unión hace la fuerza. Por ello el sacerdote presenta al Padre todos los deseos, aspi­raciones, súplicas y necesidades de la asamblea.

Existen otros momentos de oración comunitaria y privada en la liturgia eucarística: salmo responsorial, canto interleccional, preces universales, padrenuestro, acción de gracias después de la comunión… En ellas la muchedumbre de hijos necesitados se junta para clamar con­fiadamente al Padre común. Y… familia que se ha reunido en la oración no puede estar desunida en la vida.

Pero en realidad la misa es toda ella una oración desde el, primer saludo hasta el último adiós. Es la oración comunitaria por excelencia. Es la oración por la que se nutren, existen y se valoran todas las demás. Es la oración humana que se hace divina y la oración divina que se hace humana. Es exactamente la oración de Cristo en la que se ensartan y se funden las nuestras. O lo que es lo mismo, son las nuestras que Cristo toma, las hace propias y las presenta a su Padre y a nuestro Padre, a su Dios y a nuestro Dios. En la misa Cristo está presente orando por noso­tros, con nosotros, en medio de nosotros. “Siempre vive para interce­der por nosotros con gemidos inefables.” Por eso, toda oración, sea individual o colectiva, que no tenga en la misa su punto de arranque, su explicación y su fuerza; que no termine o desemboque en ella; que no encuentre en ella el puerto o muelle de carga y descarga, esa oración es falsa, ilusoria y peligrosa. Necesaria y urgentemente subsanable.

UNA CELEBRACION DE LA PALABRA

Hablamos con Dios cuando rezamos. Nos habla El cuando es­cuchamos su Palabra. La palabra de Dios debe alimentar y robustecer nuestra oración. Esta debe anclarse en aquélla para que no se haga egoísta y sentimental. La oración cristiana necesita de una impregna­ción bíblica para que sea sana, sólida y fuerte. Han de vibrar en ella, claro está, las notas del sentimiento humano, pero no se reducirá a un puro desahogo emotivo como los que se encuentran en los viejos devo­cionarios populares. Los salmos hablan, a la vez, a la inteligencia, a la voluntad, al corazón y a la sensibilidad. Contienen todos los sentimientos de un alma religiosa, expresados de la mejor forma porque es la que Dios ha sugerido. La Sagrada Escritura dicta nuestras oraciones, pone en nuestros labios las ideas más bellas y las palabras más adecuadas. Cuando nos dirigimos a Dios con fórmulas iguales o parecidas a las que El ha inspirado podemos estar seguros que le estamos diciendo algo que le agrada.

El primer don que Dios concedió al hombre fue su Palabra. En el Antiguo Testamento “habló muchas veces y en diversas formas” para preparar al mundo a dar una acogida favorable al Salvador. En el Nuévo, “en estos días que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo” para comunicarnos la salvación. Saltaría la barrera de lo tole­rable quien minimizara jocosamente la importancia de la Palabra en la actual economía divina. La Iglesia por medio de sus concilios nos ha alertado siempre sobre la necesidad de conocerla y profundizarla. Dios la pronunció y la reveló por medio de hombres escogidos por El, la fijó por escrito para que no se deformara o se perdiera y así quiso que llegara a todos los hombres de todos los tiempos.

Es Dios el que habla, el que escribe, el que dicta. Los ejecutores materiales son algo así como secretarios y amanuenses suyos. Pero los autores sagrados no son, por lo mismo, instrumentos_ mecánicos, ciegos, automáticos, como una máquina de escribir que no sabe lo que imprime en el papel. Son escritores libres e inteligentes que aportan todo su cau­dal humano, aunque escriban todo y sólo lo que Dios quiere, aunque re­dacten cuándo y cómo Dios desee que lo hagan. Por eso se llama a esta obra humana y divina la Sagrada Escritura, la divina escritura, los li­bros santos, la Biblia, el libro por excelencia.

Afirma San Pablo que Dios habló muchas veces. Esta es la razón de que la Biblia no sea solamente un libro, sino una colección de 74 libros inspirados a lo largo de muchos siglos de la historia humana.

Asegura también el Apóstol que Dios habló en diversas formas. Esto quiere decir que se ha adaptado a todos los modos, géneros y esti­los que tienen los hombres de escribir. Ha sido liberal y condescen­diente. Se ha ajustado a nuestra manera de ser. Si no hubiera acomodado su palabra a nuestras formas de expresión no le hubiéramos entendido. El nos supera, nos trasciende, pero ha tenido la delicadeza de contempo­rizar con nosotros hasta colocarse a nuestro nivel. Los géneros litera­rios que los hombres manejamos cuando escribimos son muy variados y heterogéneos: la carta, el cuento, la leyenda, la historia, la novela, la poesía lírica, la épica, la dramática, el ensayo filosófico, el discurso oratorio, la exhortación moral, la crítica social, la instrucción catequé­tica, la biografía, la autobiografía, la narración novelada, la predicción del futuro, los relatos de sueños, de aventuras, de visiones reales o ima­ginarias… Dios ha vestido su palabra con toda esta varia y cambiante policromía de estilos de la literatura universal para que nosotros pudié­ramos captar con facilidad su divino mensaje.

La palabra de Dios es el primer instrumento de salvación, la pri­mera mano que El nos hecha para redimirnos del pecado y de la muerte. Nos es indispensable beberla pura. Para que llegara a nosotros intacta, sin manipulaciones ni adulteraciones, la confió a este instrumento de sal­vación que es su Iglesia. Ella la conserva íntegra, la difunde, la inter­preta, le da el sentido genuino. Desgraciadamente hay gentes que abusan de la Palabra, la manejan con la aviesa intención de ponerla al ser­vicio de sus pasiones. En ella “se encuentran algunos puntos difíciles que los indoctos y poco juiciosos tergiversan para su propia perdición”. La Iglesia es, pues, su fiel depositaria, su maestra auténtica, su divul­gadora incansable y su intérprete infalible.

Desde los tiempos apostólicos la asamblea cristiana tuvo como prithera fmalidad de sus reuniones la celebración de la Palabra. Pala­bras existen muchas. Los hombres las profieren continuamente. Pero la Palabra con mayúscula, la verdadera, la que crea, convierte, santifica y salva es Cristo, el Verbo eterno del Padre, engendrado por El desde el día sin aurora de la eternidad, uno e igual a El en naturaleza.

Durante varios siglos, anteriores a nuestra época, la Palabra escri­ta se ocultaba en la liturgia eucarística bajo un ceremonial opaco. Casi se puede decir que se la escamoteaba. Parecía una liturgia abstemia, sin jugo. Las baterías de su potente vitalidad estaban descargadas. Todos los años se repetían los mismos textos. Las perícopas bíblicas estaban reducidas al mínimum. Se leían en una lengua ininteligible para la in­mensa mayoría. Los fieles, para sacar alguna utilidad al rito, se refu­giaban en el rezo del Rosario o en otras prácticas devocionales extrañas al acto. La homilía se adornaba con los floripondios y ringorrangos de la oratoria al uso. Era una fachada barroca, muy vistosa, pero vacía de Cristo.

La liturgia hoy ofrece otro talante. Los resultados de la reforma saltan a la vista. Todo el mundo es capaz de captar el mensaje de la Palabra. Es una Palabra de vida eterna porque el que la guarda no mo­rirá jamás. Es una Palabra “útil para enseñar, para arguir, para co­rregir, para formar en la justicia a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, preparado para toda obra buena”. Es una Palabra “penetran­te viva y eficaz, más aguda que una espada de dos filos, llega hasta la división del alma y del cuerpo, de las articulaciones y de las médu­las y es capaz de discernir los sentimientos y pensamientos del corazón”. Ignorar la Palabra es ignorar a Cristo. Oírla, entenderla, adherirse a ella es potenciar una fe que se nos muere de incultura y de ignorancia; es alimentar un amor que no se satisface con migajas; es dilatar una esperanza que torna en mediodía la noche del futuro.

UN ACTO DE FE

A la proclamación de la Palabra sigue la recitación comunitaria del credo. El credo es la respuesta de la Asamblea a la palabra de Dios. Dios nos habla, nos enseña, se nos revela; y nosotros respondemos: creo, Señor, todo lo que dices. En realidad sólo la fe explica y justifica nuestra presencia y nuestra participación en el rito eucarístico. Si no nace de la fe, la asistencia a los cultos religiosos no tiene sentido. Los móviles hu­manos hacen del acto, a la sumo, una reunión puramente social.

El clima de fe que envuelve y satura a los fieles se condensa en el credo. El credo es el símbolo de la fe. La palabra símbolo equivale a. síntesis. El credo es, pues, un compendio, un conjunto abreviado de ver­dades reveladas por Cristo a su Iglesia. Al creer explícitamente los pun­tos fundamentales de la doctrina católica nos adherimos también a las demás verdades que no mencionamos expresamente. Todas merecen el mismo crédito. Todas formán un cuerpo de doctrina sólido e indes­tructible.

El credo que recitamos en la misa es una amplificación que el año 325 hizo el concilio de Nicea sobre la fórmula apostólica para acen­tuar la naturaleza divina de Cristo que el arrianismo negaba. Al credo original y primitivo los escritores le llamaban insignia de la fe. Es decir, una especie de documento cristiano de identidad. Los fieles de entonces tenían que presentarlo de palabra o por escrito a las comunidades dis­tintas de la suya para acreditar su filiación cristiana, y poder ser ad­mitidos en la asamblea eucarística local.

Pero la fe no es un acto circunstancial solamente. Extiende su im­perio y ejerce su influencia en la totalidad de la vida cristiana. Convierte nuestra existencia en una misa sin solución de continuidad. Obliga a realizar fuera del templo lo que se celebra dentro. Logra que el creyente sea una pura Eucaristía en su casa, en la calle, en el trabajo, en el ocio, en la vida privada y en las relaciones sociales. La fe, más que una creencia, es una vivencia; más que un acto pasajero, es una actitud permanente; más que decir Amén = así sea, es decir Fiat = hágase; más que estar unos momentos con Cristo, es serlo en todo momento.

UNA OBLACION

Llegamos a la presentación de las ofrendas. Esta parte de la misa recibe el hombre de ofertorio. Se deriva del ofrecimiento que hacen los fieles de sus dones a los ministros que presiden la asamblea. Durante los diez primeros siglos se presentaban grandes cantidades de pan, vino, cera, miel, fruta, sal, aceite, cereales y otros alimentos. Se ofrecía todo lo que se consideraba necesario o útil para el sacrificio y para los pobres de la comunidad. Las grandes ánforas ministeriales rebosaban de aceite y de vino. Numerosas canastillas se ordenaban alrededor del altar col­madas de viandas. Todavía hoy se conserva una oración secreta que comienza así. Señor, los dones de tus fieles se amontonan en torno a tu altar…

Esta ceremonia resultaba larga y complicada a medida que crecía el número de asistentes a la asamblea. A partir del siglo XI empieza a simplificarse. Y terminó haciéndose tan sólo una colecta de dinero con­tante y sonante. No lo llevaban los fieles al altar, como se hacía antaño con las ofrendas en especie; lo recogían los ministros menores pasando las alcancías entre las filas de los asistentes. Poco a poco se perdió el significado y el destino primitivo de las ofrendas. Hoy en algunas mi­sas, dos o más miembros de la asamblea presentan a su presidente la materia del sacrificio, como una reminiscencia de la antigua disciplina, pero el ofertorio apenas dice nada a los cristianos participantes.

De aquellos rimeros de cestas y vasijas que se apilaban junto al altar los ayudantes entresacaban el pan y el vino suficiente para la consagración y comunión y lo colocaban sobre el ara. El resto se destinaba a la caridad, al alivio de los fieles necesitados. El acto de separar, lo necesario para el sacramento se expresaba en latín con el verbo “secérnere”. La materia seleccionada se llamaba “secreta” que es el partici­pio pasivo del mismo verbo y se refiere directamente a cosas apartadas, escogidas, separadas. Como la palabra es equívoca dio lu­gar a ridículas inconsecuencias, como la de rezar en secreto la oración sobre las ofrendas. Hoy ha vuelto a rezarse en voz alta, como es lógico. En estas oraciones del ofertorio el sacerdote no ofrece nada al Señor. No existe aún la Víctima y, por consiguiente, no hay nada que ofrecer. Sólo expresa la gratitud y reconocimiento de la asamblea al Creador por aquellos dones materiales representativos, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre que recibimos de su generosidad…”

Pero hay algo de capital importancia que se manifiesta o subyace en las oraciones de esta parte de la misa. El sacerdote pide al Señor que acepte la ofrenda espiritual de cada uno de sus hijos presentes que están simbolizadas en los dones materiales ofrecidos. Y es que la obla­ción de las cosas fungibles entraña la entrega personal. Sin esta donación, la de los bienes perecederos constituye un rito hipócrita y falaz. Pero además hay otro riesgo de caer en la doblez y en la farsa. Como en la liturgia actual ha desaparecido la presentación personal de las ofrendas materiales y tangibles, si falla también el obsequio del corazón, el ofer­torio viene a resultar un conjunto de gestos inútiles y de fórmulas vacías.

He de repetir que en el ofertorio no sé ofrece nada todavía a Dios. Es simplemente una presentación y una preparación de la materia que se va a ofrecer, o sea, a consagrar. Etimológicamente la palabra ofrenda significa “aquéllo que se va a ofrecer”. Y aquello que se va a ofrecer es Cristo inmolado sobre el ara bajo los signos de pan y vino. Pero Cristo no se va a ofrecer al Padre tan solo a Sí mismo, como en la cruz, sino con el Padre. Por lo tanto, los asistentes al sacrificio se unen a Cristo en la misa se ofrece, se sacrifica y muere junto con la muchedumbre de sus hermanos. Para eso les hace participar de su sacerdocio, para eso los convierte en “una raza de salvación, en una nación santa, en un pueblo sacerdotal” a fin de que sean capaces de ofrecer al Padre la Víc­tima. Para eso también, como les incorpora a su sacerdocio, los incor­pora a su condición de víctima. Se identifica con ellos en sus relaciones con el Padre. Por lo tanto los asistentes al sacrificio se unen a Cristo sacerdote y víctima. Ofrecen y son ofrecidos. Consagran y son consagra­dos. Sacrifican y son sacrificados. Inmolan y son inmolados. La misa es Cristo más nosotros. La misa crea la comunidad y, a su vez, la comu­nidad celebra la misa. Hay una compenetración vital, una simbiosis perfecta, entre Cristo y los fieles durante la Eucaristía y a partir de ella.

Este es el verdadero, el único sentido del ofertorio: presentar la persona al presentar la ofrenda material, prepararse para ser ofrecido, colocarse sobre la patena, escanciarse en el cáliz para ser consagrados después con el pan y el vino. Los dones representan a la persona que los da. Las palabras subsiguientes de la consagración deberán transfor­mar —hasta ahora se ha dicho transustanciar— no sólo la oblata sino también la persona que la oblata simboliza, encarna y representa. Iden­tificarnos con las ofrendas presentadas es disponernos a ser aquello mismo en que se van a convertir.

Las mujeres consagradas tienen en el ofertorio un lugar reserva­do. Nadie encaja en él con mayor adecuación. La emisión de los prime­ros votos y su anual renovación se producen en estos mismos instantes. Ellas desean ofrecerse, consagrarse totalmente a Cristo en la persona de los pobres. Pero son incapaces de hacerlo por sí mismas. Dios es el único que puede realizar esta maravilla. Ellas sólo pueden presentar la ofrenda de sus personas para que El las marque a fuego con el hierro candente de la consagración. Los votos son la clara expresión de unos deseos profundos; presentan la hostia viva de sus cuerpos en la trémula patena de las palabras rituales.

Pero el ofertorio es un rito, precisamente un rito que se repite cada día ante sus ojos para que renueven su entrega con mayor ilusión e in­tensidad que la primera vez. El acto litúrgico sería estéril si no reiteran en él la primera oblación personal. Puede hacerse recitando oral o men­talmente la fórmula de la profesión. Al menos deben suscitar la disposi­ción y el estado íntimo de aquel día feliz. Así acabarán por hacer de su vida un ofertorio, por adoptar habitualmente una actitud oblativa que penetre y abarque toda la jornada, por ser una ofrenda constante de todo lo que son, tienen y hacen.

Los efectos no se harán esperar. La mujer consagrada, por medio de este sistema, mantiene el entendimiento abierto a Cristo para que le siembre de sus mismos pensamientos en régimen de monocultivo; mantiene la voluntad como un metal dúctil y maleable, fácil al manejo del querer divino; mantiene el corazón en alto, inaccesible a unos y al alcance de todos, lleno hasta los bordes del amor universal. Una mujer así es una inmarcesible ofrenda floral que la Iglesia presenta al Señor lo mismo bajo un cielo delirante de sol que sobre una tierra arrecida de frío.

UNA ACCION DE GRACIAS

La misa es un himno armonioso y universal de gratitud. Las notas más vibrantes resuenan en el Prefacio. El Prefacio es un canto jubiloso y humilde de reconocimiento. Los sentimientos de gratitud que se des­bordan de esta melodía exultante se extienden a todo el acto litúrgico. Por esta razón la misa se llama desde el principio Eucaristía o acción de gracias. En ella y por ella toda la humanidad se une a Cristo para agradecer y glorificar al Padre por lo que ha sido y es, por lo que ha ha­blado y habla, por lo que ha hecho y hace gratuitamente en favor suyo.

Jesús mandó a la Iglesia hacer en la misa lo que El había hecho en la Cena. Antes de consagrar el pan y el vino había dado gracias al Padre. La primera misa celebrada por El marcó la pauta y dio el tono a todas las demás:

Demos gracias al Señor, nuestro Dios. Es una invitación apremian­te y ecuménica del presidente de la asamblea. La muchedumbre incal­culable del cosmos acude a esta llamada gigante para agradecer al Crea­dor el acto de sacarle del pozo sin fondo de la nada. Todas las criaturas vuelan a este reclamo general, como una infinita bandada de gorriones invisibles, a cantarle a Dios por los dondes del ser, del movimiento y de la vida. Toda la raza humana hace acto de presencia para rendirle home­naje y pleitesía por haber encendido en su cuerpo la antorcha del espí­ritu. Toda la Iglesia está allí con Cristo a la cabeza para arrojarle rosas de alabanzas y bendiciones por el supremo e inexplicable amor que entra­ña la redención.

Es justo y necesario, exclaman los asistentes. Es un acto de justicia. No disponemos de otros medios adecuados y compensadores. No conta­mos con más monedas que ésta para pagar unas deudas que, por lo que se ve, resultan más que astronómicas. Nos es necesario mostrarnos obli­gados. La gratitud abre aún más las manos y el corazón del Padre celes­tial. La ingratitud las cierra automáticamente. Una persona indiferente a los favores recibidos es capaz de cualquier villanía. El ingrato es un ser duro, descastado. El bienhechor se siente herido en su fibra más sen­sible cuando sus finezas y mercedes no hallan ni un eco de reciprocidad. Jesús experimentó esta prueba. Las últimas horas de su vida se vieron emponzoñadas por la traición de Judas, por el abandono de sus amigos, por el olvido de las gentes favorecidas.

Es nuestro deber. Ante todo por el hecho del ser, de la existencia. Es el pedestal sobre el que se alzan los otros dones. El nos sacó de entre millones de criaturas posibles. Pero la creación no ha terminado. Nos va dando la vida gota a gota. El cuerpo que es un milagro suyo perma­nente. El espíritu que nos hace semejantes a El. La fe sin la cual camina­mos a ciegas, con los faros apagados en la noche negra. La gracia que nos hace descubrir la raíz divina de nuestro segundo árbol genealógico. Los sacramentos que dan belleza y madurez a la crisálida espiritual humana. La vocación que es una roca donde sólo anidan los cóndores y las águi­las. Los pequeños e incontables dones de cada día que caen del cielo, como una llovizna de oro: el vaso de agua que apaga la sed… la sonrisa que diluye una pena… el retazo de cielo azul de los días grises… la copla festiva de las horas tristes… el éxito que ya se había descartado… el accidente que pudo ser mortal… la visita inesperada… la noticia ama­ble… la canción favorita… la flor preferida…

Es nuestra salvación. La gratitud es la flecha indicadora de u] corazón sencillo, humilde, abierto a Dios y a los hombres. La ingratitud vive en la cochambre del egoísmo y del orgullo. Jesús no da su salvación a esos seres herméticos, acorazados, impermeables a su Espíritu que es Espíritu de gracia y de verdad. Somos un vacío absoluto que sólo Dios puede llenar. Nuestras adquisiciones sucesivas se deben totalmente a nuestro esfuerzo y exclusivamente a la bondad divina. Debemos agra­decer a ultranza lo que ganamos a pulso.

Siempre. El término conservación aplicado al cosmos no expresa exactamente toda la realidad. El mundo evoluciona, se transforma, pro­gresa sin cesar. El Espíritu continúa flotando sobre las aguas. La crea­ción es un proceso sin pausas ni intermitencias. La munificencia di­vina cae y se derrama sobre la tierra como un diluvio perpetuo y fecun­dante. El hombre no escapa a esta ley universal. Mucho menos el cris­tiano. La palabra gracias no debiera caérsele de los labios. No basta de­cirla; es menester saborearla. Cuando se bebe agua es lógico pensar en la fuente. Hay qué pagar a la Providencia, aunque sea solamente con la moneda del recuerdo. Los servicios que no se pagan suelen ser los más caros.

Dar gracias siempre implica rendirlas también cuando los favores parecen todo lo contrario. Son auténticos, pero están de todo en todo reñidos con nuestros deseos. Sin embargo las espinas del camino son tam­bién provindenciales. Detrás de las penas está oculto el rostro de Dios. Sabe prodigar el beso y la caricia. Pero también blande el rayo de la es­pada y traza el aspa de la cruz. El sufrimiento, lo mismo que la alegría, es un sacramento de su amor, aunque menos perceptible. La prueba es un examen, no un suspenso. Es el único modo de obtener calificaciones y grados de madurez. El caso es que el ambiente que respiramos hierve de sinsabores. No podemos cruzar el túnel del tiempo para vivir bajo el sol de la antigua Arcadia dorada y feliz. Pero podemos dar gracias lo mismo por las sonrisas que por las lágrimas. Y esto nos devuelve el gozo perdido, la alegría pura, la paz, una especie de paz agreste y bucólica, con olor a tomillo y a hierbabuena.

En todo lugar. En la tierra, el coro de los peregrinos. En el cielo, el canto de los triunfadores. Los hijos desterrados sienten la necesidad de asociarse en la alabanza a sus hermanos mayores llegados a la Pa­tria. En este momento de la misa las voces de ayer y de hoy, de ésta y de la otra orilla, se mezclan por encima del espacio y del tiempo para formar una polifonía inmensa e indescriptible que tiene por centro a Dios al que aclaman con las palabras del viejo profeta de Israel: Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo; llenos están el cielo y la tierra de su gloria… ¡Hosanna en el cielo!

UNA CONSAGRACION

La parte central de la misa se llama anáfora, término griego que significa ofrenda, porque es el auténtico ofrecimiento que hace Cristo de sí mismo al Padre. Es el ofertorio propiamente dicho. Se le designa también con el nombre de canon, palabra de origen griego también que equivale a norma o regla porque es una serie de ceremonias y oraciones fijas por medio de las cuales se desenvuelve este momento cumbre del misterio cristiano. Los orígenes de las cuatro fórmulas hoy en uso se remontan a los tiempos apostólicos en cuanto a su estructura fundamental. La acción de Cristo en la última cena es el núcleo o esquema sobre el cual se fueron elaborando los textos. Las variantes se deben a la influen­cia de las antiguas iglesias metropolitanas sobre las liturgias particula­res de su territorio. La anáfora siempre se recitó en voz alta hasta que el latín dejó de ser una lengua inteligible. Desde entonces el pueblo prac­ticaba frente al misterio impenetrable el respeto mudo, la reverencia sumisa, el homenaje silencioso.

La anáfora hace de Cristo el centro de la liturgia y de la vida cris­tiana. Hasta hace poco el pequeño crucifijo central se nos perdía de vista entre una plétora de adornos y figuras. Las imágenes de los santos por su profusión, talla y ubicación polarizaban la atención y la mirada Y debe ocurrir al revés. San Pablo insiste sobre esta primacía incuestio­nable de Cristo. Por El han sido creadas todas las cosas. Todo se apoya en El y subsiste por El. Está a la cabeza del universo. Explica, resume y recapitula en sí toda la creación. Es su eje, su centro de gra­vedad. Es el principio de la vida y la única razón de nuestra existencia. Cristo, en una palabra, lo es todo. Centralizarle en el templo, hacer que todo converja en El ha sido uno de los grandes logros de la liturgia re­novada.

La anáfora coloca al Espíritu Santo en el lugar que le corresponde, el mismo en que le puso Jesús. Todo ha sido hecho por Cristo, con El y en El. Pero Cristo obra por medio de su Espíritu. Y su Espíritu es el alma de la Iglesia. Vive en ella, la forma, la dirige, le da vida, la santi­fica, la purifica, la hace inconmovible frente a los avatares de la histo­ria humana.

Nunca se reza en singular. Es una oración que el sacerdote recita en nombre de toda la asamblea. Los asistentes estampan en ella su firma diciendo: amén. La voz del que preside es la voz de todos. Todos toman parte en el acto eucarístico. Es una acción plenamente comunitaria. Las individualidades quedan postergadas para dar paso a la colectivi­dad. Es la familia de Dios, como tal, la que ora, ofrece, consagra, inmola y actúa. Es el pueblo fiel que está investido para este fin de po­deres sacerdotales. El Bautismo se los dio de un modo difuso y general. El Orden se los confirió al sacerdote más amplia y concretamente para que fuera su representante ante Dios. En el canon tradicional no se veían con tanta claridad los aspectos comunitarios de la oración oficial.

Parte importantísima de la anáfora es la primera epíclesis. Epí­clesis quiere decir llamada, invocación, súplica a los poderes de lo alto para que actúen ya sobre las ofrendas. El sacerdote ruega al Espíritu Santo que transforme el pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo. Simultáneamente extiende sus manos abiertas sobre el ara. La invoca­ción al Espíritu Santo se acompaña siempre en la liturgia con la imposi­ción de manos. El Espíritu de Dios, obediente a la plegaria de la Igle­sia, interviene entonces invisiblemente, pero de un modo real e infali­ble. Algunas iglesias orientales, católicas y ortodoxas, dan a la epíclesis la misma fuerza misteriosa, viva y operante que la iglesia latina ha venido dando a las palabras de la consagración. Cuando Jesús dice: esto es mi cuerpo… esta es mi sangre… ¿consagra efectivamente o declara solemnemente la realización del Prodigio? Dejamos a los teólogos que sigan discutiendo mientras nosotros acompasamos nuestras creencias a la enseñanza tradicional de Occidente.

Sigue la narración del hecho central de la última cena. Las pala­bras evocan un recuerdo del pasado y verifican un hecho del presente. Conmemoración y actualidad. Historia de ayer y realidad de hoy. El pan y el vino han dejado de serlo. Son desde ahora signos visibles de la presencia real de Cristo. Son criaturas consagradas, portadoras de lo divino, envoltura de Dios. Contienen una realidad que las trasciende y las desborda. Si pudiéramos abrir una ventana a su interior moriría­mos deslumbrados, fulminados por un golpe de gloria y de luz.

Este es el instante preciso en que las personas consagradas reci­ben, renuevan y potencian su condición de tales. El pan de su cuerpo y el vino de su sangre quedan tan consagrados como el pan y el vino del altar. Cristo ha dicho también sobre cada una: esto es mi cuerpo… esta es mi sangre… esta persona soy yo… Se impone, como corolario, la escalada de una vida superior. Son cristíferas, vehículos de Cristo. El camina por sus pies, ve por sus ojos, habla por su boca. Deben ser con respecto a El como las especies eucarísticas: un disfraz o envoltura transparente bajo la cual El se esconde, piensa, ama, ora, se sacrifica y se da en alimento a los demás. Como los panes consagrados, blancos, ázimos, universa­les, capaces de saciar el hambre de Dios que el mundo tiene. Como el vino consagrado de la copa, como el santo Grial de las viejas leyendas, algo que busquen con avidez las gentes para apagar la sed que las abrasa.

“Este es el cáliz de mi sangre… Sangre de la alianza nueva y eterna…” En este momento cobra vigencia el nuevo pacto entre Dios y los hombres. La alianza pactada en el Sinaí se trastrueca, se altera y se derrumba. El viejo testamento queda cancelado. La sangre de las víctimas sacrificadas sellaron los antiguos compromisos. Hoy Dios y su pueblo quedan comprometidos y ratifican sus mutuos juramentos con la sangre del Cordero inmaculado. Aquellos ritos apuntaban a éstos. El contrato figurativo y provisional se vio desplazado por el nuevo con­venio definitivo y eterno. Pero las palabras del añejo texto adquieren un valor más hondo y más ancho. “Yo soy vuestro Dios… No tendréis otros dioses fuera de mí. Yo seré vuestro Dios único y verdadero y voso­tros seréis mi pueblo. Me honraréis. Santificaréis mis días. Observa­réis mi ley. Yo os protegeré y os defenderé de vuestros enemigos. Haré fértiles vuestras tierras, os libraré de las desgracias, os multiplicaré hasta que seáis numerosos y fuertes, y por uno de vuestros descendientes entra­rá la bendición en la humanidad…”

“Ven, Señor Jesús”. La asamblea le adora presente en el claros­curo de la fe, pero suspira por verle en el gozo del contacto vivo. En la anáfora late una angustia casi metafísica, una ansiedad larga y serena dé la venida de Cristo, de su segunda vuelta. En el canon romano apenas se nota esta densidad expectante del clima familiar. Sin embargo la antigüedad cristiana vivía este sentimiento del tiempo que pasa. Se man­tenía alerta, a la escucha del ruido de unos pasos, a la espera de Cristo que iba a volver triunfante para cerrar la última página de la historia e inaugurar un mundo nuevo. Eran las vírgenes que esperan en la alta noche la llegada del esposo soñado. Eran los siervos que aguardan vigi­lantes la aparición del dueño temido. Eran los negociantes de los talen­tos que se afanan por incrementar los intereses con la esperanza de un puesto lucrativo en el reino. La Iglesia de hoy quiere reavivar la llama de esta espera, dar a la vida cristiana una perspectiva de futuro. Los modernos mesías vaticinan paraísos bien surtidos y amueblados por la técnica. Pero, aunque destilen en el alambique de la ciencia los goces más refinados, no podrán suministrar a nadie la felicidad plena. Pese a ello, los hombres se sienten atraídos, como mariposas tontas, por la sugestión del progreso. Esta es la razón de alimentarnos con la esperanza del retorno de Cristo, de vivir a la espectativa, proyectados hacia el Reino. El ha prometido volver. Para recordárselo suena un grito uná­nime y penetrante en el puro paisaje litúrgico: Ven, Señor Jesús…

Después de la consagración hay una segunda epíclesis. La primera fue para pedir al Espíritu Santo la transformación del pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo. La segunda es para suplicarle que trans­forme en El a los presentes de tal modo que no formen más que un solo Cuerpo y un solo Espíritu. Es una instancia inaudita. Una plegaria de un alcance enorme y trascendental. En ella se ventila todo el ser o no ser de la misa. Porque la Eucaristía o es vínculo de amor y signo de unión o no es nada. En este punto coincide la súplica de la Iglesia con la de Cristo: “Que todos sean una sola cosa, como tú, Padre, en mí y yo en ti”. Si la carne y sangre de Cristo al fundirse con nuestra carne y sangre no nos funde a todos en una unidad perfecta, la misa en su plano horizontal, es un completo fracaso. Si una comunidad participa diaria­mente en la plegaria eucarística sin erradicar enfrentamientos y rivali­dades, hace de ella una farsa. Hay que desmontar la tramoya que a veces se levanta sobre la Eucaristía, tomando muy en serio la unidad frater­nal dentro de la diversidad humana.

La misa es una cita universal. Toda la creación está allí presente de algún modo. En la voluntad salvífica de Cristo; en la influencia de su sacrificio cuyas últimas olas mueren en las playas de la nada; en el recuerdo y en las oraciones de la familia local. Es una parcela del pue­blo de Dios. Los otros miembros, sus hermanos, se derraman sobre la anchura de los mundos. Para todos hay un deseo y una plegaria. Los presentes anhelan constituir con los ausentes una ofrenda permanente. Evocan después la memoria de la iglesia celeste en cuya ayuda confían. Piensan también en toda la humanidad criya gran mayoría sigue igno­rando el Evangelio. Suspiran por formar con los hermanos separados un solo rebaño bajo un sólo Pastor. Recortan el vuelo de sus pensamien­tos y se ciernen sobre la iglesia peregrina, santa y pecadora, perseguida y triunfante, puesta en libertad y reducida al silencio. Desfilan las jerar­quías, los sacerdotes, los religiosos, el pueblo fiel. Y cierran la marcha los hermanos que doblaron su cabeza sobre la fría almohada de la muerte. Toda la Iglesia está allí. Todos los redimidos unen sus voces para ento­nar la gran doxología, el breve, pero colosal himno de gloria a su Re­dentor inmortal.

UN SACRIFICIO

El sacrificio, en el sentido litúrgico, es un acto externo, público y solemne por el cual la colectividad humana confiesa que Dios es el Padre de todas las cosas; reconoce su soberano poder; afirma que El lo es todo y los demás, nada; recuerda que sólo existimos por El; expresa sus sentimientos de adoración, respeto, amor y obediencia; solicita el perdón de sus culpas; acepta el castigo de sus faltas, le ruega se muestre propicio y generoso y solicita los favores que necesita o no sabe pedir.

En rigor el sacrificio ideal sería la ofrenda de la propia vida, la inmolación del ser. Pero Dios rechaza esta posibilidad. En lugar nues­tro destruimos en su honor algo que nos pertenece. Nos sustituimos por un animal o por un objeto o cosa que necesitamos para la vida, como el pan, el vino, el aceite. Y lo hacemos así en reconocimiento de su absoluto domino, de su soberana y adorable Majestad.

El sacrificio es siempre un acto público. Lo ofrece una comunidad. Nunca es un gesto privado. Si alguna persona desea ofrecerle ha de ser por medio de un representante o ministro delegado de la comunidad. Al acto de este sacerdote se asocia todo el grupo humano en cuyo nombre actúa necesariamente.

Todas las víctimas han desaparecido. Todos los millones de corde­ros pascuales que sacrificó Israel a lo largo de quince siglos eran sólo una figura, una sombra. Cristo es hoy el cordero único, universal e irreemplazable que se inmola para gloria del Padre y el perdón de los pecados humanos.

Los viejos sacrificios no son ya más que un relato en la historia reli­giosa del pueblo escogido. Todos han quedado barridos y reemplazados por uno: el de Cristo en la Cruz. La misa es la actualización de aquel paso o pascua del Señor. El pasado se hace presente. Lo que sucedió bajo el poder de Poncio Pilatos sucede aquí y ahora bajo la mirada del Padre celestial. Todas las misas son rayos del mismo sol, ecos de la misma voz, ondas de la misma corriente.

Todos los sacerdotes han sido desplazados. Cristo es el sacerdote único, exclusivo y eterno. No tiene sucesores porque permanece para siempre. Actúa invisiblemente por medio de los ministros visibles de la Iglesia con los cuales se identifica. La figura del sacerdote es necesaria para la celebración del culto divino, pero no está sola porque todos los asistentes son miembros de Cristo. Todo el pueblo de Dios es “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa…”

La vida consagrada es un sacrificio. El mismo sacrificio de la cruz y del altar. De él brota, de él se nutre, de él participa, con él se funde, a él se ordena. Goza, por tanto, de las mismas cualidades. Es un sacri­ficio latreútico, expiatorio, impetratorio, salvífico y redentor. Inserto como está en el sacrificio de Cristo, es también completo, total y univer­sal. La mujer consagrada es “víctima viva para alabanza y gloria de Dios. Es un sacrificio puro, inmaculado y santo, aceptado voluntaria­mente, transformado en ofrenda permanente, agradable al Señor y salu­dable para todo el pueblo. Es un’ holocausto perpetuo, una hostia sin mancha, un crucifijo vivo. Ella, como Cristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre, extiende sus brazos en la cruz para destruir la muer­te, manifestar la resurrección y así adquirir para El un pueblo santo…”

Todo esto va quedando en la penumbra. A la mujer elegida de Dios se le presenta hoy con vistosidad un panorama seductor de avan­ces, conquistas y realizaciones. Se le ofrece un vasto radio de acción para el despliegue de sus valores humanos. Sufre una congestión de positivismo, una plétora de actividad febril. Y se le oculta sistemática­mente la otra vertiente de su vida. No se le habla del dolor clavado cons­tantemente en su carne como un estilete de fuego. No se le dice nada del sufrimiento en el que su cuerpo tiene que estar tendido como en una yacija repugnante, de la soledad en que tiene que vivir su corazón como en una campana neumática. Se le escamotean o se le mencionan de forma huidiza el hierro candente de la calumnia, el acoso de la persecución, el atropello de la injusticia…

Y sin embargo la vida de Cristo es inconcebible sin esta faceta sombría. Con lo cual resulta un Cristo dimidiado, irreal, mitológico. Unas comunidades religiosas en las que se hace caso omiso del sacrificio, de la cruz, del dolor y de la muerte son comunidades impúberes, inma­duras, deformadas y cobardes. Por la cruz se va a la luz. Sin el dolor no se puede vivir en el amor. El que ama hasta el extremo sufre hasta el límite de sus posibilidades. La misa es un drama incruento. Cristo ya no puede sufrir; ya sufrió de una vez para siempre. El dolor humano que le falta a la misa de hoy tienen que aportarlo los demás protagonistas. Las Hermanas son actoras, no espectadoras, en esta tragedia interminable. Sobre el ara está su vidá macerada, inmolada, sacrificada, crucificada, mortificada, juntamente con la del Hijo de Dios.

UN BANQUETE

Bajo la techumbre del templo, a la cabecera o en medio de la nave central emerge el rectángulo de una mesa de piedra. Sobre los manteles blanquea el pan y chispea el vino. Se oye una amable invitación: tomad, comed, esto es mi Cuerpo; tomad bebed, esta es mi Sangre… Mi Carne es comida… Mi Sangre es bebida… Los frutos del trigo y de la vid desa­parecen en las bocas de los comensales. Al retirarse éstos del altar el Hijo de Dios y de María va con ellos oculto bajo los velos de nieve y de púrpura de unos alimentos corrientes. Es un convite insólito sólo apreciable desde la perspectiva de la fe. Es una comida que trasciende el acto material de comer y beber. Es un convite que tiene alcances ili­mitados en la vida cristiana. La teología, la moral, la sicología y la so­ciología tienen tanto que decir sobre este tema que resulta inagotable.

En primer lugar, los cristianos se preparan para el banquete euca­rístico con la oración dominical. El Padre nuestro es la bendición de la mesa. Es la muchedumbre de los hijos adoptivos que se reúnen con su Hermano mayor alrededor del Padre que les va a dar de comer. Y no se hartan de llamarle así: Padre. Y saborean este apelativo como un pa­nal de miel. Desean su gloria, el ensanche de su Reino, la aceptación de sus planes. Solicitan el pan de cada día, el perdón de cada pecado, la vic­toria de cada tentación. El alma se hace palabra; y la palabra, súplica; y la súplica, canción. Y las notas de la canción son aldabonazos que golpean a las puertas del corazón de Dios.

En segundo lugar, se disponen a comulgar dándose todos entre sí una señal de paz. La reconciliación fraternal es la tarjeta de invitación que es imprescindible presentar para sentarse a la mesa común. Lo que nos divide a los hermanos nos separa de Cristo. Pero, por muy altos y recios que sean los muros que se interponen, un abrazo, un apretón de manos, una mirada, una sonrisa bastan para derribarlos. No po­demos comulgar a Cristo sin comulgar con nuestros hermanos. No po­demos dar un paso adelante sin mirar a los lados. El hermano no quiere sentarse a la mesa con su hermano pródigo, rebelde, derrochador de la hacienda familiar. Pero el Padre desea que entre sus hijos haya paz, que en su casa nadie se sienta extraño, que en torno suyo se respire un clima de amor. Por eso sale fuera y le ruega que entre para que la alegría sea completa.

En tercer lugar, un sentimiento de confianza y de intimidad surge a la vista de la Persona que preside la Mesa. Cristo está en su casa. In­vita a todos sus amigos y confidentes. En los banquetes se suelen soltar las lenguas y se abren los corazones. Jesús no es ajeno a la cordialidad y a la espontaneidad que provocan los banquetes entre los hombres. Casi todos sus secretos nos los ha comunicado de sobremesa. Este es el mo­mento que aprovecha para hacerse visible después de resucitar. Noso­tros no le somos extraños. Nos ha introducido en su hogar, en el seno de su familia. Nos ha hecho corpóreos y consanguíneos suyos. Se ha desahogado con nosotros comunicándonos sus más secretas confiden­cias. Nada le ha quedado por revelar.

En cuarto lugar, sabemos que la comunión es una forma de parti­cipar completamente en el sacrificio. Es un banquete sacrificial. De la historia de las religiosas se desprende una conclusión, una ley que no falta nunca en el culto público de todos los pueblos: el sacrificio se co­rona siempre con un banquete sagrado. Los animales ofrecidos a la divi­nidad eran inmolados o degolládos por los sacerdotes sobre el altar. Una parte era destruida por el fuego ritual; otra se reservaba el sacerdote para sí; y un tercio lo comía la familia, grupo o comunidad que había presentado la víctima. Esta comida era un acto sagrado, una parte inte­grante del sacrificio. Las llamas que devoraban la parte correspondiente simbolizaban el espíritu del ser divino que aceptaba la ofrenda. La víc­tima se repartía así entre el hombre y la divinidad. Era un signo de paz y de reconciliación. Cuando dos enemigos hacen las paces se invitan a sellarlas comiendo juntos. Así Dios toma una parte de la víctima que se le ofrece y le da la otra al oferente, como diciendo: come tú también conmigo, siéntate a mi mesa, tú y yo somos amigos…

La Eucaristía tenía también en un principio un nombre significa­tivo: la fracción del pan. Jesús en la última noche de su vida instituyó el sacramento por este orden: primero, dio gracias al Padre (Eucaristía); a continuación partió el pan (fracción del pan); después lo distribuyó entre los apóstoles pronunciando las palabras sacramentales (consagra­ción); por último ellos comieron del pan y bebieron del cáliz (Comu­nión).

La fracción del pan antes de la comida familiar es un gesto tan antiguo como la humanidad. El cabeza de familia, el jefe del grupo de comensales o el primero entre ellos dividía con sus propias manos la hogaza de pan en pequeños trozos y los ponía en la mesa delante de cada uno de los asistentes. La autoridad demostraba así su disposición radical de servicio, su preocupación por suministrar a los suyos lo ne­cesario para su subsistencia. Los demás reconocían su dependencia del jefe y los lazos familiares y sociales que los unían entre sí. El Maestro no hizo otra cosa que acomodarse al uso tradicional. Siempre que co­mía con sus discípulos adoptaba esta vieja práctica. Pero en la cena de despedida quiso dar a aquella costumbre unas dimensiones desusa­das. La convirtió en un signo. Desde entonces el acto de dividir un solo pan entre todos es para los cristianos un sacramento de unidad. Un solo pan es el alimento de todos. Una sola carne es la carne de todos. Una sola sangre, la de Cristo, es la que circula por todos. Por muchos que sean los que comen de este pan partido y repartido entre millones no forman más que un solo cuerpo, un solo corazón, una sola alma. La caridad hace de ellos un solo ser en el Espíritu Santo. El amor los penetra y los compe­netra, los avecina y los aglutina. Hace de ellos una familia, un pueblo, un reino de Dios. La fracción del pan y su distribución subsiguiente es a la vez la causa y el signo, el símbolo y la realidad, la acción externa y el efecto interno.

Que esta era la intención de Cristo se hace más que evidente en el lavatorio de los pies que precedió a la institución eucarística. Si El se puso a nuestro servicio total e incondicional, la misma disposición debe existir en el seno de la comunidad cristiana. El discurso sobre el manda­miento nuevo que pronunció seguidamente ilumina sus propósitos con claridad meridiana. Por si quedara alguna brizna de duda ahí está su doctrina sobre lo que debe ser la autoridad en su Iglesia. La idea de ser­vicio —diaconía— invierte los conceptos de dominio e imperio que tiene de sí misma la autoridad civil. Estos conceptos entonces indiscuti­bles imposibilitaban la unión afectiva y efectiva entre los de arriba y los de abajo. Con anterioridad había explicado a un doctor de la ley quién es nuestro prójimo en una de las más bellas parábolas que salieron de sus labios. En su coloquio con la mujer de Samaria zanjó para siempre la polémica escisoria entre samaritanos y judíos, nacionales y extranjeros. Una sola familia, un sólo Padre común, un solo alimento fracciona­do hasta la enésima partícula sería el resultado feliz de su Redención.

Que así lo entendieron las primeras comunidades salta a la vista de la simple lectura de los Hechos de los Apóstoles. En este relato pri­mitivo se nos presentan reuniéndose para la oración, la palabra y la fracción del pan. Describe San Lucas con trazos seguros las misiones de San Pablo a través de las principales ciudades de Asia. La fracción del pan ponía siempre punto final a sus intervenciones. La Didaké establece el principio de la comunicación de bienes diciendo: Si divi­dimos y repartimos entre nosotros los bienes celestiales con el pan de la Eucaristía, ¿por qué no vamos a poner en común los bienes terrenos? Efectivamente, las colectas que se hacían en las antiguas asambleas cristianas tenían una sola finalidad: la de que compartieran el pan ma­terial y terreno los que compartían el pan celeste y sacramental. Los cristianos pobres, enfermos, necesitados y peregrinos eran los destina­tarios del dinero recogido en la fracción del pan. La celebración eucarís­tica incluso no se consideraba algunas veces legítima si no se llevaba a cabo esta muestra externa de unión fraternal, de caridad y de solida­ridad.

La participación de todos en el mismo pan y en el mismo cáliz da origen a la Koinonía, es decir, a la comunidad. La comunión nos hace sentir las pulsaciones de la sangre común, los lazos de un divino parentesco. Ella es la causa de que seamos hijos del mismo Padre, her­manos del mismo Hermano y miembros en el mismo Espíritu. Somos hermanos de sangre. La Eucaristía establece en nosotros la más autén­tica fraternidad del mundo, porque los lazos humanos creados por la sangre natural ocupan un nivel ciertamente inferior al de los vínculos originados por la sangre divina de Cristo.

Partir el pan fue en un principio una tarea fácil. Las comunida­des cristianas eran muy reducidas y el número de participantes muy pe­queño. Cuando vino la conversión masiva del Imperio se fue supri­miendo por razones prácticas. Dividir en fragmentos el pan consagrado, distribuirlo, dar a beber las copas de vino sacramental prolongaba de­masiado el tiempo de la asamblea. Quedó abolida la comunión bajo la especie de vino. Se optó por llevar al altar el pan ya partido. Sólo quedó el gesto simbólico del sacerdote que fragmenta el pan con que él va a comulgar. De este modo fue casi desapareciendo un rito crucial y sig­nificativo, querido por Cristo y realizado por los apóstoles.

En la nueva ordenación litúrgica asoman sugerencias, se esbozan celebraciones, se apuntan motivos, se autorizan iniciativas, se señalan límites y se enumeran ocasiones para que lentamente las primitivas prácticas vuelvan a estar en vigor y tengan un puesto en la liturgia. Es muy conveniente cobren, si no evidencia, por lo menos más relieve y claridad a los ojos de los fieles. Por la vía de los sentidos podemos apro­ximarnos más a los profundos hontanares del misterio.

La Eucaristía es comunión con el Padre que nos ha hecho hijos suyos y herederos de sus riquezas. Es prenda de la gloria futura, certificado de las promesas divinas, sello y garantía de su última y definitiva alianza. La fe tiene en este misterio su cimiento más sólido y su puntal más firme.

En la comunión con el hijo de Dios. Basta leer el discurso de Je­sús a los judíos en la sinagoga de Cafarnaún. Es nuestra incorporación a su vida divina. Es el maná de una raza inmortal. Es la roca donde des­cansa nuestra esperanza.

Es la comunión con el Espíritu Santo, alma, motor y guía de la Iglesia, inspirador de su santidad, causa de su eterna juventud. Es con la pedagogía de la tercera Persona como podemos aprender el arte difí­cil de amar.

Es la comunión con la Iglesia, con nuestros hermanos en la fe, con todos los habitantes del planeta. Nunca es un acto individual. Sus efec­tos no se limitan a la esfera personal; nos pone automáticamente en co­nexión con los grupos humanos más distantes, pero es el grupo a que per­tenecemos el más favorecido por su influjo.

Es la comunión con la sociedad. Esta implicación social de la Eu­caristía resulta más patente en las primeras comunidades. Su dimensión, su proyección civil es tan viva y operante que sorprende al mundo paga­no que las rodea. La comunicación de bienes arranca de la comunión li­túrgica. La nivelación social se produce a causa de la enseñanza de Cris­to sobre la dignidad del pobre y la función auxiliar de la riqueza.

Dos fuerzas se disputan hoy la construcción de la ciudad terrena: la comunión que hace de todos los hombres hijos de Dios, y el comunismo, que hace de ellos hermanos, pero huérfanos, sin Padre. Con el co­munismo están alineados otros muchos sistemas políticos y sociales en cuyos programas Dios brilla por su ausencia. No se puede formar una sola familia de toda la humanidad sin contar con El. Y a Dios sólo se va por Cristo. Y Cristo se nos da como pan común de todos, como vínculo de unidad, como signo de amor. Los medios de comunicación achican en la actualidad todas las distancias, pero nunca han estado los hombres tan separados, tan divididos. Los desniveles sociales causan vértigo. Las luchas raciales enrojecen las calles de las ciudades. La guerra ace­cha en todos los meridianos. Las drogas y el crimen organizado empañan las evidentes conquistas de la ciencia y de la técnica. Todos los pobres del mundo se enriquecerían con los gastos que se invierten en la fabri­cación de instrumentos bélicos.

No se puede construir una comunidad, no digo ya cristiana, pero ni siquiera humana, sin una componente vertical. La celebración eucarís­tica es “la raíz y el gozne” de todo grupo humano. El mundo podría quizá prescindir del sol, pero no de la misa. Hay un clamor desesperado de paz, una sed insaciable de armonía, de convivencia, de fraternidad. El hombre lleva camino de enloquecer con las manos y los ojos clava­dos en una meta inalcanzable. La responsabilidad está en los cristianos. Porque si una sola comunión es capaz de salvar al mundo, ¿qué cali­dad, qué grado de eficacia han tenido hasta ahora tantas comuniones como hemos hecho a lo largo de nuestra vida “piadosa”?

Le siguen a la comunión unos instantes de silencio. Es un silencio sagrado litúrgico. Los que le ponen la etiqueta de egoísta no saben lo que dicen. Son unos momentos de reflexión personal, de aislamiento in­terior. Se busca el contacto íntimo con Cristo. Se trata de vivir su amis­tad, de profundizar en la fe, de actualizar la caridad, de practicar la ora­ción, de experimentar la presencia real de Cristo. El culto oficial sin vida interior individual es como una pompa de jabón irisada, pero hueca. Cierto que es Cristo el que actúa principalmente, pero si los fieles no se apropian esa actuación, no la asimilan, no se insertan en ella por la fe y el amor personales, es como si no quisieran beber teniendo el agua al borde de los labios…

El sacerdote se pone en pie. La asamblea le imita. Una oración final… Un zumbido confuso de voces que subrayan la petición… Amén… Un saludo cordial: el Señor esté con vosotros. La sintonía de una respuesta unánime… Y con tu espíritu… Una cruz trazada con la mano en el aire… La bendición… La despedida… La paz… El rumor in­confundible de los que buscan la puerta de salida… La marea creciente de las conversaciones en el atrio. La calle… Las exigencias cotidianas del quehacer social…

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