En respuesta a tu llamada: Comunidad de signo

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD DE SIGNO

Antes de aprender el papel que ha de interpretar es necesario que la religiosa conozca el escenario en que tiene que actuar. En las tablas del gran teatro del mundo no puede dar un paso en falso so pena de con­denar su obra al fracaso. No solamente tiene, sino que es también un mensaje para el mundo. Ha de hacer la transmisión del mismo, no en diferido o vía satélite, sino en directo, personalmente. Su primera pro­videncia es eliminar obstáculos e interferencias que impidan a la voz de la verdad llegar a su destinatario. Cae, pues, de su peso que tome las debidas precauciones; que sepa lo que es ese mundo en que tiene que moverse; que conozca su lenguaje, sus criterios, sus costumbres, sus lu­ces y sus sombras, sus fobias y sus filias… Es una especie de ciencia di­plomática la que tiene que estudiar que garantizará el feliz resultado de su embajada. Saber elegir antes de su lanzamiento las mejores posiciones tácticas y estratégicas es tener en sus manos la victoria por anticipado.

En un sentido amplísimo la palabra mundo designa el universo, el cosmos, toda la realidad creada y ante todo la realidad humana; todo el conjunto de cosas y de hechos encerrados dentro de los límites del tiempo y de la historia.

En un sentido más reducido es este planeta que navega por el es­pacio; la tierra y todo aquello que en ella se contiene.

Restringiendo aún más el concepto, el mundo es la humanidad, los seres racionales que pueblan la superficie de la tierra.

Por último, el mundo, en el sentido bíblico, es la misma humani­dad, pero como dominada por la culpa, esclavizada por el pecado; la es­tirpe humana postrada por las miserias morales; todo poder contrario al poder de Dios; los hombres sujetos al poderío del maligno, sometidos a las tres concupiscencias y seguidores de las máximas opuestas a las de Cristo.

La humanidad esparcida por la superficie del planeta, comparada con el cosmos, tiene materialmente unas dimensiones ridículas, casi in­finitesimales, pero su influencia espiritual alcanza a toda la creación. Su perfección moral embellece todo el universo. Su pecado afea y obs-• curece a toda la obra de Dios. La Biblia nos la presenta gimiendo bajo la angustia del pecacio humano, esperando con impaciencia el día de su liberación. Sólo queda exceptuada aquella porción de la humanidad y de la naturaleza racional que ha llegado ya al términb de la salvación.

Este es el mundo que Dios creó bello y limpio, que el hombre man­chó con su culpa y que Dios, no obstante, nunca dejó de amar. Tanto le amó que le envió a su Hijo no para condenarlo, sino para salvarlo. Este es el mundo cuyo vocablo está cargado en la Sagrada Escritura de un matiz peyorativo, pero cuya miseria profunda tuvo la fuerza de robarle a Dios el sueño y la Vida.

Es un mundo admirable. La creación es un monumento erigido por Dios en memoria de su bondad, de su belleza y de su sabiduría. La es­trella es un rastro de su grandeza; el átomo, una muestra de su sabiduría; la flor, un recuerdo de su belleza. El santo es el espejo de su bondad; el sabio es la prueba de su inteligencia; el héroe, la manifestación de su voluntad. El universo es un inmenso poema: la ciencia lo deletrea, el arte lo canta, la vida lo prolonga. Es verdad que Dios no nos habla, pero también lo es que todo nos habla de El. Todas las cosas, aún las más humildes, tienen que decirnos algo de Dios. Las obras de los hom­bres son copias de las de Dios. Las suyas son siempre originales. Cual­quiera de ellas contiene más sabiduría que todos los libros del mundo reunidos. Lo malo es que los hombres admiran la obra de Dios, la estu­dian, la aplauden, pero no reclaman la presencia del Autor. Sólo aplau­den a los actores. Supone tal ingenio y habilidad en su elaboración que a todos les preduce la impresión de que siempre ha estado ahí acabada y armoniosa. Los sabios, los poetas y los filósofos, absortos en su con­templación ni siquiera piensan en el nombre del posible artista. Pero lo que saben es bien poco, algo así como una gota de agua. Lo que igno­ran es un océano. Cuanto más avanzan, mejor se va descubriendo su vasta ignorancia. A medida que se acercan al horizonte le ven más lejano.

Sin embargo, los modernos avances técnicos y científicos maravillan y sobrecogen. La ciencia parece atacada de un gigantismo galopante: excava túneles y pozos profundos; remonta aviones superónicos y na­ves espaciales; crea velocidades vertiginosas que aturden al hombre; fleta navíos colosales que parecen ciudades flotantes sobre la superfi­cie del mar; construye máquinas que remedian el funcionamiento del cerebro humano; levanta rascacielos que se elevan hasta las alturas de las montañas; aumenta por millones de unidades el voltaje de las centra­les térmicas, las energías de los embalses y las calorías de los altos hor­nos; instituye laboratorios magníficos; construye máquinas automáticas, factorías poderosas, talleres enormes; aspira al dominio de la Luna, de Marte, de Venus, de nuestro sistema solar y de otras galaxias lejanas; crea la riqueza, multiplica los medios de producción, proporciona el lujo, extiende el bienestar, domina la enfermedad, detiene la muerte… Pero es incapaz de suprimir el dolor, de liquidar la violencia, de evitar la guerra, de impedir una lágrima, de atajar un suspiro.

Es un mundo bueno. Debemos ser optimistas. Dios cuenta con mi­llones de amigos entre los hombres. La honradez, la castidad, la lealtad, la conciencia, la bondad no son solamente ideas abstractas, ni mitos in­consistentes, ni palabras que se lleva el viento. No todos los seres huma­nos son residuos, desechos y basuras morales, como lloran los agore­ros. Hay muchísimos que no doblan sus rodillas ante los ídolos modernos. Ellos son los verdaderos atlantes que sostienen el mundo sobre sus hom­bros. Sus brazos levantados al cielo sostienen a la humanidad para que no se desplome y se hunda en la nada. Por un santo, Dios es capaz de salvar al mundo entero. Por un justo se comprometía con Abrahán a perdonar a la famosa Pentápolis bíblica. Lo que ocurre es que a veces los buenos se cansan de serlo. Los malos son fuertes porque los buenos son demasiado débiles. La audacia de los primeros es resultado de la co­bardía de los segundos.

Es un mundo unificado. En un cuarto de siglo ha evolucionado más que en los veinte siglos anteriores. La bomba atómica y los viajes inter­planetarios son saltos de gigante. Y lo que sucede en el plano científico ocurre en todas las demás manifestaciones humanas. Y esto no es más que el comienzo, el levantarse del telón. Asistimos a una inaudita su­presión de distancias. La prensa, la radio, la televisión, el avión, los satélites de comunicaciones están realizando una planificación asom­brosa de toda la humanidad. Todos leen, ven y oyen lo mismo. Hay una masificación de la sicología humana a escala internacional. En todo el planeta se suscitan los mismos problemas, se adoptan los mis­mos procedimientos, se sigue la misma moda, se difunden las mismas ideas, leyes y costumbres. El hombre se moldea a imagen y semejanza de un patrón común. La sociedad va adquiriendo un nivel igualitario en todos los órdenes.

Es un mundo cambiante. Vive en un estado de perpetua transfor­mación. Todo lo antiguo cruje, vacila y se derrumba. Lo que era válido hace solamente unos decenios hoy ya no sirve, se remueve y varía. Las viejas tradiciones se tambalean. Instituciones que parecían sólidas se vienen abajo. Las ideologías cambian también y señalan nuevas direc­ciones. El hombre actual lo ha visto todo, lo ha oído y leído todo. Ha adquirido una nueva sensibilidad. Los viejos valores son un museo de fósiles. El feudalismo y el absolutismo están definitivamente muer­tos. Las desigualdades sociales, los privilegios, los modos y modas de antaño, el protocolo artificial de los palacios, las maneras de tono bur­gués, lo aparatoso, lo superficial pertenecen al. pasado. Otros valores han ocupado su lugar. Hoy se tiende a la franqueza, a la eficacia, al estilo directo, a la sinceridad, a la brevedad, a la sobriedad, al arte des­nudo que no soporta florituras ni complicaciones inútiles.

Es un mundo en movimiento. El hormiguero humano se mueve en todas direcciones. Basta pasar una hora en una estación, en un puerto o en un aeropuerto para ver hasta qué punto ese trocito de tierra se ha convertido en la encrucijada de todos los pueblos. Las vacaciones vera­niegas son un pretexto para que toda la humanidad se traslade de una parte a otra. Millones de obreros emigran en busca de un trabajo mejor retribuido. Los campesinos abandonan su puesto secular para acam­par en los suburbios de las ciudades. Las repercusiones morales, fami­liares y sociales de estos hacinamientos humanos son desastrosas y en muchos casos insolubles.

Es un mundo ateo. Un cosmonauta ruso se vio comisionado por sus amos para decir que había encontrado el cielo vacío, que no había hallado a Dios en su órbita. Otras celebridades han ironizado sobre la inutilidad de sus esfuerzos para encontrarle en el vasto campo del teles­copio, bajo la lente del microscopio o en la punta del bisturí. Se les hace difícil a los sabios aceptar una Realidad que escapa a sus cálculos y compases. No saben reconocerle allí donde está, próximo a ellos, dentro de ellos, dándoles la existencia, el movimiento y la vida. Simultáneo al ateísmo científico, propio de los hombres selectos, se ha extendido, como una epidemia universal, el ateísmo práctico, cómodo, blando, acolchonado, de casi toda la masa del género humano. En conflicto con la razón, Dios ha perdido la partida. La técnica le ha desplazado. La ciencia ha sido el punto y aparte de la fe. La materia ha hecho bo­rrón y cuenta nueva del espíritu. La religión de la eficacia ha suplantado a la vida en la gracia. Primero los hombres pusieron en tela de juicio la existencia de Dios. Después levantaron la cortina de humo del silen­cio y de la indiferencia. Por último inflándose_ como batracios decreta­ron su muerte.

Es un mundo materializado. El problema se agrava con el materia­lismo que corta el vuelo del alma, la clava en el suelo y le cierra el hori­zonte. El dinero es el supremo criterio del quehacer humano. Ya se entiende que no es el capital, sino los pecados capitales que se sirven de él para montar el tinglado de la farsa en la que el «hambre sagrada del oro» mueve todas las figuras. Hoy en día entre Dios y el dinero sólo los idiotas y los héroes eligen a Dios. A Dios no se le pierde, se le despide. Se le despide por el excesivo valor que se concede al confort, al goce, al bienestar material. Esto va en mengua de la riqueza interior. El cuerpo y el alma se balancean en sendos platillos. Cuanto más pesa el uno, menos pesa el otro. La dulce vida absorbe todas las energías del hombre moderno. Lo que antes era patrimonio de unos pocos hoy está al alcance de todos. Aceptan el trabajo, pero codician las diversiones, el ocio dé las vacaciones, los placeres de la mesa, de la bebida, del sexo y de la droga. Y cuando todo esto está fuera de sus posibilidades pulsan todas las noches el botón de la televisión y convierten su casa en una playa a donde llegan todas las olas insalubres del mundo. Allí devoran con los ojos y la imaginación lo que con los otros sentidos no pueden. La cosa no carece de lógica; descartada la religión no hay por qué obli­gar a las pasiones a tascar el freno. Por este camino llegarán los hombres a matarse por el cigarrillo de mejor marca, por la fruta más gorda o por la mujer más bella.

Es un mundo enloquecido. La honradez de muchos se debe única­mente a la dificultad que tienen de convertirse en bandidos. Pero las posibilidades de serlo aumentan de día en día. Hay un clima de locura colectiva. Los crímenes truculentos, las muertes violentas y los procedi­mientos suicidas llenan las páginas de los rotativos. Las estafas, los ro­bos, los secuestros están a la orden del día y de la hora. La guerra sigue siendo el estado normal de la humanidad. El sabotaje, la violencia y la delincuencia se abaten sobre ella con la furia de las lluvias monzónicas. La moral matrimonial está en quiebra. El aborto, el adulterio, el divor­cio iniciaron el declive; el homosexualismo está escribiendo el epílogo; el amor libre extenderá su esquela de defunción. Al soplo del erotismo avanza incontenible la pleamar de la mugre. La juventud en sus atrevi­mientos llega al extremo de saltarse a la torera todas las prohibiciones. La insolencia la desarma, el sexo la enerva y la droga la mata. La auto­ridad recibe desde todos los puntos el ramalazo de la rebeldía. La socie­dad hierve con la estridencia exasperante de la suma opulencia junto a la suma miseria. Los miserables ocupan las tres cuartas partes del pla­neta. La angustia de la vida diezma la salud síquica de la raza. La ame­naza de una guerra total, de exterminio universal, es la pesadilla del día y de la noche. Las espadas de los dos colosos de la tierra se mantie­nen en alto agresivas y siniestras. El mundo está transido de desventura. Diríase que empieza a hacer agua. Todos los días recauda una buena fortuna de palabras. Pero todo queda ahí, en paliativos, en fanfarria de palabrería pomposa y altisonante. A veces, cuando estamos a solas, la tristeza y el pesimismo nos invaden y nos llenamos de añoranzas y deseos de que el hombre civilizado no hubiera salido jamás de su vida rupestre, de la cultura del período paleolítico…

II

Los aguafuertes y colores de esta pintura sombría no debe desco­razonar a ninguna religiosa. Ella está llamada a ser la levadura que transforme esta pobre masa del mundo. Por lo tanto ha de estar dentro de él, no distanciada ni a un lado. Debe rechazar la fácil tentación de la huída. Y como además es una levadura consciente e inteligente tiene que conocer su contorno. En ese medio ambiente estremecido y estremecedor tiene que ser testimonio de Cristo. Para salvarle es forzoso que mantenga con él un diálogo vivo. No puede ignorar toda esa serie de fenómenos evolutivos, morales, culturales y sociales en que se ve envuelta. De lo contrario, estaría al margen de él y sería un contrasigno.

Qué siente Cristo del mundo: 1.0 Salió del Padre y vino al mundo; de nuevo dejó el mundo y se fue al Padre. Estuvo inserto en el mundo. Fue un hombre como los demás, salvo en el pecado. Participó de todos los problemas de su tiempo. 2.° Le amó infinitamente, incomprensible­mente. Su amor por el mundo fue humanamente una locura, un absur­do, una exageración. 3.° Manifestó al mundo la doctrina de su Padre. Quiso salvar a todos. A nadie excluyó. Su Evangelio no es discrimina­torio. 4.° Murió por redimirle y salvarle. Dio su sangre para lavarle de sus pecados. Al morir le dejó su cuerpo y su espíritu, su amor y su pre­sencia, su Madre y su Iglesia. 5.° Distinguió claramente un mundo de otro. Maldijo al pecado del mundo y bendijo al mundo del pecado. Con­denó la culpa y absolvió a los culpables. Reprobó el pecado y acogió a los pecadores. En este sentido dijo que estaba en el mundo, pero no era del mundo; que el mundo no le conoció ni le recibió; que el mundo per­seguiría y mataría a los suyos como lo hizo con El; y que no pedía al Padre que los sacara del mundo sino que los guardara del m4.1.

Qué siente la Iglesia: 1.° La Iglesia ama al mundo porque es bue­no, puesto que salió de las manos de Dios; porque Dios le amó hasta darle a su Hijo; porque todos sus hijos están en él; porque está en él, aunque no pertenece a él, como su Fundador; porque, salvo en la culpa, todo en él es bello, bueno, puro y amable. 2.0 Lo quiere salvar, como Cristo cuyo mandato recibió y cuya herencia conserva. Se esfuerza por conseguirlo con su fidelidad al ministerio, la proclamación de la pala­bra y el testimonio de su santidad. 3.° Lucha por dar a los hombres toda la felicidad temporal que es capaz de darles porque el pecado hace des­graciados a los pueblos y a las naciones. 4.° Promueve, cultiva, bendice, aplaude y ayuda al desarrollo de los valores positivos del mundo, a todo lo que contribuya a su bienestar temporal y eterno, como la cultura, el arte, la técnica, el progreso, la civilización. 5.° Intenta crear un clima donde pueda desenvolverse el hombre completo, como la paz, la convi­vencia, la inteligencia y las buenas relaciones de todos los pueblos de la tierra.

Qué debe hacer la religiosa: 1.° Sentir con Cristo y con la Iglesia. con Cristo porque se ha consagrado a El y se ha identificado con sus sentimientos. Con la Iglesia porque ella misma es Iglesia. No puede te­ner a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre. Y no la tiene por Madre quien no asume su Obra como propia. Pero debe identifi­carse con la Iglesia de su tiempo. En principio la Iglesia siempre sintió lo mismo. No ha cambiado ni puede cambiar. Pero la aplicación prác­tica del Evangelio está matizada y participa de la mentalidad, de la cultura, de la raza, de los lugares y de los tiempos en que tiene que ac­tuar. Sus leyes disciplinares y pastorales se adaptan a las circunstan­cias cambiantes. Para la religiosa existen en este sentido dos disposi­ciones fundamentales: obediencia a las directrices generales de la je­rarquía y cierta libertad de acción unida a una flexibilidad personal en los detalles y las formas concretas.

2.° Amar al mundo. Esto implica conocer todo lo que tiene de bueno y positivo para conservarlo, cultivarlo y hacerlo objeto de parti­cipación universal; distinguir lo que en él hay de malo y negativo para combatirlo y eliminarlo; interesarse por los problemas generales y par­ticulares para ayudar a resolverlos. Le importa enormemente cuanto afecta al mundo porque es la obra de Dios y de los hombres, sus her­manos. Nada puede ser ajeno a su corazón. Ella salió de él y en él quedan sus seres queridos. Si consumó una ruptura, no fue con el mundo del pecado, sino con el pecado del mundo. ¿Cómo le va a purificar si le menosprecia? ¿Cómo le va a salvar si le odia? En una de sus apariciones, la Virgen Milagrosa tenía un globo (el pecado del mundo) bajo los pies y otro globo (el mundo del pecado) en las manos con las que le abrazaba, acariciaba e iluminaba, mientras sus labios rezaban por él. He aquí uña imagen perfecta de una religiosa perfecta. Amar al pecador y odiar el pecado es lo mismo que estar en el mundo sin ser del mundo.

3.° Salvar al mundo. Una mujer no se consagra a Dios para salvar­se a sí misma, sino para salvar al mundo. Su propia salvación es muy problemática si se inhibe de la del resto de los hombres. Ella es una mujer a quien Dios ha confiado la salvación de la humanidad. Es una antorcha en cuya llama tienen las almas que ir encendiendo el cirio apagado de su fe, porque sólo una llama puede provocar otra llama. No se puede recluir en un pesimismo paralizante por el hecho de que los hombres se pierden, sino que la certeza de que son merecedores de su ayuda debe lanzarla a gastarse por ellos. ¿A qué fin felicitarse de haber encontrado el camino que ellos buscan sin saberlo, si después no se lo muestra?

4.° Ser un signo sobrenatural para el mundo. En lugar de la pala­bra signo suelen emplearse también otras que reflejan con ligeras mati­zaciones parecida equivalencia, como tipo y figura, cifra y símbolo, imagen y espejo, misterio y sacramento, testigo y testimonio. Cual­quiera de ellas es válida teológicamente. El vocablo es también poli­valente. Quiero decir que la religiosa es signo apologético, fraternal, evangélico, eclesial, apostólico y escatológico. Sobre estos distintos puntos tratamos en otro lugar, sobre todo al hablar de la comunidad eclesial. Lo que ahora nos interesa es conocer la naturaleza y los efectos del signo sobrenatural.

Signo es una persona o cosa que suscita el recuerdo de otra perso­na o cosa con la que guarda una relación. Si la relación brota de la misma naturaleza de las cosas y personas o de sus afinidades y semejanzas re­cibe el nombre de signo natural. Así, por ejemplo, el humo es signo del fuego; el hijo, del padre; la fotografía, del original; la esfera, del mun­do, etc.

Si la relación es puramente arbitraria, impuesta desde fuera, con­venida, aceptada de común acuerdo, pero sin ningún fundamento real, se llama signo convencional. Así la bandera es signo o símbolo de la pa­tria; la rosa, del amor; el laurel, del triunfo; la palma, del martirio; el billete de banco, del dinero, etc.

El signo de que aquí tratamos es de un orden distinto, superior, sobrenatural. En él hay que distinguir tres cosas: el signo propiamente dicho, el significado y la relación entre ambos. El signo debe ser siempre perceptible para el hombre; el significado es indudablemente de una ca­tegoría espiritual y trascendente; y la relación entre los dos, y esto es lo más importante, no pertenece al orden de la razón humana, sino a la libre disposición de la voluntad divina. Dicho con más claridad y amplitud, esta relación no cae bajo el campo sensorial e intelectual del hombre, ni siquiera bajo el dominio de su conciencia, sino que es objeto de su entendimiento iluminado por la fe y de su voluntad ayudada por la gracia.

Un ejemplo clásico: Cristo. El es signo o imagen sustancial del Pa­dre. Su Persona era visible y hasta palpable para sus contemporá­neos. El significado por El era Dios, una realidad trascendente, en el que todos ellos creían. Pero la relación entre Cristo y Dios, aunque algunos la aceptaron y la defendieron con su vida, la mayoría, y con igualdad de oportunidades, no solamente no la vio ni la reconoció, sino que la rechazó violentamente. Y lo que decimos de Cristo con respecto al Pa­dre, lo afirmamos de la Iglesia con relación a Cristo y lo repetimos de la religiosa respecto de la Iglesia. En consecuencia, el signo sobrenatu­ral no es algo evidente, incuestionable, perfectamente inteligible. Si así fuera, todo el mundo se plegaría a sus exigencias y se rendiría a la fe con la convicción que proporciona la evidencia. Por el contrario, es algo mis­terioso, oculto, sacramental. Para llegar a él y comprenderle, se precisa siquiera sea confusamente, una limpia honradez intelectual y una buena voluntad exenta de prejuicios y dócil al manejo de la gracia divina.

Condiciones para ser signo. Para que una religiosa sea signo ver­dadero de la Iglesia y de Cristo ha de gozar de una vivencia espiritual adecuada a lo que quiere significar, una inserción en esas realidades so­brenaturales como soporte de un exterior característico que suscita la sorpresa y promueve la admiración. Un porte ostensible, diferenciado, que cautiva la atención, sin una adecuación íntima con las enseñanzas que preconiza es una flagrante hipocresía. Y una perfecta afinidad con Cristo sin un notorio estilo de vida que la encuadra es un tesoro inser­vible, una riqueza improductiva para el mundo circundante. No tiene razón de signo, de señal, de faro, de bandera, de reclamo y testimonio público. Es una voz que clama en el desierto, una corriente de agua soterrada que no se oye.

El hábito, la vida en común, la moderación, la sobriedad, un dis­creto alejamiento del mundanal ruido junto con una simpatía contagio­sa, una alegría resplandeciente y una fuerte proyección apostólica reviste un poderoso magnetismo, que ofrece al mundo como una sor­presa, como un interrogante. El resto es asunto de Dios. La libertad humana podrá cerrarle la puerta de entrada, pero la religiosa ha lle­nado su cometido haciendo funcionar los resortes sicológicos que pueden predisponer al hombre favorablemente.

Pero una religiosa sin ningún distintivo en el atuendo que acredite su consagración; que asiste a los espectáculos públicos, a las reuniones mundanas, a los lugares frívolos; que utiliza los recursos de la moda y los productos de tocador para embellecerse y agradar, por mucha intimi­dad con Dios que se imagine tener, es un antitestimonio manifiesto. Para los que no la conocen pasa desapercibida, y con ella, su mensaje divino. Los que la conocen sienten ante ella la curiosidad que tiene un niño ante la jaula de un parque zoológico. Si es que no se llevan el dedo índice a las sienes a espaldas suyas. Los más atrevidos, para echar­le más sal y pimienta al asunto, la felicitarán irónicamente por su va­lentía, por su magnífica presentación en sociedad, por su liberación de prejuicios arcaicos. Y hasta puede ser que se insinúen sutilmente, aun­que sólo sea para tantear el terreno que pisan. Es claro que la mujer ha cometido un error de táctica. Ha inventado una versión muy personal de la vida consagrada para su uso particular, la ha llenado de acomo­dos, argucias y sutilezas y ha terminado por no vivir en función de lo que es, ha empalidecido su testimonio y le ha puesto delante una pantalla para que el mundo no lo pueda ver. Una absoluta esterilidad apostólica será el balance de su actitud.

Tentaciones fáciles. 1.a A la hora de dar testimonio puede filtrar­se en el corazón de la religiosa un deseo desmedido de que el mundo la reconozca, la considere y la respete de un modo diríamos público y ofi­cial, porque representa un valor social. Esta tentación se manifiesta en la inquietud por el éxito, por la estimación y por la gratitud; por esa especie de amargura que la hace enojarse, mostrarse severa con los que le niegan el aprecio que cree que merecen ella y su comunidad. Aun­que este afán de estima tiene sus raíces sicológicas, es diametralmente opuesta al espíritu de Cristo que vino simplemente a servir, sin ningún género de recompensa. El afecto y la gratitud son una recompensa a la que no tiene derecho.

2.a La segunda tentación es la agitación, la efervescencia, los pro­yectos y realizaciones espectaculares. De hecho se trata, de un modo inconsciente quizá, de destacar, de darse a conocer. Tal alarde de celo se hace bajo el pretexto de que hay que dar testinionio, hacer señales, ser signo de Dios entre los hombres. Excelente intención si se hace re­saltar que el signo eficaz, el que produce impacto no es el deseo de so­bresalir, sino el hecho de poseer una personalidad adulta y profunda llena de vida divina desde la base del ser hasta la periferia. Entonces la religiosa será signo de por sí, espontáneamente, sin necesidad de pro­paganda publicitaria, sin tener que aparecer como un tablón de anuncios, un torbellino que todo lo agita.

3.a La tercera es el ansia de actuar para manifestar a todos que no es un ser inútil a la sociedad en que vive; es comprometerse resuelta­mente en los sectores humanos que hoy polarizan la atención: acción social, ciencias humanas, tercer mundo, campañas culturales, libera­ción de los oprimidos, presencia en todos los campos de batalla del mun­do moderno. Es verdad que hay que hacer algo so pena de no ser más que mujeres de buenas palabras, que dicen y no hacen. Pero no es eso lo esencial. El compromiso temporal sin el compromiso divino es una pura ilusión.

Su utilidad para la ciudad terrena tiene que ser idéntica a la de Cristo. Consagrado por el Padre fue enviado para una misión especí­fica. Inmediatamente se puso al servicio de los hombres. Fue un servi­cio desinteresado, tenaz y obstinado a pesar de la contradicción y el re­chazo de aquellos a quienes venía a servir. Jesús fue un incomprendido. Sus contemporáneos intentan explotarlo, servirse de su poder, de su ascendiente. Esperan milagros útiles, solicitan los mejores puestos del Reino, le quieren hacer entrar en sus combinaciones, hacerle su aliado por lo menos simpatizante. El rechaza todas las alianzas que le propo­nen. Y es entonces cuando fallan que «conviene que muera un hombre por todo el pueblo^. Esta frase parece el acta de un fracaso. Jesús no ha querido serles útil tal y como ellos pensaban y querían. 11a repudiado el éxito fácil que una conducta acomodaticia le hubiese podido pro­porcionar. Ni es un demagogo que seduce a las masas, ni un ambicioso que busca la gloria y el poder. Está por encima de lo que de El esperan. Les da, no lo que ellos piden, sino lo que necesitan: eso que el Evange­lio resume en una frase: el Reino de Dios.

Como testigo de Cristo, la religiosa no tiene otra trayectoria que seguir. Tiene que ser su signo y su testimonio porque ésto es lo que constituye el carácter irrecusable y permanente de su vida consagrada. Pero ha de serlo, no como una especie de supercristiana que descuella y sirve de modelo a los demás, sino como una cristiana sencilla que vive profunda y radicalmente su bautismo. Esta aparente antítesis de no tratar de dar testimonio y, sin embargo, serlo auténticamente, se su­pera recordando que la religiosa no representa ningún personaje, sino que es el personaje mismo. La mujer que representa un personaje es una actriz que aprende su papel, lo ensaya, se maquilla ante el espejo de su camerino y actúa ante el público como mejor sabe. La religiosa es el personaje mismo, no necesita aprender ni ensayar nada, habla y se mueve espontáneamente, con naturalidad. La religiosa no representa a Cristo; lo es. Tiene entonces que dejar que Cristo se difunda, irradie y resplandezca por sí mismo, sin preocuparse de adoptar actitudes, tomar posturas y buscar eficacia. Recuérdense al fariseo y publicano de la parábola. El primero pretende dar testimonio y lo que le sale es un sarcasmo, una parodia, una comedia del peor género. El segundo vive sinceramente su estado de ánimo; dice lo que siente y siente lo que dice: es un verdadero testigo de la bondad de Dios.

Se ha comprobado la ineficacia de tantos discursos, argumentos, libros, grupos y movimientos sociales montados para la galería. To­das estas pruebas no impresionan ya. Dios sigue siendo el gran ausente del mundo. Es necesario que haya hombres pecadores, mujeres débiles que digan y proclamen que han encontrado a Dios, pese a sus debilida­des humanas; que lo digan a su manera, como quien confía un secreto abrumador, una alegría íntima o un amor naciente; que lo proclamen con sus vidas sencillas sin florituras ni artilugios; que hagan estas confidencias tímidamente, torpemente, con palabras balbucientes, casi sin pretenderlo… He aquí el testimonio que espera de la religiosa el mundo de hoy. No lo quiere organizado, persuasivo; lo quiere autén­tico, fraternal.

III

La religiosa pertenece a dos mundos: al de Dios y al de los hom­bres, al cielo y a la tierra. Dios es la razón de su ser y de su forma de ser. Un contacto con El sin solución de continuidad es para ella cues­tión de vida o muerte. Los hombres son sus hermanos para cuyo servi­cio el Señor la necesita. Si se deja absorber excesivamente por ellos corre el peligro de perder de vista su centro vital. Si se sumerge total­mente en la contemplación de la divinidad su testimonio evangélico o dejará de existir o perderá efectividad. Se impone el equilibrio, la armonía y la unidad de vida.

Por otra parte, ella es una mujer de su tiempo. No puede renunciar a su feminidad. Todas las conquistas femeninas compatibles con su es­tado le pertenecen. Ha de ser una mujer plena y cabal. Dice León Bloy que una mujer cuánto más santa, más mujer. O sea que sólo a con­dición de ser santa será exquisitamente femenina, desarrollará sus mara­villosas cualidades, influirá en el mundo, le salvará. Sóló con esta condi­ción podrá esquivar el escollo de un falso misticismo y el riesgo de la secularización que hoy constituye una seria amenaza. En ambas contin­gencias quedaría obscurecido su carácter de signo.

Sacralización es el hecho de ordenar hacia Dios todas las reali­dades terrestres. Es admitir a Dios como gobernando directamente al mundo y dirigiendo todos los pasos del hombre hacia su eterno destino. Es hacer a Dios presente y actuando en medio de nosotros. Es una re­nuncia absoluta a los valores humanos para sustituirla por la confianza total en los planes divinos, en sus esquemas revelados por las leyes na­tural y divina y por las estructuras eclesiásticas aceptadas libremente por el hombre. La sacralización da la máxima importancia a la fe, a la reli­gión, al orden sobrenatural y guarda un interés muy relativo para los valores humanos, como la ciencia, la técnica, la investigación, la filo­sofía, etc. Históricamente éste es el sistema por el que se ha regido la sociedad hasta poco menos de dos siglos. Las instituciones y estructuras eclesiásticas influían y dominaban todos los estamentos de la sociedad. Lo mismo se puede decir de las demás religiones fuera de la cristiana.

Secularización es todo lo contrario. Proclama la soberana digni­dad de la persona humana. Reconoce como absolutos sus valores. Afir­ma la autonomía de su inteligencia y de su voluntad. Da por sentada la directa e inmediata intervención humana en la marcha y evolución del mundo. Tiene fe en la bondad sustancial de las cosas terrestres. Las relaciones con el mundo trascendente, si es que existe, son asunto es­trictamente privado, reservado e individual. En este asunto el hombre social no entiende nada, no puede hacer nada, no es llamado a intervenir en nada. Rechaza rotundamente una sociedad dominada por la influen­cia, las costumbres, las instituciones sagradas. Aboga, por lo tanto, por un mundo desacralizado, profano y secular.

En las dos concepciones hay elementos aceptables y posturas inadmisibles. En la sacralización hay unos supuestos que es necesario desmontar, como la subestimación de los valores humanos que mini­miniza con exceso; la desconfianza en el gobierno del hombre por el hombre; la intervención directa, inmediata, casi fatalista, de Dios en todos los asuntos humanos; cierta visión del mundo que rezuma mani­queísmo. La secularización aporta muchísimos valores positivos, pero hay que descalificar algunas de sus tendencias: las palabras mundo y siglo tienen un sentido que se opone al Evangelio y otro que no le contradice; no se puede negar ni siquiera prescindir de la presencia de Dios en el mundo. La sociedad tiene obligación de aceptar los derechos divinos fundamentales. No se puede dar al hombre una absoluta auto­nomía moral. Es necesario reconocer una cierta intervención divina en la historia humana tanto colectiva como individual. Hechas estas salvedades hoy por hoy se va extendiendo la secularización de la socie­dad como un hecho que parece irreversible. Todos lo veríamos con buenos ojos si no propendiera, por su propio peso de gravedad, a la in­terpretación atea, materialista, hedonista y racionalista de la vida hu­mana.

Dado que la sociedad está en vías de secularización, ¿es conveniente que la comunidad religiosa se vaya también secularizando? Para esta pregunta hay una sola respuesta: rotundamente, no. Precisamente es ella la que tiene que llevar a Dios a un mundo secularizado. Adaptar­se y renovarse no es secularizarse. Claro está que para dejarse entender del mundo secularizado tiene que aceptar el hecho de que es éso, un mundo desacralizado y profano y por tanto necesita dar a su lengua­je un matiz actual, contornear suavemente las formas externas, moder­nizar los procedimientos y disponer de una voluntad flexible y clarifi­cadora. Así podrá colocar a Dios allí de donde ha sido echado. Pero de ésto a adoptar sin discriminación todos los criterios de una mentalidad secularizada hay un abismo insalvable.

Vida consagrada y vida secularizada son dos términos antitéti­cos. La religiosa es una mujer sagrada, consagrada. La consagración penetra todo su ser y todas las formas de su ser. De toda su persona trasciende un olor a Cristo. No puede hacerse de ella una mujer como otra cualquiera. Con el pretexto de integrarla en el ambiente en que tiene que moverse y con el fin de conocer y manejar mejor los resortes de su apostolado no pueden borrarse alegremente las diferencias que existen entre ella y la mujer seglar, entre una mujer corriente y una comprome­tida, llamada por Jesucristo a seguirle en pobreza, castidad y obedien­cia. Ella es la sal de la tierra. Las palabras de Jesús son válidas para todos los tiempos. Si la sal se vuelve insípida no vale para otra cosa, sino para ser arrojada y pisoteada. Se halla en el terrible dilema de o conseguir su plena dimensión religiosa o convertirse en una caricatura, en un ser deforme que sólo inspira repugnancia.

Una comunidad es la suma de sus componentes. Frente al problema de la secularización el conjunto debe tomar la misma actitud que cada una de sus partes. Mirar alborozada y optimista las innegables venta­jas que reporta a la sociedad y al mismo tiempo desconfiar de su enorme poder de seducción que arrastra fatalmente a extremismos condenables. Por de pronto debe lamentar que la secularidad se deslice casi siempre por la rampa del secularismo, o sea, de la explicación naturalista del hombre y del mundo. Es necesario que tenga en cuenta, así mismo, que la necesaria renovación y adaptación a los tiempos actuales no significa la desmitificación de la vida religiosa, como si ésta, encerrada en su crisálida, fuera incapaz de comprender al hombre del siglo XX. Ruptura y continuidad. He aquí, resumido en dos palabras, un buen programa de renovación. Ruptura con las fórmulas estrechas, rígidas, oxidadas que impiden estar más cerca del mundo. Continuidad en los presupuestos evangélicos de la vida religiosa, en su espíritu fundacional y en las estructuras esenciales. Lo mudable, circunstancial e histórico debe ser objeto de revisión. Lo demás es intangible porque constituye el sistema óseo, nervioso y circulatorio del cuerpo del Instituto.

Así como en el mundo la secularización propende al ateísmo prác­tico en la comunidad conduce a la extinción de la vida consagrada. Con pretextos renovadores las extremistas causan efectos demoledores. Convierten la adaptación superficial en un cambio radical. En su afán de modernizar su congregación acaban por encontrar el dogal con el que quedarán estranguladas. Véase una interesante antología de las propues­tas y aspiraciones que presentan para actualizarla:

Supresión del hábito y de la vida en común para insertarse mejor en el medio ambiente social.

Más que colegialidad, democratización total de la gestión comu­nitaria.

Libertad personal para adquirir compromisos apostólicos y so­ciales.

Posibilidad de estar presentes en los ambientes mundanos que pa­rezcan oportunos, como clubs, cines, playas, etc.

Autonomía para organizar su tiempo libre y sus vacaciones.

El único criterio de obediencia son las razones que alegue la au­toridad.

No hace falta seguir enumerando las teorías peregrinas y secula­rizantes que suponen sus conclusiones relativas a la vocación temporal, a las relaciones con la familia natural, al amor humano, a la oración, al trabajo y a la misma administración comunitaria… Alegan que para dialogar con el mundo hay que ponerse a su nivel. Pero por el sistema que han elegido, cuando lo consigan, han ido perdiendo por el camino el ideal, la vocación, la decencia y hasta la honradez. Efectivamente se han colocado, como pretendían, al nivel del mundo.

«La vida religiosa es signo de la presencia de Cristo en la tierra, manifestación de la Iglesia y revelación de la vida celestial.» Quien ve a una religiosa ve a la Iglesia; quien ve a la Iglesia ve a Cristo; quien ve a Cristo ve el Padre. Ella es el primer eslabón de la cadena, el primer peldaño de la escala, la primera letra del alfabeto. Es un misterio en el que se contienen todos los demás. Pero es eso: un misterio de fe y de amor. Nunca podrá ser descifrada del todo. Nunca será comprendida por todos. El mundo se preguntará siempre por la razón de su existen­cia, y no la encontrará. Y la tildará de absurda, de nada razonable. Y pensará la verdad. De tejas abajo la vida religiosa no es razonable. Cuando todo el mundo la encuentre completamente lógica y trans­parente es que ha perdido su carácter de signo; es decir, que habrá desaparecido. Ya podrán entonces todas las consagradas del mundo lan­zar su llanto sobre el cuenco de sus manos y llorar cobardemente lo que valientemente no supieron defender. No, no es el mundo, sino Cris­to el que tiene que decirles lo que tienen que ser y cómo tienen que ac­tuar. No pueden aceptar más que lo que tenga una ejecutoria evan­gélica. El mundo secularizado, en su intento de hacerlas a su imagen y semejanza sólo conseguirá sacar las aguas de su cauce. Ellas empe­zarán a dudar de sí mismas. La duda se hará cada día más afilada y cor­tante y terminará partiendo sus vidas por medio como una guillotina.

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