En respuesta a tu llamada: Comunidad de oración

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD DE ORACION

ORACION PERSONAL

Hay que dar la primacía de lo espiritual sobre lo temporal. La vida consagrada no se puede estimar solamente por su dimensión apos­tólica. El bien de la Iglesia a cuyo servicio se ordena no ha de conce­birse con exclusividad de una forma práctica y visible, porque entonces los Institutos se convertirían en unas empresas colectivas cuyo fin esen­cial sería asegurar la mayor eficacia del apostolado por el máximo empleo de fuerzas disponibles y por una organización más racional y sistemática. No, no son pura y simplemente asociaciones destinadas a la acción, sino también grupos entregados a la oración y a la contempla­ción que son el alma de aquélla. Su finalidad primera consiste en la imitación de Cristo, en la unión con El, en alcanzar su vida íntima, su espíritu interior, su santidad. Por eso no ha de prevalecer jamás la opinión falsa de que tienen que dedicarse primordialmente a las activi­dades externas, asignando a la oración privada el tiempo que quede, si es que alguno queda. De ajustarse a esta teoría tropezarían con el dogal que acabaría estrangulando el conducto de la misma vida apostólica. Es la mentalidad desviada de nuestra época que preconiza la reforma eclesial, no desde dentro, desde la vida interior, sino desde fuera, desde la fachada, desde las llamadas estructuras que se van quedando en pala­bras paliativas. Un tratamiento médico racional es curar la herida de dentro para afuera, porque si se sutura la piel y no se limpia el fondo de la úlcera se corre el peligro de dejar en el interior la enfermedad. Hay que abordar, por tanto, los graves_problemas de la Iglesia restableciendo y cultivando a nivel individual las relaciones íntimas con Cristo. Se remedian mejor sus necesidades con unos pocos gramos de espirituali­dad que con un voluminoso tonelaje de actividad y de pragmatismo.

Consecuencia de esta primacía es la importancia que hay que otor­gar a la oración y a la contemplación. No se recomienda tanto la fide­lidad a la oración como al espíritu de la misma. La razón es que, antes de expresarse en un ejercicio o en una serie de actos, la oración consiste en una actitud radical del alma, en una aspiración asidua, persistente a entrar en contacto con Dios. Pero el hábito de la oración se adquiere y se incrementa a su vez con la repetición de los actos específicos, con la práctica y el ejercicio. Nada puede reemplazar al tiempo dedicado a la oración. Es un absurdo decir que es tiempo pérdido el que se dedica directa y exclusivamente a Dios. No podemos limitarnos al simple es­fuerzo de orientar nuestra vida y actividad hacia el Señor. Esa orientación para ser eficiente debe expresarse en unos momentos en los que se excluya toda otra actividad. Es necesaria, pues, la lealtad a un programa de oración para el mantenimiento y desarrollo de la vida espiritual.

«Tú, cuando ores, entra en tu habitación…» La mujer consagrada necesita retiro, silencio, repliegue a la reflexión en la soledad. Deberá hacer de vez en cuando de su habitación un claustro para no mundani­zarse. Si no atraca su nave en la tranquilidad del puerto se embrutecerá con la batahola y el estruendo en que está de ordinario sumergida. La oración privada será siempre una fuente inagotable de vigor espiritual. En medio de los colores chillones de los letreros publicitarios es fácil que olvide cómo se han de ver con objetividad las cosas del mundo. Con el rumor que producen millares de motores, sirenas y altavoces puede volverse sorda y no percibir con claridad lo que hay detrás de las apa­riencias brillantes. No advierte la presencia de Dios. No oye la única voz amiga capaz de hacerla vibrar de ilusión y de entusiasmo. No se trata de un peligro imaginario. Yo he oído a un apóstol denunciar con acento profético las injusticias sociales mientras sus relaciones comuni­tarias eran abiertamente injustas. Sólo el silencio de la oración nos de­vuelve el perfecto funcionamiento de la vista y del oído interiores. La oración nunca es un tiempo perdido, sino la más concentrada actividad. Es una acumulación de energías que se convertirán en movimientos; unos graneros que se llenan para dar de comer a los que desfallecen de hambre; una cisterna que se colma de agua para dar de beber a los que se mueren de sed.

Es sorprendente que Cristo hable de la oración en la habitación, y no en el templo o en la sinagoga. Lo que era válido para su tiempo lo es igualmente para el nuestro. Hoy día se advierte la propensión a cargar el acento sobre la colectividad más que sobre el individuo. Pa­rece ser una legítima reacción contra el individualismo del siglo libe­ral. Y esto ocurre tanto en el terreno social como en el religioso. Por eso se da mucho valor —y de verdad lo tiene— a la oración colectiva, a la oración de la asamblea cristiana, pero no se quiere saber nada de la oración íntima particular, juzgándola una oración de segundo orden. Las palabras de Cristo son una invitación y una justificación de la ora­ción personal, privada, individual. Es propio de personas miopes, unilaterales, dar valor solamente a una determinada forma de orar. El hombre constituye una personalidad encerrada en sí misma y al mis­mo tiempo en relación con los demás. Por eso son propias de su naturale­za la oración subjetiva y la oración corporativa. Además tiene relaciones con Dios como individuo y como miembro de la comunidad. Si sabe orar individualmente y en común, posee la oración en sus dos dimen­siones, la oración en toda su plenitud. Por eso el servicio litúrgico que no dispone, como base, de la devoción personal decae lentamente y se reduce a una mera fidelidad externa. Y la oración y contemplación que no desembocan en el océano de la liturgia degeneran en un aislamiento individualista.

«Es necesario orar siempre sin desfallecer…» No hay incompatibi­lidad entre la oración y el trabajo. Si así fuera, el Evangelio faltaría a la verdad. Es evidente que el sentido de la frase mencionada no apunta ni a la actividad física, ni a la labor intelectual, artística o social. Se refiere al diálogo con Dios, al trato con el Padre celestial, a esa corriente de ida y vuelta, a ese intercambio de corazón a corazón. Este flujo y re­flujo, según la sentencia lapidaria de Cristo, no puede sufrir interrup­ción sin peligro de asfixia. Es la respiración del alma. Es ese misterioso metabolismo basal sin el cual es imposible la vida. Viene a mi memoria el recuerdo de los astronautas: Tienen asegurado el oxígeno de la tierra allá, a las mayores alturas. Respirar no es solamente un deber humano; es una necesidad vital.

Pero la oración no es cuestión de tiempo. No es la oración de todas las horas, según el título de un libro muy conocido. Es una acti­tud del alma que está habitualmente unida a Dios. Ahora bien, seme­jante unión, siendo como es, puramente interior, se compadece con el trajín y el agobio del trabajo que es algo exterior. San Pablo ardía en celo apostólico: «ya os acordaréis, hermanos —decía— de nuestros trabajos y fatigas: «trabajamos entre vosotros día y noche…» Y he aquí lo que escribe en otra parte: «Yo vivo, o más bien, no soy yo el que vive, sino Cristo es el que vive en mí… Mi vivir es Cristo». San Pablo compaginaba el saboreo constante de la presencia de Cristo con los trabajos más agotadores.

Esta vida de trabajo continuo y de oración ininterrumpida no im­plica, como algunos suponen, una tensión incesante, una idea obsesiva, una fatiga mental intolerable tratándose de personas normales. ¿Está desasosegado y nervioso un niño que lleva una fruta a la boca con la mano izquierda mientras tiene la derecha asida a la de su madre? ¿Re­sulta penoso a un enamorado evocar el recuerdo de la mujer que ama mientras está entregado a sus tareas cotidianas? Pensar en Dios no es difícil. Se piensa con naturalidad en los seres queridos. El senti­miento de la presencia de Dios debía sernos tan habitual que no preci­sara de ningún esfuerzo y llegara a ser espontáneo y natural. Como la función respiratoria es el ritmo ordinario del cuerpo, la oración debiera ser el ritmo ordinario del alma. Es muy lamentable que no forme una pareja indisoluble con la acción, siendo así que debe impregnarla, com­penetrarla, unificarla. Y más lamentable todavía cuando se sitúan las dos en oposición manifiesta, como cuando se oye esta exclamación: «he terminado mi oración; ahora a trabajar…» Pero es el caso que no podemos llevar dos vidas. La vida es una, total e indivisible. El aposto­lado y la unión con Dios son dos cosas tan inseparables como el alma y el cuerpo en un ser humano vivo y saludable. A causa de las dificul­tades que muchos encuentran para orar acaban no orando nunca. No les queda tiempo. Y terminan por ser víctimas del mal de nuestro siglo que cotiza todos los esfuerzos por la eficacia tangible; que da un ce­rrojazo a la oración con esta fórmula anticristiana tal como algunos la entienden: trabajar es orar.

«Permaneced en mí y yo en vosotros… para dar más fruto…» El fin directo e inmediato de la oración es Dios. En ella se le busca y se le ama por sí mismo. Este es el único enfoque que le da el Evangelio. La irradiación apostólica es una consecuencia de la vida oculta en Dios. En este sentido la terminología tiene mucha importancia. El Concilio Vaticano II afirma que cierto grado de contemplación es inherente a la vida consagrada. Ahora bien, la palabra contemplación acentúa este aspecto gratuito y desinteresado de buscar a Dios. La contempla­ción tiene mayor amplitud que la oración. La condiciona, la matiza, la depura, la sublima. La acción resulta también más beneficiada. El acto de fijar en Dios la mente y el corazón es el más elevado y noble que puede realizar el hombre. Desde él se ha de partir para ordenar la inmensa pirámide de las actividades humanas. La contemplación acerca a nosotros los misterios de Dios, descubre sus designios sobre el mundo y nos revela el destino de la propia vocación. Nos ayuda a ver los acontecimientos históricos con la misma mirada de Dios, nos mantiene en una perpetua pureza de intención, nos impulsa a prestar atención a nuestr2s semejantes y nos lanza a la búsqueda de Dios en medio de la complejidad enmarañada y del movimiento trepidante de nuestras vi­das. En ella está la solución de esa aparente antinomia que encierra la frase de San Pablo: «hacerse todo a todos», cuando se la coteja con la de Cristo: «venid conmigo aparte, descansad un poquito…» En ella está la explicación de la conducta de los apóstoles que cedieron a otros el servicio de las mesas para dedicarse asiduamente a la oración y a la palabra. En ella, por fin, está la razón de aquel conocimiento sublime, de aquella ciencia eminente de Cristo que el mismo San Pablo afirmaba poseer.

«Sin mí nada podéis hacer…» Cinco palabras, como cinco argu­mentos contundentes e irrebatibles en favor de la oración. Me gustaría saber qué clase de exégesis hacen de ellas los activistas, los humanistas, los partidarios del cristianismo horizontal. Es en ellas donde yo me apo­yo para afirmar la propia cosmovisión vertical. Es históricamente falso que la oración y la caridad hacia Dios hayan debilitado en los cristia­nos la caridad hacia el prójimo. Habrá podido suceder que algunos hayan buscado en la oración un refugio, un pretexto para su pereza y su poltronería, pero en realidad los tales no eran, ni mucho menos, unos cris­tianos auténticos. Está comprobado que aquellos que más bien han trabajado por los demás han sido hombres o mujeres de una intensa vida de oración y a veces grandes contemplativos. Es falso el principio que ellos, los detractores de la oración, lanzan, como un reto, al viento de la Iglesia: «Lo que se da a Dios se quita al hombre.» La verdad es exac­tamente lo contrario. Lo que se da a Dios se le da al hombre. Cuanto más se da a Dios más se da al hombre. Dios no toma nada, sino que lo da todo. Por eso el camino más corto que lleva al hombre es el que pasa por Dios. Nuestras relaciones interpersonales son tanto más íntimas y profundas, tanto más afectivas y efectivas cuanto con más claridad brillen estas mismas notas en nuestras relaciones con Dios.

«El que no está conmigo está contra mí y el que no recoge con­migo desparrama…» Con Cristo no cabe la neutralidad. Ser o no ser amigo suyo no es precisamente la fórmula adecuada para expresar el estado de nuestras relaciones con El. Son sus propias palabras las que ponen a los hombres en esta aterradora disyuntiva: el que no es su amigo acreditado es su enemigo declarado. Ahora bien, todo el mundo sabe que la amistad se prueba y se acredita por la frecuencia de los encuentros personales, las citas, las entrevistas, la sintonía de ideas, sentimientos y criterios, la identidad de gustos, de simpatías… Estas y otras muchas maneras de contrastar la amistad humana caben también tratándose, de la amistad divina de Cristo. Y todas las manifestaciones de esta amistad se encierran en estuche diminuto de una sola palabra: oración. Orar es tratar de amistad, decía Santa Teresa. Oración y amistad se identifican. El que ora es amigo de Cristo y poderoso, como El, en obras y en palabras. El que no ora es enemigo de Cristo, público y ma­nifiesto. O a lo sumo, un lobo con piel de oveja.

«Todo árbol bueno da buenos frutos… El que permanece en mi y yo en él produce fruto abundante… Os he elegido para que vayáis y deis mucho fruto y vuestro fruto sea permanente…» Está claro que el fruto apostólico propio o ajeno, visible o invisible, brota, no de la ac­tividad, sino de las íntimas relaciones de los miembros de Cristo con su cabeza. Podía arriesgarme a proferir esta paradoja. Los días más útiles a las obras de celo son precisamente aquéllos en que los actores están ausentes de ellas para dedicarse a la oración personal, al retiro anual, etcétera. Son unas horas o unos días menos de trabajo, pero al tiempo de la cosecha habrá una tierra restallante de mieses. Ni un pecador hace santos; ni un tibio, fervorosos. Ni el impuro purifica; ni el frío calienta. El que vacila y titubea no puede producir hombres seguros y convencidos. El que no arde no puede encender. Para comunicar la vida hay que tenerla. La generación espontánea es nula en todos los órdenes. Hay que orar sin intermitencias. El que no está penetrado no puede penetrar. Las mejores palabras, las que llegan al alma, son las que surgen después de haber estado de rodillas, mirando al sagrario buscando en Dios mismo, más que en los libros, lo que de El se va a de­cir. Los oyentes no se engañan nunca. Caen en la cuenta enseguida si las palabras salen solamente de la cabeza o del corazón; si es nada más una bella pieza literaria o la expresión sincera de la verdad vivida. El que habla se delata por muchos indicios de los que él no tiene ni si­quiera conciencia. La expresión de los ojos, la emoción de la voz, el matiz del tono, la calidad de la idea más que de la palabra, el continente todo del que habla revela la persuasión profunda de lo que está di­ciendo. Y esto es, en fm de cuentas, lo que, con la gracia de Dios, con­vierte, cambia, transforma a los oyentes. Porque ¿qué es, en resumen, el apostolado de la palabra, sino algo que nace de la plenitud de la con­templación, la manifestación pública de una meditación privada y para decirlo en dos palabras, una oración comunicada…?

«Venid unos momentos aparte de la gente…» La oración es una cura de reposo en la vida nerviosa, agitada, casi cinematográfica del apóstol. Moral y sicológicamente es su alimentación más sana y re­constituyente para la actividad febril que hace estragos en su ser. Es un sedante que devuelve a sus miembros y a su cerebro el ritmo normal. Es como el aire puro de las altas montañas. Se respira a pleno pulmón en esas cumbres que están tan cerca del cielo. Desde allí el hormiguero humano parece bien poca cosa. Desde las magníficas cimas de la fe y de la oración se ven las cosas y las personas en su verdadera dimen­sión. Allí sopla el aire puro, apto para los tuberculosos de espíritu que respiran poco y mal, con una parte tan sólo de sus pulmones…

«Señor, enséñanos a orar…» Jesús, el enviado del Padre, es decha­do y paradigma de oración para los demás enviados suyos. Su unión hipostática le aseguraba un riguroso contacto íntimo y personal con el Padre. La corriente de su oración fluía sin solución de continuidad. Pero su pobre naturaleza humana, triturada por todas las debilidades humanas, menos por el pecado, buscaba con avidez la soledad y el silencio para derrarmarse en afectos y palabras llenas de confianza filial. El Evangelio detalla esos momentos efusivos, esos tiempos dedicados al diálogo con Aquel que le había enviado. A veces su oración era pública, pero El tenía preferencia por los encuentros secretos con su Padre. Tes­tigos de aquella intimidad fueron con frecuencia los altos árboles en cu­yos troncos apoyaba su cabeza, la noche rumorosa a cuyas sombras se acogía, la luna redonda que le envolvía con su blanca luz.

La táctica de Jesús pulveriza todos los sofismas que los modernos seudoapóstoles esgrimen para cohonestar su injustificable proceder y demostrar que el tiempo consagrado a la oración no es tiempo perdido; echa por tierra la afirmación gratuita, de que el cristiano tiene suficien­te con la oración litúrgica, pues Jesucristo tampoco estimaba suficiente para sí acudir a los actos rituales del templo ni a las asambleas regula­res de la sinagoga; deshace, como una burbuja, la socorrida excusa de la falta de tiempo que podría traducirse en falta de organización, pues si ellos o ellas no disponen de un momento para la oración en la apreta­da agenda de sus actividades, El no la omitía, pese a que muchos días las turbas no le dejaban ni un paréntesis de tiempo para comer, como puntualiza el Evangelio. Tales razonamientos no son más que unos bri­llantes abalorios retóricos que no seducen más que a los indolentes, a los deformados, a los tontos y a los incautos. Lo que todos sabemos es que el apóstol se desintegra a medida que se aparta de su Jefe y Maes­tro. Lo que le va bien a Cristo le va bien a él. No vale la pena que Cristo viniera al mundo para que sus discípulos organizaran la vida a su ta­lante y no según el esquema divino de su modelo. Sus actuaciones esta­rán consteladas de vivencias, experiencias, tropos y metáforas; pare­cerán rezumar enjundia pastoral; pero el resultado secreto será una chapucería espiritual, por no darle otro nombre peor.

ORACION COMUNITARIA

Hago alusión con estas dos palabras, no a la participación de la comunidad en la oración pública y oficial de la Iglesia como parte que es de la asamblea cristiana, sino a la oración que hace aparte, ella sola, como grupo consagrado, como una verdadera familia que se reúne alrededor del Padre celestial. En este sentido no dudo en afirmar que una comunidad no puede decirse auténtica si en la distribución de las horas del día y en la organización de sus actividades no tiene señalados unos tiempos libres para orar unidas ante Dios formando un solo corazón y un alma sola. La oración personal está en la raíz de esta vida química­mente evangélica. Es la que da origen y apoyo a todas las formas de oración. Pero no basta, como no basta la raíz para que exista el árbol. La oración litúrgica también le es indispensable si quiere apellidarse cris­tiana, pero tampoco le es suficiente sino quiere ver desvanecida esa tonalidad peculiar que le caracteriza en el seno de la Iglesia.

Los papas por medio del magisterio ecuménico, los obispos desde las páginas de sus pastorales, los sacerdotes en la pluralidad de sus mi­nisterios han insistido en responsabilizar a los esposos cristianos, no sólo en la participación litúrgica, sino también en el cultivo de la ora­ción en familia a causa de su eficacia sobrenatural, su poder vinculante y su recia ejemplaridad. Esta vieja costumbre familiar va siendo barrida de los hogares católicos por la corriente neopagana de la vida moderna, pero no me atrevo a estampar aquí, por ser demasiado fuerte, el califi­cativo que se granjea quien la desaconseja o la ridiculiza. ¿Y no es la oración comunitaria la oración de una verdadera familia reunida en el nombre del Señor? ¿No tiene el mismo magnetismo espiritual, la misma virtud aglutinante y el mismo valor pedagógico? ¿No acarrearía su decadencia o su extinción un activismo materialista y disolvente sobre las comunidades? ¿Qué ascendente, qué fuerza suasoria pueden éstas tener al recomendar a las familias seglares una forma de oración que ellas prácticamente han rechazado…?

«Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en me­dio de ellos…» Todo el quehacer comunitario está marcado por la pre­sencia invisible, pero real, de Cristo. Hacia El se polarizan y alrededor de El giran palabras, actitudes, horarios, trabajos y formas de vida. Pero sería inaudito que se reunieran las Hermanas en el nombre del Señor para trabajar, para comer, para recrearse, para hacer una excursión y hasta para ver la televisión y no fueran capaces de juntarse para orar. Y no se me diga que ya se congregan en la oración pública del pueblo de Dios, porque esto sólo pnieba que siguen formando parte de la asam­blea cristiana a la que jamás han renunciado. Pero es que además la comunidad consagrada tiene un sentido familiar y restrictivo. La presen­cia de Cristo en su oración tiene un matiz peculiar que no adquiere en la oración colectiva oficial. Esto es evidente. La presencia divina es obje­tivamente idéntica en todas las asambleas convocadas en su nombre, pero acusa en cada cual unas diferencias derivadas de los fines perseguidos por la reunión. Y así como está presente de modo multiforme en la Eucaristía, en el pobre, en el prójimo y en la autoridad, así también queda matizada por la oración de un sínodo, de un concilio, de un con­greso, de unos ejercicios, etc. La comunidad consagrada tiene sus fines específicos, además de los universales, comunes a toda la Iglesia. Si no los tuviera no debiera singularizarse en nada de la comunidad cristiana. El trabajo, la comida, el vestido, las diversiones, la organización laboral debieran ser comunes a los que adopta a generalidad de los fieles. Y en rigor ésta tenía que ser la consecuencia lógica de no admitir para la comunidad consagrada otra forma de oración que la ordinaria del pueblo cristiano.

Los medios deben estar proporcionados al fin que se intenta al­canzar. Una entidad, empresa o corporación cuyas aspiraciones no tras­cienden las realidades terrenas sólo alcanzarán las metas propuestas con el empleo de medios técnicos, sensibles, temporales. El fin de la vida consagrada es hacer posible y visible lá vida de Cristo en la tierra, mos­trar al mundo la dimensión profética y escatológica del Reino. Es un fin netamente sobrenatural, aunque con derivaciones de tipo terreno o temporal. Es lógico que los medios utilizados revistan un sello eminen­temente sobrenatural. Entre ellos la oración ocupa necesariamente el pri­mer plano. Pero como se trata de unas mujeres que se han reunido para lograr sus objetivos, no cada una por su parte, sino colectivamente, la resultante es que el instrumento de la oración ha de ser manejado por ellas en común si quieren ser consecuentes a su incorporación al grupo.Porque, para caminar en solitario contaban con otras formas de vida consagrada existentes en la Iglesia, como son, por ejemplo, los institutos seculares.

Una comunidad debe presentarse siempre como tal delante del cielo y de la tierra. Ante Dios, porque es una verdadera familia reunida en su nombre. Ante el menudo, porque es un signo de la comunidad celeste. Pero no hay que olvidar que es una comunidad de personas, de seres humanos integrados de materia y espíritu. Sería incompleta la unión que se estableciera solamente por la base espiritual de la caridad. Se pre­cisa también enlace, conexión, compañía en el plano visible y corporal, en todos los actos sin discriminación en los que la comunidad pueda ma­nifestarse y expresarse como tal. ¿La vería Dios como a una verdadera familia suya si se reuniera para todas las cosas, menos para la oración? ¿Sería para el mundo un auténtico testimonio de la vida futura casi si se pusiera de acuerdo para todo, menos para orar?

Es una tradición tan antigua como la misma Iglesia. La oración comunitaria nace con los primeros cenobios en las postrimerías del siglo tercero. Desde entonces aparece invariablemente en todos los monas­terios de ambos sexos, en todos los conventos de vida contemplativa, en todas las casas de vida apostólica, en las constituciones de todas las órdenes, congregaciones e institutos de vida común. Es una línea recta que no se quiebra, una luz que no se apaga ni en las convulsiones y trastornos, ni en las grandes escisiones y polémicas, ni en las reformas, ni en los escándalos que periódicamente atraviesan la vida religiosa, como si fueran sacudidas sísmicas. Ha sido algo que le ha dado siempre, pese a ser tan pluriforme, un sentido monolítico que la ha hecho prác­ticamente inatacable. Por eso es ridículo aplicar a la oración comuni­taria taria el consabido argumento que por probar demasiado no prueba absolutamente nada: lo que era bueno para ayer no lo es para hoy… Porque los Fundadores de todas las familias religiosas fueron hombres o mujeres carismáticos, de santidad reconocida y canonizada, que fueron a sacar sus creaciones de la sustancia evangélica y las entroncaron con la Persona de Cristo que es de ayer, de hoy y de mañana. Si para la reno­vación preceptuada por el Concilio Vaticano II hay que acudir a las fuentes, en la cuna de todas las comunidades, sin excepción, se en­contrará la oración comunitaria, como un agua viva vertida allí direc­tamente del Evangelio. Y es que, hay que repetirlo, no pertenece al orden de las estructuras, sino a la esencia misma de la vida común.

La vida consagrada es la expresión de la Iglesia orante. Es una Iglesia en miniatura. Pero para serlo genuinamente ha de encerrar en el estuche de su intimidad todas las notas características de la Iglesia universal. Una de dichas notas es la oración asidua y vigilante. La Iglesia es la madre de una gran familia numerosa y necesitada. Es la esposa enamorada del Hijo del Hombre al que sólo ve presente en la fe. Por eso su figura se recorta siempre en el cielo en ademán de sú­plica, de gratitud, de adoración y de alabanza. No solamente exhorta a sus hijos a la oración personal continuada, sino que también los urge estrictamente a participar con frecuencia en la oración litúrgica, porque sabe que la salvación colectiva querida por Dios debe fluir por los an­chos cauces de la oración colectiva. La vida consagrada, signo y esbozo, copia y reproducción de la Iglesia debe ofrecer, por tanto, so pena de traicionarse a sí misma, esa doble vertiente de la oración eclesial: La que brota ininterrumpidamente en la soledad del corazón y la que se derrama periódicamente en la unión familiar; la oración en soli­tario y la oración en común. Las personas consagradas que tratan de persuadir a los fieles de que se plieguen a las exigencias de la oración de la iglesia local sin ajustarse ellas mismas a los imperativos de la ora­ción comunitaria, no pueden convencer a nadie porque carecen de prestigio y autoridad. Sólo pueden recibir, como una bofetada en el rostro, esta réplica irrebatible: médico, cúrate a ti mismo. Para conducir a los hombres a la iglesia hay que pasar antes por el oratorio de la comunidad.

Los desplazamientos a que obligan las actividades apostólicas, los afanes caritativos, los deberes profesionales y los compromisos sociales imponen un alejamiento temporal, una ausencia necesaria e ineludible de la comunidad. Es preciso entonces dejar a Dios por Dios, en frase de San Vicente de Paúl. Pero después de estas singladuras ocasiona­les, la nave necesita fondear en la dársena del puerto para reparar las averías, limpiar los fondos y repostar el combustible que ha de consumir en la próxima navegación. Los muelles de la vida común están montados con la suficiente técnica para dejar al alma tan acendrada, airosa y fla­mante como si acabara de salir del arsenal. Una mujer consagrada no es un navío siempre surto en el puerto, pero tampoco orzando continua­mente al viento, entre el cielo. y el mar. No se le pide una pedísecua adhesión al régimen comunitario, pero se la recrimina al abandono total o habitual. Ambas posturas se consideran igualmente nocivas y punibles. La oración en común es el punto de salida y de llegada, el depósito para efectuar la carga y la descarga, la causa y el efecto de su vida de oración, la sístole y diástole de su apostolado, la fuerza centrípeta y centrífuga de todas sus actuaciones.

Los métodos que actualmente se adoptan para hacer la oración comunitaria presentan una variedad interesante. Prefiero dejarlos para otro lugar. Ahora me interesa el hecho más que el sistema. Y el hecho es que un grupo de mujeres consagradas se halla reunido familiarmente alrededor del Padre común. El gusta más de la suma total que de los números parciales. Se muestra más complacido a la vista del bello mo­saico acabado que de las frágiles teselas. Ellas también lo saben por­que se lo han oído de sus mismos labios. Por eso están allí en su presen­cia, porque, además, en este sentido, Dios y ellas tienen los mismos gus­tos. Cuando contemplan el jarrón florido del altar, les cautiva más la belleza del conjunto que la nota cromática de cada flor. En la obra pic­tórica que cuelga del muro lateral, la calidad de las figuras dan al cuadro una impresión estética única. Cuando manejan la máquina de escribir, de coser o de lavar, se percatan de que las piezas no cuentan nada sin el sutil engranaje que las une para producir el movimiento sincronizado y el resultado eficaz. Sí, efectivamente, Dios tiene los mismos gustos que ellas. El éxito de la oración no estriba tanto en que se haga, como en que se haga sincronizada, sintonizada, mancomunada, asociada.

Ellas sienten, por otra parte, que al orar juntas huyen, como por ensalmo, los diablillos de los celos, de los prejuicios, de las antipatías que son la causa de que la crónica negra de cada día comunitario sea tan pródiga en querellas, incidentes y lances amargos. Es entonces cuan­do se muestran más propicias al perdón de las compañeras que a su, lado rezan. El corazón es un venero de ideas indulgentes y conciliado­ras. Los conflictos se olvidan, los resquemores se enfrían, las distan­cias se achican y los egoísmos ceden el paso a la ternura y a la com­prensión. La oración en común es la fragua donde se sueldan diaria­mente los eslabones de la caridad que diariamente se rompen. Para poder vivir en común hay que rezar en común. «La familia que reza uni­da permanece unida…»

Es Cristo quien ora con la comunidad en oración. Prometió una sola vez orar con cada cristiano que rezara en su nombre, pero se com­prometió muchas veces a hacerlo cuando dos o tres se reunieron en la misma fe, con la misma caridad y para la misma oración. Cristo ora en todas, con todas, por todas y para todas. La oración comunitaria tiene una fuerza infinita porque es la oración de Cristo. El es la propulsión y el lanzamiento hacia el cielo de la pesada cápsula de la oración huma­na. El reúne en un solo haz las flechas de todas las plegarias individuales. En El todas las oraciones parciales tienen un denominador común, to­das poseen la misma categoría, el mismo valor. Una ventaja y un privilegio de que carece la oración privada, aunque no absoluta­mente, claro está. Aquí la oración de una es la oración de todas. La oración de la que está en el vértice del fervor es la oración de la que avanza penosamente por el camino de la aridez. La oración de la que está atenta y vigilante pertenece también a la que, muy a pesar suyo, está distraída y soñolienta. La oración de la que mora en la región de la serenidad y del gozo corresponde a la que vive atenazada por la preocu­pación y la angustia. Es un asombroso trasvase en el que todas las ora­ciones quedan niveladas y elevadas a un plano enteramente divino. Sólo quedan exluidas de esta comunión de oraciones las rebeldes, las inacti­vas, las indolentes, las voluntariamente ausentes de espíritu, las que no aportan al acervo común ni un grano de arena de buena voluntad…

Creo sinceramente que es indefendible la postura de los que inten­tan echar por la borda como inútil la oración comunitaria. He leído las razones con que quieren apuntalar su tesis. Son hermosas y sugesti­vas, pero huecas y quebradizas. Emplean un vocabulario fascinante, pero equívoco, lleno de trampas y peligros. Ya es bastante sospechoso que quienes más vociferan contra esta práctica secular sean precisa­mente los que han resbalado en éste y en otros terrenos de la vida cris­tiana y religiosa. Siempre ha sucedido lo mismo. Los inestables tratan de endosar porfiadamente a los firmes y serenos la crisis de su inseguri­dad. Los mediocres forcejean con una tenacidad digna de mejor causa de reducir a los colosos al nivel de su chata estatura. La audacia de estos pigmeos de espíritu llega al colmo cuando se piensa que, con sus logoma­quias o juegos de palabras, socavan los fundamentos mismos de la vida religiosa. No lo harán intencionadamente. No sentenciamos sobre la cul­pabilidad de su conciencia. Pero se puede matar sin querer. Hay asesinos de buena fe, educados, correctos, atractivos. Se adivina el final del que se deja prender en la red de su simpatía, en la tela de araña de sus pala­bras, en el artilugio de sus razonamientos…

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