En respuesta a tu llamada: Comunidad de diálogo

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Felipe Manzanal, C.M. · Year of first publication: 1973.
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COMUNIDAD DE DIALOGO

NECESIDAD DEL DIALOGO

El Espíritu Santo ha abierto las ventanas de la Iglesia para oxigenar­la con aires renovadores y primaverales. El funcionamiento de la li­bertad de opinión es un claro exponente de su afán de pasar hoja al libro de su historia y colocar a la sociedad eclesial en rampa de acceso a procedimientos un poco más democráticos. El diálogo a todos los niveles arrumba una postura inmovilista y petrificada y revela una vo­luntad de reajuste sicológico y social. Hoy se cuenta con la base para la organización interna y para la puesta al día de la doctrina y el pen­samiento apostólicos. No hace falta medir la envergadura del fenóme­no en lo tocante a las comunidades de vida consagrada. Ellas tienen que comprender que la época en que viven es una época de diálogo, que es irreversible y que no les es posible poner la luz roja a su paso. En este sentido hay dos comunidades, como hay dos tipos de arterias: las escleróticas y las sanas. Las ptimeras son duras, secas, peligrosas. Las segundas son flexibles, dinámicas, pujantes. El diálogo inyecta sangre joven a las viejas comunidades, esos navíos milenarios, vetustos e im­ponentes que siguen flotando merced a la energía divina, pero mediante mecanismos pasados de moda. Hoy tienen que desplegar las velas a los vientos nuevos, rejuvenecedores, insuflados por un humanismo de buena ley, aunque corran el riesgo de que, al abrir las escotillas de sus métodos tradicionales, pierdan su seguridad y su inmunidad.

Pero hay religiosas que no quieren correr tales riesgos. A las Her­manas maduras les parece una aventura peligrosa, una pendiente res­baladiza por la que pueden deslizarse hasta precipitarse en el vacío. Miran al diálogo con miedo, con desconfianza. Su sólo planteamiento público da origen a brotes de disgusto. Su puesta en práctica les produce insomnios, taquicardias y toda suerte de alteraciones sicosomáticas. Mientras las jóvenes hablan, están sobre ascuas; le bloquean con todos los medios a su alcance y presagian toda clase de trastornos y desór­denes. Pero tales prevenciones contra el diálogo nacen de una visión tubular, de ojo de pez. Cierto que puede dar lugar a enfrentamientos detonantes. Cualquier actividad humana puede desencadenarlos. El diálogo, sin embargo, es como ciertos volcanes, más espectaculares que dañinos. También tiene su leyenda blanca, su aspecto positivo, su valor social y comunitario. Impedirle y sabotearle es lastrar enormes posi­bilidades de progreso. Hoy por hoy, algo huele a podrido en una co­munidad que utiliza métodos neutralizadores y restrictivos con respecto al diálogo.

Hay que reconocer, con todo, que queda mucho camino por andar hasta verle normalizado permanentemente. En teoría a todos nos gusta, pero en la práctica a todos nos cuesta entrar lisa y llanamente en las reglas del juego. Dialogar es un arte difícil, pero hermoso y eficaz. Merece la pena esforzarse en practicar un poco cada día esta gimnasia adelgazante de nuestro orgullo y autosuficiencia. Caminamos con de­masiada lentitud hacia la institución del diálogo como cauce normal de convivencia. Cuando se alcancen estas metas, la humanidad habrá adquirido una de las formas más refinadas, cultas y civilizadas que pueden revestir sus mutuas relaciones.

FUNDAMENTO DIVINO

La necesidad del diálogo en la Iglesia y en el mundo se remonta al diálogo de Dios con el hombre mediante su Palabra que es Cristo, el Señor. «El diálogo auténtico es la nota distintiva del Pueblo de Dios. No es un aspecto facultativo de la Iglesia, es un aspecto fundamental. El Hijo de Dios es Palabra, Diálogo. Su predicación fue un diálogo ininterrumpido con los hombres. Incluso, antes, en su vida oculta, hubo un diálogo misterioso del Hombre-Dios con las personas y las cosas en la intimidad laboriosa de Nazareth.» (Lumen Gentium). En este clima de diálogo es lamentable ver rebrotar actitudes de rechazo ante la nueva postura de la Iglesia posconciliar. «La Iglesia en el Concilio nos ha hecho redescubrir el valor y la eficacia del diálogo a todos los niveles y quiere que continuemos en diálogo con todos los seres hu­manos, sean de la raza que sean o tengan las creencias más dispares y distintas de las nuestras.»

De las enseñanzas del Magisterio ordinario de la Iglesia se des­prende que el diálogo universal ha de ser la preocupación constante de todos los cristianos y, en especial, de los consagrados al apostolado. Siempre debió ser así, pero hoy lo vemos con más claridad. Sobre este punto el cristiano auténtico no tiene alternativa porque es discípulo de un Hombre, Cristo, que dialogó con todos:

Con los más astutos y falaces urdidores de sofismas,

Con las meretrices y adúlteras que iban a ser apedreadas.

Con los pecadores públicos que eran mal vistos por los «buenos», por los observantes.

Con los colaboracionistas de un régimen invasor.

Con otros pueblos vecinos disidentes o paganos.

Con los criminales y ladrones, en medio de los que fue crucificado. Con los niños, los enfermos, los ciegos, los leprosos.

Con los humildes y los poderosos, los ricos y los pobres.

El cristiano, por tanto, no puede sustraerse a la ley del diálogo. No sólo no puede rehuirlo ni recusarlo, sino que debe brindárselo a todos en la bandeja de oro de su sinceridad.

FUNDAMENTO HUMANO:

El diálogo arranca del gran respeto que merece la dignidad de la persona humana. Dialogar es reconocer nuestras colosales posibili­dades y nuestras inherentes limitaciones. Es admitir que todo ser hu­mano normal es capaz de enseñarnos, de enriquecernos, de darnos par­te de lo mucho que nos falta. Es creer que cualquier persona es apta para entender la verdad, para buscar la luz , para aceptar la parte de razón que otra puede tener. Solemos decir que hablando se entiende la gente. Y esto es verdad si actuamos como personas. Cuando no nos entendemos es señal inequívoca de que nosotros o nuestros interlocutores fallamos en humanidad. Humanidad es reconocer las propias deficien­cias, confesar que no lo sabemos todo ni acertamos siempre en todo; es dar por sentado que los demás poseen verdades que a nosotros se nos ocultan.

Por medio del diálogo el hombre encuentra a sus semejantes en el verdadero plano, se comunica con ellos y les da entrada a su inti­midad. Si el diálogo es verdadero siente por ellos una gran preocupación; se interesa por su vida, sus logros, sus fracasos; se vuelve hacia ellos con el deseo de crear un sentimiento recíproco, vivo y palpitante. El diálogo es un instrumento educativo y animador que interesa por igual a los científicos que investigan las profundidades de la persona hu­mana, como a los apóstoles que se preocupan de su felicidad temporal y trascendente. Pero esto sólo ocurre cuando se ve en el interlocutor un se­mejante y se le habla y se le escucha como tal; cuando se adopta una ac­titud de servicio y de ayuda en orden a afirmar su personalidad; cuando se le estima lo bastante como para no engañarle; cuando se le ama hasta el punto de confiar en él, de intercambiar con él ideas y sentimientos.

Como se ve, el espíritu del diálogo es tan humano como evangé­lico. Y es que no existe una manifestación humana perfectamente equilibrada al margen de la Encarnación. Por tanto, no puede existir tampoco un diálogo entre los hombres que no sea un eco del que sostiene Dios con la humanidad. Se ha podido afirmar, al ver los males de nues­tro tiempo, que muy pronto sólo creerán en el hombre aquellos que crean en Dios. Paralelamente se podría añadir que los que no perma­nezcan atentos a la escucha de Dios estarán sordos a la voz humana. Sin un diálogo constante con el Creador el intercambio verbal con su criatura es punto menos que imposible, es un ideal casi irrealizable.

FINALIDAD

Buscar juntos la verdad. Buscar la verdad es un deber innato y universal. A todos en teoría nos gusta la verdad y a todos en la práctica nos gusta más decirla que escucharla. Pero resulta que la verdad es tan absoluta como relativa. Absoluta en su esencia, en su contenido. Rela­tiva en todos los demás aspectos: en su planteamiento, en su presentación, en su aplicación, en su explicación, en su enfoque, en sus fórmulas literarias. Está condicionada por los tiempos, los lugares, las culturas y las civilizaciones. No aparece bajo el foco de una luz cenital. Vive en la penumbra del misterio de la fe o de la ciencia. Es inagotable en sus deducciones e inalcanzable en su totalidad. Un equipo tiene más capacidad para acercarse a ella que un sólo individuo. Ve mejor el ca­mino que conduce a ella, obtiene más luz y extrae de ella mejores re­sultados prácticos. Es mucho más difícil que salga falsificada o mani­pulada de una reunión de personas en diálogo sincero.

Buscar la verdad donde esté. El error nos sujeta; la verdad nos li­bera. El error nos esclaviza; la verdad nos hace libres. Buscar la verdad donde esté y rechazar el error donde se encuentre es el fin primordial de todo diálogo que lleve el sello de la autenticidad. Un diálogo que deje de ser la búsqueda en común de la verdad para convertirse en un duelo de ideas o en un instrumento para hacer triunfar los puntos de vis­ta personales, será cualquier otra cosa, pero no diálogo. Y no es que se trate de convertirle en una investigación filosófica o en un estudio teológico. Existen otros caminos. Cada uno tiene sus métodos propios para ir en busca de la verdad. Los intercambios que ponen en común las aportaciones personales son muy variados. Pero la verdad objetiva constituye la meta única adonde convergen todas las rutas indivi­duales.

LIMITES

El diálogo debe moverse en el terreno de lo opinable. La verdad diáfana reclama necesariamente la adhesión de la inteligencia. La duda, por el contrario, abre las puertas a la libre discusión. El campo de las materias discutibles es ancho como el mar. Pero hay temas que, por ofrecer todos los síntomas de la seguridad y de la certidumbre, no pue­den ponerse en tela de juicio ni someterse a debate. El diálogo no tie­ne un visado general para cruzar todas las fronteras.

1.° La evidencia y el sentido común tienen barreras infranquea­bles que sólo los dementes intentan derribar.

2.° Tampoco se puede cuestionar un asunto sobre el que Dios ha dicho ya la última palabra.

3.° La Sagrada Escritura será siempre objeto de estudio y de in­vestigación, pero cuando la Iglesia ha dado una interpretación pública y solemne a un texto debatido ha puesto también punto final a la con­troversia.

4.° Las prescripciones del derecho natural tienen la fuerza de una sentencia inapelable.

5.° Las ordenanzas del derecho positivo, pese a su provisionali­dad, recaban el asentimiento, sino en la esfera de la inteligencia teórica, sí en el terreno del juicio práctico.

6.° Cuando el Magisterio ordinario de la Iglesia ha zanjado una cuestión con su certero veredicto, siquiera sea interinamente, solamente pueden insistir en la disputa las personas afectadas por una secreción excesiva de bilis o por un infarto de orgullo o por un trastorno funcional del cerebro.

Hemos de tomar cartas en el asunto de los inconformistas a ul­tranza, de los rebeldes a perpetuidad, de los resentidos, de los abonados de por vida a la oposición. Estamos obligados a poner coto a sus exce­sos verbales, no con otras demasías semejantes, sino con un arma, no por silenciosa, menos eficaz: el aislamiento. Una definición dogmática, una orden taxativa de la autoridad legítima, un criterio oficial del Magiste­rio de la Iglesia son ciertamente incontrovertibles en lo que se refiere al meollo de la cuestión, a su esencia o contenido. Sin embargo, no lo son en todos los• demás aspectos. Una verdad, una ley, un decreto o una norma general adquieren muchas perspectivas y dimensiones cuyo alcance puede ponerse sobre el tapete. Son cosas contingentes y discu­tibles: el sentido genuino del texto, el análisis literario, las deducciones teológicas, las implicaciones morales, las posibilidades de tipo social, la aplicación pastoral, la importancia del asunto de que se trata, su utilidad, su oportunidad… Todas estas caras y otras muchas que presen­ta el prisma de la verdad caen dentro de la temática del diálogo. La ver­dad es como un paisaje, una persona o un acontecimiento que pueden ser vistos y enjuiciados desde ángulos de visión muy diversos. Cada cual los ve según el color del cristal con que los mira. Discernir el color verdadero del imaginario, el real del aparente, el objetivo del subje­tivo es una meta que se propone alcanzar todo coloquio auténtico.

DOS CLASES IMPORTANTES

A) Entre la autoridad y la obediencia. La autoridad hoy ha dejado de ser semidivina, enfática, intocable. Ha bajado de su alto pedestal y se ha colocado en el mismo plano de sus compañeras. Su función sigue siendo necesaria e insustituible, pero el ejercicio de la misma se va achicando de soledad y engolamiento, de lejanía y vistosidad. De forta­leza o ciudadela ha pasado a ser una plaza abierta. Las superioras han sido unos personajes tiesos, almidonados, que el agua del diálogo se ha encargado de ablandar. Nadie se rasga ahora las vestiduras por-. que una Hermana le discuta respetuosamente la validez de sus razones, el acierto de sus medidas o la moralidad de ciertas tácticas.

El diálogo ha marcado un hito en la nebulosa historia del bino­mio autoridad-obediencia. La búsqueda de la voluntad de Dios se rea­liza en común. La superiora que se empeña en ir solitaria a su encuentro cae en un pecado de presunción. Sus compañeras ya no comulgan con la rueda de molino de su inerrancia e infalibilidad. Saben que estas dos cosas están más en la obediencia que en el mando. Ella forma parte de un equipo de colaboradores. No puede retener en sus manos la pelota de la palabra. Tiene que dejarla pasar deportivamente de mano en mano. Las Hermanas no desempeñan en la actualidad una función ancilar y secundaria, sino que son actoras y hasta protagonistas de los designios colectivos.

Pero también la comunidad necesita dialogar con la superiora tanto en privado como en público. Hemos conocido comunidades en­durecidas, broncas, intratables. Ninguna superiora las podía convencer ni con la fusta de sus amenazas, ni con la acidez de sus ironías, ni con la vaselina de sus discursos.

Todo resbalaba sobre su piel. Lo único que conseguían era echar leña al fuego de la crítica. Sólo en la libertad y sinceridad del diálogo empezaron a hervir y a fundirse, como en una retorta, enconos, malen­tendidos, prevenciones y antagonismos.

La marcha hacia la verdad de la mano del diálogo entra en las reglas de juego de cualquier tipo de convivencia, cívica, familiar; eclesial y comunitaria. Si el ejercicio del gobierno se lleva a cabo según Dios, implica conocer los criterios y aspiraciones de la base. Y si la obe­diencia de ésta no ha de ser la de un robot carente de ideas propias, de iniciativas y de voluntad, le incumbe cobrar conciencia de los problemas comunes, explorar, investigar, apuntar, sugerir, desestimar soluciones caducas y barajar otras nuevas más eficientes. Rechazar el diálogo por una parte o por otra es bloquear el plan de Dios, proscribir el sentido común, anular la razón, renunciar al progreso y obstruir los cauces nor­males de la colaboración y de la aportación comunitarias.

El diálogo es el nuevo estilo de ejercer la autoridad, el nuevo giro que han dado las convivencias y relaciones sociales, la nueva forma de encuentro entre personas y generaciones, entre gobernantes y goberna­dos, entre superiores y subordinados. Es el yunque donde se forja el verdadero humanismo, porque en el contraste de pareceres hay que poner una buena dosis de humildad y sinceridad, de paciencia y respeto, de desprendimiento y amplitud de miras, de apertura de corazón y lu­cidez mental. Es un medio de practicar la caridad porque hay que ad­mitir que los demás tengan opiniones distintas de las nuestras, que di­sientan notablemente, que nos contradigan, con tal que lo hagan con delicadeza y corrección.

B) Diálogo generacional. Nunca ha habido como hoy tantos jó­venes y a la vez tantos viejos. Los jóvenes suben rápidamente. Los viejos tardan más que antes en desaparecer. Hay precocidad juvenil y prolon­gación senil. La juventud se promociona pronto. La ancianidad se es­tira mucho más. Las tres o cuatro generaciones existentes son muy dife­rentes entre sí. La juventud es mayoritaria y competitiva. La senectud es rica en sabiduría y experiencia. La edad madura cabalga a lomos de esta doble vertiente. Los dos extremos se distancian más cada día. La rapidez con que se suceden los hechos, el súbito envejecimiento de las ideas, el nacimiento y el ocaso de los ídolos, los héroes frágiles de un día, la ciencia, la técnica, y el vértigo de la vida condicionan mucho la convi­vencia y dificultan el encuentro y el diálogo entre los que trepan cuesta arriba y los que descienden por la opuesta falda de la montaña.

Este encuentro generacional, sin embargo, es indispensable, esclarecedor y tonificante. Unos y otros necesitan urgentemente educarse y madurar para el diálogo, sacudirse el polvo de los prejuicios, saltar la barrera de los obstáculos, avanzar simultáneamente, aproximarse, en­contrarse. Si seguimos moviéndonos en cuadros mentales y estructurales gastados por el tiempo, en esquemas de otra época, seguirán las estri­dencias, las posturas radicalizadas, las posiciones fijas en los dos polos opuestos: el diálogo será imposible.

El diálogo generacional confiere a los mayores más capacidad para sintonizar con el mundo nuevo que nace, más dinamismo y flexi­bilidad, más porosidad a los problemas actuales. Inyecta en los cuadros juveniles mayor cordura y ponderación, un mayor conocimiento de causa para emitir juicios valorativos del pasado. Todo esto es básico para una pacífica convivencia. Si el diálogo no nos lleva a la paz es que algo falla en él. El intercambio de criterios es oxigenante, enormemente higiénico para personas de edades diferentes. Hace converger las fuer­zas a un mismo fm, logra la gravitación de todos los problemas alrede­dor de un mismo ejemplo y facilita la realización de tantas cosas nuevas como hay que llevar a feliz término para mejorar el mundo.

Es curioso el vocabulario que emplean las generaciones extremas al iniciar el diálogo. El léxico juvenil es el exponente de su sico­logía. Ciñéndome a los verbos que utiliza con más frecuencia son, poco más o menos, los siguientes: derribar, destruir, oponerse, superar, avan­zar, subir, luchar, conquistar, imponer, gozar, divertirse. Palabras que revelan una vehemencia idealista, un afán demoledor y constructivo a la vez. En cambio las generaciones maduras manejan expresiones que denuncian una sicología realista, conservadora y pacífica; ser, estar, permanecer, defender, recordar, saber, investigar, trabajar, ganar, des­cubrir, preocuparse, descansar… Todos estos vocablos de signo contra­rio, rehogados en la ancha ensaladera del diálogo, aliñados con la fuerte acritud de la impaciencia juvenil y rociados con el óleo de la serenidad de la edad proyecta, dan por resultado una ensalada suculenta, un com­promiso de mutuo entendimiento. No será precisamente de estas reunio­nes de donde salgan frases como aquella que se pronunció en una tumul­tuosa asamblea: preparemos maletas para los jóvenes y ataúdes para los viejos.

Para estos encuentros hacen falta una mente clara y un corazón limpio. Se trata de ver lo bueno y lo bello de los viejos tiempos para separar lo que ya no tiene actualidad y conservar lo que todavía sirve. Se trata así mismo de ver con no menos lucidez lo que hay de bello y de bueno en el presente y aceptarlo con grandeza y generosidad de cora­zón. Se trata también de saber rechazar lo caduco y decrépito de antes con la misma energía que lo extravagante, lo exagerado y lo inmaduro de ahora. Se trata de comprender que las cosas, las ideas y las personas no son buenas ni malas por su sello de antigüedad y de modernidad, sino por los valores que en sí encierran. No podemos romper con el pa­sado ni cerrarnos tercamente al porvenir. Lo único que debemos hacer es reunirnos, hablar y tamizar lo viejo y lo nuevo con una inderogable voluntad de síntesis. No se interrumpirá la continuidad y se hará la renovación.

LAS MUJERES DIFICILES

La importante. Me refiero naturalmente a la que se juzga como tal, porque en realidad no hay ninguna mujer importante que presuma de serlo. No deja a nadie empuñar el volante del diálogo. Habla de forma torrencial, incontenible. Tiene cuerda suficiente para consumir ella sola todo el tiempo marcado en el horario. Casi siempre se deja llevar de ambigüedades y digresiones. Abandona el tema y se dedica a maripo­sear por todos los asuntos que le salen al paso. Da la sensación de que se le ha ido su razón de vacaciones y ha sido reemplazada por su imagina­ción volandera. Habla sin parar, como si ella no tuviera un reloj en la muñeca ni las demás una idea en la cabeza. Es una mujer «sabelotodo» con la que hay que contar indefectiblemente a la hora de enjuiciar un asunto cualquiera. Efectivamente, es una importante charlatana.

La obstinada. Ignora sistemáticamente el punto de vista de las demás. Está persuadida de que no necesita aprender nada de nadie. Padece de una incurable cerrazón intelectual. Está acorazada contra todas las opiniones. Se aferra con terquedad a las suyas propias y trata de imponérselas a las compañeras, no por el vigor de sus razones, sino por la fuerza de sus pulmones. No es esa tenacidad de espíritu que nos hace defender con firmeza lo que estimamos digno de defensa, sino la testarudez que hace lo mismo con lo que es indefendible. Ser intran­sigente con las propias ideas es justo y necesario en ocasiones. Lo de­testable es serlo con quienes no están de acuerdo con ellas.

La fanática.. Tiene una contextura sicológica especial. No sólo re­conoce, como todo el mundo, la existencia de las verdades absolutas, sino que tiene la seguridad de que ella las ha alcanzado. Afirma imper­turbable que la, verdad que se busca se le presenta y la ve tan clara como la luz. De ahí, su cerrilismo del que no se apea jamás. Ella es una cen­sura permanente de todos los criterios ajenos sin excepción. Cree a ma­chamartillo en la inviolabilidad de las formas tradicionales en las que vienen envueltas las ideas. Para todos los problemas tiene soluciones prefabricadas que aplica en el momento oportuno sin escuchar a nadie. Con ella no hay nada que hacer. Está radicalmente incapacitada para el diálogo.

La desconfiada. Sospecha de todo y de todas. Está llena de recelos y de suspicacias. En las palabras de sus compañeras solamente ve la indirecta, la mala intención, la alusión personal. Ni ella es sincera ni cree en la sinceridad de las demás. El aire del diálogo llega a contami­narse con su actitud recelosa. El refrán «piensa mal y acertarás» que ella guarda como un dogma de fe, llega a filtrarse por el grupo como un mal contagioso. Más que participar, prefiere montar guardia en su in­terior y permanecer a la defensiva, pero pasa al ataque no pocas veces. No puede haber higiene mental sin creer en la bondad humana.

La tímida. No valora sus posibilidades. Se juzga incapaz de aportar nada que valga la pena. Es pusilánime y taciturna. Al lado de una compa­ñera superdotada o valiosa simplemente siente crecer su complejo de inferioridad. No sólo desconfía de sí misma, sino que tiene miedo tam­bién a no ser aceptada por el grupo o por alguno de sus miembros. Por eso no habla. Teme hacer el ridículo, no dar la medida, desentonar. Consuela, sin embargo, saber que su cobardía no es una enfermedad incurable, que irá diluyéndose en el aire cálido, acogedor y reconfortan­te de la comunidad.

La apática. No se interesa por nada ni por nadie, fuera de sí mis­ma. Le tienen sin cuidado todos los problemas de la comunidad habidos y por haber, mientras a ella no le toquen de cerca. Es una mujer situada, acomodada, asentada. En el argot comunitario se la llama instalada. Las cuestiones sometidas a debate la dejan indiferente. Practica el abs­tencionismo por sistema. A las reuniones asiste por necesidad, se sienta con indolencia, escucha con desgana, pronuncia un monosílabo con displicencia y yota tal vez en blanco. Está curada de sorpresas. Su insensibilidad la ha inmunizado contra todo disgusto o suceso que no le roce a ella la piel.

La pesimista. Sufre de un agudo daltonismo. No es capaz de ver esa faceta rosa que ofrecen todas las cosas de este mundo. Todo lo ve negro. Todas las soluciones le parecen utópicas, todas las razones delez­nables, todos los esfuerzos inútiles para atajar el desastre que se les echa encima. Es un derrotismo patológico, aunque todos creen que es suscep­tible de atenuarse. Desconsuela oírla hablar con tanta amargura. Hasta le dan en rostro la alegría y la euforia de sus compañeras. La irrita su optimismo. Ironiza sobre sus ilusionados proyectos para el futuro. Es indudablemente una aguafiestas inconsciente de todos sus bellos sueños.

La sentimental. Es la mujer adicta a la persona de la superiora, la simpatizante de una Hermana, la partidaria de un grupo. Con razón o sin ella, está siempre al lado de las personas que ama. Es una estre­lla que no tiene luz propia, un ser humano sin ideas personales. Sólo siente admiración y cariño por los seres queridos. Ellos, como los ído­los, son intocables. Se identifica con ellos para bien o para mal. Piensa lo que ellos piensan, impugna lo que ellos impugnan, defiende lo que ellos defienden. Encuentra incompatible el amor a la superiora con la crítica sana y abierta de sus opiniones. No comprende cómo pueden coexistir la amistad y la diferencia de pareceres. Es imposible dialogar con una mujer cuyas convicciones le han llegado por la vía del corazón y no por la vía normal de la inteligencia.

La deficiente. Posee un bajo coeficiente intelectual. Es, como suele decirse, de pocos alcances. Se le escapan la trascendencia y la profun­didad de los temas. No alcanza a ver en su totalidad el estado de la cues­tión. Suele andarse por las ramas, por la periferia de los asuntos. A me­nudo dice cosas extrañas que no vienen a pelo. Da razones, o aduce ex­periencias que no hacen al caso. Las demás o bajan la cabeza avergon­zadas, o la miran compasivas, o sonríen burlonas. Como es una persona de nula o de escasa ideología y no madura bien además el pensamiento ajeno, poco o nada puede aportar al acervo común.

La antagónica. Es la que milita siempre en la oposición. Está sola y de pie en la cera de enfrente. No sugiere ninguna idea, pero las rebate todas. Nadie sabe su modo de pensar. Sólo aparece claro que no le gusta el modo de pensar de todas y de cada una . Ella es inteligente; tal vez superdotada. Tiene solvencia y responsabilidad profesional. Pero todo su caudal humano es un poderoso instrumento para sabotear el diálogo comunitario. Impugna, desmiente, contradice inevitable­mente, como si lo hiciera bajo un impulso ciego, como si su papel consistiera en estar en desacuerdo con sus compañeras. No entro en el análisis sicológico del asunto. Sólo doy el bosquejo de una de las muje­res más difíciles para el diálogo.

CONDICIONES

1.a Una lealtad absoluta a la verdad. La verdad plena no la tiene nadie, si exceptuamos a Cristo. El y sólo El ha podido decir: «Yo soy la verdad… Aprended de mí… Haced lo que yo hago…» Nadie fuera de El tiene el monopolio de la verdad. Nadie puede pretender agotar las posibilidades, los caminos que conducen hasta encontrar, comprender e interpretar la verdad. En todo hombre hay parte de error y parte de verdad, parte de luz y parte de sombra. Todos podemos aprender de los demás. Nosotros podemos enseñar algo a todos. Cada uno está ca­pacitado para ser a la vez discípulo y maestro. El diálogo comunitario nos ofrece una igualdad de oportunidades para desempeñar los dos ofi­cios alternativamente.

Pero hace falta acudir a él con un desinterés absoluto, con honradez y limpieza de corazón, después de haber reducido al silencio a todas las pasiones, menos a una: la pasión por la verdad. Hay que practicar a fondo ese completo renunciamiento que nos hace estar dispuestos lo mismo a defender nuestro punto de vista como a aceptar el de los demás; lo mismo a tener razón que a reconocer nuestros yerros. Hay que hacer nuestra aquella sentencia de Sócrates: «Hago mío todo lo bueno que se ha dicho, cualquiera que sea el que lo haya dicho.» Alguien ha asegura­do acertadamente que la posibilidad para el diálogo es dejarse vencer por razones convincentes.

Amar la verdad es amar a Cristo. Es, por tanto, escucharla sin re­servas, aceptarla sin condiciones, defenderla sin trabas y cumplirla sin titubeos. Amarla en sí mismo y en los demás es oírla de los labios de otro, recibirla en la forma que se presente, apropiársela cualesquiera que sean sus exigencias y resultados. Amar la verdad es darla con calor, recibirla con humildad, compartirla con entusiasmo. A veces se asiste a ciertas convivencia§ en las que los participantes muestran su preocu­pación por la brillantez de sus intervenciones; no disimulan su afán por obtener la aquiescencia general; no ocultan su intención de hacer triunfar a cualquier precio su punto de vista. Amarán la verdad, pero tienen miedo al fracaso. Y claro está, como el triunfo de la verdad suele darse a largo plazo y el triunfo personal es urgente, entre uno y otro, la elección está hecha ya de antemano. Lástima que no coincidan los inte­reses personales con los de la verdad.

2.a Una lealtad absoluta a la caridad. Todo diálogo comunitario es un acto explícito y evangélico de amor fraterno. El amor está en la base, en el desarrollo y en la cumbre del diálogo. Para muchos, incluso, la misma comunidad consagrada es una creación inmediata del diálo­go, su producto directo, su causa y, a la vez, su efecto. La razón es por­que la caridad que constituye la esencia de su vida cobra su más viva expresión en las formas dialogales, ya sean espontáneas ya organiza­das. Es en el diálogo donde cada miembro entra en comunión con los demás en función del ideal absoluto que persiguen. Es en él donde se reflejan las actitudes de acogida, servicio, respeto, comprensión y todos los demás rasgos específicos del amor fraterno. Es en él donde todos bus­can la felicidad de todos, puesto que se reúnen para promover el bien común, para eliminar los obstáculos que lo impidan, para excogitar me­dios que lo fomenten.

Es esta fraternidad auténtica la única fuerza capaz de ejercer la censura, el control, la represión en la sala de sesiones. Sería el ideal. Pero por lo visto el amor en la tierra no se presenta con la verde rama de la paz. O si se presenta, nadie le hace caso. Por ello, cuando el amor no basta, es inevitable la intervención de la autoridad para impedir que el salón de reuniones se convierta en un campo de refriega, de igual modo que es necesaria la presencia de la policía para atajar el desorden y la subversión. Negar ésto es vivir de espaldas a la realidad. El amor es el único sentimiento que sugiere estas dos preguntas y da estas dos res­puestas: ¿Piensas como yo?, eres mi amiga ¿no piensas como yo?, eres doblemente amiga mía; desde este momento iremos juntas en busca de la verdad.

El amor cierra la aduana a la hipocresía, a la adulación y a la mala fe y hace saltar al aire de la sala unas discusiones sinceras y cor­diales. El amor suprime ese temor que a veces pone en los labios de una Hermana frases como éstas: «cualquiera habla… no me fío… des­pués vienen las represalias…» El amor diluye esa herencia que he­mos recibido del pasado, incapacitándonos para el diálogo: los dogma­tismos, los esquemas rígidamente verticales, las verdades prefabricadas. El amor borra las palabras que no debieran ser dichas y abre las ventanas al viento para que se lleve acritudes y tedios, indiferencias y sinrazones. Cuando los seres se aman no importa que se equivoquen. Casi todas las crisis dialogales son crisis de amor. El amor torna agudos a los romos de entendimiento y hace rectificar a los ases de la inteligencia.

CUALIDADES

1.a Libertad. Es cualidad primordial de todo diálogo. Dios nos da ejemplo: Es sumamente respetuoso con nosotros. No obliga físicamente a ninguno a aceptar la salvación. Esta es un formidable requerimiento de su amor, pero nos deja libres para acogerla o rechazarla. «Nuestra misión —dice Pablo VI— no se presentará armada de coacción ex­terna, sino solamente por los caminos legítimos de la educación humana, de la persuasión interior, de la conversación ordinaria. Así ofrecerá siempre su don de salvación respetando en todo caso la libertad per­sonal.»

Según esto, el diálogo ha de florecer en una atmósfera de libertad. Una reunión convocada para deliberar no podría ostentar tal etiqueta si la superiora se ciñera solamente a presentar unas conclusiones elabo­radas de antemano para recabar la aprobación unánime. Si no se acepta y se respeta el pluralismo en todos los terrenos no vale la pena siquiera empezar.

La que calla es porque de momento no tiene nada qué decir. Nadie tiene poder para sellar sus labios. Su silencio no puede ser debido ni a la certeza de una sanción, ni a la notificación de una amenaza, ni al temor de una revancha, ni al miedo de una denuncia, ni a cualquier otro tipo de coacción. La que habla es porque siente la necesidad de poner en común el resultado de sus reflexiones y experiencias. Habla por­que le sale de dentro. Es una exigencia interior, un deseo vivo y sincero de colaboración, fruto maduro de su entrega total a la familia comunita­ria. No sufre imposiciones ni ingerencias de ninguna clase. Tal vez ha percibido anteriormente insinuaciones de cohecho moral, de venalidad, de presión por parte de Hermanas influyentes o interesadas. Pero ella no ha querido vender su libertad por un plato de lentejas. Por eso habla en la asamblea con la independencia y la holgura con que canta un pájaro en el bosque.

2.a Confianza. La desconfianza es como una polución de la atmós­fera comunitaria que mata en flor todo intento de diálogo. Cuando flota en el ambiente de la sala un polvillo acre de sospechas, dudas y recelos la palabra se ahoga en las gargantas; se producen silencios tensos y ago­biantes; lo que se dice sólo es un medio para salir del paso. Se pronuncian frases intrascendentes y triviales que a nada comprometen. Ni se dice lo que se siente ni se siente lo que se dice. La franqueza, alma del diá­logo, ha quedado encadenada. Un poso negro de amargura y decepción se va depositando en el fondo de todas las almas. Al abandonar el lugar de la reunión los semblantes tienen un gesto de náusea. Y la verdad que no se dijo limpiamente en público sale a la luz cubierta de veneno en los pasillos, en los rincones de la casa, en los mentideros clandestinos.

Los motivos de la desconfianza son muchas veces infundados. La suspicacia ha surgido al soplo de un rumor. Una noticia confusa ha hecho brotar el hongo venenoso de la duda. Y es que las verdades a me­dias son las peores mentiras. La desconfianza recae siempre sobre la autoridad. A la autoridad no se le perdona jamás ni un error, ni un desacierto, ni un fallo. No puede haber una mota de polvo sobre su eje­cutoria. Las superioras deben creer y confiar en sus Hermanas, pero basta que tenga un ligero traspié para que ellas desmonten la confianza que habían puesto en ella. Así hila de delgado la justicia humana.

Y precisamente es ese turbio asunto el que es preciso airear, anali­zar y explicar al comienzo del diálogo. Hay que clarificar el aire para que pueda brotar un coloquio sereno y confiado. Hay que sacar a la luz del sol todo lo que pulula en la gusanera de la crítica negra y decir en público lo que se comenta en la clandestinidad. No se puede dar un paso sin sanear las mentes con explicaciones sencillas y sinceras, sin disipar malicias, barruntos y suposiciones.

Pero si algo se quiere conseguir, tales aclaraciones han de ser un prodigio de verismo y realidad, han de estar marcadas a fuego con el sello de la sinceridad. En esto no hay opción. Para que el grupo recupere la confianza hay que presentarse ante él con la verdad escueta y desnuda, desplegada como una bandera. El relato verídico de los hechos tiene un poder beneficioso y liberador. Nada de actitudes defensivas que pon­drían las cosas peor de lo que estaban. Lo que pide la comunidad a sus superiores es, más que una justificación de su conducta, una acusación humilde de sus culpas y de sus errores, por más que fueran indeliberados. Creer que esta actitud cede en desprestigio de la autoridad es desconocer totalmente el Evangelio.

El renacimiento de la confianza bien merece que la autoridad sufra un bombardeo de preguntas. Para que el amor propio no le haga una mala jugada ni sus nervios den un estallido que eche abajo el diálogo conviene dar acogida al tiroteo con una sonrisa tranquilizante, con esas frases de buen humor que bañan de hilaridad a la concurrencia. Lo im­portante es convencerla de que se respetarán las leyes por las que se rige todo diálogo sincero: la ley del secreto en relación a aquellas cosas en que todas convengan; la ley de la libertad de opinión y de expresión dentro del mundo de lo discutible; la ley de la inmunidad personal, no obstante lo avanzado de las manifestaciones; la ley de la buena volun­tad compatible con las inevitables molestias y la ley del perdón mutuo que todas solicitan y otorgan generosamente.

3.a Afabilidad. Cristo quiso adornar el humano diálogo de ameni­dad y de encanto: «Aprended de mí que soy manso…» Un coloquio fe­menino ha de estar, por otra parte, salpimentado de gracia, matizado de dulzura, lleno de atractivo por la galanura de las formas y la finura de las expresiones. «El diálogo cristiano —dice el Papa— no es orgullo­so, no es hiriente, no es ofensivo. Su intrínseco poder convincente y pe­netrante deriva de la verdad que expone, de la caridad que difunde y del ejemplo que propone. No es un mandato ni una imposición. Por eso evita los modos violentos. Es pacífico, paciente y generoso. El clima en que se desarrolla es un clima de amistad en el que el corazón entre como protagonista de la mano de la inteligencia y los dos intervienen y actúan como buenos hermanos.»

Como resultado de esta bella alianza, van saltando al coso del diálogo las formas más delicadas y primorosas de la convivencia humana: la cor­dialidad, ese modo grato y exquisito de demostrar el afecto que se siente por las compañeras; un afecto que no tiene nada de postizo y convencio­nal, sino que es real y sentido, porque se transparenta en la mirada, en el gesto, en el tono de la voz. El respeto que establece una distinción entre la persona y lo que ella piensa. La opinión, o se comparte o se refuta, o se acepta o se rechaza; pero a la persona se la quiere. Por lo menos, se le guarda miramiento y consideración. Hay quien toma la pa­labra como quien empuña un látigo o blande una espada. También hay quien la toma como quien levanta una bandera y se ciñe una corona. No es ese el camino de la afabilidad. Ni amenazas, ni desafíos, ni actitudes triunfalistas. Hay que tomar la palabra como quien coge una flor. Y las flores son elocuentes, pero inofensivas. La indulgencia comprensiva que encuentra lógicos y explicables los pequeños incidentes que se producen a lo largo del diálogo y extiende piadosamente sobre ellos el manto del olvido. Es un imposible humano que la corriente de la discusión se des­lice con toda fluidez y serenidad. Asperezas, displicencias, desabrimien­tos, destemplanzas, vehemencias, brusquedades… son las piedras, las curvas y rugosidades del terreno que dificultan, pero no impiden, el paso del agua. Y el agua pasa y olvida los obstáculos. La educación, la urba­nidad, las muestras de cortesía, las formas correctas, las maneras ele­gantes son las damas de honor y la deliciosa comitiva de la bondad. Ni lo cortés quita lo valiente ni lo valiente quitado cortés. La continua familia­ridad que entraña la convivencia no dispensa del tratamiento gentil y obsequioso, propio de personas civilizadas. El diálogo es un vehículo de cultura y de elegancia espiritual. Estas cualidades distan tanto de la grosería y de la ordinariez como de la cursilería y del atildamiento.

4.a Prudencia. «Finalmente —señala el Papa— el diálogo exige prudencia y pedagogía, la cual tiene muy en cuenta las condiciones sicológicas, morales y culturales de los que escuchan, es decir, si es un niño o una persona ruda; si no está preparada; si es desconfiada u hostil. El que habla o dialóga se esfuerza por conocer la sensibilidad del oyente, por adaptarse razonablemente a él, por modificar las formas de la propia presentación para no ser molesto e incomprensible. El diálogo tiene muchas formas. Obedece a exigencias prácticas. Escoge medios aptos. No se liga a vagos apriorismos. No se reduce a fórmulas inmóvi­les cuando éstas han perdido ya la capacidad de mover a los hombres.»

Prudencia quiere decir mesura, ponderación. Requiere marchar con paso calculado, poner freno a la ira, pesar las palabras, ajustarlas al pensamiento, huir de los extremismos, llamar a las cosas por su nom­bre, pero situándolas en su lugar justo, descartar el lenguaje sibilino o de doble sentido, no llenarle de perifollos y ringorrangos que ahoguen su sentido, evitar toda mixtificación de los hechos, no dar, en fin, por bueno lo que excede la medida o no llega, porque la bondad, lo mismo que la justicia, ocupa siempre el punto central de la balanza. Y ser pru­dente no es lo mismo que ser ambiguo.

CRITERIOS. CAUTELAS

La que habla. El hecho de estar muy segura de «su verdad» puede provenir de su soberbia o de su inseguridad. Por eso no conviene que haga de su verdad algo que tira, como una piedra, a la cabeza de su ad­versaria.

A quien no piense como ella no la mire como a una enemiga a la que hay que tapar la boca y derrotar, sino como a una amiga a la que hay asir de la mano para caminar juntas hacia la verdad.

No adopte actitudes pontificales o «ex cathedra», de maestra in­falible. Está tratando de exponer, no de imponer; de convencer, no de vencer; de informar, no de reformar; de servir, no de embaucar; de ayudar, no de dar órdenes.

Tratar de hnpóner su criterio es una forma de violencia, una coacción y un atentado a la caridad; pero si es una mujer convencida de lo que dice ha de tener tal destreza para acomodar al suyo el parecer ajeno que todas terminen por doblegarse dulcemente a él.

Es claro indicio de que tiene amplitud de miras si se coloca en el punto de vista de sus interlocutores, si se esfuerza por comprender sus ideas, si se percata de los condicionamientos a que han estado suje­tas para llegar a pensar así.

Use, pero no abuse de la ironía. Es una arma peligrosa. Sólo unas manos expertas pueden manejarla sin peligro de que la bonanza de la discusión se transforme en una marejada procelosa.

Su modo de expresarse ha de tener tal diafanidad que todas, hasta las más lerdas, entiendan sin gran esfuerzo su pensamiento. Esta clari­dad, sobre todo, ha de brillar al exponer el estado de la cuestión. Suele decirse que un problema bien planteado es un problema medio re­suelto.

Tener confianza en sí misma es condición indispensable para al­canzar éxito. Pero una confianza excesiva que la haga desdeñar la ayu­da ajena la conducirá lamentablemente al fracaso.

El exceso de miedo es tan mal consejero como la borrachera de entusiasmo. El 1.° la llevará a la paralización. El 2.° a la precipitación y al vértigo.

A la hora de la revisión y renovación, no confundir lo fundamental con las formas accesorias, pues tan necio resulta aferrarse con nostalgia al pasado como incorporarse sin juicio ponderado a lo que viene.

La que escucha. Da por supuesto que la que habla posee aspectos o fragmentos de verdad que a ella se le escapan o no ha llegado a des­cubrir.

Su mejor actitud: abrir de par en par los oídos para oír lo que dice y cerrar los ojos para no ver quién lo dice.

Los prejuicios, la antipatía, la envidia, la parcialidad tergiversan el sentido de las palabras que llegan a sus oídos igual que si mirase a través de un cristal que deforma las imágenes y no tuviese en cuenta esta deformación. Por lo cual no debe extrañarse de no ver los objetos como son, ni debe empeñarse en decir que son como los ve porque el cristal de su pasión no hace variar las.cosas que oye, sino la imagen o el sentido que percibe de ellas.

Quien contempla el mundo con gafas de miope ve todas las cosas de menor tamaño. La que escucha a través de un sentimiento innoble percibe las ideas deformadas, inesactas, a imagen y semejanza de la pasión por la que se han filtrado.

No se puede simultáneamente estar escuchando y estar elaborando la refutación que seguidamente va a hacer, porque la concentración espiritual que esta última operación supone resta lucidez mental para captar el sentido total del mensaje que llega a sus oídos.

Mostrarse desconfiada, no creer en la veracidad o en la sinceridad de la que está en el uso de la palabra, interpretar torcidamente sus frases y hasta sus intenciones es abandonar la sencilla condición de un oyente para arrogarse la sagrada autoridad de un juez.

La que pregunta. Preguntar es una actitud de humildad y de pobre­za. El que pregunta reconoce que no sabe y que otros pueden enseñarle, orientarle, iluminarle. Es un signo de la infancia espiritual. Los niños todo lo preguntan.

Nadie se basta a sí mismo. Nadie lo posee todo. Es verdad. Pero también lo es que no existe nadie en absoluto que no tenga algo que de­cir, algo que dar. Preguntar es pedir aquello de que carecemos. Es amar la verdad que buscamos.

Preguntar es también ayudar a una compañera a hablar, a recor­dar lo que sabe, a expresar la totalidad de su pensamiento.

La que interroga es en muchas ocasiones el portavoz de quienes tienen a flor de labio la misma pregunta y no se deciden, por los motivos que sean, a formular públicamente sus dudas.

La pregunta debe estar inspirada por el incentivo de la verdad, por el interés de que la sepan las que todavía la ignoran, por el deseo de animar y de dar vida al diálogo que se va extinguiendo lentamente, para estimular a las tímidas y para echar el freno a las que son demasia­do lanzadas.

Las que no se arriesgan ni se resuelven a preguntar lo que no saben y quisieran saber, las que no se atreven a decir lo que piensan, no pue­den ciertamente encabezar con sus nombres la lista de las mujeres va­lientes.

Hay preguntas tan cargadas de insidia que en los bajos estratos sociales merecían una respuesta muy contundente, aunque no muy evan­gélica.

Hay preguntas tan capciosas que evocan el recuerdo de aquella que los fariseos hicieron a Cristo sobre la legitimidad del tributo del César.

Hay preguntas tan mal intencionadas que constituyen una tram­pa, un lazo, un ardid para hacer caer a la interrogada en el descrédito, en la humillación o en el ridículo.

La que responde. Las Hermanas asistentes a la reunión deben estar preparadas para encajar toda, clase de preguntas. Es una ‘actitud interior que supone llaneza, apertura y disponibilidad.

Dejar que pregunten es ponerse a tiro, situarse al nivel de cada una, borrar distancias, crear vínculos, tender puentes de acceso a la intimidad y a la cónfianza.

A veces no es ninguna insensatez escuchar preguntas que roban el tiempo, que alargan el diálogo o le desvían por otros derroteros. Es una estrategia difícil, pero indispensable para que el amor no muera allí mismo de un ataque de nervios. Hace falta más prudencia y sabi­duría para conservar el amor fraterno que para mandar ejércitos.

A toda pregunta sincera se debe una respuesta leal. Es una exi­gencia del diálogo. Cuando las preguntas son poco menos que inexis­tentes, o no tienen respuesta en absoluto, o sólo obtienen una evasiva, se produce lo que se ha dado en llamar un diálogo de sordos.

Responder no es siempre fácil. La respuesta ha de ser expresión de la verdad o de lo que se cree de buena fe que es la verdad. Hay que contar con que la verdad presentará un aspecto hosco y desabrido, una cara ingrata para algunas de las personas presentes al acto.

Una norma elemental de compañerismo reclama escatimar el nú­mero y el volumen de molestias que a ciertas Hermanas va a producir la verdad desnuda. Para ello conviene embotar su punta hiriente, limar su filo cortante. Lo que se llama vulgarmente dorar la píldora; presen­tar la verdad envuelta en algodones de palabras suaves: Lo piden la ca­ridad y las buenas formas sociales.

Ser veraces cuesta mucho a unas y a otras. Si una respuesta es dura para quien va dirigida, es de suponer que no lo será menos para quien tiene que darla. Esquivar la respuesta exacta para ahorrarse esta doble molestia sería traicionar la justicia, la verdad y la caridad; sería traicionarse a sí misma y traicionar también a la que espera y re­cibe la respuesta.

La Moderadora. No ha de hacer política porque suena a ficción y a disimulo, a violencia y a represión. Ha de practicar la diplomacia que envuelve la idea de contención, de temple, de armonía.

Se conocen directores de música tan estupendos que la orquesta que dirigen puede alguna vez prescindir de ellos en sus actuaciones. Cuánto y cuán bien han tenido que dirigirla para llegar a este resultado…

Una superiora ideal debe olvidarse de que lo es, pero no debe con­sentir que sus compañeras lo olviden…

Para no perder el control del diálogo y evitar que se le escape de las manos, para no perder su autoridad moral que es más que la jurí­dica, la única verdadera, tiene que prevenirse contra el vértigo de las alturas y contra el exceso de camaradería al sobrepasar los límites del compañerismo.

Ni muda ni locuaz. Ni engreída ni apocada. Ni envidiada ni en­vidiosa. Ni mecida entre las nubes ni tirada por el suelo.

Desentona del estilo actual el empaque distanciador, el porte her­guido y solemne. La afectación, las posturas de «Jefe». Se puede ser algo o alguien de cierta importancia sin hacérselo sentir, como un peso aplastante, a las gentes que se mueven en torno suyo.

La superiora que hoy no recorta pronto las ínfulas de su autori­dad y no pierde las aristas de su cargo es porque no vive en continuo roce con sus compañeras. Por muy irregulares y puntiagudos que sean los guijarros del regato, el continuo arrastre de las aguas los pule, los transforma en cantos rodados o en pequeños granos de arena.

Ella tiene la misión del freno. El freno no sirve para hacer andar a un coche, sino para detenerle. Sin embargo ningún conductor que estime en algo su vida se atreverá a viajar en un coche sin frenos, pues sin ellos no es posible detener o disminuir la marcha con la rapidez y precisión que piden las circunstancias.

La prueba más fehaciente de su madurez humana, de su aplomo, de su equilibrio moral la dará su capacidad de aguantar sin nerviosis­mo la refutación de sus opiniones personales, la crítica de sus actuacio­nes de cara al exterior, el debate de su organización interior y el análi­sis de sus métodos de gobierno.

Sus condiciones de líder se evidencian al poner en perfecto funcio­namiento todos los resortes que aseguran la buena marcha del diálogo y se consolidan al afrontar con calma la variedad y multiplicidad de sus funciones en el decurso de la sesión: atemperar la fogosidad de las jóvenes, espolear la inhibición de las ancianas, utilizar el «extintor de incendios» cuando las pasiones se ponen al rojo, pitar las faltas de ca­ridad y de prudencia, hacer caminar con pies de plomo sobre los temas vidriosos, atar los cabos sueltos de la discusión, centrarla cuando se desvía del asunto, contabilizar el tiempo, garantizar la libertad, resumir los criterios, sacar las conclusiones…

Para un tema de orden puramente teórico no es precisa una ave­nencia colectiva. Cada una puede seguir pensando como crea en con­ciencia. Pero si se trata de una decisión o resolución de carácter prác­tico, de un plan concreto cuya ejecución incumbe a toda la comunidad, es indispensable la aceptación general tanto de las que opinaron favora­blemente como de las que disintieron. Si no es posible llegar a este acuerdo o compromiso comunitario por medio del diálogo la superiora tiene el derecho y el deber de imponer su criterio personal al respecto.

No porque todas intervengan en la solución de un problema la solución de éste será la más acertada, sobre todo, en el orden empí­rico, si se pretende atender con ella a los gustos de todas.

Si las unas opinan que blanco y las otras que negro, no es acon­sejable, con el fin de contentar a todas, acordar que sea gris. Nadie quedará conforme. Ni siquiera las que propusieron la solución, porque seguirán discrepando, no ya sobre el color, sino sobre la tonalidad del mismo.

FORMAS

Los Recreos. Es la forma más natural y espontánea del diálogo. Todo lo que se ha dicho de él como de una realidad que crea, conser­va y perfecciona la comunidad tiene plena vigencia aplicado a este acto comunitario. Todas las demás formas dialogales podrán desa­parecer; ésta tiene que seguir en pie necesariamente. Todas las demás son muy útiles y excelentes; ésta es irreemplazable. Por sus superiores condiciones de libertad, incentivo, flexibilidad, llaneza, cordialidad y amenidad, posee, como ninguna otra, un alto poder de ajuste y de sol­dadura, aunque los temas de sus conversaciones sean, de ley ordinaria, livianos e intrascendentes. En esos momentos de expansión la comuni­dad busca lo que necesita: el latido personal, no tanto por idéntico, como por distinto. El contrapunto de lo particular enriquece la ar­monía del conjunto. En esas horas recreativas, de esparcimiento y so­laz, de relax y distensión, la Hermana, sin desintegrarse de sí misma, se integra en el organismo vivo de su nueva familia. Las otras formas de diálogo deben beber en esta el oxígeno que necesitan para gozar de fres­cura y vitalidad.

Contactos entre la autoridad y la obediencia. Me refiero en este apartado al diálogo privado entre la superiora y cada una de sus com­pañeras. La comunidad, como todo grupo humano, tiene necesidad de constantes retoques para prevenir o reparar las inevitables averías. Es lo que se intenta conseguir en la intimidad de estos diálogos. Hay asun­tos estrictamente confidenciales que están destinados por su misma na­turaleza o por especiales circunstancias a ser ventilados y resueltos reservadamente. Sin estos encuentros amistosos y secretos la vida comu­nitaria andaría como un barco escorado. Quiérase o no, la autoridad es un punto de apoyo, de referencia y de convergencia de todo el equipo y de cada uno de sus componentes. Estos, lo confiesen o no, necesitan la confidencia, el secreto, el desahogo, el consejo, la consulta, la información y la formación individual progresiva. De no ocurrir así, de no producirse tales apartes, la conciencia comunitaria oirá funcionar fatalmente las señales de alarma.

Contactos de amistad. En este cuadro están encasilladas las reunio­nes particulares, las tertulias, las charlas de parejas amigas o de grupos simpatizantes. Se trata de Hermanas que sintonizan en ideas y senti­mientos. Estas peñas que algunos llaman subgrupos, si no pierden su engarce con la totalidad, encajan perfectamente en la familia consagrada. Al darle variedad y pluralidad le confieren realce y belleza. Hacen de ella una maravillosa obra de taracea. No creo en el grupo religioso que pone luz roja a la amistad. Creo, por el contrario, en la validez de estos contactos amistosos con tal que sirvan para apretar más los lazos que los atan al equipo común. Porque si producen grietas en el bloque, si la unidad se quiebra por su causa, habrá que arrancarlos de cuajo, «como se arranca el hierro de una herida».

Intercambios. En esta denominación un tanto vaga y general están comprendidas las reuniones periódicas de la comunidad para pone’: en común los pensamientos, las aportaciones de cada una sobre diver­sos temas de orden dogmático, moral, litúrgico, pastoral o ascético. Queda descartada la discusión, la disputa, la polémica: sólo se pre­tende el enriquecimiento mutuo mediante los conceptos que sucesi­vamente vayan desgranando. Su finalidad concreta es la formación y el progreso espiritual de las Hermanas merced a una ayuda colectiva y sincera. La intervención es libre. Pero es un mal síntoma el hecho de que sean siempre las mismas las que hagan uso de la palabra y las que no despliegan los labios. Y todavía peor si todo el gasto corre a cuenta de la superiora. El cariz que presentan tales comunidades no es preci­samente seráfico.

Grupos dinámicos. Es un grupo o una serie de grupos que se reu­nen para relacionarse entre sí con un fin determinado, pero ateniéndose a las normas por las que se rige todo comportamiento humano colectivo. El moderador les aplica los últimos avances técnicos de las relaciones humanas sacados de la antropología, de la sicología y de la pedagogía, y de otras ciencias afines. Es un medio excelente para que una persona se conozca a fondo y se dé cuenta de sus posibilidades y limitaciones. Es también un instrumento valioso para conocer y comprender a los demás con el fin de utilizar los procedimientos más adecuados para con­vivir con ellos de un modo más natural y humano. Son dignas de enco­mio estas formas de diálogo. Vale la pena participar en ellas, pero encie­rran un serio peligro: al cargar todo el énfasis sobre la técnica y los re­sortes científicos del diálogo se suelen olvidar de Dios y no provocan la conversión personal.

Grupos de trabajo. Aquí el animador tiene un papel de primera importancia. Comienza por dar una conferencia sobre el tema conve­nido. Señala después el trabajo a realizar separadamente por parte de los distintos grupos. Al fmal del mismo preside la puesta en común de las conclusiones de cada grupo, responde a las preguntas que cada indi­viduo libremente le dirige, modera las discusiones que se originan, acla­ra conceptos, resuelve dudas, deja el camino expedito para sacar las consecuencias y ayuda a redactar las proposiciones definitivas. El tra­bajo de grupo puede tener un efecto muy profundo en el individuo. Es más fácil modificar el estado de ánimo y hacer tomar una decisión a un grupo que a una persona. Cuando ésta se muestra disponible y abier­ta a los demás de su grupo sus puntos de vista pueden cambiar radical­mente, puede evolucionar en sus posiciones sin causar extrañeza a nadie porque todo el grupo se siente llamado a evolucionar en el mismo sentido.

Oración compartida. No es la clásica oración en común en la que toda la comunidad se reúne en el mismo lugar y a la misma hora para dedicarse, a la oración cada una en particular. Es la que hace un grupo reunido para escuchar la palabra, descubrir lo que dice a cada una y expresarlo después para beneficio de la Iglesia y de la comunidad. Se lee un texto sagrado de acuerdo con el estado o clima espiritual del grupo; se da un tiempo discrecional de reflexión, de silencio; la que preside invita a todas a manifestar lo que el Espíritu les ha inspirado; finalmente, ella hace la oración conclusiva recogiendo las sugerencias y pensamientos de todas. Nadie está obligada a intervenir. La partici­pación es voluntaria. Tampoco se hace exégesis, ni reflexiones especu­lativas, ni sermón, ni homilía, ni alusiones personales, ni alfilerazos, ni represiones, ni indirectas. Nadie contesta a nadie. Quedan excluidas también las decisiones personales y los compromisos comunitarios. Por supuesto que están contraindicadas las intervenciones para salir del paso, las frases de relleno, las palabras etéreas, vaporosas que nada significan. Cada cual aporta simplemente lo que Dios le dice hoy, aquí, en esta hora concreta. Es una comunicación del Espíritu Santo y hay que guardar hacia El una lealtad absoluta. Por lo tanto, la que no lleva habitualmente una profunda vida interior está incapacitada, no sólo para intervenir, pero ni siquiera para asistir a este tipo de oración.

Comunicación de vida. No es estrictamente una oración. Es poner en común la experiencia de los valores evangélicos que todas quieren vivir. Es comunicarse las vivencias íntimas personales, el estilo propio, individual, a veces exclusivo e intransferible de vivir el Evangelio o los consejos profesados. El tema se ha propuesto de antemano, para hacer ambiente. Al comenzar se hace una lectura sobre el Evangelio o sobre un autor que lo haya vivido profundamente. El fragmento leído debe rimar con el tema indicado. Hay unos pocos minutos de reflexión. La que preside hace una pregunta viva, directa, concreta. Por ejemplo: ¿qué es para usted ser pobre? ¿Qué es para usted orar? ¿Cómo ve usted a su compañera…? ¿Qué valor tiene para usted la superiora…? ¿Cómo se encuentra usted en comunidad…? ¿Cuál fue su primera experiencia al salir del seminario…? ¿Qué le dice a usted esta frase: ¿»qué he dejado yo de dar a Dios para que mi hermana no sea un poco mejor»? ¿Cuál ha sido su experiencia más dolorosa, su momento más difícil…?

En la primera rueda de preguntas todas deben expresar su expe­riencia. En las siguientes, las respuestas son voluntarias. La animadora debe anotar las vivencias de cada una para el resumen final. Quedan eliminadas las controversias y los debates; Las experiencias personales nunca son discutibles. Sólo se puede escuchar. Se pueden pedir, a lo sumo, algunas aclaraciones para entender mejor lo que se ha dicho. Tampoco se admiten preguntas ni interrupciones. Es un acto grave, de gran calidad espiritual, de mucha hondura interior. Es querer vivir en serio el Evangelio. Saber cómo lo viven los demás provoca un im­pulso a hacer lo mismo, no imitando el modo del quehacer ajeno, sino empleando el estilo propio. A esta clase de actos hay que ir sin disfra­ces, con el alma desnuda, con una sinceridad total, con una transparen­cia sin límites. Al término de la sesión cada una se va a la capilla para hacer su oración personal, porque sólo entonces está en actitud de revi­sar su situación íntima, sus relaciones con Dios, ya que Este le ha ha­blado a través de las demás.

Revisión apostólica. Las Hermanas se encuentran para ver y revisar a la luz del Evangelio sus actividades apostólicas, para contras­tar su apostolado con la voluntad del Padre, con la palabra de Cristo y con los criterios actuales de la Iglesia y los signos de los tiempos. Este examen en común exige una cuidadosa preparación. No se puede dejar a la improvisación. Suele hacerse a fondo una o dos veces al año y lleva varios días. Una por una van contestando las Hermanas a las preguntas preparadas con antelación. Ejemplos: ¿Cómo se encuentra usted en la tarea concreta que está realizando…? ¿Cómo hace vivir a Dios en las personas que la rodean…? ¿Cómo trata a los enfermos, alumnos, familias, compañeras de profesión y personal de servicio…? ¿Qué aspecto presenta usted de cara al público…?, ¿aspecto pastoral?, ¿académico?, ¿burgués?, ¿financiero?, ¿burocrático?, ¿técnico?, ¿cris­tiano?, ¿consagrado…? Cree que está encarnada y comprometida en el mundo y con el mundo…? Cada una informa, da cuenta de su tarea, de cómo se encuentra en ella y de las dificultades que tiene que afrontar. Hace la autocrítica de su persona, de su trabajo, de su testimonio. Ana­liza la actuación de sus compañeras, valora sus resultados, enjuicia sus fracasos y estudia sus posibilidades. Entre todas se hace una evaluación de los trabajos realizados, se revisan los criterios, por si conviene mante­nerlos o cambiarlos, se examina la autenticidad de su oración, la cali­dad de su cristianismo y de su testimonio. Se hacen planes para el período inmediato, se fijan programas de acción, se señalan objetivos, se propo­nen metas, se seleccionan medios y se puntualizan responsabilidades. Hay que dar a cada Hermana tiempo para reflexionar, para prepararse, para hablar. Y no sería un acto comunitario si fuesen siempre las mismas las que piensan y hablan mientras las demás sólo asisten, escuchan y votan.

Revisión de comunidad. Es una toma de conciencia, realizada en conjunto, de los problemas que afectan a todos los miembros de la co­munidad como tales. En esta clase de reuniones se pretende discernir cuál es la voluntad de Dios sobre la comunidad y su actuación. Se trata de encontrar los medios más aptos para evitar su desfase, su cuartea-miento o su descomposición. Es preciso preparar bien las preguntas. No importa que éstas sean duras, revulsivas, con tal que haya una total voluntad constructiva. Una pregunta, por ejemplo, puede ser esta que puede hacer cada una a sus compañeras: «dígame, ¿en qué la he perjudi­cado yo… qué dejé de hacer con usted… qué hice para perjudicar a la co­munidad o a la Compañía…»? La clave está en dar con la pregunta que facilita el desahogo. Se explica que ésto pueda abrir la puerta al des­pecho, a la revancha, a la cólera, al «más eres tú» Por eso la que pre-. side ha de cortar inexorablemente el tono agresivo, los términos hirien­tes. Al final ha de surgir un acuerdo, un compromiso mutuo relacionado con el motivo que dio origen a la reunión. La comunidad no puede per­mitirse a sí misma vivir en tensión. Por este procedimiento se crea un clima nuevo liberando estados de tirantez, llenando silencios, aca­llando resentimientos, disgustos y resquemores.

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