En respuesta a tu llamada: Comunidad de amor

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD DE AMOR

Dios es una comunidad de amor. Es una comunidad porque es una Trinidad de Personas. Y es una comunidad de amor porque el amor es la nota común, el lazo de unión, el principio de igualdad, la raíz de iden­tidad y el fundamento de su unidad sustancial. El amor es su ley, su vida, su movimiento, su actividad y su esencia. Dios es amor. Esta es la única definición que le cuadra al misterio insondable de su Ser. Las tres Personas son distintas, plurales, numerables, inconfundibles. El amor es indistinto, singular, impar, único y unificador. El amor trinitario es de tal calidad que háce de las tres Personas un sólo Ser. Una misma naturaleza: ése es el término de su comunicación interpersonal, el resul­tado de sus relaciones profundas, el don inefable de su amor recíproco. Un don exhaustivo, total, infinito, sustancial. Misterio sobrecogedor al que hay que acercarse con las alas de la imaginación respetuosamene plegadas y con el dedo índice puesto sobre los labios del pensamiento.

Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza. La humanidad está marcada con el sello trinitario de la desigualdad personal y de la unidad afectiva. La raza humana es diversa, plural y heterogénea en el plano individual, pero lleva impreso en su trayectoria un impulso de origen, una vocación de comunidad, un propósito de unidad, no en el orden de la naturaleza, sino en el del corazón; algo así como si Dios le hubiera dotado de un «alma colectiva», coherente y universal.

Sufrimos hoy de una inflación de igualitarismo. Pero lo malo de la igualdad es que solamente la queremos tener con nuestros superiores, con los de arriba, nunca con los de abajo. Esta aspiración es una utopía. Unicamente las máquinas son perfectamente iguales. Nosotros somos diferentes unos de otros. Si a todos los músicos de una orquesta se les ocurriera ser el primer violín no se podría formar un conjunto musical. No es en la superficie donde se ha de lograr la nivelación, sino en las capas profundas del espíritu, en la línea de la voluntad, en el sentido del amor. El amor respeta las diferencias personales, pero es capaz de hacer de la humanidad una unidad moral, homogénea, solidaria y compacta. La célebre frase «el que mata a un hombre mata a toda la humanidad» encierra una verdad que escapa a la vista de los sabios. Una piedra arrojada a un lago conmueve a toda la superficie. Un hombre que salva a otro hombre salva a toda la especie de que forma parte. El que causa un daño o hace un beneficio a otro inicia un movimiento en cadena que atraviesa de parte a parte toda la comunidad humana. Todos los hom­bres son partes de un todo, ramas de un árbol, miembros de un cuerpo, eslabones de una cadena, notas de una melodía. La sociedad es una bó­veda hecha con piedras talladas que se caería si no se sujetasen bien entre sí. Navegamos por el espacio en la nave de un mismo planeta. El hombre piensa en su propia seguridad, pero lo acertado sería que se preo­cupase primero de la seguridad de todo el pasaje de la que depende la suya propia. Cada uno debe pagar los vidrios rotos por los demás. Cada uno debe reparar lo que otro ha estropeado. Nos olvidamos a menudo de que somos solidarios para bien y para mal. La paz del mundo, por ejem­plo, está formada con la paz de un pequeño grupo. Una monjita en paz y en oración puede inmovilizar las ruedas de los tanques y silenciar las bocas de los cañones. Por el contrario, basta una chispa para que arda un campo de mieses. Basta una culpa, una culpa nuestra personal para que el mundo entero se estremezca. Sí, la solidaridad humana es un hecho real, impuesto, indeleble, original. Es la única forma de que la comunidad humana sea un recuerdo y una imagen de la comunidad trini­taria de la que procede.

Pero, además, somos hijos de Dios. Hemos saltado, asidos de su mano, hasta las altas cimas de la filiación divina. Dios nos ha colocado gratuítamente en una esfera sobrenatural, en un estado vital y existen­cial que no nos pertenecía. Claro es que la nuestra no es una filiación natural, como la de Cristo, sino una filiación adoptiva. Pero adoptiva y todo es una filiación divina, real, verdadera, auténtica. Participa­mos de su vida, de su belleza, de su felicidad. Le conocemos como El se conoce y le amamos como El se ama. Somos semilla de Dios. Nos ha engendrado. Hemos nacido y renacido de El. A raíz de nuestro bautismo formamos parte de su familia, pertenecemos a su estirpe. Por esta di­vina realidad que recibe el nombre de gracia somos amigos y hermanos de Cristo, hijos verdaderos de María, su Madre, miembros de la Igle­sia, templos de la Trinidad y propietarios, por juro de heredad, de sus riquezas. Vivimos en intimidad con Dios. Nos pertenece y le pertenece­mos. Los bienes y los males son comunes. Y en un diálogo familiar nos atrevemos a decirle a cada instante: Padre nuestro que estás en los cielos…

La comunidad humana de este modo se ha tornado comunidad divina. Dios ocupa el centro, como lo que es, como el Padre de familia. Alrededor de El sus hijos, los hombres hermanados por un parentesco superior, enlazados por un amor fraternal, son parientes, familiares, con­sanguíneos de Dios. Por este camino el amor se ha convertido en caridad y las relaciones humanas, en relaciones divinas. A partir de aquí ama­mos a los hombres porque Dios los ama y como Dios los ama. Los amamos ilimitadamente, incondicionalmente, gratuitamente. Los ama­mos sin cálculo, distingos ni reservas. Los queremos tales como son: con su bondad o su maldad, con sus perfecciones o sus lacras, con su gracia o su pecado. Los amamos y nos unimos a ellos para probárselo. Y se lo probamos quemando nuestra vida en la tarea de su promoción, elevación y salvación.

Nuestro amor alcanza así esferas más amplias. Su razón de ser no está tanto en la horizontal como en la vertical. Creo que no vale la pena amar a los hombres sin una relación trascendente. No daría por ellos un paso, un suspiro, un gesto altruista si tuviera de ellos una visión uni­lateral, si sólo los considerase en su dimensión temporal. El humanismo puro es un absurdo y una inmoralidad. Para amar a un ser finito, a pesar de su nada, es necesario verle como el mensaje de una Realidad que lo desborda. La forma simplista de verlo conduce a la negación del mismo. Sólo la caridad cristiana puede hacer de los seres humanos un río de salvación y no oleadas sueltas unas de otras. La gracia añade un calibre excepcional y da una prestancia insospechada a nuestras afmidades afec­tivas. La comunicación de bienes exigida por la naturaleza es ahora fuente de alegría porque es fuente de amor. Alargar nuestros dones a quien los necesita no sólo es conquistar su corazón, sino también au­mentar la capacidad de amar del nuestro. Amar a un hombre es hacerle gustar la felicidad y ponernos nosotros en camino de gustarla.

Jesucristo es el Hijo de Dios encarnado. La naturaleza humana es asumida en El por una Persona divina adquiriendo así un rango, un ho­nor y una dignidad inconcebibles. Por medio de El toda la humanidad queda prestigiada, encumbrada, incorporada a la Divinidad. Dios es desde la Encarnación miembro de nuestra raza. Nuestra raza es pro­piedad de Dios. Cristo penetra en ella totalmente, la invade, la llena, la rebasa. El se halla presente en el cristiano, vive en él, se identifica con él. Sufre con el hombre que sufre, llora con el que llora, muere con el que muere. Su vida no ha terminado en la tierra. La muerte del último cristiano señalará el final de su pasión. Hasta entonces seguirá inmerso en las vicisitudes humanas.

Cristo es un seductor en el mejor sentido de la palabra. Tiene un atractivo irresistible. Cuando se le ve y se le estudia sin prejuicios se le ama sin remedio. Pero amar a Cristo es amar al prójimo. Y pueden invertirse los términos con el mismo resultado. Lo que hacemos al pró­jimo personalmente se lo hacemos a Cristo directamente. El amor al Maestro es el aglutinante y la argamasa de la comunidad cristiana. Sin el amor de Cristo el amor humano no es más que una filantropía asép­tica, fría, nebulosa y deleznable. A lo más, un sentimiento romántico que se lleva el viento, como las hojas que brotan en primavera y mueren en otoño. Las mismas palabras de Jesús manifiestan con toda claridad su deseo de que la comunidad humana y cristiana sea una réplica o ima­gen de la comunidad trinitaria: «Padre… que sean una misma cosa como nosotros lo somos… Que todos sean uno; que como tú en mí y yo en ti, así ellos en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado… Yo les he dado a conocer tu nombre para que el amor con que tú me amaste está en ellos y yo también…»

En Nazareth vive la primera familia cristiana. Durante su infan­cia y su adolescencia Jesús desarrolla minuciosamente el esquema de co­munidad que esbozaría después en la última cena. El que es el primero en la escala de los seres ocupa el último puesto en la organización fami­liar. José, en cambio, que es el último en el escalafón de la santidad es el primero socialmente por desempeñar el papel de la autoridad. María, esposa y madre, impregna toda la casa con la irradiación de su femini­dad, comunica a sus seres queridos una fuerte sensación de seguridad y deja a su paso sobre cosas y personas una huella de ternura, como un tenue aroma de violetas. En aquel hogar las penas son reales, pero pasan dejando un sedimento de paz. La intriga se detiene a sus puertas. El egoísmo, la envidia y la ambición están amordazados, vencidos. Las alegrías no son postizas; tienen la nitidez del aire y del agua de las mon­tañas. Las frentes no se fruncen con la angustia del futuro. La confianza en el Padre celestial hace que la vida discurra con placidez. En la última casa de la aldea, en un hogar que los hombres ignoran, ha inaugu­rado el cielo una alta escuela de oración y de trabajo, de convivencia y reciprocidad, de comprensión y de inteligencia, de sobriedad y de mo­destia, de orden y de equilibrio… Nazareth es norma de todo grupo hu­mano, pauta de toda familia cristiana y criterio de toda comunidad re­ligiosa.

La Iglesia primitiva es una imagen ampliada de la comunidad de Nazareth. En ella la presencia de Cristo se hace casi sensible por la viveza de la fe y la grandeza del amor de los primeros cristianos. Estos son asi­duos a las enseñanzas de los apóstoles, testigos oculares de Jesús. Ponen su trabajo y sus bienes en común para que el vigor y la abundancia de los unos supla la debilidad económica y física de los otros. Hacen girar su vida en torno a la fracción del Pan, signo de su comunión con el Pa­dre, por medio del Hijo, bajo el impulso del Espíritu Santo.

Estrenan una nueva fraternidad, una moda insólita que pasma a sus compatriotas. El que tiene da al que no tiene. Al pobre•se le viste y se le da de comer. Al forastero se le abren los brazos y las puertas. Al peregrino se le lavan los pies y se le sienta a la mesa. Al enfermo repug­nante se le besan las llagas. Al esclavo se le trata corno a un hermano. Dar la vida por otro, aunque no es un caso corriente, tampoco es infre­cuente. La acogida amable, la hospitalidad atenta, la comunicación de bienes son rasgos que distinguen a los creyentes de los que no lo son. Y todo esto se lleva a cabo sin posturas enfáticas, ruidosas y gesticulan-tes. Se practica la caridad heroicamente, pero como algo normal, de un modo sencillo, como si fuera la cosa más natural del mundo. «Ved cómo se aman unos a otros», exclamaban los partidarios de las antiguas religiones, llenos de estupor.

Con esta extraña moda de amar se inaugura el nuevo Reino. Se establece una hermandad desusada que hace tambalear los templos de los viejos dioses. La mitología divinizó el amor humano en una apoteosis sexual. Empezaba su franca decadencia. La teología que la reemplazaba también divinizaba el amor humano, pero en una culminación espiritual. La Iglesia del siglo XX es la misma del siglo I. Más ecuménica en exten­sión y en número, pero menos en espíritu y en verdad. Al ganar en an­chura ha perdido en profundidad. No ha muerto su caridad, pero no es tan rica en calidad y en matices como era en un principio. Se adivina, sin embargo, una savia nueva a punto de estallar en su añoso tronco. Todos vaticinan que el árbol secular recuperará su antigua lozanía cua­jándose de hojas verdes y de frutos limpios para que el mundo crea que Jésucristo ha venido una vez, ha subido al Padre y volverá de nuevo definitivamente.

La doctrina del Cuerpo místico es concluyente con relación a la caridad. El dogma se resume diciendo que todos los cristianos compo­nen con Cristo y entre sí una unidad tan perfecta que toda fisura es inaceptable, destructiva y mortal de necesidad. El mismo Jesús compara esta unión a la que existe entre la cepa y los sarmientos, entre el árbol y sus ramas. San Pablo hace a Jesucristo cabeza y a los cristianos miem­bros de un mismo cuerpo vivo y orgánico. El Apóstol enseña también que nosotros somos piedras vivas de un edificio vivo del que Cristo es la piedra clave o fundamental. San Juan afirma que la caridad sirve al creyente para distinguir si está en la luz o mora en las tinieblas, si per­tenece realmente al cristianismo o permanece todavía en el paganismo.

Son comparaciones que expresan al vivo el ideal de la comunidad cristiana. Nuestra identificación con Cristo y con nuestros hermanos ha de ser tal que toda grieta en el bloque debe considerarse como un serio peligro de desintegración. Es una cuestión en que se ventila el todo o la nada de nuestra religión. La supervivencia de la Iglesia, en cuanto que es organización humana estriba en el ensamblaje y cohesión de sus componentes. La razón es que la vida del cuerpo depende del estado saludable de sus miembros en general y de cada uno en particular. No es ninguna exageración afirmar que la salvación universal está en las manos de un solo creyente. El que fluctúa entre el amor y el odio, entre el perdón y la venganza se está jugando alegremente la suerte de toda la cristiandad. Un cristiano que no ama a sus hermanos es como un astro que abandonara su órbita rompiendo así la armonía del cosmos. Interesa el individuo, ciertamente, pero interesa más el conjunto que le engloba. Importa más el todo que la parte, el árbol que la rama, el cuerpo que el miembro, el edificio que una de sus piedras. No se puede ser cristiano sin amor de caridad.

Nuestra identificación con Cristo tiene otra consecuencia que ya he apuntado más arriba. La persona humana ha sido en El y con El dignificada. La Encarnación ha sublimado al alma y al cuerpo del hom­bre. Cada cristiano puede decirse a sí mismo: un cuerpo como este mío ha sido el cuerpo de Dios. Y cuando el cuerpo humano sufre hambre, desnudez, miseria o enfermedad, sufre Dios. Señor, conozco hombres y mujeres que sólo parecen números, máquinas, herramientas, valores cotizables o desperdicios humanos. Tales criaturas son caricaturas de tu imagen divina, un ultraje al Evangelio y una burla sacrílega de tu Encarnación. Porque sabemos que tú, Jesús, lloras cuando llora el niño enfermo o la mujer abandonada y traicionada; que fracasas en el que se desploma ante el dolor y sucumbe a la tentación; que vuelves a ser cru­cificado por el odio, la envidia y la calumnia y que mueres pidiendo au­xilio en el hambriento o en el desahuciado… Pero la verdad es que cada día cuentas con menos verónicas y menos cirineos…

Si borramos la palabra caridad hemos liquidado el Evangelio. El amor fraternal es la entraña, el núcleo, la síntesis de la Buena Nueva. Es lo que da trabazón, coherencia y consistencia al dogma y la «praxis» del cristianismo. No es la fórmula, ni el rito, ni la organización externa lo que configura a la Iglesia. Es la íntima conexión con que el amor ata los espíritus y clavetea los corazones. Hay cuerpos vivos que se resguar­dan dentro de un caparazón rígido y duro. Hay otros más evolucionados cuya firmeza es debida a un esqueleto interior que no se ve, pero que les permite una flexibilidad y facilidad de movimientos muy superior y, al mismo tiempo, una defensa mucho más eficaz que la meramente exter­na de los primeros. La comparación me parece adecuada para aclarar mi pensamiento. El amor es el esqueleto de la Iglesia. Todo lo demás son los músculos y la piel que lo recubren…

La liturgia eucarística, como sacramento que es, realiza lo que sig­nifica. La Eucaristía nos enraiza con la caridad divina. Es el mismo Cristo en Persona el que continúa restableciendo en la humanidad la unidad rota por el pecado: unidad de los hombres con Dios, unidad de los hom­bres entre sí. La Eucaristía es símbolo de paz, lazo de unidad, vínculo de caridad. Los que componen la asamblea cristiana son un pueblo de Dios y una comunidad de hermanos.

Por el sacramento de la penitencia se convierten más a Dios y a los hijos de Dios. La oración común les pone en los labios las mismas palabras y en el alma los mismos sentimientos. Se sientan a la misma Mesa, como una verdadera familia. Comen un solo Pan, elaborado con muchos granos de trigo, que les comunica la misma vida. Beben un solo Vino, elaborado con muchos racimos, que les comunica el mismo Espí­ritu. La misma Sangre corre por sus venas. El mismo Amor rebosa en sus corazones. Dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí: un principio de filosofía perfectamente aplicable a la teología de la caridad. Dime lo que comes y lo que bebes y te diré quién eres… ¿Somos de ver­dad aquello que comemos y bebemos diariamente en la mesa del altar…?

II

Una comunidad religiosa es la misma comunidad cristiana elevada a una potencia superior. Debe ser enteramente leal a su conciencia, a su vocación y a la Iglesia y llegar al tope en las exigencias del amor humano y de la caridad cristiana. Es la expresión más viva del cristianis­mo. Es la cima más alta de la tierra a donde pueden hacernos subir las palabras y los ejemplos de Jesús. Es una liturgia viva peregrinante, este­reotipada. A quienes se han comprometido al todo por el todo puede exigírseles el máximo esfuerzo para conseguirlo. La apariencia sin la realidad del amor sería un fraude. Tienen que convencer con la elocuen­cia de los hechos y no con la pirotecnia de los dichos. Una comunidad consagrada no puede permitirse el lujo de la frivolidad mental, de la ra­bieta biliar, de la artillería irascible, mientras el mundo gime bajo los efectos de la guerra caliente y bajo la amenaza de la guerra fría.

La comunidad religiosa tiene que hacer su cometido, lo que se dice, bordado. Nadie da lo que no tiene. Si las almas consagradas son portado­ras de paz, ¿cómo la van a derramar sobre sus hermanos cuando carecen de ella en sus propias casas? Tienen que desengañarse: los hombres seguirán en guerra unos con otros hasta que ellas la expulsen de sus propias comunidades. Ya sabemos que no son precisamente una.cohorte de ángeles y arcángeles, querubines y serafines, limpios de polvo y paja. Pero también sabemos que no son unos personajes de guiñol, ni unas veletas de metal que se mueven a todos los aires de las pasiones hu­manas. Ni espíritus celestes ni marionetas terrestres, sino mujeres con voluntad acerada de convencer a todos de que el amor, el verdadero amor existe porque ellas lo tienen.

En esta perspectiva aparecen los votos religiosos corno causa y efecto de la caridad. Los votos son algo que se hizo por amor y espí­ritu de servicio a los demás, por el propósito de, ser y estar para las com­pañeras. Esta disposición inicial hay que hacerla patente en el decurso de la vida, no como un hecho que se acepta con resignación, sino como un ideal vivo, comprometido, profesado. La caridad, en efecto, es el fin de la vida religiosa. Los votos sólo tienen el valor de medios. Ahora bien, quien profesa los medios, profesa así mismo el fin por el que se hacen. Y como resulta que el fin que pretenden es la caridad, se puede decir con toda verdad que sólo se ha profesado amor. Cualquier Hermana pue­de y debe decirse a sí misma: Todas mis compañeras han hecho un voto formal de amarme y yo también he profesado solamente amarlas de verdad.

Efectivamente los votos apuntan a un objetivo: a deshacer el egoís­mo y a crear, desarrollar y consagrar todas las energías afectivas de que es capaz una mujer. Ella tiene que dirigir esas energías simultáneamente a Dios y al prójimo. A Dios en el aspecto afectivo. Al prójimo desde el punto de vista efectivo. A Dios porque ella necesita de El absolutamente. Al prójimo porque Dios necesita de ella urgentemente para subvenir por su medio a las necesidades humanas.

Por el voto de pobreza pone todas su posibilidades a disposición de sus compañeras de comunidad. Esto casi no necesita demostración. Toda vida de equipo o de grupo de organización comunitaria debe evi­denciar el desprendimiento de un individuo en beneficio de otro, la en­trega de los dos al conjunto en que están, la del grupo inferior al supe­rior y la de éste al grupo mayor o supremo, llámese provincia, congrega­ción, diócesis, iglesia local o Iglesia universal.

Por el voto de castidad las religiosas dan a sus relaciones humanas más calidad, más riqueza, más profundidad, más intimidad, más cor­dialidad y transparencia. Es evidente que este tipo de relaciones sólo es posible en una comunidad donde todas se unen con los vínculos de una amistad virginal. En esta amistad el amor a una no limita para nada el amor a otra, contrariamente a lo que sucede con el amor específica­mente sexual que es de suyo exclusivo y absorbente en mayor o menor grado.

Por el voto de obediencia la mujer consagrada se pone más cerca del querer de Dios, se coloca en la búsqueda constante de su voluntad. Al primer paso que da se encuentra con la certeza de que las diferencias personales de sus compañeras entran de lleno en el plan divino. Enton­ces acepta gozosa y ordenadamente esas diferencias, las ama, se sirve de ellas como algo que entra en el programa a realizar. No se le oculta que sustraer parte de su trabajo, de su vida y de su corazón al bien común es una sustración al voto de obediencia, una actitud que debilita la fraternidad, empobrece la amistad e introduce en el grupo elementos devastadores.

La caridad fraterna es la clave de la bóveda del edificio comunita­rio. Para vivir los votos, como hemos visto, se requiere un amor no común. Sin un clima teologal denso y cálido los votos se vuelven peli­grosos y hasta capaces de frustrar síquicamente a las que los emiten. Por otra parte, si los votos tienen algún atractivo para las generaciones jóvenes es porque ven esa dimensión de amor y de servicio al prójimo que la profesión presenta. Son estas motivaciones de generosidad y de altruismo las que hacen vibrar sus corazones y las impulsa a la vida con­sagrada. Como que algunos Institutos, en vista de esto, se preguntan hoy si no sería oportuno añadir a los votos tradicionales uno más: el voto de comunidad. Otros prefieren reemplazar por éste solo, los tres votos usuales porque los contiene implícitamente.

Las propiedades positivas y negativas de la caridad que vamos a comentar ligeramente aplicándolas a la vida comunitaria femenina están reseñadas minuciosamente por San Pablo en su primera carta a los Corintios, capítulo 13, desde el versículo 1 al 9.

«Aun cuando yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad vengo a ser como un bronce que suena o un címbalo que retiñe.

«Y cuando tuviera el don de profecía y penetrase todos los miste­rios y todas las ciencias; cuando tuviera toda la fe de manera que tras­ladase los montes, no teniendo caridad no soy nada.

«Y si distribuyo todos mis bienes a los pobres y entrego mi cuerpo a las llamas, si la caridad me falta, no me sirve de nada.»

Estas palabras se refieren a la caridad total, humana y divina, vertical y horizontal, afectiva y efectiva. Las dos se presuponen, se ne­cesitan y se complementan. Son inseparables, como dos hermanas siame­sas. El amor de Dios nos arranca de la tierra; el del prójimo nos vuelve a ella. Los dos amores son la voz y el eco. Conviene recordárselo a quié­nes se consuelan con Dios de sus malas relaciones con el prójimo y a quienes se entregan a una actividad tan absorbente que pone sor­dina a la voz de la conciencia y produce interferencias a la voz de Dios.

La palabra caridad es sinónimo de santidad. En Dios se identifi­can, ya que es amor por definición y santidad por consecuencia. Nues­tros pensamientos, si llevan el sello del amor, son moneda legítima. Nuestros actos, si el amor no los impulsa, son género adulterado. Todo lo nuestro, para que valga, ha de llevar esta etiqueta. Los ríos de nues­tras virtudes nacen y desembocan en este mar de la caridad. En realidad el amor es la cifra y el compendio de la vida humana. Al final de ella sólo queda, no lo que hayamos hecho, sino el amor con que lo hayamos hecho todo. Dios, como el labrador al final de la recolección, separará el trigo de la paja. Exprimirá el limón de nuestra biografía, recogerá solamente el zumo de la caridad y todo lo demás lo arrojará a la basura.

La caridad es sufrida. Se precisa más paciencia para recibir la lluvia menuda de alfilerazos que cae diariamente sobre el corazón de la religio­sa que para soportar físicamente los golpes ciegos de la naturaleza o los violentos asaltos de la crueldad humana. En sueños es fácil que haya sido mártir muchas veces. Pero en la realidad también es fácil que haya re­nunciado a la palma del martirio frente a una palabra punzante, una sonrisa irónica o una indelicadeza minúscula. Tiene réplicas demasiado vivas, actitudes demasiado rígidas, desplantes de carácter demasiado frecuentes y explosiones de una franqueza abrupta y montaraz que no sabe disimular nada. Después de haber revuelto la colmena se queja de no recoger miel. No se trata de que sea insensible, de que no sienta ni calor ni frío más que cuando mira al termómetro, como les pasa a algu­nas. Se trata de que sea femenina, delicada, sensitiva y por lo tanto capaz de sufrir; pero ha de buscar consuelo, no repartiendo epítetos agrios en derredor, sino buscando un servicio que hacer, una pena que mitigar, una desgracia que aliviar o un trabajo que la haga olvidar las inciden­cias amargas.

La caridad es bienhechora. Es propio del amor adivinar las necesi­dades del ser amado. En el misterioso aparato de la intuición femenina han de quedar registradas seguramente, como en un radar, las preocupa­ciones de sus Hermanas. Adelantarse a sus demandas de ayuda es la flor y nata de la amabilidad. Una mujer servicial es aquella con la que sus compañeras saben que pueden contar en todo momento. A veces . es suficiente presentarles un semblante risueño y acogedor. Una sonrisa es más barata que una bombilla eléctrica e ilumina más y mejor. Un favor, solicitado o espontáneo, puede curar un corazón enfermo o fijar una voluntad vacilante. Prestar un servicio es ganar una amistad; pero si se quiere tener a todas por amigas hay que estar en acto de servicio permanentemente y no echar a volar, como las golondrinas, cuando asome el frío, ni desaparecer, como los taxis, cuando el tiempo se pone feo.

La caridad no tiene envidia. Detrás de cada mujer está la envidia al acecho. Con frecuencia se desliza reptante y sutil por el corazón aden­tro burlando el control de la voluntad, ocultándose entre los repliegues del subconsciente. Surgen entonces los celos que nos dan una versión femenina de la historia de Caín y Abel. Como no corre la sangre, las difuntas siguen en pie, pero continúan su penoso camino rodeadas de la crítica, de la zancadilla y de la delación. Generalmente las envidiadas son compañeras que están muy por encima de la mediocridad, mujeres que conquistan con facilidad preferencias, simpatías y laureles. Esa es la causa por la cual la envidia atormenta el corazón que la ha concebido, como el gusano roe el árbol en que ha nacido. De ordinario están flacas. Si engordan es con la gordura de las demás, de las que descuellan. No envidiar a nadie es señal de que se ha nacido con buenas cualidades. En todo caso, no obstante, la caridad debe montar guardia perpetua y vigilar para que no se filtre el enemigo más pernicioso de las comunidades fe­meninas.

La caridad no es ostentosa. Jesús sabía ser grande sin que los demás se sintieran pequeños a su lado. La ostentación farisaica le asqueaba. Y es que una acción moralmente buena, pero ejecutada por amor al aura popular, es tan detestable como ridícula. Cualquier religiosa debe tomar como modelo de bien hacer a su propio corazón. Es un obrero incansa­ble. Trabaja día y noche callado, silencioso. Nadie lo ve, nadie lo aplau­de, nadie lo felicita, ni siquiera su mismo dueño. Y él prosigue su tarea ajeno a la gratitud y a la admiración. Realmente no hay motivos para te­ner vanidad. Nadie es indispensable. La diferencia entre unas Hermanas y otras es mínima. Sería curioso registrar las reacciones de las presuntuo­sas si al desplegar, como una bandera, lo bueno que tienen, las demás les leyeran la lista completa de lo que les falta. Las personas humildes no se sienten humilladas en estos casos. El amor a los demás es taciturno. El amor propio es llamativo y clamoroso. El amor auténtico no sólo deja a las demás que hagan el bien, sino que las ayuda a hacerlo, lo cual es todavía más difícil que hacerlo por sí misma.

La caridad no se ensoberbece. La soberbia nace de un complejo de superioridad. En realidad no hay personas más vacías que las que están llenas de sí mismas. Las engreídas se juzgan con demasiado optimismo. Sería un negocio lucrativo comprar a una Hermana por lo que vale y venderla después por lo que cree valer. Ella, sin embargo, no se acusa de su presunción. Tampoco el loco confiesa que lo es. Ella se la­menta de que se le haga el vacío, de ser incomprendida. Y es que el orgu­llo la aisla de las demás y abre a su alrededor un foso insalvable. Es ter­ca, contumaz y porfiada. No admite la posibilidad de estar equivocada. No ve un átomo de verdad en la opinión ajena. En las discusiones, si no es educada, prende fuego a una traca de palabras ofensivas. Si lo es, hace otra cosa peor: recurrir a la mordacidad de la ironía que su ingenio incisivo y penetrante sabe elaborar muy bien. En fin: ni la tozudez de los idiotas ni la arrogancia de los semidioses son aptas para el reino de los cielos.

La caridad no hace nada ignominioso. Porque ha nacido en noble cuna. Destaca por su delicadeza, aristocracia y distinción. La caridad hace a una mujer selecta. Nada tienen que ver con ella las intenciones rastreras, los caminos tortuosos, las maneras indecorosas. Tiene elegan­cia espiritual. Todo en ella es digno, leal, transparente. La traición le repugna, la falsía le duele, la trampa la disgusta, la mentira la desazona, el engaño la aflige, la denuncia la sonroja, el disimulo la molesta, la polí­tica la asquea, la adulación la humilla, la astucia la repele, la hipo­cresía la subleva. Todo lo que sea turbio es incompatible con la limpieza espiritual de su condición. Su exquisita delicadeza la hace ser obsequiosa, solícita y atenta. El pesár que recibe no significa nada, pero el que ha causado la impide comer su pan a gusto. Está más dispuesta a escuchar que a hablar. Cuando habla no tiene la locuacidad de algunas compañeras cuya facilidad para hablar se deriva de la imposibilidad de callarse. Da importancia a los detalles como a esmerarse en su caligrafía para no mo­lestar a sus lectores, a no tener las cartas que ha recibido mucho tiempo sin respuesta, a acudir con rapidez al teléfono que llama, al timbre que suena, a la visita que espera en el recibidor…

La caridad no busca su interés. Caridad y egoísmo son dos térmi­nos contradictorios. No es mensurable la distancia que los separa. La religiosa egoísta vive encastillada en su yo esperando que vengan a ser­virla. Tiene empaque de gran señora. Desde su cima olímpica mira a las demás con aire de quien perdona la vida. La desinteresada, en cambio, se apea de su comodidad, baja al nivel del estado llano, adopta posturas dialogales y serviciales, tiene un corazón que despierta automáticamente a la voz de las desgracias y necesidades ajenas, colabora én el empeño co­munitario, relega su felicidad al olvido y vive únicamente en función de sus compañeras. Son dos tipos contrapuestos. El primero sólo conoce dos clases de enfermedades: las grandes que son las suyas, y las peque­ñas que son las ajenas. El segundo sólo recuerda dos pronombres perso­nales: el primero que ocupa el segundo lugar y el segundo que ocupa el primero. Para la primera es una desgracia que ella sufra mientras las demás gozan. Para la segunda, que los mejores días de su vida sean los peores, tal vez, para otros.

La caridad no se irrita. No sé cómo se arreglan algunos tempe­ramentos para transformar en energía toda la materia de que están he­chos. Son una amenaza constante. Como están siempre cargados, a un leve roce explotan con el ímpetu de un detonador. La metralla de gritos que cae por todas partes obliga a las demás a llevarse las manos a la cabeza y buscar rápidamente la defensa de un refugio seguro, si no quieren que se convierta en un aquelarre la paz de su casa. Tienen la fatalidad de ver en todos los asuntos un perfil agresivo. Cualquier alusión personal los embravece, como a un toro el rayo de la pica. Tal como llevan las dis­cusiones, aunque las demás tengan razón, siempre están equivocadas. Si se ha dicho que la cólera es el recurso de los débiles, también se puede sostener que la mansedumbre es el arma de los valientes. La verdad no pierde los estribos. El error tiene en los pulmones todas sus razones. La caridad mantiene a raya los nervios, soslaya las querellas, sortea las pen­dencias, rehusa los altercados, suaviza los debates, prevé los choques y da marcha atrás para evitar las colisiones.

La caridad no piensa mal. Piensa mal y acertarás. El hombre es una selva de malas intenciones. No te fíes del agua mansa. Detrás de la pala­bra blanca, el pensamiento negro… Hay muchos dichos populares que rezuman pesimismo sobre la bondad de la estirpe. Esta visión unila­teral del hombre, y sobre todo, de la mujer, ni es lógica, ni humana, ni mucho menos evangélica. Yo creo en la bondad femenina por más que esté punteada y ribeteada de malicias y fragilidades. El juicio temera­rio y la calumnia navegan siempre en las aguas sucias de la culpa y del engaño. Son monedas falsas que hacen circular sin escrúpulos las mis­mas que se negarían a acuñarlas. Casi nunca hay razón para pensar mal de nadie. Las que tienen la comezón de sospechar sin motivo serio ¿no se dan cuenta que muchas veces la risa no es la expresión de la alegría? ¿Que las lágrimas esconden tal vez un volteo de campanas alborozadas? ¿Que reírse no supone siempre estar de fiesta ni llorar estar luto? ¿Que el silencio puede no ser olvido y que la fuga puede no ser cobardía? ¿Acaso los que realizan el mismo hecho llegan a él impulsados por el mismo motivo? ¿Cómo podemos alardear de penetrar en el alma ajena cuando no sabemos andar siquiera por el laberinto de nuestro propio yo…?

La caridad no se huelga de la injusticia. Ni se alegra por los fraca­sos ni se entristece por los triunfos de las demás. Se ha unido a sus Her­manas para hacer propias sus rosas y sus espinas, sus palmas y sus cm-ces, sus éxitos y sus reveses. Está con ellas para bien y para mal. Llora con las que lloran y ríe con las que ríen. Si goza cuando sufren es que la envidia sale de su escondrijo y no puede ocultar sus colmillos. Y entonces ocurren las injusticias. Sucede que mientras una mujer trabaja aislada e incomprendida, en un clima indiferente y hostil, nadie repara en ella; pero si su labor es importante y trasciende, la envidia levanta en su derredor un muro de silencio o una alambrada infranqueable de impos­turas y suspicacias. Algunas aguantan y superan el cerco. Otras se alejan, se exilian en busca de una comprensión y de una estimación que se les negó injustamente.

La caridad se complace en la verdad. La religiosa caritativa cree en la verdad subjetiva de sus Hermanas, en su buena fe, en su recta in­tención. También cree en la verdad objetiva, pero tal vez fragmentada de sus opiniones. En los intercambios deposita tranquilamente todo lo que oye en la batea de su análisis para separar después con cuidado las pepitas de oro de los desperdicios en que vienen envueltas. Cree en sus oponentes porque son sinceras y le resultan útiles: le señalan las faltas y le cantan las verdades; son maestras que le enseñan mucho gratuita­mente. Cree firmemente que todas las ideas y opiniones de las demás son algo propias. Cree que la verdad no tiene secuestradores ni propietarios en exclusiva. Ama la franqueza, pero no pretende justificar con ella su ligereza porque el hecho de decir que es muy sincera no transforma en bueno lo que es malo. Ama la franqueza y proclama la verdad sin palia­tivos cuando la conciencia se lo exige, aunque vea que va a desatar hostilidades y represalias. Habla de las demás como hablaría de sí mis­ma, y de sí misma como hablaría de las demás.

La caridad se acomoda a todo. Se adapta —o trata de hacerlo— al molde de la casa, de la organización y del reglamento. Y por encima de todo se esfuerza por acoplarse a las personas con quienes tiene que con­vivir. Esta es, sin duda alguna, la empresa de mayor envergadura que ha de acometer. Para empezar, las enormes diferencias que la separan de ellas parecen negar la viabilidad de la convivencia. Se ve entorpecida por una red tupidísima de condicionamientos capaces de desalentar a la más entusiasta. Las tentaciones de evasión la asaltan a menudo fuer­tes y sugestivas, como promesas de liberación. Para no doblar hace acopio de valor y se repite a sí misma y ante Dios las promesas de la pri­mera vez. La adaptación al clima comunitario no es fácil, pero tampoco imposible. Sabe que es un don de Dios que ella tiene que conquistar hora por hora y día por día.

La caridad lo cree todo. Tiene confianza en todas. No son personas que ella ha buscado para poder amarlas; son mujeres que Dios le ha dado a ella para que las ame. ¿Por qué no va a confiar en ellas? Antes del encuentro eran desconocidas; pero vinieron ilusionadas porque sa­bían que sus futuras amigas estaban convocadas por el mismo Señor que tanto amaban. Cada una de ellas es predilecta de Dios. Son todas hijas del mismo Padre, hermanas del mismo Hermano, esposas del mis­mo Esposo, animadas del mismo Espíritu, agraciadas con la misma voca­ción, lanzadas al mismo apostolado, partícipes del mismo gozo, sujetas a las mismas leyes, profesas de los mismos votos, sumisas a la misma auto­ridad, marcadas por el mismo fuego, vestidas con el mismo atuendo y por­tadoras del mismo nombre… Son más hermosas las semejanzas que las unen que las diferencias que las separan. Es lógico que confíen unas en otras y que se fíen unas de otras.

La caridad todo lo espera. ¿Qué espera una religiosa de sus Herma­nas? Espera de ellas, en primer lugar, que sean una ayuda con que poder contar en su avance espiritual; unas manos amigas que se le tienden cuando no pueda con la carga del trabajo; unos ojos llenos de alegría en los momentos tristes de sus decepciones; un coro de palabras vibrantes que disipen sus vacilaciones y su timidez; una maravillosa compañía en sus horas de vacío y soledad; un clima de paz y de sosiego que la espe­ra todos los días al volver de su tarea rendida por la fatiga; un bosque de brazos siempre abiertos que le brindan centuplicado el cariño que dejó en la otra familia.

Espera de sus compañeras, además, que usen con ella el registro de su ternura cuando se sienta impulsada a buscar la puerta de salida; que la aparten de esos pantanos donde flota el vaho de la tentación; que no sea ninguna de ellas la piedra en que tropiece en su nuevo camino; que garanticen con la oración su triunfo cuando suene el aldabonazo del peligro; que la enseñen a esperar contra toda esperanza; que respal­den su fidelidad a los compromisos jurados; que la adiestren en el arte de convertir en victorias sus derrotas; que le hagan el inmenso favor de compartir mútuamente las penas y las alegrías; y que no la abandonen cuando tenga que correr en la recta final…

La caridad lo soporta todo. No desconoce la fragilidad de la arci­lla humana. Sabe que el pecado de origen es en cada una una realidad misteriosa y fatal. Ha observado que se producen con frecuencia desa­justes entre la voluntad y las fuerzas elementales de la naturaleza. Ha visto fallos, desequilibrios, perturbaciones en la contextura síquica de sus compañeras. En cualquier momento puede presentarse el desmorona­miento físico o moral de una de ellas. No lo quiere, pero lo teme. Y cuan­do ocurre todo lo peor, no se extraña, no se escandaliza. Todo se lo ex­plica, lo comprende, lo sufre y lo perdona. Es indulgente porque es com­prensiva. Y es comprensiva porque es buena e inteligente. Si está en su mano, ayuda a quien sea a superarse. Si la palabra y el gesto amables no son posibles, siempre es posible la oración. Sufre los fallos de sus Her­manas porque las quiere, las excusa porque las conoce, las perdona por­que lo merecen y las ayuda porque vale la pena y porque desea que ellas cuando llegue el caso, se sirvan con su persona del mismo procedi­miento.

La caridad nunca fenece. Para practicar el amor toda la eternidad es corta. No hay vacaciones, ni domingos, ni días de descanso en esta empresa. La religiosa, por muy buena que se crea, siempre será una principiante en el oficio.

«El amor decía S. Vicente, os ayudará a resolver todos vuestros problemas.» Si no los soluciona todos, por lo menos ayuda a vivirlos sin desesperarse. Cuando caemos enfermos, una mano amiga en la nues­tra no nos cura la enfermedad, pero nos alegra el alma.

El mundo está necesitado de un diluvio de amor. La religiosa puede repartirlo a chorros. Ella sabe perfectamente que la salvación de la huma­nidad no la llevó a cabo ningún equipo técnico y eficaz, sino un Hom­bre que fue todo El un testimonio de amor. La mayoría de la gente le buscaba por sus milagros, no por su palabra ni por su sonrisa. Eso es lo malo de este extraño oficio que es amar. Cuando se- sacael carnet ya no se puede dejar de ejercer. Hay que seguir amando en la alegría y en la pena, a los amigos y a los enemigos, a los cuerdos y a los tontos, a los negros y a los blancos. Y cuando el sufrimiento llegue a la carne no hay más remedio que decir que Sí.

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