En respuesta a tu llamada: Comunidad, ayer y hoy

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD, AYER Y HOY

El concepto de comunidad pertenece a la esencia de la vida con­sagrada. El Concilio Vaticano II la considera como uno de sus tres fun­damentos. El 1.° es la consagración a Dios sumamente amado. El 2.° es el apostolado, o sea, el servicio a la Iglesia y al Reino. El 3.0 es la co­munidad, como el marco donde vive ese amor y realiza dicho servicio. San Vicente de Paúl, con distintas palabras y con su propio estilo, anti­cipándose a la mente conciliar, habla de los tres valores básicos de la Compañía: Uno, arriba: Dios; otro, abajo: los pobres; y el tercero, en medio de los dos anteriores: el amor mutuo de las Hermanas. Según él, el amor de Dios florece primero en el seno cálido de la comunidad y fruc­tifica después indefinidamente entre la muchedumbre de los pobres.

El aspecto comunitario aparece estrechamente ligado a la vida re­ligiosa casi de sus primeros balbuceos. Pero esta realidad, tan sencilla y natural en apariencia, ha ido adquiriendo nuevos matices, se ha enri­quecido con significaciones diversas y ha vivido bajo diferentes formas a través del tiempo. Porque no es lo mismo formar una comunidad que vivir en común. La vida religiosa ha quedado estereotipada en tres for­mas fundamentales cada una de las cuales presenta a su vez una tonali­dad diferenciada en cada Instituto concreto de la Iglesia.

La primera forma de vivir la comunidad es la de aquellos religio­sos que adoptan una comunión de vida total porque forman una co­munidad, viven siempre juntos bajo el mismo techo, revisten unos ras­gos espirituales comunes delineados por las Constituciones y obedecen a un reglamento prestablecido, rígido, vertical, que detalla minuciosamente ejercicios, horarios y observancias. Tal es el estilo de las ór­denes contemplativas.

La segunda es la de aquellas personas consagradas que se incorpo­ran a una sociedad, a una comunidad, poseen unas Constituciones que diseñan su espiritualidad específica, pero carecen de reglamento porque viven aisladas individualmente. Como no se benefician de las ventajas de la vida común se ven impelidas a reforzar los medios de mantener y desarrollar la unión fraterna. Se aman, se comunican, se defienden, se ayudan desplegando una amplia gama de posibilidades. Para las pri­mitivas vírgenes consagradas la familia natural era el punto de partida y de llegada de sus actividades eclesiales y benéficas. Los primeros reli­giosos vivían en solitario. Los miembros de los modernos Institutos Seculares realizan su consagración en medio de su trabajo profesional, de su vida familiar y de su ambiente social.

La tercera forma es la que distingue a las comunidades llamadas apostólicas, o de vida activa. Ocupan una zona intermedia, mixta y am­bivalente. Las Constituciones las marcan también con el sello diferencial de su espiritualidad, pero el reglamento es muy flexible, horizontal y cambiante. Está elaborado en función del mejor servicio del pobre. La caridad es la regla suprema. Las exigencias del apostolado mantie­nen a sus miembros dispersos durante prudentes lapsos de tiempo. El horario ofrece notables variantes en cada grupo comunitario. La responsabilidad personal es la que determina la asistencia o no asisten­cia a los actos comunes. No son comunidades cerradas sobre sí mis­mas, compactas y uniformes, sino grupos dinámicos, porosos, abiertos a los imperativos de la Iglesia y del mundo. Su inevitable trabazón se verifica más bien íntimamente, a nivel de corazón y de espíritu.

Como se ve, hay un elemento que subyace indefectiblemente bajo todas las formas visibles de la vida consagrada: la caridad mutua, la compenetración de los espíritus, la inserción integral de los hermanos en el poder unificador del amor de Cristo. La caridad cristiana llevada hasta sus últimas exigencias es la fuerza aglutinante, la pieza clave, el alma, la base y el sostén de todas las comunidades religiosas. Sin ella no son más que un absurdo, una entelequia, una locura colectiva. El hecho de vivir juntos no es siempre sinónimo de una verdadera vida comunitaria.

Sería confundir la corriente de agua con el manantial de donde brota. La regularidad, en última instancia, será uno de los frutos, pero nunca la raíz de este árbol. No es la regla la que une. Es la profundidad de la unión con el Señor la que aguijonea a buscar en la regla los medios comu­nes para ir a El. De lo contrario la vida en común no será más que un cenáculo de solteronas que aspiran a vivir lo más beatíficamente posi­ble o una juxtaposición de personas materialmente unidas, pero moral­mente divorciadas. Por todo lo cual yo definiría a una comunidad reli­giosa como un conjunto de personas animadas de un mismo ideal, que viven en caridad fraterna teniendo un sólo corazón y un alma sola, aun­que no estén al amparo de los mismos muros ni se sienten a comer dia­riamente a la misma mesa. O si se prefiere se la puede designar como un conjunto de cristianas que, reunidas bajo el impulso del Espíritu San­to, se proponen vivir de un modo peculiar y con todas sus consecuencias, el cristianismo, es decir, el ejercicio heroico del amor a Dios y al prójimo, según la organización que ellas mismas se han dado.

La comunidad es valor permanente de la vida consagrada. Sin em­bargo, el concepto que evoca este vocablo, comunidad, no tiene hoy el mismo significado ni suscita las mismas resonancias que en el pasado. Antiguamente denotaba inseguridad. Era el signo de los tiempos. La sociedad vivía confiada tras las defensas de sus murallas erizadas de almenas, de torres y soldados. Las monjas, al otro lado de los muros y de las rejas de sus conventos, estaban al abrigo del donjuanismo varonil que veía en semejante reunión de mujeres un desafío a su hombría, a su lujuria y a su audacia. Hoy el reloj de la historia señala una hora de paz, de respeto personal, de costumbres más suaves, de convivencia más hu­mana. Las piedras de los muros y los hierros de las ventanas no sirven de amparo y protección. El edificio de cualquier comunidad brilla de luminosidad y de frágil cristalería. Sus puertas y ventanas se abren al sol y a las gentes del mundo. Aparte su carácter utilitario, la casa reli­giosa tiene solamente el valor de signo. Signo de ascesis, expresión de re­nuncia, símbolo de unidad y testimonio de un relativo alejamiento del mundo.

Los viejos conventos con su aparato de barrotes y cerraduras en­volvían una obscura desconfianza de sus dulces huéspedes que ahora no acertamos a comprender. Un sistema tan formidable de precauciones pa­recía tener por objeto matar en flor todo intento de fuga. Ciertamente que la permanencia en comunidad era libre, pero con mucha frecuencia sólo en teoría. Los trámites para la salida eran largos, complicados y difíciles. Los meses y hasta los arios pasaban con lentitud desesperante mientras una pobre mujer roía por dentro los anhelos de su vocación fallida. La larga espera iba barrenando el miedo y la timidez. Fraguar un plan de evasión en tales circunstancias no era ni infrecuente ni des­cabellado. Hoy el camino de la salida está libre de obstáculos. Las difi­cultades se acumulan a la entrada en forma de averiguaciones, pruebas y sondeos. La estampa tradicional de dos monjitas juntas caminando por la calle que tuvo origen en la suspicacia no significa actualmente otra cosa que utilidad y ayuda, amistad y compañerismo. No se ejerce espio­naje ni se monta vigilancia sobre una Hermana porque se confía en ella plenamente, porque se cree en su madurez, en su sinceridad y en su res­ponsabilidad.

Antaño las religiosas al ingresar en el convento desaparecían en el anonimato de la comunidad. La persona era un número más. La vida común era sinónimo de uniformidad. Introducidas en el mismo molde por las encargadas de su formación salían idénticas, exactas, limpias de aristas salientes. Tan parecidas eran unas a otras en el pensar como en el vestir. Sus opiniones no contaban para nada en la organización comu­nitaria. Calladas, tiernas y sumisas seguían los pasos y la voz de la auto­ridad con mansedumbre ovina. Hoy en día está demostrado que la obe­diencia no está reñida con el cultivo de la personalidad. Al contrario, sa­bemos que la depura y la enriquece. Las diferencias naturales no supo­nen en sí mismas una rémora ni una amenaza. Se insiste mucho sobre el respeto a la persona, a su libertad íntima, a su criterio peculiar, a su carisma particular. La idea de subordinación está dando paso a la de colaboración. El superior, se dice, no tiene poder, sino autoridad. Se copian en comunidad los honestos avances del comportamiento social. El Papa Juan XXIII en su Encíclica «Mater et Magistra» hacía notar que las reivindicaciones de los obreros y trabajadores no se refieren sola­mente al salario sino también a la participación activa en la gestión y responsabilidades de la empresa. Estos nuevos valores sociales tienen indudablemente su repercusión y su aplicación en las comunidades religiosas, las cuales serán tanto más apostólicas cuanto más vigorosas sean las personas que las componen.

En la estructura de la comunidad tradicional resalta la importancia concedida al silencio. Dios nos habla. Pero el diálogo y el encuentro personal con El se establece en un clima de soledad y de recogimiento. La meditación, la oración, el examen particular, la introspección, el es­tudio reflexivo de nuestros avances y retrocesos han sido siempre las ca­racterísticas del hombre interior. Pero en estos últimos tiempos a la es­piritualidad del silencio se le ha incorporado una nueva y al parecer contrapuesta espiritualidad: la de la palabra. Dios nos habla porque es el Verbo, la Palabra esencial. Esta divina Palabra nos espera viva, pero escondida en la liturgia de la Iglesia. Nos espera también sacramentada en el diálogo con el prójimo. Porque si en él sabemos encontrar a Dios, en su palabra humana encontraremos la divina. Hay que reservar, pues, un lugar destacado para la palabra divina y para la palabra humana en la nueva ordenación de las comunidades. La vida litúrgica y el diálogo fecundo con las Hermanas evitará el desgaste y el anquilosamiento del grupo consagrado y le dará un aspecto fresco y juvenil. No se trata de arrojar por la borda el valor tradicional del silencio. Siempre será una necesidad humana y espiritual. Se trata de reconocer los valores nuevos e integrarlos a los antiguos. Si cobra relieve el mandato conciliar de «recurrir a las fuentes», también es de vital importancia «prestar aten­ción a los signos de los tiempos.»

Las comunidades apostólicas deben ir despojándose de ciertas ad­herencias conventuales, de cierto tinte monástico que han ido adquirien­do, por mimetismo, al paso del tiempo. Es un lastre pasado que les resta ligereza y mobilidad, obscurece su testimonio y obstaculiza su apostolado: amplia concentración de poderes en la autoridad; adhesión servil a la letra, al detalle, al rito; adopción de posturas aniñadas frente a problemas serios, propios de personas adultas; maniqueísmo práctico tocante al puesto que debe ocupar el cuerpo humano en la ascética cris­tiana; inflexibilidad en relación con el horario establecido; intransigen­cia en la puntualidad a los actos comunes; desconocimiento, por no decir desdén, de algunos usos y costumbres sociales… Si se exhuma la litera­tura fundacional y se repasan las páginas de iniciales de la historia de la Comunidad se observará que las promociones de hace unos años vivían encorsetadas en unas formas rígidas que las asfixiaban y las des­conectaban de la vida y del espíritu de las primeras Hermanas. Hay que limpiar esa capa de polvo secular con el agua lustral de los princi­pios conciliares con el fin de devolver al rostro de la Compañía la primi­tiva nitidez.

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