En respuesta a tu llamada: Comunidad apostólica

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD APOSTÓLICA

La Iglesia es un barco colosal cuya quilla parte la espesa costra del mundo, como la punta del diamante rasga la superficie del vidrio. Su palabra magnética encadena un hombre con otro, une una nación con otra en una creencia común. Agrupa todos los pueblos de la tierra para for­mar un gran pueblo con la pericia de un compositor que dispone los so­nidos alrededor de un tema musical. Es un Cuerpo Místico, pero un cuerpo que goza de una virtualidad tan diversa como sorprendente. Tiene la fuerza expansiva de los gases, la sutileza penetrante de los vientos, la virtud de impregnación de los líquidos, el poder vitalizador de la san­gre, la capacidad convocante de la campana y el sugestivo magnetismo de la bandera. Aspira nada más y nada menos que al dominio universal y forcejea por implantar su hegemonía espíritual sobre el planeta.

La Iglesia es radicalmente misionera. Es una condición que se desprende de los artículos anteriores. Lleva en su mecanismo constitu­tivo una energía incoercible que la impulsa al avance, a la conquista,, al ensanche de sus fronteras. Una Iglesia atrincherada y conservadora no tiene sentido. Pronto sería un imnenso fósil. Precisamente su momento estelar coincide con el imperio romano que, pese a su paganismo, ofre­ció una gran porosidad al mensaje evangélico. La alta edad media se­ñaló su más gloriosa efemérides con la reunificación en Cristo de todos los pueblos del mundo entonces conocido. En América, en Africa y en Asia ha conocido, en épocas más recientes, días de esplendor. Hoy no se puede afirmar que su afán de expansión apostólica está en quiebra, pero sí en declive, y necesita reactivarla. La crisis que le corroe ha diez­mado sus efectivos. Se observan demasiado claros en sus filas misioneras. Y los que permanecen en sus puestos se dejan invadir por una atonía paralizante. Da la sensación de caminar al revés de la historia, puesto que la edad de oro de las misiones tuvo lugar en la edad de bronce de la cultura o poco menos, en tanto que la explosión industrial, científica y tecnológica de la sociedad incide en el debilitamiento de su pujanza proselitista.

La Iglesia tiene origen en las misiones divinas. Se remonta a los eternos designios de la Trinidad que envió, comisionó al Hijo como mediador entre Dios y los hombres. Ella es la misionera de Cristo como Cristo es el misionero del Padre: «Como mi Padre me ha enviado así os envío yo a vosotros». Ella es la celeste levadura que está empeñada en la transformación de la masa humana y hasta de la masa cósmica y lo conseguirá cuando Cristo llegue a ser el resumen y la síntesis del uni­verso. Si siempre se ha sentido impelida a predicar la Buena Nueva a los hombres, las modernas circunstancias de la humanidad se lo reclaman de un modo apremiante, urgente, casi desesperado. Dado que la pobla­ción mundial crece a ritmo acelerado, la Iglesia, si no avanza, retrocede. No puede permanecer estacionaria. «Id._ enseñad a todas las gentes… predicad el Evangelio a toda criatura… marchad por todo el mundo… anunciad… bautizad… perdonad… curad…» Es un mandato imperioso, categórico, inevitable. Y esta orden, como divina que es, no puede estar en desacuerdo, sino en perfecta armonía, con la libertad del hombre en materia religiosa ni con su posible salvación fuera de la Iglesia. Son las palabras de Cristo y no las argucias de ciertos teólogos los que trazan a la Iglesia el camino a seguir.

Porque la Iglesia no es un ente de razón. Es una realidad divina poniendo en actividad a otra realidad humana como son sus jerarcas, sus religiosos y sus fieles seglares. Cada uno de ellos es un enviado, un apóstol, un misionero. Todos son solidarios de la misión evangelizadora de la Iglesia. Esta labor es única, individual y colectiva, la misma en todas partes y en todas las contingencias históricas y es incumbencia de todos, aunque no se realice de igual modo por unos que por otros ni se lleva a cabo con el mismo estilo en unos lugares que en otros ni se em­plean idénticos métodos en unos medios culturales que en otros. Las diferencias nacen, no de la misión misma, sino de la condición real de los misioneros y de los misionados, así como de las circunstancias que los rodean.

Hablamos de la misión y de las misiones. Hasta hace pocos años la terminología resultaba bastante clara, pero hoy se han borrado sensi­blemente las diferencias de los dos vocablos. La misión, en singular, designaba una actividad pastoral localizada en países cristianos y efec­tuada por sacerdotes no vinculados a una parroquia con el fm de sacudir la fé dormida del pueblo, reavivar las brasas de su fervor religioso y con­vertir a los pecadores acercándolos a los sacramentos. En cambio, las misiones, en plural, eran zonas geográficas concretas, territorios depen­dientes de la Propagación de la Fe, países, en fin, poco o nada evangeliza­dos aun y a los que toda nación cristiana se consideraba obligada a enviar periódicamente apóstoles, con preferencia religiosos. Ambos términos están siendo bastante superados en la actualidad y se dan la mano en un concepto común.

Porque sucede que con el término de misiones extranjeras se corra el riesgo de mirar a ciertos países como apéndices, colonias y proyec­ciones de una Iglesia identificada con Occidente. Se olvida que en otros existen cristiandades florecientes con capacidad para hacerse cargo de su propia historia y de suscitar misioneros que misionen de puertas adentro. Por otra parte cabe preguntarse si se puede seguir hablando de países cristianos y países paganos. En los que se llamaban cristianos hace unas décadas, se encuentran ahora inmensos sectores descristiani­zados, prácticamente ateos. No se trata de esferas geográficas, sino de extensas capas de clases sociales que viven al margen de toda idea religio­sa, aunque en ellas sobrevivan algunos individuos fieles a Cristo. La misión se halla en todas partes. Toda la Iglesia es misionera, ya se trate de la Iglesia universal, como de la diocesana y local. La palabra misión ha terminado por designar a todo el conjunto de actividades de la Iglesia.

Sin embargo, el Concilio Vaticano II ha jerarquizado estas activi­dades, aunque, como hemos dicho, las ha englobado en el mismo término de misión. Las ha ordenado según su grado de importancia, les ha pues­to unas etiquetas ligeramente diferenciadas y los ha marcado con el sello de sus preferencias.

Tenemos, en primer término, la tarea misional por excelencia, la labor inicial, o sea, aquella en que la Iglesia empieza a existir en una zona determinada. Es un trabajo de desbroce, de siembra, de implanta­ción en pueblos o grupos humanos nunca evangelizados con el fin de dotarlos de una iglesia autóctona, organizada, con madurez y energías suficientes para valerse por sí misma.

Viene, en segundo lugar, el apostolado misionero en las áreas geo­gráficas evangelizadas con anterioridad. Su objetivo son los países tra­dicionalmente cristianos y prácticamente paganos que guardan los res­tos de su fé perdida en el seno de unas minorías reducidas, en la legis­lación, en ciertos usos y costumbres sociales, en una difusa mentalidad cristiana que flota en el ambiente. Es una labor de solidez y de profun­didad, más que anchura y dilatación. Supone un dispendio copioso de energías y recursos porque se trata poco menos que de dar vida a un cadáver.

Por último, existe una actividad misionera íntimamente ligada con esta última. Es la que tiene como meta el ecumenismo cristiano, la unión de las iglesias, la reunificación de un solo rebaño bajo un solo Pastor; «porque la división de los cristianos perjudica a la causa santí­sima de la predicación del Evangelio a toda criatura y cierra a muchos las puertas de la fe.»

En este contexto conciliar hay que situar la distribución del perso­nal apostólico. Es lógico que a tierras mejores y más dilatadas corres­pondan mejores y más numerosos operarios. Pero está claro que las tie­rras que hasta hoy se llamaban de misión no sólo son las más extensas, sino que, a juicio de la Iglesia, son de primera categoría. Y sin embargo son las que cuentan con menos trabajadores. Son campos fértiles que hsperan en vano la divina sementera. No hay brazos que arrojen la se­milla dorada a los surcos abiertos al agua y al sol. Los mejores obreros y los más abundantes se mueven en espacios más reducidos, se gastan en el laboreo de tierras de 2.a y 3.a clase, como el Concilio llama a los países históricamente cristianos.

Pero resulta que también en estos últimos está al rojo vivo el mismo problema. La Iglesia no hace acto de presencia en amplios sectores des­cristianizados mientras que las zonas más creyentes sufren una inflación de apóstoles. Existe un pavoroso desajuste en el reparto, asignación y dosificación de misioneros. Si es una injusticia social la coexistencia del lujo y la miseria, también es inaceptable el desequilibrio escanda­loso y detonante que hay entre las áreas pletóricas de medios de salva­ción y las que carecen de todo signo religioso. Esta es una verdad de cara ingrata. No se la puede considerar como una fruslería. Y aunque es la Iglesia a escala universal primero, y a nivel nacional después, la que debe aceptar sin reservas y resolver ajustadamente el planteamiento de este problema, también los Institutos religiosos, en su esfera limitada, pueden y deben ya desde ahora darle su propia solución.

Las religiosas son esencialmente misioneras corno la Iglesia en que nacieron y a cuyo servicio se consagraron. Como personas y como colecti­vidad están llamadas a adquirir una transparencia cada día más diáfa­na de la Iglesia apostólica. Deben ser unas mujeres amasadas de deseos salvíficos, puesto que han nacido de un deseo de Dios. Dios quiere que todos los hombres se salven. Con este exclusivo propósito las lanzó a la vorágine de la existencia humana. Ha echado sobre sus hombros la pe­sadumbre de la Redención de Cristo y deben efectuarla hasta el último capítulo de la historia universal. Me hubiera gustado ser misionera des­de la Creación hasta la consumación de los siglos —decía Santa Teresa de Lisieux. De ahí que deben ser cálices llenos hasta los bordes de la sangre de Cristo para que rebose y caiga sobre la humanidad. No digo su perfección moral, pero su propia salvación está vinculada a la salva­ción universal más estrechamente de lo que ellas se imaginan.

Se ha dicho que el que no es apóstol corre el peligro de ser apóstata. Efectivamente sería un mal síntoma que una mujer consagrada no sin­tiera una emoción dolorosa ante un alma sin Dios; que pudiera conciliar el sueño tranquilamente ante la angustiosa crisis de la propagación de la fé que hoy sangra como una gran herida; que se fije en cominerías mientras Cristo está siendo desplazado de la sociedad. Tiene que exco­gitar medios para atajar el desastre. Da grima pensar en las comunidades que no han parado mientes en el radicalismo de las palabras evangéli­cas. Cultivan tan sólo un dilentantismo teórico y sentimental de las misio­nes. Las viven de una manera aséptica, desde lejos, a resguardo del ham­bre y de la sed, bien arropadas contra las inclemencias de la meteorolo­gía, de la geografía y de la… antropología. Simpatizan con las heroínas distantes, pero no sienten el menor impulso de abandonar sus lares para acompañarlas. Una tierna y angelical oración por ellas… y su con­ciencia navega dulcemente por las ondas del deber cumplido.

Las religiosas son enfermeras que están a la cabecera de la cama de un mundo enfermo. Enfermo de cuerpo porque usa y abusa de anti­bióticos, drogas y licores. Enfermo de espíritu porque ha decretado la muerte de Dios. Está enfermo de hambre y de hartura, de miseria y de abundancia, de falta de amor y de exceso de erotismo. Ante un enfer­mo así la indiferencia es un crimen. Ellas, sin embargo, son mujeres sensibles, compasivas, delicadas. Pueden pulsar todos los resortes de su fé y de su amor, todos los dispositivos de su feminidad para obtener su curación; y serán, como María, la salud de los enfermos, la salvación de un mundo gravemente enfermo.

Muchas veces les asaltará la tentación de creer que están trabajando en vano, de que su apostolado es infecundo y sus esfuerzos inútiles, porque, después de una siembra larga y difícil, no cosecharon más que espinas y fracasos. Una tierra árida y un sol inclemente tornaron, al pa­recer, ilusorio su trabajo; pero pueden estar seguras que, más pronto o más tarde, en aquel campo o en otro distinto, se abrirá la dura superficie y estallará el júbilo de las espigas doradas.

Objeciones. 1.a Fuera de la Iglesia no hay salvación. Ninguna reli­giosa ha de arrojar este viejo axioma al montón de las frases inútiles. Aún hoy día conserva su exigencia dramática, pero hay que enfocarlo con una luz nueva. Existen, sin duda, inmensas masas humanas que tienen, sin culpa suya, a la Iglesia fuera de su alcance. Si Dios quiere la salvación de todos los hombres hará brotar en los elegidos por El, y por procedimientos que El sólo conoce, los actos de fe y de amor que son imprescindibles para su salvación.

Por otra parte, la Iglesia invisible sobrepasa los límites de la Iglesia visible. Sus fronteras no son comunes. La historia de la salva­ción desborda a la historia de la Redención. Nadie duda hoy que exis­tan, fuera del marco externo de la Iglesia, copiosas gracias de luz y de verdad, de perdón y de misericordia, de vida y de salvación para los hombres de buena voluntad.

Además, las religiones no cristianas contienen valores humanos y religiosos muy excelentes. Ciertamente que no desempeñan ninguna misión salvadora ni mucho menos confieren la gracia de Cristo, pero El está presente de algún modo entre esos millones de hombres que le desconocen. Su buena fe, su honradez natural, la fidelidad a las prescrip­ciones de su religión les preparan ciertamente los caminos para la fe y para la evangelización.

Hemos de concluir que la salvación eterna de los hombres sigue siendo el motivo de la empresa misionera, pero no el único, porque en realidad hay muchos que se salvan, aún ignorando a Cristo. La razón principal de la misión cristiana se encuentra en el clarísimo designio de Dios de salvar al hombre, no tanto individual como colectivamente; en el deseo divino de hacer de la humanidad un pueblo de Dios, un Reino suyo, un Cuerpo de Cristo, un Tempo del Espíritu Santo. Este es el plan manifiesto de Dios: reducir los hombres a la unidad, formar con ellos una gran familia, enlazarlos y fundirlos en una comunión fraterna y en el amor al mismo Padre. Y en realidad, por encima de sus diferen­cias, ésta es también la aspiración secreta, el anhelo profundo de toda la humanidad. El propósito de Dios y el instinto más noble del género humano coinciden en este punto.

Hasta hoy los hombres no lo han conseguido ni lo conseguirán por los medios naturales de que disponen. Por ello Dios ha hecho a la Igle­sia su única mandataria para el logro de estos fines. La ha puesto como signo, instrumento, y sacramento de unidad, norma y camino de salva­ción universal, centro de atracción para todo el mundo hasta el fin de los siglos. Por tanto, aunque hay salvación individual fuera de la Igle­sia, subsiste la obligación irrenunciable y perentoria de predicar el Evan­gelio a toda criatura.

2.a ¿Para qué ir a otra parte? ¡Hay tanto que hacer aquí donde es­tamos! arguyen algunas religiosas en tono melodramático. Es una queja frívola e inconsistente. Sobre el nudo de esta dificultad caen, como espa­das, las palabras aceradas y cortantes de Evangelio: Id por todo el mun­do… predicad a toda criatura… enseñad a todas las gentes… Es una or­den de Jesús seca y apremiante, sin atenuantes ni eufemismos. No hay ningún argumento bíblico ni teológico para excluir un sólo punto de la tierra de la presencia de la Iglesia. Cristo es la luz que vino a ilumi­nar a todo el mundo. Ahora bien, esa luz, para que pueda ser percepti­ble, tiene que estar colocada cerca de cada uno. El mismo derecho a la verdad tienen los que viven al norte o al sur de cualquier paralelo, como los que viven al este o al oeste de cualquier meridiano. Y si me apuran, más derecho tienen los que escasean de medios de salvación que los que nadan casi en la abundancia. En este sentido las palabras de San Pablo son definitivas y zanjan la cuestión de una vez para siempre: «Quien invoque el nombre del Señor será salvo.» «¿Pero cómo invocarlo sin creer en El? ¿Y cómo creer sin haber oído? ¿Y cómo oír si no hay quien predique? ¿Y cómo predicar sin ser enviado…?»

3.a ¿Para qué inquietar la conciencia de los que están de buena fe? Ellos creen, como nosotros, que están en la verdad… No tiene objeto llenarlos de dudas… Pueden salvarse perfectamente si cumplen la ley natural… La misma reflexión podía haberse hecho Jesucristo, los apóstoles y los misioneros de todas las centurias. Para los que así pien­san, la muerte de Jesús es completamente inútil y, por lo mismo, ab­surda e inhumana. ¿Por qué turbó la conciencia de la humanidad con un final tan sangriento? ¿A qué fin morir por los hombres si éstos podían sal­varse con la honradez natural? Para los que así argumentan el equivo­cado es Dios que ordenó la salvación eterna del hombre por unos cami­nos tan duros, tan violentos, tan cruentos, pudiendo haber empleado otras fórmulas más sencillas, otros métodos más suaves… Y más cómo­dos, claro está, para estos apóstoles del siglo XX tan agobiados de tra­bajo. Fue una verdadera pena que no les consultara a ellos para confec­cionar el programa de la Redención, de la Iglesia y de la evangeliza­ción del mundo.

De entre los prosélitos que se sumaron a los apóstoles para formar la iglesia de la primera hora, algunos no eran antes ni grandes ni peque­ños pecadores sino, por el contrario, hombres honrados, altruistas, reli­giosos. Los discípulos de Jesús podían haberse percatado del peligro que entrañaba para estos espíritus sinceros abandonar sus ideas y sus costumbres para abrazar una religión nueva, llena de duras exigencias. Podían haberlos dejado en su buena fe sin peligro de que se vieran exclui­dos de la salvación. Y, sin embargo, les dirigen estas pasmosas palabras que los llenan de inquietud y estupefacción: «Los días se han cumplido ya… El Reino de Dios está en medio de vosotros… Convertíos y creed en el Evangelio…»

4.a El hombre goza de libertad religiosa… No se le puede forzar por ningún sistema a abrazar ideas y costumbres que no desea… La evangelización es una coacción moral… Como se ve, la objeción es muy propia de nuestro siglo y de nuestra sociedad actual, defensora a ultran­za de la libertad humana como de un bien individual supremo e inalie­nable. Pero parte de un falso concepto de la libertad humana. Es preciso declarar, sin embargo, que el hombre no es libre de cara a la verdad. La verdad, sea del tipo que sea, una vez descubierta, le exige un asenti­miento total. La razón es que está hecho para vivir en la verdad. El error que nace de la debilidad de su voluntad y de la limitación de sus facultades es enteramente contrario a su naturaleza. Toda la vida hu­mana es un rastreo, un interrogante, una eterna búsqueda de la verdad. Unas veces equivoca el camino que a ella conduce. Otras, acalla su conciencia e interpone una cortina de humo para no verla porque la adivina molesta e incómoda. Otras, en fin, abre sus puertas al error confundiéndole lealmente con la verdad. En todo caso es un deber de humanidad hacer salir del error a nuestros semejantes. Sería un crimen silenciar una verdad necesaria. La tolerancia en el error ajeno sólo es permisible cuando es de poca monta y el perjuicio que puede acarrear es de menor cuantía que el que causaría la súbita revelación de la ver­dad. Quede, pues, bien establecido que nadie es libre en absoluto en re­lación con la exploración, el descubrimiento y la aceptación de la verdad.

La libertad no se menoscaba con la predicación de la verdad cris­tiana. El que ha creado la primera ha urgido la segunda. Rechazamos por principio toda especie de contradicción en Cristo. Y le llamaríamos inconsecuente y contradictorio consigo mismo si dijéramos que atropelló con sus discursos la libertad de sus contemporáneos porque afirmaríamos que lo que había hecho como Dios lo deshizo como Hombre. Ahora, como entonces, la exposición sencilla de sus enseñanzas no implica un atentado contra la libertad humana, aunque el modo de exponerlas sí puede constituir una violencia moral. El tono agresivo, la forma impru­dente, la adulación untuosa, la insistencia molesta; la falta de oportuni­dad en el tiempo y el lugar son modos rechazables de predicar el Evan­gelio. Lo cual quiere decir que el apóstol ha de ser valiente en el pregón y delicado en la expresión, insobornable en la proclamación de la doc­trina y amable en el lenguaje y en las maneras de presentarla.

5.a Pero es que antes hay cosas más urgentes que hacer… Están los países subdesarrollados que no pueden esperar más… Están los pobres, los abandonados, los explotados… Son necesidades que no admiten demora… No vamos a predicar el Evangelio a estómagos vacíos…

La preevangelización es una palabra que se ha sacado de la manga una cierta y pretenciosa pastoral de nuestros días para, sin pretenderlo, dar carpetazo a la vieja sabiduría del Evangelio. La época en que a Cristo le tocó vivir, todos los problemas sociales estaban en carne viva. La miseria enseñaba sus lacras con más descaro y ostentación que en la actualidad. El, sin embargo, atendía simultáneamente al cuidado corpo­ral de los pobres y a su evangelización. Para ser más exactos, primero enseñaba y después curaba a los enfermos, multiplicaba el pan y resol­vía los problemas personales de sus oyentes. Los discípulos adoptaron idéntico sistema, como consta en los Hechos de los Apóstoles. La Igle­sia, hablando en términos generales, llevó a cabo sus colosales empresas misioneras simultaneando la evangelización y el bienestar social de los pueblos.

Esto es precisamente lo que piden de consuno el amor y la equi­dad. El término de la labor apostólica es la persona humana tomada en su integridad. Nadie pone en duda la superioridad del factor espiritual del hombre, sobre su componente corporal. Pero aún prescindiendo de este principio evidente y partiendo del supuesto de que tanto monta el alma como el cúerpo, la misma importancia tienen las exigencias de un elemento como las del otro. Por lo tanto toda pastoral que, a la hora de remediarlas, soslaye o posponga las necesidades de uno de los dos, es parcial, discriminatoria e injusta. Si gozan de igual categoría, merecen las mismas atenciones. A igualdad de derechos, paridad de obligaciones. A una llamada común, una respuesta común. Si es condenable un aposto­lado puramente espiritualista en el que lo corporal queda marginado, silenciado u olvidado como si no existiera, por la misma razón y con mayor motivo ciertamente repugna el apostolado netamente temporalis-ta que orilla por sistema el cultivo del espíritu o lo relega a un segundo plano.

II

El apostolado. Vamos a hacer la disección de esta palabra. Saber lo que entraña es parte para que se realice como es debido. Enunciaremos su contenido teológico y seguidamente lo explicaremos palabra por palabra.

Todo apostolado produce su efecto propio infaliblemente con tal que se haga según el sentido de la Iglesia; pero el efecto producido es independiente de la persona del apóstol, del lugar y del tiempo en que se realiza.

Todo apostolado. Con estas dos palabras queremos abarcar toda la infinita gama de actividades, formas y actitudes específicamente apos­tólicas. Queremos designar el apostolado eventual de la persona no pro­fesional y el apostolado habitual de la persona consagrada a él. El apos­tolado inmanente y esencial que dimana de la misma consagración, y el actualizado que es el anterior aflorando por medio de cualquier ejer­cicio activo. El apostolado interno que se verifica dentro de los límites de las facultades internas, como la oración mental, y el externo que lle­van a cabo los sentidos externos y los órganos corporales. El estático que se traduce por el cultivo de las virtudes mal llamadas pasivas, como el dolor, la renuncia y el sacrificio; y el dinámico que es el propio de las virtudes activas. El apostolado de la palabra y el apostolado del testimo­nio de vida. El directo que se aplica y recae inmediatamente sobre las personas, y el indirecto que las beneficia de un modo distante, lejano y mediato. El apostolado típicamente evangélico o. espiritual y el aposto­lado que reviste diversas formas temporales o sociales, como son las ac­tividades culturales, científicas, artísticas, recreativas, deportivas, la­borales y profesionales. El apostolado es de suyo variado y multiforme, como los gustos, las inclinaciones y las vocaciones particulares de los hombres; apunta en todas las direcciones del quehacer humano, como la rosa de los vientos.

Produce su efecto. El apostolado sigue primeramente una línea vertical, ascendente en cuyo extremo está Dios. El apóstol, ante todo, entra en los planes de Dios, secunda sus designios y busca su gloria. Este es su fruto primordial, supremo y a veces único. Si este fin no ha sido al­canzado ningún otro objetivo se ha logrado. La gloria de Dios es la única razón de ser del apostolado cristiano.

En el plano horizontal su influencia se propaga como las ondas de la luz y del sonido, en un sentido centrífugo y radial sin otros límites que los de la Creación. Empieza por beneficiar a la persona del apóstol; se proyecta sobre el mundo del espíritu y de la materia; se abre camino por el ámbito de la Iglesia visible; llega a los confines de la Iglesia invi­sible. Penetra en el misterio del pecado y de la gracia; asalta o derriba los muros de la libertad humana; ataja el desequilibrio del orden social; tiene resonancias útiles en el campo de las realidades terrenas.

Pero hay que dejar bien claro que los resultados del apostolado no coinciden siempre necesariamente con los deseos y las intenciones del apóstol. El es un instrumento, todo lo libre que se quiera, pero un ins­trumento de trabajo en las manos de quien le ha enviado. A lo más, una condición sin la cual la salvación del hombre sería un puro sueño. El dueño de la gracia es Dios y El la distribuye a quien quiere, cuando quiere y como quiere. El apóstol siembra y riega, pero Dios fecunda la semilla, la multiplica, la recoge y abastece con ella sus graneros.

Infaliblemente. El éxito del apostolado no falla jamás. Tiene una garantía divina. Aunque no se perciba, a la hora de la siega, la consecha es segura, cierta, indefectible. Aplicando un vocablo técnico a una reali­dad espiritual, yo diría que el efecto del apostolado es automático. El apóstol es un luchador que siempre gana, un jugador que nunca pierde, un empresario que nunca quiebra.

Porque es un enviado de Dios. Habla en su nombre. Comunica su mensaje. Participa de sus poderes. Dios le precede, le acompaña y le sigue. En último término su fracaso sería el fracaso de Dios. Pero Dios es sencillamente irresistible. Allana todos los obstáculos, abate todas las defensas y alcanza infaliblemente sus objetivos. La debilidad y la ineptitud de sus instrumentos hace resaltar más la magnitud de sus logros.

Porque es el mismo Cristo que continúa en la historia la misión que recibió del Padre. «Cómo mi Padre me envió, así os envío yo a voso­tros», «el que a vosotros oye, a mí me oye». «Haréis mayores obras que yo…» El apóstol es un amplificador de la palabra de Cristo, solamente eso. Cristo no puede fracasar. Su palabra ha dejado en el mundo un re­guero de derrotas aparentes y de victorias verdaderas.

Porque está respaldado por la Iglesia orante. La llave de la oración eclesial abre incuestionablemente las puertas de la gracia, porque la Iglesia es, como María y. con María, la omnipotencia suplicante. Por otra parte, la obra salvífica entra en la contextura divina de la Iglesia. La Iglesia que es esencialmente apostólica está, como tal, en todos y en cada uno de sus miembros, pero de una manera eminente en el apóstol. En éste está la Iglesia; en la Iglesia está Cristo; y en Cristo está Dios.

Porque el apostolado es un misterio sacramental. Es bien sabido —y tiene un marchamo dogmático— el principio de que un sacramento se verifica válida e infaliblemente si intervienen estas tres condiciones: la recta intención del ministro, la materia adecuada y la forma prescrita. En nuestro caso, el ministro del sacramento apostólico es la misma per­sona del apóstol actuando en nombre de la Iglesia; la materia sobre la que actúa es la totalidad del mundo que Cristo ha redimido y quiere salvar; y la forma sacramental es el testimonio de su palabra o de su vida entregada, comprometida e identificada con Cristo. De • la conjunción de estos tres elementos salta la chispa de la gracia inevitablemente, surte con fuerza incontenible, como de un pozo artesiano, el agua lustral de la salvación.

Con tal que se haga según el sentido de la Iglesia. El efecto del apostolado está condicionado. Lo acabamos de insinuar. No hay que extrañarse. Se trata de una obra divina realizada por seres humanos. Para coronar con éxito una empresa humana basta tener en cuenta las aporta­ciones de la ciencia y de la experiencia; pero un propósito sobrenatural, corno es este de que hablamos, precisa además y principalmente los re­cursos arbitrados por la fe. No se excluyen las diligencias humanas, pero se subordinan a los imperativos del Evangelio. Estos imperativos inter­pretados oficialmente y exigidos incondicionalmente por la Iglesia son éstos cuatro, a saber:

1.° Según el sentido de la gloria de Dios. En toda pastoral auténtica las motivaciones religiosas o de fe deben ocupar el primer plano sin ex­cepción. alguna. Los móviles de orden temporal, si son inmorales o desmesurados, son totalmente rechazables. Si son naturales y moderados pueden tener cabida en las intenciones del apóstol, pero han de pasar a segundo término.

Tal sucede, por ejemplo, con la cuestión crematística. El dinero es un tema que no se puede escamotear de las preocupaciones del hom­bre porque es imprescindible para subvenir a sus necesidades elementa­les, pero si se le da prioridad en la intención del enviado de Dios, pone en entredicho la fecundidad de toda su obra apostólica y se llevará el viento sus palabras y testimonios.

El deseo de estimación, de quedar bien, de tener aceptación y aco­gida, de suscitar simpatía y amistad es natural y legítimo, si se reduce a sus justos límites, pero si es un afán desmedido de fama y de aplauso, entonces deja el trasfondo donde debía permanecer para ocupar el proscenio de las razones estimulantes, desplaza el motivo de la gloria de Dios por el de la propia, bloquea enteramente la acción de la gracia, hace del pregón evangélico un cartel publicitario y convierte todo el aparato pastoral en una fiesta barroca y profana.

La emulación es innata y buena cuando es hija de pensamientos nobles, blasonados, pero la pasión desbordada puede degradarla, y en­tonces se llama antagonismo, competencia y rivalidad. La envidia llega por caminos muy sutiles, obceca a los más lúcidos y los trueca en obsti­nados contrincantes, en contendientes faltos de escrúpulos. Todo les parece bueno para eclipsar al adversario. Su apostolado degenera en una puja larvada o descarada por superar a los demás. Se atrincheran en su ministerio para el ataque o la defensa. Contra los disentidores, so­bre todo, utilizan las páginas de las revistas. El aire eclesial restalla con las descargas. La polémica violenta se generaliza y obtiene un balance sangriento. Dios ha quedado allá lejos, desplazado de su lugar y reempla­zado por el hombre. Ya no es el cuidado de las almas, sino el manejo de las armas lo que preocupa a los que en un principio se lanzaron al campo del apostolado con las mejores intenciones.

2.° Según el sentido de la santidad. Es una condición primaria, bá­sica, que la Iglesia no perdona jamás a sus apóstoles. A ninguno exime de ser un profesional de la santidad, de aspirar seriamente a ella. Los hombres de Dios han de reproducir la Encarnación dentro de sus límites personales de modo que Cristo se transparente a través de su cristal humano. Han de ser unos hombres perfectamente humanos y maravillo­samente divinos. Para ellos tener fe es algo incompleto. No la podrían comunicar si no la viven al máximum. No introducirán a nadie en el Rei­no si no se mueven dentro de él como en su propia casa. Tiene mucho más importancia lo que son que lo enseñan. No resolverán a Dios ni a la Iglesia ningún problema sin un grado poco común de santidad. Si se contentan con palabras tendrán que contentarse con decepciones, pero si no se satisfacen más que con Dios, Dios irá quedando por donde quiera que ellos pasen. Es imposible concebir lo que el Señor sería capaz de hacer por su medio, si ellos le dejasen obrar, si no se conformaran con ser un punto de la circunferencia apostólica solamente y se determinaran a ser su centro irradiante; si tuvieran la ilusión de iluminar más que de brillar; si fueran de tal modo que, en lugar de correr detrás de las almas, sean éstas las que corran detrás de ellos; si se convencieran de una vez para siempre de que un océano de talento, de genio, de simpatía y de actividad pastoral valen infinitamente menos que una sola gota de san­tidad.

Los apóstoles santos son los verdaderos amigos de Dios. Y como ellos no le niegan nada a El, El tampoco les niega nada a ellos. La tierra florece a su paso porque los acompaña la inagotable fecundidad del Evangelio. Pero los hay excesivamente humanos. Son los que todo lo fían a la técnica, al ingenio, a la habilidad, a los valores humanos. Los que, después de estar discutiendo durante horas y horas sobre los distin­tos problemas pastorales, no han dejado caer una sola vez el nombre de Cristo de sus labios. Los que sólo tienen en cuenta las experiencias personales, el don de gentes, la capacidad de amistad. Los que tienen una resistencia física inalterable para la acción, pero no son capaces de pasar una hora en oración…

Los que están atacados de un activismo galopante y de un huma­nismo exagerado no solamente son estériles, sino que suministran a los adversarios, a los que pretenden combatir, las armas que necesitan para avanzar contra la Iglesia en todos los frentes. La negligencia en aspirar a la santidad de un modo positivo es, más que inútil e infructuosa, ne­fasta y devastadora. El apóstol al que la actividad desbordante ha robado el hábito de la oración nada bueno puede presagiar. Empieza por quedar vacío, desfondado, y termina por ser un traidor inconsciente a la causa sagrada que un día defendió. Es insuficiente a todas luces presentar el dorado barniz de una honradez social. Esta fórmula para él es inadecua­da. O es santo o no es ni siquiera un hombre honrado. Se es o no se es. Lo demás son palabras que disfrazan la crisis de una incertidumbre per­sonal que le urge resolver definitivamente.

3.° En el sentido de la jerarquía. El apóstol es por raíz semántica y por su origen divino un enviado. Es, pues, inesquivable haber reci­bido un mandato, una delegación, una misión. Aparece como ne­cesaria la intervención de un superior, de una autoridad que intime el mensaje, designe el mensajero y señale las personas o los lugares a donde lo ha de llevar. Y no se diga que el Espíritu Santo no necesita recabar la ayuda de nadie para distribuir sus carismas y conceder el carácter profético a quien quiera. Porque si es verdad que El es el alma de la Iglesia y otorga sus dones directamente a los miembros de la misma, también es verdad que no prescinde de los pastores que El ha puesto para gobernarla cuando se trata de ejercer esos dones de un modo públi­co y oficial.

La Iglesia es una sociedad tan divina como humana. Como socie­dad humana necesita organizar sus elementos, coordinar sus esfuerzos, someter sus trabajos a un plan coherente. Sus apóstoles han menester al menos de la aprobación, la ratificación y el visto bueno de sus jefes visibles respecto de las actividades que emprenden. La jerarquía traza las directrices, esboza las líneas generales, prepara el esquema pastoral, advierte los peligros, señala la doctrina segura… Pero deja a los criterios de cada cual y a las iniciativas personales la ejecución detallada de la acción apostólica. La obediencia a la jerarquía es el catalizador del ver­dadero profetismo. La insumisión da carta blanca a la guerrilla, a la arbitrariedad, a la excentricidad, a los extremismos siniestros, a las ma­nifestaciones estridentes. La contestación es una finta del diablo. En el diálogo cordial o acre con la autoridad estriba el todo o la nada del apostolado.

4.° Según el sentido de la prudencia. La prudencia cristiana no dice relación al fin, sino a los medios más adecuados para llegar a él. Los medios guardan armonía y proporción con el fin que se desea conseguir. Si el fin es de orden temporal, los medios que a él conducen caminan en la misma línea. Si es meramente espiritual, la forma de alcanzarle tras­ciende todos los procedimientos terrenos. Si la finalidad es mixta, como es la del apostolado cristiano, hay que seleccionar, mezclar y dosi­ficar discretamente los dos tipos de fórmulas.

Los medios no solamente están condicionados por el fin, sino tam­bién por la calidad de las gentes a quiénes se aplican. El Evangelio es uno, idéntico, inmutable, pero su presentación reviste tantas formas como son las circunstancias de las personas a quienes se dirige., La edad, el sexo, la profesión, el carácter de los individuos; la religión, la ideología, la historia y hasta la geografía de los pueblos; las tradiciones, las costumbres y la cultura de las naciones… La variedad cambiante de los hombres, las familias, las tribus y las razas reclama el empleo de tácticas, métodos y estilos diferentes en la transmisión de las enseñan­zas de Jesús. Hay que hablar en un lenguaje qué todos entiendan. Los modos de entenderse cambian como las modas de vestir. El sistema que fue válido ayer no lo es en la actualidad. La expresión que es inteligible para unos es un galimatías para otros. La forma de actuar que hoy pare­ce oportuna mañana se considera improcedente. La sicología, la pedago­gía y, sobre todo, el sentido común juegan aquí un papel decisivo. El apóstol ha de ser un ser equilibrado, sensato, con madurez de juicio y de una cordura excepcional que capta, contabiliza, sopesa los menores detalles en orden a dar a los problemas que le salen al paso una solución inmediata. Un desajuste emocional le hará incurrir en ligerezas, intem­perancias y desaciertos que derriban en una hora la obra que se tardó un año en levantar.

Los avances de la técnica moderna ponen en nuestras manos unos medios poderosos de apostolado que desconocieron los antiguos misio­neros. Pero entrañan un gran peligro. Podemos llegar a magnificarlos con excesivo optimismo, emplearlos con profusión y desplegarlos de forma espectacular. Y es entonces cuando pierden su carácter de sig­no. Y en lugar de servir al mensaje, se sirven de él para ser un fin en sí mismos. Los ojos ofuscados de las gentes no captan la idea que encie­rran porque queda sofocada bajo la frondosidad teatral y exhibicionista que la envuelve. El vehículo de la palabra debe ser más bien pobre, modesto, limpio de adornos inútiles para que todo el mundo pueda ver con claridad el programa de salvación que en él avanza.

Sin embargo, quien ha escogido una profesión temporal como medio de apostolado debe alcanzar las más altas cotas de aptitud y de competen­cia, estar al tanto de la técnica más avanzada y disponer siempre de una brillante hoja de servicios porque el trabajo que se hace por Dios tiene que ser por fuerza de mayor calidad que el que se hace por un sueldo y porque su desidia profesional sería un antitestimonio flagrante y ver­gonzoso.

Independiente de la persona del apóstol. Se dan casos muy extra­ños y al mismo tiempo muy frecuentes en el apostolado. Existen misione­ros desprovistos de este cuádruple sentido eclesial que obtienen, sin embargo, con ocasión de sus trabajos, éxitos increíbles. Está claro que no pueden arrogarse tal clase de triunfos. Cometerían una estupidez y una injusticia. La famosa asna bíblica habló a su jinete, es cierto, pero de ahí a adjudicarse la conversión del profeta hay un abismo insalvable. Si Balaán desistió de proferir sus maldiciones, no fue por las palabras de su cabalgadura, sino por la gracia de Aquel que puede encomendar su mensaje a una bestia.

No es raro que haya apóstoles carentes de toda motivación sobrena­tural. Son campanas que suenan, pero no convocan. Son estrellas que no tienen luz propia, sino reflejada. No son ellos los que triunfan, sino Dios con ocasión de su actividad meramente externa. Triunfa la Iglesia en oración golpeando sin cesar a las puertas del Padre. Triunfan sus miem­bros perseguidos, sufridos, pacientes, sacrificados. Triunfa el dolor de los enfermos, el gemido de los pobres, las lágrimas de las mujeres aban­donadas, la castidad fecunda y penitente de las vírgenes, la pena resig­nada de otros evangelizadores honrados que obtienen fracasos notorios para que ellos alcancen victorias clamorosas. Son la mano izquierda de Dios. Dios sabe escribir rectamente con estas líneas torcidas. Son sega­dores asalariados que siegan para el Dueño de la mies lo que ellos no sembraron y ni siquiera amaron. Los otros, los verdaderos misioneros atraviesan el mundo como unos estandartes vivos y llameantes. Estos, los que sólo conservan el disfraz, son banderas mustias y arriadas. Y una bandera arrugada y metida en el bolsillo deja de ser bandera y se con­vierte en un pañuelo para limpiar la nariz.

Independiente del lugar. La semilla evangélica tiene la virtud de germinar allí donde sensiblemente no ha sido arrojada. La voz del testimonio encuentra resonancia en aquellos hombres cuyos oídos no la pudieron percibir. No hay una sola parcela de la tierra que no pueda ser fecundada por un misionero desde su puesto de trabajo. Las flores del apostolado son capaces de efectuar una polinización universal.

El apóstol genuino no se dobla a la desesperanza por el desgaste aparentemente inútil de sus energías. La fe le certifica que, a pesar de su fracaso local, ha ganado una batalla en algún otro sector de la Iglesia. El no podrá, mientras viva, concretar el punto geográfico donde ha sali­do vencedor, pero sabe que ha vencido allí donde a Dios le hacía más falta. Sabe que las ganancias obtenidas por «los trabajos y los días» de su vida en ebullición misionera van a engrosar las arcas del erario público del que todo el mundo se puede lucrar. Dios es un magnífico administra­dor y reparte los beneficios, no según el juicio alicorto de sus accionistas, sino conforme a la urgencia de las necesidades. Sabe, en fin, que cual­quier actividad suya, aunque sea improductiva superficialmente, es fe­raz y ubérrima en profundidad y que está haciendo con el rico capital de su vida apostólica la mejor inversión que pudiera soñar.

Independiente del tiempo: El efecto del apostolado no es de todos modos automático en el sentido técnico y exacto de la palabra. La ver­dad es que puede producirse inmediatamente o en un plazo más o menos dilatado. Siempre será un secreto divino dónde, cuándo y en quiénes recaen los méritos de nuestros esfuerzos apostólicos. Lo que pasa es que queremos presenciar, palpar, saborear la miel de nuestros éxitos, aumen­tar nuestra colección de laureles, regodeamos con los aplausos y las felicitaciones. Y si así no ocurre, nos decepcionamos; se nos cuela el desaliento por las puertas adentro y las cañas se tornan lanzas. La de­presión, la desgana, el temor de estar trabajando inútilmente se cue­cen demasiado pronto en la olla de barro de nuestro complejo humano. El caso es que, si la fe no interviene, nada ni nadie podrá evitar nuestro total desmoronamiento.

Paciencia, confianza y optimismo. La paciencia es la negativa a capitular. La confianza es el aceite de la lámpara, el combustible para que el motor siga funcionando. Y de los optimistas es el reino de los cie­los. Es ridículo plantar una encina y querer cobijarse inmediatamente bajo su sombra. Es absurdo sembrar y recoger sin solución de continui­dad. No, la siembra y la siega requieren estaciones diferentes y a veces operarios distintos. El tiempo es oro, dicen. Pero en nuestro caso este refrán no cuenta. La solidez y la seguridad de nuestra obra apostólica está en razón directa de la lentitud y en razón inversa de la rapidez. Las flores artificiales se hacen en un sólo día, pero son estériles. Las na­turales tardan meses y meses en adquirir fecundidad. Por todo esto, el apóstol cuando trabaja debe tener la cabeza en el corazón, pero cuando fracasa debe asentar el corazón en la cabeza. El desaliento, en todo caso, es una cabeza de puente que establece el enemigo en su territorio. Una vez que ha puesto el pie en su terreno, la invasión es fácil y la conquista segura.

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